(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Recuerdos literarios; datos para la historia literaria de la América Española i del progreso intelectual en Chile"

UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA 



BOOK CARD 

Please keep this card ¡n 
book pocket 



UNIVERSITY OF N.C. AT CHAPEL HILL 



10001381345 



i — 1 


1 


¡S 


ü¿ 
•a: 


, 


a 


Q£ 




O 


Ü..I 


1 


«■> i — 






a izz 




r¡ 




1 




1 "i 




















e:i 


£ 


[— ; 


i~i 


t 


9 


Ü£ 




1 ? 


Ld 


r 


3 


i 


. 


5 ' 








Ul 


rz 


5 



M 



o» a 

[ s 



THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



PQT9H 
.L 32 
1885 



UNIVERSITY OF N.C. AT CHAPEL HILL 



10001381345 



This book is due at the WALTER R. DAVIS LIBRARY on 
the last date stamped under "Date Due." If not on hold ¡t 
may be renewed by bringing it to the library. 



DATE 
DUE 



RET. 



DATE 
DUE 



RET. 



O 



¡US! 



Digitized by the Internet Archive 
in 2013 



http://archive.org/details/recuerdosliterarOOIast 



■J> 






RECUERDOS LITERARIOS. 



* LIBRARY _ TT v TA 

fTNTVKRSITY OF NORTH CAROLINA 






Í0 



p 

J-, Y./LASTARRIA. 



RECUERDOS LITERARIOS. 



DATOS PARA LA HISTORIA LITERARIA DE LA AMERICA 
ESPAÑOLA I DEL PROGRESO INTELECTUAL EN CHILE. 



SEGUNDA EDICIÓN. 

REVISADA I ADORNADA CON RETRATOS DE LOS PRINCIPALES LITERATOS 
NACIONALES I ESTRAN.IEROS. 



~ifh 



SANTIAGO DE CHILE 

LIBRERÍA de m. SERVAT. 

1885. 



ES PROPIEDAD. 



,?ó^ 







AL SEÑOR DON FEDERICO TÁRELA. 



Cumplo un grato deber, estampando este nombre al frente de un 
escrito que está destinado a recordar sucesos que han influido en el 
movimiento literario de Chile, que el señor Várela es, entre los gran- 
des capitalistas que representan el progreso industrial, el único que 
ha tenido la feliz inspiración de asociarse a aquel movimiento, ausi- 
l i and o con su dinero a una de las sociedades que lo han mantenido 
i fomentado. 

Si su noble jenerosidad no lia necesitado estímulos, ni recompen- 
sas, es justo, a lo menos, que dé testimonio de ella quien con ver- 
dadera sinceridad la ha agradecido. 

Santiago, 12 de febrero de 1878. 



J. V. LASTARPJA. 



8*88- 63 



RECUERDOS LITERARIOS. 



PRIMERA 1'ARIE. 



1836-1849. 



I. 



Llama siempre la atención de los historiadores con- 
temporáneos el movimiento literario que se operó en 
1842 entre nosotros, i con razón lo consideran como el 
impulso inicial del portentoso progreso que han hecho 
las letras en Chile durante los treinta i cinco años que 
nos separan de aquella fecha memorable. 

Aquel impulso se ha dilatado en círculos regulares i 
concéntricos, como si la intelijencia fuese un océano, 
cuya superficie hubiera recibido un choque en sentido 
vertical. En 1812, en el mar de las Antillas, cayó a las 
primeras horas de una noche un inmenso aereolito, un 
asteroide que iluminó el horizonte como el sol, pene- 
trando en la atmósfera con un fragor aterrador i dejan- 
do una cauda ele muchos grados, que señalaba su carre- 
ra todavía un cuarto de hora después que se había hun- 
dido en la inmensidad del golfo. Pasadas algunas horas, 
la oleada, que se había dilatado en círculos sucesivos 
desde el punto en que las aguas habían recibido el cho- 
que, alcanzó a las fortalezas de Cartajena, subiendo con- 
tra las murallas a una altura admirable, i causando en 
las embarcaciones los efectos de una tempestad. Es pa- 

Lastabeia, Recuerdos. \ 



recido el fenómeno que un golpe de entusiasmo pa- 
triótico, en 1842, produjo en la inteligencia del país, con 
la diferencia de que las oleadas que basta hoi van suce- 
diéndose no terminarán, mientras aquella intelijencia no 
sea limitada por las barreras del despotismo, o por la 
esclavitud del espíritu. 

Con todo, los historiadores contemporáneos no son 
en jeneral exactos al describir aquel movimiento litera- 
rio. La crónica de los sucesos no es útil, ni sirve a sus 
fines, si no es exacta. Antes bien, si no estravía a los 
historiadores futuros, les impone un ímprobo trabajo 
para rastrear la verdad. Puede un suceso ser mirado de 
distinto modo por los contemporáneos, i puede ser juz- 
gado también con distinto criterio; pero el hecho es el 
hecho, i al narrarlo, no es permitido alterarlo, ni atri- 
buirlo a causas o personas que en él no han figurado, 
ni dar la responsabilidad o la gloria que de él se des- 
prendan a quienes no corresponden. 

I todo eso es precisamente lo que sucede, siempre 
que se recuerda el punto de partida de nuestro progre- 
so literario. En obras lijeras, destinadas a pasar como 
las hojas de otoño, puede estamparse, sin peligro, un 
recuerdo sin hacer investigación, ni aun reminiscencia; 
pero si se hace lo mismo en una obra seria, la rectifica*- 
cion es un deber, cuyo cumplimiento, en vez de ser 
ofensivo, debe ser agradable al que la ha provocado. 

Una obra de este j enero, la Historia de la Adminis- 
tración Errázuriz, es la que nos ha inspirado esta reflec- 
cion, i deseando rectificar sus datos, vamos a compaji- 
nar nuestras memorias literarias, para presentar nues- 
tro testimonio en el proceso de la historia del progreso 
intelectual de Chile. En la notable reseña del movimien- 
to de los partidos, desde 1823 hasta 1871, que sirve de 
introducción a la obra, el autor da un carácter popular 



3 

al movimiento literario de 1842, suponiendo que, «la 
joven sociedad independiente comenzó a contemplar con 
deleite su propia imájen en las primeras producciones 
de una literatura lozana i vigorosa;» que aparecieron 
en el Semanario, cuya publicación atribuye, no a su 
fundador, cuyo nombre olvida, ni aun a sus verdaderos 
autores, sino a algunos de sus colaboradores i a perso- 
nas que ninguna parte tuvieron, como la señora Marín 
de Solar, don Carlos i don Juan Bello, i don Francis- 
co de Paula Matta, a quien también atribuye una parte 
activa en el movimiento literario, que supone que comen- 
zó con el Semanario, el señor Domingo Arteaga Alem- 
parte, en la biografía que escribió de este interesante 
joven, muerto desgraciadamente en los primeros albores 
de la vida. 

Ambos escritores, como otros varios, atribuyen aquel 
movimiento al Semanario, prescindiendo en absoluto de 
los escritos anteriores a este periódico que lo produjeran; 
i lo cierto es que ni aquel movimiento fué popular, ni 
fué la obra del Semanario, el cual resultó de un impulso 
anterior, sin que alcanzara a tener siquiera un número 
de lectores suficiente para costear su publicación; ni la 
sociedad pudo contemplar su imájen en las produccio- 
nes de una literatura lozana i vigorosa, que todavía no 
podia existir, sino en ensayos meticulosos i sin arte. 
Mucho menos es posible atribuir aquel impulso, calcu- 
lado por el patriotismo de unos pocos, i continuado con 
tesón, a la memoria que se conservaba de la época de 
los ensayos del sistema representativo, i a la influencia 
de las instituciones científicas que antes de 1830 habian 
despertado las almas juveniles-, como lo supone el autor 
de aquella Historia. Tiene razón el autor para afirmar 
que entonces apenas se sentia respirar a nuestra socie- 
dad, aunque « el abatimiento i postración de una nación 

1* 



no son jamás tan completos como quisieran los sacer- 
dotes de la doctrina autoritaria. » Pero no tiene datos 
históricos para creer que aquel movimiento fuera la 
obra de influencias, que entonces habian dejado de exis- 
tir, ni la de las «fuerzas o elementos que en su inmo- 
vilidad habia acumulado poco a poco la nación para 
rehacerse»; pues ni habia tal acumulación, ni la socie- 
dad se rehizo, sino que aun resistió durante muchos años 
a rehacerse, i tal vez resiste todavía. 

El movimiento literario de 1842 no tuvo oríjen en 
influencias sociales, ni en hechos históricos anteriores, i 
sobrevino como una reacción casi individual, que tuvo 
que preparar por sí misma i sin elementos el aconteci- 
miento que iba a producir, al través de todo j enero de 
dificultades políticas i sociales. Si así no fuera, si los 
antecedentes sociales hubieran preparado el movimiento, 
la acción individual que lo impulsó habria sido espedita 
i no habria encontrado embarazos en su camino. Por 
el contrario, aquel acontecimiento se ha paralizado mu- 
chas veces, i solo ha tenido una existencia intermitente, 
hasta que en el decurso de treinta i cinco años, se ha 
ido consolidando poco a poco nuestra sociabilidad, a 
medida que ha ido tomando su curso normal la coo- 
peración espontánea de los elementos sociales, median- 
te la práctica de la libertad. Entonces ha aparecido una 
sociedad, que aunque nueva todavía, tiene sentimientos 
e ideas, necesidades e intereses bastante bien definidos 
para buscar su espresion en una literatura incipiente, 
pero cuyos rasgos característicos se diseñan ya con cla- 
ridad. 

Por tanto no son inoportunas esas miradas retrospec- 
tivas que se hechan a menudo a la época en que princi- 
pia nuestro movimiento literario; i es de toda necesidad 
fijar con verdad su carácter histórico i el momento de 



su aparición. Para ello es necesario recordar las prime- 
ras tentativas que se hicieron en 1826 para reformar 
los estudios, las cuales habían fracasado en los escollos 
de la vieja rutina, que a los diez años aparece otra vez 
triunfante al lado de la reacción colonial que se habia 
entronizado con el partido retrógado en 1830. El año 
de 1836 es notable en nuestra historia por la parálisis 
intelectual i moral en que la situación política nos ha- 
bia colocado. Ese es el momento supremo de la crisis, 
i allí principia la convalecencia de nuestro espíritu, en la 
cual, por fortuna, tuvimos cierta acción, que nos auto- 
riza para compajinar estas memorias. 

Para los historiadores, como lo dejan entender clara- 
mente, para la jeneracion actual, que utiliza los esfuer- 
zos de los últimos treinta años, será sin duda indiferente 
el conocer cual ha sido aquella acción; pero sea dicho 
con franqueza, el autor de estos recuerdos no puede ni 
debe aceptar esa indiferencia, porque aun cuando no 
tenga derecho a la gratitud de nadie, lo tiene para 
rechazar una mortaja que no quiere llevar, estando vi- 
vo — la del olvido. ¿Se tendrá a mal que no se olvide 
uno a sí mismo? Eso no ofende. Lo que molesta es que 
alguien tenga la candidez de estar siempre presente ; pero 
no existe esa candidez cuando uno reclama el puesto 
que le corresponde, contra los que se empeñan en desa- 
lojarle. 

II. 

Tomando por guia los datos históricos que consigna 
el señor Gay en el tomo VII de su Historia de Chile, 
el trabajo de organización de todos los ramos de la ad- 
ministración que emprendió el gobierno del jeneral 
Freiré en 1823 se aplicó preferentemente a la de la ins- 
trucción pública. El Instituto Nacional recibió una do- 



6 

tacion de 25,000 pesos anuales, para poder llenar las 
funciones de Instituto normal, que le atribuyó el sena- 
do consulto de 10 de junio de aquel año, a fin de que 
sirviera como de regla jeneral en la enseñanza pública i 
de modelo a todas las demás instituciones de instrucción 
que se iban a fundar. 

El Instituto, que habia sido restablecido en 1819 por 
el gobierno de O'Higgins, i reorganizado por el señor 
Cienfuegos, gobernador del obispado, quedaba en 1823 
colocado como un centro universitario, según las leyes i 
reglamentos de estudios que se dictaron, el cual estaba 
dividido en tres secciones, una de instrucción científica, 
la segunda de instrucción industrial, i la tercera de un 
museo de instrumentos para el estudio de las ciencias 
esperimentales; i su reglamento especial, obra de don 
Juan Egaña, sometia su réjimen a la santa tutela del 
principio relijioso. 

Ademas, un decreto de 10 de diciembre del mismo 
año creó la Academia Chilena, la cual, como parte prin- 
cipal del Instituto tenia también tres secciones, la de 
ciencias morales i políticas, la de ciencias físicas i ma- 
temáticas, i la de literatura i artes. 

En 1824, con ocasión de la organización de los tri- 
bunales i juzgados, i de la promulgación del Reglamen- 
to de justicia, se prestó una atención mui preferente 
a los estudios legales; i la profesión de abogado llegó 
a ser, por el esmero con que se preparaba a los aspiran- 
tes, i por la importancia de los empleos de la administra- 
ción de justicia que se alcanzaban con aquel título, la que 
dio al Instituto Nacional la supremacía que las leyes i 
reglamentos habian querido atribuirle, dándole el carác- 
ter de universidad para cultivar otros estudios, que de 
hecho quedaron suprimidos. 

Este hecho era un resultado natural de la nueva or- 



ganizacion de la administración de justicia, que con 
tanto ahinco había reclamado la opinión pública de 
aquellos tiempos, como la satisfacción de una urjente i 
suprema necesidad. La administración O'Higgins no 
habia polido dar cima a esta empresa, i aunque había 
suprimido algunos de los muchos tribunales escepciona- 
les que existían, dejó en pié, con lijeras alteraciones, 
la organización i los procedimientos judiciales de la 
época colonial, con todos sus defectos i dilaciones. Para 
asegurar el cumplimiento de las leyes patrias, que los 
abogados trataban de eludir, siempre que convenia a su 
plan de defensa, invocando las antiguas leyes españolas, 
se les habia impuesto entonces la pena de suspensión 
de su oficio, para el caso en que incurrieran en esta 
falta, pero no se habia conseguido tal propósito; i con 
el objeto de reprimir los ataques a la propiedad, que 
se repetian con alarmante frecuencia, un decreto del Di- 
rector supremo delegado, don Hilarión de la Quintana, 
habia impuesto la pena de muerte a todo individuo que 
robara un valor mayor de cuatro pesos, i la de 200 azo- 
tes i seis años de trabajos forzados, si el valor era me- 
nor, bastando para ello un juicio militar sumarísimo. 
Poco después, suprimido el tribunal militar, se ordenó 
que los alcaldes aplicaran aquellas penas, prescindiendo 
de las fórmulas ordinarias de sustanciacion criminal, 
con solo una sumaria información, que debia someterse 
en revista a la cámara de justicia, la cual tenia que des- 
pachar el negocio en el mismo dia. 

Esta arbitrariedad, establecida como un orden nor- 
mal, era la que alarmaba a los patriotas de 1823; i aun- 
que los ataques a la propiedad no habían disminuido, i 
por temporadas, como sucede siempre, se multiplicaban 
con una osadía i una frecuencia irritantes, aquellos le- 
gisladores daban mas importancia, que a la severidad 



penal, a la organización de una sabia administración de 
justicia, que uniese a la prontitud i rectitud del proce- 
dimiento, las garantías suficientes para poner término a 
la arbitrariedad; al revés de lo que han pensado cin- 
cuenta años mas tarde los lejisladores que en 1886 han 
vuelto al sistema del Director Quintana para castigar el 
robo. 

De todas las reformas que por aquel tiempo se reali- 
zaban, la judicial era la mas importante, pues como que 
afectaba tan inmediatamente a los intereses individuales, 
era la que con mas insistencia i enerjía reclamaba la 
opinión pública. Esta circunstancia, por una parte, i el 
hecho de que la nueva organización del país indepen- 
diente se debia i tenia que deberse a los letrados, mas 
que a los militares que habian asegurado la independen- 
cia, dieron a la profesión de abogado tal preeminencia, 
que no solo se miró como la única i las mas envidiable, 
sino que se dio de mano a todos los planes que se habian 
ideado para establecer la instrucción pública sobre otra 
esfera mas ancha i comprensiva. Así el Instituto Nacio- 
nal llegó a quedar reducido a una escuela de derecho, i 
en lugar de la Academia Chilena, que por decreto de 
1823 completaba su organización, se restableció la an- 
tigua Academia de práctica forense, la cual quedó de- 
finitivamente constituida en 29 de enero de 1824 i con- 
tinuó funcionando, según sus estatutos, hasta que hace 
poco tiempo fué suprimida, i reemplazada por una clase 
ordinaria de la Universidad; sin ninguna ventaja por 
cierto. 

Tal era la situación en 1826, pero los estudios lega- 
les i los de gramática latina i de filosofía, que les ser- 
vian de preparación, no habian adelantado un paso so- 
bre el plan i formas con que se hacían durante la colo- 
nia; i este atraso, tan contrario a las aspiraciones de los 



9 

que habían intentado la reforma de la instrucción públi- 
ca, era una condenación mortificante de sus esfuerzos. 
El historiador antes citado consigna este hecho de la 
manera siguiente: «Aunque el programa (del Instituto) 
dice, era mucho mas estenso, todavía no satisfacía com- 
pletamente la avidez de todos aquellos jenerosos patrio- 
tas. Las clases se resentian siempre de ese perfume es- 
colástico de la edad media, cuyo método de enseñanza 
estaba sobrecargado de cuestiones ociosas i a veces ri- 
diculas; i se queria introducir en ellas una dirección 
mas conveniente i mas en armonía con el espíritu mo- 
derno. Con este objeto, trató el Gobierno de colocar al 
frente del Instituto a una persona cuyos estudios se 
hubieran hecho en esa dirección intelectual, e hizo venir 
a Mr. Charles Lozier, ocupado a la sazón en levantar el 
mapa jeográfico de Chile.» 

El gobierno del jeneral Freiré habia traido de Bue- 
nos Aires a este sabio francés para encargarle la direc- 
ción de la sección de intruccion industrial, que se habia 
intentado plantear en el Instituto; mas como el viaje 
científico encargado a Mr. Dauxian Lavaysse no habia 
dado el resultado pronto que se esperaba, se aplazó la 
ejecución de aquella reforma en los estudios, i se susti- 
tuyó a Lavaysse por Lozier. 

Lavaysse tenia el encargo de estudiar la historia na- 
tural del país, i de formar su estadística, señalando los 
rios navegables, los lugares convenientes para el esta- 
blecimiento de fábricas, los puertos, canales i caminos, 
que deberian abrirse para facilitar el comercio, los me- 
dios de fomentar la agricultura i los terrenos adaptables 
para el cultivo de las primeras materias de la industria; 
i como después de la primera escursion que hizo al 
norte, no presentó inmediatamente los resultados, se le 
creyó incapaz i perdió su empleo, quedando siempre en el 



10 

país, hasta que en 1829, viviendo en el Liceo de Mora, 
donde habia hallado albergue, los alumnos le vimos 
muerto una mañana en su propio lecho, después de al- 
gunos dias de enfermedad. 

Mr. Lozier recibió en 20 de diciembre de 1823 la 
misma comisión, con el encargo de construir el mapa 
jeográfico de Chile, teniendo por colaborador al coronel 
de injenieros don Alberto D'Albe, a quien se comisionó 
particularmente para levantar la estadística militar, de- 
marcando las localidades propias para la defensa del país. 
El señor Gay juzga que con la esperiencia de los suce- 
dido a Lavaysse, Mr. Lozier hizo mal en comprometerse 
en la ejecución de detalles que exijian un gran uúmero 
de años, sin la esperanza de desempeñar su tarea a sa- 
tisfacción de los muchos chilenos que creen que pueden 
hacerse con perfección i en poco tiempo trabajos de ob- 
servación, como estos, que son siempre largos i difíci- 
les, i los cuales por lo común están mu i lejos de poder 
compensar los grandes sacrificios pecuniarios que oca- 
sionan. Si el historiador que así piensa, ha sido víctima 
de semejante exijencia irreflexiva e infundada, apesar 
de su asidua consagración el estudio de la historia natu- 
ral de Chile; i si lo es ahora mismo el sabio Pissis, a 
quien no han bastado veintiocho años para dar perfec- 
ción a la grande obra que habia tomado a su cargo Mr. 
Lozier en 1823, ya se puede calcular el desengaño en 
que habrian caido en 1826 los gobernantes que se ima- 
jinaron realizar en breve tiempo los estudios científicos 
que necesitaban para conocer a su país, cuando veian 
que en los tres años trascurridos no se habia hecho mas 
que iniciar tan alta empresa. 

Por eso fué que la dieron de mano, i prefirieron utili- 
zar a Mr. Lozier en la reforma de los estudios, para sa- 
car al Instituto de los dominios de la rutina peripatética 



11 

i ensanchar su esfera de acción, como antes se había 
pretendido por el senado consulto que le dio el carácter 
de establecimiento normal de instrucción universal. Don 
José Miguel Infante, que era el que con mas inteligen- 
cia i con mas espíritu innovador había procurado levan- 
tar la instrucción pública, fué el que operó este cambio; 
pues, como reemplazante del jeneral Freiré en la supre- 
ma majistratura, reorganizó el Instituto en 20 de febrero 
de 1826, entregando su dirección a Mr. Lozier, i auto- 
rizando al nuevo rector para hacer tocias las innovaciones 
i reformas que juzgara convenientes, para plantear nuevos 
métodos de enseñanza, i establecer la policia mas ade- 
cuada al aprovechamiento de los alumnos. 

Mr. Lozier era sin duda el hombre mas apto, en aque- 
llas circunstancias, para realizar el pensamiento del de- 
creto del Director supremo interino. Desde luego mos- 
tró que su aspiración era dar a la instrucción una base 
positiva planteando un curso completo de ciencias ma- 
temáticas i físicas, que fuera obligatorio para todos los 
estudiantes, inclusos los que se dedicaban a la carrera 
forense, a quienes se hacían algunas clases de ciencias, 
en cierta estension adecuada para ensanchar la esfera de 
sus conocimientos. Al mismo tiempo se consagró a la 
reforma del plan i de los métodos de enseñanza de los 
estudios de humanidades i de derecho, i después de los 
primeros resultados favorables que obtuvo en el curso 
de ciencias que él mismo rejentó desde marzo de 1826, 
organizó, con los alumnos mas adelantados i los profe- 
sores, una sociedad para estudiar i propagar los métodos 
elementales de instrucción que no eran conocidos en el 
país, i que convenia difundir para realizar una reforma 
seria en los estudios. Esta sociedad, inspirada por el en- 
tusiasmo de su director, se consagró con empeño a 
emancipar la enseñanza de la rutina monacal, que la 



12 

esterilizaba, i emprendió la publicación del Redactor de 
la Educación, revista literaria de 16 pajinas, compuesta 
de artículos traducidos o estractados sobre el tema que 
le servia de objeto, i de la cual se publicaron seis entre- 
gas hasta el momento en que terminó violentamente la 
tarea del rector innovador. 

Los partidarios de la rutina, es decir, la jeneralidad 
de los hombres instruidos, se sublevaron con las inno- 
vaciones de Mr. Lozier, i sus críticas i burlas contagia- 
ron a los colejiales, quienes, emancipados del látigo, que 
habia sido abolido, i del tratamiento adusto de los dó- 
mines, tomaron por debilidad el trato familiar i afable 
del nuevo rector; i prestándose a sujestiones malignas, 
ejecutaron una rebelión de cuartel contra Mr. Lozier, i 
desorganizaron completamente el establecimiento. 

M. Gay, lamentando el fracaso de la reforma, cree 
que si ella se hubiera establecido paulatinamente, i no 
en una forma tan jeneral i completa, habria podido 
completarse sin chocar; pero de todos modos reconoce 
que — «Desgraciadamente las ideas de Mr. Lozier res- 
pecto a la enseñanza, chocaban de frente i demasiado 
contra los usos inveterados, las costumbres, las tradi- 
ciones i memorias que constituían las tan temibles preo- 
cupaciones del país.» . . . 

Con efecto, ellas triunfaron; pues el motin de los co- 
lejiales dio márjen al nuevo presidente de la República, 
señor Eizaguirre, para derogar, a fines de 1826, el de- 
creto de Infante, reorganizando el Instituto i ponién- 
dolo bajo la dirección del representante mas rabioso de 
las tradiciones coloniales, el presbítero don Juan Fran- 
cisco Meneses. Afortunadamente éste no pudo contener 
el movimiento iniciadado por Mr. Lozier, destruyendo 
los preparativos ya hechos, los cuales facilitaron a los 
cooperadores de la reforma el establecimiento de nue- 



13 

vos cursos en 1827. Don Pedro Fernandez Garfias ini- 
ció la enseñanza del latin en lengua española, según el 
método de Ordinaire; don José Miguel Varas i don 
Ventura Marin comenzaron a enseñar en la misma len- 
gua diversos ramos de filosofía esperimental; don M. C. 
Vial abrió cursos de derecho natural i de jentes i de 
economía política; i don Andrés Gorbea reemplazó a 
Lozier en la enseñanza de las matemáticas puras i de 
la física. 




ANDRÉS ANTONIO DE GORBEA. 



Al año siguiente, las ideas de la reforma de los estu- 
dios, que hasta entonces no habían sido formuladas sis- 
temáticamente, fueron presentadas de una manera no- 
table, que llamó la atención, en el Plan de estudios del 
Liceo de Chile, que publicó don J. J. de Mora; i los 
jóvenes profesores del Instituto, con una emulación 
honrosa, fueron los primeros que se ajitaron para con- 
seguir que su establecimiento no quedara atrás, en la 
vía de las innovaciones útiles, de aquel en que el nue- 



14 

vo plan habia sido planteado en 1829, i del colejio de 
Santiago que se fundó en 1830, para rivalizar con el 
Liceo. 

Este movimiento se apagó en breve con la supresión 
de estas dos últimas instituciones i con el triunfo de la 
reacción política que se consolidó, organizando un go- 
bierno conservador; hasta que en 1836, esta reacción 
llegó a dominar todas las esferas de actividad social. 




MANUEL CAMILO VIAL. 



III. 

Antes de describir la situación intelectual de nuestra 
sociedad en aquel año de crisis, nos conviene reprodu- 
cir aquí, por vía de nota ilustrativa, una rectificación 
de la historia de nuestros progresos literarios que pu- 
blicamos en el Ferrocarril del 15 de febrero de 1871, 
en una carta dirijida a nuestro carísimo amigo i discí- 
pulo Benjamin Vicuña Mackenna. 



15 

Lleno de patriotismo este distinguido escritor, suele 
ser llevado a veces por su impetuosa facundia a tratar 
los hechos pasados con cierta inexactitud, que mas de 
una vez nos ha obligado a rectificarle, por lo que a no- 
sotros concierne, no con el ánimo de inculparle, sino 
por el justo temor de que la autoridad de su palabra 
dé pasaporte a errores, que él sin duda no ha querido 
autorizar. Obedeciendo el fecundo escritor a ciertas co- 
rrientes de falsa opinión que se forman entre nosotros 
a favor de algunos hombres, mas por simpatía i afecto, 
que por concepto reflexivo e imparcial, atribuyó nues- 
tra reforma literaria, en una de sus múltiples produc- 
ciones, a influencias que no han existido, achacando a 
los verdaderos reformadores una acción distinta de la 
que han tenido; i este fué el motivo de la siguiente carta. 

SEÑOR DON BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA. 

aEn una de sus Cartas del Guadalete , he leido que 
Ud. dice que: «por los años de 1840 a 1845 todo era 
español en Chile en materia de intelijencia, de estudios, 
de libros, de teatros; i que el insigne literato español don 
J. J. de Mora fué el que inició esta especie de contra- 
rsvolucion intelectual después del trascedental trastorno 
de 1810, fundando en 1828 el memorable Liceo de San- 
tiago.» Haciendo la historia de esta desgraciada reacción, 
sostiene Ud. que Antonio Nebrisensis i don José de Her- 
mosilla eran nuestros reyes, después de haber destronado 
a los Borbones, i que su desaparición se ha debido a 
la revolución literaria iniciada por el ilustre Bello, acom- 
pañada de dos acontecimientos al parecer insignificantes, 
la llegada de los emigrados arjentinos i el estableci- 
miento de la carrera de los vapores del Pacífico. « No 
es posible ocultarlo», esclama Ud., «la influencia de la 



16 

literatura francesa nos emancipó de la rutina. Don 
Andrés Bello, que no habia pisado un solo dia el suelo 
de la península, inició esta cruzada con sus testos de 
enseñanza tan brillantemente continuada por sus malo- 
grados hijos» . o . 

Nada mas inexacto que todo esto. Ud. ha hecho una 
invasión a la prusiana en la historia literaria de su país, 
como las que ha solido hacer en su historia civil; pues 
precisamente don Andrés Bello es el corifeo de la con- 
trarevolucion intelectual que Ud. atribuye a Mora, i este 
es uno de los que en años anteriores habían iniciado la 
cruzada literaria que Ud. atribuye a don Andrés. 

Esa cruzada literaria principia, señor Vicuña, en 1826 
con Mr. Lozier, sabio académico francés puesto enton- 
ces a la cabeza del Instituto Nacional. Es cierto que 
este sabio francés perdió en poco tiempo su puesto, por- 
que los alumnos, acostumbrados a la férula, se revolu- 
cionaron contra el Rector que venia a tratarlos con dig- 
nidad i dulzura, pero afortunadamente en ese corto 
tiempo prendió la luz en las intelijencias elevadas de 
ciertos jóvenes distinguidos, que, merced a su posición 
en el Instituto, pudieron continuar el movimiento im- 
pulsado por el noble académico. Así es que en 1827, 
ya se desterraba del Instituto al Nebrisensis, i don Pedro 
Fernandez Garfias iniciaba la enseñanza del latin por 
Lhomond, publicando su librito de Terminaciones Lati- 
nas, sacadas del Rudimento de Lhomond, según el mé- 
todo de Ordinaire, su traducción del método de ense- 
ñanza de las lenguas por J. J. Ordinaire, su librito de 
Nomenclatura , su Manual del Monitor o tabla analítica 
de las materias de gramática latina de Ordinaire, i su 
Suplemento a la segunda parte de la gramática latina 
del mismo. 

Al propio tiempo, para desterrar al Lugdunense de 



17 

las aulas, i el Tractatus de Re lojica, methafísica et mo- 
rali, pro filiis et alumnis Institicti Nationali Jacobo-Pali- 
tance erudiendis, scribebat Joanes Egaña, don J. Miguel 
Varas publicaba en 1828 sus Lecciones Elementales de 
Moral , i a los pocos meses, en unión de don Ventura 
Marin, ambos profesores del Instituto, daban a luz sus 
Elementos de Ideólo jía. 

Este movimiento de la enseñanza en el Instituto Na- 
cional, que no se limitaba al latín i a la filosofía, i que 
se estendia al estudio de la literatura por Hugo Blair, 
del Derecho Natural i de Jentes por Burlamaqui i Vat- 
tel, de la Economía política por J. B. Say era paralelo 
con el que iniciaba en 1829, en el Liceo de Chile don 
José Joaquin de Mora, i al mismo tiempo con el que 
fomentaban los franceses que fundaron en 1830 el colejio 
de Santiago. 

Para que Ud. se persuada de que no es Mora el 
autor de la reacción literaria española, no tiene mas que 
ver el Plan de Estudios del Liceo , en el cual por pri- 
mera vez en Chile aparecen los estudios de humanida- 
des divididos en cinco años i basados sobre los estudios 
científicos que dirijia don Andrés Antonio de Gorbea. 
Al mismo tiempo que se enseñaba gramática latina, no 
por Nebrija, sino por la gramática de Mora, el francés, 
la jeografía, la historia, la literatura francesa i la espa- 
ñola, la gramática castellana, la filosofía, por las inmor- 
tales lecciones de Laromiguiére, se enseñaban también 
las matemáticas, desde la aritmética hasta los cálculos 
diferencial e integral,, la física incluyendo la óptica, que 
en el dia no se enseña en el Instituto, la química i la 
astronomía. Las lecciones de elocuencia i de literatura, 
las de gramática i jeografía, así como las de derecho, se 
hacian por testos escritos espresamente por el señor 
Mora, quien, habiendo completado su educación en Ingla- 

Lastarkia , Recuerdos. 2 



18 

térra, introducía por primera vez en América las doc- 
trinas de Bentham en el derecho, i dejaba mui atrás to- 
das las reminiscencias españolas en la enseñanza literaria. 




JOSÉ JOAQUÍN DE MORA. 

Como no tengo el ánimo de hacer en esta carta la 
historia de nuestra enseñanza, me limitaré a indicar a 
Ud. que todo aquel gran movimiento de progreso i de 
emancipación de la intelijencia comienza a declinar con 
la influencia de don Andrés Bello en nuestras aulas, ha- 
cia el año de 1833, al revés de lo que Ud. asegura. En- 
tonces aparece el derecho romano, como estudio forzoso 
i el señor Bello lo enseñaba por Vinnio, talvez porque 
Mora habia dicho que — «La preferencia dada a Vinnio 
en las universidades españolas prueba el perverso gusto 
que dirije en ellas los estudios jurídicos. Vinnio es un 
disputador eterno, un compilador de mal gusto. Heine- 
cio es un espositor claro i luminoso, profundamente sa- 
bio, pero templado en el uso de la erudición.» Mora 



19 

enseñaba, en el curso de derecho del Liceo, una idea 
exacta i compendiosa de la lejislacion romana, «hablando 
históricamente, como habla Heinecio, decia éi, no como 
otros juristas, trasportando lo que fué entonces a lo que 
es hoi dia» ; en tanto que Bello nos implantó el curso 
de dos años por la Instituta, en latin i de memoria, i 
por los comentarios de Vinnio, i dio la preferencia en 
derecho civil al Pavor de Sala, i en literatura a don José 
Gómez de Hermosilla, i concluyó por inspirar aquel 
furor con que todos se consagraron al estudio de los 
clásicos españoles, i al de otros que estaban mui lejos 
de favorecer el desarrollo democrático i la emancipación 
de la intelijencia. 

Así pues, señor Vicuña, esa contrarevolucion literaria 
que Ud. encontró triunfante en 1840, es la obra de don 
Andrés Bello i no la de Mora, i si hubo alguno que se 
escapara de ella, fué precisamente ese Lastarria a quien 
supone Ud. siguiendo las huellas del señor Bello, cuando, 
como discípulo predilecto del gallego , no ha hecho otra 
cosa que trabajar como éste en llevar a término aquel 
gran movimiento progresivo, iniciado en 1828 por Fer- 
nandez Garfias, Varas, Marin i Mora. La emigración 
arjentina, cuya influencia Ud. falsifica, se espantó en- 
tonces del retroceso de nuestra educación, i no fueron 
pues, los discípulos jenuinos de Bello los únicos que 
vindicaron nuestras letras del desden de los emigrados, 
sino los de Mora i los del Instituto Nacional, a quienes 
habia alcanzado el primer impulso de Lozier. 

Por ahora, basta con estas reminiscencias, que son 
exactas i que éstan comprobadas por la prensa de la 
época. No es posible, señor Vicuña, que un historiador 
venga a trastrocar los papeles, como Ud. lo hace, ni es 
justo que Ud. venga a apoyar i autorizar las falsedades 
que en estos últimos tiempos han comenzado a propalarse 

9* 



20 

sobre la historia de nuestra enseñanza i de nuestro desa- 
rrollo literario, atribuyendo el progreso a hombres i a 
sucesos que si no lo han contrariado, no tienen en él 
la parte que se les da, tan jenerosa como falsamente.» 



En realidad estas lijeras reminiscencias son exactas, 
como se comprueba por la narración de los sucesos que 
hace el señor Gay en su Historia de Chile, i que acaba- 
mos de reproducir, i como resulta de los recuerdos que 
vamos a hacer, sin faltar a la justicia histórica. Esta 
reposa en una condición sustancial, cual es la de colocar 
hombres i sucesos en su verdadero punto de vista para 
juzgarlos, sin oscurecer a los unos por iluminar a los 
otros, i sin atribuir a estos el mérito que a aquellos 
corresponde. Así se aquilata mejor la verdadera gloria 
i cuando realmente la tiene un nombre ilustre, como el 
del sabio autor de nuestro Código Civil, no se necesita, 
para que irradie mas, eclipsar la de otros, ni mucho 
menos despojar a nadie de la suya. Cuando se llena 
aquella condición de la justicia histórica con buena fé i 
noble imparcialidad, la crítica tiene una base segura; i 
entonces es fácil notar los juicios estraviados que emite 
el historiador obedeciendo a preocupaciones o a un cri- 
terio apasionado. Solo pueden faltar a tal condición los 
que toman el disfraz de historiadores para servir un 
interés de secta o de facción política, i como no puede 
ser éste el propósito del simpático escritor a quien se 
dirije nuestra rectificación, no tememos ofenderle, al pe- 
dirle justicia. 



21 



IV. 



Hai plantas que mueren cuando el sol se va al hemis- 
ferio opuesto, i solo quedan para llevar su luto los ale- 
liés amarillos, los dulces jacintos i las tristes violetas 
que respiran suaves aromas, cuando una mano amiga las 
defiende de la intemperie. Pero los esqueletos sarmento- 
sos de las plantas muertas se estremecen a los primeros 
rayos del sol que vuelve, i su esplendente follaje resu- 
cita vigoroso i triunfante, desapareciendo las flores que 
lloran i reviviendo las que rien, como las rosas. 

Mas, hai un árbol de incomensurables ramas, de 
joyante follaje i de espléndidas flores, que se llama hu- 
manidad, i que también tiene su sol que lo vivifica. Ese 
sol, que no está en lejanos horizontes, es la libertad, que 
irradia en cada cerebro, i que fecundiza a todos los seres 
del linaje. 

La libertad es una lei, una fuerza de nuestra propia 
naturaleza, que tiene dos manifestaciones, el trabajo i la 
virtud. — Por el trabajo aplicamos todas nuestras facul- 
tades para dominar a la naturaleza i hacerla servir a 
nuestra perfección i a la de nuestra especie. — Por la 
virtud dominamos nuestros instintos i los clirijimos, 
para hacer prevalecer sobre ellos la intelijencia, la razón, 
a fin de servir a nuestra perfección i a la de nuestra es- 
pecie. 

Aquella fuerza, que llamamos nuestro libre albedrío, 
es el sol de nuestra vida; i cuando se eclipsa, dormimos, 
como duerme la vejetacion, cuando el sol que la alumbra 
se retira. ¡Mas, ai, que el sol primaveral vuelve a nues- 
tra zona infaliblemente todos los años, trayendo en sus 
ondas de luz la resurrección de la naturaleza entera, 
mientras que los inviernos de la humanidad suelen tar- 



22 

dar siglos, i sus raras primaveras son borrascosas i pro- 
longadas! 

Quitad al hombre, a un grupo de hombres, a una 
sociedad, su libre albedrío, la independencia de su espí- 
ritu, i tendréis un árbol sin savia ni esplendor, de ra- 
majes pálidos i desnudos. La vida se concentra, sus 
manifestaciones son diverjentes e intermitentes, i no se 
irradian en todo su horizonte. La actividad del trabajo 
se estravía. La de la virtud se estrecha, i apenas se abre 
paso de tarde en tarde en cantares que tienen la dulce 
fragancia del jacinto, como los de Virjilio, o en ilusio- 
nes poéticas que llevan las espinas de la rosa i el zumo 
venenoso de la adelfa, como las del Dante, o que saben 
a aloe socotrino, como las de Cervantes. 

Nuestra sociedad, que nació i vivió en un negro in- 
vierno de tres siglos, tuvo una borrasca primaveral que 
le hizo entrever el sol de su vida, cuyos primeros albores 
despertaron i abrieron su espíritu. Pero pronto se oscu- 
recieron de nuevo los dias, i durante seis años el antiguo 
invierno volvió a dominar. 

La reacción de 1830 trajo el silencio del terror. Los 
que habian intentado bosquejar la organización de una 
república democrática i fundar el derecho público del 
país, para que se gobernara por sí mismo, habian sido 
vencidos, aniquilados, escluidos de la asociación política; 
i en su lugar se habia creado una oligarquía gobernan- 
te, sumisa a las voluntades de la dictadura, sin acción ni 
iniciativa, i sin mas poder que el de aplaudir i aprobar. 
La independencia de juicio, la espontaneidad, los vírjenes 
entusiasmos del patriotismo, la aspiración a la vida pú- 
blica, tuvieron que someterse a una moral ficticia i a 
conveniencias políticas, que justificaban los mas duros i 
arbitrarios castigos sobre los rebeldes, o las mas ultra- 
jantes burlas i sarcasmos contra los que se atrevian a 



23 

tener otra moral, otra opinión u otro modo de apreciar 
aquellas conveniencias, aunque no ofendieran los intere- 
ses de la dictadura. Tal sistema tenia su sanción en la 
nueva Constitución política, i su práctica se afianzaba 
en la fidelidad con que sus autores lo ejecutaban, sin 
escusar medios, i amparándose en aquel código hasta 
para erijir por simples decretos dictatoriales el cadalso, 
contra los que aspiraban a tener derechos. 

En 1836 estábamos en pleno terror, menos la clase 
gobernante que triunfaba con él, i menos todavía los 
bienaventurados egoistas que medraban a la sombra del 
poder absoluto, o que no sentían la necesidad de pensar 
libremente, ni la de tener derechos; i como estos biena- 
venturados son siempre muchos, todo terror tiene sin 
esfuerzo una numerosa falanje de hombres sensatos en 
quienes apoyarse. 

¿I los espíritus independientes, que no han amorti- 
guado su libre albedrío, ni lo han disciplinado a las 
exijencias de un dogma o de un interés personal? ¿I los 
que viven lejos de la atmósfera política i sienten, como 
los niños, aquella noble necesidad de justicia i de equi- 
dad, que los hace sobresaltarse e inquietarse en presen- 
cia de cualquiera irregularidad, de cualquier ataque al 
derecho? ¡Oh! esos no son muchos, sobre todo en pueblos 
de nuestra estirpe, pero sin embargo, son bastantes para 
mantener en todo pueblo, en toda sociedad la savia de 
la humanidad, que aunque parece a veces estinguida por 
siglos de despotismo, siempre conserva el elemento de 
la rejeneracion. Esos son los que sufren bajo el terror, i 
entre ellos mucho mas los espíritus altivos, que si logran 
escapar de las crueldades del despotismo, no se salvan 
siempre de las del ridículo con que aquel i sus amigos 
aplastan a los que no se humillan. 

¿Se necesita tener un espíritu rebelde para no ceder 



24 

ante semejantes potencias? No. Algunos pueden tener 
las rebeldías del odio, las de la venganza, las de la so- 
berbia ofendida; pero basta un sentimiento enérjico de 
justicia i un corazón jeneroso para hacer frente a las 
escentricidades del despotismo de las potencias sociales. 
Nuestra naturaleza tiene un instinto de equidad, que 
bien cultivado se convierte en el sentimiento de lo 
justo. 

Mas como en sociedades de nuestros antecedentes i 
educación, apenas recibe aquel instinto ciertos desarro- 
llos dominados por una moral autoritaria, que es compa- 
ñera inseparable de la arbitrariedad de todo poder, el 
terror está en su elemento, como el boa en los pestilentes 
fangos de la zona tórrida, cuando levanta su espantable 
cabeza coronada de cadalsos, en pueblos cortos i atrasa- 
dos como los nuestros. No hai otra cosa que hacer que 
callar i llorar. 

V. 

Así estábamos callados, i no pocos llorando en 1836, 
cuando la reacción colonial triunfante habia consolidado 
su poder. Solo ella estaba contenta i tranquila con la 
situación, i tenia la palabra sobre todos los negocios 
públicos, sin dejar de tener el oido puesto a las voces 
de descontento, para apagarlas, aunque partieran de labios 
infantiles. En el presidio de Juan Fernandez habia cole- 
jiales del Instituto pagando los pecados de su suelta 
lengua, i Juan Nicolás Alvarez i otros jóvenes, como él, 
que no se avenian a respetar las conveniencias sociales 
creadas por la reacción, sufrían ordinariamente persecu- 
ciones, que indudablemente influyeron en su porvenir. 
Nadie podia impunemente apartarse de la compostura 
de palabras i costumbres de que daban el modelo los 
vastagos de la oligarquía. 



■25 

Pero no digamos que se incomodaba a nadie, mien- 
tras fuesen respetados los intereses dominantes i obede- 
cidas las consignas de la dictadura. Se permitía a la 
juventud jugar al billar en los cafées, pasear en el taja- 
mar por el invierno, i en la alameda por las tardes i 
noches de verano. Eso sí, todo paseo se interrumpía al 
toque de ángelus. Las tradiciones de la colonia impo- 
nían la obligación de rezar en público dos veces al dia, 
o por lo menos de aparentar que se rezaba, fuera en la 
calle, en casa, en la oficina, en medio de las mas urjen- 
tes ocupaciones. Al toque de la hora, que anunciaba el 
momento de la consagración en la misa parroquial, los 
mas devotos se ponían de rodillas, donde quiera, i los 
menos, en pié. Al toque de oraciones, todos paraban su 
marcha, se descubrían, rezaban, i se saludaban con esta 
fórmula, si era necesaria la etiqueta — «Después de 
Ud. — No, diga Ud. — Buenas noches. — Así se las dé 
Dios. » 

El despotismo de entonces no daba pan i toros, ni 
tenia prefectos a la romana, que entretuvieran al pueblo 
i le limpiaran los bolsillos. Dejaba a cada cual buscarse 
su pasatiempo con la condición de no hacer bulla, ni 
faltar a la moral convenida. 



VI. 

En semejante sociedad, el espíritu no tenia espansion 
ni alimento. Estaba paralizado, sin luz ni horizonte. Era 
una planta de mandragora, que desarrollaba sus pálidas 
flores, de colores violáceos, bajo la espesa sombra de las 
preocupaciones. 

El teatro habia desaparecido con la muerte de Cáceres 
i Morante, bien que, cuando éstos i otros actores nota- 
bles representaban, apenas servia para los tardíos solaces 



26 

de la clase pudiente. Daba de vez en cuando alguna 
añeja trajedia del ideal antiguo, que Cáceres realzaba 
con su poderoso talento sin cultivo, arrancando lágri- 
mas i aplausos; i ponia mas frecuentemente en escena 
comedias españolas, en las cuales el gracejo de Villalba, 
i mas tarde el de Moreno, descomponian la seriedad de 
nuestros estirados magnates, o dramas rezagados del 
sentimentalismo francés, que escandalizaban a tan cató- 
licos espectadores con las estravagantes pinturas de la 
corrupción de las costumbres europeas, con el triunfo de 
lúbricos amores, que ellos no habrían tolerado, si sus 
sentidos no hubiesen estado fascinados por los seductores 
atractivos de la Aguilar, la mas elegante i donosa de las 
actrices. Todavía, en aquel tiempo, el teatro dramático 
solo hablaba de las emociones del sentimiento, i no hacia 
pensar, como ahora, sobre los problemas sociales, sobre 
los dolores punzantes de los errores i de las preocupa- 
ciones que ofenden a la verdad i a la justicia; que a no 
ser así se habria anticipado diez años el imperio de la 
ópera en nuestra escena, que mas tarde sentó para siem- 
pre su dominación sobre la ruina de la representación 
dramática. 

La educación de la juventud marchaba aun sobre las 
andaderas del peripato, que dominaba en la enseñanza 
monacal, i acababa de ensanchar sus dominios con el re- 
ciente establecimiento del seminario de Santiago (1835); 
i aun cuando habia principiado a disiparse su antiguo 
contajio en el Instituto Nacional, los nuevos métodos 
iniciados en 1827 i el anhelo de completar los estudios, 
según el Plan del Liceo de Mora, se habían olvidado. 
El curso de humanidades que debia haberse arreglado a 
este plan, estaba a los ocho años reducido a un incom- 
pleto i defectuoso aprendizaje del latin, de la gramática 
castellana i la francesa. A veces uno de los empleados 



27 

habia enseñado oficiosamente el conocimiento de los 
mapas de jeografía, i se comenzaba a mantener una 
clase de este ramo, sin los elementos necesarios; pero la 
jeografía no era una asignatura del curso de humani- 
dades. 

El que esto escribe habia ya comenzado a enseñarla 
en los colejios particulares en 1836, i en los primeros 
dias de 1838 publicó sus Lecciones de Jeografía Moderna, 
las cuales desde entonces sirvieron de testo i facili- 
taron la enseñanza de este ramo en todos los estable- 
cimientos de educación. No habría necesidad de este 
recuerdo, sino fuese preciso rectificar de nuevo al señor 
Vicuña Mackenna, que en un informe oficial presentado 
recientemente a la Universidad, ha establecido como 
cierto que el primer testo de jeografía que se ha publi- 
cado es el Curso elemental de Jeografía de Godoi Cruz, 
siendo la verdad que este escribió i publicó cerca de dos 
años después, por encargo de los directores del Colejio 
de Zapata, que no pudieron conformarse con que hu- 
biera otro establecimiento particular, como el del señor 
Romo, que tuviera un testo, como el que habíamos de- 
dicado a sus alumnos. 

El primer testo de jeografía que se ha publicado en 
Chile es el Catecismo de jeografía descriptiva que reim- 
primió en 1829 don J. J. de Mora, cuyo librito, ya 
escaso en 1836, era inadecuado a la enseñanza por defi- 
ciente i porque estaba mui atrasado en sus datos. Este 
Catecismo habia aparecido en Londres en 1824, i for- 
maba parte de la colección que la casa de Ackermann 
publicaba para el uso de los hispano -americanos; i es 
preciso recordar lo que a propósito de él escribia el 
sesudo Blanco White, en el número V del tomo I de su 
Mensajero para que se sepa hoi que el Catecismo de 
Jeoo-rafía de 1824 i 1829 fué una verdadera novedad 



28 

en materia de testos españoles, i que el honor de haber 
publicado en Chile otro testo de este estudio, descri- 
biendo por primera vez la verdadera jeografía de esta 
república i de las demás de la América española, no 
pertenece, como lo supone en un documento universita- 
rio el señor Vicuña Mackenna, a un estraño, sino a un 
compatriota suyo. 

Dice, entre otras cosas, Blanco White lo siguiente: 
«Me doi pues la enhorabuena al ver que la lengua es- 
pañola empieza a poseer obras elementales de la clase 
que mas conviene a los pueblos que se hallan en mejor 
proporción de aprovecharlas. Lo conciso de estas obritas 
es seguramente lo mas importante de su mérito. . . La 
falta de libros que hasta ahora se ha esperimentado en la 
América castellana ha indispuesto por necesidad a sus na- 
turales-para la empresa de estudiar obras profundas, has- 
ta que no se hallen iniciados por otras mas lijeras, etc.» 

Según este respetable testimonio, la lengua española 
solo empezaba a poseer obras elementales en 1824, i es 
seguro que la España misma no tuviera, diez i seis años 
después, otro testo de jeografía, que el mui añejo de 
Cosmografía i Tratado de Jeografía Jeneral de López, que 
se usaba en la marina a principios del siglo; puesto que 
por el año de 1845 nuestro compatriota don Agustín Ola- 
varrieta compró en una librería de Paris un libro, que 
era mui común en las de Madrid, con el título de Leccio- 
nes de Jeografía por Letrone, traducidas al castellano por 
don Mariano Torrente, para el uso de las escuelas pias. 
Décima edición. Madrid, imprenta Nacional, 1841, el 
cual era, letra por letra, una copia de nuestra obra pu- 
blicada en Chile en 1838, i ya reproducida i enseñada 
en varias secciones americanas. Cuando por primera vez 
nos dio a conocer este libro don Antonio Varas, siendo 
vice-rector del Instituto, supusimos que el plajio habia 



29 

sido ejecutado en Chile, i así lo dijimos en una adver- 
tencia puesta en la cuarta edición de nuestras Lecciones, 
que publicó la imprenta del Mercurio en Valparaíso, 
1846. Mas después hemos tenido datos para creer que 
la reproducción se ha hecho i repetido en España. 

Hoi abundan los testos elementales en español i los 
colejios de Chile los tienen de sobra; pero, cuando en 
1838 se publicaron las Lecciones de Jeograf'ia Moderna, 
que tanto han servido a los pueblos de habla castellana, 
no solo no habia escrito Godoi Cruz su Curso, como 
quiere el señor Vicuña Mackenna, sino que no se ense- 
ñaba formalmente la jeografía, ni habia en español otros 
libros elementales de este ramo, según nuestros datos, 
que el catecismo de 1824, i el Manual de Jeografía de 
don José de Alcalá, el cual no era un testo, i que aca- 
baba de publicar en Londres la casa de Ackermann, 
en 1837, en un volumen de 372 pajinas compactas, para 
suplir, según las palabras del autor, la falta que habia 
de una obra de esta clase, que sirviera para la ilustra- 
ción de los que hablan el español. 

Volviendo al estado de los estudios en 1836, el ramo 
que se enseñaba con mas esmero en el curso de huma- 
nidades del Instituto era la gramática castellana, que 
hacia poco se habia introducido como obligatorio. Juz- 
gando nosotros que se le daba un desarrollo inadecuado 
a las aptitudes de los principiantes, como sucede hoi 
mismo, pues por la esperiencia que a la sazón adquiría- 
mos, oyendo las lecciones que daba en su curso de lite- 
ratura don Andrés Bello, estábamos persuadidos de que 
se necesitaba alguna preparación para hacer un estudio 
extenso de la lengua, publicamos en el Araucano , en 
mayo de aquel año, un artículo reclamando una modi- 
ficación del método seguido en el Instituto. Pero se 
estimaba en tanto aquella pequeña innovación introdu- 



30 

cida en los estudios, que los amigos del progreso creye- 
ron que la indicación que proponíamos era un ataque a 
la valiosa conquista que habian hecho, i la rechazaron 
en artículos que publicaron en el mismo periódico, en el 
Mercurio, el Barómetro i el Valdiviano Federal, obli- 
gándonos a replicar en un sentido que los desimpresio- 
nara; pues estábamos mui lejos de disputar aquella con- 
quista, i mucho mas de pretender que se volviera a la 
antigua rutina, como parecia temerlo el primer innova- 
dor de nuestros estudios, que escribia entonces en el 
último de los periódicos recordados. 

Esto revela que en aquellos momentos habia una ver- 
dadera paralización en el progreso de los estudios, pues 
que los pocos que aspiraban a impulsarlo, como en otro 
tiempo, acariciaban como una valiosa adquisición cual- 
quier ensanche que el gobierno autorizaba en el hori- 
zonte limitado en que mantenia la instrucción pública; 
i temían que con el pretesto de una modificación se les 
condenara a retroceder. 

La instrucción secundaria era pues de todo punto 
deficiente, i estando limitado a una preparación incom- 
pleta para seguir después la carrera forense, los que no 
tenian la fortuna de completar esta carrera, tampoco 
adquirían los conocimientos que un ciudadano necesita 
para ser ilustrado, ni tan siquiera los que antes habian 
adquirido los que hicieron el curso de humanidades del 
Liceo de Chile. 

En los estudios superiores del Instituto habia sin duda 
campo para desarrollar la intelijencia i señalar al espí- 
ritu un rumbo luminoso. Pero fuera de la enseñanza de 
las matemáticas puras, que se hacia con sabiduría i ele- 
vación a poquísimos alumnos, la de la mayor parte de 
las otras asignaturas se hacia de memoria, sin una direc- 
ción sistemática i sin intención ninguna de inspirar el 



31 

gusto i el amor de los estudios, que .apenas se bosqueja- 
ban. Es verdad que los estudiantes de filosofía i de 
derecho romano eran mejor iniciados i dirijidos; mas 
aquellos i estos no se preparaban en tales estudios para 
la sociedad moderna, i para el progreso en que debian 
figurar como elementos ; pues en filosofía aprendían una 
metafísica subjetiva, modificada por resabios teolójicos, 
i en el derecho romano, solo adquirían una doctrina 
atrasada i contraria al progreso moderno, por cuanto 
aquella lejislacion desconoce absolutamente el principio 
cristiano de la inviolabilidad del individuo, i sobrepo- 
niendo el poder divino de los cesares al hombre i la 
sociedad, mantiene la esclavitud individual i social, i 
predispone al hombre educado bajo tales ideas en contra 
de las instituciones i de los hábitos democráticos. Esta 
asignatura era entonces de moderna data en el Insti- 
tuto, i nuestra protesta en la prensa i los corrillos, no 
nos habia salvado de hacer su estudio bajo la dirección 
de don Andrés Bello, no históricamente como lo espone 
Heinecio, sino en las fórmulas escolásticas de Vinnio, 
i amoldando nuestra edad moderna a la civilización de 
la era latina. 

Los raros colejios, que fuera del Instituto existian en 
el país, seguian de cerca el modelo i no podian alterar 
el plan de estudios, sin esponerse a fracasar. Así es que 
todos los establecimientos de educación estaban mui 
lejos de servir a la ilustración de nn pueblo democrá- 
tico; i como la instrucción primaria estaba limitada a 
enseñar lectura i escritura en los centros de población 
mas acomodados, no es exajerado asegurar que entonces 
la educación de la juventud no solo era insuficiente, sino 
incapaz de todo punto para producir hombres ilustrados, 
ni aun para encaminar por senda segura a los que aspi- 
rasen a completar su instrucción. 



32 

Aquella jeneral esterilidad tenia, sin embargo, un 
pequeño oasis en la enseñanza privada de literatura 
española i de derecho romano i civil que por entonces 
daba en su casa don Andrés Bello a un corto número de 
alumnos; pero los resultados no eran mas favorables al 
progreso democrático, ni a la emancipación del espíritu 
i de las letras, las cuales, a causa del método del ilustre 
maestro, quedaban siempre bajo el dominio de la rutina. 

La librería de entonces era escasísima i de precios 
exhorbitantes. Formaban su fondo muchos libros ascé- 
ticos i de antigua literatura española, los mui usuales de 
derecho civil, que se pagaban por mas de su peso en 
plata, poquísimos de historia, ninguno de ciencias, i 
algunos tratados de ciencia jurídica i de política, como 
Montesquieu, Fritot, Bentham, Cottu i Vattel; Filan- 
ghieri, Becaria, Rousseau, Constant, Rivero i Salas. La 
literatura moderna de Francia apenas estaba represen- 
tada por las «Palabras de un creyente» i «la Democracia 
en América». 

La prensa era la imájen de aquella postración social 
i política. El partido dominante revelaba su "pensamiento 
en el Araucano, una vez por semana, i los pocos que lo 
leian lo acataban como la palabra sagrada. El Mercurio 
de Valparaíso, haciéndole coro a veces, abria de ordi- 
nario sus columnas al interés comercial i a los desaho- 
gos de alguna rencilla personal. El Valdiviano Federal, 
tribuna del antiguo patriota don J. Miguel Infante, 
aparecía mui de tarde en tarde a perturbar, o mas bien, 
con la intención de perturbar la tranquilidad de los do- 
minadores; pero no se le hacia la gracia de leerlo, ni 
tenia público que lo conociera. Al rededor de estos tres 
astros opacos i nebulosos del cielo de nuestra prensa, 
solian aparecer algunos fuegos fatuos de luz siniestra 
que se apagaban en silencio. 



33 

En 1836 vieron la luz unos cuatro opúsculos ascéti- 
cos, de los cuales podia considerarse como el mas notable 
el que llevaba este título — «Modo como los estudiantes de 
Teología deben hacer la novena al príncipe de esta cien- 
cia, Santo Tomas de Aqitino, por don José Ignacio V. 
Eizaguirre',1) i unos treinta cuadernos de alegatos jurí- 
dicos, vindicaciones i defensas privadas. Las letras tu- 
vieron su único representante en el «Elogio del senador 
don Juan Egaña, pronunciado en la capilla del Instituto 
Nacional, por el profesor don Ventura Marin,» quien 
dio, como maestro de retórica, un modelo de las compo- 
siciones de este jénero, según las reglas clásicas del arte, 
en estilo correcto, pero sin belleza ni fecundidad, i de 
consiguiente apagado i estéril, como la época. La ense- 
ñanza se enriqueció con un testo de «Reglas de urbani- 
dad i mcuvimas de moral adaptadas para la enseñanza 
del Colegio de Zapata, » i con dos traducciones , una del 
« Curso de matemáticas para el uso de las escuelas milita- 
res de Francia, por Allaize , Puisant, etc.», i otro del 
«.Curso elemental de fortificación de campaña de Savart i 
Noix.n Estas traducciones, impresas a espensas del Es- 
tado, fueron obra del coronel de injenieros don Santiago 
Ballarna, español ilustrado, que habia abrazado la causa 
de la independencia americana, i que a la sazón enseña- 
ba matemáticas en la Academia Militar, establecimiento 
fundado por el gobierno pelucon, para dar a los jóvenes 
que se dedicaran a las armas una educación seglar i no 
escolástica , pero que no por eso dejaba de ser estrecha 
i estéril. 

VIL 

La política tenia en la prensa de 1836 una resonancia 
intermitente, a manera de los ecos dolorosos del náu- 
frago que lucha con las ondas, i que a veces pide favor, 

Lastaebia , Becaerdos. 3 



34 

sin que nadie oiga sus gritos, que se pierden en el abis- 
mo. El gobierno de la reacción habia dejado en pié la 
lei de imprenta del partido liberal, i su Constitución 
sancionaba el derecho de publicar las opiniones: pero 
él se reservaba el de perseguir a los que publicaban 
pensamientos que alterasen el orden público; i fiando 
mas en el vacío que el país hacia al rededor de las pu- 
blicaciones políticas, por falta de afición a la lectura, 
por miedo, o casi siempre por la impotencia e incapa- 
cidad de aquellas para inspirar interés, las dejaba apa- 
recer para verlas morir de consunción, o para matarlas 
si tenian alguna vitalidad. 

En 1836 aparecieron seis periódicos. Dos de ellos, el 
Nacional i el Republicano apenas alcanzaron a su segun- 
do número. Otros dos, La Aurora , que se atribuía a 
Benavente i Gandarillas, publicó en Valparaíso ocho, i 
Paz Perpetua a los Chilenos, que era redactado por don 
P. F. Vicuña, llegó a seis, despertando al principio 
cierto interés, que luego decayó a causa de la lángui- 
da difusión de su estilo, i por ser mas bien un libro, sin 
variedad, que se publicaba en entregas, que no estaban 
al alcance del pueblo. Los que mas se mantuvieron se 
llamaban el Intérprete i el Barómetro. 

También apareció algunas veces el Día i el Golpe, 
que habia publicado desde el año anterior don Pedro 
Chacón i Moran, con la colaboración de muchos, a 
quienes pedia sus producciones, i principalmente de 
don J. A. Argomedo, don M. A. Carmona i el presbí- 
tero don Domingo Frias. Era el editor de este papel de 
título tan significativo, un pipiólo de segunda fila, de 
semblante torvo i adusto, que parecia revelar una pasión 
por el golpe que se proponia dar, llegado el clia. Hom- 
bre de alguna ilustración política, siempre solitario i de 
poco hablar, hacia todavía la vida pública, en la barra 



35 

de las cámaras, en las imprentas, en los cafées, como el 
último representante de las ajitaciones de los años 26, 
2.7. i 28 , pero sin ofender ni molestar a nadie. Talvez, 
merced a estas condiciones, le dejaba pasar el gobierno 
absoluto. 

El Intérprete fué el periódico mas regular, el mejor 
escrito en prosa i verso, que se publicó desde junio de 
aquel año hasta marzo de 1837, en treinta números. 
Estaba enteramente consagrado a los intereses de la re- 
pública peruana que, después de conquistada por Santa 
Cruz, iba a perder su autonomía en la Confederación 
Perú-boliviana, que aquel caudillo había ideado para 
erijirse un imperio en estas Américas. El literato peruano 
don Felipe Pardo i Aliaga, redactor de aquel periódico, 
preparaba i formaba en él la opinión del país en favor 
de la guerra que nuestro dictador debia emprender contra 
aquel conquistador, para salvar al Perú; i lo hacia con 
tanta habilidad i facundia, que alcanzaba gran simpatía 
en favor de su empresa i de su persona. Poeta de numen 
satírico, compañero de escuela con Ventura de la Vega, 
i amigo de Bretón de los Herreros, en España, donde 
se habia educado; de vastos conocimientos literarios i 
joven aun, el señor Pardo carecia sin embargo de con- 
vicciones democráticas, i pertenecía por muchos títulos 
a la política que predominaba en Chile, cuyo jefe le 
distinguía con su amistad. 

YA Intérprete provocó las contestaciones del Eventual, 
hoja que publicó cinco veces el señor Méndez, ministro 
diplomático de Santa Cruz; i mantuvo polémicas con el 
Barómetro, opositor a la guerra contra la Confederación, 

Este periódico, que publicó 41 números, desde febrero 
hasta agosto de 1836, tuvo por objeto proclamar la can- 
didatura del jeneral Cruz a la presidencia de la Re- 
pública, proclamación que hizo en mayo, i que trató de 

3* 



36 

preparar manteniéndose un poco lejos de las cuestiones 
que podian desagradar al gobierno. A menudo se que- 
jaba de que éste hubiera entregado la prensa a los godos 
i a los advenedizos especuladores; i esta queja le auto- 
rizaba para estar en frecuentes choques con los redac- 
tores de los periódicos que apoyaban la política domi- 
nante, dejando mui poco lugar a la colaboración que 
varios le prestábamos con el propósito de tratar con se- 
riedad algunas cuestiones del momento. Así apenas logra- 
mos dar principio a la defensa que nos propusimos hacer 
del juicio por jurados, para los delitos de la prensa, 
institución constitucional que atacaba el Araucano en 
largos razonamientos, que según se decia eran redactados 
por don J. J. Pérez, bajo la inspiración de Portales. 
Como esta defensa, hai en el Barómetro unos cuantos 
artículos serios, que desdecian del rumbo que daba al 
periódico su redactor principal. Era el redactor i dueño 
del Barómetro, don Nicolás Pradel, quien llenaba su 
papel con artículos de su interés personal, que provo- 
caban ardientes contestaciones, i que el gobierno apro- 
vechaba para suscitarle juicios de imprenta, en que 
siempre le hacia condenar, hasta que tuvo ocasión opor- 
tuna de encarcelarle i de relegarle a Juan Fernandez. 
Pradel era un espirítu. inquieto, de un individualismo 
exhorbitante , de instrucción forense, pero no sistemada, 
i de una osadia inquebrantable. Habia sido adversario 
de los liberales de 1828; i aunque tuvo grandes conexio- 
nes con los retrógrados triunfantes, se mostró rebelde a 
sus exajeradas pretensiones, abogando por los caidos i 
defendiendo sin doctrina ni sistema la causa liberal, 
siempre que pudo, con una crudeza que le llevaba de 
ordinario a los choques personales mas ardientes. Cam- 
pando por su sola cuenta, como escritor, tuvo fama de 
díscolo i no contó simpatías; mientras que si hubiera 



37 

sido un escritor de partido, como otros que con esas 
mismas cualidades i aptitudes hacen carrera, habría sido 
un luchador de buena nombradía, tan temible para sus 
adversarios, como querido de sus correlijionarios. 

VIII. 

Sin embargo el redactor del Barómetro no era un 
escritor en el verdadero sentido de la palabra, i si escep- 
tuamos de los poquísimos chilenos que entonces solían 
escribir para el piiblico a los señores Benavente, Gan- 
darillas i Vicuña, los restantes tampoco lo éramos, por- 
que carecíamos de fondo i de forma; a lo que se agrega 
que en aquel año, fuera del Araucano i del Intérprete, 
no habia en realidad prensa diaria o periódica que re- 
presentase una opinión, sino publicaciones accidentales i 
efímeras, que no revelaban la existencia del arte literario. 
Los escritores que habían mantenido una prensa de dis- 
cusión o de combate antes de 1830, i los que después 
de este año habían luchado hasta ser vencidos, todos ha- 
bían enmudecido, los liberales porque estaban en el des- 
tierro, i los conservadores porque, satisfechos de su 
triunfo, estaban en reposo. Don P. F. Vicuña que tai- 
vez era el único de los antiguos liberales que hacia oír 
su opinión de cuando en cuando, no era un periodista, 
sino un pensador lento, difuso, que razonaba con la lan- 
guidez del dolor sin esperanzas, i que, aun cuando des- 
pertaba simpatías por la nobleza de su espíritu i por la 
moderación i justicia de sus reclamaciones, no represen- 
taba una opinión política acentuada, que le atrajera ad- 
hesiones o que despertara el espíritu público adormecido 
por el terror. 

Benavente i Gandarillas habían alterado la tranquili- 
dad de sus correlijionarios en el año anterior, protes- 



38 

tando en el Philopolita contra el fanatismo i la negli- 
gencia, decian, del ministro Tocornal que dispensaba 
franca protección a los intereses del clero i a todos los 
elementos retrógrados, que habian surjido al amparo del 
partido reaccionario. Mas después de una campaña corta, 
pero alarmante, que habia obligado al dictador Portales 
a dejar su retiro i volver al gabinete, para acentuar la 
política combatida, erijiendo el arzobispado de Santiago, 
los obispados de la Serena i de Ancud, el seminario 




PEDRO FÉLIX VICUÑA. 



conciliar con un plan de estudios esclesiásticos, i encar- 
gando ademas a Europa veinte i cuatro relijiosos para 
el colejio de Chillan, aquellos escritores enmudecieron, 
aunque no del todo. El primero de ellos era un espíritu 
altivo i sagaz, tenia ilustración política, i aunque no era 
literato ni tenia escuela, su lenguaje era correcto, su 
estilo preciso i vehemente, i sus formas revelaban el 
arte de un pensador profundo, tranquilo i convencido. 
En su conversación era franco, sarcástico, fácil narrador 
i lleno de atractivos que le acarreaban respeto i simpa- 



39 

tías. Por el contrario su compañero era hombre de 
escuela, de vastos conocimientos para la época, especial- 
mante en jurisprudencia; pero tan atrasado como vio- 
lento en ideas políticas, lo que le había colocado a la 
cabeza de los apasionados escritores del partido reaccio- 
nario. Era sin duda el que mejor manejaba la dialéctica 
forense en las discusiones de partido, i por eso era for- 
midable en la polémica política e histórica, i tan hábil 
sofista, que se le consideraba capaz de producir una 
tempestad con sus escritos. 




MANUEL JOSÉ GANDARILLAS. 



Pero habia ademas otros escritores, que si bien no 
usaban de la letra de molde en servicio de intereses polí- 
ticos, habian publicado ciertos libros, en desempeño de 
comisiones oficiales, o bajo la protección de la autoridad. 
En los dos años anteriores al 36, se habian publicado 
los libros i opúsculos siguientes: El Chileno instruido en 
¡a historia topogrcifica , civil i política de su país, por el 
padre frai José Javier Guzman. — Elementos de filosofía 



40 

del espíritu humano por Ventura Marín, para el uso de 
los alumnos del Instituto Nacional. — Repertorio Chileno- 
para el año de 1835 por don Fernando Urizar Garfias. — 
Proyectos de administración de justicia i de organización 
de tribunales, por don Mariano de Egaña. — Sociedades 
Americanas en 1828, como serán i como podrán ser en los 
años venideros, por don Simón Rodríguez. — Principios 
de ortolojia i métrica de la lengua castellana, por don An- 
drés Bello. — De la proposición, sus complementos i orto- 
grafía, por el licenciado lector en teolojia i canónigo don 
Francisco Pítente. 

Esas publicaciones nos habían envanecido antes de 
1836, porque la clase gobernante las presentaba como 
testimonios del progreso intelectual que ella fomentaba. 
¡Se publicaban libros en Chile! Habia escritores que se 
consagraban a estudios trascendentales, i aunque los tres 
últimos eran estranjeros, los considerábamos casi como 
nuestros. Los trabajos filolójicos del señor Bello i del 
canónigo Puente revelaban, no solo un gran conocimiento 
de la lengua, sino principalmente un análisis filosófico 
tan luminoso i tan sagaz, que hacia honor a sus autores 
i al estado del estudio de la lengua castellana entre 
nosotros. Bajo este aspecto, no era menos notable la 
obra del señor Marín, pues acusaba un gran progresso 
en el método con que se estudiaba la filosofía en el co- 
lejio nacional, que servia de universidad. Mediante los 
esfuerzos de este profesor i de su malogrado compañero 
don José Miguel Varas, se habia abandonado la escuela 
peripatética, dando a aquel estudio un carácter esperi- 
mental, que si bien estaba dominado aun por un criterio 
subjetivo i casi siempre metafísico, acostumbraba a los 
alumnos a discurrir con entera independencia de las re- 
glas de la dialéctica, que, estrechando i aun estraviando 
el espíritu, lo inhabilitan para la vida democrática. No 



41 

hai mas que ver todavía como embrollan i desfiguran 
toda discusión los que llegan al foro, a la tribuna o a 
la prensa, después de haber adquirido una instrucción 
teolójica i metafísica, bajo la rutina de las escuelas que 
aun mantiene el peripato, el cual es un anacronismo en 
nuestra época. 

Los autores del Chileno instruido i del Proyecto de 
administración de justicia no eran escritores, i aun eran 
mui inferiores en estilo i en corrección de lenguaje al 
autor del Repertorio chileno. El padre Guzman había 
necesitado de que le redactara sus recuerdos históricos 
José María Nuñez, quien tuvo que abandonar la tarea, 
porque le fué imposible conseguir que el autor renun- 
ciara sus formas anticuadas i que disciplinara su gusto 
literario; i el señor Egaña, que emprendió un trabajo de 
adaptación de otro proyecto escrito en España, fué mui 
poco fiel a la forma castiza del modelo, como lo mues- 
tran los títulos de su obra que fueron convertidos en 
leyes de la República por la dictadura en 1837. El señor 
Egaña era un orador por su facundia i sus hábiles re- 
cursos oratorios, por su arte para discurrir i refutar, por 
la agradable sonoridad i la natural fluidez de su palabra, 
i hasta por la magnanimidad de sus formas i maneras; 
pero no tenia un lenguaje correcto, i su estilo difuso 
acusaba a menudo al pensador superficial i al disputador 
dialéctico. Mas este mismo conjunto le hacia un con- 
versador ameno, lleno de atractivos, que mantenían pen- 
dientes de su palabra a los que le rodeaban, sobre todo 
cuando narraba anécdotas, a lo cual era mui aficionado. 
Don Mariano Egaña, hijo de un distinguido literato de 
la colonia, de un filósofo, que habia defendido su fé 
católica de la invasión de los enciclopedistas del siglo 
XVIII, asilándose en la civilización antigua de Grecia 
i Roma, en cuyo molde queria modelar las nuevas socie- 



42 

dades americanas, después de su emancipación, tenia 
veneración por su padre; i sin embargo de que seguía 
fielmente sus lecciones i tradiciones, se habia convertido, 
en su viaje a Europa, en un verdadero anglomano polí- 
tico, i tomaba como modelo para su patria a la Ingla- 
terra, en lugar de la Grecia; pero sin su protestantismo, 
a pesar de que su padre con todo su catolicismo acataba 
de esta última hasta sus dioses. 




JUAN EGANA. 



El padre habia ejercido un verdadero majisterio, por 
su saber, durante su vida, i con su gran prestijo habia 
influido poderosamente en todas las tentativas de organi- 
zación política hasta 1823. El hijo, que no tenia tan 
vasta instrucción, habia heredado aquel gran prestijio i 
muchas de las escentricidades características del viejo 
literato; Ambos, por sus preocupaciones i creencias, por 
su intolerancia i por aquel excesivo celo relijioso que en 
nada contribuye a la moralidad del pensamiento, ni de 



43 

las costumbres, eran verdaderos representantes del espíritu 
del siglo XVI, dominante en la colonia. 

Acostumbrado don Mariano a los respetos i conside- 
deraciones que le allegaban su prestijio i su alto puesto, 
se creia en todas circunstancias con el derecho de llevar 
la palabra i de dominar, sin guardar respetos ni mira- 
mientos; i se hacia escuchar agradablemente por su gra- 
cia en el decir i por la feliz memoria, que tanto le servia 




MARIANO EGAÑA. 



para realzar sus narraciones. Era un pelucon estremo, 
porque en sus ideas políticas no solo picaba mui atrás, 
sino que era monarquista, i lo disimulaba procurando 
para la república un gobierno fuerte, ya que no podia 
darle un rei. La constitución de 1833 lleva la marca de 
su influencia política, i si se compara el proyecto que él 
presentó a la convención con el que formó la comisión 
nombrada al efecto, es fácil ver que el señor Egaüa es 
el organizador del gobierno personal entre nosotros, i 
por tanto, el inspirador, o mejor dicho, el mentor políti- 



44 

co del dictador de entonces, quien por otra parte no ne- 
cesitaba de inspiradores para afianzar' la política de odios 
que le condujo a su trájico fin. 

El autor de las Sociedades Americanas en 1828, don 
Simón Rodríguez, que es el otro escritor estranjero a 
quien hemos aludido, era un hombre raro, que estaba en 
nuestra sociedad fuera de su centro, i que pasaba por un 
estravagante, como un grotesco, que no estaba a la altu- 
ra de los otros autores de los libros que se habian publi- 
cada en 1834 i 35. Rodríguez tenia sin embargo, un 
prestijio: el de haber sido maestro de Bolívar, quien le 
honraba con su amistad, i le reconocia como su piloto, 
declarándole que sus lecciones se habian grabado pro- 
fundamente en su corazón, i le habian servido de guias 
infalibles. 

¿I por qué era un grotesco Rodríguez entre nosotros? 
Porque era un verdadero reformador, cuyo puesto esta- 
ba al lado de Spence, de Owen, de Sansimon i de Fou- 
rier; i no en las sociedades americanas, que, aunque en- 
vejecidas i enviciadas en el antiguo réjimen, como las 
europeas que aquellos reformadores pretendieron rejene- 
rar, habian podido, mediante su emancipación, dar un 
salto mortal para buscar su reconstitución i su reforma 
en la república democrática. 

Don Simón Rodríguez, hombre de jénio, independiente 
i observador, nacido i formado por sí mismo en una 
colonia pacífica, de sencillas costumbres, como Venezuela, 
había pasado enseñando a leer en Europa los primeros 
años de este siglo; i sobrecojido por los graves e in- 
solubles problemas sociales i políticos que ajitaban a 
aquellas monarquías, se había afiliado naturalmente en 
el atrayente movimiento de reforma social que en Ingla- 
terra i en Francia se había producido en la segunda de- 
cena del siglo i que continuó con fé sectaria muchos 



45 

años después. El reformador americano no podia dejar de 
aplicar las ilusiones brillantes de los reformadores euro- 
peos a la rejeneracion de las sociedades americanas, sin 
advertir que estas ya habían principiado a buscarla en 
la reforma política, confiando, como el gran discípulo de 
aquel, en que la América saldría de su estado de crisálida, 
como decia en su lenguaje oriental el Libertador, de- 
sarrollando naturalmente i sin violencia las leyes fisioló- 
jicas de su organización social, bajo el amparo de una 
forma política que garantizara la libertad del individuo 
i la independencia de la sociedad 

Rodríguez, como los reformadores europeos, tomaba 
como palanca de su reforma social la educación; i, como 
institutor esperimentado, adoptaba nuevos métodos prác- 
ticos para enseñar a leer i a escribir, de manera que la 
escritura representara gráficamente, por el tamaño, for- 
ma i colocación de las palabras i frases, la importancia 
de las ideas, para que la lectura la anotara por medio 
de las inflexiones enfáticas de la voz. Pero su sistema 
filosófico i social era diferente. Respecto de los socialistas 
que influyeron en Rodríguez, ha dicho Luis Reybaud — 
«Hé aquí tres hombres eminentes, Sansimon, Fourier i 
Owen, que casi unísonos, juntos, en la misma fecha, se 
han hallado sobrecojidos por una idea, la de fundar un 
nuevo bienestar i de predicar una moralidad nueva. 
Los tres, bajo diversos modos i desiguales en importan- 
cia, han procedido a una organizarían mejor del trabajo, 
i proclamado que la lei de los destinos futuros seria, el 
uno el amor, el otro la atracción, el tercero la benevo- 
lencia.» Los tres iban sin embargo, a la comunidad de 
bienes, i la mejor organización del trabajo, que habian 
ideado, sin copiarse e inspirándose cada uno por sí mis- 
mo, tenia por objeto la nivelación de las fortunas. Ro- 
dríguez, que aseguraba no conocer el sistema de Sansi- 



46 

mon, ni el de Fourier, se habia inspirado indudablemente 
en los esperimentos de Roberto Owen en New-Lamark, 
i haciendo del aprendizaje industrial una condición de 
toda educación, queria inspirar a los americanos el amor 
a la propiedad i el hábito del trabajo, para hacer menos 
penosa la vida, lo cual, según él, era el fin de la socia- 
bilidad, como lo creia también Sansimon. 

El sistema de Rodríguez, no es conocido, sino por el 
Pródromo o introducción, que publicó el año 1828 en 
Arequipa, i por el opúsculo de 28 pajinas que se im- 
primió en Concepción en 1834 bajo la protección de don 
José Antonio Alernparte, intendente de aquella provin- 
cia, siendo dicho opúsculo la introducción de la cuarta 
parte de su sistema, en la cual trataba de los Medios que 
se deben emplear en la reforma. Métodos i modos de pro- 
ceder en los métodos. 

El opúsculo de 1834 fué desdeñado, después de haber 
provocado las sonrisas de los curiosos qua lo leyeron. Su 
estilo era seco, aforístico, i su claridad, que era la cuali- 
dad mas apreciada por el autor, casi desaparecia bajo las 
formas plásticas de su lenguaje i de su escritura, que 
chocaban por su estrañeza. Rodriguez, por otra parte, 
era un reformador que, si tenia el amor de Owen por 
sus prosélitos, no hacia nada por atraerlos, como Sansi- 
mon, ni mostraba la dulce benevolencia de Fourier; 
pues chocaba de frente con todas las ideas admitidas, 
contra las costumbres i conveniencias sociales, sin con- 
vencer ni persuadir, aun sin halagar, 

El queria para nuestras Américas un gobierno repu- 
blicano, pero haciendo consistir la diferencia entre la 
monarquía i la república, en que la primera tiene por 
fin el bienestar de una clase privilejiada i la segunda el 
bienestar del pueblo, organizaba sin embargo su gobier- 
no en una oligarquía militar, cuyos funcionarios debian 



47 

ser vitalicios- El autor escusaba esa chocante contradic- 
ción, que predisponía desde luego los ánimos de todos 
los americanos contra semejante sistema, proponiendo 
esa forma de gobierno como provisional, mientras se 
educaba la nueva jeneracion, pues abandonaba a la pre- 
sente como incorrejible, como incapaz de ser reformada: 
i creyendo que el oríjen de todos las males estaba en 
que hai repúblicas sin ciudadanos, quería crear un pueblo 
nuevo, cosa que le parecía hacedera en cinco años, esta- 
bleciendo un sistema de Educación popular, que desti- 
nara a los hombres a ejercicios útiles i les diera una as- 
piración fundada a la propiedad. Rodríguez no quería 
que imitásemos a la Europa que, es ignorante en polí- 
tica, que jamás reformará su moral i que encubre bajo 
un velo brillante un cuadro horroroso de miseria i de 
vicios. Pero tampoco quería que imitáramos la forma de 
gobierno de Estados Unidos, porque carecíamos de pue- 
blo, carecíamos de ideas de independencia social, de 
ideas liberales. En lo primero tenia razón. No la tenia 
en esto último, i su error provenia de suponer que con 
su sistema de educación daba al hombre ideas de inde- 
pendencia e ideas liberales, para formar el pueblo que el 
gobierno republicano necesita. Grande es sin duda el 
poder de la educación; pero jamas le valdrá a un pueblo 
el ser educado en la aspiración a la propiedad, en los 
ejercicios útiles e industriales i en las ideas liberales, si 
las instituciones políticas no facilitan el desarrollo de 
estos elementos de poder, de estos medios de prosperidad, 
asegurando, como las instituciones de la democracia ame- 
ricana, la independencia del hombre i de la sociedad, por 
medio del goce completo de los derechos que constitu- 
yen la libertad individual. 

No se conocen los detalles del sistema de Rodríguez, 
ni los medios que empleaba en la reforma para obtener 



48 

un pueblo de ciudadanos. Se conocían sí sus prácticas 
en la enseñanza, todas las cuales eran chocantes a los 
usos i sentimientos admitidos. Se decia que en su escuela 
de Concepción, i en la que tuvo desques en Valparaíso, 
enseñaba, juntamente con los rudimentos de instrucción 
primaria, la fabricación de ladrillos, de adobes, de velas, i 
otras obras de economía doméstica; pero que la educa- 
ción que administraba estaba mui lejos de conformarse 
a las creencias, usos, moralidad i urbanidad de la socie- 
dad en que ejercia su majisterio. Eso esterilizaba los es- 
fuerzos del reformador i la estravagancia de sus formas 
i de sus hábitos le daba una orijinalidad que le alejaba 
las adhesiones, sin embargo de que por su jenio i cono- 
cimientos se atraía el respeto de los que le trataban. 

Uno de estos era el señor Bello, en cuyo hogar le vi- 
mos algunas veces. Una noche estaban ambos solos en 
casa de aquel, después de haber comido juntos. El espa- 
cioso salón estaba iluminado por dos altas lámparas de 
aceite, i en un estremo, en el sillón mas inmediato a una 
mesa de arrimo, en que habia una lámpara, estaba el 
señor Bello con el brazo derecho sobre el mármol, como 
para sostenerse, i su cabeza inclinada sobre la mano 
izquierda, como llorando. Don Simón estaba de pié, con 
un aspecto impasible, casi severo. Vestia chaqueta i pan- 
talón de nanking azulado, como el que usaban entonces 
los artesanos, pero ya mui desveido por el uso. Era un 
viejo enjuto, transparente, de cara angulosa i venerable, 
mirada osada e intelijente, cabeza calva i de ancha frente. 
El viejo hablaba en ese momento con voz entera i agra- 
dable. — Describia el banquete que él haJ3Ía dado en la 
Paz al vencedor de Ayacucho i a todo su estado mayor, 
empleando una vajilla abigarrada, en que por fuentes 
aparecía una colección de orinales de loza nuevos i 
arrendados al efecto en una lozeria. Esta narración, he- 




PEDRO FERNANDEZ GARFIAS. 




FRANCISCO MARÍN. 



49 

cha con la seriedad que da una limpia conciencia, era la 
que habia escitado la hilaridad, poco común del señor 
Bello, i le hacia aparecer con la trepidación del que llora. 
La narración, hecha con el énfasis i aquellas entonacio- 
nes elegantes que el reformador enseñaba a pintar en 
la escritura, daban a la anédocta un interés eminen- 
temente cómico, que habia sacado de sus casillas al ve- 
nerable maestro. 

IX. 

Pero aquellos libros i estos escritores no revelaban la 
existencia de una literatura, i si en cierto modo eran un 
eco lejano débil de la literatura española, con la sola 
escepcion de Rodríguez, no se podia considerar que esta 
existiera entre nosotros, como un instrumento de nues- 
tra civilización; puesto que las colonias americanas no 
habían existido como una parte integral de la sociedad 
de la madre patria, ni podian aspirar a serlo después de 
su emancipación, desde que las instituciones de su orga- 
nización, como Estados independientes, debian llevarlas 
por un camino opuesto. 

Cuando los Estados Unidos se emanciparon política- 
mente, no se emanciparon de la literatura inglesa , i esta 
pudo servirles i les sirvió en efecto para su nueva situa- 
ción, porque continuaron siendo británicos sus senti- 
mientos i sus ideas, sus intereses i sus necesidades so- 
ciales, con la sola diferencia de que su sociabilidad debía 
ser mejor servida por la nueva organización republicana, 
i podia serlo, porque esta no era una novedad violenta, 
sino un progreso, un desarrollo natural de la misma 
sociabilidad. 

Así se observa cpie la necesidad de su nueva organi- 
zación i el interés de sus nuevas instituciones políticas 
fueron servidos brillantemente por políticos i literatos 

Lastahhia, Recuerdos. 4 



50 

de la altura de Franklin, Washington, Adams, Hamil- 
ton, Jefferson, Madison i Jay: como el interés social de 
la emancipación del espíritu lo fué por Paine desde lue- 
go, por Chaning i Emerson en seguida; como la nece- 
sidad de combatir las preocupaciones de nobleza i la de 
encaminar la moralidad por otra senda iluminada por 
la poesía lo fueron por Irving, Bryant, Cooper; sin que 
ninguno de esos grandes escritores, que fundaron la lite- 
ratura americana dejase de ser un literato ingles, menos 
las preocupaciones británicas que la nueva política i los 
nuevos intereses sociales rechazaban. 

Entre los chilenos no tenia representantes la literatura 
española, i si uno que otro vinieron de afuera no alcan- 
zaron a formar un centro literario que pudiera servir a 
nuestra ilustración, ni aun a las necesidades de la nueva 
época. Estas por otra parte, no solo fueron desconoci- 
das, sino también negadas por la reacción de 1830, i su- 
plantadas por otras que llegaron a tomarse como inte- 
reses principales i primordiales, i sirvieron por tanto de 
base i de fórmula a las opiniones corrientes i admitidas. 

Todo el interés de la organización política, por ejem- 
plo , se cifró en el orden, palabra májica que para la 
opinión pública representaba la tranquilidad que facilita 
el curso de los negocios, con mas la quietud que ahorra 
sobresaltos, concillando la paz del hogar i de las calles; 
i que para los estadistas i los politiqueros significaba el 
imperio del poder arbitrario i despótico, es decir, la 
posesión política del poder absoluto que en los tran- 
quilos tiempos de la colonia usufructuaban los seides del 
rei de España. Todas las instituciones políticas i las 
leyes secundarias, todas las doctrinas i las prácticas 
gubernativas se dirijian a conseguir i a afianzar aquel 
gran fin. De consiguiente todos los intereses del pro- 
greso intelectual i moral, que sirven de fundamento a la 



51 

libertad individual i a la independencia social, estaban 
subordinados al mismo fin. 

No se podia tener la audacia de servir con indepen- 
dencia de este fin a tales intereses sin incurrir en una 
rebelión. La intelijencia que no quisiera incurrir en tal 
delito, debia callar, i seguir la corriente. 

A nuestros ojos aquella situación contrariaba abier- 
tamente los fines de la revolución americana, i en lugar 
de encaminarnos a correjir nuestro pasado i a preparar 
nuestra rejeneracion , nos encadenaba en el punto de 
partida, rehabilitando el sistema colonial. El caudal de 
nuestras lecturas era escaso, i sin embargo, nos predis- 
ponía contra aquella situación de una manera que llega- 
ba a ser mortificante. Dos libros viejos, que habian for- 
mado parte del haber de la quiebra de un comerciante 
ingles, eran los que mas habian contribuido a inspirar- 
nos nuestra convicción. Les Garanties individuelles por 
Daunou i una historia de los Estados Unidos, en un 
volumen grueso, a la rústica i bien impreso, cuyo autor 
no recordamos. La circunstancia de haber sido uno de 
los tres alumnos de la clase de ingles del Instituto nos 
habilitaba para leer este libro, que habíamos meditado i 
recorrido muchas veces, comparando la situación de las 
dos Américas i admirándonos de cuánto teníamos que 
hacer los hispano -americanos para colocarnos en una 
disposición social adecuada del progreso democrático, de 
la cual tanto nos separaba el orden político de 1836. 
Esta lectura nos habia hecho apreciar también las ideas 
de don Simón Rodríguez en su verdadera importancia, 
i su opúsculo, tan despreciado por la jeneralidad, nos 
habia llevado a serias meditaciones. 

Creíamos, como este escritor, que nuestra república 
necesitaba de un pueblo; pero para tenerlo, no bastaba 
a nuestro juicio, dar una educación industrial a la nueva 

4* 



52 

jeneracion, sino que era indispensable rehacer nuestra 
civilización, abjurando todo el pasado español, i discipli- 
nando a la jeneracion actual en la práctica de la libertad, 
por medio de las instituciones políticas reformadas sis- 
temáticamente, con sinceridad. Pero la libertad política 
no era para nosotros el gran fin, como para los descon- 
tentos de entonces, sino solo una parte, un complemen- 
to, si se quiere, de la libertad individual i social, sin 
cuya práctica, la educación industrial que deseaba el 
reformador Rodriguez iba a ser estéril, i el trabajo un 
simple instrumento de la esclavitud. 

Estas ideas no tenian eco. Nuestras relaciones del 
Liceo i del Instituto, las que a la sazón cultivábamos en 
los cursos del señor Bello, nos ponian en relaciones con 
los jóvenes liberales i con los aristócratas de la oligar- 
quía dominante. Aquellos, que no hallaban otra salva- 
ción que la rebelión a mano armada contra el orden 
existente, rechazaban tales ideas como planes de cobar- 
día. Estos, que consideraban ese orden como el honor 
de Chile, que habia alcanzado con él a ser la república 
modelo, las desdeñaban como simples absurdos, que acu- 
saban estravagancia o necia presunción. 

Pero nuestra convicción era tan enérjica, que en lugar 
de debilitarse con tanto desden, se fortificó, i comenza- 
mos a poner en obra nuestro plan, aprovechando nuestra 
situación de profesor en el colejio del señor Romo, para 
abrir en 1837 un curso de lejislacion i otro de litera- 
tura, a fin de difundir nuestras ideas, que desde enton- 
ces tomaron mas firmeza i gran desarrollo con el estudio 
de Bentham, Constant, Montesquieu, Pritot i otros 
publicistas, cuyos libros preciosos representaban en 
nuestro estante los honorarios de nuestro trabajo i un 
capital para el porvenir. A los veinte años de edad no 
se puede acometer semejente empresa sin una ardiente i 



53 

sincera creencia en el poder de las ideas, i una ciega fé 
en el porvenir. Solo así se podia tener valor en aquella 
situación para desafiar la indignación de las potencias 
dominantes i los peligros del ridículo. ¿Habia en esto 
alguna vanidad? Pero jamas se ha visto a la vanidad 
emprender obra semejante, ni sacrificarse en servicio 
ajeno, ni tener la paciencia que nosotros liemos ejercita- 
do en nuestra humilde tarea, sin imajinarnos que nuestra 
conducta podría autorizar a los que nos han juzgado 
cuarenta años después, para asegurar que cuanto hemos 
hecho por el progreso moral de nuestra patria es la obra 
de un excesivo amor propio. Con eso i todo, lo cierto es 
que la empresa se llevó adelante, i la continuamos aun, 
estudiando siempre los medios de perfeccionarla para 
definir con mas claridad sus fines i hacerlos una reali- 
dad. Eso da derecho para hablar bien alto contra los 
que, por mal espíritu o por ignorancia, quieren hacer 
olvidar aquella labor asidua de cuarenta años, o desco- 
nocen i desfiguran su acción para rebajar sus efectos, 
apesar de que ellos mismos los han aprovechado. I la 
prueba de que en aquellos tiempos hacíamos lo que 
pensábamos, i de que hoi no damos a los hechos pasados 
una significación que no tenian, como también lo ha su- 
puesto alguno, está precisamente en esos mismos efectos 
de nuestra labor, en nuestra enseñanza i en los escritos 
propios i ajenos que de ella clan testimonio. 

En 1837, año que se inicia con los desenfrenos del 
despotismo — la suspensión del imperio de la Constitu- 
ción, los consejos de guerra permanentes, los patíbulos 
políticos, la ejecución sin forma de juicio de los confi- 
nados por causas políticas que se fugaran; — i que 
promedia con la sublevación militar que envolvió en tor- 
rentes de sangre el trájico fin del dictador mismo; en 
ese año comenzábamos nuestra peligrosa tarea de enseñar 



54 

a conocer la sociedad, al hombre i sus derechos, las con- 
diciones de la organización democrática, elevando a la 
juventud a las rejiones puras de la ciencia, i dándole un 
criterio justo que la habilitara para juzgar las enormidades 
que la rodeaban; al mismo tiempo que la adiestrábamos 
en el arte de espresar sus ideas i sentimientos. 

Para nuestra enseñanza, seguíamos los testos del Ins- 
tituto Nacional, pero el de lejislacion, que era tan redu- 
cido, que en 150 pajinas manuscritas, mas o menos, con- 
tenia la teoría del derecho civil i del penal, i la teoría 
política, solamente nos servia de tema para las lecciones 
orales que hacíamos diariamente, esplicando i amplifi- 
cando aquel testo con el objeto de inspirar a los alum- 
nos un buen espíritu i de darles un criterio recto i co- 
nocimientos amplios en derecho público i en la filosofía 
del derecho civil i del penal. 

En 1838, en que continuaba todavía el estado de sitio 
i la consiguiente suspensión del imperio de las leyes; 
repetimos con el mismo amor nuestras lecciones i ense- 
ñamos el derecho de j entes a otro número mayor de 
alumnos, cuidando siempre de no comprometer nuestra 
misión con los intereses de la política militante. 

Al año siguiente, el teatro de nuesta acción se en- 
sanchó, mediante el nombramiento de profesor de legis- 
lación i de derecho de j entes del Instituto Nacional con 
que en 23 de febrero nos favoreció el gobierno. Ese 
nombramiento, que nos daba la ventaja de enseñar des- 
de luego en el colejio nacional a sesenta i tres alumnos 
mas (*), fuera de los del colejio donde habíamos princi- 



(*) Como un grato recuerdo, insertamos aquí la lista de 
estos alumnos del Instituto, que conservaba entre sus curiosidades 
F. S. Asta-Buruaga , en el mismo orden en que él la escribió en 
1839, a saber: Nicolás Villegas, J. Agustin Ovalle, J. Anacleto 



55 

piado, importaba para nosotros un doble triunfo; porque 
probaba, por una parte, que habíamos sabido mantener 
nuestra enseñanza en una rejion elevada, a la cual no 
alcanzaban las pasiones ni los recelos del momento, i 
por otra que habían sido satisfactorios los exámenes que 
en el 'Instituto habían rendido nuestros alumnos parti- 
culares en los cursos de 1837 i 38. La clase de legis- 
lación i de derecho de jentes, en este establecimiento, 
estaba vacante por la enfermedad de su digno profesor 
don Ventura Marín, que poco antes la había recibido; 
i su suplente, el malogrado joven Felipe Herrera, nos 
había comunicado que debia darse a oposición. Con esta 
noticia, después de los exámenes de nuestros alumnos 
particulares, pedimos al rector don Manuel Montt, que 
nos inscribiera para el caso de realizarse el concurso; i 
cuando estábamos esperando la citación, el digno rector 
nos comunicó el nombramiento que él mismo había ob- 



Montt, Francisco A. Covarrubias, Rafael Molina, Ramón Varas, 
Exequiel Urmeneta, José Antonio Astorga, Pedro Errázuriz, 
Ignacio Ortúzar, Pedro Santelices, Francisco Seco, José Dolores 
Sanfurgo, Miguel Campino, Daniel Novoa, Jovino Novoa, Vicente 
López, Francisco Bascuñan Guerrero, Alejandro Reyes, Vicente 
Valdivieso, José Briseño, Manuel Novoa, Rafael Cruz, Santiago 
Iñiguez, Antonio Pérez, José María ligarte, Secundino Prado, 
J. Ramón Montt, Juan Santander, Rafael valle, Ejidio Diaz, 
Carlos Balvastro, Lindor Balvastro, Zoilo Villalon, Mariano Jurado 
de los Reyes, Nicolás Rodríguez, Tadeo Rojo, Diego Salinas, 
Vicente Gómez, Silvestre Ochagavia, Adolfo Zamudio, Eduardo 
Cuevas, Amador Rosas, J. Manuel Hurtado, Bernardo Villagran, 
Manuel Blanco Gana, Atanacio Irisarri, José Luis Lira, Narciso 
Herrera, Fernando Baquedano, José Antonio Briseño, José Manuel 
Pizarro, J. Agustín Guerrero, Diego Serrano, Tiburcio Aróstegui, 
Manuel Bezanilla, Enricpre Tocornal, Matías Ovalle, Francisco 
Gutiérrez, Carlos Riso Patrón, Fructuoso Cousiño, Pablo Ramirez, 
Francisco S. Asta-Buruaga. 



56 

tenido, desistiendo de la idea de dar a oposición las cá- 
tedras. 

X. 

La tirante situación política que había llevado al pais 
a la desastrosa sublevación militar del 3 de junio de 1837 
se modificaba de dia en dia, i esto facilitaba el desarrollo 
intelectual. 

Después de aquel tremendo suceso, que habia sido 
una sangrienta protesta del ejército i del país contra la 
guerra que el dictador por sí solo habia emprendido contra 
la confederación Perú-boliviana, iniciando las operacio- 
nes con un acto de piratería que comprometía a la na- 
ción, el gobierno, según la lójica de su política, tuvo que 
desatender esa protesta; i reorganizado el ejército, lo 
lanzó al Perú i abrió la campaña que terminó en el tra- 
tado de Paucarpata. No nos equivocamos al afirmar que 
esta terminación satisfacía las aspiraciones de la opinión 
jeneral de Chile; pero el gobierno reprobó el tratado, 
considerándolo con justicia como un fracaso deshonroso, 
desde que la guerra debia llevarse adelante hasta dar en 
tierra con la armazón monárquica que en su beneficio 
habia erijido un caudillo militar en las dos repúblicas 
vecinas, conquistando al Perú i sojuzgándolo después de 
haber vencido a sus ejércitos i asesinado a sus jenerales 
en Yanacocha i Socabaya. 

Santificada la guerra con este elevado i patriótico 
propósito, el gobierno pelucon apeló al país entero, sa- 
liendo de la estrechez de su partido ; i como el país ca- 
llaba todavía, era altamente político estimularlo a unirse 
con el gobierno en la defensa de la causa nacional, pues 
era lójico esperar que, proseguida la guerra con el ausi- 
lio i apoyo de la opinión, el gobierno modificara su polí- 
tica de partido i prefiriese en adelante gobernar con el 



0< 

pais. Con esta esperanza nos hicimos ajitadores, fundan- 
do el Nuncio de la Guerra i colaborando en otros pape- 
les que aprobaban el plan de llevar adelante las opera- 
ciones que un año mas tarde realizaron aquel gran pro- 
pósito con el triunfo de Yungai. En efecto, después de 
aquel triunfo, el gobierno del jeneral Prieto trató de 
humanizarse, volviendo al orden legal. En junio de 
aquel año terminó el estado de dictadura, recobrando la 
Constitución su imperio, i en setiembre fueron abatidos los 
tribunales escepcionales de consejos de guerra permanentes. 

Los intereses políticos asumen entonces en la prensa 
una representación que no habian tenido, pues a pesar 
de que en 1838 el movimiento de la prensa en jeneral 
habia sido relativamente mui notable, no solo por causa 
de la guerra, sino también por el impulso que habia re- 
cibido la enseñanza en los varios establecimientos parti- 
culares que rivalizaban en mejorarla , no habia sin em- 
bargo aparecido ningún periódico que se consagrara 
sistemáticamente a la política interior, como el Diablo 
Político, que apareció en junio, i las Cartas Patrióticas, 
en agosto de 1839. 

Las Cartas Patrióticas, redactadas bajo el seudónimo 
de Junius por clon D. J. Benavente, causaron una pro- 
funda impresión por la elevación de sus formas i de su 
estilo, i por la importancia de sus temas políticos de 
actualidad, por el liberalismo i justicia de sus ideas. La 
causa de la reforma liberal i de los intereses del pueblo 
tuvo en aquellas cartas, que alcanzaron a diez i nueve, 
una defensa digna, que despertó el espíritu público i 
preparó la opinión para las elecciones populares que de- 
bían verificarse en 1840. 

El Diablo Político era un periódico de guerra, cuyo 
carácter nos hizo abandonar su colaboración, apesar de 
haber tenido parte en fundarlo. 



58 

Una noche de junio, recibimos en nuestra casa de la 
calle de San Antonio, entre Merced i Monjitas, una visita 
prevenida de Juan Nicolás Alvarez i el présbitero don 
Domingo Frias, que llegaban a arreglar la publicación 
de un periódico político, aprovechando nuestras relacio- 
nes con el dueño de la imprenta de Colocólo, para obte- 
ner que hiciera de su cuenta la publicación, sin la res- 
ponsabilidad pecuniaria de Alvarez, que seria el editor 
responsable ante la lei. Este estaba descontento de los 
protectores i de los colaboradores que su compañero ha- 
bia buscado para la publicación del Clamor, cuyo pri- 
mer número tenian ya en la misma prensa, i deseaba 
otro arreglo. Mucho se discutió allí sobre el carácter del 
nuevo papel, que según nuestra opinión debia ser tem- 
plado, serio i destinado a formular i representar las aspi- 
raciones del país contra el orden establecido. Alvarez era 
impetuoso i declamador, escribia de modo que cada uno 
de sus artículos políticos parecia una proclama incendia- 
ria, i no podia por supuesto admitir que se diera seme- 
jante jiro a un periódico que él se proponia dirijir. Las 
persecuciones continuas, de que su liberalismo ardiente 
le hacia víctima, habian irritado su ánimo i le habian 
impuesto hábitos i relaciones que él mismo deploraba. 
Queria venganza, i si bien convenia con nosotros en que 
la libertad de que podíamos usar para emitir nuestros 
pensamientos, era una graciosa concesión de los gober- 
nantes, la cual no tenia una sola garantía legal, puesto 
que la Constitución misma los autorizaba para suspen- 
der su imperio, cuando les convenia volver a gobernar 
según su arbitrio i entronizar un despotismo, creia por 
otra parte firmemente que el pueblo estaba preparado 
para sublevarse i que él podia lanzarlo a la revolución 
con unas cuantas proclamas. El clérigo Frias no parti- 
cipaba de este modo de ver i pensaba con nosotros que 



59 

era mas prudente no irritar a los gobernantes, ni hacer- 
los arrepentirse de haber vuelto al réjimen legal. 

Al fin transijimos, conviniendo en hacer un periódico 
festivo, que estimulando la curiosidad, se atrajera sim- 
patías, sin irritar a nuestros dominadores, a fin de le- 
vantar poco a poco el espíritu público i reconstituir el 
partido de la libertad. En este sentido, el que esto es- 
cribe dio al periódico el nombre de Diablo Político i trató 
de fijar su carácter en los versos que le servían de en- 
seña. En seguida, por acuerdo común, determinamos las 
materias de los primeros números, habiendo arreglado i 
publicado el primero cuatro dias después de aquella vi- 
sita. El Clamor también apareció a los dos dias, pero 
fué necesario suprimirlo después del número tercero. 

El Diablo Político hizo en nuestra sociedad el efecto 
de una brisa fresca que, de repente i después de una 
larga calma, aparece en el puerto trayendo la alegría a 
los viajeros que la esperaban con sus velas listas. Todos 
los espíritus abatidos se levantaron. La hoja fué buscada 
i leida con avidez, i desde su aparición costeó sus gas- 
tos, dejando ganancia. Pero el ardiente tribuno que la 
dirijia, estimulado con tal aceptación, olvidó pronto el 
programa convenido, i aun en las alegorías que escribia, 
representando el papel significativo que el título del pe- 
riódico le proporcionaba, era serio i vehemente, cáustico 
e irritante, conquistándose por un lado aplausos, mas 
haciendo fermentar por otro la bilis de los poderosos. 

Pero se engañaria quien creyera que aquella vehe- 
mencia habia traido la acusación oficial que el gobierno 
hizo en febrero de 1840 contra el periódico, por un ar- 
tículo que le atribuia ciertas tentativas de asesinato en 
tiempos pasados. Hacia meses que el Diablo Político 
habia abandonado toda cultura, i su procacidad habria 
traido su aislamiento, i por tanto su muerte, si ella no 



60 

hubiera sido la espresion fiel de la fermentación que 
cundia en la sociedad, i de la escitacion que producian 
en la opinión liberal las medidas que el gobierno adop- 
taba para asegurar su triunfo en las elecciones. La acu- 
sación era pues un golpe de política destinado a intimi- 
dar, probando que si el gobierno había sido jeneroso en 
dejar cierta libertad, no por eso era débil para reasumir 
su antigua dictadura, como en efecto la restableció por 
medio de la declaración de estado de sitio, que siguió a 
continuación de la sentencia condenatoria del Diablo Po- 
lítico^ el mismo dia 10 de febrero de 1840. 

Hé aquí como nos narraba este suceso un amigo nues- 
tro en la siguiente carta que nos dirijió al pueblo en 
que pasábamos nuestras vacaciones: 

Santiago, febrero 12 de 1840. 
Querido amigo: cuando te prometí comunicarte los 
sucesos que ocurrieran en política, no creí que me echa- 
ba a cuestas una obligación tan penosa como la que 
ahora siento: me parecia entonces que solo tendria que 
contarte algunas cuchufletas de las corrientes en circuns- 
tancias ordinarias; pero las cosas han tomado tal aspec- 
to desde tu partida de ésta, que en vez de niñerías, ten- 
go que hacerte relación de sucesos de grave trascen- 
dencia. 

El juicio del Diablo Político tuvo lugar el lunes 10 
del corriente. Para preparar su defensa el editor, hizo 
algunas solicitudes a los tribunales de justicia i al go- 
bierno, con el objeto de que se le entregasen los docu- 
mentos para probar las acusaciones al gobierno, que se 
encuentran en aquel periódico. Del resultado de la so- 
licitud a los tribunales, nada sé. La presentación al go- 
bierno se reducía a pedir compulsa de los autos seguidos 
contra los ejecutados en Curicó, i se proveyó diciendo 



61 

que solo existia en el ministerio una compulsa de la su- 
maria, la que podria consultar el ocurrente en el mismo 
ministerio, para los fines que le conviniesen. — Se sabia 
que cierto número de personas estaban dispuestas para 
aplaudir o silbar los discursos que se hicieran en el ju- 
rado. Con este motivo el juez señaló la sala del juzgado 
del crimen como punto de reunión del tribunal, i en 
efecto se reunió allí a las diez de la mañana. El local, 
como tú sabes, no es capaz sino de 150 a 200 personas, 
las cuales, por otra parte, estaban bien resguardadas a 
la espalda. Con todo, cuando habló el fiscal, hubo mur- 
mullos de desaprobación i las demás demostraciones de 
disgusto acostumbradas en tales casos. El juez intimó a 
la barra que guardase al jurado el respeto que merecía. 
Ciertas palabras escapadas al fiscal acusador sobre el 
oríjen de esta silba, dieron lugar a nuevos alborotos. El 
Diablo habló después i se le aplaudió. Entonces se 
mandó despejar la barra. Algunos gritaron — « el pueblo 
no sale»: salió sin embargo una parte, i se concluyó de 
alegar sin nuevos disgustos. 

Esta contienda duró desde las diez de la mañana has- 
ta las doce i media, a cuya hora entró el jurado en 
acuerdo. Nada sé de efectivo de lo que ocurrió en la 
discusión privada de los jueces. Me han dicho que seis 
estaban porque se condenara al Diablo en tercer grado i 
siete por que fuese solo en el primero. El fiscal lo habia 
acusado de injurioso i de sedicioso; mas la lei no permi- 
te* a este funcionario acusar las injurias, i se decidió que 
la disputa debia recaer solamente sobre el segundo ca- 
pítulo. Nada se habla sobre el mérito de los alegatos, 
ni sobre los argumentos aducidos. Alvarez fundó el cargo 
de asesino que hacia al gobierno, en el destierro de Fuen- 
tecilla i en el encargo de asesinar a Escanilla que hizo 
el gobernador de Valparaíso al capitán del buque que 



62 

lo llevó desterrado para el Perú. Tú me permitirás de- 
cir que no se necesita de argumentos para refutar tales 
inepcias. ¿El gobierno actual asesino? Dicen que uno de 
los asesinados, Escanilla, estaba en la barra. Por fin, 
este asunto es largo. Adelante. 

El jurado, que no pudo acordar su resolución hasta 
las tres i media de la tarde, condenó al Diablo en el 
primer grado, i cuando se circuló este fallo entre los cir- 
cunstantes, prorrumpieron en vivas i palmoteos. Don 
José Miguel Infante i don Diego Guzman estuvieron 
toda la mañana aguardando a la puerta de la cárcel, 
pero se habian retirado a esta hora. Habia mas o menos 
de 300 a 400 personas de todas condiciones, cuando el 
Diablo salió. El alboroto i bulla crecian cada vez mas, 
hasta que la guardia tuvo que tomar las armas i hacer 
retirar la jente. Se dirijió el grupo a la casa de Alvarez, 
gritando viva el pueblo — mueran los ministros, i tribu- 
tando así una especie de honor triunfal al mismo a quien 
la justicia acababa de declarar calumniador. De la casa 
de Alvarez se dirijió la jente a la de Bernardo Toro, 
haciendo ya una formal asonada. Las señoras de la casa 
se consternaron, i haciendo entrar a los mas decentes, 
cerraron la puerta de calle para impedir la entrada a la 
plebe; mas ésta que no tolera tales desaires clamaba, di- 
ciendo que echasen afuera al Diablo; rompió la puerta 
a fuerza de pedradas i después tuvo la prudencia de 
retirarse. Bernardo Toro dio un banquete al Diablo i a 
su comitiva. 

Por la noche de ese dia se descubrió un plan de 
asesinato que estaba preparado contra la vida del jeneral 
Búlnes. El asesino se presentó al cuarto de este jeneral 
a la una de la noche armado con un par de pistolas; 
pero sea que le faltó el ánimo para consumar su crimen, 
o bien arrepentido de tan perverso designio, reveló el 



63 

plan i fué arrestado con otro cómplice. Su causa se si- 
gue aceleradamente. El Consejo de Estado se reunió ese 
dia i ha declarado a la capital en estado de sitio. Anoche 
se ha publicado el bando por las calles principales, en 
medio de un inmenso jentío i populacho. Este acto, tan 
grave por su naturaleza, ejecutado en una hora desusa- 
da, que anunciaba el peligro del orden i la suspensión 
de las leyes, producia a la verdad un efecto profundo. 
Estamos, mi amigo, en una situación violenta ; la oposi- 
ción organizada por toda la República ha sublevado 
contra el gobierno una parte considerable de la pobla- 
ción. Se entablan las vias de hecho, las asonadas, los 
horribles asesinatos. . . El gobierno tan lejos de ceder, 
amenaza obrar con la decisión de un poder fuerte. No 
sé si anoche se hayan hecho algunos arrestos, ojie creo 
probables o mas bien seguros. La Providencia quiera 
salvarnos de los males que nos amenazan, i confundir 
con el rayo de su justicia a los que sean la causa de las 
desgracias que ocurran. No es el partido dominante, ni 
el aspirante los que padecen en las conmociones políticas, 
sino el pueblo inocente, cuyo nombre se usurpa, o que 
sirve incautamente de instrumento de venganza i rencor. 
Un gobierno nuevo puede suceder al que existe: si es 
obra de la voluntad nacional, hará la dicha de la patria : 
si es obra de asesinatos i de tumultos en que se atrope- 
llan la respetabilidad de los jueces i los mas sagrados 
derechos de los ciudadanos, no será por cierto mas que 
una erupción volcánica, que anegará en sangre las ciu- 
dades i cubrirá de luto a millares de familias. Desenga- 
ñémonos: no seria la patria la que ganaría con un cam- 
bio violento del presente estado de cosas Yo celebraria 
infinito que se descubriera seguramente que los hombres 
rencorosos i mal intencionados que ejercen un influjo 
notable en la comisión de la sociedad política no son los 



que han puesto el puñal en manos de los asesinos ni 
formado los desórdenes. Me complazco en creer que 
entonces se suspendería el estado de sitio. 

Vienen por esta carta con precisión, etc. 

Tu afectísimo amigo — García Reyes. 



XI. 

Esta carta es un espécimen de lo que pensaba la ju- 
ventud distinguida de aquella época, i por ese mérito la 
hemos conservado mas que por la narración histórica 
que contiene. Antonio García Reyes no habia sido alum- 
no de Mora, ni de Bello, como lo han supuesto algunos 
historiadores: pertenecia a la flor de los que, habiendo 
hecho su educación en el Instituto desde 1827, el gobier- 
no de 1835 habia protejido, como a varios de los que es- 
tudiaban con el señor Bello, dándoles colocación en los 
ministerios, para prepararlos e iniciarlos en los intereses 
de la clase gobernante. 

Esa juventud selecta era numerosa i figuraba con 
brillo en la sociedad de 1840, dando el tono en los estra- 
dos, i mirando por encima del hombro a los pocos jóve- 
nes educados, que, mas por relaciones que por convic- 
ciones, se daban por liberales. Estos habían estado siem- 
pre bajo el ojo de la policía, i la aristocracia gobernante 
los tenia por peligrosos. 

Es indudable que el tipo de aquella juventud elegante 
habia salido de las aulas del señor Bello, donde habían 
ido desde 1834 a completar sus estudios los vastagos de 
los patricios de la oligarquía. 

El señor Bello era el campeón que los conservadores 
habían levantado contra la enseñanza del Liceo, ponién- 



65 

dolé en la dirección del colejio de Santiago, cuando en 
enero de 1830 convirtieron en ministro de su nuevo go- 
bierno al clérigo Meneses, que rejentaba aquel estableci- 
miento. En el corto tiempo que permaneció allí el señor 
Bello, antes de la supresión del colejio, hizo un curso 
de retórica, según las reglas del Arte de hablar de Her- 
mosilla, i fundó el estudio de la lejislacion, dictando un 
texto compuesto de estractos de Benthan i otros publi- 
cistas, el cual se adoptó para la enseñanza en el Instituto 
Nacional, desde 1831. 

Después de esta lijera escursion en la enseñanza, el 
señor Bello no volvió a ella sino tres años mas tarde, 
abriendo cursos en su propia casa sobre los cuales nos 
conviene repetir aquí, para fijar mejor la situación que 
estamos recordando, lo que ya escribimos en un capítu- 
lo del libro titulado — Suscricion de la Academia de Be- 
llas Letras a la estatua de don Andrés Bello. He aquí 
ese estracto: 

«En 1834 el señor Bello comenzó a enseñar en su 
casa dos cursos, uno de gramática i literatura, i el otro 
de derecho romano i español. Allí nos reunimos, bajo la 
dirección del maestro, con Francisco i Carlos Bello, Ca- 
liste) Cobian, José María Nuñez, Salvador Sanfuentes, 
Manuel A. Tocornal i Juan Enrique ítamirez, todos 
ellos perdidos para las letras i la patria en el vigor de 
su edad: i con otros varios distinguidos estudiantes, de 
los cuales aun queda de pié firme en la enseñanza Do- 
mingo Tagle, el viejo profesor de alta latinidad en el 
Instituto. 

«La enseñanza de aquellos ramos era vasta i compren- 
siva, bien que adolecia de cierta estrechez de método, de 
la cual todavía no habia podido emanciparse el maestro, 
obedeciendo a las influencias de la época en que él se 
educara. El estudio de la lengua era un curso completo 

Lastaeria, Recuerdos. r, 



66 

de filolojía, que comprendía desde la gramática jeneral 
i la historia del castellano, hasta las mas minuciosas 
cuestiones de la gramática de este idioma; i allí seguia el 
profesor su antigua costumbre de escribir sus testos, a 
medida que los enseñaba. Su tratado de la Conju- 
gación i los mas interesantes capítulos de su gramática 
castellana fueron minuciosamente discutidos en aquel- 
las largas i amenas conferencias que tenia con sus 
alumnos. 

«Pero el señor Bello era sumamente serio, impasible 
i terco. Nunca esplicaba, solo conversaba, principiando 
siempre por esponer una cuestión, para hacer discurrir 
sobre ella a sus discípulos. En estas conversaciones dis- 
curría i discutía él mismo, casi siempre fumando un 
enorme habano, hablando parcamente, con pausa i sin 
mover un músculo de sus facciones, sino cuando las je- 
nialidades de Tagle le hacían olvidar su seriedad. Enton- 
ces se humanizaba i reía con gusto. 

«El aula era su escojida biblioteca, i todas las con- 
sultas de autores se hacían por los alumnos bajo la 
dirección del maestro. Las cuestiones de derecho eran 
debatidas largamente, hasta que se examinaban todos 
los detalles, todos los casos de cada una. 

«Mas esta manera de hacer estudiar a los alumnos, 
que tan provechosa puede ser con una dirección filosó- 
fica, perdía toda su utilidad con aquel método fundado 
en la enseñanza de los detalles, bueno sin duda para for- 
mar abogados casuistas i literatos sin arte. El señor 
Bello era filósofo, pero en la enseñanza obedecía a cier- 
tas tradiciones, de las que no se apartaba en aquellos 
tiempos, aunque después las abjuró. Así, por ejemplo, 
insistia apesar de nuestras reclamaciones, i apesar de 
dictarnos en español las lecciones de derecho romano, 
que hoi son tan conocidas, en hacernos estudiar de me- 



67 

moria la Instituía de Justiniano, i de comprensión los 
comentarios de Vinnio. 

«El señor Bello era filósofo, decimos, no solo porque 
se mostraba tal en sus investigaciones filolójicas, sino 
también por que ya en aquellos años escribia sus lec- 
ciones de filosofía como discípulo de la escuela Escocesa. 
Pero el método esperimental de esta escuela, que ha bas- 
tado a muchos grandes escritores para elevarse al cono- 
cimiento científico del arte literario, no servia al señor 
Bello, si no nos equivocamos, para desligarle de las 
reglas empíricas de aquel arte. 

«Este fenómeno tiene talvez una esplicacion. El mé- 
todo esperimental, que aplica aquella escuela al conoci- 
miento de lo que pasa en el mundo interior, así como a 
la verificación del mundo esterior, sometido a la obser- 
vación individua] de cada uno, constituye un peculiar 
empirismo, que puede ser tan vago, ilusorio i controver- 
tible, como lo es el espiritualismo jérmánico. Si la pre- 
tensiosa teoría absoluta del yo, buscando su criterio en 
el entendimiento vírjen, juzgándolo todo, e investigando 
la verdad fuera de la percepción sensible i por medio 
de la razón pura, ha podido crear tantas escuelas filo- 
sóficas en Alemania, como hai opiniones diversas entre 
los filósofos: también el método esperimental entregado 
a la esperiencia individual, i por tanto relativa de cada 
cual, ha dispersado por distintos rumbos a los discípu- 
los de Reid i de Dugald Stewart, haciéndolos con- 
firmarse, por una observación interesada en sus antiguos 
errores, o conduciéndolos desde las ilusiones del espiri- 
tualismo hasta las acomodaticias transacciones de la 
escuela ecléctica francesa. 

«Para que el método esperimental sea una guia se- 
guro en filosofía, así como en todos los ramos del saber, 
es indispensable que adopte por base de la observación 



68 

el criterio positivo, el cuál consiste respecto de los fenó- 
menos del mundo esterior, en apoyar la investigación 
en pruebas positivas, de modo que no se admita hecho 
alguno que no esté probado evidentemente por la cien- 
cia; i respecto del conocimiento de lo que pasa en el 
mundo interior, en no admitir sino los hechos fundados 
en las leyes de la naturaleza humana, las cuales son 
esa tendencia que nos conduce al desarrollo paralelo de 
todas nuestras facultades intelectuales, afectivas i acti- 
vas, i ese poder que llamamos libertad, en virtud del 
cual elejimos en todos los actos de nuestra vida los 
medios de que depende nuestra perfección i la de nuestra 
especie. 

«Este era el criterio que faltaba en aquel tiempo al 
sabio maestro, como a la jeneralidad de los filósofos, i 
por lo mismo no se elevaba a la verdad filosófica del 
arte, encadenándose con las reglas empíricas, sin com- 
prender que la fuerza fundamental de la literatura está- 
en la independencia del espíritu, dirijido i vigorizado 
por la luz de la verdad positiva. 

«Si el arte, en jeneral, es la traducción sensible del 
estado del espíritu hecha de una manera propia i bella, 
mediante la actividad del mismo espíritu filosóficamente 
dirijido; la literatura que es el arte de la palabra, debe 
ser también la manifestación filosóficamente artística de 
la idea, por medio de la palabra, i no el arreglo empí- 
rico de la espresion, en el cual aquella actividad debe 
marchar entrabada por reglas, que tienen que ser arbi- 
trarias, desde que no son dictadas por el juicio fundado 
en los principios, sino en observaciones mas o menos 
caprichosas, según las épocas, las preocupaciones i los 
modelos que se adoptan. 

«Precisamente era esto último lo que hacia el maestro 
en su enseñanza literaria. Era filósofo, pero como lite- 



6'9 

rato, no dejaba nunca de ser retórico, i prescindía de 
los principios racionales de la ciencia, del conocimiento 
filosófico de los elementos del arte, i de los diversos jéne- 
ros de composición, sujetándose constantemente, al tra- 
tar de estos jéneros, a las reglas empíricas. Conocía 
completamente la historia de la literatura española como 
la de otras, pues era un formidable investigador en 
historia literaria, como lo son en la civil Barros Arana 
i Amunátegui ; pero jamas se elevaba a contemplar las 
obras, según las influencias sociales de las épocas, según 
los progresos i los principios filosóficos comprobados por 
los hechos mismos. 

«I eso que enseñaba, era lo mismo que él practicaba. 
Cultivó la poesía con esmero, i concebía admirablemente 
las situaciones plásticas de la naturaleza; pero sus inspi- 
raciones se traducían en lo sensible tan dominadas por 
las exijencias de la poética, que su versificación, aunque 
irreprochable i verdadero modelo de elocución, era tra- 
bajosa e inarmónica. Cultivaba la historia literaria, mas 
en su estudio del poema del Cid i en otros, se revelaba 
solamente el gran erudito, pero no el filósofo. Se dedicó 
mucho a la didáctica sociolójica i aun, a veces, empleó 
la oratoria académica en grandes solemnidades: pero sus 
obras, impecables a los ojos de la gramática i de la retó- 
rica, mostraban patentemente que la gran actividad de 
su espíritu habia sido sacrificada por las conveniencias 
literarias i sociales, al dar forma sensible a sus ideas i 
a sus vastos conocimientos. 

«La influencia de tal majisterio fué inmensa en aquella 
época, fué casi una dominación. Los discípulos del 
señor Bello salían diariamente de su aula a difundir las 
ideas i el método del maestro; i éste no descuidaba de 
estimular a los que ya eran profesores en los colejios de 
Santiago, a que propagasen el estudio de la lengua i de 



70 

la literatura. Se dolia él de los vicios del habla caste- 
llana en Chile, i los maestros novicios se convertían en 
furiosos puristas, difundiendo entre sus alumnos el mismo 
prurito. De 1835 a 42, toda la juventud distinguida de 
Santiago era casuista en derecho i purista i retórica en 
letras. El espíritu filosófico atravesaba como una ráfaga 
de luz la mente de los estudiantes, mientras asistían a 
los cursos de lejislacion i de filosofía del Instituto; pero 
en cuanto ellos pasaban a los cursos superiores i se en- 
rolaban en los círculos elegantes de casuistas i retóricos, 
aquella luz se apagaba, para no renacer. El atraso social 
i la situación política así lo requerían, i eran parte mui 
principal en que prevaleciera aquella influencia. Los 
espíritus activos de la sociedad estaban aun en jérmen, i 
la política esclusiva del gobierno personal habia apagado 
de tal manera el espíritu público, que no le dejaba otra 
senda franca que la de la elegancia en las formas.» 

XII. 

La vuelta a la dictadura en 1840 fué aplaudida por 
aquella brillante juventud, pero como el terror habia 
perdido toda su virtud desde 1837 con la insurrección 
de Quillota, dejando de ser un resorte de buen gobierno, 
i como por otra parte la guerra i sus espléndidos re- 
sultados contra la confederación Perú -boliviana habian 
retemplado el espíritu público, el estado de sitio de 10 
de febrero, después de la primera impresión de desa- 
liento, solo trajo indignación. Los procesos criminales i 
las prisiones de Benavente, Toro, i otros ciudadanos, 119 
intimidaron; i la prensa política hizo frente a la actitud 
de rigor asumida por el gobierno, hasta el punto de que 
en aquel año no se publicaron menos de quince periódi- 
cos i diez panfletos políticos, varios de ellos por parte 



71 

del gobierno mismo, que se vio obligado a buscarse tam- 
bién un apoyo en la prensa. Hé aquí un progreso. 

Al lado de aquella juventud comenzaba ya a aparecer 
la que nosotros educábamos, desde cuatro años antes; 
pero teníamos un constante empeño de separarla de la 
política militante, mientras permanecía a nuestro alcance 
en los cursos que enseñábamos. Para probar la verdad 
del dicho de Leibnitz — «dadme la educación i con esa 
palanca levantaré el mundo» — era indispensable no de- 
bilitar la palanca. Para salvar de los peligros en que 
nos colocaba aquella situación política, que cada momento 
nos incitaba i aun nos arrastraba a colocarnos al lado 
de los oprimidos que pugnaban contra el gobierno arbi- 
trario, era necesario que fuese mui enérjico nuestro pro- 
pósito de consagrarnos a la educación de la juventud, 
con el fin de infundirle doctrinas liberales i adiestrarla 
en el arte de escribir. Aspirábamos a formar ciudadanos 
aptos para la democracia, i capaces de reemplazar con 
ventaja a los partidos caducos que mantenian la situación 
política, i para ello trabajábamos en reaccionar contra 
todo nuestro pasado social i político i fundar en nuevos 
intereses i en nuevas ideas nuestra futura civilización. 
Esa aspiración dirijía nuestra enseñanza i esta revelada 
en todos nuestros escritos. 

La constitución de 1833 habia sido adecuada a las cir- 
cunstancias del partido vencedor, que se proponía regu- 
larizar la administración fortificando el poder; pues ella 
centraliza toda la autoridad en el ejecutivo i le facilita 
los medios de convertirse en dictadura, siempre que el 
interés de la estabilidad política lo exija. Eso pudo ser 
útil i altamente político hasta cierto punto, pero una vez 
que, consolidada la organización, podia funcionar con 
regularidad, no habia motivo para mantener el poder 
absoluto, adulterando las formas democráticas, ni para 



72 

mantener una política de odios, ni mucho menos para 
volver a la dictadura, al primer amago de recobrar sus 
derechos que el país hiciera. 

Sin embargo, la tentativa hecha en 1839 por la ad- 
ministración Prieto para volver al orden legal habia 
revelado que, aunque el partido liberal de 1828 habia 
sido aniquilado, sus tradiciones i sus desgracias servían 
para alentar una oposición ardiente que en lugar de dis- 
cutir, recriminaba; que en lugar de aprovechar la era de 
la legalidad para afirmarla i preparar la reforma, amena- 
zaba; i que no se limitaba a ejercer sus derechos, sin 
alarmar a los dominadores, sin provocarlos a restablecer 
el odiado réjimen. I este era un peligro inminente. Para 
verlo, bastaba considerar que el gobierno no volvia con 
sinceridad al orden legal, i que no tenia elevación para 
sobreponerse a los ataques personales, ni confianza en 
sus fuerza para desbaratar con el imperio de la lei los 
conatos de rebelión, si eran efectivos. 

Teníamos pues por un lado un gobierno que amaba 
el absolutismo, i que era bastante cobarde para sentirse 
mas cómodo en él que en un sistema de garantías cons- 
titucionales, i para alarmarse contra el mas lijero peligro 
que amenazara tal comodidad. Por el otro, un grupo de 
descontentos que, aprovechando las tendencias de la opi- 
nión hacia un cambio de política i alegando los recuer- 
dos de una época mejor, no sabia combatir dentro del 
círculo de la legalidad, i que era bastante impaciente 
para no aguardar un cambio dentro del orden constitu- 
cional. En ambos campos habia favor para los merodea- 
dores: allá los empleos, la jjroteccion del poder, las son- 
risas i los halagos de la oligarquía: acá la gloria i la 
nombradía popular, las satisfacciones del valor que arros 
tra el peligro, 

Pero el porvenir de la república democrática estaba 



73 

lejos de ambos campos, pues no podían ser elementos de 
su triunfo los rencores envejecidos, ni los odios de una 
lucha estéril, que mantenida por sórdidas ambiciones i 
por mezquinos intereses, no podia conducir sino a per- 
petuar una dictadura estrafalaria, en beneficio de la con- 
servación de un pasado añejo i podrido, o a encender una 
guerra civil que, siendo desfavorable a esa dictadura, 
podría entronizar otra que no tenia visos de ser mejor. 

No habia, en tan peligrosa situación, otro medio hon- 
roso i práctico de salvarla que el de preparar la forma- 
ción de un nuevo partido, que estraño a los antiguos 
odios i a los resentimientos actuales, supiese representar 
los verdaderos intereses democráticos, i conquistar con 
paciencia i sabiduría una reforma de las instituciones, 
bajo el amparo de las vijentes. Ese partido debia venir 
con la jeneracion que se educaba, i era necesario dirijir- 
la de modo que no se contaminase, ni con los antiguos 
rencores i con los intereses i odios del momento, ni 
con las doctrinas atrasadas que estaban de moda, ni con 
ese ciego sentimiento que, ajeno a toda justicia i a todo 
racional discernimiento, quiere conservar un pasado de 
podredumbre en un pueblo que debe rejenerarse, reno- 
varse a sí mismo, i reformarlo todo para completar su 
revolución. 

Era esa nuestra ambición, i en ella fundábamos nues- 
tra tarea, prescindiendo de figurar en los partidos, mu- 
cho mas en aquellos momentos que eran las vísjDeras de 
una renovación de los poderes, la cual a no dudarlo 
traería también un cambio en la política dominante. 

Esta esperanza, es preciso reconocerlo, flotaba en la 
atmósfera, i hasta nuestros condiscípulos participaban de 
ella, por mas que confiaban en que siempre sobrenadaría 
la política conservadora, a que por principios, por educa- 
ción i por afecciones adherían. Mas en cuanto a los 



74 

planes que tratábamos de realizar con nuestra enseñanza, 
aquellos amigos los miraban con recelo i varios de ellos 
los condenaban como peligrosos. No así el señor Bello, 
en su honor debemos decirlo, que lejos de reprobarnos, 
nos estimulaba, discutiendo i aconsejándonos cada vez 
que nos acercábamos a consultarle, lo que hacíamos con 
frecuencia. Otra vez ya lo hemos dicho, su espíritu por 
entonces tomaba nuevos rumbos, i ese cambio progresivo 
en sus ideas, que se operó siempre hasta su mas avan- 
zada edad, es uno de los caracteres mas notables de su 
vida literaria. Pero él nos instaba a que nos consagrára- 
mos de preferencia a la enseñanza literaria, para formar 
buenos escritores. 

I sin embargo, esto era para nosotros lo secundario 
en la lójica de nuestro plan. Creíamos que la enseñanza 
política era la base de la rejeneracion, porque sin ella, 
ni era posible conocer i amar los derechos individuales i 
sociales que constituyen la libertad, ni mucho menos era 
dable tener ideas precisas sobre la organización política, 
sobre sus formas i sus prácticas, para poder distinguir 
las que sean contrarias de las que son favorables a la 
república democrática. Los resultados que obteníamos 
de nuestra enseñanza nos confirmaban cada dia mas en 
esta verdad, la cual por otra parte debia aparecer tam- 
bién como incontrovertible a los ojos de los conserva- 
dores, porque hubo varias tentativas que revelaban el 
deseo de dominar la dirección de la instrucción que se daba 
en el Instituto. Cuando el rector de este establecimiento 
fué elevado, en julio de 1840, al puesto de ministro del 
interior, el señor Egaña que lo era de instrucción pública, 
nombró para la dirección del Instituto al futuro arzobispo 
de Santiago, don Rafael Valentín Valdivieso i por su 
renuncia, le reemplazó el canónigo Puente. El mismo 
ministro inició después un espediente para informarse de 



75 

los testos que se seguían en los cursos de derecho, a fin 
de señalar los que a su juicio debian preferirse, sobre 
todo en la enseñanza de la ciencia política, según nos lo 
declaró mas de una vez; i después de haberse separado 
del ministerio, insistió como decano de la facultad de 
leyes en el mismo asunto i dirijió una circular, con fecha 
15 de enero de 1846, a todos los profesores de la facul- 
tad, pidiendo los informes para que ésta pudiera deter- 
minar los testos. 

Estos conatos se convirtieron mas tarde en una esplí- 
cita reprobación de la enseñanza de la ciencia política en 
el Instituto, pues aunque puramente especulativa, se 
creyó que ella era una escuela de revolucionarios ; i cuando 
uno de los jóvenes conservadores que mas a menudo nos 
habia disputado la utilidad de esta enseñanza, llegó a ser 
ministro de justicia, aprovechó un motin militar en 1851, 
para destituirnos de nuestra clase de lejislacion i de de- 
recho de jentes, quedando luego eliminado el estudio del 
derecho público de entre las asignaturas del curso de 
derecho en la universidad. No creemos que por la supre- 
sión de esta enseñanza se tuvieran desde aquel momento 
menos revolucionarios; pero lo cierto es que los resulta- 
dos vinieron a dar i dan todavía una espléndida confir- 
mación a nuestra creencia de aquel tiempo, porque desde 
que no se estudia la ciencia política, la falta de doctrina 
resalta en la política práctica, i es causa no solo de 
desaciertos, sino de perniciosos errores i de grotescos 
absurdos en todos los debates políticos , escritos i ha- 
blados. 

Afortunadamente en 1840 nos quedaban todavía diez 
años de que disponer para nuestra tarea, i los resultados 
nos prueban que nuestra enseñanza fué útil, porque con- 
tribuyó eficazmente al progreso de las ideas políticas i al 
desarrollo literario entre nosotros. No solo el Instituto 



76 

Nacional era el teatro de nuestra enseñanza. La prose- 
guíamos también en un colejio particular que recentába- 
mos con el infatigable maestro don Juan de Dios Romo 
primeramente, i solos después; i en el colejio de señori- 
tas que dirijia la intelijente i esforzada institutora doña 
Manuela Cavezon de Rodríguez, i su hermana doña Dá- 
masa. En estos establecimientos dirijíamos varios cursos 
i dábamos la preferencia al de literatura, para obedecer 
el consejo del señor Bello, estimulando con nuestro ejem- 
plo a los jóvenes para que escribieran o tradujeran, i 
promoviendo entre los que ya habian dejado de ser alum- 
nos el gusto de la literatura dramática, que el señor 
Bello deseaba fomentar. 

Aprovechando la afición al teatro, que en 1 840 desper- 
taba una de las mejores compañías de verso que nos ha 
visitado, promovíamos entre los jóvenes de mas aptitu- 
des la empresa de traducir para nuestra escena los dra- 
mas afamados de la literatura francesa, en lo cual nos 
había dado i nos daba el ejemplo el mismo señor Bello. 
Seguimos este ejemplo varios traductores, i no contribuyó 
poco al estímulo la buena fortuna con que se presentó 
nuestra traducción del Proscrito, drama en cinco actos, 
orijinal de Federico Soulié, i la que hizo del Pablo Jones 
el malogrado Santiago Urzúa. Nosotros modificamos 
después aquella pieza, adaptándola a nuestra historia, i 
aun escribimos una comedia; pero sin tener capacidad 
para este difícil arte, i solo por estimular; así como, con 
el mismo propósito, escribíamos versos, sin ser apenas 
simples versificadores, a fuer de maestros de retórica, i 
escribíamos artículos de costumbres i de crítica dramática, 
para adiestrar en estos jéneros a nuestros discípulos. 
Las obras de Larra i de Zorrilla, que eran los modelos 
españoles que podían servirnos, eran ya conocidas i ad- 
quirían la popularidad, que luego ofreció ventajas a los 



i < 

que las reimprimieron en Chile. Todos bosquejaban 
artículos de costumbres o composiciones poéticas, i cada 
drama notable que se representaba producía numerosas 
críticas, acerca de su mérito i representación, que escribían 
no solo los jóvenes principiantes, sino los que ya figu- 
raban como escritores; pues este jénero tenia la ventaja 
de su neutralidad, i el atractivo que le prestaba el gusto 
que se habia despertado en favor del teatro dramático. 

La tarea era ardua i para llenarla se necesitaba con- 
sagrarle mucha atención, mucho tiempo i mucho amor. 
No solo era necesario dar a la instrucción política i a la 
literaria una dirección filosófica, que sacara a la nueva 
juventud de aquella especie de marasmo moral en que los 
métodos de enseñanza i las exijencias políticas de la dic- 
tadura habian sumido a los jóvenes que figuraban. Se 
necesitaba ademas promover por todos los caminos la 
actividad intelectual, dar interés a la prensa, ajitar el es- 
píritu con nuevas ideas políticas, con los estímulos de la 
gloria literaria, inspirar valor contra la rutina i contra 
las conveniencias sociales que contribuían a mantener el 
apocamiento, el disimulo, la hipocresía, que el interés del 
despotismo político aplaudia como virtudes. 

Así comprendíamos nuestra misión de maestro, i así 
la cumplíamos, corriendo peligros, arrostrando el desden 
i el ridiculo con que la sociedad aplasta siempre a cual- 
quiera que aspira a levantar la cabeza, atrayéndonos el 
odio de las potencias sociales dominantes, que aspiraban 
a rejir la sociedad i la política. Era esa una lucha de 
todo momento, que no traia triunfos inmediatos que hala- 
garan, sino contrariedades i sinsabores: que no allegaba 
fortuna, sino que quitaba el tiempo necesario i los mo- 
dos de adquirirla; i que no tenia tampoco un porvenir 
de gloria, puesto que este obrero tiene hoi que recordar 
su acción para salvarse del olvido i rechazar el desden 



con que miran sus sacrificios los que después de un tercio 
de siglo echan una mirada retrospectiva a aquella época, 
para aplaudir a los que nada hicieron, para coronar a los 
que han hecho lo contrario, i para cerrar los ojos sobre 
un nombre que tratan de borrar, como si hubieran sido 
ellos los que entonces perdían i se sentian ofendidos, o 
como si fueran hoi los procuradores de éstos para ven- 
garlos del ajitador que los molestara. Nunca hemos con- 
tado con la gratitud de nadie, i antes bien siempre nos 
hemos esplicado nuestro aislamiento como una consecuen- 
cia natural de la larga lucha que hemos sostenido para 
defender i hacer triunfar las ideas contra todas las resis- 
tencias del sentimiento, de la rutina i del egoísmo, i de 
los intereses que en todo eso fundan los hombres prácticos 
i los hábiles. Por esa razón nos hemos callado siempre 
que las vicisitudes de la lucha nos han colocado en el 
estremo de que el pueblo a quien servimos nos haya 
negado hasta el trabajo que se da para vivir a cualquier 
obrero; i mas de alguna vez nos hemos sonreido, sin 
enojo, viendo a ese pueblo negarnos sus sufrajios a nombre 
de la causa liberal, o viendo a sus representantes negar- 
nos su cooperación i dudando de nuestra probidad i de 
nuestro liberalismo, cuando como directores de la polí- 
tica, les estábamos dando irrecusables pruebas de nuestro 
honrado empeño en hacer política liberal. Pero otra 
cosa es que la historia venga, con sus augustos fallos a con- 
firmar todos esos olvidos i errores, al consignar con su 
indeleble buril el recuerdo de aquel movimiento intelec- 
tual i literario que tanto nos cuesta. Entonces no solo 
tenemos derecho de decir a los historiadores: — esa es 
nuestra obra ; — tenemos también el deber de señalar nues- 
tra labor, porque ella es parte de la honra de un nom- 
bre que, si no interesa a la historia, tiene al menos la 
estimación de los que lo llevan. 



79 



XIII. 



El movimiento político del año 18-41 fué un verdadero 
despertar, que marca en nuestra historia el momento en 
que acaba una época i principia otra nueva. La guerra 
de la confederación Perú-boliviana habia sido el primer 
sacudimiento: el país quedó como desperezándose, i el 
vivo interés de la elección del primer majistrado, que en- 
volvia una esperanza, acabó de disipar el sopor del largo 
sueño que le habia hecho dormir el despotismo odioso 
de una dictadura, cuyo recuerdo todavía acarician los 
que creen que los pueblos viven cuando se hechan a dor- 
mir bajo la planta del amo, como un perro fiel. 

El tímido movimiento literario, que se iniciaba para- 
lelamente con aquel, estaba reducido a un estrecho cír- 
culo: en esos momentos la prensa volvia a reproducir 
libros que eran análogos a los que nos habian enorgulle- 
cido en 1834. Don Simón Rodriguez reaparecía dando a 
luz su Tratado sobre las luces i sobre las virtudes socia- 
les, en que repetia sus teorías de reforma: el señor Ma- 
rín daba una segunda edición de sus Elementos de filoso- 
fía-, el señor Bello publicaba un Canto elejíaco al incen- 
dio de la Compañía, i luega el Análisis ideolójico de los 
tiempos de la conjugación castellana, que después juzgaba 
Aribau en la Revista Hispano- Americana diciendo que — 
«El punto de vista bajo el cual el señor Bello considera 
el oficio que desempeña el verbo en la oración es entera- 
mente nuevo, i resuelve una porción de cuestiones hasta 
ahora pendientes u oscuramente determinadas.» — Solo 
faltó que se reprodujera en este año el Chileno instruido, 
pues, como para que fuera mas completa la analojía en 
lugar del Repertorio Estadístico de 1835, el célebre impre- 
sor Rivadeneira. que era dueño entonces de la empresa 



. 80 

del Mercurio, publicaba la Guia de forasteros para 1841, 
que nosotros compusimos por encargo suyo, acopiando 
en este librito los datos estadísticos i todos los infor- 
mes ilustrativos que sobre Chile pudimos entonces pro- 
curarnos. 

La prensa de Santiago produjo en aquel año once 
folletos políticos, entre los cuales despertaron vivo interés 
dos de don Diego J. Benavente, i uno de don Bernardo 
J. de Toro relativos a la hacienda pública, pues trata- 
ban con ciencia i con elevado criterio cuestiones de ha- 
cienda que aun hoi tienen grave importancia; i ademas 
mantuvo, fuera del Araucano i del Valdiviano Federal, 
catorce periódicos políticos, que revelaban la ajitacion 
que en la opinión pública producia el interés de las tres 
candidaturas que para la presidencia de la República pre- 
sentaban los liberales, los conservadores pelucones i los 
conservadores del círculo gobernante. 

Entre estas hojas nosotros mantuvimos una diaria du- 
rante el mes de junio, con el título del Miliciano, que 
sosteniendo la candidatura liberal del jeneral Pinto, es- 
taba destinada a ilustrar a los artesanos electores sobre 
a importancia del derecho de sufrajio, i acerca de los 
medios lícitos que se debían emplear en su defensa i en 
su ejercicio. No militábamos en la política, ni tomábamos 
parte en sus transacciones; pero consecuentes con el de- 
ber que desde mucho antes nos habíamos impuesto de 
contribuir a toda ajitacion intelectual que despertara el 
espíritu público, que lo afirmara en la senda de la lega- 
lidad para debatir i para ejercitar los derechos políticos, 
cedimos a las instancias que Pedro Ugarte nos hizo a 
nombre de los liberales que sostenían aquella candida- 
tura, para que cooperásemos en favor de la evolución en 
que el partido se presentaba, después de su larga pros- 
cripción, para medir la importancia de la idea liberal en 



81 

aquellos momentos. El diario que fundamos i que fué 
publicado por aquellos liberales," se mantuvo ala altura 
de aquel desinteresado propósito, i Ugarte sostuvo en él 
todas las polémicas que naturalmente surjian de los ata- 
ques de la prensa conservadora. 

Por aquel tiempo estaba ya entre nosotros la brillante 
emigración arjentina que habían lanzado a este lado de 
los Andes la tiranía de Rosas i de sus aliados, los cau- 
dillos de provincia, i la sangrienta guerra civil que habia 
terminado con la ruina de Lavalle, de Paz i de los de- 
mas jefes unitarios que habían sucumbido por libertar 
a su patria. 

En los primeros dias de enero de 1841, José María 
Nuñez nos habló de un emigrado arjentino, muí raro, a 
su parecer, que debia presentarnos; i por cortesía nos an- 
ticipamos a ser presentados a él. Vivia en el departa- 
mento del tercer piso de los portales de Sierra Bella, que 
estaba situado en el ángulo de la calle de Ahumada. Este 
era un salón cuadrado muí espacioso, al centro una me- 
sita con una silleta de paja, i en un rincón una cama 
pobre i pequeña. A continuación de esta, habia una larga 
fila de cuadernos a la rústica, arrumados en orden, como 
en un estante, i colocados sobre el suelo enladrillado, en 
el cual no habia estera ni alfombra: esos cuadernos eran 
las entregas del Diccionario de la Conversación que el 
emigrado cargaba consigo, como su Vínico tesoro, i que 
a los pocos dias fué nuestro, mediante cuatro onzas de 
oro, que él recibió como precio, para atender a sus ne- 
cesidades. 

El hombre realmente era raro: sus treinta i dos años 
de edad parecian sesenta, por su calva frente, sus meji- 
llas carnosas, sueltas i afeitadas, su mirada fija pero osa- 
da, a pesar del apagado brillo de sus ojos, i por todo el 
conjunto de su cabeza, que reposaba en un tronco obeso 

Lastarria, Recuerdos. Q 



82 

i casi encorbado. Pero eran tales la viveza i la franqueza 
de la palabra de aquel joven viejo, que su fisonomía 
se animaba con los destellos de un gran espíritu, i se ha- 
cia simpática e interesante. Después de hablarnos de su 
última campaña, de su derrota con el jeneral La Madrid, 
de su paso por los Andes, donde estuvo a punto de pe- 
recer con todos sus compañeros, por una larga i copiosa 
nevada, que los sitió en la casilla de las Cuevas, nos 
habló con el talento i la esperiencia de un institutor mui 
pensador, sobre instrucción primaria, porque aquel hom- 
bre tan singular era Domingo Faustino Sarmiento, el 
entonces maestro de escuela i soldado en los campos de 
batalla contra la tiranía de Rosas, el formidable diarista, 
al poco tiempo después, el futuro presidente de la Repú- 
blica Arjentina Tanto nos interesó aquel embrión de 

grande hombre, que tenia el talento de embellecer con 
la palabra sus formas casi de gaucho, que pronto nos 
intimamos con él; habiéndole indicado que abriese una 
escuela para ganar su vida, le ayudamos a fundarla en 
aquellos mismos departamentos solitarios del tercer piso 
de los portales, comenzando desde entonces a allanarle el 
camino para la dirección de la escuela normal de precep- 
tores, que tenia en proyecto don Manuel Montt, quien 
era a la sazón el ministro que servia de centro a las es- 
peranzas de todos los que anhelábamos por un cambio de 
política, i por una protección mas intelijente i mas deci- 
dida a la instrucción pública. Poco después le presenta- 
mos en casa de aquel ministro, dando así oríjen a una 
larga amistad, que hoi mantienen ambos, después de ha- 
bérsela comprobado con recíprocos servicios. En esa vi- 
sita, Sarmiento nos impuso la compañía de otro emi- 
grado amigo suyo, llamado Quiroga Rosas, quien por sus 
pulidas formas era su contraste, i por su feliz memoria 
para encuadrar en su conversación cuanto sabia de his- 



83 

toria, de anécdotas i de dichos célebres, era un tipo de 
pedante, digno del pincel de Moratin. El joven ministro, 
que por haber sido rector i compañero nuestro en el Ins- 
tituto, nos honraba con su confianza, nos reveló después 
que habia distinguido al primer golpe de vista a los dos 
presentados, i que habia adivinado en Sarmiento el ta- 
lento que mui pronto comenzó a utilizar en la prensa 
política i que utilizó también para plantear la escuela 
normal. 




D. F. SARMIENTO. 



Un dia de febrero de 1841, cuando ya Sarmiento nos 
contaba entre sus amigos, nos leyó un artículo sobre la 
victoria de Chacabuco, cuyo aniversario estaba próximo. 
La pieza nos pareció bien pensada i mejor elaborada, i 
no vacilamos en remitírsela a Rivadeneira, que entonces 
mantenia el Mercurio de Valparaíso sin redacción i vi- 
viendo de las correspondencias que sus amigos de San- 
tiago i entre ellos nosotros, le remitíamos de vez en cuan- 
do. El artículo de Sarmiento, que se publicó en el niime- 
ro del dia 12 llamó la atención, i tanto, que Rivadeneira 

6* 



84 

nos escribió comisionándonos para que ofreciéramos al 
autor treinta pesos mensuales por tres o cuatro editoria- 
les en cada semana. Sarmiento vaciló, pero después 
de ser alentado por los que le apreciábamos, pasó a 
ser el redactor i el amigo de Rivadeneira, i entonces 
dio principio a esa larga vida de diarista en que lia 
peleado tantas batallas i ha segado tantos laureles como 
abrojos. 

Verificada la elección de presidente de la República, 
organizado el nuevo gobierno, i restablecida sobre hala- 
güeñas esperanzas i bellos proyectos la tranquilidad de 
los ánimos, no es aventurado el afirmar que nuestra so- 
ciedad entró a hacer nueva vida. La política tomaba un 
rumbo de conciliación que garantizaba ante la opinión la 
presencia del nuevo ministerio. Este era aplaudido, sin 
embargo de que dos de los ministros no hacian mas que 
continuar las funciones que acababan de desempeñar en 
la administración Prieto, la que habia mostrado hasta el 
fin su insistencia en legalizar la política arbitraria i atra- 
sada, presentando en su despedida el proyecto de la lei 
del Réjimen interior, que venia a consagrar la omnipo- 
tencia del ejecutivo, estendiéndola de un modo normal 
hasta sus últimos ajentes. El país no se fijó en esta enor- 
midad, ni por medio de la prensa, ni por el órgano de 
los diputados liberales que habia logrado elejir en 1840. 
La opinión olvidó que aquel monstruoso proyecto, que 
ha sido una lei funesta, estaba firmado i formulado por 
el nuevo ministro del interior; i es probable que lo olvi- 
dara, acariciada, engañada, podemos decirlo, por la lei 
de amnistía jeneral que se dio en octubre para todos los 
desterrados i perseguidos políticos. Esta amnistía, las 
disposiciones pacíficas del nuevo presidente, Jeneral Búl- 
nes, i la preferencia que desde el principio dio su go- 
bierno a los trabajos administrativos, fueron sin duda la 



85 

causa del contento i de la confianza que dieron nueva 
vida a la sociedad. 

La juventud distinguida, que poco antes estaba redu- 
cida al estrecho círculo de los retoños i de las criaturas 
de la oligarquía dominante, habia recibido un .refuerzo 
numeroso con la nueva jeneracion que se habia educado 
por nosotros con otros principios i distintas aspiraciones, 
i que sentía estimulada su actividad con el roce de la 
ilustrada i bulliciosa emigración arjentina. El teatro, las 
tertulias, los paseos cobraban animación, i en todas par- 
tes, principalmente en las reuniones privadas de hombres 
que se mantenían en algunos salones particulares, se 
hablaba de letras, de política, de progresos industriales. 

Pero en este comercio de francas i cordiales relaciones 
resaltaba siempre el elegante despejo i la notable ilustra- 
ción de los hijos del Plata, causando no pocos celos, 
que ellos provocaban i escitaban, haciendo notar la estre- 
chez de nuestros conocimientos literarios i el apocado 
espíritu que los mas distinguidos de nuestros jóvenes 
debían a su rutinaria educación. 

Aquellos celos servían al autor de estos recuerdos 
para estimular a sus compañeros i discípulos al estudio, 
a fin de desmentir estas censuras con los hechos; pero 
sea que los primeros se creyeran fuera del alcance de 
tales celos, i despreciaran las censuras, o sea que no 
tuvieran tiempo ni voluntad para bajar de la altura en 
que estaban colocados, lo cierto es que solamente los 
segundos aceptaban nuestras amonestaciones. Espejo, 
Francisco Bilbao, Javier Renjifo, Lindsay, Asta-Buruaga, 
Juan Bello, Valdes nos ayudaron a promover entre los 
jóvenes de los últimos cursos de lejislacion la formación 
de una sociedad literaria, con el objeto de escribir i tra- 
ducir, de estudiar i conferenciar, para preparar la publi- 
cación de un periódico literario que fuese al mismo 



86 

tiempo un centro de actividad intelectual i un medio de 
difusión de las ideas. La elaboración de esta ardua em- 
presa fué larga i difícil, pero se prosiguió con tenacidad, 
apesar de los temores, de los inconvenientes i de las son- 
risas de algunos de nuestros antiguos condiscípulos, que 
atribuían nuestro empeño a pretensiones que no existian, 
i que mas tarde, cuando comenzaron a aparecer los pri- 
meros ensayos de los escritores que formábamos, no tre- 
pidaron en aplaudir al Zoilo que se tomó el trabajo de 
burlarlos i de ridiculizarlos, en vez de haberlos estimu- 
lado con una crítica elevada. Los resultados han venido 
a probar que la razón i la honra de las letras no esta- 
ban en los criticastros, que sumidos en la oscuridad 
chillaban como las lechuzas, cuando se convertían en afa- 
mados poetas i en notables escritores los principiantes 
a quienes mortificaran con sus burlas. 

Varios amigos quisieron apartarnos de aquella em- 
presa, porque temieron que el amigo fracasara i se inu- 
tilizara por el ridículo. Uno de ellos, García Reyes, 
quiso presentarnos mas útil i digna tarea en la redacción 
de un periódico de jurisprudencia que deseaba fundar uno 
de los ministros de la Corte de Apelaciones, don Gabriel 
Palma. Admitimos gustosos, porque en ese tiempo ad- 
mitíamos todo trabajo que de algún modo cooperase al 
movimiento intelectual, que venimos ajitando desde 1836; 
i después de habernos reunido los tres para deliberar, 
establecimos la Gaceta de los Tribunales, que apareció el 
6 de noviembre de 1841, cuya publicación estuvo a cargo 
nuestro durante los tres primeros meses, bajo la dirección 
del señor Palma, separándonos después de este tiempo 
i dejando al cuidado de García Reyes la edición. 

Nosotros no podíamos consagrarnos a un periódico 
judicial, que estaba destinado a figurar en una esfera 
tan estrecha, i necesitábamos aprovechar la actividad inte- 



lectual que se habia desplegado para darle otros rumbos, 
i sacarla de los dominios de la moda, que a fines de 1841 
estaba decidida en favor de los artículos sobre teatro, 
que ya cansaban hasta al Mercurio que los rechazaba, i 
que si bien habíamos estimulado nosotros, no habia sido 
para que este jénero fuese la única manifestación de 
nuestra literatura. Vuelto el año escolar, en 1842, con- 
tinuamos ajitando la formación de la sociedad literaria, 
que habia quedado paralizada desde fines del año ante- 
rior, i en breves dias fueron vencidas todas las dificulta- 
des. La sociedad comenzó a funcionar en un departa- 
mento que facilitó en el segundo piso de su casa don 
Ramón Renjifo, quien protejió decididamente la idea; i 
Se preparó una instalación solemne, para hacerla apare- 
cer dignamente ante el público. 

XIII. 

La convalecencia de nuestra sociedad en 1842 era tan 
notable, que por todas partes saltaban a la vista los sín- 
tomas de la salud i del vigor de la vida. A la tristeza 
taciturna, a los recelos i temores que inspiraba antes el 
terror, habían sucedido la franqueza i la confianza que 
da la seguridad personal. No teníamos una libertad ga- 
rantida contra los intereses del gobierno personal i los 
caprichos de la arbitrariedad, pero se nos dejaba en paz, 
i la actitud de la nueva administración nos daba la espe- 
ranza de que no seríamos perturbados en la libertad que 
de hecho se nos permitía. 

Con aquel año se habia iniciado, bajo tan favorables 
auspicios, un movimiento intelectual desconocido hasta 
entonces; i contribuían a provocarlo i a dirijirlo los ame- 
ricanos ilustrados que, huyendo de tiranías i de luchas 
desastrosas, habían hallado entre nosotros un asilo amis- 



toso. Dos periódicos literarios, en la forma de las revistas 
europeas i nutridos de artículos serios, orijinales o tra- 
ducidos, fundan aquellos emigrados en Valparaiso. 

Esta es la tercera vez que aparecen en Chile publica- 
ciones de este jénero, después del fugaz ensayo hecho 
por Mr. Lozier en 1826, con el Redactor de la educa- 
ción, i del interesante Mercurio Chileno, revista mensual 
que publicó en Santiago don J. J. de Mora, con la co- 
laboración de don José Pasamán, desde 1.° de abril de 
1828 hasta 15 de julio 1829, en todo diez i seis entre- 
gas, que forman 772 pajinas. 

Con todo, la aparición de los dos nuevos periódicos 
literarios en 1842 no llenaba el deseo que acariciábamos 
de poseer uno fundado i redactado por escritores chile- 
nos; de modo que siempre proseguimos nuestros trabajos 
para conseguir tal propósito. 

Uno de aquellos era la Revista de Valparaiso, fundada 
en febrero de 1842 por Vicente Fidel López, con el 
ausilio de las producciones de Gutiérrez i Alberdi, todos 
ellos arjentinos emigrados. El otro era el Museo de Am- 
bas Américas, publicado por Rivadeneira i dirijido por 
el colombiano don Juan García del Rio, que como escri- 
critor habia figurado en Chile, redactando el Telégrafo, 
periódico político de 1819 a 20, con don Joaquin Egaña 
i otros dos, cuyos nombres ignoramos. 

Ambas revistas eran de carácter diferente, i no parece 
sino que las ideas i tendencias radicales en literatura de 
los arjentinos hubiesen provocado la publicación del 
Museo, que apareció después de la Revista, como para 
formar contraste; pues en el prospecto con que se anun- 
ció su aparición en 1.° de abril, se hacia esta terminante 
declaración, la cual envuelve un programa de principios. 
«Animados sí del deseo de hacer una cosa útil, i per- 
suadidos de que puede efectuarse sostituyendo ésta a 



89 

otras publicaciones castellanas que nos vienen del estran- 
jero, entre las que no están mui correctamente escritas 
algunas, i otras no ofrecen mucha materia de interés 
directo a los hijos del nuevo mundo, entresacaremos de 
los inmensos materiales que nos brindan la América i 
la Europa, cuanto creamos que puede interesar, instruir, 
mejorar i agradar; cuanto en nuestro concepto propenda 
a apartar obstáculos al desarrollo de la intelijencia, a 
desterrar preocupaciones, a propagar principios sanos i 
doctrinas conservadoras, i a popularizar las altas concep- 
ciones que emitió la razón o la imajinacion de los sabios 
que fueron, i de los sabios que son.» 

Aunque la Revista cesó después del sesto número en 
julio, López, que tomó la redacción de la Gaceta del Co- 
mercio de Valparaíso, que Pradel había fundado en el 
mismo mes de febrero, continuó en este diario escribien- 
do artículos literarios; de modo que aun cuando el Mu- 
seo era casi el sucesor de la Revista, el espíritu diferente 
que en ésta predominaba no desapareció de las rejiones 
de la prensa, i López i García del Rio prosiguieron 
caracterizando dos tendencias literarias. López era un 
joven de veinte i cinco años, hijo de la revolución, que 
en su fisonomía de árabe i en sus ardientes ojos negros 
revelaba la seriedad de su carácter, la firmeza de sus 
convicciones i la enerjía de sus pasiones. Dotado de un 
espíritu eminentemente filosófico e investigador, habia 
hecho vastas lecturas, i se inclinaba siempre a contemplar 
la razón de los hechos, de los sucesos i de los principios, 
despreciando las formas i las esterioridades. Pero su 
ilustración política i literaria no estaba aun dominada 
por un criterio fijo, que diera claridad a sus juicios i a 
su espresion; i ese era entonces el achaque jeneral de 
todos los escritores progresistas, porque las nuevas ideas 
no entraban todavía en una evolución científica, en las 



90 

naciones del antiguo réjimen en Europa i en América. Los 
partidarios de ese réjimen eran en aquella época los úni- 
cos que, guiados por los dogmas metafísicos i relijiosos 
que le sirven de base, marchaban con cierta seguridad 
aparente; i aun cuando fueran amigos de la reforma, en 
sentido de sus intereses i de sus preocupaciones, i su an- 
tiguo criterio los llevase a servirla con inconsecuencia i 
a torturarla, se hacian la ilusión de que tenían un juicio 
recto i claro, porque creian en los dogmas i en las re- 
glas, apesar de que no buscaban la verdad por la eviden- 
cia ni por la inducción filosófica. Los partidarios de la 
completa rejeneracion no comprendían todavía la fór- 
mula de la nueva síntesis, que es la democracia, i aun- 
que querían la reforma sin escepciones, no la concebían 
de un modo fijo, porque carecían del criterio positivo; 
no hacian mas que intentar ensayos en política i litera- 
tura, sin hallar todavía la senda recta, ni la luz que 
debia aclarar para afirmar su marcha. Por eso no es 
estraño que los escritores arjentinos, que habían venido 
a admirarse de nuestro atraso intelectual, no estuviesen 
mas firmes que los chilenos liberales en la nueva senda, 
aunque mas osados i mejor inspirados, se creyeran supe- 
riores, provocando con esta creencia el soberano desden 
de los conservadores que picaban mas alto en la política 
i las letras, quienes los miraban como extraviados o ig- 
norantes. 

De seguro que don Juan García del Rio era del nú- 
mero de los desdeñosos, porque aun cuando había ser- 
vido a la revolución de la independencia, como escritor, 
la sirvió como conservador, i amaba de tal modo el an- 
tiguo réjimen, que habia sido con San Martin partidario 
de la monarquía en América. Era un escritor correcto, 
elegante, injenioso i tan erudito, que tejia sobre cual- 
quier materia un discurso con pensamientos de distintos 



91 

autores, como quien recama de oro i seda una rica tela. 
Hombre de edad provecta, conservaba la flexibilidad, 
las gracias i elegancias de la juventud, realzadas por la 
belleza de una fisonomía que resitia aun a los estragos 
de la vejez. Estas cualidades, su esquisita urbanidad i 
los encantos de su conversación, le daban el dominio de 
los estrados, i las mujeres, mientras mas hermosas, mas 
ufanas se sentian cuando le tenian a su lado. 

Su periódico, que llevaba el lema de Floris ut apes in 
saltibus omnia Uhant, le representaba; i calzaba el alto 
coturno, a diferencia de la Revista de los arjentinos que 
tenía formas ingratas i la aspereza de los hijos de la 
Pampa. No sabemos porqué García del Rio habia trun- 
cado en aquel lema el pensamiento de Lucrecio. — 

«Floriferis ut apes in saltibus omnia libant, 
Omnia ut itidem depascimur áurea dicta. » 

Pero como quiera que sea, él tomó de aquel pensa- 
miento las palabras que cuadraban a su carácter litera- 
rio. No hai necesidad de decir que los hombres de letras 
en Santiago preferían el Museo i lo aplaudían, en tanto 
que los jóvenes de la nueva escuela, sin desdeñarlo, bus- 
caban con mas interés la Revista, que aquellos no acep- 
taban, ni aun leian. 

Tal era la situación del momento, en que teníamos 
que aparecer ante nuestra sociedad de aprendices, te- 
niendo por jueces a escritores i letrados como aquellos. 
Mas no estaba el peligro en su reprobación, sino en que 
si revelábamos nuestras ideas con una franqueza que su- 
blevase las preocupaciones i los intereses de las poten- 
cias política i relijiosa dominantes, aquella reprobación 
podia ser tomada como la espresion de una opinión 
pública, capaz de autorizar todas las hostilidades de los 



92 

poderosos contra el pobre ensayo que hacíamos para 
asegurar nuestro desarrollo intelectual. 

Teníamos que aludir a la estrecha situación en que la 
dictadura habia colocado los estudios, hundiéndonos en 
un precipicio del cual habíamos salido antes de lo que 
era posible; teníamos que rechazar la perversa doctrina 
que hacia consistir el progreso social en el desarrollo 
material i en el predominio de la riqueza, como únicos 
elementos de orden político; debíamos aludir al desden 
ofensivo con que la jeneralidad de los hombres de luces 
habían rechazado siempre nuestras ideas de reforma i 
nuestros conatos para asociar a la juventud i dirijirla 
por la senda de la reforma política; estábamos obligados 
a presentar nuestro nuevo punto de partida, rechazando 
definitivamente el pasado español, que nuestros domina- 
dores habian restablecido, i declarando que no era nues- 
tra, ni debia servirnos de guia, la literatura española, 
que nuestros maestros i todos nuestros literatos querían 
considerar como literatura nacional, i tomar por mode- 
lo; así como también debíamos rechazar la imitación de 
la literatura francesa del siglo XVII, cuya imitación se 
habia estimulado hasta el punto de publicar en el perió- 
dico oficial, con recomendaciones i elojios editoriales, las 
traducciones de trozos de Racine hechas por Salvador 
Sanfuentes. Nos hallábamos en el deber de reconocer, 
lo que nadie queria confesar — que no teníamos un siste- 
ma de educación, que nuestros métodos eran erróneos, i 
que la enseñanza literaria, sometida a la rutina de las 
reglas llamadas clásicas, estaba mui lejos de ser filosó- 
fica i de prepararnos para juzgar la producciones litera- 
rias de modo de salvarnos del contajio del antiguo ré- 
jimen, tan fielmente representado por la literatura espa- 
ñola i la francesa de la época de Luis XIV, las cuales 



93 

hacían del papa i del emperador las dos mitades de Dios 
sobre la tierra, 

Todo eso i mucho mas debíamos decir a la nueva 
juventud, chocando de frente con todas las ideas i los 
sentimientos de la época; i éste era un grave peligro, 
puesto que entonces, como en la edad media toda inicia- 
tiva pertenecía aquí a aquellas dos podestades, i para 
nosotros habia un tercer soberano, que era el pueblo, el 
único que en la edad moderna debe hacer triunfar la 
idea nueva. 

Los que hoi han alcanzado los felices tiempos que de- 
seaba un antiguo romano, en los cuales se puede decir 
lo que se piensa i pensar lo que se dice ; los que hoi pue- 
den decirlo todo, hasta lo absurdo i hasta la tergiversa- 
ción de principios i de hechos, hasta la calumnia i el 
procaz insulto, no pueden medir la gravedad del peligro 
a que nos esponíamos los que en aquellos años pugnába- 
mos por apresurar el advenimiento de estos tiempos feli- 
ces, enseñando i proclamando las buenas doctrinas. I 
talvez es por eso que han olvidado a tal estremo el dis- 
curso en que echamos los fundamentos de nuestra edu- 
cación literaria, que considerándolo desnudo del mérito 
que tiene, ni tan siquiera hacen de él una lijera mención, 
cuando hablan del movimiento literario de 1842, o alu- 
den a la historia de nuestro progreso intelectual. 

Para nosotros, lo decimos sin jactancia, ese discurso 
es un documento histórico, i aunque hoi nos parece 
amanerado, lleno de reticencias, i erróneo en algunos con- 
ceptos incidentales i pasajeros, vamos a consignarlo ín- 
tegro en estos Recuerdos, por si alguien, al hacer con 
buen espíritu la historia, cree, como creyeron entonces 
los estranjeros que escribian en Chile, que es — «la pri- 
mera voz que alza la jeneracion nueva» — «el primero que 
toca las cuestiones que debieran ocupar el pensamiento 



94 

nacional» — «la primera palabra que pronuncia un niño, 
causando una sonrisa de júbilo en el semblante de su 
madre». . . 

Esta última metáfora, que representa con tanta exac- 
titud como profundidad la situación, i la timidez cando- 
rosa de aquella primera palabra, fué tomada como una 
ofensa por los jóvenes de la Sociedad literaria que publi- 
caron en el Mercurio una contestación picante; pero una 
réplica que apareció en el mismo diario, i que creemos 
fué de Sarmiento, insistia en que el discurso era un 
hecho nuevo, i desafiaba al autor de aquel artículo a que 
citase otros, si no era el primero que se había visto. 
Realmente, no era el primer discurso del jénero entre 
nosotros, porque teníamos la grandilocuente oración que 
pronunció en 1830 el señor Mora, en la apertura del 
curso de oratoria del Liceo; pero ésta era una pieza que 
hacia honor a la literatura española, en tanto que la 
nuestra, siendo el primer grito de emancipación de aquella 
literatura, que se lanzaba en la antigua colonia que veje- 
taba anidada en las faldas de los Andes, era sin disputa 
la primera voz que alzaba la jeneracion nueva para fun- 
dar una literatura propia; i quedó siendo la primera i 
la única, porque en el discurso inaugural de la Univer- 
sidad de Chile, que al año siguiente pronunció el señor 
Bello, no se repitieron las mismas doctrinas i se trató de 
restablecer el imperio de la vieja literatura de que noso- 
tros queríamos emanciparnos. Esta contrarevolucion triun- 
fó, como ha triunfado por tantos años después la re- 
acción española en la República independiente; i como 
nosotros solos proseguimos el movimiento de emancipa- 
ción literaria, i lo proseguimos todavía al través de los 
obstáculos que el sentimiento i las rutinas nos oponen, 
es lójico que atribuyamos a nuestro mal discurso el 
carácter de un documento histórico, que no le dan, ni le 



95 

darán jamás, los escritores que hoi representan aquel 
sentimiento i aquellas rutinas, i que calificarán de nece- 
dad, por lo menos, la reproducción de aquella obra. 

La reproducimos, tal como apareció en una lujosa 
edición que hizo a su costa Rivadeneira, sin omitir las 
palabras que agregó a la publicación la sociedad literaria 
de jóvenes estudiantes. 



XIV. 

NOTICIA DE LA SOCIEDAD. 

Las lijeras nociones de lejislacion teórica, que acaba- 
mos de adquirir en el Instituto Nacional, nos han hecho 
conocer las grandes exijencias de nuestra patria i su po- 
sición en la escala de la sociabilidad, la naturaleza de 
nuestro gobierno, i sus imperiosas necesidades, i también 
el carácter de la misión que estamos llamados a cumplir. 
Vimos que sin embargo de estar reconocido entre no- 
sotros el principio de la soberanía popular, no es toda- 
vía efectivo; que aun cuando la base de nuestro gobierno 
es la democracia, le falta todavía el apoyo de la ilus- 
tración, de las costumbres i de las leyes. Estas ideas 
produjeron en nosotros un entusiasta deseo de ser útiles 
a nuestra patria, cooperando con todos nuestros esfuer- 
zos a conseguir el fin de nuestra revolución. ¿I cómo 
conseguirlo? Ilustrándonos para difundir en el pueblo 
las luces i las sanas ideas morales. Acometer esta em- 
presa individualmente era imposihle: hé aquí el oríjen i 
objeto de nuestra reunión. 

Hasta ahora hemos vencido todos los tropiezos que 
se nos han opuesto. Auxiliados por un vecino de esta 
capital, tuvimos ya donde reunimos, formamos un fondo 
para sostener nuestra sociedad, ordenamos un reglamento, 



96 

después de algunas conferencias Ique han contribuido a 
ilustrarnos, i por fin necesitábamos un Director, i la 
elección recayó en el señor Lastarria. En su incorporación 
pronunció el Discurso que ahora publicamos junto con 
la respuesta que le dio el señor Montt, Presidente de 
la sociedad en aquella sesión. 

La sociedad ha fortificado sus esperanzas con la in- 
corporación del Director, el número de sus socios se 
aumenta, i confia en que los jóvenes de Santiago i demás 
personas de conocimientos no desdeñarán prestarle su 
auxilio. — Los miembros de la sociedad (*). 



Quand nous ne sommes plus, notre ombre a des autels, 
Ou le juste avenir prepare a ton génie 
Des honneurs immortels. 

Lamartine. 

Al presentarme por primera vez ante vosotros, me 
siento profundamente conmovido por la sincera gratitud 
que encendisteis en mi pecho, al señalarme como uno de 
vuestros compañeros, con el honroso título de Director 
de vuestra sociedad; pero esta conmoción es algo mas 
que de gratitud, no debo ocultároslo, es también de 
temor, de vergüenza, porque no me siento bastante fuerte 
para soportar en mis sienes el laurel que me habéis 



(*) Ponemos a continuación los nombres de algunos de los 
socios de aquella corporación, pues no se han podido hallar las 
actas, para presentar la lista completa: Asta-Buruaga Francisco S. 

— Arguelles M. — Bascuñan Guerrero F. — Bello A. R. — Bello J. 

— Bilbao F. — Bilbao M. — Blanco Gana M. — Chacón A. — 
Chacón J. — Espejo J. N. — Herboso G. — Hurtado J. M. — 
Irisarri H. — Lulo E. — Lindsay S. — Manterola J. M. — Matta 
F. de P. — Montt Anacleto. — Ovalle J. A. — Pinto A. — Ovalle 
Ramón F. — Reyes A. — Reyes M. J. — Renjifo Javier — Santa- 
María D. — Valdes Cristóval. — Villegas N.. — etc. 



97 

echado: lo digo sin afectación. Todo lo espero del entu- 
siasmo que lia despertado en mí vuestra dedicación, tan 
digna de elojio, tan nueva entre nosotros. Sí, señores, 
vuestra dedicación es una novedad, porque os conduce 
basta formar una academia para poner en contacto vues- 
tras intelijencias, para seros útiles recíprocamente, para 
manifestar al mundo que ya nuestro Chile empieza a 
pensar en lo que es i en lo que será. En efecto, el ruido 
de las armas ha cesado en nuestro suelo, la anarquía 
desplegó sus alas espantosas i salvó los Andes; la paz 
coronada de fresca oliva ha venido en su lugar, i bajo 
su amparo ha despertado nuestra amada patria del le- 
targo en que la dejó el violento esfuerzo que hizo para 
sacudir el yugo i presentarse triunfante a la faz de las 
naciones. Me parece que la veo echar ahora una mirada 
de dolor a lo pasado, i dar un hondo suspiro al no en- 
contrar mas que cadenas destrozadas en un charco de 
sangre, i un espantoso precipicio, del cual se ve libre 
como por encanto : la oigo decir, ya llegó el tiempo en 
que debo hacerme digna del puesto que ocupo, pero no 
podré afianzarme, la sangre de mis hijos estará siempre 
humeante, atestiguando que nada he hecho para aprove- 
char su sacrificio, si no ciego esa hondonada que se des- 
prende a mis plantas: ahí está la ignorancia, cien bocas 
abre para mí, debo aniquilarla, soterrarla para siempre. 
Ya veis, señores, que Chile, así como las demás re- 
públicas hermanas, se ha encontrado de repente en una 
elevación a que fué impulsado por la lei del progreso, 
por esa lei de la naturaleza, que mantiene a la especie 
humana en un perpetuo movimiento expansivo, que a 
veces violento, arrastra en sus oscilaciones hasta a los 
pueblos mas añejos i mas aferrados a lo que fué. Pero 
el nuestro ha sido trasportado a un terreno que le era 
desconocido, en el cual ha estado espuesto a perderse 

Lastareia . Recuerdos. 7 



sin remedio, porque las semillas preciosas no prenden en 
un campo inculto: nuestros padres no labraron el campo 
en que echaron la democracia, porque no pudieron ha- 
cerlo; se vieron forzados a ejecutar sin prepararse; pero 
la jeneracion presente, mas bien por instinto que por 
convencimiento, se aplica a cultivarlo, i parece que se 
encamina a completar la obra. Todos conciben que ne- 
cesitan promover sus intereses personales, acometen la 
empresa que los ha de engrandecer i que ha de dar a 
la nación el apoyo que en su concepto necesita, el de la 
riqueza: se improvisan soberbias asociaciones para ensan- 
char el comercio, para desentrañar los tesoros que es- 
conde la naturaleza en las venas de los Andes, socieda- 
des filantrópicas para protejer la agricultura i anonadar 
los obstáculos que embarazan su marcha. Pero la rique- 
za, señores, nos dará poder i fuerza, mas no libertad in- 
dividual; hará respetable a Chile i llevará su nombre al 
orbe entero, pero su gobierno estará bamboleándose, i 
se verá reducido a apoyarse por un lado en bayonetas, 
por el otro en montones de oro, i no será el padre de la 
gran familia social, sino su señor; sus siervos esperarán 
solo una ocasión para sacudir la servidumbre, cuando si 
fueran sus hijos las buscarian para amparar a su padre. 
Otro apoyo mas quiere la democracia, el de la ilustra- 
ción. La democracia, que es la libertad, no se lejitima, 
no es útil, ni bienhechora sino cuando el pueblo ha lle- 
gado a su edad madura, i nosotros somos todavía adul- 
tos. La fuerza que debiéramos haber empleado en llegar 
a esa madurez, que es la ilustración, estuvo sometida tres 
siglos a satisfacer la codicia de una metrópolis atrasada 
i mas tarde ocupada en destrozar cadenas, i en consti- 
tuir un gobierno independiente. A nosotros toca volver 
atrás para llenar el vacío que dejaron nuestros padres i 
hacer mas consistente su obra, para no dejar enemigos 



99 

por vencer, i seguir con planta firme la senda que nos 
traza el siglo. 

Pues bien, vosotros habéis comprendido esta necesi- 
dad, vosotros que sin guia, sin amparo, sacándolo todo 
de vuestro solo valor, os congregáis para ilustraros e 
ilustrar con vuestros trabajos; vosotros que, me parece, 
habéis dicho en Chile a los hombres de luces que eso 
debian haber practicado tiempo ha: reunirse para comuni- 
carse i ordenar un plan de ataque contra los vicios so- 
ciales, a fin de hacerse dignos de la independencia que 
a costa de su sangre nos legaron los héroes de 810; reu- 
nirse en torno de esa democracia que milagrosamente 
vemos entronizada entre nosotros, pero en un trono 
cuya base carcomida por la ignorancia, se cimbra al mas 
lijero soplo de las pasiones, i casi se desploma, llevando 
en su ruina nuestras mas caras esperanzas. Os doi el 
parabién, Señores, i mui sinceramente me glorío de ser 
vuestro compañero, porque habéis acertado en asociaros 
para satisfacer una necesidad social. Vosotros tenéis mis 
ideas i convenis conmigo en que nada será Chile, la 
América toda, sin las luces. Me llamáis para que os ayu- 
de en vuestras tareas literarias, pero yo quisiera convi- 
daros antes a discurrir acerca de lo que es entre noso- 
tros la literatura, acerca de los modelos que hemos de 
proponernos para cultivarla, i también sobre el rumbo 
que debemos hacerle seguir para que sea provechosa al 
pueblo. Porque, Señores, no debemos pensar solo en 
nosotros mismos, quédese el egoismo para esos hombres 
menguados que todo lo sacrifican a sus pasiones i preo- 
cupaciones : nosotros debemos pensar en sacrificarnos por 
la utilidad de la patria. Hemos tenido la fortuna de re- 
cibir una mediana ilustración; pues bien, sirvamos al 
pueblo, alumbrémosle en su marcha social para que 
nuestros hijos le vean un dia feliz, libre i poderoso. 



100 

Se dice que la literatura es la expresión de la sociedad, 
porque eu efecto es el resorte que revela de una manera 
la mas esplícita las necesidades morales e intelectuales 
de los pueblos, es el cuadro en que están consignadas 
las ideas i pasiones, los gustos i opiniones, la relijion i 
las preocupaciones de toda una jeneracion. Forman el 
teatro en que la literatura despliega sus brillantes galas, 
la cátedra desde donde anuncia el ministro sagrado las 
verdades civilizadoras de nuestra divina relijion i las con- 
minaciones i promesas del Omnipotente; la tribuna en 
que defiende el sacerdote del pueblo los fueros de la liber- 
tad i los dictados de la utilidad jeneral; el asiento augusto 
del defensor de cuanto hai de estimable en la vida, el 
honor, la persona, las propiedades i la condición del ciu- 
dadano ; la prensa periódica que ha llegado a hacerse el 
ájente mas activo del movimiento de la intelijencia, la 
salvaguardia de los derechos sociales, el azote poderoso 
que arrolla a los tiranos i los confunde en su ignorancia. 
La literatura, en fin, comprende entre sus cuantiosos ma- 
teriales, las concepciones elevadas del filósofo i del juris- 
ta, las verdades irrecusables del matemático i del histo- 
riador, los desahogos de la correspondencia familiar, i los 
raptos, los éxtasis deliciosos del poeta (*). 

¿Pero cuál ha sido, cuál es en el dia nuestra litera- 
tura? ¿A dónde hallaremos la expresión de nuestra socie- 
dad, el espejo en que se refleja nuestra nacionalidad? 
Aterradora es por cierto la respuesta a una pregunta 
semejante; pero así como rompe con audacia su vuelo la 
simple avecilla, después del espanto que le causa la es- 
plosion mortífera del arcabuz del cazador, romperemos 
nuestra marcha después del terrible desengaño que nos 
causa la idea de nuestra nulidad, cuando veamos que 

(*) Artaud. 



101 

necesitamos formarnos con nuestros propios esfuerzos. 
Apenas ha amanecido para nosotros el 18 de setiembre 
de 1810, estamos en la alborada de nuestra vida social, 
i no hai un recuerdo tan solo que nos halague, ni un lazo 
que nos una a lo pasado antes de aquel día. Durante 
la colonia no rayó jamás la luz de la civilización en 
nuestro suelo. ¡I cómo habia de rayar! La misma nación 
que nos encadenaba a su pesado carro triunfal permane- 
cía dominada por la ignorancia i sufriendo el ponderoso 
yugo de lo absoluto en política i relijion. Cuando la Es- 
paña comenzó a perder los fueros i garantías de su li- 
bertad, cuando principió a erijir en crimen el cultivo de 
las bellas artes i de las ciencias, que no se presentaban 
guarnecidas con los atavíos embarazosos del escolasticis- 
mo, i el santo oficio se dedicó a perseguir de muerte a 
los que propalaban verdades que no eran las teolójicas, 
entonces, Señores, empezó también a cimentarse en Chile 
el dominio del conquistador. Los Felipes, tan funestos 
a la humanidad como a la civilización, por su brutal 
i absurdo despotismo; Carlos II, con su imbecilidad i 
acendrado fanatismo, los Fernandos i Carlos que le su- 
cedieron, tan obstinados defensores de su poder discre- 
cional i de la autoridad espantosa del monstruo de la in- 
quisición que los sostenia, al mismo tiempo que los ame- 
drentaba; tales fueron los monarcas, bajo cuyo ominoso 
cetro recorrió tres siglos Chile, siempre ignorante, siem- 
pre oprimido i vejado. «Bajo el sistema de despotismo 
razonado, dice un juicioso observador, que estableció en 
sus antiguas posesiones americanas el gabinete de Ma- 
drid, guardaba todo el mas estrecho enlace: agricultura, 
industria, navegación, comercio, todo estaba sujeto a las 
trabas que dictaba la ignorancia o la codicia a una ad- 
ministración opresora i estúpida. Mas no bastaba privar 
a los americanos de la libertad de acción, si no se les 



102 

privaba también de la del pensamiento. Persuadidos los 
dominadores de que nada era tan peligroso para ellos 
como dejar desenvolver la mente, pretendieron mante- 
nerla encadenada, desviándonos de la verdadera senda 
que guia a la ciencia, menospreciando i aun persi- 
guiendo a los que la cultivaban.» De suerte, señores, 
que nuestra nulidad literaria es tan completa en aque- 
llos tiempos, como lo fué la de nuestra existencia política. 
Pedro de Oña, que según las noticias de algunos eru- 
ditos, escribió a fines del siglo XVI dos poemas de poco 
mérito literario, pero tan curiosos como raros en el dia; 
el célebre Lacunza, Ovalle el historiador i el candoroso 
Molina, que ha llegado a granjearse un título a la in- 
mortalidad con la historia de su patria, son los cuatro 
conciudadanos, i quizá los únicos de mérito, que puedo 
citaros como escritores; pero sus producciones no son 
timbres de nuestra literatura, porque fueron indíjenas de 
otro suelo i recibieron la influencia de preceptos estra- 
ños. Desde 1810 hasta pocos años a esta parte, tampoco 
hallo obra alguna que pueda llamarse nuestra i que po- 
damos ostentar como característica; muchos escritos de 
circunstancias sí, parto de varios claros injenios ameri- 
canos i chilenos, entre los cuales descuella el ilustrado i 
profundo Camilo Henriquez, cuyas bellas producciones 
manifiestan un talento despejado i un corazón noble, en- 
tusiasta i jeneroso. De los últimos años no puedo dejar 
de citaros, entre las poco numerosas producciones de 
nuestra prensa, dos obras didácticas que harán época en 
nuestros fastos literarios; no porque sean la muestra de 
una literatura vigorosa i nacional, sino por la revolución 
que han iniciado en las ideas, i porque prueban el jénio, 
erudición i laboriosidad de sus autores: la Filosofía del 
espíritu humano, que es el reverso del peripato, uno de 
los primeros destellos de la razón ilustrada en Chile, con 



103 

cuya aparición data la época de nuestra rejeneraciou 
mental: los Principios de derecho de jentes, que nos han 
hecho mirar con interés i seriedad los altos dogmas de 
la ciencia que fija las relaciones recíprocas de los pue- 
blos que habitan la tierra. Otros varios tratados elemen- 
tales han aparecido, entre los cuales hai algunos dignos 
del mayor elojio, ya por el acierto de su ejecución, ya 
por las útiles reformas que han pretendido introducir en 
el aprendizaje. Nuestra prensa periódica, apesar de ha- 
llarse detenida por los infinitos inconvenientes que se le 
oponen a un pueblo en sus primeros ensayos, no deja 
de contar una que otra producción importante que ha 
merecido la aprobación de los intelijentes. Pero todo 
esto no debe envanecernos: cuando mas prueba que hai 
entre nosotros quienes trabajan por la difusión de las 
luces, i no que poseamos ya una literatura que tenga 
sus influencias i su carácter especial. Mui reducido es el 
catálogo de nuestros escritores de mérito ; mui poco hemos 
hecho todavía por las letras; me atrevo a deciros que 
apenas principiamos a cultivarlas. Pero es de hacer jus- 
ticia al fuerte anhelo que todos muestran por la educa- 
ción: numerosa es la juventud que con ansia recibe los 
preceptos de la sabiduría, i ya la patria pierde tiempo, 
si no allana los obstáculos que entorpecen el provecho 
que puede sacar de tan laudable aplicación. Todavía en- 
tre nosotros no hai un sistema de educación, los méto- 
dos adolecen de errores i defectos que la época moderna 
tilda con un signo de reprobación i de desprecio casi in- 
famante. Por eso veis, Señores, a multitud de chilenos 
ilustrados, i dignos de mejor suerte, agolparse a la en- 
trada del santuario de la literatura, todos con el empeño 
de penetrar en él i de perseguir la gloria; pero todos 
detenidos, o porque carecen de aquel ímpetu que una 
educación esmerada i los conocimientos bien adquiridos 



104 

infunden en el alma, o porque los arredra el infortunio, 
que siempre espanta a la imajinaeion cuando el pecho 
está vacío de esperanzas i de estímulos. Pero vosotros, 
creo, os sentís valientes, i por eso os anuncio que nece- 
sitáis todavía de muchos esfuerzos para alcanzar vuestro 
objeto: será para otros la utilidad i para vosotros la 
gloria; este divino sentimiento i la patria que nos dio 
el ser merecen nuestros sacrificios. 

No perdáis jamas de vista que nuestros progresos fu- 
turos dependen enteramente del jiro que demos a nues- 
tros conocimientos en su punto de partida. Este es el 
momento crítico para nosotros. Tenemos un deseo, mui 
natural en los pueblos nuevos, ardiente, que nos arrastra 
i nos alucina: tal es el de sobresalir, el de progresar en 
la civilización, i de merecer un lugar al lado de esos an- 
tiguos emporios de las ciencias i de las artes, de esas 
naciones envejecidas en la esperiencia, que levantan or- 
gullosas sus cabezas en medio de la civilización europea. 
Mas no nos apresuremos a satisfacerlo. Tenemos mil 
arbitrios para ello; pero el que se nos ofrece mas a mano 
es el de la imitación, que también es el mas peligroso 
para un pueblo, cuando es ciega i arrebatada, cuando no 
se toma con juicio lo que es adaptable a las modifica- 
ciones de su nacionalidad. Tal vez ésta es una de las 
causas capitales de las calamitosas disidencias que han 
detenido nuestra marcha social, derramando torrentes de 
lágrimas i de sangre en el suelo hermoso i virjinal de la 
América española. ¡Ah Señores, que penoso es para las 
almas jóvenes no poderlo crear todo en un momento ! 
Pero los grandes bienes sociales no se consiguen sino a 
fuerza de ensayos. Bien pueden ser ineficaces para con- 
seguir nuestra felicidad los instrumentos que poseemos, 
pero su reforma no puede ser súbita; resignémonos al 
pausado curso de la severa experiencia, i dia vendrá en 



105 

que los chilenos tengan una sociedad que forme su ven- 
tura, i en que estén incrustadas fuertemente las raices 
de la relijion i de las leyes, de la democracia i de la 
literatura. A nosotros está encargada esta obra in- 
teresante, i es preciso someterla a nuestros alcances. 

Mas concretando estas observaciones a nuestro asun- 
to, ¿de qué manera podremos ser prudentes en la imita- 
ción? Preciso es aprovecharnos de las ventajas que en la 
civilización han adquirido otros pueblos mas antiguos: 
ésta es la fortuna de los americanos. ¿Qué modelos lite- 
rarios serán, pues, los mas adecuados a nuestras circuns- 
tancias presentes? Vastos habian de ser mis conocimien- 
tos, i claro i atinado mi juicio para resolver tan impor- 
tante cuestión; pero llámese arrogancia o lo que se 
quiera, debo deciros que mui poco tenemos que imitar: 
nuestra literatura debe sernos esclusivamente propia, debe 
ser enteramente nacional. Hai una literatura que nos 
legó la España con su relijion divina, con sus pesadas e 
indijestas leyes, con sus funestas i antisociales preocupa- 
ciones. Pero esa literatura no debe ser la nuestra, por- 
que al cortar las cadenas enmohecidas que nos ligaran 
a la Península, comenzó a tomar otro tinte mui diverso 
nuestra nacionalidad: «nada hai que obre una mudanza 
mas grande en el hombre que la libertad, dice Ville- 
main. ¡Qué será pues en los pueblos!» Es necesario que 
desarrollemos nuestra revolución i la sigamos en sus 
tendencias civilizadoras, en esa marcha peculiar que le 
da un carácter de todo punto contrario al que nos dic- 
tan el gusto, los principios i las tendencias de aquella 
literatura. Debo presentaros sobre ella mas bien que mis 
pobres ideas, el juicio de un español que en nuestros 
dias se ha formado una reputación por su talento eleva- 
do, i el cual se espresa de este modo, hablando de su 
patria. «En España, causas locales atajaron el progreso 



106 

intelectual, i con él indispensablemente el movimiento 
literario. La muerte de la libertad nacional, que habia 
llevado ya tan funesto golpe en la ruina de las comuni- 
dades, añadió a la tiranía relijiosa la tiranía política; i si 
por espacio de un siglo todavía conservamos la prepon- 
derancia literaria, ni esto fué mas que el efecto necesa- 
rio del impulso anterior, ni nuestra literatura tuvo un 
carácter sistemático, investigador, filosófico ; en una pala- 
bra, útil i progresivo. La imajinacion sola debia prestar 
mas campo a los poetas que a los prosistas: así que aun 
en nuestro siglo de oro es cortísimo el número de escri- 
tores razonados que podemos citar (*)». Con efecto, Se- 
ñores, si buscáis la literatura española en los libros cien- 
tíficos, en los históricos, en el dilatadísimo número de 
escritores místicos i teolójicos que cuenta aquella nación, 
en el teatro mismo, casi siempre la hallareis retrógrada, 
sin filosofía i muchas veces sin criterio fijo. Es verdad 
que en ocasiones luce en ellos algún rasgo del atinado 
injenio español, pero siempre a manera de aquellos lam- 
pos efímeros que momentáneamente alteran las tinieblas 
de una noche borrascosa; sus bellas producciones son 
frutos escondidos que no es posible descubrir, sino des- 
bastando el ramaje del árbol que los contiene. De los 
mejores autores, dice el citado, que se ofrecen mas bien 
como columnas de la lengua, que como intérpretes 
del movimiento de su época. La poesía, empero, ofrece 
revelantes muestras de talentos fecundos i eruditos, 
de pasajes sublimes, bellos i filosóficos; mas necesi- 
táis de trabajo i tino para hallarlos i para sacar de ellos 
provecho. 

Con todo no penséis, Señores, que me estiendo al 
suscribir a estos conceptos, sobre la literatura de nuestros 

(*) Larra. 



107 

conquistadores, hasta llegar a mirar en menos su her- 
moso i abundante idioma. ¡Ah! no: éste fué uno de los 
pocos dones preciosos que nos hicieron sin pensarlo. Al- 
gunos americanos, sin duda fatigados de no encontrar 
en la antigua literatura española mas que insípidos i 
pasajeros placeres, i deslumhrados por los halagos lison- 
jeros de la moderna francesa, han creído que nuestra 
emancipación de la metrópoli debe conducirnos hasta 
despreciar su lengua i formarnos sobre sus ruinas otra 
que nos sea mas propia, que represente nuestras necesi- 
dades, nuestros sentimientos. I llenos de admiración, 
seducidos por lo que les parece orijinal en los libros del 
Sena, creen que nuestro lenguaje no es bastante para 
exprimir tales conceptos; forman o introducen sin nece- 
sidad palabras nuevas, dan a otras un sentido impropio 
i violento, adoptan jiros i construcciones exóticas, con- 
trarias siempre a la índole del castellano, despreciando 
así la señalada utilidad que podríamos sacar de una len- 
gua cultivada, i esponiéndose a verse de repente en la 
necesidad de cultivar otra nueva, i talvez, inintelijible. 
Huid, Señores, de semejante contajio, que es efecto de 
un extraviado entusiasmo. 

Mucha verdad es que las lenguas varían en las diver- 
sas épocas de la vida de los pueblos, pero los americanos 
ofrecemos en esto un fenómeno curioso: somos infantes 
en la existencia social i poseemos una habla que anun- 
cia los progresos de la razón, rica i sonora en sus termi- 
naciones, sencilla i filosófica en su mecanismo, abundante, 
variada i expresiva en sus frases i modismos, descrip- 
tiva i propia como ninguna (*). Nuestros progresos 
principian, i por mucho que nos eleve el impulso pro- 
gresivo de la época presente, simpre tendremos en nues- 

(*) Mora. 



108 

tro idioma un instrumento fácil i sencillo que emplear 
en todas nuestras operaciones, un ropaje brillante, que 
convendrá a todas las formas que tomen nuestras faccio- 
nes nacionales. Estudiad esa lengua, Señores, defendedla 
de los estranjerismos; i os aseguro que de ella sacareis 
siempre un provecho señalado, si no sois licenciosos para 
usarla, ni tan rigoristas como los que la defienden tenaz- 
mente contra toda innovación, por indispensable i ven- 
tajosa que sea. Os interesa pues emprender la lectura 
de sus clásicos, i penetrar en la historia de la literatura 
a fin de saber apreciarlos i conocer esa poesía, que veréis, 
valiéndome de la espresion de un crítico, expresiva en 
su infancia, natural i sencilla, pero ruda, pobre i trivial; 
después grave docta i sonora, hasta dejenerar en afec- 
tada, pedantesca i enigmática; i por fin, grande, majes- 
tuosa i sublime, armoniosa i dulce hasta acabar por 
hinchada, estrepitosa i sutil. De Garcilaso aprenderéis a 
espresar vuestras ideas en sentimientos apacibles con can- 
dor i amable naturalidad; de la Torre, Herrera i Luis 
de León, imitareis la nobleza, nervio i majestad; de 
Rioja el estilo descriptivo i la vehemencia del lenguaje 
sentencioso i filosófico. Descended a los prosistas, i 
Mendoza, Mariana i Solis os enseñarán la severidad, 
facundia i sencillez del estilo narrativo: Granada, la ini- 
mitable dulzura de su habla para expresar las verdades 
eternas i el idealismo del cristiano; i por fin, el coloso 
de la literatura española os asombrará con su grandilo- 
cuencia, i con las orijinales graciosidades de su Hidalgo. 
Estudiad también a los modernos escritores de aquella 
célebre nación, i hallareis en ellos el antiguo romance 
castellano hecho ya el idioma de la nación culta, i capaz 
de significar con ventaja los mas elevados conceptos de 
la filosofía i los mas refinados progresos del entendimiento 
del siglo XIX. 



109 

Una vez que hayáis aventajado en esa indispensable 
preparación, será que ya estaréis capaces de recibir las 
influencias de la literatura francesa, de esa literatura 
que sojuzga la civilización moderna, de la cual ha dicho 
uno de sus campeones del presente dia, estas notables 
palabras: «Desde la muerte del gran Goethe, el pensa- 
miento alemán se ha cubierto otra vez de sombra: desde 
la muerte de Byron i de Walter-Scott, la poesía inglesa 
se ha extinguido; i a esta hora no hai en el universo mas 
que una literatura encendida i viviente; que es la litera- 
tura francesa. De Petersburgo a Cádiz, de Calcuta a 
Nueva-York, no se leen mas que libros franceses: ellos 
inspiran al mundo . . . (*). No podemos escusarnos de 
reconocer esta verdad, pero es cordura no dejarse des- 
lumhrar por su esplendor: veremos de qué manera deben 
inspirarnos esos libros franceses tan poderosos. Tres épo- 
cas de triunfo ha tenido la literatura de Francia, las 
que sin ser iguales entre sí, llevan impreso cierto aire de 
familia, que ha causado graves equivocaciones. La do- 
minante en el siglo XVII, que habia sido formada, se- 
gún el respetable Yillemain, bajo las influencias de la 
relijion, de la antigüedad i de la monarquía de Luis XIV; 
la dominante en el siglo XVIII, en la cual, por el con- 
trario, influyeron, a juicio del mismo sabio, la filosofía 
escéptica, la imitación de las literaturas modernas i la 
reforma política: por fin, la que en nuestros dias se os- 
tenta triunfante i rejeneradora, la cual, a mi entender, 
está dominada por el vigoroso i saludable influjo del 
cristianismo, de la filosofía i de la democracia, o en una 
palabra sola, por la perfectibilidad social. Las dos pri- 
meras, sin embargo de su diferencia, tienen entre sí tal 
consonancia que pudiéramos considerarlas como una sola; 

(*) Hugo. 



110 

i en efecto, Villemain dice que esas dos épocas tienen 
sus plintos de contacto, i que los talentos de la una han 
tenido algunos caracteres de la otra. Como quiera, Se- 
ñores, creo yo que ambas escuelas no merecen nuestro 
estudio, sino en cuanto son dignas de la curiosidad del 
literato, porque pertenecen a la historia de los progresos 
del entendimiento humano: pero nada considero menos 
adecuado a nuestras circunstancias que la literatura de 
esos tiempos, i de consiguiente nada tampoco menos dig- 
no de nuestra imitación. No obstante las diversas causas 
influentes en aquellas escuelas, señaladas por el ilustre 
profesor, permítaseme agregar que todavía hai otra mas 
universal que sirve como de eslabón para ligarlas; tal es 
aquel aire de afectación empalagosa que las domina, con- 
forme al gusto disciplinado de esas épocas, según las 
conveniencias, usos i espíritu de cuerpo que ligaban a 
los palaciegos i demás jente de tono de la corte francesa 
de entonces. Aquel gusto dictaba una crítica severa i 
absoluta, egoista, si puedo decirlo, que condenaba sin 
recurso todos los arranques de la fantasía, por naturales 
que fueran, cuando no agradaban al rei i a las damas 
cortesanas, i encadenaba el espíritu forzándolo al excep- 
ticismo relijioso, i a la finura i lijereza de convención. 
Todos los grandes injenios de aquellos dos siglos se 
vieron arrastrados por tal influencia, i le tributaron ciego 
homenaje en sus producciones. Ni el severo i profundo 
Montesquieu pudo salvarse del contajio: el autor del Es- 
píritu de las leyes, de esa obra inmortal, escribió también 
las Cartas persianas. La república literaria entonces era 
una monarquía absoluta que extendió su predominio 
moral a toda la Europa, i hasta nuestros dias: hizo mas, 
invadió las rejiones del Nuevo Mundo, i propagó aque- 
llos principios exajerados i quiméricos de la rejenera- 
cion política. Curioso es investigar las causas de tamaño 



111 

prodijio, pero mi objeto no me permite demorarme 
en ello. 

Empero, la época ha variado, el tiempo con su mano 
de bronce ha venido a despertar a los hombres para ha- 
cerlos mas racionales i positivos, para encaminarlos por 
otro sendero mas espacioso. La literatura moderna sigue 
el impulso que le comunica el progreso social, i ha veni- 
do a hacerse mas filosófica, a erijirse en intérprete de 
ese movimiento. «La crítica, dice, el juicioso Artaud, ha 
llegado a ser mas libre, hoi que los autores se dirijen a 
un público mas numeroso i mas independiente, i por 
consecuencia debe tomar otra bandera; su divisa es la 
verdad; la regla de sus juicios la naturaleza humana: en 
lugar de detenerse en la forma externa, solo debe fijarse 
en el fondo. En vez de juzgar las obras del poeta i del 
artista únicamente por su conformidad con ciertas re- 
glas escritas, expresión jeneralizada de las obras anti- 
guas, se esforzará en penetrar hasta lo íntimo de las pro- 
ducciones literarias i en llegar hasta la idea que repre- 
sentan. La verdadera crítica confrontará continuamente 
la literatura i la historia, comentará la una por la otra, i 
comprobará las producciones de las artes por el estado 
de la sociedad. Juzgará las obras del artista i del poeta, 
comparándolas con el modelo de la vida real, con las 
pasiones humanas i las formas variables de que puede 
revestirlas el diverso estado de la sociedad. Deberá tomar 
en cuenta, al hacer tal examen, el clima, el aspecto de 
los lugares, la influencia de los gobiernos, la singulari- 
dad de las costumbres i todo lo que pueda dar a cada 
pueblo una fisonomía orijinal; de este modo la crítica se 
hace contemporánea de los escritores que juzga, i adop- 
ta momentáneamente las ideas, los usos, las preocupa- 
ciones de cada país, para penetrar mejor en su espíri- 
tu. . .» En esta definición que acabáis de oir, Señores, 



112 

tenéis delineados con vivos coloridos los caracteres de la 
moderna literatura francesa, caracteres que se divisan 
ya adoptados en la española i que mas tarde se verán en 
la americana. La Francia ha levantado la enseña de la 
rebelión literaria, ella ha emancipado su literatura de 
las rigorosas i mezquinas reglas que antes se miraban 
como inalterables i sagradas; le ha dado por divisa la 
verdad i le ha señalado a la naturaleza humana como el 
oráculo que debe consultar para sus decisiones: en esto 
merece nuestra imitación. Fundemos, pues, nuestra lite- 
ratura naciente en la independencia , en la libertad del 
jénio, despreciemos esa crítica menguada que pretende 
dominarlo todo, sus dictados son las mas veces propios 
para encadenar el entendimiento, sacudamos esas trabas 
i dejemos volar nuestra fantasía, que es inmensa la na- 
turaleza. No olvidéis con todo que la libertad no existe 
en la licencia, este es el escollo mas peligroso: la liber- 
tad no gusta de posarse sino donde está la verdad i la 
moderación. Así, cuando os digo que nuestra literatura 
debe fundarse en la independencia del jénio, no es mi 
ánimo inspirar aversión por las reglas del buen gusto, 
por aquellos preceptos que pueden considerarse como la 
expresión misma de la naturaleza, de los cuales no es 
posible desviarse, sin obrar contra la razón, contra la 
moral i contra todo lo que puede haber de útil i progre- 
sivo en la literatura de un pueblo. 

Debo deciros, pues, que leáis los escritos de los auto- 
res franceses de mas nota en el dia; no para que los 
copiéis i trasladéis sin tino a vuestras obras, sino para 
que aprendáis de ellos a pensar, para que os empapéis 
en ese colorido filosófico que caracteriza su literatura, 
para que podáis seguir la nueva senda i retratéis al vivo 
la naturaleza. Lo primero solo seria bueno para mantener 
nuestra literatura con una existencia prestada, pendiente 



113 

siempre ele lo exótico, de lo que menos convendría a 
nuestro ser. Nó, Señores, fuerza es que seamos origina- 
les; tenemos dentro de nuestra sociedad todos los ele- 
mentos para serlo, para convertir nuestra literatura en 
la expresión auténtica de nuestra nacionalidad. Me pre- 
guntareis qué pretendo decir con esto, i os responderé 
con el atinado escritor que acabo de citaros, que la na- 
cionalidad de una literatura consiste en que tenga una 
vida propia, en que sea peculiar del pueblo que la posee. 
conservando fielmente la estampa de su carácter, de ese 
carácter que reproducirá tanto mejor mientras sea mas 
popular. Es preciso que la literatura no sea el esclusivo 
patrimonio de una clase privilejiada, que no se encierre 
en un círculo estrecho, porque entonces acabará por 
someterse a un gusto apocado a fuerza de sutilezas. 
Al contrario debe hacer hablar todos los sentimientos 
de la naturaleza humana i reflejar todas las afecciones 
de la multitud, que en definitiva, es el mejor juez, no de 
los procedimientos del arte, pero sí de sus efectos. 

No puedo resistir al deseo de copiaros aquí los in- 
jeniosos pensamientos con que el mismo autor desarrolla 
su doctrina. «Puede considerarse, dice, que la literatura 
es como el gobierno; el uno i la otra deben tener sus 
raices en el seno mismo de la sociedad, a fin de sacar de 
él continuamente el jugo nutritivo de la vida. Es nece- 
sario que la libre circulación de las ideas ponga en con- 
tacto al público con los escritores, así como es preciso 
que una comunicación activa aferré los poderes a todas 
las clases sociales. De este modo las necesidades, las 
opiniones, los sentimientos del mayor número podrán a 
cada momento hacerse campo, manifestarse i refluir sobre 
los que toman la alta misión de ilustrar a los espíritus o 
de dirijir los intereses jenerales. ¡Desgraciada la litera- 
tura! ¡Ai de los gobiernos que se colocan fuera de la 

Lastaeeia, Kecuerdos. 8 



114 

nación o que al menos solo se dirijen a clases privilegia- 
das i no corresponden sino a un menguado número ! In- 
teriormente ajitado de un principio de vida que no se 
contiene jamás, el jénero humano prosigue siempre en 
marcha, las academias i los gobiernos quedan estaciona- 
rios, se atrasan: pronto llega un momento en que la dis- 
posición de los espíritus i las opiniones jeneralmente adop- 
tadas no están ya de acuerdo con las instituciones i con 
las costumbres, entonces es preciso renovarlo todo: esta 
es la época de las revoluciones i de las reformas. La 
literatura debe pues dirijirse a todo un pueblo, represen- 
tarlo todo entero, así como los gobiernos deben ser el 
resumen de todas las fuerzas sociales, la expresión de 
todas las necesidades, los representantes de todas las 
superioridades: con estas condiciones solo puede ser una 
literatura verdaderamente nacional.» 

Seguid estos preceptos, que son los del progreso i los 
únicos que pueden encaminaros a la meta de nuestras 
aspiraciones. No hai sobre la tierra pueblos que tengan 
como los americanos una necesidad mas imperiosa de 
ser orijinales en la literatura, porque todas sus modifi- 
caciones les son peculiares i nada tienen de común con 
las que constituyen la orijinalidad del Viejo Mundo. La 
naturaleza americana, tan prominente en sus formas, tan 
variada, tan nueva en sus hermosos atavíos, permanece 
vírjen; todavía no ha sido interrogada; aguarda que el 
jénio de sus hijos explote los veneros inagotables de be- 
lleza con que le brinda. ¡Qué de recursos ofrecen a vues- 
tra dedicación las necesidades i sociales morales de nues- 
tros pueblos, sus preocupaciones, sus costumbres i sus 
sentimientos! Su ilustración tan solo os presenta mate- 
riales tan abundosos que bastarian a ocupar la vida de 
una jeneracion entera; ahora nuestra relijion, Señores, 
contiene en cada pajina de sus libros sagrados un tesoro 



115 

capaz de llenar vuestra ambición. Principiad, pues, a 
sacar el provecho de tan pingües riquezas, a llenar vues- 
tra misión de utilidad i de progreso; escribid para el 
pueblo, ilustradlo, combatiendo sus vicios i fomentando 
sus virtudes, recordándole sus hechos heroicos, acostum- 
brándole a venerar su relijion i sus instituciones; así es- 
trechareis los vínculos que lo ligan, le haréis amar a su 
patria i lo acostumbrareis a mirar, siempre unida, su 
libertad i su existencia social. Este es el único camino 
que debéis seguir para consumar la grande obra de hacer 
nuestra literatura nacional, útil i progresiva. 

No tengo la presunción de aconsejaros, porque ni mis 
conocimientos, ni mis aptitudes me dan título alguno 
para ello: me contento con presentaros en este lijero 
cuadro mis ideas, apoyadas en la opinión de los sabios 
escritores que he citado : así las habréis escuchado con 
mas atención. Yo no puedo mas que acompañaros en 
vuestras tareas, para participar de la gloria que vais a 
granjearos con acometer la empresa de rejenerar nuestra 
literatura. Mutuamente nos auxiliaremos: por el solo 
hecho de reunimos hemos contraido con la sociedad un 
empeño sacrosanto; arrostrémoslo todo por cumplirlo, 
no sea que las jeneraciones futuras i la presente nos 
acusen de haber perdido la ocasión que se nos ofrece 
para elevar a nuestra patria al engrandecimiento que sus 
recursos le preparan. 



RESPUESTA DEL PRESIDENTE, DON ANACLETO MONTT. 

Señor : 

Animados del vivo deseo de ser en algo útiles a nues- 
tra patria, nos reunimos para poner todo nuestro conato 
en conseguirlo. 

8* 



116 

Nuestro primer paso fué la formación de un regla- 
mento que reprimiese el abuso, evitando el desorden, i 
que reglase la marcha de la Sociedad de un modo firme 
i durable. Sé que habéis leido este reglamento. En él 
habéis visto (como lo manifiesta vuestro discurso) que 
nuestro objeto es estudiar la literatura a la par que pro- 
fundizar las verdades que nos han enseñado nuestros 
maestros, i adquirir otras nuevas. Mas este trabajo era 
mui pesado para nuestras débiles fuerzas, i no nos que- 
daba otro medio para llevarlo a efecto, que buscar la 
protección de alguno de nuestros compatriotas ilustra- 
dos. ¿I en quién mejor que en vos podíamos hallarla? 
¿En vos, que tantas veces nos habéis manifestado vues- 
tro amor, i que ahora patentizáis vuestro empeño por 
nuestros progresos? ¿En vos, Señor . . . pero no me es 
posible continuar porque vuestra modestia se ofenderia. 

Básteme solo deciros, que nuestra gratitud será igual 
a vuestros beneficios; estos nos seguirán en el curso de 
la vida, i en ella nos encontrareis siempre dispuestos a 
rendiros homenaje.» 

XV. 

Este discurso fué leido en la sesión solemne que ce- 
lebró la Sociedad Literaria el 3 de mayo de 1842, i a los 
pocos dias se publicó por separado. Los miembros de 
la sociedad lo recibieron con marcado interés, pero el 
público guardó un profundo silencio. Ni el periódico ofi- 
cial ni otro alguno dijeron una sola palabra. Eso nos ha 
sucedido con frecuencia. Libros hemos publicado que 
han sido juzgados en la prensa estranjera, sin que la de 
Chile haya hecho mención de ellos. La Historia Consti- 
tucional del Medio Siglo, entre otros, fué anunciada pri- 
meramente en el Comercio de Lima de 29 de enero de 



117 

1853, i solo un mes después se habló lajeramente de 
ella en una revista quincenal que hizo el Mercurio con 
el objeto de dar noticia de otras publicaciones del señor 
Bello i de algunos otros escritores, pero sin destinarle 
un artículo especial, como lo hizo La Libre Recherche de 
Bruselas, Revista universal dirijida por Pascal Duprat. 
Eso prueba que nuestras obras no han correspondido a 
las ideas dominantes en nuestro público, o que talvez 
han chocado a las preocupaciones, i así hemos tenido 
que pensarlo, para no sentirnos desalentados. 

Pero si esta es una esplicacion que como cualquiera 
otra, ha podido satisfacernos, nunca hemos sabido espli- 
carnos otros dos hechos que, con ocasión de la publica- 
ción de nuestras obras, hemos notado varias veces, i que 
en 1842, después de haber aparecido el discurso, nos 
aflijieron profundamente: el silencio de nuestros propios 
amigos i camaradas, ni una felicitación, ni una palabra 
de estímulo de su parte; i luego el trabajo de los adver- 
sarios para hacer prolijas investigaciones con el propó- 
sito de sorprendernos algún plajio. Este achaque de los 
que, pretendiendo ser siempre orijinales, no comprenden 
el importante papel que en pueblos atrasados hacen los 
escritores que reproducen ideas ajenas, las jeneralizan o 
vulgarizan, mortificó en aquel tiempo a varios, que se 
empeñaban en desacreditar nuestro discurso, descubrien- 
do en él algunos plajios. No nos arrepentiríamos de ha- 
berlos hecho, ni jamás nos arredramos de reproducir las 
ideas ajenas que se nos han grabado en la memoria, ol- 
vidando a sus autores, porque tratamos de enseñar la 
verdad, sin afectar erudición, sin preocuparnos de dar- 
nos autoridad por las citas; i sin tener aquel prurito de 
ciertos escritores que aman tanto su fama de orijinales, 
que no dejan de poner a continuación del título de su 
libro, aunque sea un aborto — que es orijinal de tal autor. 



118 

El silencio con que fué recibido el discurso i las re- 
buscas de sus plajios duraron muchos dias, hasta que dio 
de él una noticia don Juan García del Rio, en el número 
7 o del Museo de Ambas Américas, correspondiente al 21 
de mayo. Su artículo se titulaba — Establecimiento de 
una sociedad literaria en Santiago^ i era tan favorable a 
nuestra empresa, que sirvió como de pase libre a la So- 
ciedad Literaria, i debió tranquilizar a los rebujones de 
plajios, desde que no acusaba ninguno i hacia tantos 
elojios aquel escritor tan erudito, de quien nosotros reci- 
bíamos un consuelo inesperado, sin tener el honor de 
conocerle en esos momentos, i sin tener la esperanza de 
llamar su atención siquiera, desde que no habíamos lo- 
grado fijar la de nuestros amigos. 

El juicio de García del Rio traia, después de muchas 
consideraciones sobre la importancia de las sociedades 
literarias, en interés del desarrollo intelectual, el siguien- 
te pasaje: 

« Es ciertamente mui satisfactorio para todo el que 
se interesa en la dicha i en la gloria de la América, en- 
contrar paises, rejistrar actos, que rescaten tanta calami- 
dad, tanto desorden, tanto vilipendio, como hemos presen- 
ciado en los treinta años últimos. Es lisonjero al patrio- 
tismo i aun al orgullo nacional de los hijos de Chile el 
aplicarse, a la sombra de la paz, a mejorar su bienestar, 
adelantando los trabajos de la agricultura, dándose a la 
industria, a las artes, a las especulaciones mercantiles; 
puliendo las costumbres, propagando la instrucción, fo- 
mentando, o mejor dicho, creando el espíritu de asocia- 
ción. En tanto que la juventud de otros paises, según 
observa Mr. Chevalier, ha perdido el sentimiento de res- 
peto debido a la vejez, i que, exasperada por el descon- 
tento, ha llegado al punto de menospreciar la esperien- 
cia, i se cree superior a los hombres encanecidos en el 



119 

gobierno de las cosas humanas, consuela el ver que la 
juventud chilena, por el contrario, persuadida de que sin 
luz intelectual no hai ni salud, ni urbanidad, ni gloria, 
ni prosperidad, ni civilización; convencida de que «los 
sublimes goces de la intelijencia constituyen el poder 
mas noble del hombre, i le hacen elevarse hasta el trono 
de la verdad por la fuerza del injenio», se lanza en busca 
de aquella luz, acatando a los varones que encendieron 
el faro de la razón i de la moral, para salvarnos de la 
tempestad política, i guiarnos con seguridad al puerto 
del reposo i de la prosperidad. Es un acto laudable, 
patriótico, eminentemente meritorio el de una asociación 
espontánea de jóvenes, que, estimulados por tan nobles 
móviles, «sin guia, según nota el señor Lastarria, sacán- 
dolo todo de su valor, se congregan para ilustrarse, e 
ilustrar con sus trabajos, i que parece que dicen en Chile 
a los hombres de luces que eso debían haber practicado 
tiempo ha: reunirse para comunicarse i ordenar un plan 
de ataque contra los vicios sociales, a fin de hacerse dig- 
nos de la independencia que a costa de su sangre nos 
legaron los héroes de 1810; reunirse en torno de esa 
democracia, que milagrosamente vemos entronizada entre 
nosotros, pero en un trono, cuya base carcomida por la 
ignorancia se cimbra al mas lijero soplo de las pasiones, 
i casi se desploma, llevando en su ruina nuestras mas 
caras esperanzas.» Lo que los hombres de luces no han 
hecho en efecto, es lo que acaban de hacer, con tanta prez 
para ellos, i con tanta esperanza para el porvenir los 
jóvenes de Santiago, debe servir de estímulo para que no 
se detenga en este punto el feliz impulso así dado al 
cultivo i a la difusión de los conocimientos. La propa- 
gación de la instrucción primaria en todo el ámbito de 
la República, la mejora progresiva del sistema de educa- 
ción científica, el establecimiento de asociaciones particu- 



120 

lares que promuevan estos útiles objetos, i por último, 
el de una Academia Nacional, que sirva de coronamiento 
al majestuoso edificio de la civilización, debian ocupar 
la atención del Gobierno i estimular los esfuerzos indi- 
viduales «... 

Después de este plauso sincero i espontáneo que de 
tan alto descendia, después de esta aprobación franca de 
nuestra empresa literaria, la cual era presentada como 
ejemplo a la acción del gobierno i la de los particulares, 
el distinguido escritor continuaba trascribiendo i comen- 
tando con elojio aquellos pasajes de nuestro discurso que 
envolvían la contradicción i el ataque respetuoso de las 
ideas atrasadas i de las preocupaciones que dominaban 
entre los hombres de letras que dirijian entonces la 
opinión. 

Inmediatamente el Mercurio de Valparaíso del 22 
trascribió el artículo del Museo, i como para presentar 
bajo un nuevo punto de vista el movimiento literario que 
se iniciaba, Sarmiento dedicó el editorial de aquel dia a 
refutar esta opinión: — que, así como hai en política un 
cuerpo lejislativo, debe haber un cuerpo de sabios que 
lejisle en materia de lenguaje, fijando las leyes a que 
debe ajustarse el habla del pueblo. — Después de de- 
mostrar el redactor, entre otros hechos, el de que son 
los pueblos los que forman las lenguas, i el de que los 
escritores no deben ocuparse en formas antes que en 
ideas para tener una literatura que represente a la socie- 
dad, esclamaba: 

«¡Mire Usted! En paises, como los americanos, sin 
literatura, sin. ciencias, sin arte, sin cultura, aprendiendo 
recien los rudimentos del saber, i ya con pretensiones de 
formarse un estilo castigado i correcto, que solo puede 
ser la flor de una civilización desarrollada i completa! I 
cuando las naciones civilizadas desatan todos sus anda- 



121 

míos para construir otros nuevos, cuyas formas no se les 
revelan aun, ¡nosotros aquí, apegándonos a las formas 
viejas de un idioma exhumado ayer de entre los escom- 
bros del despotismo político i relijioso, i volviendo recien 
a la vida de los pueblos modernos, a la libertad i al 
progreso!» 

I luego, conviniendo en que los escritores arjentinos, 
como se decia, convertian el español en un dialecto gti- 
Ueo, agregaba — «pero estos literatos han escrito mas* 
versos, verdadera manifestación de la literatura, que lá- 
grimas han derramado sobre la triste patria; i nosotros 
con todas las consolaciones de la paz, con el profundo 
estudio de los admirables modelos, con la posesión de 
nuestro castizo idioma, no hemos sabido hacer uno solo, 
lo que es uno; que parecemos perláticos con ojos para 
ver, i juicio sano para criticar i para admirar con la bo- 
ca abierta lo que hacen otros, i sin aliento ni capacidad 
de mover una mano para imitarlos. ¿A qué causa atri- 
buir tamaño fenómeno?. . . ¿Al clima que hiela las almas? 
;A la atmósfera que embota la imajinacion? ¡Bella solu- 
ción por cierto. . . . ! No es eso, es la 'perversidad de los 
estudios que se hacen, es el influjo de los gramáticos i 
el respeto a los adynirables modelos, el temor de infrinjir 
las reglas, lo que tiene agarrotada la imajinacion de los 
chilenos, lo que hace desperdiciar sus bellas disposicio- 
nes i alientos jenerosos. No hai espontaneidad, hai una 
cárcel guardada a la puerta por el inflexible culteranis- 
mo que da sin piedad de culatazos al infeliz que no se 
le presenta en toda forma. Pero cambiad de estudios, 
i en lugar de ocuparos de las formas, de la pureza de las 
palabras, de lo redondeado de las frases, de lo que dijo 
Cervantes o frai Luis de León, adquirid ideas, de donde 
quiera que vengan, nutrid vuestro pensamiento con las 
manifestaciones del pensamiento de los grandes lumi- 



122 

nares de la época; i cuando sintáis que vuestro pensa- 
miento a su vez se despierta, echad miradas observado- 
ras sobre nuestra patria, sobre el pueblo, las costumbres, 
las instituciones, las necesidades actuales, i en seguida 
escribid con amor, con corazón lo que se os alcance, lo 
que se os antoje, que eso será bueno en el fondo, aunque 
la forma sea incorrecta; será apasionado, aunque a ve- 
ces sea incorrecto; agradará al lector, aunque rabie 

Garcilaso Por lo que a nosotros respecta, si la lei 

del ostracismo estuviera en uso en nuestra democracia, 
habríamos pedido en tiempo el destierro de un gran 
literato que vive entre nosotros, sin otro motivo que 
serlo demasiado i haber profundizado mas allá que lo 
que nuestra naciente civilización exije, los arcanos del 
idioma, i haber hecho gustar a nuestra juventud del 
estudio de las esterioridades del pensamiento, i de las 
formas en que se desenvuelve en nuestra lengua, con 
menoscabo de las ideas i de la verdadera ilustración»... (*). 



(*) Nótese bien que lo que Sarmiento señalaba en este pasaje 
como causa de nuestra esterilidad literaria era la mala dirección 
de nuestros estudios , la cual nos habia hecho esclavos de las 
reglas rutinarias de la escuela, sujetando la libertad del pensa- 
miento a formas inflexibles i a conveniencias artificiales que no 
era dado infrinjir sin peligro. Este era el hecho que llamaba la 
atención de todos los literatos estranjeros que llegaban al país 
en 1839 i 40, al ver que los jóvenes educados, que figuraban como 
hombres de letras, no tenían una educación liberal, ni mucho 
menos democrática, y que hacían consistir toda su literatura en 
ser fieles custodios del purismo, e impertérritos admiradores de 
los clásicos españoles, tomando como el ideal del literato a 
Gómez de Hermosilla, cuyo estrecho criterio era para ellos la lei 
casi un dogma. 

Si este era el hecho, según el testimonio de los testigos impar- 
ciales de la época , que levantaban su voz para combatirlo ; si 
nuestra labor en la enseñanza desde 1837 era dirijida a reaccionar 



123 

Sarmiento abordaba así una cuestión que nosotros 
habíamos solo insinuado en nuestro discurso. Habiamos 



contra ese hecho , i lo denunciábamos en nuestro discurso de 
1842, como contrario a nuestro progreso democrático i a nuestro 
porvenir literario, estableciendo que — no teníamos un sistema 
de educación, que los métodos adolecían de errores i defectos 
indignos de la época, por lo cual carecíamos de conocimientos bien 
adquiridos i de estímulos; que la literatura española no era la 
nuestra, ni teníamos nada que aprovechar de ella; que debíamos 
fundar nuestra literatura en la independencia del espíritu, des- 
preciando la crítica menguada, cuyas trabas encadenaban nuestro 
entendimiento; i que debíamos aprender a pensar en los autores 
modernos, para estudiar con filosofía nuestra sociabilidad i poder 
representarla en una literatura nacional i popular, tomando por 
divisa la verdad i por oráculo la naturaleza humana; — si por otra 
parte, entonces, como ahora, teníamos la evidencia de que aquel 
hecho notado por todos era el resultado del majisterio que habia 
ejercido don Andrés Bello desde 1833, puesto que habíamos sido 
sus discípulos; ¿cómo no habíamos de oponer en 1871 nuestro 
testimonio a la aserción de nuestro amigo Vicuña Mackenna, 
que daba por cierto que Mora habia sido el autor de esta con- 
trar evolución intelectual? 

Sabido es que Vicuña Mackenna habia dicho en una de sus 
Cartas del Guaclalete que de 1840 a 45 todo era español en Chile 
en materia de intelijencia, de estudios, de libros, de teatro; que 
Mora fué el que hizo esta especie de contrarevolucion intelectual. 
imponiéndonos a Xebrija i a Hermosilla, como reyes nuestros, 
después de haber destronado a los Borbones; i que su desapari- 
ción se debe a la revolución literaria iniciada por el ilustre Bello. 
Nosotros tachamos de inexacta esa aseveración, i con la historia 
comprobamos que la emancipación i reforma de los estudios 
habia principiado con Lozier i sus discípulos, con Mora i los 
suyos, i que aquella revolución literaria atribuida al señor Bello, 
el movimiento de emancipación de la intelijencia, habia comen- 
zado a declinar con la influencia de éste en nuestras aulas 
desde 1833. 

Pero hé aquí que el historiador que mas ha escrito sobre el 
movimiento literario de 1842, olvidando siempre nuestra labor, 



124 

establecido que la literatura española no era nuestra, ni 
debia serlo, pero habíamos recomendado el estudio de la 



nuestra iniciativa, i callando siempre nuestro nombre, el señor 
don M. L. Amunátegui, sale a rectificarnos; i para hacernos tan 
gran honor, aplaudiendo jenerosa i bondadosamente este escrito, 
nos supone testualmente que nosotros hemos acusado «a un pen- 
sador de la categoría de Bello de haber tomado el papel de caudi- 
llo de una reacción dirijida a fortificar i a restablecer el réjimen 
intelectual de las colonias españolas.» No hemos hecho tal agravio 
a la memoria del sabio maestro, i creemos con el señor Amu- 
nátegui que semejante propósito habría pugnado con las tendencias 
mas imperiosas e irresistibles del espíritu de Bello, que eso habi'ia 
sido algo contrario a su naturaleza. Todavía mas, ni siquiera 
hacemos tal agravio a la dictadura conservadora de entonces, que 
el señor Bello servia. Lo único que hemos establecido es lo que 
comprueban los hechos, a saber, que en 1830 se paralizó la 
reforma antes iniciada en nuestros estudios, que la enseñanza de 
literatura española i del la derecho romano administrada por el 
señor Bello desde 1834 produjo retóricos, en vez de literatos, i 
casuistas en lugar de juristas , dando en el párrafo XI de estos 
Recuerdos la esplicacion que este fenómeno tenia, a nuestro 
juicio, para determinar históricamente, sin inculpar al señor 
Bello, cuyo espíritu progresista reconocemos, cuál fué la influencia 
de su majisterio contra la emancipación de nuestra intelijencia. 
De esto a lo que se nos supone, para rectificarnos, hai una 
distancia enorme. 

¿I como ha contradicho el señor Amunátegui que el hecho 
de que dan testimonio los escritores arjentinos de 1842, i que él 
mismo ha reconocido en otros escritos, no sea obra de la influencia 
que con su enseñanza durante la dictadura, habia ejercido el 
señor Bello? ¿Nos ha probado que ese hecho era la obra de 
Mora, como lo suponia Vicuña Mackenna, o que fuese el resul- 
tado de la enseñanza del Instituto Nacional: Nó: paralojizado 
con la idea de que nosotros hemos ofendido la memoria del 
maestro , suponiéndole reaccionario i empeñado en restablecer el 
réjimen intelectual de la colonia, nos hace por centésima vez su 
elojio, i procede a presentarnos las siguientes demostraciones: 

I a . «Que Mora era mas superficial i Bello mas profundo en 



125 



lengua, por ser un instrumento valioso que ya poseía- 
mos i que podíamos utilizar i perfeccionar; mas sin hablar 



su enseñanza; que ambos i otros varios se esforzaron por emanci- 
parnos de la ignorancia i de las preocupaciones del antiguo réji- 
men; porque habría sido imposible que un solo hombre acome- 
tiese tan ardua i estraordinaria tarea.» Prescindiendo del paralelo 
entre ambos maestros, que es enteramente arbitrario, i recono- 
ciendo sus servicios , como los de todos los que han trabajado 
por ilustrarnos, todo eso no prueba que la enseñanza de la lite- 
ratura española i del derecho romano, tal como la hizo el señor 
Bello, tendiese a emanciparnos del antiguo réjimen, es decir, del 
réjimen del poder absoluto i de la nulidad del hombre i de la 
sociedad: si así hubiera sido, sus discípulos no habrían sido 
esencialmente conservadores, i no habrían presentado, como 
hombres de letras, el fenómeno de que dimos testimonio los es- 
critores arjentinos i nosotros 

2 a . «Que Bello era estranjero i pobre, modesto e induljente, i 
que fué el blanco de los ataques mas virulentos e injustificados.» 1 
El señor Amunátegui nos pinta así a Bello en una trite situación, 
que realzaría su mérito como maestro de la juventud, si luchando 
contra semejantes desventajas, hubiera reaccionado contra el 
antiguo réjimen i dado una enseñanza liberal que emancipara 
a los jóvenes de los errores i de la reacción que hacían la fuerza 
de la dictadura de aquella época. Pero olvida que, aunque estran- 
jero, pobre i modesto, era el servidor, el filósofo, el consueta, 
como le llamaban, de aquella dictadura; que por eso le atacaban 
los oprimidos, corno atacaban al dictador i a sus secuaces, sin 
que tales ataques los ofendieran, ni amenguaran en lo mas mí- 
nimo su poder i su dominación. Olvida también que aquellas 
mismas condiciones personales del señor Bello le forzaban a no 
dar una enseñanza contraria a los intereses políticos que servia, 
i que lejos de probar ellas que el hecho de nuestro atraso lite- 
rario no fuese obra de su majisterio, confirman la verdad que el 
señor Amunátegui se propone rectificar. 

3 a . Por fin, nuestro rectificador nos patentiza que Bello era 
un filósofo esperimeutal, que habia completado su educación en 
Inglaterra, al lado de maestros ilustres; i nos copia los artículos 
que escribió en el Araucano para promover la moralización del 



126 

de ese vicio que se llama purismo, i que se nos habia 
inspirado por la perversa dirección de nuestros estudios. 
Pero Sarmiento no escribia así caprichosamente, por 
dejarse arrastrar de su instrucción aventurera a ser hereje 
en literatura, en •política i relijion, ni declaraba que era 
un desatino estudiar la lengua nacional, como lo supone 
el señor Amunátegui, en su Juicio de las poesías- de 
Sanfu entes, inserto en una obra premiada por la facul- 
tad de filosofía i humanidades en 1859. Tampoco atri- 
buia a un estudio demasiado grofundo de la lengua nues- 
tra esterilidad poética, ni queria desterrar a don Andrés 
Bello por ser gran conocedor de la lengua española, como 
lo supone el Dr. Yalderrama en su interesante Bosquejo 
Histórico de la Poesía Chilena, memoria presentada a 
la Universidad en su sesión solemne de enero de 1866. 
Es preciso rectificar tales errores, que aparecen en estas 
obras oficiales, sin duda porque sus autores participaban, 



pueblo, por medio de la educación, para abogar por la organiza- 
ción de la instrucción primaria, por su ensanche, por el estudio 
de la historia natural i de las ciencias, etc. Nos asociamos a su 
elojio, i todos esos trabajos del maestro , que ya conocíamos, asi 
como sus esfuerzos posteriores por nuestro progreso intelectual, 
de los cuales hemos dado testimonio en el artículo que escribi- 
mos para el libro que consagró a su memoria la Academia de 
Bellas Letras , nos lo hacen venerable i ligan nuestra gratitud. 
Pero de ninguna manera prueban esos grandes servicios que su 
influencia como maestro durante la dictadura no hubiese opera- 
do la contrarevolucion intelectual que predominó en aquellos 
años; i el mismo señor Amunátegui contribuye a confirmar este 
hecho, recordando la polémica que el señor Bello sostuvo contra 
el ilustre reformador Infante, cuando él nos impuso el estudio 
del derecho romano, i se empeñó en perfeccionar el del latin; 
estudios que pueden haber sido dignos del aplauso que les tributa 
el señor Amunátegui, pero que a nosotros no nos han servido 
jamas como instrumentos de progreso. 



127 

diez i ocho i veinte i cuatro años después, de las pasio- 
nes que ajitaban a los gramáticos de 1842, o porque no 
vieron las repetidas declaraciones que hizo el redactor 
del Mercurio, sobre todo en su editorial del 5 de junio, 
estableciendo terminantemente que lo que atacaba no 
era el estudio de la lengua, sino la pretensión de enca- 
denar el pensamiento a la forma; que nos acusaba de no 
tener poesía, no por incapacidad , sino por la mala ten- 
dencia de nuestros estudios, i que era algo desleal i mui 
material entender que cuando se habia permitido la jo- 
cosidad de hablar del ostracismo del director de aquellos 
malos estudios, hubiera querido realmente deshacerse de 
un gran literato, para quien personalmente no tenia sino 
motivos de respeto i gratitud. 

Con efecto, Sarmiento no habia escrito aquello por 
capricho, ni por odio a la lengua en que él escribia, i 
que estudiaba entonces con interés, sino que habiendo 
recomendado en un editorial los Ejercicios populares de 
la lengua castellana, que principió a publicar el Mercurio, 
i que creemos eran obra de don Pedro Fernandez Gar- 
fias, en la cual se presentaba un catálogo de voces en 
la forma que se usaban entre nosotros viciosamente, i 
en la forma en que debian correjirse, uno de nuestros 
gramáticos le dirijió un artículo pidiéndole que se abstu- 
viera de hacer publicaciones de aquel jénero, antes que 
se acabase de difundir una idea mui mezquina de nuestra 
ilustración entre los estranjeros, i acusando aquellos Ejer- 
cicios de errores groseros e imperdonables i de solemnes 
desatinos, todo en la intelijencia de que eran obra de Sar- 
miento. A los pocos dias, el mismo articulista volvia a 
la carga contra los Ejercicios, zahiriendo a los escritores 
arjentinos por su ignorancia de los admirables modelos 
de nuestra rica literatura (la española), acusándolos de 
haber hecho dejenerar el idioma en un dialecto español 



128 

gálico, i de aclamar la libertad romántico -licenciosa por 
prurito de novedad, o por eximirse del trabajo de estu- 
diar la lengua, i defendiendo la tesis de que a los gramá- 
ticos correspondía la dictadura en materias de lenguaje, 
a lo cual se referia el artículo que Sarmiento publicó al 
trascribir el del Museo sobre nuestro discurso. 

En aquellos ataques aparecia palpitante el mal espíri- 
tu de nuestra educación, que nos hacia irritarnos contra 
toda innovación, i encastillarnos en un nacionalismo exa- 
gerado, como la España antigua, de la cual no quería- 
mos separarnos, haciendo nuestras sus glorias literarias, 
por mas que nos habíamos emancipado de su poder polí- 
tico; i eso, al mismo tiempo que rechazábamos como es- 
tranjeros a nuestros compatriotas los americanos, porque 
no escribian con pureza el español. El purismo, del cual 
nos considerábamos fieles custodios, es un verdadero vi- 
cio que apasiona, cuando la disciplina de nuestra inteli- 
gencia nos encierra en un estrecho horizonte i nos inspi- 
ra el gusto de los detalles; i que apasiona mucho mas, 
cuando el que escribe no tiene independencia de espíritu 
para pensar, pues entonces la estéril actividad de la in- 
telijencia reduce todo el arte literario a formas artificio- 
sas, amaneradas i de pura conveniencia social o de secta, 
como les sucedia a los que se habían educado bajo la fé- 
rula de la dictadura conservadora, la cual habia hecho 
triunfar la reacción española entre nosotros. Todos ellos 
se habían sorprendido de las proposiciones revoluciona- 
rias de nuestro discurso, pero como éstas habían tenido 
la absolución de un gran literato, como García del Rio, 
las condenaron al olvido, i dirijieron su ardiente repro- 
bación contra el redactor del Mercurio, que indirecta- 
mente las hacia suyas, exajerándolas i llevando su crítica 
mas a fondo, pero sin herir, sin insultar, es preciso re- 
conocerlo, como le insultaban sus adversarios. 



129 

La polémica continuó en esta forma por algún tiempo 
todavía, después de aquel editorial con que el Mercurio 
habia acompañado la trascripción del artículo del Museo 
de Ambas Américas, i no se rejistran menos de veinte 
artículos sobre ella en aquel diario, hasta que Sarmiento 
le puso término de una manera verdaderamente injeniosa. 
Reunió en un artículo, titulado «La Cuestión Literaria» 
testualmente las opiniones de Larra acerca de todos los 
puntos debatidos, i las presentó como orijinales i for- 
mando una especie de resumen de lo que el Mercurio 
habia dicho i sostenido. Como nadie advirtiese que aquel 
artículo era un plajio, el editorial del Mercurio se en- 
cargó de descubrirlo, demostrando que cuanto por su 
parte habia sostenido era lo mismo que el popular escritor 
español habia opinado en distintos escritos, de los cuales 
se habia estractado aquel resumen. De esta demostración 
concluia que era un hecho que la joven España, por la 
boca de aquel célebre crítico, ha desechado, i aun mas, 
ha negado la existencia de una literatura modelo en 
España. «Como nosotros, agregaba, i antes que nosotros 
ha pronunciado un decreto de divorcio con el pasado, 
i hecho sentir la necesidad de echarse en nuevas vias 
para alcanzar una rejeneracion en las ideas i en la litera- 
tura; como nosotros, ha declarado la incompetencia de 
un idioma vetusto para espresar las nuevas ideas; como 
nosotros, en fin, ha recomendado la libertad en idioma, 
en literatura, como en política. Los que con tanta pre- 
vención i desden combaten nuestros principios, pueden 
rectificar con esta lectura los mas claros de sus conceptos 
i convencerse de que en idioma i literatura vamos mas 
atrás que la España, de un siglo por lo menos, i de 
que se han propuesto una rehabilitación del español, 
cuando los lejitimos tenedores» de él han abandonado 
este estéril trabajo.» 

Lastabkia, Kecuerdos. 9 



130 

Los gramáticos de la polémica debieron sorprenderse 
de advertir que cuanto les habia dicho Sarmiento era lo 
(jue pensaba el escritor español que tanto celebraban,, 
pues no continuaron discutiendo. 

A los pocos dias de aquel editorial de 22 de mayo, 
con el cual sublevó Sarmiento tantas suceptibilidades ; 
i cuando nuestros compatriotas permanecían siempre en 
la reserva, que tan cuidadosamente mantienen hoi mismo 
sobre el discurso inaugural de la Sociedad Literaria los 
escritores que suelen echar una mirada a aquella época, 
para aplaudir a los que no figuraban en el movimiento, 
i mas que todo a los que lo contrariaban, otro de los 
arjentinos emigrados hizo oir su opinión en la Gaceta 
del Comercio de Valparaiso sobre aquel discurso. En el 
número del 31 de mayo publicó V. F. López el siguiente 
editorial, que debemos reproducir, porque también tiene 
una importancia histórica. 

«Esta es la primera vez que nos dedicamos a nuestra 
tarea de escribir para el público con una completa satis- 
facción, porque lo hacemos bajo la influencia de ideas 
netas, i sobre un asunto de importancia que parece desti- 
nado a ocupar seriamente la atención del país. 

«Pocos dias hace que ha salido impreso para el 
público un escrito, titulado: Discurso de incorporación 
de don J. V. Lastarria a una sociedad de literatura de 
Santiago, etc., i tanto por las teorías que dominan en 
este opúsculo, cuanto por el objeto que lo ha motivado, 
lo creemos llamado a iniciar un movimiento importante 
que sacudirá de sus pañales la literatura nacional i le 
imprimirá el impulso libre i progresivo que lleva en 
Europa, i en algunas otras partes de América también. 
«La publicación del discurso del señor Lastarria es 
en esta República algo mas que la impresión de un es- 
crito. Nosotros la clasificamos como un suceso social, sin 



131 

pretender rebajar en lo mas mínimo el alto elojio que 
envuelve esta palabra. 

«Este discurso es la primera voz que alza la jenera- 
eion nueva ; esa jeneracion a quien el tiempo i la fuerza 
necesaria de las cosas han dado principios distintos de 
los que tuvieron sus padres, i ha presenciado espectá- 
culos que aquellos no presenciaron en los años de su 
educación. Manifiesta está en este escrito la conciencia 
de que la juventud actual está llamada a un trabajo 
nuevo, a una tarea silenciosa, pero fecunda; sólida aun- 
que sin brillantez; al estudio, en fin, que es la senda 
pacífica i lenta que dirije a los pueblos que caminan a 
la ilustración i a la democracia. El señor Lastarria es el 
primero, entre los jóvenes chilenos, que ha tocado con 
sus ideas i con sus estudios las cuestiones que debieran 
ocupar el pensamiento nacional: i las ha tocado de un 
modo bello i claro; pero diremos con franqueza que 
habríamos deseado ver en su discurso mas profundidad 
para desentrañar de la sociedad las causas i las leyes del 
desenvolvimiento intelectual de este país. Quisiéramos 
haberlo visto emplear la altura de su intelijencia i las 
gracias de su estilo en bajar al fondo de las situaciones 
pasadas de la nación, averiguar en ellas los progresos de 
las ideas, de los intereses i de las costumbres, i espli- 
carnos en su discurso las necesidades nuevas que han 
provocado la Sociedad de Santiago, por medio del su- 
cesivo desarrollo de la historia nacional, aclarando asi 
las causas que hacen que en la situación presente la 
juventud i él piensen i hagan cosas que antes de ahora 
no se hicieron. Es de esperar que el señor Lastarria 
hará todo esto en adelante i que no separará la luz de 
su intelijencia de estas cuestiones, que son vitales en el 
estado actual de la civilización. Nosotros hemos visto 
cpie el autor concibe lo mui necesario que es no soltar 

9* 



132 

la cadena que liga lo pasado con lo presente, porque de 
hacerlo, podríamos llegar a estraviarnos sobre la vasta 
anchura de la tierra. Sin embargo, no pensamos como 
él, que esa anarquía que tanto lamenta i que mira como 
una época estéril i de aberración, en nada haya servido 
para elaborar el pensamiento nacional i fecundizar los 
jérmenes que hoi muestran ya desenvuelto él mismo i 
los demás jóvenes que lo rodean. Quisiéramos haberlo 
visto esplicar cómo es que se ha llegado a la situación 
actual pasando por las situaciones anteriores, porque el 
atribuirlo, como el autor lo hace, al encanto i la ven- 
tura, nos parece algo impropio de su talento claro i 
filosófico. 

«El joven literato empieza por pintar su situación al 
verse llamado a presidir el desarrollo de ese jérmen de 
ciencia i de saber, que se ha establecido en su patria 
bajo el nombre de Sociedad de Literatura. Se le vé po- 
seído de la idea de que es una novedad fecunda la que 
aparece aquí; i que esta novedad es un resultado de la 
lei del progreso social, que ha hecho resaltar en la histo- 
ria de la humanidad la ciencia nueva: esa ciencia, pro- 
piedad de nuestro siglo que se llama filosofía de la histo- 
ria, i que consiste en ligar lo que es con lo que será. 

«Bello es para nosotros poder poner al lado de las 
palabras del señor Lastarria las que dijo otro joven ame- 
ricano en una situación perfectamente idéntica con la 
que ha motivado el discurso de que nos ocupamos. Es- 
tas son: — ¿«No pudiéramos saber por qué i para qué 
entramos en el movimiento revolucionario? Estoi persua- 
dido que mal nos seria dado caminar sino averiguáse- 
mos de donde venimos i hacia a donde vamos. Aquí 
tenéis, pues, a nuestra revolución en presencia de la filo- 
sofía, que la detiene con su eterno, por qué i para qué.» — 
Hé aquí lo que ahora dice también el señor Lastarria 



133 

a sus conciudadanos. Hé aquí la cuestión importante 
que este joven presenta envuelta en bellísimas formas 
de estilo a los trabajos del injenio nacional. Su escrito 
es el primer paso que se da en cuestiones de esta im- 
portancia; es como la primera palabra que pronuncia un 
niño con sus bellos i graciosos labios i que imprime una 
sonrisa de júbilo en el semblante de su madre. La 
patria ha debido sonreir de gusto al escuchar las pala- 
bras del joven escritor. 

«Apenas puede darse un espectáculo mas consolador 
i mas santo a los ojos del hombre pensador, que la rati- 
ficación constante que da la historia de la humanidad a 
esas verdades que pronuncian los hombres grandes, que 
primero se nos presentan como un puñado de ideas re- 
cojidas en un libro, i que a medida que pasa el tiempo, 
se convierten en leyes estables i divinas; ideas que de 
cuando en cuando caen sobre la frente de los pueblos, 
como el bautismo sobre la frente del neófito, para abrir- 
les las puertas de un porvenir inmortal, i plantar las 
leyes del espíritu sobre las leyes de la materia. Cuando 
Leibnitz dijo — «Lo presente, hijo de lo pasado, está 
preñado de lo porvenir,» pudo agregar también — «he 
dictado el código fundamental de la humanidad.» — Sus 
palabras están repetidas hoi por el movimiento del mundo 
entero, que talvez no las recuerda, pero que obra con- 
forme a ellas. Las jeneraciones nuevas están en una 
perpetua peregrinación hacia el porvenir, porque están 
preñadas de él, caminan por una senda que de mas en 
mas se ensancha, i van desparramándose sucesivamente 
por ella hombres, razas i pueblos nuevos. A los ameri- 
canos nos ha llegado también la ocasión de ocupar nues- 
tro lugar en las filas de la civilización; i el discurso del 
señor Lastarria lo prueba bien. 

«Mas para ocuparnos de este escrito de un modo 



134 

provechoso, tenemos que volver nuestra vista a los ante- 
cedentes de nuestra situación, examinar el sentido d e 
nuestra historia, el desarrollo de nuestras ideas, las an- 
teriores situaciones por donde hemos pasado; para con- 
frontar todo esto con el discurso que ahora nos ocupa i 
espresar sobre él nuestro juicio definitivo. Haremos esto 
bajo el título siguiente: — Cuestiones filolójicas suscitadas 
por el discurso del señor Lastarria.)) 

En las Cuestiones filolójicas* López principia por lle- 
nar el vacio que notó en nuestro discurso, estudiando 
rápidamente, pero con elevación i buen criterio, las in- 
fluencias europeas en la América española, para desen- 
trañar las leyes de nuestro desenvolvimiento intelectual; 
i al trazar con viveza la importancia de nuestra revolu- 
ción, lamenta que nosotros hubiéramos calificado de época 
de anarquía esa grande época de nuestra historia. Sin 
embargo, nosotros no habíamos cometido semejante culpa, 
i fué cierta anfibolojía del pasaje en que aludimos a la 
terminación de la dictadura i de la guerra civil lo que 
dio lugar a esta crítica, cuando habíamos creido aclarar 
nuestra idea, diciendo que la anarquía había desplegado 
sus espantosas alas i salvado los Andes, para significar 
que al otro lado habia aparecido después de 1837 la 
guerra civil, que de ninguna manera confundíamos con 
la de la gloriosa epopeya americana. 

Otra mala intelijencia hizo que el crítico encontrara 
que hacíamos cierta separación poco meditada entre la 
riqueza i la ilustración. El no sabia que, a ejemplo del 
despotismo napoleónico, el que nos dominaba en Chile 
habia formado una falsa corriente de opinión en favor 
del desarrollo de los intereses materiales i en apoyo de 
la oligarquía de la riqueza, i por supuesto no compren- 
dió que abogábamos por el progreso moral e intelectual, 
cuando decíamos que en aquel desarrollo no se conquis- 



135 

taba la libertad individual, i que el gobierno que en él 
buscaba su apoyo estaria siempre bamboleante, mientras 
no comprendiera que la democracia necesita otro apoyo 
mas, el de la ilustración. 

La alusión que hacíamos en el discurso a la indiferen- 
cia con que los hombres de luces habían mirado nuestro 
empeño de hacer la rejeneracion de las ideas i la reforma 
de los estudios por medio de la asociación, dio motivo 
a López para escribir brillantes pajinas, esplicando con 
sagacidad los antecedentes históricos que habian produ- 
cido el advenimiento de aquella sociedad i escusando a 
nuestros padres de no haber hecho otro tanto, pues 
creyó que nuestra alusión inculpaba a los fundadores de 
nuestra independencia. El no estaba en el hecho especial 
a que aludíamos, i creyó que habíamos cometido aquel 
injusto error, por haber prescindido del estudio histó- 
rico, cuya falta nos reprochaba. I esplicando este re- 
proche,, entre otros razonamientos, decia: — «Las ideas 
de que se alimenta la literatura son de dos clases: pro- 
gresistas, nuevas, revolucionarias; i tradicionales, viejas, 
retrógradas. Actualmente hai una lucha en Europa que 
lo prueba; la hai también i la ha habido siempre entre 
nosotros, aunque en una escala infinitamente inferior: 
luego en literatura hai siempre dos banderas; si la una 
de ellas es progresista i la otra no, alguna de las dos 
no es socialista, i no siendo socialista, no puede realizar 
las pretensiones del señor Lastarria, que son hacer que 
sirvan a la utilidad de la patria. Aquí es necesario ser- 
vir a la patria haciendo triunfar una de las dos tenden- 
cias literarias sobre la otra, la progresista sobre la retró- 
grada. No hai medio entre estos dos caminos. Hé aquí 
la razón incontestable que tuvimos en uno de nuestros 
artículos anteriores para echar de menos en el discurso 
antecedentes sociales e históricos, antecedentes chilenos? 



136 

no griegos, romanos, dantescos, como se ha querido hacer 
entender que dijimos. Mas si se nos hubieran esplicado 
esos antecedentes i se hubieran hecho arrancar de ellos 
nuestras necesidades literarias, habríamos sabido cuál 
era para nosotros la verdadera literatura social.» 

Olvidaba el distinguido crítico que nosotros no nos 
habíamos propuesto tratar bajo este punto de vista la 
cuestión, i que nos habia bastado indicar a los jóvenes 
que no teníamos antecedentes literarios, ni modelos que 
seguir, que nuestra literatura estaba por formarse, que 
debia ser la espresion de nuestra sociedad democrática, 
cuando ésta tuviera vida propia, i que debia tener por 
divisa la verdad, por oráculo a la naturaleza humana, 
por fundamento la independencia del espíritu, para pen- 
sar i producir con libertad i no con el criterio de las 
reglas que antes se miraban como inalterables i sagradas. 

En otro artículo de la Gaceta de 17 de junio se ata- 
caba de frente la recomendación que nosotros hacíamos 
del estudio de la lengua española, como que era un ins- 
trumento, que habíamos tenido la fortuna de recibir en 
nuestra infancia social, formado ya por los progresos de 
la razón, i que podíamos adaptar a todas las formas que 
en adelante tomaran nuestras facciones nacionales. Se 
creia hallar vina contradicción entre este concepto i la 
repudiación que hacíamos de la literatura española, por- 
que el crítico suponia que la literatura es el estilo, i que 
éste era una misma cosa con la lengua, sin advertir que 
la literatura de una época puede estar constituida por 
muchos diferentes estilos, i que siendo éstos los modos 
peculiares que para revelar su pensamiento tienen los 
escritores, el lenguaje es el instrumento de que se valen 
para representar su manera de pensar i de producir. 
«No creemos, decia el crítico, contestando a otros, que 
puedan presentársenos como una objeción aquellas pro- 



137 

fundas i hermosas palabras con que el señor Lastarria 
repudia la alianza de nuestra naciente i futura literatura 
con la vieja literatura española. Pocas veces se ha es- 
crito sobre esto en América del Sud con mas verdad i 
acierto; pero apesar de eso no hemos querido ver, de 
propósito, en estas palabras una objeción contra nues- 
tras observaciones anteriores, porque mui pronto encon- 
tramos otras que a nuestro modo de ver las contradi- 
cen . . . Pero al mismo tiempo nos dice que nuestra habla 
anuncia los grogresos de la razón. No sabemos como 
combinar estas dos esclusiones, porque creemos que si 
es cierto que la literatura española es retrógrada i anti- 
social es imposible que el habla, que no solo es el voca- 
bulario sino el estilo i la literatura también, anuncie los 
progresos de la razón; i aun agregamos que si es cierto 
lo primero, es claro que el idioma español no ha traba- 
jado con sus instrumentos propios ciencia alguna de las 
modernas; que las matemáticas, la política, la filosofía, 
la industria, la química, etc., etc., no pueden contar en 
su vocabulario con palabras o modismos que les satis- 
fagan; porque el idioma español en nada ha intervenido 
en los últimos trabajos que han rehecho de nuevo todas 
estas ciencias.» . . . 

XVI. 

Para comprender el carácter histórico que atribuimos 
al discurso i a las apreciaciones que de él hicieron los 
escritores arjentinos, es necesario tener en cuenta los 
antecedentes de aquel momento, los cuales hemos recor- 
dado al trazar a grandes rasgos la situación en que nos 
colocara la dictadura, la educación i los principios que 
habian recibido los hombres de letras que formaban opi- 
nión, i las preocupaciones e intereses políticos que re- 
presentaba la clase gobernante, la oligarquía. 



138 

Contemplen, los que quieran juzgar aquel momento 
histórico, la impresión que causarian en tales hombres 
conceptos como los del redactor del Mercurio que hemos 
reproducido antes, i como estos otros, dichos en tono 
majistral: «Creemos llamado este discurso a iniciar un 
movimiento importante que sacudirá de sus pañales a la 
literatura nacional i le imprimirá un impulso libre i parar 
gresivo.» — «Nosotros lo clasificamos como un suceso so- 
cial.» — «El autor es el primero entre los jóvenes chi- 
lenos que ha tocado las cuestiones que debieran ocupar 
al pensamiento nacional.» — «Aquí es necesario servir 
a la patria haciendo triunfar una de las tendencias litera- 
rias sobre la otra, la progresista sobre la retrógrada.» — 
«Creemos que si la literatura española es retrógrada i 
antisocial, es imposible que el habla anuncie los progresos 
de la razón , i aun agregamos que el idioma español no 
ha trabajado ciencia alguna de las modernas.» — «¿Cómo 
conseguiremos tener una espresion española i nacional 
del fondo de la literatura? .... Ocupándonos en crear 
una habla que lo represente, i no contrayéndonos a la 
imitación del estilo de escritores que nada tienen que 
ver con el orden de las ideas que hoi nos dominan i 
nos arrastran.» Omitimos otros muchos pasajes algo mas 
chocantes en aquella época, tales como éste: — «Creemos 
haber sentado las bases de ese discurso i de esa sociedad 
de un modo neto i claro, sin necesidad de haber escrito 
tomos sobre los griegos i los romanos i otros disparates 
como estos.» — I este otro — «Aquí es donde la juven- 
tud tiene que estrellarse contra un obstáculo fuerte, a 
saber: las ideas, las costumbres i las tradiciones perjudi- 
ciales de la antigua educación.» Bastan los citados para 
apreciar el estallido que tales ideas producirían en los. 
servidores de la reacción española, triunfante en nuestra 
sociedad i en el orden político; i en los juristas i retóri- 



139 

eos que soñaban tener una literatura nacional, i que, 
creyendo haber salvado la lengua de Castilla del nau- 
frajio de la dominación española en América, no podían 
dejar de espantarse ante novedades literarias semejantes. 

Esto, sin hablar de que la Revista de Valparaíso ha- 
bía contribuido también a mortificar el espíritu domi- 
nante, publicando en mayo un artículo de López, sobre 
Clasicismo i Romanticismo, el cual muchos años después 
indignaba todavía a los señores Amunátegui; i reprodu- 
ciendo en julio un artículo de Alberdi, titulado «Algunas 
vistas sobre la literatura sud-americana» , en el cual se 
deslizaban conceptos como estos — «Vamos ahora a arro- 
jar algunas reflexiones sobre la lei que se nos quiere 
imponer en literatura. Esta lei es aquella que jeneral- 
mente se caracteriza hoi con el título de Mecánica, por 
ser comprensiva de todas las condiciones materiales i 
esternas del estilo, i que es, según M. de Yac, la que 
menos vijencia tiene en la constitución de una literatura 
democrática; cuyo rol es casi nulo en la edad en que 
cada literatura hace su primera aparición nacional, según 
las reiteradas observaciones de M. Nizard, tomadas de 
la historia de todas las literaturas primitivas, etc.; lei 
por la cual Homero, Shakespeare i Dante serian venci- 
dos en certamen por un estudiante de retórica de 15 
años. — Dejemos que los talentos americanos se aban- 
donen a sus propias fuerzas» 

Los escritores arjentinos, es cierto, no hadan misterio 
de su superioridad; pero no es exacto que nos trataran 
con desden, ni con provocaciones insultantes. Si los re- 
trógrados se sintieron insultados en sus creencias políti- 
cas i sociales, i en sus preocupaciones literarias, ni la 
opinión liberal, ni la nueva juventud, jamas se sintieron 
agraviadas. En aquel movimiento literario iniciado por 
la sociedad literaria, se diseñaron dos partidos análogos 



140 

a los de la política, i por consiguiente no es exacto que 
tal movimiento tuviese un solo centro, como lo asegura 
en su Historia el señor don I. Errázuriz, quien es tam- 
bién autor de los conceptos que acabamos de rectificar. 
«En el terreno de la producción i de los estudios mas 
serios, dice este historiador, el venezolano don Andrés 
Bello, crítico, humanista, poeta, erudito i educacionista 
de primera nota, fué el centro de un movimiento activo 
durante los primeros años de la administración del jeneral 
Búlnes .... En todo este movimiento , que se verificaba 
dentro de límites conocidos i bajo el ojo vijilante de un 
director que amaba las ciencias i las letras, pero que 
también era adicto de corazón al orden político estable- 
cido, no habia, al parecer, peligro ni motivo de alarma 
para los gobernantes . . . ¿Qué importaba al sistema de 
gobierno que fundó Portales i que Montt estaba desti- 
nado a continuar i formular en lejislacion; — qué im- 
portaba al código político vijente — qué importaba al 
conjunto de creencias i tradiciones sobre el cual descan- 
saban el poder del Estado i el poder de la Iglesia, que 
los jóvenes adeptos de la naciente literatura nacional 
librasen entre sí, en el Semanario de Santiago i en el 
Crepúsculo, las batallas de clásicos i románticos, i se 
echasen a andar con ánimo encendido por las huellas de 
Horacio i de Victor Hugo?» . . . 

Nada de esto es exacto. El señor Bello no ejercia 
ya el majisterio que tuvo durante la época de la dicta- 
dura, pues habia dejado de enseñar hacia cinco años los 
antiguos cursos, en que habia educado a los jóvenes que 
ahora figuraban en primera línea; i estaba mui lejos de 
ser el centro del movimiento literario i de tenerlo bajo 
ojo vijilante como director, puesto que por una parte 
nos habia espresado cierta mala impresión que le pro- 
dujo el discurso con que iniciamos nosotros aquel movi- 



141 

miento, i, por otra, estando escandalizado con las ideas 
de los arjentinos, influyó en el que esto habla para or- 
ganizar el Semanario en la forma que mas adelante da- 
remos a conocer, i estimuló a sus clásicos discípulos 
para oponerse al torrente de la revolución literaria. En 
cuanto a lo que importaba al gobierno i a las creencias 
i tradiciones del Estado i de la Iglesia que los jóvenes 
librasen las batallas de clásicos i románticos, lo dice 
bien claro el fin que tuvo el Crepúsculo, de que liaremos 
recuerdos en su lugar (*). 

Esas creencias i tradiciones, a que el señor Bello, el 
gobierno i los conservadores pertenecian, estaban fuera 
del movimiento literario que nosotros promovíamos i di- 
rijíamos, i formaban el fondo de uno de los partidos lite- 
rarios, el mas fuerte, el predominante, porque el otro 
en que cooperaban los arjentinos emigrados, era inci- 
piente i no representaba sino ideas nuevas, que no eran 
comprendidas ni simpáticas, i que aun hoi mismo pug- 
nan por hacerse lugar. 

La lucha entre ambos partidos se diseñaba en todas 
partes, en las tertulias, en los corrillos, en el teatro, pues 
era el acontecimiento del dia la cuestión literaria, i se 
discutia sobre si teníamos literatura i escritores, sobre si 
era nuestra la española, i sobre todo lo demás, ensañán- 
dose el hermosillismo de la escuela del señor Bello contra 
cada frase i cada vocablo de los escritores arjentinos, con 



(*) ¿Se tomará también como ofensa al señor Bello que ase- 
guremos que él no era el centro ni el director del movimiento 
literario de 1842, como lo supone el señor Errázuriz? Temería- 
mos obligar con nuestra afirmación al señor Amunátegui a es- 
cribir otras veinte columnas en la Bepública, para persuadirnos 
de que no es cierto lo que nos consta personalmente i que 
atestiguamos con los hechos i los testimonios imparciales que 
citamos. 



142 

una fisga que dejaba mui atrás a la que emplea el autor 
del Arte de Hablar contra el Bernardo de Valbuena. En 
los salones frecuentados por los jóvenes se hacia, como 
dicen los franceses, mucha música, mucho arte, mucha 
literatura; i el bello sexo se entusiasmaba con la poesía, 
i su entusiasmo estimulaba a los jóvenes chilenos a com- 
petir en brillo i en donaire con los arjentinos, a los cua- 
les les sucedia no poco lo que a Mizifuf en la Gatoma- 
quia, por la razón que da Lope de Vega cuando esclama: 

¡0 cuánto puede un gato forastero, 
I mas siendo galán i bien hablado , 
De pelo rizo i garbo ensortijado! 
Siempre las novedades son gustosas, 
No bai que fiar de gatas melindrosas. . . 

Desde antes de estos momentos de escitacion, como 
dijimos, los arjentinos, en el trato familiar, vaciaban sin 
reservas todos sus juicios sobre la mezquindad de nues- 
tra educación literaria, sobre el atraso de nuestros pri- 
meros literatos, sobre el imperio que todavía ejercian 
los hábitos, tradiciones i sentimientos de la antigua vida 
colonial. Ellos, que venian de los campos de batalla, de 
la tremenda lucha de ideas i de sable que se libraba en el 
Plata, acababan de presenciar, como testigos i aun como 
actores, el combate electoral de 1841, i habian mirado 
como una curiosidad característica las ardientes polémi- 
cas sobre vocablos i purismo gramatical, que, al lado de 
las mas procaces diatribas i de las mas repugnantes in- 
jurias, habian alimentado el Porvenir i la Guerra a la 
Tiranía, que eran los periódicos que sustentaban la can- 
didatura pelucona a la presidencia de la República, bajo 
la dirección de literatos como Vallejo, Tocornal i Rami- 
rez. Era para ellos algo inesplicable, por lo ridículo, 
que esta prensa desdeñara i combatiera a sus adversa- 



143 

ríos liberales, porque no escribían bien el español. ¡Qué 
dirán, hoi, al contemplar el progreso en que, después 
de treinta i cinco años, se halla este método, que em- 
plea la prensa conservadora para discutir sobre prin- 
cipios! 

Las franquezas un poco grotescas de aquellos hom- 
bres de guerra les habian concitado la animadversión de 
todos los partidarios del Orden; i como éstos eran los 
que formaban i dirijan la opinión, pronto se levantó, a 
propósito de la polémica literaria, una aversión jeneral 
contra los arjentinos, i la cuestión de literatura tomó el 
carácter de cuestión nacional, lo que salvó al autor del 
discurso, que habia ocasionado aquel movimiento, de la 
reprobación con que cargaban los que aplaudían i jene- 
ralizaban sus ideas. 

Los arjentinos, sin embargo, eran bien recibidos en 
la sociedad, aunque hacian frente con denuedo a la co- 
rriente; pues, como sucede siempre en estos odios de 
pueblo a pueblo, los individuos se escapan de la aver- 
sión que pesa sobre el conjunto. Su ilustración, el 
desembarazo i elegancia de sus maneras, i su habitual 
franqueza, que contrastaba con la seriedad nacional, da- 
ban a su trato personal cierto encanto; i era frecuente 
espresar esta simpatía diciendo en elojio de alguno que 
no 'parecía cvyano. 

Convertida la cuestión literaria en cuestión de nacio- 
nalidad, por creerse ofendido el honor chileno con que 
los arjentinos apoyaran la reforma que el autor de estos 
recuerdos habia iniciado, i con que, al apoyarla, repro- 
charan como signo de atraso las ideas retrógradas que 
dominaban en el orden intelectual, surjió una aspira- 
ción: la de mostrar que en Chile habia injenio i que sus 
hombres de letras podian rivalizar con sus censores. Esta 
aspiración, que lisonjeaba el amor nacional, nos servia 



144 

por otros motivos i para otros fines a nosotros i a los 
pocos jóvenes que seguían nuestra iniciativa, pues hacia 
tiempo que proyectábamos hacer una publicación litera- 
ria, no para probar injenio ni literatura, sino para con- 
tinuar nuestro movimiento i completar nuestra nueva 
educación. 

XVII. 

La organización de la Sociedad Literaria i la ajita- 
cion producida por el discurso inaugural i por la po- 
lémica, que continuaba todavia, nos facilitaban la reali- 
zación de nuestro propósito; i desde luego nos consa- 
gramos a preparar la publicación de un Semanario li- 
terario, para dar a luz las composiciones que aquella 
corporación calificase de mas dignas, i sobre todo para 
insertar traducciones hechas con el objeto de propagar 
las nuevas ideas i de fomentar el buen gusto i el cul- 
tivo del arte. Contábamos con la cooperación de Nuñez, 
quien se encargaba de esplotar la literatura francesa 
contemporánea, i con la de Francisco Bello, el cual daria 
a conocer la literatura inglesa, que le era mui familiar. 
Ambos participaban de nuestras ideas literarias i de 
nuestras esperanzas, sobre todo el segundo, con quien 
nos habíamos intimado desde años atrás, haciendo los 
estudios jurídicos que su padre habia dirijido, i el de 
derecho canónico, que juntos emprendimos privadamente 
por un compendio de Devoti escrito en latin, porque 
nos habia parecido sumamente deficiente e imperfecto 
el Enquiridion que servia de testo, o mas bien de pro- 
grama, en el Instituto Nacional, por los años de 1836. 

Francisco Bello tenia una educación clásica eminen- 
temente británica, i estudiaba la literatura española, no 
con el amor i veneración que nuestros demás condiscí- 
pulos, sino con cierto despego que nacia de la diferen- 



145 

cia de ideas i tendencias de las civilizaciones que repre- 
sentaban aquella literatura i la inglesa. Francisco era 
un joven linfático i casi tísico, de semblante pálido mate, 
hermoseado por una cabellera de azabache i por grandes 
ojos negros, cuya melancolía revelaba que soñaba en su 
temprano fin. Era modesto i frió, no participaba de 
intereses ni de ideas políticas, hablaba siempre en voz 
baja, con un chiste melancólico (pie le era habitual, i 




FRANCISCO BELLO. 

que él realzaba con su fina percepción de toda defor- 
midad, i con su feliz memoria de los donaires de escri- 
tores ingleses i latinos. Ya habia escrito su gramática 
latina, como' profesor del Instituto, i como tal lamentaba 
siempre que hubiera tenido tan corta vida una sociedad 
literaria que en otro tiempo organizamos los profesores 
de aquel establecimiento; i nos estimulaba a que dié- 
ramos consistencia a la de los jóvenes que nos habían 
dado su dirección. Por este motivo se habia asociado a 
nuestra empresa del Semanario. 

Lastakeia , Recuerdos. ]() 



146 

Mas un clia Bello nos llamó a nombre de su padre.,, 
para hablar de aquella empresa. La entrevista con el 
maestro fué larga i de gran interés para nosotros. Esta 
era la primera vez que él se injeria en el movimiento 
literario de 1842, i lo hizo aconsejándonos que no hicié- 
ramos un periódico esclusivo, de una sola doctrina lite- 
raria, de un partido; porque debíamos aparecer todos 
unidos, cuando nuestro primer deber era vindicar nues- 
tro honor literario, demostrar nuestro común progreso 




JOSÉ MABIA NUNEZ. 

intelectual i afirmarlo; porque el nuevo movimiento ini- 
ciado por nuestro discurso podia así ser bien servido, 
sin sublevar recelos, sin enajenarnos el apoyo i la coo- 
peración de tantas intelijencias distinguidas; porque 
nuestras fuerzas i las de nuestros jóvenes compañeros 
no bastarían a mantener dignamente la publicación, de 
modo que rivalizara con el Museo i la Revista de Val- 
paraíso; i sobre todo porque un periódico de banderia 
literaria, en las circunstancias, era ocasionado a peligros 



147 

políticos, i mas que eso, al peligro de que no pudiéra- 
mos dirijir i moderar la impetuosidad juvenil, que talvez 
podria sublevar tempestades. 

Esta última razón vino a tener su confirmación, dos 
años mas tarde, en el fracaso del Crepúsculo ; i en aque- 
llos momentos nos paralizó, i contribuyó a cpie no 
insistiéramos en la discusión de las demás, i a que nos 
resolviéramos a seguir el consejo del señor Bello, pre- 
cisamente porque lo que mas temíamos, lo que siempre 
habíamos procurado evitar, era comprometer, con los 
peligros de la política, nuestra acción en la enseñanza i 
la escuela reformista que deseábamos fundar. Eso sí, 
imajinamos al instante neutralizar la influencia de los 
escritores conservadores que eran sus discípulos, i que 
él, mui impresionado por la necesidad de defender el 
honor nacional, nos prometía ver i comprometer, pro- 
poniéndole cpie nos asociaríamos también a los jóvenes 
mas distinguidos del Instituto, proposición que él aceptó 
sin trepidar. 

El momento para nosotros era mui crítico. Hacia seis 
años que proseguíamos con tenacidad en la enseñanza 
un plan verdaderamente revolucionario contra las doc- 
trinas políticas dominantes, contra las rutinas i preocu- 
paciones que dirijian el desarrollo intelectual de la juven- 
tad, adhiriéndola al sentimiento i a las prácticas de 
la atrasada civilización española, que nosotros creíamos 
funesta a nuestro porvenir democrático, i contra la 
literatura cpie representaba a ese pasado. Teníamos una 
verdadera pasión por este plan, la cual nos alienta toda- 
vía, pero entonces comprendíamos que no podíamos 
desarrollarlo con violencia, que no debíamos hacer lo 
que hemos hecho mas tarde — luchar de frente, — 
porque no teníamos elementos, porque avaluábamos 
nuestra impotencia personal, lo que no habria suce- 

10* 



148 

diclo, si nuestro plan hubiera sido hijo de una soberbia 
juvenil. 

¡Ah! Si tal hubiera sido el móvil, mayores facilidades, 
i mui halagüeñas felicidades nos habrían estimulado a 
hacer lo contrario, i la fé en el grandioso porvenir dé 
Chile nos habría abandonado mil veces, en presencia de 
tantas dificultades, de tantos contrastes, desengaños, 
penas i pobrezas, como hemos hallado en una sociedad 
incapaz de apreciar nuestra acción, i supeditada por un 
tuerte espíritu conservador, que sus potencias domina- 
doras mantenían a todo trance. Hasta la pequeña fama 
de literato, que entonces habíamos alcanzado, perjudi- 
caba a nuestra profesión de abogado, que no nos servia 
para vivir, porque se decia que no sabíamos de derecho 
por entender de letras; así como después nuestra fama 
de hereje nos ha privado de clientela, forzándonos á 
buscar en la industria i en otras ocupaciones el trabajo 
que nos han negado nuestros compatriotas, en castigo 
de nuestro empeño por la reforma. 

Eso no es mas que la justa pena, la sanción natural, 
que nos ha caido por haber faltado al precepto de moral 
que nos impone el cumplir primero nuestros deberes 
para con nosotros mismos i nuestra familia, antes que 
los que tenemos para con nuestra patria i para con la 
humanidad. I por lo mismo que nos resignamos a esa 
lei de nuestra naturaleza, rechazamos la pena que, sin 
derecho ni motivo plausible, quieren imponernos nues- 
tros contemporáneos, al callar nuestro nombre, cuando 
aluden al movimiento literario que a tanta costa servimos, 
i cuando hablan del Semanario , atribuyéndolo a quienes 
no corresponde, talvez porque suponen i mantienen equi- 
vocadamente la idea de que este periódico fué el inicia- 
dor de aquel movimiento; siendo la verdad que él vino 
después a ayudarlo, en cierto sentido, como se deja ver 



149 

por la historia de su oríjen que estamos narrando. Podrá 
parecer prolija esta historia, pero para nosotros es de 
gran interés, como puede ser una operación de guerra 
para los militares, a quienes les es permitido presentar 
su hoja de servicios. 

Contando con Francisco Bello i José María Nuñez, 
con Juan N. Espejo i la cooperación de los demás jóve- 
nes de la Sociedad Literaria, el señor Bello nos asoció 




MANUEL ANTONIO TOCORNAL. 



a Salvador Sanfuentes, a Juan E. Ramírez i a M. A. 
Toeornal, i nosotros recabamos i obtuvimos el concurso 
de A. García Reyes, de A. Varas, de M. González, de 
Manuel Talavera i Joaquin Prieto Warnes, a los cuales 
encargamos de la crítica dramática. Talavera se encargó 
de traernos la cooperación de J. J. Vallejo, que residia 
en Copiapó , i cpie a la sazón publicaba en el Mercurio 
de Valparaíso sus artículos de costumbres. 

El directorio se organizó con los redactores princi- 
pales, escluyendo a los cooperadores, que después fueron 



150 



Hermójenes de Irisarri, Jacinto Chacón i A. Olavarrieta ; 
i se convino en congregarnos una vez por semana, en 
el Instituto Nacional, habiendo celebrado la primera reu- 
nión en la habitación que allí tenia Nuñez, i las demás 
en la de Varas. 

El primer acuerdo del directorio dio al Semanario 
el carácter de un periódico de intereses jenerales, i no 
exclusivamente literario, como nosotros nos habíamos 




ANTONIO VARAS. 



propuesto; i se dejó a cargo nuestro la edición i respon- 
sabilidad ante la lei i el impresor, por lo cual nos corres- 
pondió la propiedad del periódico. García Reyes se 
consagró con interés a ayudarnos en la edición. 

El Semanario apareció el 14 de julio de 1842, con- 
tando con una suscricion que no alcanzaba a saldar sus 
gastos. López, que puso término en aquel mismo mes 
a la Revista, lo recibió en la Gaceta de Valparaíso, ha- 
ciendo una crítica severa de una lijera poesía de Prieto 
Warnes, que contenia el primer número, bajo el título 
de — Un suspiro i una flor; i Sarmiento, en el Mercurio, 



151 

lo saludó con elevación, lamentando que se dijera en el 
prospecto que este diario tenia un interés efímero, i con- 
cluyendo, después de mui largas consideraciones sobre 
la misión de los escritores americanos, con estas palabras: 
— «Si todos nuestros jóvenes estuvieran persuadidos de 
-estas humildes verdades, no veríamos a cada paso el 
escándalo que da nuestra polémica periodística con la 
irritación que escita una idea nueva, i los insultos i 
vejaciones que llueven sobre el que la emite, o el que 
pone en duda la verdad de ciertas doctrinas recibidas 
por la juventud como inconcusas.» 

Sarmiento comprendía que los jóvenes conservadores 
que figuraban en el Semanario estaban irritados contra 
las ideas nuevas que sus compatriotas acababan de emi- 
tir, a propósito de nuestro discurso a la Sociedad Litera- 
ria, i se adelantaba a amonestarlos. Pero el Semanario 
desoyó la amonestación, publicando en su segundo nú- 
mero un artículo de Sanfuentes sobre el Romanticismo, 
en el cual se hacían vivas alusiones a las ideas que sobre 
este asunto habia publicado López en la Revista. San- 
fuentes recordaba en este artículo que la palabra roman- 
ticismo habia sido mui usada entre nosotros, sin que na- 
die entendiese su verdadero significado, i que a la sazón 
estaba pasada de moda. El no se alistaba ciegamente 
bajo las banderas del clasicismo rigoroso; pero, exijiendo 
que la escuela romántica no usase de sus libertades sin 
necesidad, condenándola siempre que no observase las 
costumbres de cada edad, de cada tiempo, i que, en lu- 
gar de presentarnos pinturas fieles de la vida, no ofrezca 
monstruos o prodijios, censuraba las piezas dramáticas 
que se recomendaban como románticas, i entre ellas el 
Rui-Blas de Víctor Hugo. «Va sucediendo, decia, con 
el romanticismo en Chile, lo que ha sucedido i sucederá 
siempre con aquellos escritos llenos de frases ampulosas, 



152 

pero vacías de sentido común, con que el falso mérito 
pretende a menudo encontrar el difícil camino de la 
gloria.» Luego agregaba que el servum pecus de la es- 
cuela romántica, ha sido el mismo que el de los tiempos 
de Horacio, «porque es el perpetuo destino de esta ca- 
nalla no acercarse en lo bueno jamas a sus modelos, i 
escederlos siempre en lo malo», como se demuestra por 
los asuntos exajerados de algunos dramas, «i otros infini- 
tos disparates, que son otros tantos insultos a la moral, 
al buen gusto i a la sana crítica.» Concluía haciendo 
votos porque pasase «el influjo de la escuela que ha 
amenazado invadirlo todo i porque le sustituyera otra 
nueva, ni clásica ni romántica; ni tan estravagantemente 
libre como la de Víctor Hugo, ni tan servilmente esclava 
como la de La-Harpe.» 

A los dos dias de publicarse este artículo en el Sema- 
nario, es decir, el 23 de julio, daba el Mercurio una Carta 
a un amigo de Santiago, escrita por Jotabeche, en la cual 
éste se reia del romanticismo, «de esta moda, decía, que 
es la mas barata que nos ha venido de Europa, con es- 
cala en San Andrés del Rio de la Plata, donde la re- 
cibieron con los brazos abiertos las intelectualidades na- 
cionales,» i agregando otras burlas contra los escritores 
arjentinos, se referia en estos términos al escrito de Ló- 
pez. «Prepárate a recibir este sacramento de penitencia, 
leyendo el artículo de la Revista de Valparaiso sobre el 
romanticismo i el clasicismo, i avísame si el castellano 
en que está escrito es el castellano que nosotros habla- 
mos, o es otro castellano recien llegado; porque ¡juro a 
Dios! que aquí no hemos podido meterle el diente, aun- 
que al efecto se hizo junta de lenguaraces.» 

Semejantes ataques eran injustificables, ni aun por el 
ínteres de defender las doctrinas literarias o la pureza 
del idioma, pues en suma no eran sino desahogos violen- 



153 

tos de la irritación que había causado la emancipación 
literaria promovida por nosotros, i apoyada con cierto 
majisterio altanero por los escritores del Plata. Los dos- 
escritores que los dirijian eran representantes de la vieja 
escuela, aunque el primero era discípulo de Bello i el 
segundo de Mora, i aunque ambos tenían distintos carac- 
teres i tendencias. 

Sanfuentes, de carácter pacífico i moderado, era el 
reverso de Vallejo, que tenia un espíritu inquieto, móvil 




.SALVADOR SANFUENTES. 



i ardiente. Aquel había recibido una instrucción clásica,, 
que ensanchaba estudiando con gusto las obras de Ios- 
escritores latinos, españoles i franceses, i cultivando con 
mas afición que inspiración la poesía; en tanto que éste 
había hecho lijeros estudios de humanidades en el Liceo, 
no tenia otro libro favorito que la colección de los 
artículos de Larra, cultivando el jénero que habia puesto 
de moda este escritor, para lo cual tenia vocación, por 
su viveza i sagacidad, por su buen gusto natural i su 



154 

jénio festivo. Ambos eran conservadores, pero de distinto 
tono. Sanfuentes creía qué el peluconismo, es decir, él 
sistema político cpie lo daba todo a la autoridad, había 
hecho su época, i que el país necesitaba otro réjimen 
progresivo que fuera modificándose en el sentido demo- 
crático; marchaba a ser un liberal sincero en política, 
aunque permaneciera conservador en letras, pero mo- 
derado: entre tanto Vallejo, que de pipiólo había pasado 




JOSÉ JOAQUÍN VALLEJO. 

a servir en la administración Prieto, era violento parti- 
dario de la omnipotencia de la autoridad, i por eso habia 
apoyado la candidatura pelucona a la presidencia, i 
estaba dispuesto a apoyar, como lo hizo después, a todo 
o-obierno fuerte, aunque secuestrara tocias las libertades 
políticas, con tal de que nos dejara las civiles, en las 
cuales consistia todo su liberalismo, i con tal de que no 
se fuera a considerar como libertad civil el pensar i el 
escribir como él no pensaba o no escribía. 

Ambos escritores tomaron como romanticismo lo que 



155 

a su juicio era una estra vagancia o un disparate, fuese 
de pensamiento o de lenguaje; pero en realidad no po- 
dían dejar de conocer la escuela que llevaba aquel nom- 
bre, ni podían con sinceridad creer que eran achaques 
peculiares de esta escuela lo inverosímil, lo absurdo, lo 
estravagante en el fondo i en la forma, porque también 
se encuentra todo eso en la escuela clásica, como lo prue- 
ban los Grotescos de la literatura francesa pintados por 
Théophile Gautier, i los infinitos que figuran entre los 
clásicos españoles, principiando por las Historias de Ber- 
nardo del Carpió , de Judit , del Cid Campeador i de 
otros varios, escritas por Manuel José Martin; i acabando 
por ciertos malos partos que aquellos escritores debían 
conocer muí íntimamente. 

■ I decimos que no podían dejar de conocer la escuela 
romántica, tanto porque ya habia empezado el señor 
Bello a hacer sus estudios sobre Hugo, como lo prueba 
la imitación de Los Fantasmas que acababa de publicar 
por el Mercurio, en 19 de junio; como porque en ese 
tiempo ya era muí común entre nosotros el prólogo que 
puso el célebre poeta al Hernani, drama romántico, que 
pocos meses después se representó aquí, traducido por 
don Rafael Minvielle, que hoi es admirado en la Come- 
dia francesa, i del cual acaba de decir M. Perrin estas 
palabras: «Medio siglo ha pasado por sobre esa obra tan 
apasionadamente combatida al principio, i que levantó 
tantas tempestades. Hoi ha entrado en la serena rejion 
de las obras maestras. Se ha hecho clásica a su vez, 
pues la posteridad ha comenzado para ella, i hela ahí a 
medio camino de su primer centenario. Dentro de cin- 
cuenta años, en los dias de los gloriosos aniversarios, se 
representará el Hernani, como se representan el Cid i 
los Horacios, todos tres de una misma familia, hermanos 



156 

por la varonil altivez de sus sentimientos, hermanos por 
el incomparable esplendor del lenguaje.» 

El autor de ese monumento de la nueva escuela, en 
el prólogo citado decía: — «El romanticismo, tantas ve- 
ces mal definido, no es, si bien se mira, sino el liberalismo 
en literatura, i esta es su verdadera definición. Esta 
verdad es comprendida ya, mas o menos, por todos los 
buenos espíritus, cuyo número es grande; i pronto, pues 
la obra está mui avanzada, el liberalismo literario no 
será menos popular que el liberalismo político. La 
libertad en el arte, la libertad en la sociedad, tal es el 
doble fin a que deben dirijirse con un mismo paso todos 
los espíritus consecuentes i lójicos; tal es el doble lazo 
que unirá, esceptuadas mui pocas inteligencias (que tam- 
bién se ilustrarán) a toda la juventud tan fuerte i pa- 
ciente de hoi dia; a la juventud, i a su cabeza la flor 
de la jeneracion que nos ha precedido, con esos prudentes 
viejos que, después del primer momento de desconfianza 
i de examen, han reconocido que lo que hacen sus hijos 
es una consecuencia de lo que ellos mismos han hecho, 
i que la libertad literaria es hija de la libertad política. 
Este principio es el del siglo i prevalecerá. Por mas que 
se ausilien esos ultras de toda especie, clásicos o monár- 
quicos, para reconstruir de una pieza el antiguo réjimen, 
sociedad i literatura, cada progreso del país, cada desa- 
rrollo intelectual, cada paso de la libertad hará hundirse 
cuanto ellos hayan encastillado. I en definitiva, sus es- 
fuerzos de reacción habrán sido útiles. En revolución, 
todo movimiento hace avanzar. La verdad i la libertad 
tienen eso de excelente, que todo lo que por ellas se 
hace, i lo que se hace en contra, les sirve igualmente. 
Después de tan grandes cosas que han hecho nuestros 
padres i que nosotros hemos visto, henos aquí fuera de 
la vieja forma social. ¿Cómo no hemos de salir también 



157 

de la vieja forma poética ? A pueblo nuevo, arte nuevo . . . 
I esta libertad, el público la quiere tal cual debe seF, 
concillándose con el orden en el Estado i con el arte 
en la literatura . . . Que el principio de libertad haga su 
negocio, pero que lo haga bien. En las letras, como en 
la sociedad, nada de ceremonias, nada de anarquía : leyes. 
Ni talones rojos, ni gorros rojos» 

Eso era en sustancia lo mismo que habíamos procla- 
mado nosotros i los escritores arjentinos que nos apoya- 
ron, mientras que los nacionales callaban. ¿Por qué se 
sublevaban ahora éstos contra aquellos, atacándolos como 
representantes del romanticismo i tomando como tal todo 
lo absurdo? ¿Seria porque espinaban las nuevas doctri- 
nas en formas incorrectas? A decir verdad, ni el que 
esto escribe, ni los arjentinos habíamos invocado, ni pro- 
clamado, como escuela nuestra, el romanticismo: tomá- 
bamos de éste la base de la libertad, para afirmar la in- 
dependencia del espíritu: pero invocábamos como divisa 
la verdad, por oráculo la naturaleza humana bien obser- 
vada i comprendida, declarando que la libertad no era 
la licencia, i que si ella debía emanciparnos de las mez- 
quinas reglas escolásticas, nos imponía las del arte, las 
reglas del buen gusto. I esto era indispensable dentro 
de la lójica de la idea que adoptábamos como punto de 
partida, a saber, que la literatura, siendo la espresion de 
la sociedad, no podia ser para nosotros ni española ni 
francesa, ni monárquica, ni clásica, sino chilena, ameri- 
cana, democrática, nacional, en el sentido de que su 
objeto era representar las necesidades, los intereses, las 
aspiraciones, los sentimientos de todos; pues no debia 
colocarse fuera de la nación, ni hacerse el órgano de 
clases privilejiadas: debía dirijirse a todo el pueblo, re- 
presentarlo todo entero. 

V. F. López, en su artículo de la Revisto, había pro- 



158 

curado hacer la jenealojía histórica del romanticismo, 
tratando de investigar filosóficamente sus tendencias, sus 
miras, sus aspiraciones; pero inspirándose en sus lectu- 
ras francesas, habia tropezado, como sus inspiradores, 
en las dificultades del viejo lenguaje para espresar con- 
ceptos nuevos, ideas exóticas que no estaban aun bien 
estudiadas, principios orijinales que todavía no habian 
sido bien definidos, como sucede en toda ciencia que no 
ha entrado en su verdadera evolución, con toda teoría 
que no ha sido comprobada por una larga serie de ob- 
servaciones. Pero todo eso estaba mui lejos de ser ab- 
surdo, hasta el estremo de incomodar la tranquilidad de 
los clásicos, i de irritar la suceptibilidad de escritores 
que no tenían otro mérito que el de amoldar las jeniali- 
dades de su espíritu a las formas de cierto modelo. Ello 
podia ser ingrato, chocante, por la novedad, i estar mui 
lejos del alcance vulgar; pero no era justo presentarlo 
como un centón de desatinos a la execración de los que 
no lo entendían, como sucedió en aquellos momentos de 
escitacion. 

Se comprende sí que en aquellos momentos, i cuando 
la cuestión literaria se habia convertido en reyerta de 
celos nacionales, se hiciera aquella befa del escrito de la 
Revista, i, con él, del romanticismo, confundiendo bajo 
un mismo anatema la nueva escuela literaria i la obra de 
uno de sus adeptos. Pero admira que veinticuatro anos 
después tuviera todavía eco aquella apasionada esplosion 
en escritores, como los señores Amunátegui, que no 
habian participado de la lucha, i que hablan del artículo 
de López, en la vida de Vallejo, que publicaron en 
1866, recordándolo como un hecho curioso de la corta 
historia literaria de Chile, porque — «Era, dicen, uno 
de los primeros casos de embrollos metafísicos, de que 
después hemos tenido que soportar tantas repeticiones, 



159 

en que se desenvuelven las mayores vulgaridades i aun 
necedades, sin arte ni lójica, sin claridad ni respeto a las 
reglas gramaticales, con frases huecas i altisonantes, que 
hacen revivir un culteranismo de nueva especie, pero tan 
insoportable como el de Góngora i sus discípulos.» 

Para justificar tales conceptos, estos escritores, citan 
algunos pasajes del escrito de López en que se notan 
alegorías de mal gusto o ideas oscuras, al lado de otros 
que, leidos con buen espíritu, no merecen censura. Pero 
como no nos atrevemos a considerar que los hayan juz- 
gado con criterio estrecho i retrógrado en literatura, 
preferimos creer que hayan formado su juicio inspirados 
por los escritos de Sanfuentes i de Vallejo, que estaban 
en la lucha; pues de otra manera no habrían insistido 
en sostener que un artículo, como el de López, que hoi 
no pasa de ser un ensayo todavía indijesto de una nueva 
doctrina, sea en su conjunto mas disparatado que los de- 
talles que citan; un conjunto de herejías contra el buen 
lenguaje i la sana razón, i que su autor campeara entre 
los corruptores del criterio público. 

XVIII. 

La Carta de Vallejo publicada en el Mercurio del 23 
de julio, sin embargo de que no contenia condenaciones 
tan severas como las que acabamos de copiar de su bio- 
grafía, escrita un cuarto de siglo después, causó penosa 
impresión en Sarmiento, redactor de aquel diario; pero 
como el escrito de Sanfuentes, publicado en el Semana- 
rio del 21, venia de un oríjen mas alto, prescindiendo 
de aquella Carta, Sarmiento rompió contra él un fuego 
vivísimo en una serie de artículos escritos con el calor 
i la osadía salvaje con que este notable escritor ha ca- 
racterizado sus polémicas. 



160 

En el del 25 decia — «queremos súber para que fin 
se ha escrito este artículo Romanticismo del Semanario, 
i ver a qué clase de escritos se ha de aplicar aquello 
de — "llenos de frases ampulosas, pero vacíos de sentido 
común, con que el falso mérito pretende a menudo en- 
contrar el difícil camino de la gloria.» — En el del 26, 
elojiaba el escrito de López, reproduciendo sus ideas, 
ampliándolas i esplicándolas con buen juicio, para com- 
pararlas con las emitidas por Sanfuentes; i preguntaba 
al Semanario — «¿Por qué no le han metido el diente? 
¿Por duro? Porque, o aquello era un tejido de false- 
dades, o el artículo Romanticismo, que criticamos es mui 
poca cosa.» — El 27 daba lugar en sus columnas a un 
juicioso remitido que censuraba a la Gaceta del Comercio 
por su acerba crítica del primer número del Semanario, 
i sus ataques al mismo artículo de Sanfuentes; pero el 
~2S volvia en el editorial a la cuestión, insistiendo en las 
doctrinas de la Revista i provocando al Semanario a que 
las discutiera, o que — «abandonase esos jestos de des- 
precio con que lo contesta todo, i que tanto sirven para 
encubrir la vanidad presuntuosa, como el saber que des- 
deña manifestarse» . . . 

En este mismo dia Sanfuentes habia replicado en el 
número 3.° del Semanario, con un artículo burlesco, a 
los ataques del Mercurio; i éste, dominado de una 
exaltación que crecía en proporción de la ajitacion que 
él mismo producía en las opiniones que luchaban, publi- 
caba el 29 otro editorial mas ardiente, del cual entresa- 
camos este párrafo: — «Puesto que los proverbios sirven 
de reglas literarias, haremos presente no nos hemos ol- 
vidado de aquel otro — el que dice Jo que quiere, oye lo 
que no quiere. Con qué, digan no mas, que estamos 
esperando a ver por donde revienta, esa apostema. ¿Des- 
precios i desdenes? ¡Puf, ese es nuestro plato favorito! 



161 

¿Raciocinios, ideas, luces? Las analizaremos. ¿Faltas de 
lenguaje? Tanto mejor, les probaremos que no conocen 
de la misa la media en filosofía de lenguaje; que no 
tienen estilo propio, que no lo han de tener jamas, i 
que, mientras ellos pretendan representar la literatura 
nacional, no se ha de ver una chispa de pensamiento, 
ni de espontaneidad, — Puede ser que cuando les haya- 
mos batido bien el cobre, i hayan pasado los arrebatos 
i acaloramientos de una polémica literaria, entremos con 
la calma de la razón a manifestar cómo esos estudios 
podridos que llaman clásicos, i que no son mas que atra- 
sados, influyen en las opiniones del público i de los que 
piensan en el porvenir del país; cómo la falta de filo- 
sofía en los estudios, es decir, de aquella filosofía que 
tiene por definición «la filosofía es la ciencia de la vida, o 
de aquella filosofía que estudia la historia, la humanidad 
i la marcha de la civilización, influye en las opiniones i 
se refleja en las tendencias de los partidos, en la dirección 
de la política. Mostraremos por qué esa juventud tiene 
el corazón helado para todo sentimiento de libertad, sin 
ataque ni defensa de personas; por qué no simpatiza 
con la causa de los principios liberales; por qué no se 
mueve por ellos, por qué no vive de nada, ni representa 
nada; por qué hace farsa de las loquerías de San Andrés 
del Plata, donde los principios que ella representa jue- 
gan a la chueca con cabezas humanas. Entonces veremos 
en nombre de quien se ha levantado la inquisición po- 
lítica, i ahogado en sangre las luces, la libertad, la moda, 
el romanticismo i todas esas bagatelas . . . Escriban otro 
artículo de romanticismo i vean en seguida adonde se 
sientan.» . . . 

Este ataque violento al espíritu i tendencias, a la edu- 
cación i doctrinas, que se suponian dominantes en los 
redactores del Semanario, no podia dejar de causar los 

Lastaeeia, Kecuerdos. \\ 



162 

estragos que naturalmente producen en la virjinal sen- 
sibilidad de los escritores noveles, los primeros fogueos 
de la prensa desvergonzada. Pero aquello no era una 
polémica literaria, si bien la Gaceta del Comercio trataba 
de empeñarla con mas arte i elevación que el Mercurio^ 
i era necesario poner punto redondo a una diatriba que, 
si podia dar ocasión a Sarmiento de probar lo que pro- 
metía, ponía en peligro la dignidad de nuestros compa- 
ñeros i afectaba nuestra responsabilidad de editor ante 
el público i ante nuestra propia conciencia, por cuanto 
nos habíamos propuesto serlo de un periódico serio i 
elevado. Por otra parte, el Semanario no debia tomar 
cartas en la reyerta de los puristas con los escritores 
arjentinos que nos ayudaban a promover el desarrollo 
literario: eso lo inhabilitaba para servir a ese movi- 
miento. Sanfuentes, tan sensible como noble, aunque 
estaba afectado de una manera que nos impresionó do- 
lorosamente, convino en ello, i escribió un lijero artículo 
rectificando a la Gaceta i declarándole que estaba de 
acuerdo en muchas de sus ideas; pero García Reyes, que 
era mas vehemente que el redactor del Mercurio, i tanto 
o mas capaz de mantenerle la justa, no se avino a ter- 
minar el negocio sino con un artículo que escribió, en 
el cual lo menos duro era la declaración de no continuar 
la polémica, hecha en estos términos: «Los redactores 
del Semanario no son tan menguados que les ponga 
espanto una pluma tornasol de pavo real, ni escritos 
vacíos de ciencia i de cordura, repletos tan solo de una 
presunción necia i de locuaz chalatanería : con la certeza 
del triunfo, entrarían a sostener una polémica en que 
tendrian que habérselas con una fantasma hueca; pero 
esta polémica seria un escándalo, una vergüenza que no 
se sienten con ánimo de causar ... El Semanario seguirá 
adelante su camino: cuando salga a la palestra un ca- 



163 

ballero, dará una contestación atenta; cuando el impug- 
nador sea un hombre de cancha, se desdeñará de com- 
batir con él.» 

Ambos artículos fueron aprobados, para poner ter- 
mino a la polémica por nuestra parte, a mayoría de votos 
en el directorio, debiendo ser publicados en el próximo 
número 4.° del periódico. Pero nosotros quedamos en 
la duda de que el Mercurio recibiera en paciencia tal 




ANTONIO GARCÍA REYES. 

declaración, i habiendo encontrado en la misma noche 
del acuerdo a Sarmiento, tuvimos con él una ardiente 
entrevista, en la cual, sin faltar a la amistad que man- 
teníamos, le hicimos enérjicas reconvenciones i le llama- 
mos a la razón. Sarmiento era valiente, i por tanto 
jeneroso: sabia moderar sus ímpetus en presencia de un 
gran interés, como era el de provocar el desarrollo in- 
telectual i dirijirlo, sin los estravíos de la pasión. La 
prueba está en la siguiente carta, que hemos conservado, 

11* 



164 

como un recuerdo que le hace honor, i la cual recibimos 
al dia siguiente: 

Querido Lastarria: 

Las pocas palabras que cruzamos anoche me han lle- 
nado de sentimiento i puedo decirle a Ud. de aflicción 
también; i como no me sea posible verlo hoi hasta la 
noche, me valgo de este medio, para dar a Ud. espira- 
ciones que acaso justificarán mi conducta en la actual 
polémica , i cuando no consigan esto la esplicarán al 
menos. Hace mucho tiempo que he renunciado a la 
amistad de la juventud ilustrada de Santiago. Sea que 
no me hayan creido digno de merecerla, sea que yo no 
he justificado título alguno para aspirar a ella, sea, en 
fin,, que la reconcentración de mis hábitos de vida no 
hayan dado lugar para que tales relaciones se estable- 
ciesen, lo cierto es que no he contado entre la juventud 
intelijente con otro amigo que Ud., que tuviese motivos 
de creer sincero al menos. Ud., pues, que me ha tratado 
de cerca, ha podido juzgar, si no me engaño, de la pureza 
de mi corazón, — i de mis cordiales simpatías por la 
juventud chilena i los intereses liberales del país. Mui 
bien: aparece hoi una polémica literaria i yo la acepto, 
i si Ud. quiere la dejenero, usando de una causticidad 
i amargura que se revela en cada pajina que escribo, en 
cada palabra que trazo. Se trata de romanticismo, i yo 
que me he reido de él en la Nona Sangrienta, i en cuanta 
ocasión he tenido la oportunidad de hacerlo, lo defiendo 
hoi con un calor irritante en verdad. ¿De dónde puede 
nacer este interés tan vivo? Recuerde Ud. que cuando 
la polémica política, muchos creyeron que a mis esfuer- . 
zos se debió el que las cuestiones de la época perdiesen 
la acritud casi inevitable, cuando se ventilan intereses 



165 

que tanto afectan a los hombres. I en efecto, que jamás 
herí a nadie, i si algunos me hirieron, los amonesté e 
hice entrar en razón. Pero entonces se trataba de los 
intereses de un partido, cuya causa habia abrazado i no 
de los mios; siendo un hecho constante que jamás he 
contestado a las groseras personalidades de que he sido 
el blanco. Sin embargo de estos antecedentes, tan 
sostenidos, como que partian de mi índole natural i de 
mi aversión a toda cosa que no fuese la ventilación de 
principios i de hechos públicos, hoi muestro una tenden- 
cia enteramente contraria: tendencia que me vitupera 
Ud., que reconocen mis amigos i que yo mismo confieso. 
Repito, de dónde puede nacer este fenómeno? De dónde? 
Voi a decírselo aUd., i si no me hace justicia, me com- 
padecerá al menos por un descarrío, en mi posición 
inevitable. Ud. recuerda lo de la polémica sobre la lengua 
castellana; polémica que no suscité yo, i que abandoné 
desde que me vi cubierto de injurias, i hecho el blanco 
de burlas picantes. Observe Ud. que yo puedo decir 
como Luis XIV del Estado, el Mercurio soi yo; porque 
no hai perro ni gato que no sepa que yo lo redacto. 
Me callé, pues, i devoré en silencio mi mortificación. 
Apareció el Semanario, i Ud. vio el juicio moderado que 
hice de su primer número i como me abstuve de desa- 
probar una palabra de las que en él estaban escritas; 
no obstante que la espresion, — es redactado por chile- 
nos, — debia entenderla como la entendió todo el mundo, 
como una alusión a mi persona; no obstante que habia 
en esa primera publicación ideas que podian darme asunto 
para críticas fundadas; no obstante, en fin, que me era 
conocida la malquerencia personal de un gran número 
de sus redactores. Pero aparece el número segundo i en 
él encuentro un artículo Romanticismo. Escrito, para 
qué? para quién? Esplicaban el romanticismo? qué ante- 



166 

cedente motivaba tal artículo? Cuando anunciaban su 
periódico ofrecian asuntos de un interés menos efímero 
que las producciones del Mercurio: cuando criticaban la 
petipieza El español i la francesa, asunto indigno de ocu- 
par las pajinas de un periódico, veia el Semanario el 
galicismo personificado, el lenguaje mestizo, el afrancesado. 
Cuando hablan de romanticismo sin que venga a cuento, 
hablan de ciertos escritos ampulosos, que admiraron al 
principio, pero que después se desprecian, i a la indi- 
ferencia sucede la burla. Escribe Jotabeche i la burla 
prometida viene en efecto. Sobre quién? sobre el Mercurio, 
es decir, sobre mí. Es preciso pues ser un topo para no 
ver el plan de los artículos, i los eslabones que los unen; 
i poco importa que el Semanario me nombre o nombre 
el Mercurio, para que todo el mundo entienda que soi 
yo el zaherido, que soi yo el representante del roman- 
ticismo, del galicismo i del lenguaje mestizo. Por otra 
parte, ¿creen que ignoro que un gran número de jóvenes 
de los redactores, usan en sus conversaciones las espre- 
siones mas ofensivas i mas irritantes contra mí? Ignoro 
que por todas partes se habla de mi ignorancia, de mi 
puro charlatanismo, de lo preocupado que estoi de mi 
mérito i del desprecio que merecen mis ideas, mi lenguaje 
i mis escritos ? ¿ Creen que ignoro, que se martillean ver- 
sos para llamarme escritor estrafalario ; que se afecta un 
menosprecio, i se ceban en un odio encarnizado? i que 
ni aun se dignarán contestarme? Creen, pues, que es po- 
sible que un hombre siempre tolere, sufra i se calle, 
aunque se sienta ya tomado de los cabellos para arras- 
trarlo por el fango; para concitarle el desprecio jeneral; 
para hacerlo pasar plaza de un miserable charlatán e 
ignorante? Pero yo no me someteré voluntariamente a 
las humillaciones que me deparan. Preocupado de estas 
ideas, he entrado a combatir el artículo romanticismo ; no 



% 



167 

por la cuestión literaria sino por lo que a mi reputación, 
que quieren ajar, va en ello; i resuelto a defenderme me 
he propuesto herir de muerte, sin piedad, sin mesura, 
usando de las mismas armas que de palabra i por es- 
crito han usado contra mí. ¿Se habla de charlatanismo, 
de presunción, de ignorada? Yo haré, si puedo, caer 
esos dardos sobre otras cabezas que la mia, i si no puedo 
me someteré vencido, pero no humildemente. Les duele 
cuando hiero el amor propio de los que escriben? Ah! 
juzguen entonces, quien deberá sufrir mas, si ellos que 
están en su terreno, i que son muchos, o yo que soi 
sólo i a quien se intenta humillar a cada momento con 
las palabras que he citado i con la de extranjero; yo 
que necesito para lavarme de esta última mancha tener 
algún título a la consideración pública; yo que necesito 
He una pequeña reputación como una propiedad útil! 

¿Están esos jóvenes persuadidos, en efecto, de que soi 
un miserable charlatán, un copista, como dicen, un igno- 
rante? Pues bien, los desengañaré hasta donde pueda, o 
se convencerán de su desacierto. — Que escriban sobre 
cosas especulativas. 

Pero, amigo querido, después de todas estas cóleras i 
de estos preparativos de guerra qué hai en sustancia? 
¿Qué es lo que nos divide? Mis pretensiones? Pero apelo 
a Ud. que me conoce, a mis escritos anteriores, a mi 
carácter, a mis amigos todos, que me justifiquen de este 
cargo, que es el que menos quiero aceptar. Yo preten- 
siones! Yo que he escuchado siempre a todo el mundo 
i que me dejo dar lecciones por todos mis amigos, sin 
querellarlos, sin disputar jamás, sin aferrarme en nada. 
Lo que hai, amigo, en el fondo de esta cuestión, es una 
deplorable mala intelijencia, que yo no he motivado, a 
mi parecer; un poco de celos, i mucho de esclusivismo 
en esos jóvenes, quizá de mi parte también. ¿Es nece- 



168 

sario pisotearme, porque no aprecio en nada los escri- 
tores españoles, ni su estilo, ni su lenguaje castizo? 
Pues qué, no puede haber un hombre maniático bajo un 
respecto, i cuerdo en otros? He de ser por eso un 
charlatán, un ignorante? Pero es preciso medirse mucho 
en palabras de ese jénero, cuando se escribe, porque la 
letra canta. 

Sobre todo hai un gran mal i este nace de que esos 
jóvenes se reúnen, se comunican, se excitan unos a otros, 
se aplauden i apoyan en sus prevenciones i en sus opi- 
niones, i pueden llegar a fascinarse hasta el punto de 
creer que tengo yo la culpa de todo i no ellos. Ud. sabe 
que las malas acciones cometidas entre muchos pesan 
mui poco sobre la conciencia de cada uno; i basta que 
se haga coro, para creerse con justicia. 

Me he detenido tanto sobre esto porque lo estimo a 
Ud. demasiado, para que me sea indiferente su aprecio: 
no me sucede lo mismo con aquellos que me suponen 
todos los vicios de un mal hombre i los estravios de 
una cabeza sin sentido común. 

Le habia prometido una esplicacion de mi conducta 
i creo habérsela dado en lo que precede. Cuando nos 
veamos me ayudará Ud. con su juicio i mui feliz seré 
si logro que Ud. me crea como siempre un amigo, in- 
discreto , si Ud. lo imajina así, pero nunca aleve, como 
intentan persuadírselo. 

Se acabó el papel i esta es la medida. 

De Ud. — Sarmiento. 



El 31 de julio el editorial del Mercurio esplicaba su 
actitud en la polémica, mas o menos como lo hacia su 
redactor en la carta precedente, e invitaba al Semanario 



169 

a la reconciliación. Mas el artículo de García Reyes, 
que apareció en el numero 4.° de este periódico, hubo 
de encender de nuevo la contienda, sino hubiéramos 
hecho valer nuestras relaciones personales para tranqui- 
lizar a Sarmiento, dándole seguridades de que el Sema- 
nario respetarla en adelante la libre acción de los escri- 
tores arjentinos que, como quiera, pudiesen ayudarnos 
a impulsar el movimiento literario comenzado i a pro- 
pagar las ideas liberales. Sarmiento entonces puso fin 
a la polémica en el editorial del 8 de agosto, aludiendo 
a aquel artículo en tono de chanza, i llamando a sus 
adversarios a la moderación con reflecciones amistosas i 
con amenazas socarronas, como lo haría un gaucho al 
celebrar la paz, después de una pelea. 

Tal fué la llamada polémica sobre el romanticismo, 
que se cita siempre, suponiendo que en ella se deba- 
tieran principios de escuela. Fué simplemente un reflejo 
ardiente de los celillos de nacionalidad que habia su- 
blevado la discusión literaria promovida por nuestro dis- 
curso, hecho a la sociedad de los jóvenes que se habian 
congregado para estudiar: i empeñados nosotros en es- 
tirpar esos celos, en que el Semanario no volviera a 
reflejarlos, en que este papel se mantuviera en las rejio- 
nes de la intelijencia i del interés público, sin descender 
a las riñas de injurias que tanto habian degradado a 
nuestra prensa en otras ocasiones, i cuyo ensayo habia 
sido tan doloroso para nuestros nobles compañeros, pu- 
simos un decidido esmero en que no se repitiesen en 
adelante contiendas análogas. Pero nuestro colaborador 
Vallejo se resistía a seguir tal plan, contestando a nues- 
tras amonestaciones privadas con llamarnos cayanos, li- 
teratos acuyanados, o con otras jovialidades que él acos- 
tumbraba en su trato familiar con nosotros, i creyendo 
satisfacernos con la facultad de chapodar sus escritos 



170 

como quisiéramos, facultad que no nos atrevimos a em- 
plear i cuyo uso se nos habria impedido seguramente 
por Tocornal i Talavera, que sostenian i defendian la 
actitud de Vallejo. Así es que él continuaba, en sus 
correspondencias al Semanario, haciendo cruda guerra a 
los escritores del Plata, por que tenia mucho que ven- 
gar, i no como suponen tan bondadosamente sus bió- 
grafos, que lo hacia a fuer de enemigo de los corruptores 
del criterio público, i de un estilo i de unas doctrinas 
que ofendian su buen sentido, i a nombre de las repug- 
nancias que esperimentaba contra el romanticismo de López 
en literatura i el del Chacho en política. 

Entre tanto López i Sarmiento, Pinero, Frias, Peña, 
todos aquellos corruptores del criterio público, todos sus 
compatriotas escritores, cultivaban las simpatías i las 
relaciones de los redactores del Semanario i de todos los 
jóvenes estudiosos, en interés del desarrollo intelectual 
i liberal, a que deseaban cooperar; i por mas que en el 
Semanario se publicaban las burlas de Vallejo i las cartas 
i defensas con que le apoyaban dos de los redactores, 
Sarmiento solo encaminaba contra este escritor sus ré- 
plicas i diatribas, respetando siempre la paz que habia 
hecho, al poner fin a la polémica titulada del romanti- 
cismo. Esa conducta, que tanto le honraba, nos ponia 
a nosotros en el deber de corresponderle, i al fin, apro- 
vechando la declaración de los deseos de terminar las 
contiendas de la prensa, que hicieron los arjentinos en 
el Progreso, considerando ya perdida su nacionalidad 
después del desastre de Arroyo Grande, pusimos tér- 
mino a la publicación de las correspondencias de Jota- 
beche, i anunciamos en el número 29 del Semanario que 
en respuesta a aquel llamado al olvido, se omitia la 
publicación de otra Carta que aquel habia remitido para 
continuar su reyerta. 



171 

Después de tantos años de calma, se ha acentuado 
en nosotros la convicción de que, sobre ser injusta, era 
demasiado pueril la animadversión que entonces se le- 
vantó contra los emigrados arjentinos, tan solo porque 
sus escritores, que han continuado después siendo en su 
país i en la América grandres escritores, vinieron a ayu- 
darnos en nuestro movimiento literario i a hacernos notar 
el atraso de nuestra educación literaria. ¡Con cuánta 
mas razón no nos admiraremos ahora de que se persista 
aun en justificar ante la historia aquellos odios, preci- 
samente por los escritores que mas han aprovechado de 
la labor que hicieron los que se los concitaron! A nuestro 
turno hemos sido también, mas de una vez, emigrados 
en las repúblicas vecinas, i sin haber sido tan útiles, 
como lo fueron aquí los arjentinos, hemos visto que los 
chilenos no les cedíamos en arrogancia, i que era cierto 
lo que se decia por el Progreso de 1842 en la declara- 
ción de paz a que hemos aludido, hablando de las emi- 
graciones por causas civiles, que llevan a suelo estraño 
su espíritu nacional: — «La desgracia lo irrita i lo hace 
mas poderoso, i no pocas veces concita animosidades o 
prevenciones perjudiciales. » 

XIX. 

Desde que el Semanario se libertó de aquella irri- 
tante polémica, que alteró su tranquilidad durante sus 
primeros cuatro números, no volvió a tener otra; i con- 
tinuó su marcha hasta el 2 de febrero de 1843, dia en 
que terminó con su número 31, habiendo tratado con 
elevación, i con un vivo interés de acertar, todas las 
cuestiones que en ese tiempo ocuparon a la opinión pú- 
blica, teniendo al corriente a sus lectores de los debates 
parlamentarios i de los trabajos administrativos, i sir- 



172 

viendo de órgano a las producciones literarias que co- 
menzaron a aparecer entonces, cual las primeras flores 
de la primavera, tímidas, aisladas i sin el abrigo del 
frondoso follaje de que son precursoras. 

El mismo Semanario , en su número 24, tratando de 
fijar la marcha que la prensa debia seguir en aquellas 
circunstancias del país, a propósito del cargo que el 
Mercurio i otro folleto le hacían porque no se contraia 
a la política, espuso compendiosamente el programa de 
sus trabajos, en un artículo que debemos estractar en 
estas memorias, para que se conozca hoi cual fué la ac- 
ción de aquel papel, que siempre se recuerda sin co- 
nocerlo. 

«Si por política, decia, hemos de entender la discu- 
cion de los intereses de partido, la impugnación abierta 
o la defensa sistemática de los que ejercen la autoridad, 
desde luego debemos declarar que no ha sido nuestro 
ánimo ni lo será jamas, ocuparnos en política. Dema- 
siado tiempo la prensa periódica ha sido entre nosotros 
el instrumento manual de los odios i de los rencores de 
partido, el campo de batalla en que las pasiones vio- 
lentas que enjendran las querellas de gobierno ejercita- 
ban la táctica odiosa de hacer llover sobre las facciones 
enemigas sospechas maliciosas, acusaciones falsas, sar- 
casmos i dicterios envenenados. Época de escándalo 
que no se puede recordar sin dolor. . . No será el Se- 
manario quien la haga renacer. Nosotros no pertenece- 
mos a ninguno de los bandos que han dividido a la Re- 
pública, i no reconocemos gobierno nuestro que sostener, 
ni partido contrario que combatir. Otro objeto mas noble, 
mas puro, mas desinteresado debe ocupar la mente de 
los ciudadanos, el de ir promoviendo la mejora de nuestra 
condición social. A este fin nada contribuye el prurito 
de suscitar querellas, de echar abajo un gobierno para 



173 

subrogarlo por otro tan parcial i efímero como el pri- 
mero. . . La democracia de nuestros dias no se dirije a 
los gobiernos para pedirles libertad, prosperidad, riqueza... 
Tampoco pretende imponerles la lei i someter al gabi- 
nete a los acuerdos de lojias i cofradías privadas. Ella 
pone hoi su empeño en ilustrar a las masas, en hacerles 
abandonar sus vicios i sus hábitos perniciosos, en allanar 
los obstáculos que impiden el desarrollo de sus elemen- 
tos de ventura. . . Cuando la ilustración se haya difun- 
dido, cuando el bienestar jeneral, que es obra de la 
civilización i de las leyes, haya hecho al pueblo bastante 
fuerte i poderoso, entonces la opinión pública triunfará 
de seguro i la democracia tendrá su imperio fundado 
sobre bases indestructibles. Fijos en estos principios, 
hemos tratado de desviar los ánimos de las reyertas de 
gobierno, que tan poca utilidad práctica han producido, 
i de convertirlos hacia otros objetos de mas sólido interés. 
La civilización de las provincias ha ocupado desde luego 
al Semanario, i en sus columnas se rejistran artículos en 
que se trata de investigar las causas que mantienen en 
un estado de sopor a la mayor parte de ellas, i los me- 
dios de ponerlas en la via de mejoramiento. Hemos 
prestado especial atención a las empresas útiles que co- 
mienzan a jerminar entre nosotros, ya sea aplaudiendo 
las cajas de ahorros i excitando a los vecinos a protejer 
tan ventajoso establecimiento, ya promoviendo la sociedad 
que se propone surtir de agua pura a la ciudad de San- 
tiago, ya proponiendo el sistema que debe adoptarse 
para establecer la policia de los caminos i proveer a su 
conservación i mejora, ya dilucidando el prospecto de 
la sociedad de industria i población que afecta tan vi- 
vamente a la causa pública. Hemos recomendado la 
fundación de un montepio civil que proporcione sub- 
sistencia a las familias de los empleados difuntos, i pe- 



174 

dido la reforma de las leyes que regulan la prelacion 
de créditos en concurso, cuyo influjo pernicioso a la mo- 
ralidad del comercio es inútil ponderar. La policia de 
Santiago ha sido el objeto de nuestra constante solicitud. 
I salvando las dificultades que ofrece el oficio de cen- 
sores, nos hemos empeñado mas de una vez en excitar 
el celo de las autoridades en la represión de ciertos vi- 
cios, i en correjir con el ridículo los defectos de nuestra 
sociedad. Pero como la mejora debe esperarse mas bien 
de las jeneraciones que se alzan libres de preocupaciones 
i de costumbres encallecidas, nuestro anhelo principal 
se ha dirijido a la educación, i de ello dan testimonio 
los varios artículos que se rejistran desde el primero 
hasta los números posteriores bajo diferentes formas i 
títulos. Así en estos, como en los artículos consagrados 
al teatro i a la amena literatura, hemos procurado es- 
parcir ideas liberales, pero exentas del rigor de los sis- 
temas i de la exajeracion que suele hacerlas peligrosas; 
hemos querido mostrarlas aplicadas a la práctica, en vez 
de presentarlas en forma de teoría jeneral i absoluta. 
En el examen del proyecto de establecimiento de una 
Universidad, se ha defendido la libertad de la república 
literaria, hasta cierto punto comprometida por alguna de 
las disposiciones de la lei. En varios trabajos en prosa 
i verso, se han combatido las preocupaciones de la aris- 
tocracia, tan fuertemente arraigadas entre nosotros, i en 
jeneral no hemos perdido ocasión de difundir ideas de 
moderación, tolerancia i orden — Nuestro periódico no 
es, pues, un ariete destinado a la demolición; gusta mas 
de discusión i de examen, gusta de dirijirse a los ciu- 
dadanos , mas bien que de impugnar al que manda. . . 
No por eso hemos mirado con indiferencia la adminis- 
tración de los pueblos, ni la defensa de las instituciones. 
Tan lejos de eso, hemos sido los únicos que, de algún 



175 

tiempo a esta parte, han recordado sus deberes a los 
funcionarios subalternos, i tomado parte activa en las 
cuestiones sobre nuestro derecho público»... 

En efecto, el Semanario trató i discutió todas las 
cuestiones sometidas a las cámaras en su tiempo, i mui 
principalmente la reforma de la lei de elecciones, i la de 
instrucción pública, sobre la cual publicó en los números 
posteriores al en que hizo aquella reseña, estudios i dis- 
cusiones interesantes. Su acción en la prensa fué indis- 
putablemente benéfica, pues acabó con los periódicos de 
ocasión, que accidentalmente aparecían hasta entonces 
para tratar esclusivamente de política de actualidad; i 
dejando los intereses comerciales a los diarios de Valpa- 
raíso, dio el ejemplo de un periódico serio que se consa- 
graba a tratar con independencia todos los demás inte- 
reses jenerales, prefiriendo los que se relacionaban con 
el desarrollo intelectual, como la instrucción pública, la 
bella literatura i el teatro dramático. 

Consagrados a estos últimos asuntos estuvieron, en 
parte de ese año, la Revista de Valparaiso, i en todo él, 
el Museo; i en setiembre el Mercurio iniciaba en su nú- 
mero de los domingos, una sección literaria para repro- 
ducir las obras mas notables del movimiento literario 
europeo. «De los raudales de luz, decia este diario en 
aquella ocasión, que esparce la Europa contemporánea, 
no llegan aquí, por falta de órganos celosos, sino pálidos 
destellos; i el estado de infancia en que se halla toda- 
vía nuestra librería contribuye también a que no circu- 
len entre nosotros muchas produciones, i talvez las mas 
análogas a nuestras necesidades, de la literatura euro- 
pea. Con haber visto algo de Hugo, de Dumas, de Scribe, 
i haber leido algún trozo de Cousin o de algún otro, 
se creería talvez conocer todo el movimiento intelectual 
de la prensa francesa; i con poseer bastante de Bretón 



176 

de los Herreros, ya se pensará tener en la mano a la 
España literaria.» I para dar a conocer el movimiento 
de la literatura europea, el Mercurio hizo después tras- 
cripciones interesantes de biografías, discursos i artículos 
de crítica literaria, de teatro i de música. 

Dos o tres periódicos nuevos aparecieron en 1842, 
para morir pronto, pero el 10 de noviembre fué dia de 
un gran acontecimiento para la prensa, porque se inició 
el Progreso, que es el primer diario fundado en Santiago, 
con el propósito de servir a los intereses jenerales de 
una manera estable. Ademas la alta prensa tuvo un de- 
sarrollo sin ejemplo precedente: no se publicaron en aquel 
año menos de treinta folletos sobre asuntos de interés 
jeneral para Chile i otras repúblicas americanas, i como 
doce obras de importancia, la mayor parte reproduccio- 
nes de obras literarias i de testos, como el Fígaro de 
Larra, el compendio de la Retórica de Blair i otras; pero 
entre ellas habia dos libros relativos a la historia con- 
temporánea de Bolivia i de la República Arjentina, dos 
dramas orijinales, Los Amores del Poeta i el Ernesto, i 
el interesante Análisis de los métodos de lectura conoci- 
dos i practicados en Chile, que publicó Sarmiento como 
director de la escuela normal de preceptores, la cual se 
habia instalado también en aquel año. El Semanario pu- 
blicó sobre las principales de estas obras algunas artícu- 
los i especialmente dedicó a la última un elojio crítico, 
digno de la importancia del asunto. 

Este progreso de la prensa revelaba una nueva situa- 
ción, pues era la espresion de progresos análogos en el 
orden especulativo i en el orden activo de la sociedad, 
la cual en aquellos momentos entraba en una vida dis- 
tinta de la anterior, merced a las esperanzas que inspi- 
raba al nuevo gobierno. La nueva política fundada en 
la legalidad i consagrada a restablecer la seguridad en 



177 

la administración pública, i la confianza que ella desper- 
taba, no solo daban aliento a los intereses materiales, que 
eran la principal aspiración del programa de la política 
del gobierno conservador, sino que también favorecían 
el desarrollo intelectual en sentido liberal, nuevo aconte- 
cimiento social promovido fuera de las rejiones del po- 
der i de la política desde algunos años antes por nosotros 
i continuado con abnegación i constancia. Así al lado 
de las empresas que surjian para ensanchar los dominios 
de la industria jeneral, i de las asociaciones que se en- 
sayaban para fomentar los intereses locales i los de la 
colonización i cultivo de tierras baldías, figuraban las so- 
ciedades literarias que, siguiendo el ejemplo de la insta- 
lada en Santiago el 3 de mayo, se- formaban para im- 
pulsar el progreso intelectual. El Semanario de 11 de 
agosto da noticia de la Asociación instructiva formada en 
Concepción por los vecinos mas respetables, para pro- 
mover la educación ; i mas tarde anunciaba otra sociedad 
literaria formada en Santiago por abogados con el ob- 
jeto de hacer el estudio filosófico de la historia. Con razón 
los escritores contemporáneos fijan en aquel año memo- 
rable de 1842 el principio de nuestro movimiento literario 
i lo señalan como el primero de una época nueva. 

¿Por qué entonces terminó tan inoportunamente el 
Semanario? Los señores Amunátegui , en la vida de Va- 
llejo, aseguran que el motivo de su corta existencia fué 
el haberse visto pronto sus redactores abrumados por los 
cargos públicos i privados; i no es esa la causa, puesto 
que, de aquellos redactores, solo uno fué nombrado, 
mientras se publicaba el periódico, para un cargo pú- 
blico, el de rector del Instituto Nacional que se confirió 
a Varas; pues no puede reputarse que Sanfuentes hubiese 
sido agraciado con un empleo por el ascenso que recibió 
entonces como oficial en un ministerio. El verdadero rao- 

Lastabria, Recuerdos. ]2 



178 

tivo fué que, sobre no responder el Semanario a nuestro 
antiguo plan, a causa de su arreglo, nos imponía dos gra- 
vámenes que nos hacían molesta su edición, el de pro- 
curarnos los materiales que se necesitaban para la publi- 
cación de cada número, i el de tener que saldar los gas- 
tos, pues, según las cuentas de la imprenta, el producto 
no cubría los costos de edición. No era que el papel ca- 
reciera de interés, sino que, apesar de ser muí leído i 
aplaudido, no había quien lo protejiera contra la cos- 
tumbre de leer gratis, que entonces predominaba. Ade- 
mas desde que la capital poseía un gran diario, como el 
Progreso, era mas conveniente suprimir aquel periódico, 
para reemplazarlo por otro que fuera esclusivamente li- 
terio, tal como lo habíamos proyectado antes; ya que 
el Museo ele Ambas Américas había cesado también en 
diciembre de 1842. Es verdad que el señor García del 
l\io habia igualmente abandonado su interesante empresa, 
por falta de suscripciones i de protección, como lo dijo 
en su artículo de despedida; pero nosotros creíamos que 
era posible ensayar en Santiago la publicación de un 
papel literario de menor costo, i con mas ausiliares que 
los que ayudaban a aquel distinguido literato, quien de- 
claró que habia tenido que escribir 230 artículos de los 
251 de que constan los tres volúmenes del Museo. 

XX. 

La narración de estos pormenores tiene su impor- 
tancia, pues viene a rectificar varias falsas apreciaciones, 
i entre ellas la que es mas común entre los historia- 
dores, la que supone que el Semanario de Santiago era 
un periódico especialmente literario i destinado a de- 
mostrar a Sarmiento que nuestro país era capaz de 
producir poetas. Así lo asegura casi oficialmente la 



179 

■memoria universitaria sobre la Poesía Chilena, decla- 
rando triunfalmente que Sanfuentes e Irisarri, Vallejo i 
García Reyes no tardaron en manifestar en aquel pe- 
riódico lo infundado de los cargos del escritor ar- 
jentino. 

Antes del Semanario, tales cargos habían sido refu- 
tados i discutidos, pues el movimiento literario habia 
tenido su primer desarrollo con las polémicas que suble- 
varon los juicios críticos que se hicieron del discurso 
inaugural de la Sociedad Literaria, i los que, a propó- 
sito de la revolución iniciada en este discurso, habia 
^emitido el redactor del Mercurio. Es verdad que aquel 
periódico dio ocasión a que se prolongasen todavía aquellas 
polémicas, pero por fortuna les puso fin oportuno, para 
consagrarse con tranquilidad i elevación a los intereses 
jenerales que se propuso servir, fomentando también el 
progreso intelectual, sin ser una revista esclusivamente 
literaria, destinada a probar que el país era capaz de 
producir poetas, i sin proponerse demostrar que la es- 
terilidad que se nos reprochaba no fuese la obra, como 
lo aseguraban Sarmiento i los demás escritores argenti- 
nos, de la perversa dirección de nuestros estudios i del 
miedo ele infrinjir las reglas de la rutina escolástica, 
que arredraba a los principiantes. Aquella dirección er.-i 
ya mas liberal i mas adecuada al desarrollo indepen- 
diente del espíritu, i este miedo habia principiado a di- 
siparse, por mas que Vallejo i algunos otros pugnaban 
todavía por reforzarlo con el arma del ridículo i de la 
burla, en lugar de ayudar a que se manifestara la capa- 
cidad del país. Mas estensa i mas importante era la mi- 
sión del Semanario, pues, como órgano de los intereses 
jenerales, daba al periodismo el tono elevado, digno, 
intelijente que debe tener la prensa que se propone re- 
presentar la opinión pública e ilustrarla; i como servidor 

12* 



180 

del progreso intelectual, seguía su desarrollo en la ins- 
trucion pública, en la Sociedad Literaria i en el teatro,, 
que eran los grandes centros en que se operaba el mo- 
vimiento literario, iniciado ya, sin cuidarse de los cargos 
que los escritores arjentinos habían hecho, no contra el 
país, sino a los representantes de la rutina, que habían 
tratado de paralizar en su oríjen aquel saludable movi- 
miento, espantados de que se intentara destruir el im- 
perio de las viejas tradiciones. 

El Semanario prescindía de esta contienda, i daba 
publicidad a todas las conqjosiciones literarias, ora fue- 
ran ensayos de la nueva escuela, ora fueran produccio- 
nes de la antigua, como el Campanario, leyenda que 
entonces presentaban los que habían provocado aquellos 
cargos como prueba de la capacidad poética del país, sin 
darse cuenta de que en ella no hai invención, ni ins- 
piración, ni arte, i que por su versificación pesada i 
trabajosa se prestaba a críticas victoriosas, que se abs- 
tuvieron de hacer los acusados de ofensa al honor na- 
cional, en prueba de que ellos no aspiraban sino a 
cooperar a nuestro progreso literario. Así respetaron 
también los ensayos de los jóvenes que se iniciaban en 
los secretos del arte poética, i nos consta que López, 
entre otros escritores arjentinos, estimulaba i correjia a 
los principiantes, al mismo tiempo que los pretensos 
defensores del honor del país los censuraban con amar- 
gas burlas, capaces de arredrarlos, si no hubiéramos es- 
tado a su lado para animarlos. ¿Quiénes eran entonces 
los que se empeñaban en hacer creer que el país no fuese 
capaz de producir poetas: los que denunciaban el hecho 
de no tenerlos, atribuyéndolo a que nuestra educación 
nos habia convertido en puristas i retóricos i nos habia 
inspirado el miedo de infrinjir las reglas i la rutina, en 
lugar de enseñarnos a pensar libremente, o los que se 



181 

empeñaban en reforzar esa valla del miedo con sus 
críticas burlescas, i en mantener la educación que nos 
esterilizaba? 

El Semanario no debia seguir otra marcha: si según 
nuestro primitivo propósito, él hubiera sido órgano es- 
clusivo de la revolución literaria iniciada en la Sociedad 
de los jóvenes, habria hecho causa común con los escri- 
tores arjentinos, acusados de ofensa al honor nacional, i 
con todos los que, como ellos, ayudaban a ese movi- 
miento, reconociendo que nuestra esterilidad era cau- 
sada, no porque se hiciera un estudio demasiado profundo 
de la lengua, sino porque en este estudio i en los demás 
se habia encadenado nuestro espíritu a ciertas rutinas i 
a ciertas conveniencias contrarias a la libertad del pen- 
samiento. Pero como aquel papel hubo de tener otro 
carácter, por la influencia que en la organización de su 
redacción tuvo el señor Bello, fué necesario que tampoco 
fuese el órgano de los puristas i de los clásicos, contra 
los escritores arjentinos, i en lugar destinarlo a probar 
que el país era capaz de producir poetas, se le consagró 
a vencer la esterilidad que se nos reprochaba, echando 
abajo las compuertas que mantenian la estagnación del 
pensamiento. Al efecto, absteniéndose de todo partido 
i de toda escuela, prescindiendo de disputas, de cargos 
i de estériles contiendas, el Semanario, abrió sus colum- 
nas a todos, para que los principiantes pudieran sin 
miedo publicar sus producciones, al lado de las de los 
escritores formados que, según le espresion verdadera 
de Amunátegui, antes no sabían que decir; por que en 
realidad no podían decirlo todo, sin peligro de encon- 
trarse por un lado con los puristas de la lengua que los 
atajasen con la burla i el desden, i por el otro con lo^ 
puristas de la política conservadora que los lanzaran a 
Juan Fernandez , como a Pradel , o a la cárcel, como a 



182 

Benavente i a Toro, o que los sometieran a la persecu- 
ción de la policia, como a Juan Nicolás Alvarez. 

Por eso es que allí figuran, al lado de las rimas li- 
madas de Sanfuentes, los promisorios ensayos de Irisarri,. 
de J. Chacón i de A. Olavarrieta, i los primeros bosque- 
jos de Ovalle, Espejo, Lindsay, Renjifo i otros jóvenes- 
que aspiraban a ceñirse el laurel de Apolo. 




HERMOJENES DE IRISARE!. 



Lo que nosotros nos proponíamos era formar escri- 
tores, i sin distinguir ni elejir, los llamábamos a todos- 
a que escribieran en prosa o verso, como pudieran, por- 
que repetíamos el consejo que habia dado Sarmiento a 
los jóvenes en su artículo de 22 de mayo, cuando ha- 
ciéndose cargo de las amargas burlas de los puristas,, 
habia esclamado: — «Pero cambiad de estudios, i en lugar 
de ocuparos de las formas, de la pureza de las palabras,, 
de lo redondeado de las frases, de lo que dijo Cervantes 
o Frai Luis de León, aquirid ideas, de donde quiera 
que vengan; nutrid vuestro pensamiento con las mani- 



183 

testaciones de los pensamientos de los grandes luminares 
de la época; i cuando sintáis que vuestro pensamiento a 
su vez se despierta, echad miradas observadoras sobre 
vuestra patria, sobre el pueblo, las costumbres, las ins- 
tituciones, las necesidades actuales, i en seguida escribid 
con amor, con corazón lo que se os alcance, Jo que se os 
antoje, que eso será bueno en el fondo, aunque la forma 
sea incorrecta, será apasionado aunque a veces sea in- 
exacto, agradará al lector aunque rabie Garcilaso» . . . 

¡Ah! los escritores de hoi no saben cuánta paciencia 
se ba necesitado para conquistar esa libertad en el apren- 
dizaje, i los historiadores del dia no malician siquiera 
cuánta era la furia con que trataban a los que se atre- 
vian a ensayar esta libertad para esos grandes escritores, 
a los cuales hoi elojian con entusiasmo, desdeñando o juz- 
gando mal a los que haciamos frente a esa furia, por 
formar escritores i sacar al injenio nacional de la esteri- 
lidad en que aquellos grandes hombres lo mantenian! 
¡Ojalá tan impremeditados juicios no hubieran tenido 
otro efecto que el de falsificar nuestra historia literaria, 
llegando a producir en la actualidad la falsa convicción 
de que solo son dignos de recordación los literatos pu- 
ristas, que hostilizaban o que, por lo menos, servian de 
embarazo al movimiento literario de 1842, en tanto que 
los que lo promovieron son considerados como indignos 
de figurar al lado de aquellos, o como escritores estra- 
falarios, disparateros o herejes! Al fin, esos hechos ad- 
miten rectificaciones, i los que se tomen el trabajo de 
investigarlos, o de comprobar el testimonio del autor de 
estos apuntes, podrán escribir la historia verdadera: el 
mal irremediable está en que lanzados i repetidos aque- 
llos juicios tanto tiempo después de los sucesos i a sangre 
fria sin la escusa de la pasión de la contienda, i en in- 
justa i franca ofensa de los escritores arjentinos, que ayu- 



184 

daron al movimiento, han contribuido eficazmente a en- 
cender el odio con que nos tratan hoi estos escritores. 
Como quiera que sea, el movimiento literario, prepa- 
rado por nuestra enseñanza desde 1837 i por nuestra 
acción i el ejemplo con que lo habíamos ajitado; orga- 
nizado en un centro i formulado en un programa en 
1842; dirijido desde este momento de manera que coo- 
perasen a realizarlo no solamente los que lo acataban, 




JACINTO CHACÓN. 



sino también los que lo miraban de reojo i se ofendian 
de la brusquedad con que los arjentinos lo ausiliaban, i 
servido en esta dirección por el Semanario', ese movi- 
miento, decimos, era ya, a mediados de aquel año, un 
acontecimiento; i los hechos venian naturalmente a con- 
firmarlo i a desarrollarlo. 

En agosto llegaba de Copiapó Carlos Bello, trayendo 
un drama orijinal, que entregó, después de leerlo a al- 
gunos amigos, a la compañía dramática, para que lo 
representara. El teatro era entonces un centro de ver- 



185 

dadera actividad social. Todos se preocupaban del mé- 
rito de las piezas que se representaban, del de los nota- 
bles actores Casacuberta, Fedriani, Jiménez, Rendon, 
la Miranda, la Montesdeoca, las dos Samaniegos i la 
Fedriani, que interpretaban las obras maestras de Víc- 
tor Hugo, de Scribe, de Dumas, de Delavigne, de Larra, 
<le Bretón de los Herreros; i todos reclamaban que en 
Santiago i Valparaíso se erijieran edificios adecuados a 
la importancia de este elemento de civilización i progreso. 
El Mercurio apoyando esta reclamación en su editorial 
del 10 de junio, i esplicando por qué consideraba el 
teatro como una izarte de nuestra organización social, 
entre otros razonamientos, hacia el siguiente: «Casi no 
hai una sola pieza de Bretón de los Herreros que no 
proclame un principio, que no ataque una preocupación; 
i estos principios por establecerse en España, i esas 
preocupaciones atacadas allá, son los mismos principios 
que proclamamos aquí i las mismas preocupaciones que 
tenemos que destruir. El teatro español, como el teatro 
francés trabajan por destruir toda preocupación de cla- 
ses, toda tiranía, ya sea pública o doméstica, por elevar 
en su lugar la libertad individual del uno i del otro 
sexo, i por dar en la sociedad la influencia i el lugar 
que al mérito real corresponden. Por este i por otros 
mil puntos de contacto de la literatura dramática de 
Francia i de la España, que sigue hoi sus pasos en el 
camino de la regeneración, con nuestras necesidades, es 
que el teatro es una verdadera escuela para nosotros; 
escuela en que por medio de los sentidos i del corazón 
llegan a nuestro espíritu ideas que necesitamos para la 
misma obra de la rejeneracion de nuestras costumbres» . . . 
Esta era la espresion de la opinión pública de Val- 
paraíso i de Santiago en aquella época de verdadero 
triunfo para el arte dramático en Chile. Ese triunfo se 



186 

debia a los talentos de los actores que popularizaban las 
producciones mas notables de los injenios europeos, a 
las revistas del Mercurio i del Semanario, que inspiraban 
el gusto i el interés por este jénero de literatura, i a 
las traducciones de dramas franceses que se hacian aquí, 
sin esperar a que nos llegasen las de los traductores es- 
pañoles. Pero hasta ese momento no habia aparecido 
ningún injenio nacional que diera satisfacción al deseo 
jeneral de ver un drama que fuese producción indíjena. 




SANTIAGO L1NDSAY. 



Carlos Bello era el primero que se adelantaba a 
cumplir este deseo, i aunque habia nacido ingles, se le 
tenia por chileno i figuraba entre lo mas florido de la 
juventud de Santiago. Su belleza física, realzada por 
cierta terquedad británica que no le impedia ser el mas 
cumplido i galante caballero, por sus modales urbanos 
i su amabilidad, le atraia las simpatías de todos i le 
granjeaba la preferencia de las damas. Habia sido mui 
feliz la inspiración que este Adonis tuvo de volver a la 



187 

capital, después de una larga ausencia, en busca de una 
fortuna en los veneros de Copiapó, trayendo un drama 
orijinal, titulado Los Amores del Poeta, para afianzar la 
gloria de su nombre, que ya habian ilustrado su padre 
i su hermano mayor, i para acrecentar el prestijio que 
él mismo habia conquistado en la sociedad, como hombre 
de buen tono i como industrial atrevido i capaz de figu- 
rar en las ruidosas empresas que en aquel tiempo hacían 
resonar la fama de Chañarcillo. 




CARLOS BELLO. 



Toda la primera sociedad de Santiago se conmovió al 
anuncio de la representación de Los Amores del Poeta, 
la cual se verificó en la noche del 28 de agosto ante 
un piíblico inquieto, entusiasta i tan numeroso que no 
cabía en el espacioso galpón de tablas que nos servia de 
teatro. El triunfo del autor fué espléndido, i la descrip- 
ción que de él hicieron el 1." de setiembre el Semanario 
i el Mercurio le dio eco glorioso en todo el país. El 
artículo de este último diario, que se atribuyó a García 
del Rio, era notable i mui superior al de aquel perió- 



188 

dico. Está escrito con amor i con la delicadeza caracte- 
rística del célebre literato. Según él, la pieza era el pri- 
mer paso que el injenio nacional daba en el difícil arte 
dramático, era el prólogo de la naciente existencia de la 
literatura de este jénero, pero lamentaba que la escena 
¡Dasara en Francia i no en Chile, tributo que, sin pen- 
sarlo, pagaríamos todavia por largo tiempo a la litera- 
tura de aquella nación, consagrándole lo mas florido de 
nuestros pensamientos, cuando ella desdeñarla hasta 
nuestros aplausos; i cuando esta tierra también tiene 
flores que, si bien un tanto agrestes, podrían servir, bien 
elejidas, para tejer mui bellas i vistosas guirnaldas. Esto 
habia sido causa de que, en una composición tan sen- 
cilla, como la de aquel drama, la esposicion hubiera 
tenido que ser larga i pesada, como que tenia que echar 
un ancho cimiento, para ir después de carrera a un 
desenlace que no podia demorar. 

Acerca del mérito de la obra, el artículo decia que 
la trama era limitada, desnuda de toda acción, pero rica 
en detalles, en sentimientos elevados i en afectos pro- 
fundos; pues en eso de sentir, i de sentir con verdad i 
«levacion, el autor daba pruebas de dotes envidiables. 
«El lenguaje, anadia, tiene toda la naturalidad i el desa- 
liño artístico que conviene al drama, i toda la armonía 
de una prosa poética. A fuerza de bellezas de estilo, 
de imájenes, que como espejos ustorios reconcentran en 
un punto luminoso todos los rayos de una idea; a fuerza 
de seducirnos i de fascinarnos con pensamientos bellísi- 
mos e ideas que nos sorprenden i halagan, el joven 
Bello ha conseguido tenernos sentados en nuestros asien- 
tos, los ojos fijos, deprimido el aliento i la 'boca entre- 
abierta, sin echar de ver que sus personajes se movian 
poco, que las primeras escenas andaban con pereza, no 
obstante que la aparición del coronel daba ya al primer 



189 

iicto cierta tintura dramática, que hasta entonces na 
habia tenido la pieza. ¡Lo que pueden las agradables 
mentiras!» 

El ensayo no solo habia sido feliz, sino que fué 
también fecundo. A los cuarenta dias, el 9 de octubre,, 
se representaba en el mismo teatro, ante un concurso 
igualmente entusiasta i numeroso, el Ernesto, drama ori- 
jinal que habia compuesto en mui breve tiempo don 
Rafael Minvielle. Este literato español, que servia a la 
República desde seis años antes en las oficinas de rentas,, 
habia tomado parte activa en la prensa periódica, i coo- 
peraba en el movimiento literario con los puristas que 
aspiraban a mantenerlo dentro de las tradiciones de la 
literatura española, i sobre todo a defender la pureza 
de la lengua contra las escentricidades de los escritores 
arjentinos, que habían apoyado nuestra terminante repu- 
diación de aquella literatura añeja i contraria a las 
nuevas tendencias i a los nuevos destinos de nuestra 
sociedad. Pero Minvielle no era adversario de la eman- 
cipación literaria en el sentido de la moderna escuela 
francesa, i creia, como sus compatriotas Ribot i Larra,, 
que la literatura española podia i debia dejar de ser 
clásica. El mismo habia figurado entre los traductores 
nacionales de modernos dramas franceses, i habia dado 
a nuestra escena la traducción del Antony, i tres meses 
después de aquellos momentos daba la del Hernani. 

Minvielle, como C. Bello, leyó su drama a una vein- 
tena de literatos, que se reunieron en los salones de 
Joaquin Prieto Warnes, i después de esta especie de 
sanción, lo dio a la escena. El autor del Ernesto entraba, 
no sabemos si deliberadamente, en la nueva evolución 
de la moderna literatura dramática, abandonando el sen- 
timentalismo i planteando, como tema principal de su 
obra, una situación que podríamos considerar como po- 



190 



lítica, aquella en que se encontraban los militares es- 
pañoles, que habian abandonado las banderas de su rei 
por pelear en defensa de la independencia americana. 

«Esta pieza, decia el Semanario, escrita con un estilo 
castizo i elegante, vehemente i apasionado a veces, arrancó 
lágrimas de sensibilidad a muchas de las señoritas con- 
currentes, i fué aplaudida en repetidas ocasiones .... 
Al principio de este artículo dijimos que don Rafael 




RAFAEL MINVIELLE. 



Minvielle habia tomado una materia ardua i delicada, i 
en efecto, para un primer ensayo, una cuestión política 
sujeta- el vuelo de la imajinacion i siembra de dificul- 
tades el camino. Don Rafael Minvielle ha salvado algu- 
nas de esas dificultades, pero hai otras inherentes al mismo 
asunto que no ha podido vencer.» 

La crítica de aquel periódico, de acuerdo con la opi- 
nión de los espectadores, hallaba que en el Ernesto habia 
mucho raciocinio, que se discutía demasiado, que la acción 
se paralizaba i que los amores de Ernesto con Camila, 



191 

que debieran ser el asunto principal del drama, se con- 
vertían en un episodio, a causa de la importancia que 
se daba a la discusión sobre si el héroe habia sido o 
no traidor, al obedecer a sus convicciones liberales para 
abrazar la causa de la independencia. Pero lo cierto es 
que ni el Semanario ni el público habrían notado todo 
eso, si se hubieran interesado en la cuestión que servia 
de tema al drama: el defecto consistia en que esta no 
era una cuestión social que despertara un gran interés, 
sino una situación particular q^^e no alcanzaba a domi- 
nar la atención de modo que el interés intelectual, dire- 
mos así, sobrepujase al del sentimiento, ni estaba espuesta 
i sostenida en aquellas formas poéticas i fascinadoras 
que en Los Amores del Poeta habían hecho olvidar la 
pobreza del argumento. 

Ambos dramas, por otra parte, habian aparecido en 
una situación desfavorable para el triunfo del arte na- 
cional, pues que se representaban en los momentos en 
que el público estaba encantado con los primores del 
arte francés, tan admirablemente interpretados por los 
sobresalientes actores de nuestro teatro. Así es que, si 
bien satisfacían una aspiración, comprobaban sin em- 
bargo, que la empresa de componer obras orijinales de 
este jénero, capaces de satisfacer el gusto i de figurar 
al lado de las europeas, era de un dificultad suprema, 
que arredraba a los mas esforzados, i que por tanto 
paralizó el cultivo del arte. Ese era el momento en que 
se necesitaba un estímulo poderoso para no dejar que 
dominara el desaliento. No habia otro que el aplauso 
del público, que no era posible conquistar sin el con- 
curso de circunstancias que no todos podian reunir, como 
C. Bello i Minvielle. No habia una empresa dramática 
cpie, sujetándose a ciertas condiciones de acierto, pre- 
miara a los autores con parte de las ganancias que le 



192 

procurase la representación de una obra debidamente 
aprobada. No quedaba otro medio de aprovechar aquella 
tentativa en el cultivo de la composición dramática que 
la acción protectora de la autoridad, para estimular; 
pero ni el gobierno, ni la municipalidad comprendieron 
este deber, i no solo dejaron pasar aquella feliz opor- 
tunidad, sino que, a pesar de los nuevos esfuerzos que 
mas tarde hicieron muchos literatos, desatendieron el 
teatro dramático hasta verlo morir, para reemplazarlo 
después por el teatro lírico, que no suplió jamas las in- 
fluencias civilizadoras de aquel. 

XXI. 

Otro hecho que demuestra que en la misma época 
era ya un acontecimiento el movimiento literario que 
había comenzado antes del Semanario, i al cual éste 
servia de órgano, es el certamen que celebró la Socie- 
dad Literaria para solemnizar por su parte el aniversa- 
rio de la República en 1842. Promovimos este certamen 
para estimular a los noveles escritores, i como entre 
ellos se daba preferencia al estudio de la métrica, las 
composiciones en verso fueron mucho mas numerosas, 
que las que concurrieron al premio de las de prosa. 
Esto era natural, pues la juventud es poética, i su in- 
clinación mas fuerte es la de espresar en verso sus sen- 
timientos. Lejos de contrariar esta inclinación, nosotros 
la fomentábamos, con la esperanza de hallar entre los 
versificadores a los que tuvieran el privilejio de reunir 
las dotes que Horacio señala como características del vate, 
en estos versos, que entonces teníamos mui presentes 
porque aun estaban frescos nuestros recuerdos de la escuela : 

Ingenium cui sit, cui mens divinior; atque os 
Magna sonaturum de nominis hujus honorem. 



193 

De las muchas composiciones poéticas que se pre- 
sentaron, solamente fueron cuatro las que merecieron la 
consideración del jurado que la Sociedad elijió para 
discernir el premio. Las demás fueron condenadas al 
olvido. De las escritas en prosa, solo se aceptó una. 

El 17 de setiembre, en una sesión solemne de la So- 
ciedad, hicimos la lectura del informe del jurado, en 
medio de un silencio profundo que revelaba la ansiedad 
i el interés con que todo el auditorio aguardaba el fallo. 
Cuando este fué conocido, la Sociedad lo aplaudió como 
la espresion de la justicia, con una fraternidad encanta- 
dora entre vencedores i vencidos. Todos los autores 
eran niños: Santiago Lindsay, que obtuvo el premio de 
la poesía, apenas rayaba en los veinte años; Ramón F. 
O valle, autor de la segunda pieza, tenia diez i seis, i 
mas o menos tenian la misma edad Francisco Bilbao, 
autor de la tercera, Javier Renjifo, de la cuarta, i Juan 
Bello que mereció el premio de prosa. Las composiciones 
premiadas fueron publicadas en el Semanario, i también 
el informe del jurado, que redactó Carlos Bello, i que 
trascribimos en seguida para completar la idea que esta- 
mos dando de aquel memorable suceso. 



INFORME DE LA COMISIÓN ENCARGADA DE CALIFICAR 
EL MÉRITO DE LAS COMPOSICIONES. 

No pudiendo la Comisión disponer del tiempo preciso 
para hacer un análisis cabal de todas las composiciones 
sometidas a su juicio, limita el examen prescrito que de 
ellas hace, a las que descuellan por su mérito; de paso 
liará notar algunas de las bellezas i defectos de las que 
ocupan el segundo puesto, i dará en seguida una rápida 
ojeada sobre aquellas que cree deber colocar en menos 

IjAStaeeia, Kecuerdos. 13 



194 

elevación — Establece desde luego como base o norma 
de su fallo dos principios: el talento i el arte unidos 
obtienen el primer lugar; en competencia el talento con 
el arte, éste se pospone a aquel. 

Acerca de las diversas formas en cpie puede emitirse 
el pensamiento en verso, solo diremos que nuestro co- 
nato fué el descubrir esa elevación de conceptos, ese 
tino i delicadeza que constituyen el fondo inmutable de 
la poesía, ya derrame sus inspiraciones sobre estrofas 
aconsonantadas de estructura varia, ya las amolde a la 
difícil octava, ya las deje correr en la cadenciosa silva. 
Eso sí, consideramos como un defecto notable de gusto 
las repetidas alusiones a la mitolojía, harto manoseadas 
en los dias de Herrera i Lope, i que con sus cansadas 
invocaciones a las musas, preludio indispensable en otros 
tiempos, no pueden sufrirse hoi dia. Han sido reempla- 
zadas ventajosamente con la autopsia, por decirlo así,, 
que hace el poeta moderno del corazón humano, por la 
filosofía que dejando el ceño que suele nublar sus nobles 
faciones i vestida de imájenes da realce a las creaciones 
del poeta. 

Vistas las piezas en verso a la luz de esta teoría, i 
a falta de la concordancia feliz del talento con el arte, 
hemos escojido entre las composiciones aquella en que 
campean mas galas poéticas, i una imajinacion fecunda 
i brillante, jérmen de ideas nuevas i de atrevidos pensa- 
mientos. Reúne estas dotes en nuestro sentir la com- 
posición que tiene por epígrafe: 

«El sol brilla en el cielo, Chile en la América del Sud.yy 



El plan ideado por el autor nos parece feliz, i bas- 
tante bien desenvuelto. — Se nos presenta la flotilla 



195 

«que busca la tierra ignota que imajinó el gran Colon,» 
a punto de abandonar su empresa, i vengar el supuesto 
engaño en la persona de su jefe: 

«Mas en este instante fiero 
un hombre de mar avisa, 
de lo alto de un mastelero 
que ya tierra se divisa.» 

Sigue el mustio cuadro del Nuevo Continente abatido 
ante un opresor, que en nombre de la relijion de Cristo, 
mas empujado por la codicia, tala, roba i asesina con 
impunidad. Luego con una valentía, con un ardimiento 
tal cual el asunto requiere, pinta el alzamiento que enca- 
bezó Caupolican. Desde las orillas del Biobio lanza un 
reto sonoro, a que contesta con dignidad el castellano: 

¿Mas donde caminas, Ibero infelice? 
¿No ves esos montes de cresta nevada? 
¿No sabes que a Chile son ellos la entrada? 
¿I Arauco el invicto que es pueblo de Chile? 
¿No escuchas un ruido que suena a lo lejos 
I mucho al rujido semeja del león, 
Cuando ansia vehemente tener la ocasión 
De ver en sus garras la presa a que aspira? 

Pues ese ruido lejano 
Lo produce el Biobio, 
I quiere decir, tirano, 
Te provoco a desafío. 

A desafío eternal 
I te juro por mi vida 
Que te ha de ser mui fatal 
De mi maza la caida. 

13* 



196 

I el empuje de mi lanza 
I de mi honda la pedrada 
Han de servir de venganza 
A la América ultrajada. 

I no temo a tus caballos, 
Pues a mis laques caerán; 
I tus infernales rayos 
Mis flechas apagarán. 



Pero Castilla, no admitas 
De Arauco el terrible duelo ; 
No mas tus manos malditas 
Se rebelen contra el cielo; 
¡ Santo Dios, no lo permitas ! 



Yo el altivo castellano 

Tan valiente como el Cid, 

No he de admitir a un Indiano 

Que me provoca a la lid? 

Yo que a Numancia vi ardiendo, 

I a Sagunto — destruidas, 
Que las vi bravas muriendo, 
Mas nunca las vi vencidas. 
Yo que al Mahometano fiero 
He pisado la cerviz, 

Como a Francisco primero, 
Con su Francia i con su lis. 
Yo que te he visto brillar 
En todo el mundo, Castilla; 



197 

¿Hé, vive Dios, de tiznar 
Tu pendón con tal mancilla? 



¿Mas dónde están los pendones 
De la Hispana monarquía? 
¿Dónde fueron sus blasones?... 
Allí está una tumba fria , 
Ella encierra a sus campeones. 

Hemos leido este pasaje una i otra vez, deteniéndo- 
nos ora en la atrevida alocución del indio, ora en la 
orgullosa respuesta del español i haciendo también alto 
en las quintillas en que se vaticina el éxito de la lucha, 
que con un solo rasgo se nos hace saber como terminó 
en efecto. Desentendiéndonos de alguna imperfección 
rítmica, calificamos este trozo de hermoso, animado, i 
digno del asunto — hai en él naturalidad i valentía. 
¿Qué espresiones mas adecuadas que las que fluyen de 
boca del veterano de Castilla? ¿Qué recuerdos mas 
oportunos para un soldado de Felipe II que las hazañas 
de los Reyes Católicos i la gloriosa jornada de Pavía? 
— Después de la lucha, se nos lleva a una época en que 

«Todo es desolación, todo esterminio.» 

I pinta por viltimo con alguna novedad nuestra eman- 
cipación con sus vaivenes de peligro i de gloria. — Al 
dejar esta composición de la mano, recomendamos al 
autor mas esmero en la versificación. Hallará marcados 
al márjen algunos versos faltos de medida; i hai ejem- 
plos de otros sumamente duros: tachamos tanto en esta 
composición como en varias otras el empleo de palabras 
que sobre no ser de la lengua, ninguna idea nueva es- 



198 

presan, i que teniendo equivalentes, deben desecharse por 
inútiles. Quisiéramos inculcar nuestros reparos en el 
ánimo del autor; porque columbramos en su obra una 
verdadera vocación a la poesía. 

Señalamos el segundo lugar a la silva que principia : 

«Época triste de silencio i llanto.» 

Hai sencillez en el plan, facilidad i corrección en el 
verso; pero se encuentran pasajes estensos en que esca- 
sea la vida i el esmalte de la poesía — La estrofa que 
sigue es una de las que mas nos agrada. 

Patria sagrada, nuestras voces oye; 
Recuerda ahora tus primeros hijos, 
Recuerda su valor i sus batallas, 
Los firmes impertérritos guerreros 
Que supieron sufrir antes la muerte 
Que por momentos soportar el verte 
Atada a las cadenas con que te hallas. 

Rómpelas, pues, que ya estarán mohosas; 
Báñate en sangre de ese tigre fiero; 
Venga la nuestra que corrió primero, 
Cual torrentes por cauces espaciosas, 
Mil veces grita independencia o muerte; 
Que el grito se oiga por el orbe entero 
I que a la oreja zumbe 
Del cruel tirano Ibero... 

Al lado de pasajes oscuros, hemos hallado algunos 
pensamientos profundos i aun filosóficos en la composi- 
ción que tiene en su primera hoja estos versos. 



199 

El oscuro misterio reposaba, 
Entre mundos que altivo el mar separa. 
Dios en un rayo de su luz lo aclara, 
I absortos estos mundos se miraron. 
I era Colon el portador del rayo 
De la luz divinal, que tanto encierra, 
Que de la luz de Dios acá en la tierra, 
Es el destello, el pensamiento humano. 

Este otro pasaje nos parece también mui digno de 
recuerdo, hablando a la España. 

Quieres sujetar al tiempo, 
mas el tiempo atrás no vuelve, 
él avanza, i él disuelve 
lo que se opone a su fin. 

Que el tiempo es el instrumento 
con que Dios corona su obra, 
es un soplo que recobra 
nación que se estacionó. — 

Vanos pues son tus esfuerzos; 
el tiempo no se detiene, 
i tarde o temprano viene 
al malo su hora de mal. 

Quieres sujetar al tiempo, 
pues ves que si corre prende 
de la cruz el rayo, i hiende 
las cadenas a cortar. 

Porque si el hombre comprende 
al hombre en la cruz muriendo, 



200 

ya le mirarás abriendo 
una tumba a tu poder. 

Hai aquí pensamientos profundos, vertidos en un tono 
que les conviene, i sobre todo atrevimiento. Es de sen- 
tir que se haya elejido un metro que deja poco satisfecho 
el oido. Cuando se ejercite el autor algún tanto mas en 
la poesía i se acostumbre a vencer sus dificultades, ten- 
dremos obras buenas de su pluma: entretanto nos des- 
pedimos de él recomendándole mas cuidado en el de- 
senvolvimiento de sus conceptos, mas claridad. 

Hemos echado de menos en el Canto al 18 de Se- 
tiembre la inspiración que hallamos en las anteriores- 
composiciones: las trabas de un metro defícil han de- 
tenido quizá el vuelo de la imajinacion, aunque a la 
verdad la fluidez del verso da a sospechar que pocos 
tropiezos de esta naturaleza se han presentado al autor 
en el curso de su obra. 

Tres siglos el chileno esclavizado 
Sufría servidumbre de un tirano, 
I a los pies con cadena estaba atado, 
Del león de Iberia, del coloso hispano; 
De ese déspota vil que se ha bañado 
En la sangre de inerme americano, 
Que siempre amó, apesar de la violencia, 
Su jamas olvidada independencia 

La segunda quintilla de las que copiamos es de 
mucho mérito — es una inspiración felicísima. 

El chileno en este dia 
La libertad proclamó, 
i en él la atroz tiranía 



201 

para siempre abandonó 
la adorada patria mia. 



I tú, Sol, astro luciente, 
testigo de tanta hazaña 
tú saliste en el oriente 
opaco para la España, 
para Chile refuljente. 



Tu hermoso dia de setiembre ha sido 
Cual la mirada de aquel Dios grandioso 
Que oscura nada en todo ha convertido, 
I lo aterrante puede hacer hermoso. 

Con estos cuatro versos bastante buenos damos fin a 
nuestras copiosas citas. Si la comisión ha tenido C|ue 
notar defectos en cada una de las cuatro obras de que 
hace mérito, ha visto también en todas ellas bellezas que 
aquellos están mui lejos de deslustrar. Es por otra parte 
bien difícil, por no decir imposible, acertar desde luego 
en un j enero de composición, que al paso que da cabida 
a los ímpetus violentos de la juventud, desecha cuanto 
puede entibiar al lector una vez exaltado. — Piden las 
de este j enero un estilo sostenido i no es menester re- 
cordar cuan arduo es en obras de alguna estension el 
llenar este requisito. 

De los discursos en prosa hemos escojido como digno 
del premio aquel que tiene por epígrafe un trozo cuyo 
primer verso es, 

«Una hora Dios ha fijado» 



202 

Hai fluidez en el estilo, tiene su lugar la fantasía i 
las imájenes que presenta son felices i bastante bien ela- 
boradas. No pararemos la consideración en algún epíteto 
mal sonante i creemos ver en esta pieza i por la primera 
vez durante nuestro examen la harmonía que produco 
el talento i el arte. 

Sobrepujándole en brillo de imajinacion, pero ado- 
leciendo a cada paso de graves faltas hai una compo- 
sición que colocamos en segundo lugar: comienza «Sa- 
lud, salud, patria mia» — ¡ Cuánto talento i cuánta ima- 
jinacion malograda por falta de los rudimentos -del arte! 
Hai metáforas mal seguidas, pero que aun así destellan; 
hai ideas que bien espresadas bastarian a formar un dis- 
curso enérjico, precioso. 

Cree la comisión que lo dicho acerca de las piezas 
en prosa es lo suficiente para su debida apreciación, i 
recuerda a los que se han deslizado por este camino 
mas fácil i mas hollado, que si cojen un laurel, a la 
par del poeta, es sin los desvelos que cuestan las obras 
largas — con menos trabajo i de consiguiente con menos 
gloria. 

Concluyó nuestra tarea i cambiamos con gusto el 
tono áspero del juez i del censor por otro mas grato, 
mas franco. Hemos visto con agrado los trabajos litera- 
rios de los jóvenes de esta Sociedad. Cierto es que no 
luce en ellos aquella perfección, hija de un asiduo cul- 
tivo de las letras i que presta sus hermosas i delicadas 
proporciones a las primicias del talento; pero en cam- 
bio hai rasgos de jenio, ideas nuevas i profundas, pasa- 
jes valientes, matizados por el iris de la fantasía. ¿Pu- 
diera aguardarse mas de los jóvenes contendores, en su 
primer ensayo? 

Aprovechamos esta oportunidad de emitir una voz 
de estímulo, que en boca de nosotros, acaso no sea de- 



203 

sóida. El espíritu ha recibido un sacudimiento en estos 
últimos años — la educación empieza a brindar con sus 
frutos, i ajita a la juventud el noble deseo de saber i 
de lucir por el saber. Cada jeneracion tiene su tarea, 
su obligación que llenar: a otros cupo en suerte la de 
desvastar una colonia i labrar una patria; hubo que en- 
caminarla luego, i hoi que sigue con paso firme, que ha 
hecho ya sentir el vigor de su brazo, incumbe a la nueva 
jeneracion, a los jóvenes, hacer centellar los ojos de esta 
patria con la benéfica luz de la intelijencia. 
Santiago, setiembre 14 de 1842. 

J. V. Lastarria — A. García Reyes — C. Bello. 



XXII. 

Al terminar el Semanario en febrero de 1843, reinaba 
la concordia entre todos los círculos literarios i políti- 
cos, i aun habia desaparecido la contienda de nacionali- 
dad con los arjentinos. — Estos, casi desesperanzados de 
que tuviera un próximo fin la cruel tiranía que los ale- 
jaba de su patria, fraternizaban con el pueblo que les 
daba un cómodo asilo, se consagraban al trabajo, i toma- 
ban parte activa en todos los negocios públicos i de 
progreso social que interesaban a la nueva patria que 
habian adoptado. 

Parece inesplicable este cambio tan repentino, cuando 
la mayor parte del año precedente se habia empleado 
en un verdadera lucha que ajitaba a la primera sociedad 
de Santiago i Valparaiso, revelándose en las ardientes 
discusiones de la prensa i en todas las manifestaciones 
del estado de los ánimos que tenian lugar, ora en la 
tertulia i el trato familiar, ora en los espectáculos i en 
las reuniones públicas. I es tanto mas notable aquel 



204 

fenómeno, cnanto que esa concordia que se establece como 
de repente continúa, a lo menos hasta 1850, con mui 
lijeras intermitencias, caracterizando el desarrollo inte- 
lectual que se opera en toda aquella época, i que tras- 
forma a nuestra sociedad. Todos los historiadores con- 
temporáneos han tomado en cuenta esta trasformacion, 
i la consideran como, la iniciación de nuestra sociedad 
en la vida moderna. 

El fenómeno se esplica, a nuestro juicio, fácilmente. 
El movimiento literario iniciado en 1842, las discusio- 
nes razonadas i las destempladas polémicas que tuvieron 
oríjen i fomento en aquella iniciativa, i la cooperación 
que prestaron a aquel movimiento la Revista de Valpa- 
raíso i El Museo de Ambas Américas, por una parte, i 
por otra el Semanario, el Mercurio i la Gaceta del Co- 
mercio, siguiendo estos últimos diarios la dirección in- 
dependiente i elevada que imprimió nuestro periódico a 
la manifestación del pensamiento por la prensa, trajeron 
por resultado inmediato la completa emancipación del 
esjDÍritu, i conquistaron i afianzaron las mas amplia liber- 
tad de juicio i de la palabra en todo i para todo. Esta 
evolución social se habia verificado lejos de toda pre- 
sión de parte del Estado i de la Iglesia, las dos únicas 
potencias que habrian podido matar aquel movimiento, 
o dirijirlo en el sentido de sus intereses, si hubieran 
aspirado a ello. No lo hicieron, i de su prescindencia 
resultó que se operase aquella evolución con entera in- 
dependencia. El progreso intelectual i moral pudo de 
esta manera tomar vuelo para marchar paralelamente con 
todos los demás progresos materiales que se producían 
desde mucho tiempo antes en el orden activo. Los 
derechos que constituyen la libertad individual estaban 
conquistados de hecho, i la sociedad complacida en su 
posesión, no advertía que tan valiosa conquista no estaba 



205 

afianzada en las leyes, ni tenia otra garantía que la buena 
voluntad de los gobernantes. 

El efecto natural de semejante evolución fué la eman- 
cipación social de las preocupaciones i tradiciones reli- 
jiosas, políticas i literarias. El espíritu público emanci- 
pado comenzó a hacerse libre pensador en relijion, liberal 
en política, i romántico, es decir, independiente en lite- 
ratura. La crítica reemplazó a la antigua sumisión a los 
preceptos, i como ella no era aun bastante ilustrada 
acojía i aplaudía las novedades de todo jénero, en lo 
social como en lo doméstico, en política como en creen- 
cias relijiosas. 

Hemos dicho antes que este nuevo acontecimiento 
social habia sido promovido fuera de la rejiones del 
poder, i si bien podemos asegurar que en 1843 era alen- 
tado por la confianza que inspiraba la política de la ad- 
ministración Búlnes, debemos también haber notar que 
a principios de aquel año el poder eclesiástico comienza 
a apercibirse a la resistencia, fundando en abril la Re- 
vista Católica, periódico semanal relijioso, filosófico, histó- 
rico i literario, dependiente de la curia i dirijido por los 
futuros obispos Valdivieso i Salas, quienes por otro lado 
organizaban también el Instituto Nocturno, de donde han 
surjido en Chile el ultramontanismo i el jesuitismo. El 
clero comprendía que la emancipación social apenas 
estaba en su alborada, i que aun era tiempo de eclip- 
sarla, o por lo menos de dirijirla, fortificando el senti- 
miento que servía de sustento de las tradiciones que 
comenzaban a vacilar. 

También debemos hacer notar que en las rejiones del 
partido conservador comenzaba a tomar consistencia una 
división que habia existido en estado latente desde la 
elección presidencial de 1841, con motivo de la adhesión 
de los antiguos liberales (los pipiólos) a aquel partido. 



206 

Esta división tenia sns representantes en el seno mismo 
del gabinete: unos creían que la política conservadora 
debia modificarse en el sentido de la reforma, para 
adelantarse a las exijencias de la opinión, para conser- 
var las inmunidades del poder, evitando conflictos i 
trastornos, a ejemplo del partido tory de Inglaterra que 
tan amenudo transijia con aquellas exijencias: otros as- 
piraban a que no se relajase por concesiones el predo- 
minio absoluto del poder, ni se alterasen las tradiciones 
políticas que habian mantenido la dictadura del partido 
pelucon i su omnipotencia. Estos tendian naturalmente 
a formar el centro del partido recalcitrante, que habia 
dejado de imperar, desde que su antigua dictadura se 
habia relajado, i que sin embargo aspiraba a reconsti- 
tuirse i a recobrar su predominio; así como los primeros 
tendian a formar un nuevo partido liberal que debia 
ser enfermizo e inconsistente, desde que en él habian de 
figurar en primera línea los conservadores que adoptaban 
la reforma como un resorte de conservación de las tra- 
diciones del poder, al lado de los antiguos liberales i 
de la juventud, que querian la reforma franca de las ins- 
tituciones políticas para asegurar la república demo- 
crática. 

La historia política muestra el desarrollo gradual del 
todos estos antecedentes, desde aquellos momentos a los 
cuales nos estamos refiriendo, hasta 1851, i en seguida 
presenta todas sus consecuencias políticas i sociales. 

Hemos necesitado presentar, así en perspectiva, aquella 
faz de nuestra historia política, para esplicar mejor en 
estos Recuerdos nuestra acción en el desarrollo intelectual 
durante toda aquella época. Comprendiendo la situación 
del momento, todos nuestros conatos se dirijieron desde 
1843 adelante a cooperar en la organización del nuevo 
partido liberal, de modo que desapareciera el fermento 



207 

de división, o a lo menos de modo que en ese partido 
no prevalecieran las ideas ni los intereses de esa fracción 
de conservadores que principiaban a figurar como liberales 
moderados. 

Para conseguir aquel gran fin, o siquiera este segundo 
término, era necesario definir, propagar i hacer amar la 
verdadera doctrina democrática, que todavia no era cono- 
cida entonces por la jeneralidad, i fijar los intereses po- 
líticos del nuevo partido en la necesidad de la reforma 
política bien definida, en el sentido democrático, para 
que sirviera de base a las reformas civiles. 

Nuestra entrada en la política estendia nuestra esfera 
de acción para proseguir i servir tan arduo propósito. 
En aquel año habiamos conseguido triunfar en las elec- 
ciones de diputados, como candidato popular en Elqui 
i el Parral; i en julio admitíamos la oficialía mayor del 
ministerio del interior, con la seguridad de que nuestro 
inolvidable amigo don Ramón Luis Irarrázabal, jefe de 
aquel departamento, aspiraba con toda la sinceridad de 
su noble carácter i con deliberada convicción a modifi- 
car la política de su antiguo partido en el sentido de la 
reforma liberal. Era necesario aprovechar la oportuni- 
dad para ayudar en su empresa al jefe de la nueva po- 
lítica i afianzarle en sus elevadas miras. Ellas fueron 
seguidas con rigorosa lójica en la administración interior, 
como lo comprueban los hechos; i si no prevalecieron 
hasta hacer triunfar la política liberal en el gobierno, 
fué porque predominaban todavía las tradiciones de la 
política absolutista en la clase gobernante i en la socie- 
dad misma. Esta es la verdad que se refleja en el trozo 
de la Memoria del interior presentada al congreso de 
1844, que trascribe en parte el autor de la Historia de 
la Administración Errázuriz, haciendo depender el triunfo 
de la política vieja, no de la situación que describe aquel 



208 

pasaje de la Memoria, sino de la inferioridad del jefe dé 
la nueva política. «Irarrázabal tenia el inconveniente, 
dice aquel historiador, i el defecto de que adolecieron 
i aun fueron víctimas algunos de los mejores gobernan- 
tes de su época, — la falta de preparación para la vida 
pública i para las tareas de gobierno i de lejislacion, — 
i en esto consistió en gran parte su inferioridad respecto 
de Montt; pero su espíritu independiente i elástico era 
capaz de simpatizar con la causa i los intereses de los 
pueblos i con las tendencias liberales. En su Memoria 
de 1844, esposicion mucho mas a fondo i detenida que 
la mayor parte de los documentos de la misma especie, 
encontramos frases que, al llegar a nosotros al través 
del tiempo, suenan como gritos de angustia arrancados 
al gobernante por la doble i terrible conciencia de la 
inmensidad de su poder i de la nulidad del país» (pajina 
206, H. de la A. Errázuriz). 

Nosotros que habíamos escrito aquella esposicion tan 
superior a la mayor parte de los documentos de la época, 
sirviendo a nuestro gran propósito i con la seguridad 
de que el ministro del interior comprendía lo que le 
hacíamos firmar, tuvimos cuidado de describir la situa- 
ción social i política que, «a pesar de haberse consoli- 
dado el saludable imperio de las leyes i de haberse 
hecho habitual el goce de las garantias individuales, 
mediante la política nueva,» todavía hacia inútil el an- 
helo que el gobierno tenia por complementar nuestra 
rejeneracion política, i oponia inconvenientes de todo 
j enero a cualquiera reforma, i poderosas resistencias a 
la constitución de nuestra forma democrática. I de que 
esa era la verdad, no puede dudar nadie que estudie la 
historia de la época, i vea como hoi mismo subsiste en 
gran parte aquella situación, i permanece aun sin con- 
solidarse nuestra forma de gobierno democrático. Eso 



209 

basta para esplicar el resultado de aquel ensayo de po- 
lítica liberal, sin necesidad de suponer que el que lo 
hacia no estaba preparado para la vida pública, cuando 
precisamente el jéneroso espíritu de Irarrázabal no habia 
tenido otra vida que la pública, puesto que desde su 
primera juventud habia practicado las tareas de gobierno 
i de lejislacion. 

Pero no tratamos de hacer ahora nuestras memorias 
políticas, sino de indicar en jeneral que, paralelamente 
con nuestra acción en la enseñanza pública, ejercitába- 
mos la que teníamos en política, para procurar que el 
nuevo partido liberal proclamara i mantuviera los prin- 
cipios de una verdadera doctrina democrática i fijara su 
interés de partido en la necesidad de la reforma polí- 
tica. Basta por ahora recordar que siempre que, en la 
época a que nos referimos, de alguna manera tuvimos 
parte en la redacción de documentos del ejecutivo, de- 
jamos consignados hechos i principios como los que lla- 
man la atención del historiador en la Memoria de 1844, 
i como los de la Memoria del interior presentada en 
1848, en la cual se proclama como base del sistema 
adoptado por el gobierno la idea de que — « la tranqui- 
lidad interna seria de bien poco precio sin la posesión 
de los derechos que la constitución nos otorga;» — i 
como los que sirven de fundamento al proyecto de lei 
sobre organización municipal, presentado al congreso 
de 1847 por el ministro Vial, quien nos encargó su com- 
posición. 

Así también, como escritores políticos, redactando el 
Progreso a fines de 1843, i dirijiendo i redactando, con 
M. González i J. Chacón, el Siglo, desde octubre de 
1844 hasta mediados de 1845, i después escribiendo en 
otros varios papeles, siempre proclamamos i difundimos 
la doctrina democrática i sostuvimos la necesidad de re- 

Lastarria, Recuerdos. 14 



210 

hacer nuestra organización política, hasta que cu un 
documento que tiene cierta notoriedad formulamos de- 
finitivamente las Bases de la Reforma, que suscribió 
también Federico Errázuriz, como proponente que fué 
del proyecto declaratorio de la necesidad de la reforma 
constitucional. 

En nuestro puesto de diputado fué donde mas enér- 
gicamente servimos a ese gran propósito de fundar el 
nuevo partido liberal, de modo que en él no prevalecie- 
ran las ideas i los intereses de los conservadores, pues 
alcanzamos, con este fin, a organizar en la cámara de 
1849 una mayoría en la cual prevalecían los principios 
i los intereses del nuevo partido, arrastrando a la refor- 
ma aun a los conservadores i moderados que antes do- 
minaban en la organización del nuevo partido liberal. 
Pero como tales esfuerzos i tales conquistas no podian 
tener un fundamento sólido sin el desarrollo intelectual, 
en sentido democrático, que veníamos provocando i sir- 
viendo desde 1836, no habíamos descuidado a la escuela 
primaria, que es la base de todo progreso intelectual, i 
apenas aparecimos en la cámara de 1843 presentamos 
el primer proyecto de lei que se ha formulado sobre 
arreglo de la Instrucción primaria, el cual fué remitido, 
con nuestro acuerdo, a la Universidad de donde, después 
de dos años de elaboración, volvió a la cámara i fué 
discutido i aprobado en las sesiones de 1849. 

Las vicisitudes políticas vinieron después a confirmar 
la verdad de que era imposible organizar un verdadero 
partido liberal, sin difundir i afirmar la doctrina demo- 
crática; pues en pueblos como los hispano - americanos, 
que de ninguna manera estaban preparados para el go- 
bierno de sí mismos, era necesario cambiar las ideas 
para tener nuevos hábitos políticos; i desde que la doc- 
trina democrática desapareciera de la enseñanza i sus 



211 

principios no tuvieran la sanción de la lei i de los actos 
administrativos, ni el respeto de los gobernantes, natu- 
ralmente habia de resurjir la antigua sociabilidad i de- 
bían repetirse situaciones como la que la Memoria de 
1843 describía, al tiempo de iniciarse la formación del 
nuevo partido liberal. 

Así sucedió que, triunfando desde 1851 la reacción 
conservadora, que puso término al desarrollo intelectual 
en el sentido democrático, tal como antes se hacia por 
nuestros esfuerzos, el partido liberal que aun no se ha- 
bia consolidado fué olvidando poco a poco sus doctri- 
nas, i perdiendo la fiel concepción de la reforma, que 
en otro tiempo constituía su fé i su gran interés de par- 
tido. La aspiración liberal quedó flotante, a merced de 
los intereses, de las afecciones personales, de las con- 
veniencias i de las transacciones que las circunstancias 
del momento dado hacian prevalecer; i el partido que 
en ocasiones ha tomado la representación de aquella as- 
piración ha marchado sin cohesión, sin principios fijos, 
sin un interés político que le dé unidad; i buscando su 
fuerza i su apoyo en compromisos personales o en agru- 
paciones i coaliciones ficticias: efecto fatal de la ausen- 
cia de una doctrina política, pues que no hai partido 
posible, no hai ese sentimiento colectivo que da vida 
a los partidos, cuando falta un sistema de intereses fun- 
dados en ideas claras i en principios definidos que atrai- 
gan i asocien, como asocia la verdad. 

Tal es el peligro que aspirábamos nosotros a conjurar, 
cuando con una devoción ardiente, de todo momento i 
capaz de resistir a toda contrariedad, nos consagrábamos 
a realizar esa revolución literaria que consistía en dar a 
la juventud una educación liberal i democrática, i nos 
esforzábamos por hacer prevalecer la idea liberal i los 
principios democráticos en todos los actos i documentos 

14* 



212 

públicos en que de alguna manera podíamos influir. 
Separados de nuestra tarea, vencido i dispersado el in- 
cipiente partido liberal, se paralizó el movimiento de su 
organización; i cuantas veces hemos vuelto a la acción 
política, procurando ligar tradiciones de doctrina i de 
interés de este partido, no lo hemos hallado en su puesto, 
por mas que lo hemos buscado. Pero jamas nos ha sido 
mas dolorosa esta ausencia que en la última época en 
que, como miembro de un gabinete, hemos procurado 
establecer la política democrática en la autonomía de 
la representación nacional, fijando la verdadera doctrina 
liberal en la Memoria, en los discursos, en todos los 
documentos i proyectos de lei del ministerio del inte- 
rior de 1877, principalmente en los de reforma del ré- 
jimen interior i municipal i de la lei de elecciones, li- 
gando lójicamente los actos i los hechos administrativos 
al pensamiento i la doctrina. La prensa liberal i los 
afiliados en el partido de este nombre enmudecieron en 
presencia de tales novedades. La doctrina liberal llevada 
a las rejiones del poder i proclamada i practicada desde 
allí no mereció su examen, ni siquiera su atención, sin 
embargo, de que los órganos de publicidad que repre- 
sentan la idea liberal son tan solícitos de ordinario para 
prodigar aplauso aun a las mas insignificantes resolu- 
ciones de sus amigos en el poder. Talvez pasados los 
tiempos aparecerá algún historiador que tropiece con 
aquellos documentos, i los contemple admirado de su 
rareza, como ha sucedido con la Memoria del ministro 
del interior de 1843, cuya esposicion parece un poco rara 
para su época. ¿Serian también raros, i estraños a la 
época presente los principios a que intentamos ajustar 
nuestra administración de 1877? 

Pero reanudemos nuestros recuerdos literarios. 



213 



XXIII. 



Como en la enseñanza era donde podíamos servir 
mas eficazmente a nuestro plan, introdujimos en el curso 
de lejislacion que hicimos en el Instituto Nacional, du- 
rante el año de 1843, una modificación sustancial. El 
testo antiguo daba mayor latitud a la teoría del derecho 
civil i del penal, reduciendo la del derecho público a 
iniciaciones jenéricas sobre algunas cuestiones, sin for- 
mular una verdadera doctrina política; i aunque noso- 
tros esplanábamos esta parte en nuestras esplicaciones, 
ello no bastaba para dar una idea completa de la cien- 
cia constitucional. Desde aquel año el curso de lejisla- 
cion versó principalmente sobre esta ciencia, i dejando 
a la enseñanza del derecho natural la esposicion de los 
fundamentos del derecho civil, comenzamos entonces a 
arreglar para nuestro curso dos testos separados, el uno 
de derecho constitucional i el otro de la teoría del de- 
recho penal. 

Las razones de esta modificación, la cual era con- 
gruente con un nuevo plan de los cursos de derecho que 
propusimos a don Mariano Egaña, decano de la facultad 
de leyes, están espuestas en el prefacio titulado — Objeto 
i plan de esta obra, que pusimos a nuestros Elementos 
de derecho público constitucional, cuya primera parte apa- 
reció ya impresa en 1846. Al año siguiente publicamos 
también la Teoría del derecho penal, que es un estracto 
de las obras de Bentham. 

La Gaceta de los Tribunales de 14 de agosto de 1846 
i el Mercurio de Valparaíso de 19 del mismo mes dieron 
noticia de la publicación de los Elementos de derecho 
público constitucional, llamando este diario la atención 
a la circunstancia de que nuestro testo no habia perdido 
de vista un momento que la enseñanza no debe mez- 



214 

ciarse en las cuestiones del dia. «La juventud, decia T 
no debe participar de los errores inherentes a nuestra 
época de transición, i ningún servicio mayor puede ren- 
dírsela que salvarla de nuestras preocupaciones, para cons- 
tituir la hermosa era que aguarda a los paises ameri- 
canos. Laudable propósito el del señor Lastarria, cum- 
plido en el curso de su obra: ojalá todos los hombres 
de nuestros países que de alguna manera se hallan en 
contacto con la juventud se penetraran bien de los des- 
tinos que está llamada a realizar. — La obra del señor 
Lastarria se limita a desenvolver el principio del de- 
recho en todo lo relativo a la organización social de 
una manera clara, precisa, metódica, como lo requiere 
toda obra destinada a servir de testo en la enseñanza» . . . 
Mas no pensó lo mismo el presbítero Iñiguez, a 
quien la facultad de leyes de la Universidad pidió in- 
forme sobre el mérito de aquel testo de enseñanza. Lo 
halló oscuro, inesplicable, protestante i al mismo tiempo 
ateo i herético, i digno de una grave censura. Como 
esta pieza no ha sido nunca publicada, sin embargo de 
que debia figurar entre los documentos oficiales de nues- 
tra historia literaria, la insertamos en seguida: 



SEÑOR DECANO DE LA FACULTAD DE LEYES. 

«En cumplimiento de la orden de U. S. he leido la 
primera parte de los Elementos de Derecho Público Cons- 
titucional, su autor J. V. Lastarria que se me ha pa- 
sado para que exponga mi dictamen sobre su utilidad 
para la enseñanza de la juventud: i desde luego me es 
sensible observar que el autor ha adoptado una teoría 
que por solo el nombre de su inventor debia haber mi- 
rado como indigna de sus talentos i de su fé. Es verdad 



215 

que añade algunos lijeros correctivos, pero insuficientes, 
i siempre subsiste el fondo de la doctrina con todos los 
vicios del filosofismo i protestantismo de sus autores. 
No me es posible tocar todos los puntos que creo dignos 
de censura, solo indicaré lo que a mi juicio mas resalta. 

«Lo primero que llama la atención es la inintelijible 
definición del derecho, que parece inventada para obscu- 
recer i confundir las nociones mas claras que forman la 
razón humana. Está concebida en estos términos: «la 
justa espresion del conjunto de las condiciones esternas 
e internas, dependientes de la libertad i necesarias al 
desarrollo i realización del fin asignado al hombre por 
su naturaleza, es lo que se llama derecho.» En esta 
definición no se vé ni el principio del derecho, ni su 
autor, ni la razón formal de obligar, ni se puede por 
ella discernir lo justo de lo injusto. Esta definición 
parece ser la del derecho que reconocen los ateos, i su 
admisión seria el triunfo del ateismo. » 

«El fin del derecho, según el autor a es el hombre, 
porque el derecho tiene su razón en la necesidad del 
desarrollo del ser intelijente, i se refiere al cumplimiento 
de su fin racional.» Si se pregunta al autor este de- 
sarrollo i este desenvolvimiento qué fin tienen, no podrá 
esplicarlo sin descubrir el vacío de la teoría. Habla en 
el discurso de la obra muchas veces del fin racional del 
hombre, del destino que debe cumplir, del gran fin que 
el cuerpo social tiende a realizar en su desarrollo; pero 
en ninguna parte se esplica en qué consiste este fin, ni 
se determina i fija la regla i norma que debe dirijir al 
hombre para obtener el fin: solo se encuentra en cuanto 
dice sobre esto abstracción, obscuridad i confusión. (*)» 



(*) Sin embargo, este punto está con toda claridad esplicado 
en el párrafo II, capítulo 1.°, i en el I del capítulo 2.° 



216 

«Pero lo mas estraño es la sanción que asigna al 
derecho i a la lei natural. No es otra sino la misma que 
proponen i admiten los ateos. «La que llaman natural, 
que consiste en las penas i placeres que afectan física o 
sicológicamente al hombre, la social o simpática que se 
refiere al individuo que padece o goza por consecuencia 
de las relaciones domésticas o personales. I por último 
la popular, de la vindicta humana i la opinión pública, 
que consiste en los bienes i males que pueden resultarnos 
de la decisión de la sociedad sobre nuestra conducta.» 
Si el derecho natural no tiene otra sanción que la que 
aquí se propone, no debia ya hablarse de derecho. La 
sociedad i la relijion están concluidas: el hombre puede 
burlar impunemente todas las leyes del supremo lejisla- 
dor. No sé como ha habido valor para estampar seme- 
jante idea. 

«Si éstas son las bases preliminares de la teoría, creo 
inútil pasar adelante i observar las deducciones de estos 
principios: pero no debo omitir el decir algo del capítulo 
tínico, sección 3. a , § 1.° en que trata de las relaciones de 
la iglesia i del estado: todas las ideas que contiene son 
¡irotestantes i algo mas. Dice que la relijion está some- 
tida a la acción del derecho, esto es, al poder político en 
todo lo esterno, i reduce la relijion a la conciencia como 
a su templo primitivo i fundamental; de consiguiente no 
se conoce la necesidad i obligación del culto público en 
el individuo i en la nación. (*) En seguida habla de la 
iglesia como de una asociación puramente humana: se 
desentiende de su institución sobrenatural i divina, la 
subordina al Estado en su culto, «le concede interven- 



(*) Lo contrario es lo que aparece esplicado en el párrafo 
I, capítulo único de la sección tercera. 



217 

eion para señalar a la iglesia sus deberes i facultades 
respecto de las demás esferas de la vida social;» de con- 
siguiente opina que las naciones no están sujetas al que 
tiene todo poder en el cielo i la tierra : que para ellas no 
se han dictado las leyes del evanjelio i que al hombre le 
es lícito arreglar i reformar la obra de Dios. Por fin, el 
autor llega hasta afirmar que al Estado incumbe el de- 
recho de velar sobre que el culto no salga del recinto de 
los templos destinados a su ejercicio. Es cuanto puede 
decirse en medio del catolicismo. Un escrito en que se 
hallan consignadas semejantes ideas está muí lejos de 
merecer la aprobación de ningún católico: i así en lugar 
de creerlo útil a la juventud, lo juzgo pernicioso i digno 
de la mas grave censura. Este es mi dictamen. — San- 
tiago i enero 9 de 1847. — José S. Iñiguez.t> 

Las circunstancias políticas del momento en que el 
libro se sometía al examen de la Facultad de leyes, a 
mediados de 1846, eran favorables a las ideas i tenden- 
cias retrógradas i sectarias que se consignaron en el 
informe. Hacia un año que triunfaba otra vez la reac- 
ción conservadora. 

A principios de 1845, la idea liberal i el propósito de 
organizar un nuevo partido que la sirviera, según los 
principios e intereses que se habian abierto camino en 
los primeros cuatro años de la administración Búlnes, 
dejaban de tener su representante en el gabinete. Este 
se organizaba con los elementos i los hombres que man- 
tenían las tradiciones políticas de la dictadura conser- 
vadora; i que desde el principio afirmaron en el go- 
bierno su aspiración, cediendo a todas las exijencias del 
clero ultramontano, reforzando el poder de esta potencia, 
i desatendiendo las aclamaciones liberales de la opinión, 
las cuales por cierto eran bien moderadas, puesto que 
en política no pasaban de una reforma democrática en 



218 

el orden administrativo, por medio de la enmienda de 
la lei del réjimen interior. 

A la vez que se fortificaba la reacción, reaparecían en 
la escena política los restos del antiguo partido pipiólo, 
poniendo en alarma a todos los círculos conservadores, 
aun a los mas inclinados por su moderación al propósito 
de organizar un nuevo partido liberal. Nuestros esfuer- 
zos para conseguir esta organización habian fracasado, 
pues aun en la Sociedad Central de elecciones, que se 
formó, adoptando nuestro programa del Siglo, el viejo 
partido liberal habia predominado, i había constituido 
en órgano de sus anticuados intereses al Diario de San- 
tiago. Los modernos liberales no teníamos que hacer en 
aquella contienda de antiguos antagonistas, en la cual 
la verdadera idea democrática no aparecía, i cuyo fin no 
podia ser otro que el completo triunfo de la dictadura 
conservadora. Suprimimos el Siglo, i estando ya separa- 
dos de los puestos públicos en que habíamos trabajado 
por la organización del nuevo partido, nos reservamos 
para mejor ocasión, en consorcio con todos los jóvenes 
liberales de la nueva escuela. Ninguno de estos ayudó al 
gobierno conservador en la rehabilitación de los resortes 
gastados que comenzó a poner en juego, difundiendo la 
alarma, sembrando miedos i llamando a nombre del orden 
en su ausilio a todos los conservadores que se habian 
dispersado o modificado en los primeros tiempos de la 
administración Búlnes. A mediados de 1846 esos resor- 
tes gastados, las conspiraciones finjidas, las prisiones, los 
estados de sitio, habian hecho maravillosamente su 
juego; i el gobierno veia a su lado a una numerosa i 
brillante juventud, que apasionada del orden, volvía dó- 
cilmente al yugo del gobierno fuerte i al imperio de las 
ideas conservadoras. 

No era pues estraño que nuestros Elementos de de- 



219 

recho público constitucional hubieran sido condenados en 
aquellos momentos por un doctor de la iglesia i del 
partido conservador, que acababa de rehabilitar aunque 
pasajeramente sus intereses político-relijiosos. Con todo, 
esta rehabilitación no habia sido bastante eficaz para 
detener el desarrollo intelectual que, como dijimos antes, 
se habia fortificado en la concordia de todos los círculos 
literarios i políticos la cual se había operado en 1843. 
Esta concordia en favor del progreso intelectual existia 
aun, i los escritores arjentinos que lo habian ayudado 
en 1842, continuaban sirviéndolo, apesar de que habian 
tomado parte en la política, adhiriendo a los conserva- 
dores; como otros muchos escritores nacionales, que, ha- 
biendo hecho otro tanto, no habian renegado de sus an- 
tecedentes literarios. 

Así se esplica que apesar del informe universitario, 
nuestro testo de Derecho Público hubiese sido adoptado 
por el rector del Instituto Nacional, i que esta adopción 
fuese apoyada oficialmente mas tarde por la Gaceta de 
Tribunales, que dando cuenta en su editorial de 24 de 
junio de 1848 de la Memoria que aquel funcionario ha- 
bia leido en una fiesta solemne, habla de este modo. — 
«La obra del señor Lastarria, dice, mandada adoptar por 
el rector del Instituto Nacional, es en nuestro concepto 
una prueba de independencia i de aprecio al verdadero 
mérito: de independencia, por cuanto el testo del señor 
Lastarria habia sido rechazado en la facultad de leyes 
por un miembro demasiado timorato i poco ilustrado; i 
de aprecio, por que el bosquejo que presenta el señor 
Lastarria en su curso de lejislacion, es como dice mui 
bien el Rector del Instituto Nacional, una compilación 
de doctrina que está basada sobre una teoría vasta i 
luminosa, donde domina la pura razón, i donde están 
concillados admirablemente todos los intereses sociales.» 



220 

Al fin, el testo fué también adoptado por la Univer- 
sidad, pero con ciertas lijeras modificaciones indicadas 
por otros comisionados de la facultad de leyes, los seño- 
res don A. Bello i don G. Ocampo, las cuales fueron 
fueron señaladas en la segunda edición de la obra por 
medio de esta — 

ADVERTENCIA. 

«Las diferencias que tiene esta edición de la primera 
están en las pajinas 5, 25, 30, 33, 63, 64, 79, 88, 89, 
185, 186 i 187, en las cuales se contienen las modifica- 
ciones con que ha sido adoptada la obra para el estudio. 

«Habiendo tardado la Universidad dos años i medio 
para emitir su informe sobre esta obra, el autor se ha 
retraido de publicar la Segunda Parte, tanto para evi- 
tarse iguales dificultades, cuanto porque no siendo nece- 
sarias sus observaciones a la Constitución del Estado, 
para que los alumnos hagan el estudio del derecho 
constitucional positivo, basta que se ponga en sus manos 
el testo de aquel código, sin perder de vista los prin- 
cipios esplicados en esta Primera Parte. 

«Los comentarios a la constitución, que hubieran 
formado la Segunda, se publicarán por separado en me- 
jores circunstancias. Santiago, diciembre de 1848.» 

En realidad las condiciones orgánicas de la Univer- 
sidad i el espíritu que entonces dominaba en ella no 
eran circunstancias favorables a la actitud que nosotros 
habíamos asumido en el fomento de la instrucción libe- 
ral, por mas que fuera de aquella corporación halláramos 
apoyo. Así continuábamos enseñando nuestros comen- 
tarios sobre la constitución política, aunque no los dimos 
a luz sino mucho tiempo después, i nuestra teoría del 
derecho penal, que aunque estaba impresa, no la some- 



•221 

timos a la Universidad. No teníamos aliciente para ha- 
cerlo, pues esta sabia institución, habia llegado hasta el 
estremo de significarnos mas de una vez que no se ha- 
bian hecho para el autor de aquellos testos los premios 
que la lei concede a los profesores que escriben libros 
de enseñanza. Entonces, i hoi mismo, un profesor que 
presentara los que nosotros hemos escrito, tendria por 
premio la duplicación de sus años de servicio. Pero para 
nosotros estaba reservada una destitución, como conde- 
nación de las ideas liberales que propagábamos. 

En la enseñanza literaria introdujimos también en 
1843 modificaciones sustanciales. El señor Bello ense- 
ñaba entonces a unos pocos jóvenes el derecho romano, 
según sus propias lecciones, i la literatura por el Arte 
de hablar en prosa i verso de Gómez Hermosilla, que 
siempre continuaba siendo el testo de su predilección, 
por mas que diga lo contrario el señor Amunátegui; i 
habiéndonos instado para que hiciéramos un curso de 
literatura a los muchos jóvenes que le solicitaban los 
admitiera en su clase, sin que le fuera posible atender 
a estas solicitudes, cedimos a sus instancias, organizando 
una clase privada en el Instituto Nacional. A falta de 
testos, i deseando no seguir el de Hermosilla, sin perjui- 
cio de que por ser el mas común en aquella época, pu- 
dieran consultarlo los alumnos, principiamos a hacer un 
curso oral, introduciendo por primera vez la enseñanza 
de la historia de la literatura española, por lecciones 
compendiosas, que escribimos a propósito i de las 
cuales no conservamos hoi sino fragmentos, i ajustándo- 
nos en lo demás a las Lecciones sobre la retórica i las 
bellas letras de Hugo Blair, traducidas del ingles por 
Munarriz, de cuyo estimable tratado se habia enseñado 
un mal compendio por muchos años en aquel mismo 
establecimiento. 



222 

Mas aunque no alcanzamos a realizar nuestro plan, 
por haber tenido que aceptar, cuatro meses después de 
iniciado, la oficialía mayor del ministerio del interior, 
confiamos su complemento a V. E. López, quien parti- 
cipando de nuestras ideas, presentó a fines de año los 
brillantes exámenes que vinieron a dar un espléndido 
testimonio de las ventajas de la innovación. Entonces 
fué cuando López escribió su Curso de Bellas Letras, 
que publicó i enseñó mas tarde, i que aun cuando no 
era un testo irreprochable, llevaba grandes ventajas a 
los españoles que aquí se conocian. 

En la introducción de ese libro, López, esplicando su 
plan, hacia un examen de los testos conocidos, i tribu- 
tando elojios justos al de Blair, fulminaba una fundada 
condenación contra los de Hermosilla i Jil de Zarate, 
con escándalo de los numerosos hermosillistas , que aun 
dominaban, i de los reverentes adeptos de la literatura 
española, que no podian consentir todavía en que esta 
literatura no era la nuestra. 

XXIV. 

Mas no se crea que el progreso de la enseñanza se 
limitase a los cursos de nuestra dirección, pues el movi- 
miento literario, que tomara en 1843 un franco desarro- 
llo, se operaba principalmente en la instrucción pública 
administrada en el Instituto Nacional i los varios cole- 
jios particulares que se establecían para aprovechar la 
estraordinaria concurrencia de alumnos que diariamente 
afluia a las casas de educación, en prueba de que la so- 
ciedad entera tomaba parte en aquel movimiento salu- 
dable. 

En ese año, el Instituto organizó de nuevo la ins- 
trucción elemental o preparatoria de las profesiones 



223 

científicas, según el decreto de 25 de febrero, que pres- 
cribía que en los seis años del curso se estudiaran, por 
el orden que establecía, los ramos siguientes: 1.° lenguas 
latina, castellana, inglesa i francesa; 2.° dibujo; 3.° arit- 
mética, áljebra, jeometria i trigonometría; 4.° relijion; 
5.° cosmografía, jeografía e historia; 6.° elementos de 
historia natural, física i química; 7.° retórica, i 8.° filo- 
sofía; estableciendo ademas una academia de ejercicios 
literarios, para los alumnos de sesto año, que debian 
cursar literatura latina con ejercicios por escrito, filo- 
sofía mental i moral, e historia de América i en especial 
de Chile. 

Este nuevo plan, que de antemano habia sido medi- 
tado i discutido entre los profesores del Instituto, estaba 
destinado no solo a preparar de un modo conveniente 
a los que se consagraran a estudios superiores, sino prin- 
cipalmente a dar a los que no siguieran profesiones 
científicas una instrucción mas estensa i práctica que la 
que antes recibían dedicando seis años, por el plan de 
1832, al estudio del latin, del español, del francés i de 
la jeografía. Pero este resultado, que se buscaba con el 
ánimo de propagar una instrucción que habilitase al ciu- 
dadano para utilizar sus conocimientos en la vida prác- 
tica, iba a depender enteramente de los métodos i de 
la aplicación que se diera al nuevo plan, limitando los 
estudios teóricos a lo esencialmente necesario, restrin- 
giendo el aprendizaje de memoria, i dando todo el desa- 
rrollo posible a los ejercicios i aplicaciones prácticas de 
los conocimientos científicos. Así se realizó al principio 
el plan; pero por desgracia mas tarde se introdujo la 
costumbre de dar un desarrollo latísimo a los estudios 
de memoria, principalmente en historia, i de convertir 
los científicos en el aprendizaje de vastas teorías sin 
aplicación; de modo que en el dia ha fracasado aquella 



224 

importante innovación de 1843, i la instrucción que se 
adquiere en el curso preparatorio casi no prepara para 
nada, ni al que se dedica a una profesión científica, ni 
al ciudadano que limita su instrucción a las humani- 
dades, creyendo que con ella se habilita para vivir en 
la sociedad moderna. 

El movimiento de la prensa corresponde a la aspira- 
ción culminante en aquel año tan notable en nuestros 
fastos literarios; pues de veinte i cuatro obras de cierta 
estension que salen a luz, doce son didácticas i entera- 
mente consagradas, o a la enseñanza, o a la difusión de 
los conocimientos. 

Pero el acontecimiento mas importante que da testi- 
monio de aquella aspiración es la instalación de la Uni- 
verdad de Chile, que habia sido creada por lei de 19 
de noviembre 1842, i que se inauguró solemnemente el 
17 de setiembre de 1843, en el jeneral de la antigua 
Universidad de San Felipe, que servia entonces de sala 
de sesiones a la cámara de diputados, apesar de conser- 
var sus viejas decoraciones, entre las cuales figuraban 
los retratos de Santo Tomas de Aquino i el de su con- 
tradictor el sutil Escoto, el de Aristóteles i el del maestro 
de las sentencias Pedro Lombardo, ademas de otros, i 
de Heráclito, que llorando, i Demócrito que riendo, se 
asomaban a uno i otro lado de la entrada principal como 
para indicar que allí habia porque reir i también algo 
que hacia llorar. 

La instalación se hizo por el presidente de la Repú- 
blica, acompañado de sus ministros, de comisiones de 
ambas cámaras lejislativas, de los tribunales i demás 
corporaciones civiles i militares, i en presencia de los 
ochenta i seis miembros que el gobierno habia nombrado 
para las cinco facultades, i de los veinte i dos doctores 
que quedaban de la Universidad de San Felipe, varios 




AílDBES BELLO. 



225 

de los cuales se presentaron con borlas i capelos, a la 
antigua. Después de un breve discurso del ministro de 
instrucción pública i del que leyó el nuevo rector don 
Andrés Bello, toda la concurrencia se trasladó a la 
catedral, donde se cantó el Te deum con gran pompa, i 
en seguida a la sala de gobierno, donde se terminó la 
ceremonia. Esta fué una verdadera fiesta cívica, que 
contribuyó a la conmemoración del trijésimo tercio ani- 
versario de nuestra independencia. 

El discurso del señor Bello se aguardaba con sumo 
interés, pues sin embargo de que todos olvidaban el 
antagonismo i las polémicas del año anterior, animados 
del deseo de servir al desarrollo intelectual, los literatos 
de la antigua escuela esperaban que la palabra del sabio 
maestro condenarla las ideas subversivas que habian ini- 
ciado el movimiento, en tanto que los de la nueva es- 
cuela nos lisonjeábamos con la seguridad de que esa 
palabra nos seria favorable. I esta seguridad no era in- 
fundada, pues el nuevo rector, nuestro antiguo maestro, 
habia tomado ya un puesto en nuestras filas, haciéndose 
colaborador del Crepúsculo, que habíamos principiado a 
publicar tres meses antes. 

Pero el maestro nos dio la mano a todos, sin satis- 
facer a ninguno de los dos bandos, construyendo su obra 
sobre las dos corrientes encontradas. El dijo con acierto 
que todas las verdades se tocan, i así como no podría 
mantenerse una construcción sobre los dos rios que a 
trechos corren juntos en sentido inverso en las cumbres 
en que se anida Petrópolis, aquella ciudad de jardines 
que hace el encanto de la aristocracia de Rio de Janeiro, 
tampoco pudo mantenerse la gran portada de la Uni- 
versidad, levantada sobre bases análogas. 

El rector exordía su discurso dando testimonio del 
reconocimiento de la Universidad por su fundación. «En 

Lastaeeia, Bectierdos. 15 



226 

cuanto a mí, clecia, sé demasiado que esas distinciones 
i esa confianza las debo mucho menos a mis aptitudes 
i fuerzas, que a mi antiguo celo (esta es la sola cuali- 
dad que puedo atribuirme sin presunción), a mi antigno 
celo por la difusión de los sanos principios, i a la dedi- 
cación laboriosa con que he seguido algunos ramos de 
estudio, no interrumpidos en ninguna época de mi vida, 
ni dejados de la mano en medio de graves tareas» ; — 
i como para acentuar la unidad de sus sanos principios, 
al rechazar los apagados ecos i las declamaciones añejas 
que miran como peligroso el cultivo de las ciencias i de 
las letras, agregaba — «la moral (que yo no separo de 
la relijion) es la vida misma de la sociedad: la libertad 
es el estímulo que da un vigor sano i una actividad 
fecunda a las instituciones sociales.» 

Después, fundando i demostrando la proposición de 
su discurso, que comprendía tres temas — la influencia 
moral i política de las ciencias i de las letras — el mi- 
nisterio de los cuerpos literarios — i los trabajos espe- 
ciales que debian realizar las facultades universitarias en 
el estado presente de la nación chilena, — distribuía sus 
adhesiones a las dos corrientes de la opinión literaria 
de la época. 

La vieja escuela hallaba su defensa en muchas de las 
opiniones del discurso. El sabio maestro adheria a la 
trascendental concepción filosófica de la unidad de la 
verdad, que la escuela unitaria proclama en consonancia 
de la unidad de la naturaleza, que tantos filósofos, desde 
Demócrito, han enseñado: «todas las verdades se tocan», 
decia; pero abandonando pronto el orden científico, des- 
pués de haber insinuado que a las letras se debian el 
progreso de la civilización, el ansia de mejoras sociales 
i la sed de libertad, pasaba a colocar al lado de las ver- 
dades que pueden comprobarse científicamente las creen- 



227 

cias que no tienen otro apoyo que la fé; i esclamaba. — 
«Todas las verdades se tocan, i yo estiendo esta aser- 
ción al dogma relijioso, a la verdad teolójica .... Creo que 
existe i que no puede menos de existir, una alianza es- 
trecha entre la revelación positiva i esa otra revelación 
universal que habla a todos los hombres en el libro de 
la naturaleza. Si entendimientos estraviados han abusado 
de sus conocimientos para impugnar el dogma, ¿qué 
prueba esto sino la condición de las cosas humanas?» . . . 
Esta unión de la evidencia científica con la creencia 
dogmática talvez era una reminiscencia de la theodicea 
de Leibnitz, en la cual el filósofo alemán, pasando de la 
metafísica a la teolojía, procuraba conciliar el reino de 
la natureleza con el de la gracia. Como quiera que sea, 
después de manifestar el nuevo rector su adhesión a ese 
consorcio, tantas veces intentado i nunca realizado, para 
proclamar una moral confesional, una ciencia confesional, 
i también una literatura confesional, cuyos goces hacen 
que las letras sean, «después de la humilde i contenta 
resignación relijiosa, el mejor preparativo para la hora 
de la desgracia,» — no era estraño que reclamase tam- 
bién una enseñanza confesional. Después de establecer 
que — «el fomento, sobre todo de la instrucción relijiosa 
i moral del pueblo, es un deber que cada miembro de 
la Universidad se impone por el hecho de ser admitido 
en su seno,» — sentaba que el primero de los objetos 
de la corporación, i el de mayor trascendencia, era el 
fomento de las ciencias esclesiásticas, i anadia estas afir- 
maciones: — «Si importa el cultivo de las ciencias ecle- 
siásticas para el desempeño del ministerio sacerdotal, 
también importa jeneralizar entre la juventud estudiosa, 
entre toda la juventud que participa de la educación 
literaria i científica, conocimientos adecuados del dogma 
i de los anales de la fé cristiana. No creo necesario 

15* 



228 

probar que esto debiera ser una parte integrante de la 
educación jeneral indispensable para toda profesión, i aun 
para todo hombre que quiera ocupar en la sociedad un 
lugar superior al ínfimo.» 

I como para ligar estas tradiciones esencialmente con- 
servadoras a la doctrina política de la antigua dictadura, 
que hacia consistir el progreso social en el desarrollo 
material i en el predominio de la oligarquía de la ri- 
queza, que nosotros habíamos combatido, el eminente 
literato acentuaba como de paso la idea de que la sub- 
sistencia i bienestar de las clases trabajadoras derivaba 
de la riqueza de la clase afortunada, en lugar de re- 
conocer que el oríjen i apoyo de ese bienestar están en 
el trabajo i el ahorro. Dilucidando con acierto la tesis 
de que la instrucción primaria debe sus progresos al cul- 
tivo de los estudios superiores, decia: — «La instrucción 
literaria i científica es la fuente de donde la instrucción 
elemental se nutre i se vivifica ; a la manera que en una 
sociedad bien organizada la riqueza de la clase mas fa- 
vorecida de la fortuna es el manantial de donde se deriva 
la subsistencia de las clases trabajadoras, i 'el bienestar 
del pueblo.» 

Al sancionar así con la autoridad de su majisterio el 
sabio rector los principios sobre que basaba la antigua 
escuela el cultivo de las ciencias i las letras, no quiso 
olvidar el estudio del derecho romano, que era la gran 
innovación que él había introducido en la instrucción 
pública (*). «La Universidad, me atrevo a decirlo, es- 



(*) Sin embargo de esta concienzuda i enérjica adhesión que 
en ocasión tan solemne hacia el señor Bello a un sistema de 
instrucción pública diametralmente contrario a la emancipación 
del espíritu humano, el señor don M. L. Ainunátegui, que conoce 
i ha manejado tantas veces aquel discurso, afirmaba en el último 



229 

clamaba con acento convencido, no acojerá la preocu- 
pación que condena como inútil i pernicioso el estudio 



elojio que ha escrito del señor Bello, que éste es en Chile el que 
mas ha servido contra aquel sistema. — «Xa emancipación inte- 
lectual, dice en sus artículos de la República del mes de abril 
de 1878, como la emancipación política, era una obra demasiado 
vasta i complicada para que pudiera ser realizada por un solo 
individuo. — Sin embargo, la participación de Bello en esta ta- 
rea fué una de las mas considerables, podría decirse la principal.» 
El señor Amunátegui, en su empeño de presentar a su héroe como 
un maestro liberal i progresista, aun en su enseñanza del tiempo 
de la dictadura (1834 — 1837), cuando profesaba i practicaba el 
sistema que proclamaba en 1843, época en que ya era mas transi- 
jente i aun mas liberal, no tepida en torturar la historia, ni en 
dar a los hechos i a las opiniones del maestro las esplicaciones 
mas arbitrarias i acomodaticias. Bien se revela que tras de aquel 
empeño hai un propósito manifiesto, pues con el pretesto de 
hacer otro elojio mas del señor Bello i de defenderle de ataques 
imaginarios, publicó, apenas comenzaron a aparecer estos Recuer- 
dos, su largo trabajo sobre la Influencia de don A. Bello en los 
oríjenes del movimiento intelectual moderno de Chile, con el ob- 
jeto de contradecir al autor de los Recuerdos cuyo nombre habia 
suprimido cuidadosamente en todos sus escritos sobre historia 
literaria, negándole la acción que ha tenido en la emancipación 
intelectual, en la reforma liberal de la instrucción pública. Par- 
tidario el señor Amunátegui del sistema atrasado, se defiende a 
sí mismo al justificar al señor Bello, i quiere hacerle representar 
el papel principal en la tarea de esta reforma de emancipación 
intelectual, porque al autor de este escrito tan siquiera le con- 
sentiría hacer lo que hacia el sabio maestro, cuando invocaba su 
antiguo celo, (esta es la sola cualidad que puedo atribuirme sin 
presunción) su antiguo celo por la difusión de las luces i de los 
sanos principios. Tal es la razón porque, en esta difícil empresa, 
el señor Amunátegui ha tenido que terjiversarlo todo, negando 
la influencia de don A. Bello en la mala dirección de nuestros 
estudios en 1834, callando los principios que éste proclamaba en 
la instalación de la Universidad en 1843, en tanto que pretende 



230 

de las leyes romanas; creo por el contrario que le dará 
un nuevo estímulo i lo asentará sobre bases mas am- 
plias.» Pero ya no defendia este estudio, como en 1834, 
diciendo que «el derecho privado de los romanos, en opo- 
sición a su derecho público, es el bueno, es el nuestro, 
i apenas hai en él una que otra cosa que necesite sim- 
plificarse o mejorarse, desde que las reformas introdu- 



hacerle aparecer corno servidor de la emancipación intelectual; 
recordando algunas de sus ideas progresivas en 'otras materias, 
como en crítica literaria i hasta en sus críticas dramáticas; i tras- 
portando a una época anterior los modos de pensar que el 
maestro tenia después de 1843, en la época en que ya entraba 
en el movimiento progresivo, modificando sus antiguas ideas, i 
aun haciéndose liberal. No tratamos de esplicarnos el móvil del 
señor Amunátegui, pero está a la vista su propósito, i no trepi- 
damos en presentarlo tal como aparece en el plan que ha puesto 
en obra para realizarlo, porque nos creemos con el derecho de 
rechazar un ataque sistemático dirijido contra una honra que 
nos pertenece, sin amenguar la ajena. ¿Por qué no rinde sus 
homenajes el señor Amunátegui al gran mérito que tiene el señor 
Bello como fundador de nuestros estudios literarios, jurídicos i 
de derecho público, mérito que nosotros le hemos reconocido con 
gratitud i elojio en nuestros Recuerdos del Maestro; i pretende 
atribuirle ademas otros que no tiene, el de actor principal de 
nuestra emancipaciou intelectual, el de iniciador de la reforma 
liberal de nuestra enseñanza i del movimiento literario moderno? 
¿Por qué? Ya lo hemos dicho, i estamos dispuestos a no repe- 
tirlo, dejando en adelante en libertad de decir lo que quiera a 
ese distinguido escritor, como a los que le han ayudado en la 
tarea de contar a su sabor la historia de nuestro progreso litera- 
rio. Nosotros lo hacemos sin alterar los hechos, sin terjiversar 
los documentos: si de ellos aparece distintamente la parte que a 
cada cual ha cabido en aquel movimiento, no hemos tenido el 
ánimo de censurar ni de acusar a ninguno. Reconocemos i res- 
petamos el mérito de todos, i repetimos con Víctor Hugo : — «La 
verdad i la libertad tienen eso de excelente, que todo lo que por 
ellas se hace, i lo que se hace en contra, les sirve igualmente.» 



231 

cidas por los emperadores lo hicieron tan superior al 
código de hierro de la república romana, i han sido 
adoptadas por la mayor parte de las naciones cultas de 
Europa.» En el Discurso lo defendia, porque según el 
testimonio de Lerminier, a quien supone un demócrata 
nivelador, i el de Leibnitz, aquel estudio es el mejor 
aprendizaje de la lójica jurídica i forense; i como para 
responder a la objeción de que también es el aprendizaje 
de una doctrina contraria a todo progreso democrático 
i al principio de la inviolabilidad del individuo, de la 
familia i de la sociedad, agregaba que teníamos que 
purgar la lejislacion del pueblo rei, de que somos here- 
deros, — «de las manchas que contrajo bajo el influjo 
maléfico del despotismo; tenemos que despejar las inco- 
herencias que deslustran una obra a que han contribuido 
tantos siglos, tantos intereses alternativamente dominantes, 
tantas inspiraciones contradictorias. Tenemos que acomo- 
darla, que restituirla a las instituciones republicanas.» 

Después de tan contradictorias defensas del estudio 
del derecho romano, el rector, demostrando siempre los 
temas de la proposición de su discursó, i pensando sin 
duda que habia dicho ya lo suficiente en apoyo de las 
doctrinas conservadoras, satisfacía, aunque con reserva, 
las aspiraciones de la nueva escuela. Al enumerar los 
trabajos especiales de la facultad de humanidades, de — 
«aquel departamento literario que por la contemplación 
de la belleza ideal i de sus reflejos en las obras del jénio 
purifica el gusto i concilia con los raptos audaces de 
la fantasía los derechos imprescriptibles de la razón,» 
— no hacia una sola alusión a la literatura española ni a 
los admirables modelos. Ya esto era mucho, puesto que 
desistia de considerar como nuestra aquella literatura. 
Luego, como contestando a los cargos que en la polémica 
literaria del año anterior se le habian hecho por la mala 



232 

dirección de nuestros estudios, se vindicaba de las notas 
de purista i de preceptista que los de su escuela habían 
merecido en aquellas ardientes discusiones. — «Yo no 
abogaré jamás, decia el maestro, por el purismo exaje- 
rado que condena todo lo nuevo en materia de idioma; 
creo por el contrario que multitud de ideas nuevas 
que pasan diariamente del comercio literario a la cir- 
culación jeneral, exijen voces nuevas que las represen- 
ten .... Pero se puede ensanchar el lenguaje, se puede 
enriquecerlo, se puede acomodarlo a todas las exijen- 
cias de la sociedad, i aun a las de la moda, que ejerce 
un imperio incontestable sobre la literatura, sin adulte- 
rarlo, sin viciar sus construcciones, sin hacer violencia a 
su jénio.» ... i después anadia — «El arte! Al oir esta 
palabra, aunque tomada de los labios mismos de Goethe, 
habrá algunos que me coloquen entre los partidarios de 
las reglas convencionales, que usurparon mucho tiempo 
ese nombre. Protesto solemnemente contra semejante 
acepción; i no creo que mis antecedentes la justifiquen. 
Yo no encuentro el arte en los preceptos estériles de la 
escuela . . . Pero creo que hai un arte fundado en las re- 
laciones impalpables, etéreas de la belleza ideal; creo 
que hai un arte que guia a la imajinacion en sus mas 
fogosos trasportes; creo que sin ese arte la fantasía, en 
vez de encarnar en sus obras el tipo de lo bello, aborta 
esfinjes, aserciones enigmáticas i monstruosas. Esta es 
mi fé literaria. Libertad en todo; pero no veo libertad, 
sino embriaguez licenciosa en las orjías de la imajinacion.» 
Protestando así contra la mala dirección que se habia 
atribuido a su enseñanza, el maestro adheria a la nueva 
escuela i se alistaba resueltamente en la romántica, como 
literato. Libertad en todo era su divisa. ¿Pero cómo iba 
la antigua escuela a conciliar la libertad del espíritu con 
la base que antes adoptaba el rector para el cultivo de 



233 

las ciencias i de las letras? Temiendo este conflicto, él 
esplicaba que quería «la libertad, como contrapuesta, por 
una parte a la docilidad servil que lo recibe todo sin 
examen, i por otra a la desarreglada licencia que se 
revela contra la autoridad de la razón;» — autoridad, 
que según el juicio que acababa de emitir, solo podría 
hallarse en la unión que habia establecido entre la evi- 
dencia científica i la creencia dogmática, considerando 
como un estravío del entendimiento i un abuso de los 
conocimientos toda impugnación al dogma. 

I para ligar los antecedentes literarios, que tan fran- 
camente vindicaba para sí, con la actitud que a la sazón 
había asumido como colaborador de la nueva escuela en 
el Crepúsculo, aludía cariñosamente a los jóvenes poetas 
que entonces figuraban, haciéndoles una exortacion entu- 
siasta, i escusando las incorrecciones de su poesía. 
«Pero la corrección, decia, es la obra del estudio i de 
los años; ¿quién pudo esperarla de los que en un mo- 
mento de exaltación poética i patriótica a un tiempo se 
lanzaron a esa nueva arena, resueltos a probar que en 
las almas chilenas arde también aquel fuego divino, de 
que por una preocupación injusta se las habia creído pri- 
vadas?» ... El rector olvidaba los verdaderos antecedentes 
del movimiento literario, que aplaudía; i olvidaba mas 
que todo que el reproche a nuestra esterilidad poética 
habia sido lanzado en la polémica que sobrevino des- 
pués de iniciado aquel movimiento, i que el autor de 
tal reproche habia aseverado varias veces que no creia 
que las almas chilenas carecieran de aquel fuego divino, 
i que no atribuía la esterilidad a falta de capacidad, sino 
a la mala dirección de nuestros estudios, la cual nos 
habia hecho esclavos del purismo i de las reglas con- 
vencionales, notas que tan enérjicamente rechazaba el 
maestro, a titulo de director de aquellos estudios. 



234 

Estos olvidos inesplicables han hecho lei en nuestra 
historia, pues todos los que han escrito después sobre 
aquel movimiento literario han olvidado lo que olvidó 
el rector, i lo han atribuido, como él, al empeño de des- 
mentir una supuesta preocupación, que no existió. Por 
el contrario, el reproche a nuestra esterilidad produjo, 
no el empeño de probar capacidad, sino la emancipación 
de las reglas i del purismo, que el maestro abjuraba, i 
esa osadía que se mostraba en las incorrecciones que él 
disculpaba. 

XXV. 

El discurso inaugural de la Universidad de Chile, de 
que hemos dado cuenta con tanta prolijidad, a causa de 
su importancia en nuestra historia literaria, nos abismó 
a todos los partidarios de la nueva escuela, a pesar de 
las insinuaciones lisonjeras con que su autor parecia 
aprobar nuestros ensayos i tomar parte en nuestro mo- 
vimiento de emancipación intelectual. El ilustre rector 
proclamaba, a nombre de la Universidad, doctrinas que 
venian a contrariar enérjicamente el efecto natural de 
esta evolución, el cual, según dijimos antes, consistia 
en que la sociedad se emancipara de las preocupaciones 
que, como dogmas, dominaban en la vieja civilización 
colonial. El representante de la sabiduría entre nosotros 
ponia al frente de las nuevas esperanzas las tablas de la 
antigua lei. Su majisterio en aquellos momentos era una 
potencia que tomaba bajo su protección todas las tradi- 
ciones añejas que encadenaban el espíritu humano, cuya 
independencia queríamos nosotros conquistar. ¿Cómo 
combatirlo en el apojeo de su gloria i de sus triunfos? 
¿Cómo afirmar las pequeñas conquistas que se hablan 
hecho? Era necesario resignarse i esperar, trabajando 



235 

siempre para preparar un porvenir que entonces creía- 
mos próximo, i que sin embargo hoi mismo está lejano. 

Callamos en la prensa, pero discutimos con el maestro, 
aprovechando el honor que teníamos de ser su discípulo, 
i al mismo tiempo compañeros de labor en un minis- 
terio de Estado, pues él servia la oficialía mayor de 
relaciones esteriores i nosotros la del interior. Las opi- 
niones de su discurso fueron por largo tiempo el tema 
obligado de las tranquilas conversaciones que teníamos 
diariamente después del despacho de oficina. Sobre todo 
una de esas opiniones, de la cual todavía no hemos 
hecho mérito, nos dio ocasión a discusiones que tuvieron 
una trascendencia notoria en el movimiento literario, i 
por eso vamos a hacer su historia, aunque someramente. 
Se trataba de los escritos históricos. 

A propósito de lo que habíamos hablado en nuestro 
discurso a la Sociedad Literaria acerca de la buena 
fortuna que los americanos teníamos de aprovechar las 
ventajas de la civilización europea, siendo cautos en la 
imitación, se había escrito sobre que debíamos aceptar 
los resultados sintéticos de aquella civilización; pero sin 
comprender de ningún modo bajo esta denominación los 
sistemas filosóficos, ni las conclusiones morales i políticas 
sujetas todavía a examen i a discusión. Sin embargo el 
señor Bello rechazó aquella idea en su discurso a la 
Universidad, manifestando que no habia comprendido su 
sentido, pues creia que se trataba de presentar como un 
resultado sintético la filosofía de la historia, para supri- 
mir el estudio de la historia misma, reemplazándolo por 
aquel, i como poniéndolos en oposición. — «Pero no sé 
si me engaño, decia en el Discurso. La opinión de aque- 
llos que creen que debemos recibir los resultados sinté- 
ticos de la ilustración europea, dispensándonos del examen 
de sus títulos, dispensándonos del proceder analítico, 



236 

único medio de adquirir verdaderos conocimientos, no 
encontrará muchos sufrajios en la Universidad. Respe- 
tando como respeto las opiniones ajenas, i reservándome 
solo el derecho de discutirlas, confieso que tan poco 
propio me pareceria para alimentar el entendimiento, 
para educarlo i acostumbrarle a pensar por sí, el atener- 
nos a las conclusiones morales i políticas de Herder, por 
ejemplo, sin el estudio de la historia antigua i moderna, 
como el adoptar los teoremas de Euclides, sin el previo 
trabajo intelectual de la demostración. Yo miro, señores, 
a Herder como uno de los escritores que han servido 
mas útilmente a la humanidad: él ha dado toda su 
dignidad a la historia, desenvolviendo en ella los desig- 
nios de la providencia, i los destinos a que es llamada 
la especie humana sobre la tierra. Pero el mismo Herder 
no se propuso suplantar el conocimiento de los hechos, 
sino ilustrarlos, esplicarlos; ni se puede apreciar su 
doctrina sino por medio de previos estudios históricos. 
Sostituir a ellos deducciones i fórmulas, seria presentar 
a la juventud un esqueleto en vez de un traslado vivo 
del hombre social; seria darle una colección de aforis- 
mos, en vez de poner a su vista el panorama móvil, 
instructivo, pintoresco, de las instituciones, de las cos- 
tumbres, de las revoluciones de los grandes pueblos i 
de los grandes hombres.» 

Nadie habia sostenido, al hablar de los resultados 
sintéticos de la ilustración europea, que fuese propio 
para educar el entendimiento i acostumbrarle a pensar 
por sí, el aceptar sin examen las conclusiones de un sis- 
tema filosófico cualquiera; i si los escritores arjentinos 
habían recomendado el estudio de la filosofía de la his- 
toria en Vico i Herder, no habian rechazado, que noso- 
tros sepamos, el estudio de la historia misma, ni habian 
hablado de aquel estudio, a propósito de los resultados 



237 

sintéticos de la civilización europea, colocándolo al nivel 
de estos resultados. La confusión que el señor Bello 
padecia le llevaba demasiado lejos, pues aceptando él 
mismo el falso sistema de Herder, parecia desechar el 
estudio de la filosofía de la historia i dar preferencia al 
estudio de la crónica i de la narración históricas. 

Nosotros que no aceptábamos la teoría de Herder, ni 
otra alguna que estuviera basada en la suposición de 
una evolución fatal i necesaria de la humanidad, sin par- 
ticipación alguna de la libertad del hombre, no conve- 
níamos con el rector en que Herder hubiese dado a la 
historia toda su dignidad, desenvolviendo en ella los de- 
signios de la providencia; pues no creíamos que la especie 
humana sobre la tierra estuviese condenada por la Divi- 
nidad a realizar cierto destino independientemente de su 
propia actividad i libertad. Pero le sosteníamos, ademas 
de la necesidad del estudio de la filosofía de la historia, 
la posibilidad de escribir filosóficamente la historia par- 
ticular o la de una época de un pueblo determinado, o 
la de cualquiera de sus faces sociales. El señor Bello 
dudaba de esta posibilidad, sosteniéndonos que lo que 
se podia hacer era filosofar o moralizar sobre los acon- 
tecimientos i los hombres, al escribir la historia narra- 
tiva de un pueblo; pues, según su juicio, una cosa es 
la ciencia jeneral de la humanidad, que se llama filo- 
sofía de la historia, i otra es la historia de los hechos 
de una raza, de un pueblo, de una época, sin que aque- 
lla pueda conducirnos a la filosofía particular de ésta 
como nosotros le sosteníamos. El señor Bello establecia 
una diferencia entre la filosofía de la historia i los he- 
chos, i creia que lo primero era hacer la crónica de los 
detalles, la narración de los sucesos, para deducir des- 
pués el espíritu peculiar de ellos para apreciarlos i juz- 
garlos, según sus circunstancias, en lo cual, hacia con- 



238 

sistir toda filosofía, toda ciencia histórica: de modo que 
en su concepto habia tantas filosofías o ciencias históri- 
cas como hai sucesos que se pueden juzgar. 

Estas constantes, i a veces largas discusiones, le mo- 
vieron sin duda a ordenarnos que hiciéramos la primera 
Memoria histórica que debia presentarse a la Univer- 
sidad; i a encargarnos esta tarea, como lo hemos refe- 
rido en otra ocasión, porque debiendo la Universidad ir 
adelante, a nosotros nos correspondía, como revolucio- 
nario, dar el impulso. 

Vamos a recordar aquí nuestras ideas sobre la histo- 
ria, nuestro sistema, que podemos vindicar como un des- 
cubrimiento que nos pertenece, sin fatuidad, porque no 
solo lo pusimos en planta en aquella primera Memoria 
de la Universidad, sino que lo hemos seguido siempre en 
todas las obras históricas que hemos compuesto, hasta 
hacer la esplanacion filosófica que de él hicimos en el 
segundo apéndice sobre el Progreso Moral que agrega- 
mos a nuestro Libro de Oro en 1868, i que perfecciona- 
mos en la segunda de nuestras Lecciones ele Política 
Positiva, publicadas en 1874. Este es un suceso de la 
historia literaria de Chile i de la América, que aprecia- 
rán sin duda los futuros historiadores en lo que vale, i 
por tanto debemos hacerlo notar. 

Antes de 1868 no sabia el autor de estos Recuerdos 
que Kant habia considerado la historia como un fenó- 
meno natural, en un opúsculo que dio a conocer Littré 
en su libro sobre Augusto Comte, publicado en 1864, 
asegurando que hasta entonces era desconocido en Fran- 
cia. Pero leyendo en 1840 la Ciencia Nueva de Vico, i 
luego Las Ideas sobre la filosofía de la historia de Herder, 
nos habiamos sublevado contra las teorías de ambos, 
precisamente porque ellas se fundan en una concepción 
sobrenatural de la historia humana. Ambos, partiendo 



239 

de la suposición de que el jénero humano se gobierna 
en su evolución histórica por leyes providenciales, cons- 
truyen sus sistemas prescindiendo enteramente de las 
condiciones que constituyen la independencia de la natu- 
raleza humana. El inmortal Vico cree haber hallado en 
la historia la última palabra de la providencia, la lei 
que ha rejido i que rejirá para siempre a la humanidad; 
i esta lei consiste en las tres épocas que llama edad 
divina o de idolatria, edad heroica o de barbarie, i edad 
humana o de la civilización. En este estrecho círculo se 
encierran el pasado, el presente i el porvenir; i la huma- 
nidad jira sin cesar en él, pues cada evolución social 
hace revivir la barbarie. Así es que siempre el jénero 
humano vuelve a comenzar su marcha, dirijido por Dios 
i cumpliendo sus voluntades, como también lo habia 
supuesto poco antes Bossuet en su Discurso sobre la 
historia Universal. Por otra parte Herder, sin estrechar 
al jénero humano en una evolución necesaria i fatal, lo 
supone guiado por la mano de la providencia, i siempre 
modificándose en una lucha perpetua consigo mismo i 
contra el mundo material. 

En estas concepciones teolójicas de la historia desa- 
parece la libertad del hombre i su progreso, como obra 
esclusiva de su actividad. De consiguiente se anula 
también su responsabilidad. No hai filosofía en la his- 
toria i esta no puede ser la ciencia de la humanidad. 

Nosotros adheríamos entonces a la definición de la 
ciencia que da Falck en su Introducción al estudio del 
Derecho o Enciclopedia Jurídica, diciendo que la ciencia 
es — «un conjunto de verdades del mismo orden, o de 
nociones que por su relacien al mismo objeto, están 
ligadas de manera que representan un solo cuerpo de 
doctrina i forman una unidad.» I discurríamos de este 
modo: si hai filosofía en la historia i si de consiguiente 



240 

esta es una ciencia, forzoso será también que los sucesos 
que forman la evolución humana no sean un fenómeno 
sobrenatural sujeto a leyes fatales o providenciales, pues 
en tal caso la historia no puede ser objeto de un con- 
junto de verdades que formen un cuerpo doctrina, pues- 
to que cada historiador entenderá e interpretará a su 
arbitrio aquellas leyes i determinará lo que es verdad 
en su concepto propio. Por el contrario, para que haya 
ciencia en la historia es necesario creer que los sucesos 
humanos son fenómenos naturales ligados entre sí i de- 
pendientes de la acción i voluntad humanas: de consi- 
guiente, para descubrir el conjunto de verdades que por 
su conexión con un mismo objeto, que es la humani- 
dad, formen un cuerpo de doctrina o de filosofía de la 
historia, es indispensable investigar la relación que tie- 
nen aquellos sucesos entre sí i con la actividad del 
hombre, es decir, con todas sus facultades. 

Tal fué la concepción que nos dirijió en la composición 
de nuestras Investigaciones sobre la influencia social de la 
conquista i del sistema colonial de los españoles en Chile, 
título de la primera Memoria histórica que se presentó 
a la Universidad, en el primer aniversario de su funda- 
ción, setiembre de 1844. Por eso fué que en la intro- 
ducción que precede a la obra no vacilamos en establecer 
con toda la osadia de una firme convicción las siguientes 
conclusiones, que solo pudimos demostrar lacónicamente, 
ajustándonos a la naturaleza de un discurso académico: 

1. a Que es erróneo el raciocino que, partiendo de la 
contemplación de un poder supremo, que siempre en 
acción lo regulariza todo en el inmenso caos de los 
tiempos, deduce que es lójicamente necesario creer en la 
fatalidad histórica. 

2. a Que reconociendo Herder, como reconoce, que la 
Divinidad no ha impuesto al hombre otros límites que 



241 

los que dependen del tiempo, del lugar i de sus propias 
facultades, i que la espontaneidad es inherente a su na- 
turaleza, es lójico reconocer también que la humanidad 
es harto mas noble en su esencia, que lo que imajinan 
aquellos, que como Herder mismo, la suponen sujeta 
en su marcha a leyes providenciales, tan ciegamente como 
lo está la materia a las suyas. 

3. a «La sociedad posee esa soberania de juicio i de 
«voluntad que constituye en el individuo la capacidad 
»de obrar su propio bien i engrandecimiento, mientras 
» que no ofenda a la justicia ... — No puedo negar con 
«todo que la debilidad, la ignorancia i otros accidentes 
«que no son estraños en la historia del mundo, i que 
«son difíciles de evitar, suelen obrar las desgracias de 
«los pueblos, no obstante que estos pusieran de su parte 
«todo su esfuerzo en parar el golpe que los hace su- 
«cumbir; pero esta misma consideración nos convence 
«precisamente de la necesidad premiosa que la socie- 
«dad tiene de tomar a su cargo su conservación i de- 
«sarrollo, valiéndose no solo de sus propios elementos, 
«sino de las lecciones que la esperiencia le suministre, 
«estudiando a la humanidad en sus virtudes i en sus 
«aberraciones i vicios, para sacar de su mismo estudio 
«el preservativo del mal, o a lo menos la manera de 
)> neutralizar su acción. ¿I en donde se halla esa espe- 
«riencia de las sociedades, en donde están consignados 
»sus preceptos sino en la historia, en ese depósito sagra- 
ndo de los siglos, en ese tabernáculo que encierra todo 
«el esplendor de las civilizaciones que el tiempo ha 
«despeñado, toda la sabiduria que contienen las catás- 
» trotes del j enero humano? 

4. a «El jénero humano tiene en su propia esencia la 
«capacidad de su perfecion, posee los elementos de su 
«ventura, i no es dado a otro que a él la facultad de 

Labtaeeia, Recuerdos. \Q 



242 

«dirijirse i de promover su desarrollo, por que las leyes 
«de su organización forman una clave que él solo puede 
«pulsar para hacerla producir sonidos armoniosos. A 
«fin de conocer esas leyes i de apreciarlas en sus natu- 
rales resultados, debe abrir el gran libro de su vida en 
»el cual están consignadas con caracteres indelebles: 
»en el verá que esa constante alternativa de bienes i 
» desgracias en que han trascurrido los siglos, no es ni la 
»obra fatal de un poder ciego que lo precipita de suce- 
»so en suceso, ni la consecuencia inevitable de Un 
«capricho, sino un efecto natural de esas leyes, de ese 
«orden de condiciones a que está sujeto en su natura- 
leza. Verá también que si en el universo físico se 
«desenvuelven espontáneamente las causas que le sirven 
«de leyes, para producir un resultado necesario, no se 
«opera lo mismo en el universo moral, porque el hom- 
«bre tiene el poder de provocar el desarrollo de sus 
«leyes o de evitarlo por medio de la libertad de sus 
«operaciones, según convenga a su felicidad. La huma- 
unidad no es ni ha sido lo que ella podia rigorosamente 
»ser, atendidas las circunstancias de lugar i tiempo, 
«sino lo que ha debido ser, atendido el uso que han 
«hecho de esas circunstancias los hombres que la han 
«dominado i dirijido: ella tiene una parte activa en la 
«dirección de sus destinos, pues que si así no fuera, 
«su libertad seria una mentira insultante, su dignidad 
«desapareceria i en el mundo no podria existir idea de 
«la justicia.» 

Esta liltima cláusula contenia la terminante nega- 
ción de las teorías teolójicas de Herder et de Vico; i por 
mas que los primeros de los escritores arjentinos, por 
una parte , nos presentaban el ejemplo de Michelet, que 
adoptaba aquellas teorías ; i por otra el señor Bello nos 
objetaba que también Niebuhr, escribiendo sobre los 



243 

oríjenes de Roma, i Savigny, haciendo la historia del 
derecho romano, reconocian las leyes providenciales en 
el orden de los acontecimientos; nosotros insistimos en 
nuestra doctrina, fundada en la libertad i el progreso 
de la humanidad; i al esponerla en aquella Introducción, 
pusimos al pié de la cláusula que acaba de leerse esta 
escusa por medio de la siguiente nota: «Talvez podrá 
«calificárseme de osado, porque me aparto aquí de la 
»base de las brillantes teorías de mas de un jenio de los 
«tiempos modernos; pero pido perdón de esto, si es 
«una falta, i pido se me permita usar de mi libertad de 
«pensar. Yo no creo en el fatalismo histórico, según lo 
«conciben algunos sabios.» 

Por lo demás, aplicando nuestro sistema el estudio 
de nuestra propia historia, para probar que se podia es- 
cribir la filosofía de la de un pueblo, estudiábamos, en el 
cuerpo de esta Memoria presentaba a la Universidad, los 
acontecimientos de nuestra época colonial a la luz de las 
ideas que los habian producido, para juzgarlos según el 
criterio de nuestro sistema. Pero si atendíamos a las 
ideas de la época, teníamos también en cuenta el senti- 
miento, que da oríjen en la mayor parte de los casos a 
los sucesos, de modo que no aceptábamos la teoría de la 
escuela histórica de Hegel, que supone que en todo caso 
los hechos sociales son la obra de la idea o del espíritu. 
Partiendo en nuestro sistema del principio de que el jé- 
nero humano tiene la capacidad de su perfección, i que 
no es dada a otro que a él la facultad de dirijirse i de 
promover su desarrollo, puesto que es esencialmente 
libre i por consiguiente responsable; concluíamos reco- 
nociendo que también tiene el deber de correjir la espe- 
riencia de sus antepasados para asegurar su porvenir, 
según se puede ver en la 4. a de las conclusiones trascri- 
tas. Esto nos conducia naturalmente, en el estudio de 

16* 



244 

nuestros antecedentes históricos, a examinar la manera 
como obró la civilización española en la conquista i en 
la organización colonial, para comprender su acción i 
su influencia en la sociedad actual, i sobre todo en la 
revolución en nuestra independencia, a fin de correjir 
aquella civilización en lo que tiene de opuesto a la orga- 
nización democrática adoptada. Sin resolver filosófica e 
históricamente la situación social de nuestro pueblo en el 
momento de nuestra independencia, no podemos conocer 
los resultados de aquella gran revolución, ni mucho me- 
nos la dirección que ha de dársele para completar su 
desarrollo. Necesitamos construir nuestra civilización 
democrática, i para ello debemos distinguir lo que se ha 
de destruir de la antigua. 

Cuando leíamos al señor Bello en manuscrito las apre- 
ciaciones que, según nuestro criterio filosófico, hacía- 
mos de aquellos sucesos, el sabio maestro nos oponia 
una reflexión de Du Rozoir, en su escelente estudio sobre 
la Historia considerada como ciencia de los hechos , que 
publica el Dictionnaire de la Conversation, i que habíamos 
leido juntos. Juzgando la escuela racional i la pinto- 
resca o descriptiva, aquel escritor dice lo siguiente: 
«Ademas, las dos escuelas tienen sus escollos como sus 
ventajas. Al lado del inconveniente de no juzgar abso- 
lutamente los hechos, se encuentra el peligro de juzgar- 
los mal; i no hai peor guia en la historia que la de cier- 
tos filósofos de sistema que buscan, no el ver las cosas 
como son, sino como ellas se acuerdan con su sistema. 
A estos les gritaria yo con J. J. Rousseau — - ¡los hechos, 
los hechos! Este abuso de razonamiento i de sagacidad, 
que aun se ha reprochado a Tácito, puede dirijirse a casi 
todos los historiadores de los siglos XVII i XVIII.» 

Nosotros rechazábamos esta observación, en primer 
lugar, porque no hacíamos la historia a título de raciona- 



245 

listas, como Guizot, Thierry o Sismondi, juzgando cada 
época, cada suceso, cada hombre, según los casos i el 
concepto especial que ellos nos sujiriesen, mirados a la 
luz de nuestras opiniones políticas o relijiosas; en se- 
gundo lugar porque tampoco prescindíamos de los hechos, 
ni tratábamos de amoldarlos o de ponerlos de acuerdo 
con nuestro sistema, sino que por el contrario necesitá- 
bamos verlos tales como son, para conocer su relación 
entre sí, i la que tienen con el estado de la intelijencia 
i del sentimiento dominante en la época en que suce- 
dieron; i en tercer lugar porque para apreciar los suce- 
sos, nosotros no teníamos un sistema subjetivo, metafí- 
sico o teolójico, como Hegel, Vico, Herder o Michelet, 
sino un criterio esperimental, fundado en la naturaleza 
humana, en sus leyes de libertad i perfectibilidad; i de 
consiguiente no corríamos el peligro de tener un juicio 
para cada caso, ni mucho menos podíamos caer en el 
funesto error de desconcer la responsabilidad humana, 
de escusar el crimen, de vindicar o de glorificar a un 
hombre o un suceso, porque aquel hubiera obrado o 
este se hubiera verificado según las circunstancias de su 
época, u obedeciendo a cierto modo de pensar dominante. 

El señor Bello escribió en el Araucano de 8 i de 15 
de noviembre de 1844, dos artículos críticos sobre nues- 
tra Memoria, con un criterio enteramente diverso, pues 
escusa a la España conquistadora i colonizadora de Amé- 
rica, porque hizo lo que todos hacían en su época i 
porque procedió de un modo conforme a sus circunstan- 
cias, a sus ideas i a su gran poder. 

Pero prescindió casi completamente de la cuestión 
sobre la filosofía de la historia, pues apenas hizo alusión 
a nuestro sistema, para dar testimonio de su originali- 
dad, o mejor dicho, de su escentricidacl. «El señor 
Lastarria se ha elevado en sus investigaciones, decia en 



246 

su primer artículo, a una altura desde donde juzga, no 
solamente los hechos i los hombres que son su especial 
objeto, sino los varios sistemas que hoi se disputan el 
dominio de la ciencia histórica. Arrostrando arduas 
cuestiones de metafísica reveladas a las leyes del orden 
moral (era la metafísica de lo que mas distantes está- 
bamos) combate principios jenerales que fueron por muchos 
siglos la fé del 'inundo i que vemos reproducidos por es- 
critores eminentes de nuestros días.» — Mas adelante ha- 
cia esta otra alusión a nuestro sistema: — «Este dogma 
triste i desesperante del fatalismo, contra el cual pro- 
testa el señor Lastarria, está en el fondo de mucha parte 
de lo que hoi se especula sobre los destinos del jénero 
humano en la tierra. Reconociendo la libertad del hom- 
bre, ve en ¡a historia una ciencia de que podemos sacar 
saludables lecciones para que se dirija por ellas la mar- 
cha de los gobiernos i de los pueblos.-» 

Sin embargo, a nosotros nos satisfizo que el maestro 
de los. maestros, el mas alto representante en Chile de 
las ciencias i de las letras se limitara a tomar nota de 
nuestra teoría, sin combatirla i sin hacerle otro cargo 
que el de ser contraria a los principios jenerales que 
habían sido por muchos siglos la fé del mundo i que 
vemos reproducidos por escritores eminentes de nuestros 
dias. Esto venia a indemnizarnos del ataque enérjico 
que el distinguido escritor arjentino Pinero, nos habia 
dirijido, haciéndose el órgano de la opinión de sus com- 
patriotas, en el Mercurio de Valparaíso, del cual era 
redactor. 

En el número correspondiente al 30 de setiembre, 
aquel simpático e ilustrado redactor habia escrito esta 
condenación de nuestra teoría: «Respetamos la libertad 
de pensar del autor de la Memoria; pero, con perdón 
sea dicho, que la adopción absoluta de su doctrina haría 



247 

desaparece!" la dignidad del hombre i en el mundo no 
podria existir idea de la justicia. » — Mas para arribar 
a esta conclusión contra una doctrina que precisamente 
vindicaba la libertad, reconociendo por tanto la respon- 
sabilidad del jénero humano, i que adoptaba como cri- 
terio de la justicia i de la verdad el desarrollo o perfec- 
ción de las facultades humanas i la libertad, el escritor 
del Mercurio solo oponia a nuestra teoría, por via de 
refutación, las conclusiones de Vico, de Herder i de Mi- 
chelet, que nosotros rechazábamos. Finjiendo una opo- 
sición que no existe entre la libertad por una parte i la 
razón i la justicia por otro, a fin de acentuar las vistas 
incompletas de Herder acerca del triunfo de la razón 
sobre el corazón, i de su acción siempre creciente para 
producir el orden i la justicia, hallaba Pinero en esa lei 
la mano de la Providencia dirijiendo al mundo desde su 
principio al lugar en que hoi se halla, i esclamaba con 
Herder. — «Aquí me prosterno delante de este cuadro de 
los designios de la Providencia sobre mi especie en jene- 
ral, porque reconozao en él el plan del universo entero.-» 
Ademas suponiendo el redactor que Vico ha sabido poner 
de acuerdo del principio de libertad con la existencia de 
una Providencia divina que todo lo somete, que todo lo 
dirije o que conduce a la humanidad, caia en los con- 
flictos de esta antimonia, i pretendia salir de ellos ci- 
tándonos estas palabras de Michelet, quien cree hallar 
el criterio de la verdad en — « El sentido común , es 
decir, el juicio irreflexivo de una clase de hombres, de 
un pueblo, de la humanidad, el acuerdo jeneral del sen- 
tido jeneral, del sentido común de los pueblos, que es 
el que constituye la sabiduría del jénero humano. El 
sentido común, la sabiduría vulgar, es la regla que Dios 
ha dado al mundo social, dice Michelet.» — Conocíamos 
esta opinión del comentador i traductor de Vico, i sa- 



248 

bíamos también que Lamennais encontraba el criterio de 
la verdad en el asentimiento universal. Pero no había- 
mos podido aceptar estas vaguedades como un criterio, 
ni habíamos comprendido cómo podia servir para el des- 
cubrimiento de la verdad una abstracción, como el sen- 
tido común, que cada cual puede definir a su modo i 
hallar en donde le convenga. Por eso habíamos adop- 
tado como criterio en filosofía el que el ilustrado escritor 
arjentino desechaba por el de Michelet, sin advertir que 
con mas seguridad podremos saber si hai verdad i jus- 
ticia en una idea o principio, en un hecho o suceso, exa- 
minando si son o no conformes a la libertad i al desar- 
rollo del hombre, que averiguando como los califica el 
sentido común; eso que como regla no puede haber dado 
Dios, ni nadie, al mundo social, puesto que el bien de 
este mundo consiste en su conservación, en el desarrollo 
de sus facultades, en la estension e intensidad de su 
vida i en el uso de su libertad para procurarse tal bien, 
i no en lo que piensa o siente el sentido común de los 
pueblos. 

Es escusado decir que con semejantes ideas, la crí- 
tica literaria del redactor del Mercurio negaba con ve- 
hemencia todos nuestros juicios sobre la historia de la 
conquista i de la colonia, haciendo la defensa de los 
conquistadores i colonizadores en atención al lugar que 
ocupaban en la historia de la civilización de su época. 
Creia él que las conquistas que hace la civilización, 
guiada por el dedo de la Providencia, deben ser juzgadas 
según sus circunstancias, i que era una inconsecuen- 
cia pedir, con las luces del siglo XIX, cuenta al siglo 
XVI. Esta doctrina que lo justifica todo fué la que a 
los dos meses empleó también el rector de la Univer- 
sidad para refutar nuestro juicio, i es también la que 
ha prevalecido en varios de nuestros historiadores para 



249 

defender i aun para admirar a la España del siglo XVI 
en sus conquistas i en su réjimen de América; de modo 
que esa civilización caduca i resistente al progreso 
democrático, hasta las enormes injusticias del despotismo 
peninsular — 

«Su atroz codicia, su inclemente saña, 
Crimen fueron del tiempo i no de España,» 

como dijo Quintana, conformándose con la escuela his- 
tórica de la absolución i del aplauso, que prescinde 
del deber de señalar a las jeneraciones lo que han de 
condenar i correjir en la civilización que han recibido 
de sus antepasados. 

XXVI. 

Esta fiel narración muestra el fracaso que habian 
sufrido nuestra teoría sobre la filosofía de la historia, i 
el ensayo de aplicación que habíamos hecho al estudio 
de nuestra historia nacional. No habíamos tenido si- 
quiera el apoyo de los escritores arjentinos, que tanto 
nos habian ausiliado en nuestra revolución literaria, ini- 
ciada en el discurso de 1842. Por el contrario ellos, 
como para sacarnos de un error de ignorancia, nos ha- 
bian opuesto, esplicándola, la teoría del fatalismo his- 
tórico; i aun, abjurando el criterio relativo de Vico, que 
creia que la regla de la vida social era lo que se con- 
sideraba como justo por la universalidad del jénero hu- 
mano, nos habian enseñado que el verdadero criterio de 
la verdad estaba en el sentido común, como la creia 
Michelet. Luego la primera autoridad literaria del país, 
i talvez de la América, nos presentaba ante la opinión 
ilustrada como un temerario que combatía los principios 



250 

jenerales que fueron por muchos siglos la fé del mundo 
i que defendían los escritores mas eminentes de nues- 
tros dias. 

Eso era mas de lo que se necesitaba para arruinar 
un ensayo filosófico, i para contener en su marcha al 
autor, que era un joven que apenas iniciaba la forma- 
ción de una escuela, la cual no debia prevalecer. ¿Qué 
de estraño tiene el eterno olvido en que fué envuelta, 
no solo nuestra teoría, sino aquella Memoria que, con 
ser la primera que en virtud de los estatutos se presentó 
a la Universidad, no se considera hoi ni tan siquiera 
como un trabajo histórico? ¿No se ha visto en el pre- 
sente año de 78 un escrito histórico de uno de los mas 
altos funcionarios de la instrucción pública, que haciendo 
la enumeración de las Memorias históricas presentadas a 
la Universidad, prescinde de aquella hasta el estremo de 
no hacer a ella ni siquiera alusión? 

El fracaso de 1844, lo confesamos, nos sobrecojió. No 
conocíamos en efecto escritor alguno que hubiera pen- 
sado como nosotros; i aunque en esos mismos momentos 
Augusto Comte terminaba la publicación de su Cours de 
Philosophie Positive, no teníamos ni la mas remota no- 
ticia del nombre del ilustre filósofo, ni de su libro, ni 
de su sistema sobre la historia, que era el nuestro; ni 
creemos que en Chile hubiera quien la tuviese, por mas 
que hoi nos llama la atención que el redactor del Mer- 
curio terminase entonces su crítica dándonos un consejo, 
en el cual, por una especie de presentimiento, nos cla- 
sificaba en la escuela positiva futura, al decirnos — «Siga 
en el jiro j^ositivo que ha sabido dar a sus estudios, no 
se deje arredrar por el desconsuelo,» etc. 

Todavía no habia escrito Henry Thomas Buckle su 
admirable Historia de la Civilización en Inglaterra, con 
un criterio i con una doctrina que causaron la admira- 



251 



cion del señor Bello, veinte años después de aquella 
época, por la semejanza que tenian con nuestra teoría, 
tan recelosamente mirada por el sabio maestro. El mismo 
nos dio a conocer la obra de Buckle, haciéndonos notar 
varias coincidencias de doctrina, sobre todo en la ma- 
nera de juzgar la civilización española, i felicitándonos 
por la firmeza de convicción con que, apesar de todo, 
habíamos sostenido i aplicado nuestra teoría. 

Todavía el traductor de Herder no había completado 
su evolución filosófica, para llegar a escribir esa pro- 
funda Historia de la Revolución Francesa, sobre la cual 
E. Pelletan acaba de emitir este juicio: 

«Hasta entonces, dice, los historiadores — escepto dos 
»o tres, Michelet el primero — habían visto la revolu- 
ción en un hombre o en un partido, uno llevaba el 
» faldón de la casaca de Mirabeau, el otro de La- 
«fayette, el otro de Vergniaud, el otro de Danton, el 
«otro de Robespierre. Quinet no vio en la revolución 
»sino a un hombre, la revolución misma. Sola acepta, 
«reconoce i admira su espíritu; en la idea ve la parte 
«inmortal de la revolución, en cuanto al resto, un puro 
«choque, una mera casualidad. — Esto podía ser o no 
«ser, esto viene del tiempo i vuelve al tiempo; el tiempo 
«lo ha devorado. 

«Otros han escrito con mucho talento, pues es una 
«gloria mas de la revolución el haber tentado a todos 
«los grandes, a todos los fuertes de espíritu: Thiers, 
«Mignet, Lamartine, Louis Blanc, Michelet. — Otros, 
«decimos, han escrito la historia visible de la revolución: 
«quedaba por narrarse la historia invisible, que podria 
«llamarse la fisiolojia de los acontecimientos. » 

No obstante i aunque Quinet en 1844 era, como Miche- 
let, un filósofo que aun no estudiaba la fisiolojia social 
en la historia, ni la relación de los acontecimientos con 



252 

el estado mental de la sociedad, sino con las leyes pro- 
videnciales, habia sido sin embargo mas induljente que 
nuestros maestros i compañeros, con nuestra teoría. Fran- 
cisco Bilbao le habia presentado, a nombre nuestro, 
algunas obras chilenas, entre las cuales figuraba la Me- 
moria universitaria, i el sabio profesor que daba enton- 
ces en el colejio de Francia sus lecciones sobre El Cris- 
tianismo i la Revolución Francesa, hizo en la undécima 
varias citas de nuestras Investigaciones, calificando de 
eminente este escrito, i tuvo la bondad de dirijirnos 
la entrega que contenia aquella lección, i la siguiente 
carta : 

«Señor: tenia el deber de llamar la atención, en 
cuanto me era posible, a la obra de todo punto escelente 
por la cual he podido conoceros. La ocasión no me ha 
permitido decir mas acerca de ella; pero tengo la espe- 
ranza de reparar tarde o temprano este esceso de laco- 
nismo, espresando mi alta estimación por las obras que 
habéis tenido la bondad de enviarme. Permitidme, si es 
que nunca debo veros, estrecharos mui cordialmente la 
mano, de estremo a estremo del mundo. — Recibid la 
espresion de mis mas distinguidos sentimientos.» 

París, 17 de junio de 1846. 

JE. Quinet. 

Cuando nos llegaba de la vieja Europa esta palabra 
de aliento, que era para nosotros un premio inesperado, 
debido al cariño de Francisco Bilbao, nuestro amigo i 
querido discípulo, estudiábamos todavía nuestra teoría, 
i lejos de abandonarla, aunque la prensa entera de Chile 
era fatalista en historia, nos ratificábamos mas en ella 
por los estudios que hacíamos de la filosofía de Krause, 
aplicada por Ahrens al estudio del derecho, i fundada 
precisamente en las leyes de la libertad i del progreso 



253 

que nosotros tomábamos como base de la filosofía de la 
historia. Eso sí que Krause, con ser el primero de los 
filósofos que ha reconocido i establecido las leyes que 
la humanidad cumple en su desarrollo i en su marcha 
progresiva por medio del uso completo de su libre al- 
bedrio, es decir, de su libertad, considera sin embargo 
como providenciales esas leyes, en el sentido de que 
siendo la libertad infinita, absoluta, un atributo de Dios, 
todo ser finito creado por él está igualmente dotado de 
la facultad de desarrollarse en el bien, con la diferencia 
de que esta libertad es limitada; i en la intelijencia de 
que cuando es necesaria una evolución en el desarrollo 
humano, la Providencia obra una revelación en los espíri- 
tus superiores para que se realice aquel progreso, dando 
a la humanidad un nuevo aliento para que se lance en 
las vías nuevas, i siendo así constante la intervención 
divina en la historia. 

Nosotros, que partíamos de la idea de que las fuer- 
zas humanas, inclusa la libertad, que operan el desarrollo 
i perfección del hombre, son fenómenos naturales, pres- 
cindiendo de su oríjen, no podíamos admitir aquella doc- 
trina; i aun cuando admitiésemos que tales fuerzas tu- 
viesen un orijen divino, desde el principio habíamos ne- 
gado i contradicho las teorías teolójicas que a virtud de 
tal oríjen divino, suponen que la marcha histórica de la 
humanidad es la obra de la Providencia; pues a nuestro 
juicio no hai en que fundar la suposición de que Dios, 
causa absoluta de leyes también absolutas, esté asidua- 
mente ejecutando tales leyes i aplicándolas i modificán- 
dolas en el gobierno continuo de la humanidad. Ad- 
mitíamos con Krause i Ahrens que el fin del hombre 
consiste en el desarrollo de sus facultades, que la inte- 
lijencia i el sentimiento reaccionan para producir este 
desarrollo, que la libertad es el poder que dirije; pero 



254 

considerábamos incompatible la acción de estas fuerzas 
en la conservación i desarrollo de la vida natural con 
una intervención constante del poder divino. I nos con- 
firmábamos en este juicio, al ver la inutilidad e inefica- 
cia de los esfuerzos que en aquellos años hacia todavia 
la escuela de Herder para sobrevivir. 

Nos acababa de llegar el Curso de filosofía de la His- 
toria que hacia Altmeyer en la Universidad de Bruselas, 
declarando que para su desarrollo sacaba todo el partido 
posible de las ideas de Herder i de las lecciones de 
de Schlegel i de Hegel. El ilustre profesor, como para 
confirmar esta declaración no vacilaba en sentar desde 
luego que — «La filosofía de la historia es la revelación 
del espíritu divino en la historia»; i sin embargo de re- 
conocer que «todos los fenómenos del desarrollo indivi- 
dual sobre la tierra i en el tiempo no se manifiestan 
sino a los sentidos i a la esperiencia, de lo que se sigue 
que la historia es una ciencia puramente esperimental, 
que no puede separarse de los acontecimientos reales, 
de los hechos» ; agregaba en seguida — «que la filosofía 
de la historia no es en manera alguna el conocimiento 
de los hechos individuales como tales, sino mas bien el 
conocimiento del ser eterno, i de las leyes eternas del 
desarrollo de la vida en el tiempo; pues solo al través 
de este medio ella vé la historia.» 

La pretensión de unir el panteismo alemán con la 
ciencia no puede dejar de caer en contradicciones, pues 
no es científico, no puede ser esperimental, lo que es 
puramente teolójico o a 16 menos metafísico. Pero el 
profesor de Bruselas, discípulo de Herder i gran ad- 
mirador de Krause, queria conciliar en el desarrollo 
histórico, que es un fenómeno natural, la acción libre 
de las fuerzas humanas con la dirección providencial; 
pues decia que — «no debíamos olvidar jamas que el 



255 

mundo, rejido por la asidua providencia de Dios, es el 
teatro en que se desplega la libertad racional del hom- 
bre.» El creia que podian reconocerse dos, escuelas, o 
mejor dos partidos en el- dominio de la filosofía de la 
historia, el uno que hace al hombre dueño absoluto de 
sí, independiente de toda idea de dirección suprema, i 
el otro que busca el carácter distintivo del hombre en 
su semejanza con Dios, i da por consiguiente a la histo- 
ria, como único objeto i fin, la rehabilitación de la iiná- 
jen divina i los progresos sucesivos de esta rehabilitación. 

Esta distinción, que nos habia causado suma sorpresa 
porque no conocíamos entonces la filosofía de Augusto 
Comte, i no sabíamos de consiguiente que hubiera una 
escuela fundada, como nuestra teoría, en la independen- 
cia del hombre, servia de base a Altmeyer para empren- 
der una conciliación entre los dos partidos, i lo hacia 
incurriendo en abstracciones i contradicciones de una 
metafísica tan intelijible, que abandonamos de nuevo la 
empresa de comprender a la escuela providenciqlista¿ por 
mas que el profesor de Bruselas, temiendo que su me- 
tafísica arredrase a muchos, como nosotros, decia — 
«que esperaba que su lenguaje metafísico no aterraría 
a nadie, desde que la filosofía alemana habia sido des- 
cubierta a la intelijencia francesa por Víctor Cousin.» 

Entre tanto nuestra Universidad, que habia aceptado 
con aplauso, en su segundo aniversario, la Memoria sobre 
las primeras campañas de la guerra de la independencia^ 
que le habia presentado don Diego José Benavente, i 
en 1846 la que trabajó Garcia Reyes sobre La Primera 
Escuadra Nacional, fomentaba con empeño los estudios 
de la historia de Chile con el fin esclusivo de que se es- 
clarecieran i determinaran fijamente los sucesos. La 
Facultad de filosofía i humanidades, en la cual se con- 
centraba la actividad de aquella corporación, al mismo 



256 

tiempo que adoptaba en abril de 1844 una nueva orto- 
grafía castellana; que en 1845 fijaba las reglas a que 
debia ajustarse la acentuación de las palabras de la 
lengua; que discutía i aprobaba nuestro proyecto de or- 
ganización de la instrucción primaria ; también trataba de 
sacar del polvo de los archivos los manuscritos relativos 
a la historia nacional, para publicarlos, i fijaba en los 
concursos anuales temas históricos para la composición 
de las obras que debian ser premiadas. 

En 1847 debia presentar la Memoria histórica de 
estatuto M. A. Tocornal, quien se habia propuesto his- 
toriar minuciosamente los sucesos ocurridos en la insta- 
lación del Primer Gobierno Nacional; i como la Facultad 
de filosofía hubiese fijado para el concurso del mismo 
año, como tema, algún punto de la historia de Chile, 
nosotros nos atrevimos a hacer un segundo ensayo de 
aplicación de nuestro sistema, con la esperanza de con- 
tinuar escribiendo la historia completa de la revolución 
de la independencia, si aquel era aceptado con mas be- 
nignidad que nuestras Investigaciones ; i con efecto pre- 
sentamos anónimo nuestro Bosquejo Histórico de la Cons- 
titución del gobierno de Chile durante el primer periodo 
de la revolución desde 1810 hasta 1814. Esta obra con- 
tenia cinco capítulos — Constitución del gobierno en 
1810 i 1811 — Documentos del Alto Congreso de 1811 
— Constitución del gobierno en 1812 i 1813 — Consti- 
tución del gobierno en 1814 — Conclusión. 

La comisión informante, compuesta de los señores 
Varas i García Reyes, adjudicó a la obra el premio, tan 
solo porque tenia — «El indisputable mérito de recapi- 
tular los reglamentos, estatutos i decretos que se espi- 
dieron en los primeros tiempos de la revolución, para 
organizar el poder público, de ilustrarlos con oportunos 
comentarios i reflexiones críticas, i de apreciar con tino 



257 

las ideas que dominaban a los hombres públicos de 
aquella época» — Mas se abstenia de pronunciar juicio 
alguno de la exactitud de los hechos, que han servido 
al autor para fundar su doctrina, i acerca de la opinión 
que este manifestaba sobre el carácter i tendencia de los 
partidos políticos ; pues para ello era preciso conocer los 
actos i el resultado práctico que ellos han producido en 
la suerte de las cosas. «Sin ese conocimiento individual 
de los hechos, decia, sin tener a la vista un cuadro en 
donde aparezcan de bulto los sucesos, las personas, las 
fechas i todo el tren material de la historia, no es po- 
sible trazar lineamientos jenerales, sin esponerse a dar 
mucha cabida a teorías, i a desfigurar en parte la ver- 
dad de lo ocurrido. Este inconveniente tienen las obras 
que, como la presente Memoria, consignan el fruto de 
los estudios del autor i no suministran todos los ante- 
cedentes de que ellos se han valido para formar ese 
juicio. La Comisión se siente inclinada a desear que se 
emprendan antes de todo trabajos principalmente desti- 
nados a poner en claro los hechos; la teoría que ilustra 
esos hechos vendrá en seguida andando con paso firme 
sobre un terreno conocido.» 

Nada había avanzado nuestro sistema en los tres años 
corridos desde la primera Memoria. Pero la condena- 
ción que contra él fulminaba la Comisión de 1847, si 
era bondadosa, carecia de justicia. Los que lean nuestro 
Bosquejo, verán que nosotros no prescindíamos de los 
hechos para hacer doctrinas ni juicios abstractos, ni 
mucho menos los desfigurábamos para amoldarlos a teo- 
rías. Por el contrario, esponíamos con fidelidad los 
sucesos, citando sus pruebas; i si omitíamos detalles, 
era solo cuando los juzgábamos inútiles o insignifican- 
tes. El mismo señor Bello reconoció, en uno de sus 
artículos sobre la obra que — «el Bosquejo histórico es, 

Lastaebia, Recuerdos. \~¡ 



258, 

como lo dice su título, una obra rigorosamente histórica; 
aunque por otra parte, agrega como para dar también 
justicia a la Comisión, sea cierto que en ciertos puntos 
i calificaciones se hace desear el testimonio de los hechos.» 
El rector olvidaba, al mostrarse como la Comisión, tan 
avaro de hechos, que Du Rozoir, criticando el método 
de M. de Barante, piensa que — «la historia escrita con 
tal prolijidad de detalles de interior llenaria bibliotecas 
enteras, i en fin no estaría jamás al alcance del gran 
número; porque la mayoría de los lectores exije del his- 
toriador, mas que documentos presentados sin arte, el 
ordenamiento i el resumen de los hechos, pues prefieren 
voluntariamente encontrar una opinión hecha, con la re- 
serva de adoptarla o modificarla.» 

No era pues el tren material de la historia lo que 
faltaba en nuestra obra, i si la Comisision acusaba tal 
falta, desentendiéndose de que contemplábamos los su- 
cesos en toda su verdad, para juzgarlos, era porque no 
admitia nuestra filosofía. Preferia los detalles i las ave- 
riguaciones minuciosas a los lincamientos jenerales, i 
temia que estos pudiesen dar cabida a teorías i al des- 
figuramiento de la verdad, no porque tuviera que hacer 
una sola objeción a la realidad de los sucesos que juz- 
gábamos, sino porque suponia que nuestros juicios no 
eran el resultado de un criterio fijo, fundado en las leyes 
de la naturaleza humana, sino teorías que no se conforma- 
ban a cierto espíritu de convención fundado en las con- 
veniencias e intereses dominantes. 

XXVII. 

El informe de la Comisión era en nuestro concepto, 
tanto un resultado del predominio de la opinión anti- 
gua del sabio Rector de la Universidad sobre la filosofía 



259 

de la historia, cuanto un eco de la resistencia que la 
opinión ilustrada de la época oponia a toda innovación 
trascendental en el dominio de las especulaciones cien- 
tíficas i literarias. ¿No era en esos mismos instantes 
víctima de aquella resistencia nuestro testo de Derecho 
Público? ¿No habia aparecido ella triunfalmente en la 
condenación del Crepúsculo tres años antes? La libertad 
del profesor para enseñar era todavía una utopia, que no 
era posible realizar sino con garantías i condiciones. La 
vieja civilización española estaba aun representada en la 
nueva Universidad, no solamente por el presbítero que 
habia condenado nuestros Elementos de Derecho Cons- 
titucional, sino también por muchos de los que, como 
el Rector, se mostraban mas solícitos por el adelanta- 
miento de la instrucción pública; i en el caso de una 
teoría tan avanzada como la nuestra sobre el modo de 
escribir la historia, teníamos la desaprobación de los 
primeros escritores que figuraban en aquel tiempo, entre 
los chilenos, García Reyes, Varas, Sanfuentes, Tocor- 
nal, Benavente, toda la Universidad; i entre los ame- 
ricanos que nos ausiliaban con sus luces, don Andrés 
Bello, García del Rio, López, Sarmiento, Alberdi, Pine- 
ro, Peña, a todos, sin mas escepcion talvez, que el emi- 
nente literato Juan María Gutiérrez, que condenaba 
como nosotros el sistema de la justificación i rehabilita- 
ción históricas por consideración al tiempo en que se 
verificaron los sucesos, i no admitía el fatalismo. 

Comprendíamos bien que el triunfo que nuestras ideas 
era obra del tiempo i de la perseverancia, i no nos rebe- 
lamos, ni aun nos inquietamos, por la desaprobación 
oficial de nuestras doctrinas. Confiábamos en el porve- 
nir para conquistar la libertad de enseñar, i aunque 
presentíamos que aquellas no harian escuela, i que nues- 
tras Investigaciones i nuestro Bosquejo quedarían relega- 

17* 



260 

dos al olvido, continuábamos impasibles en la lucha. Lo 
que no presentíamos entonces era que treinta años mas 
tarde nos habíamos de ver obligados a estar hablando 
de nosotros i de nuestra acción en aquella lucha para 
restablecer la verdad de los sucesos. 

Con todo, los pocos amigos literatos que participaban 
de nuestras opiniones no permanecieron tranquilos. Ja- 
cinto Chacón tomó a su cargo la defensa de nuestra 
obra i la adornó con un prólogo, esplicando las ventajas 
de nuestra doctrina, de su método, i sobre todo haciendo 
notar que el Bosquejo era una historia constitucional 
del jénero del libro de Hallam, sobre la constitución de 
Inglaterra; de modo que la Comisión informante no 
tenia razón para exijir que el autor se convirtiera en 
mero cronista, a fin de relatar los hechos, como Guichar- 
dini en la infancia de la ciencia, pues no habia sido tal 
su propósito. 

Publicado el libro a fines de diciembre de 1847, el 
señor Bello no tardó en armarse defensor de la Comi- 
sión, refutando en el Araucano las ideas de nuestro 
amigo; al mismo tiempo que en los estensos elojios que 
publicaba por separado de la Memoria sobre El Primer 
Gobierno Nacional, en que M. A. Tocornal habia hecho 
una prolija crónica del movimiento de 1810, tachaba de 
inexacto nuestro Bosquejo sin razón, en una apreciación 
accidental. — Chacón replicó, i el editorial del Progreso 
del 29 de enero de 1848 rectificó al sabio escritor sobre 
el reproche de inexactitud que nos hacia, i esplicando 
nuestro silencio en aquella interesante polémica que se 
encendía acerca de nuestras doctrinas, nos calificaba con 
justicia de «escritor sin pretensiones i tolerante de cora- 
zón que miraba sin afectarse las opiniones que se emiten 
i los juicios que se avanzan sobre el mérito de sus 
obras.» 



261 

En realidad el amigo que aquello decia no ha sido 
jamas desmentido por nosotros, que hemos visto siempre 
con agradecimiento los juicios críticos de nuestros libros 
aunque sean desfavorables, sin haberlos nunca contradi- 
cho. Pero en aquella ocasión sentíamos la necesidad, i 
casi el deber, de tomar parte en la polémica para dilu- 
cidar i defender nuestra doctrina. No lo hicimos, por- 
que nuestro maestro carecia en todo de razón i nuestra 
intimidad con él nos vedaba reprochárselo por la prensa. 
Hoi pertenece a la historia su opinión, que ha quedado 
consignada en sus Opúsculos Literarios i Críticos , publi- 
cados en 1850, i podemos con calma indicar aunque a 
la lijera su error. 

El señor Bello abandonaba en sus artículos el fata- 
lismo histórico i no hacia mención siquiera de su antigua 
adhesión a la doctrina de Herder. Pero tampoco revelaba 
una idea fija sobre la filosofía de la historia, por que 
ahora tomaba para dirijirse un guia peor i mas enga- 
ñoso que aquel eminente teólogo, a Víctor Cousin, quien, 
libando como el picaflor por eclectizar, ora cree que la 
filosofía de la historia es la filosofía del espíritu humano 
aplicada a la historia, ora la reduce a la ciencia de las 
leyes morales i sociales, separando en uno i otro supuesto 
al hombre de la sociedad i de la humanidad, i conside- 
rando a la humanidad misma independientemente de las 
influencias de lugar i tiempo, como si fuera posible, 
lójico, científico estudiarla como una entidad abstracta, i 
no en su realidad, como un todo natural. Al lado de esta 
concepción jenérica, el señor Bello siempre guiado por 
Cousin, reconocia otra filosofía de la historia, «como 
ciencia concreta, que de los hechos de una raza, de un 
pueblo, de una época deduce el espíritu peculiar de esa 
raza, de ese pueblo, de esa época, no de otro modo que 
de los hechos de un individuo deducimos su jénio, su 



262 

índole.» De esta manera reducía, como lo hemos insi- 
nuado al recordar nuestras discusiones, la filosofía de la 
historia a la concepción del espíritu peculiar de cada 
pueblo, según sus circunstancias, para apreciar o juzgar 
sus hechos, sus acontecimientos, sus hombres, no según 
la alta concepción de las leyes de la evolución humana, 
sino según los casos i las influencias de lugar i tiempo, 
como cuando se trata de caracterizar a un individuo, 
estudiando su jénio, su índole. 

Este eclectismo conduce al maestro, en su polémica 
con Jacinto Chacón, a suponer que el autor de las In- 
vestigaciones i del Bosquejo Histórico, i el que le defendia 
como escritor de una historia constitucional, prescindía- 
mos de los hechos, i queríamos «deducir de las leyes 
jenerales de la humanidad la historia de un pueblo.» 
I para fulminar sus censuras contra tales despropósitos, 
no se atenia a su propia autoridad, e invocaba la de Du 
Rozoir, Thierry, Sismondi, Villemain, reclamando el es- 
tudio serio i leal de los hechos, i hasta la de Barante, 
de quien copiaba estas palabras. — «Estamos cansados 
»de ver la historia transformada en un sofista dócil i 
«asalariado que se presta a todas las pruebas que cada 
»uno quiere sacar de ella» — palabras que envuelven 
la mas terminante condenación del sistema que precisa- 
mente queria presentar el señor Bello como verdadera 
filosofía de la historia, a saber, el que pretende hacer 
ciencia concreta de cada historia particular, juzgando, 
según las circunstancias peculiares de ella a cada pueblo, 
cada raza, como quien juzga del carácter de un indivi- 
duo, i haciendo de la historia un sofista dócil para 
sacar de ella las pruebas que se buscan inspirándose 
en un espíritu, en una opinión, en un interés puramente 
individuales. 

Esto era cabalmente lo que nosotros habíamos recha- 



263 

zado desde que formulamos nuestra doctrina, fundada 
en un criterio deducido de las leyes que rijen las fuerzas 
humanas en la evolución histórica; i jamas por jamas 
habíamos creido, ni establecido que, al aplicar este crite- 
rio a la historia jeneral o a la particular de un pueblo, 
para estudiar su filosofía, se pudiera ¡^rescindir del cono- 
cimiento exacto de los hechos, ni mucho menos preten- 
der el deducir la historia i los hechos mismos del conoci- 
miento de aquellas leyes. ¿Qué pretendían entonces la 
Comisión de la Universidad i su ilustre Rector, al prefe- 
rir la una los escritos históricos que se limitaran a pre- 
sentar la crónica de los hechos, hallando inconvenientes 
i peligros en el estudio filosófico de los sucesos de una 
época que nosotros le habíamos ofrecido; i al declamar 
el otro contra la filosofía de la historia, considerándola 
como opuesta a la historia de los hechos, como ciencia 
jeneral, i reduciéndola al juicio especial de cada caso, 
como ciencia concreta, deducida de cada historia especial? 
¿Por qué condenar tan enérjicamente la verdadera histo- 
ria filosófica, que fundada en el estudio de los sucesos, 
de su encadenamiento i de su relación con el estado 
mental i el moral, los aprecia, según su conformidad u 
oposición a las leyes de progreso i libertad que rijen la 
evolución histórica de la humanidad, sin considerar esta 
evolución como puro efecto de leyes fatales o providen- 
ciales o de una predestinación divina? ¿Por qué prefe- 
rir i fomentar solo la narración pintoresca o la crónica 
descarnada de los hechos, cuando estas formas i aquella 
podian cultivarse simultáneamente i el estudio de todas 
ellas podia ser protejido por la Universidad? ¿Qué otra 
cosa son las memorias históricas, que hacemos nosotros 
al escribir estos Recuerdos, sino la crónica de los sucesos 
a que hemos asistido, juzgándolos al mismo tiempo filo- 
sóficamente, según el criterio de nuestra propia doctrina, 



264 

aplicada en aquel Bosquejo Histórico que sublevó tantas 
contradicciones, i en aquellas Investigaciones que fueron 
tan desdeñadas, i que lo son todavia por los cronistas 
que se han formado bajo la protección de la Universidad? 

Sobre todo lo que no se comprende es que la Univer- 
sidad i su sabio Rector tomasen como filosofía, como 
ciencia de la historia, lo que éste llamaba ciencia con- 
creta, reduciéndola a los juicios que hace cada historia- 
dor de los hechos de una raza, de un pueblo, de una 
época, para deducir su espíritu, no de otro modo que de 
los hechos de un individuo deducimos su jénio, su índole. 
Esta es la manera de escribir la historia, que entre otros, 
Altmeyer llama reflexiva, «o en otros términos la apli- 
cación del razonamiento a la historia, una de las mas 
defectuosas que se conocen.» «Los escritores de esta 
escuela, agrega el profesor de Bruselas, torturan en todo 
sentido los hechos para adaptarlos a su molde i los dis- 
frazan con el traje de su tiempo .... La misma obser- 
vación se aplica a la historia llamada pragmática (de 
las conclusiones prácticas), la cual gusta de pequeños 
axiomas morales i políticos a la manera de Segur, i de 
pequeñas verdades esperimentales a la manera de An- 
quetil, método funesto que ha estraviado a tantos buenos 
espíritus del siglo XVIII.» etc. 

Si hubiéramos tomado parte en la polémica de aque- 
llos dias, habríamos copiado este pasaje, en que Altmeyer, 
refutando precisamente a los que suponen que la filo- 
sofía de la historia parte de especulaciones concebidas a 
priori, esclama. — «La respuesta es fácil. La filosofía 
«de la historia es la ciencia del jérinen i del desarrollo 
»de la vida de la humanidad, jérinen i desarrollo que 
«corresponden a las mismas faces de la vida del hombre. 
«Pregunto ¿hai en eso algo que entrabe los hechos? 
»E1 único pensamiento que la filosofía lleva a la his- 



265 

stória es el de la razón: ella sostiene que es la inteli- 
gencia, i ñola casualidad, la que gobierna al mundo 
»i quiere saber si la historia ha seguido, si sigue, si 
«seguirá una marcha racional, conforme a la natura- 
leza humana i a los designios del espíritu universal 
»que respira en todos los seres, desde la mas pequeña 
»hebra de yerba hasta el astro que se oculta en las 
/•soledades del espacio infinito. Lo pregunto todavía, 
»¿hai en eso nada que repugne a los hechos? Noso- 
tros tomamos esos hechos tales como son, no los tor- 
neemos en todos los sesgos para hacerlos producir lo 
«que no contienen, no los plegamos a nuestras pequeñas 
«vistas, a nuestros pequeños juicios, a nuestros inte- 
»reses egoistas, a nuestras malas pasiones. Se ha for- 
»mado a nuestros ojos, en Béljica, una escuela histórica, 
«cuyas intenciones no son un misterio para nadie. Esta 
¡y escuela retrocede espantada delante de todo lo que de 
fdéjos o de cerca toca a la filosofía; i ella es a quien jus- 
»t amenté se puede reprochar el falsificar deliberada- 
» mente la historia, de poner en esta ideas peligrosas, 
«de apoyar un sistema hostil a la libertad i al progreso; 
»de haber concebido la rehabilitación de Felipe II i de 
«los cadalsos del duque de Alba; de haber rodeado de 
«una aureola de amor i de veneración el reinado mise- 
rable i degradante de Alberto i de Isabel, i la admi- 
«nistracion de todos aquellos sátrapas españoles i aus- 
«triacos para quienes nuestra patria no era sino una 
«mercancía, una moneda de menudeo; inventores de 
«esta política de corrupción i degradante que ha con- 
«ducido a la ruina, al olvido de todos los nobles senti- 
«mientos que distinguían a nuestros grandes antepa- 
«sados!» 

¡ Ojalá no hubiera tenido justa aplicación tan enérjico 
apostrofe a la situación que estamos recordando! Preci- 



266 

somente tales eran las doctrinas, tal la tendencia, tal el 
rumbo que señalaban a los futuros historiadores los que 
combatian entonces nuestra filosofía; i esas doctrinas, 
esa tendencia son las que han prevalecido. No es de 
este momento la crítica de las numerosas obras históri- 
cas que se han publicado en Chile bajo el majisterio i 
la dominación de las ideas sustentadas por los que se 
espantaban de nuestra filosofía en 1844 i 1847; pero 
ábrase cualquiera de ellas, i se verá cuanto prevalecen 
las ideas peligrosas, la hostilidad sistemática a la liber- 
tad i al progreso, la rehabilitación de nuestros opreso- 
res, los pequeños axiomas morales i políticos i el crite- 
rio arbitrario del réjimen de gobierno que lo ha dominado 
todo en los últimos cincuenta años, desacertado casi 
siempre, inmoral a veces, opresor o meticuloso alterna- 
tivamente. Los pocos libros históricos que han salido 
de esa senda son talvez los menos aplaudidos, los mas 
olvidados. 

El resultado que obtuvo el segundo ensayo de la 
aplicación de nuestra doctrina nos hizo abandonar el 
propósito de escribir la historia de la independencia, 
según el mismo plan; pero algo mas tarde, cuando nos 
habíamos confirmado definitivamente con nuevos estu- 
dios en aquella doctrina, nos atrevimos a aplicarla a una 
historia de las reformas liberales en Europa i en América. 
En medio de las visicitudes de la política ardiente, i 
tratando de acortar las amargas horas del destierro, o 
de la persecución, sin libros, muchas veces sin mas ele- 
mento ausiliar que nuestra combatida teoría, escribimos 
la Historia Constitucional del Medio Siglo, revista histó- 
rica de los progresos del sistema representativo en Europa 
i América durante los primeros cincuenta años del siglo 
XIX, que publicamos en Valparaíso, en 1853. Creía- 
mos haber elejido un campo neutral para hacer un en- 



267 

sayo mas feliz que los anteriores de nuestro modo de 
estudiar con provecho la historia, i desligados como 
estábamos completamente a la razón de la Universidad, 
de la política, i aun del centro literario, esperamos que 
aquel sistema no fuese otra vez perseguido. En efecto, 
el campo neutral fué tan bien elejido, que nadie hizo 
caso del libro en Chile, menos nuestro venerable maestro, 
quien, en la Memoria que presentó al consejo de la Uni- 
versidad en marzo de 1854, dándole cuenta con justos 
elojios de las obras históricas que habian presentado a 
los concursos abiertos por las facultades don José Victor 
Eizaguirre, i don Miguel Luis i don Gregorio V. Amu- 
nátegui, obras que por los hechos i las curiosas noticias 
que acopian merecian su alta aprobación, trae a cuento 
nuestro libro, que ninguna relación tenia con aquellos 
concursos, para hacerle el siguiente cumplimiento: «en- 
contrará aquel libro, dice, probablemente no pocos lec- 
tores que protesten contra algunas de las doctrinas poli- 
ticas del autor; pero esta obra, como todo lo que sale 
de sus manos, lleva el sello de un pensamiento vigo- 
roso i de una exposición elegante.» I al remitirnos su 
Memoria a Valparaiso, nos decia amablemente que no 
tomáramos aquel pasaje como un juicio crítico del libro, 
que tan vivo interés le estaba inspirando, pues se pro- 
ponia publicar un estudio sobre él, lo cual no hizo jamás. 
Sin duda su gran intelijencia, que hacia tiempo ya en- 
sanchaba los estrechos horizontes en que la habia en- 
cerrado el espíritu de una época que tocaba a su fin, 
aceptaba entonces nuevas vistas, i preparaba la conver- 
sión que verificó en 1864, cuando, admirado el viejo 
maestro de la analojía de nuestro sistema con el que 
acababa de emplear Buckle en su Historia de la Civili- 
zación en Inglaterra., que él nos dio a conocer, nos sig- 
nificaba con emoción i cariño su amplia aprobación de 



268 

nuestros trabajos históricos. ¡Ah! Nos habia tocado figu- 
rar juntos en uno de aquellos tiempos de transición, en 
que los altos representantes de la época que acaba, llenos 
todavía de vigor i de autoridad, tienen que chocarse con 
los precursores de la época que viene, los cuales solo 
cuentan con el reflejo de la luz del porvenir! 

Con todo, si bien aquel notable trabajo del historia- 
dor ingles, i otros escritos hispano-americanos, principal- 
mente el Ensayo sobre las revoluciones políticas de J. M., 
Samper, nos halagaban con la suprema satisfacción, que 
casi era un triunfo, de que no estábamos solos en la 
senda que nos habíamos trazado desde 1840, con nuestra 
doctrina sobre el modo de escribir la historia filosófica; 
lo cierto es que no vinimos a ver formulada la misma 
doctrina por un escritor europeo, sino en 1866. Estando 
en Buenos Aires, tomamos en una librería i leimos por 
primera vez el libro que en el año anterior habia publi- 
cado Eduard Laboulaye, titulado — UEtat et ses limites. 
En una de sus pajinas, nos sorprendió, nos enloqueció 
diremos mejor, haciéndonos gritar — ¡Eurekal el siguiente 
pasaje : 

«... Nada mas injenioso que las ideas de Vico, de 
Herder, de Saint Simón, de Hegel; pero es evidente que 
apesar de sus partes brillantes, estas construcciones am- 
biciosas no reposan sobre nada. Al través de esas fuer- 
zas fatales que arrastran a la humanidad hacia un des- 
tino del cual ella no puede huir, ¿en donde colocar la 
libertad? ¿qué parte de acción i de responsabilidad queda 
al individuo? Mucho injenio se gasta para dar vueltas 
al problema, en lugar de resolverlo; ¿pero qué importan 
esas poéticas quimeras? Lo único que nos interesa es 
precisamente lo que no se dice. Si se quiere escribir 
una filosofía de la historia que pueda aceptar la ciencia 
es preciso cambiar de método i volver a la observación. 



269 

No basta estudiar los acontecimientos , que no son sino 
efectos; es preciso estudiar Jas ideas que los han produ- 
cido, porque las ideas son las causas (nosotros agregá- 
bamos también el sentimiento), i solo en ellas aparece la 
libertad. Cuando se arregle la jenealojía de las ideas, 
cuando se sepa cual educación ha recibido cada siglo, 
cómo se ha correjido i completado en él la esperiencia de 
los que vivieron antes, entonces será posible compren- 
der el curso del pasado i quizá presentir la marcha del 
porvenir» . . . etc. 

Entonces escribíamos nuestra América, historia con- 
temporánea del movimiento democrático en este mundo 
de la nueva humanidad, de la nueva síntesis que aquí 
se ensaya como plataforma de la futura civilización; i 
al examinar la doctrina política de aquel célebre profe- 
sor, trascribimos el mismo pasaje, recordando en una 
nota de la pajina 92 que esa misma habia sido la teoria, 
que concebida por nosotros veinticino años antes, i for- 
mulada en la introducción de nuestras Investigaciones a 
los tres años, nos habia guiado en la composición de 
aquella obra histórica, del Bosquejo Histórico presentado 
a la Universidad en 1847, de la Historia Constitucional 
del Medio Siglo, publicada en 1853; i podíamos haber 
agregado, también del Juicio Histórico de don Diego Por- 
tales, publicado en 1861, i del mismo libro en que ha- 
cíamos aquella revelación. Mas entonces declaramos que 
no pretendíamos reclamar nuestra invención, conformán- 
donos en creer, con el mismo Laboulaye, que los escri- 
tores políticos no tienen la buena fortuna de los poetas, 
«porque sus obras se achican con el tiempo, a medida 
que sus ideas se hacen el patrimonio de todos; i llegan 
hasta ser olvidados i desconocidos por la jeneracion que 
se apodera de ellas i las hace suyas, perdiendo de vista 
al que primero las reveló.» 



270 

¿Por qué entonces nos presentamos hoi historiando 
la prioridad i la originalidad de nuestra doctrina? Basta- 
ría como escusa advertir que en estos Recuerdos nos 
liemos propuesto sacar de las sombras del ovido i de la 
injusticia nuestra acción, nuestra labor en el desarrollo 
intelectual de este país, porque, como el primer Rector 
de la Universidad, podemos atribuirnos sin presunción la 
cualidad de un antiguo celo por la difusión de los sanos 
principios i la dedicación laboriosa con que hemos seguido 
algunos ramos de estudio, si hoi no tuviéramos otra razón 
mas poderosa que vamos a esponer. 

Sin embargo de un empeñoso i asiduo estudio de las 
ciencias sociales, que como está a la vista nunca puede 
ser bien sevido en paises tan distantes del gran emporio 
de las ciencias i las letras, por la falta de libros, de es- 
tímulo, de desahogo, i hasta de trato sobre especula- 
ciones centíficas, nosotros no pudimos conocer la Filo- 
sofía positiva de Augusto Comte hasta 1868. Se sabe 
cuan lenta es la carrera de un libro, i cuánto mas no lo 
es la de un gran libro, la de un sistema filosófico! Mas 
antes de emprender su estudio, que es inmenso i capaz 
de arredrar al mas bien templado espíritu si no está algo 
preparado, quisimos leer atentamente ese grueso i pro- 
fundo estudio de Littré, titulado Auguste Comte et la 
Philosophie Positive. En esta lectura marchábamos de sor- 
presa en sorpresa: era una revelación para nosotros. 

En la pajina 43 encontramos este trozo, que nos pa- 
ralizó: oEn el momento en que M. Comte entra en la 
senda que debia conducirle a tanta altura, el saber hu- 
mano no era suficiente para producir la filosofía positiva. 
Le faltaba una parte considerable, quiero hablar de la 
noción de la historia considerada como un fenómeno na- 
tural. — Un fenómeno natural es el que depende de 
una materia i de una fuerza, i, como lo he dicho, noso- 



271 

tros no conocemos otra especie de fenómenos. Aquí en 
la historia, la materia, el siibstratam, es el jénero humano 
dividido en sociedades; la fuerza está representada por 
las aptitudes que son inherentes a las sociedades, i cuyo 
fundamento es la condición de que las nociones científi- 
cas son acumulables. En tanto que eso no sea recono- 
cido, la historia no aparece como un fenómeno natural; 
se conoce el substratum, que es el jénero humano, i no 
se conoce la fuerza que hace la evolución: entonces la 
concepción de la historia es teolójica, si se la cree rejida 
por voluntades sobrenaturales, o es metafísica si se ad- 
miten para esplicarla principios a priori, tomados, no en 
las cosas, sino en las vistas del espíritu. — Apartando 
de la historia la teolojía i la metafísica, M. Comte des- 
cubrió las leyes sociolójicas, i luego guiado por estas 
leyes, trazó el cuadro de la evolución social. Este es 
un monumento, que permanecerá, por mui lejos que se 
estiendan los nuevos estudios históricos, que ya lo con- 
firman i que seguirán confirmándolo» . . . etc. 

En la pajina 182, este otro que no nos sorprendió 
menos. — «Dejando a un lado los hechos particulares, 
que se encuentran por sagacidad o por buena suerte, 
¿qué se debe entender por descubrimientos en los domi- 
nios de la historia? Los descubrimientos son las espira- 
ciones que demuestran la correlación de los rejímenes so- 
ciales con el estado mental i el encadenamiento de estos 
rejímenes. Bajo este punto de vista, el trabajo de M. 
Comte es un perpetuo descubrimiento; porque, por la 
primera vez, el desarrollo humano se establece en su 
realidad, sobre la doble condición de estar siempre en 
relación con el estado mental i de ofrecer siempre una 
estrecha conexión entre lo que precede i lo que sigue. — 
Bajo este descubrimiento jeneral, se alinean infinitos des- 



272 

cubrimientos especiales. Me será fácil citar algunos mui 
importantes» . . . (sigue la enumeración de ellos). 

Se puede preguntar a los escritores americanos que 
hayan realizado la hazaña de cultivar alguna ciencia i 
de profundizarla, en este Nuevo Mundo de bosques vir- 
jinales i sin bibliotecas, de empinadas montañas i sin 
maestros, de riquezas portentosas que no alcanzan ni 
socorren a los que estudian, se les puede preguntar cuál 
pudo ser la impresión que nos causarian esas revela- 
ciones, hechas por una de las pocas grandes intelijencias 
que representan todo el saber humano de nuestra época! 
Solo ellos pueden comprenderla. 

¿No habíamos partido nosotros, precisamente en los 
mismos momentos en que Augusto Comte hacia su curso, 
cuando apenas comenzaba la prensa a publicar su obra 
inmortal, que no ha llegado a Chile sino largos años 
después, no habíamos partido de idénticas concepciones 
para fundar en América la filosofía de la Historia? 

Aquel maestro de los que saben, como le llama Littré, 
imitando il maestro di color che sanno del Dante, habia 
realizado un portento al considerar la historia como un 
fenómeno natural, tomando como la materia de este fe- 
nómeno al jénero humano i como la fuerza sus aptitu- 
des, para apartarse de la concepción teológica de Herder 
i de Vico, i de la metafísica de los filósofos alemanes, 
para establecer las leyes sociológicas, para descubrir la 
correlación de los sucesos con el estado mental de su 
época respectiva, i su encadenamiento entre sí. I si eso 
era un descubrimiento en el centro de la gran civilización 
europea, no vino sin embargo a nuestro conocimiento 
sino veintiocho años después de haber partido de la 
misma concepción para formular una doctrina seme- 
jante; i después de haber escrito, según esta doctrina, 
cinco obras históricas que ya tenian alguna notoriedad 



273 

en América, i de las cuales algunas eran conocidas tam- 
bién en Europa. 

Hé aquí el motivo que nos ha inspirado la idea le 
historiar la marcha de nuestra doctrina, pues ella puede 
vindicar un puesto en el movimiento intelectual de nues- 
tra América, i al sacarlo del olvido, mas nos mueve la 
honra de nuestras letras, que el propósito de conquistar 
un lauro para nosotros. 

XXVIII. 

Necesitamos completar este cuadro que estamos tra- 
bando del período de 1843 a 1849, recordando los pe- 
riódicos literarios que servian, al mismo tiempo que 
representaban, el movimiento intelectual iniciado en 1842. 
El progreso de la prensa científica i literaria habia sido 
desde este año verdaderamente prodijioso para nuestras 
circunstancias i en comparación con nuestros antece- 
dentes; pero no era igual sino intermitente, i subia o 
se detenia según el impulso que recibia. Cuando éste 
era el efecto natural de la evolución iniciada, la pro- 
ducción literaria aumentaba, i cuando el movimiento 
literario era contenido por la reacción conservadora, con 
seguridad disminuía al poco tiempo aquella producción. 
Ya hemos indicado que en 1843 se publicaron veinti- 
cuatro obras serias, la mitad de las cuales era consa- 
grada a la enseñanza i a la difusión de los conocimien- 
tos. No computamos por supuesto las obras oficiales, 
ni las publicaciones de interés particular, como defensas 
jurídicas i otras. Pues en 1844 el número de obras 
sube a treinta i ocho, en el año siguiente a cuarenta i 
ocho, en 1846 a ochenta, i así continúa el aumento de 
los libros en los años posteriores, escepto el de 1847, 
siendo de avertir que a lo menos una cuarta parte son 

1/A.starbia, Recuerdos. -Jg 



274 

reimpresiones, que hacen nuestras prensas de obras ex- 
tranjeras de bella literatura, lo que demuestra la difusión 
del buen gusto i de la afición a la lectura. 

No se estrañe que volvamos a llamar la atención a 
este asombroso progreso, puesto que él confirma la ver- 
dad de que el movimiento iniciado en 1842 trajo por 
resultados la emancipación social de las preocupaciones 
del antiguo réjimen i una amplia libertad de juicio i de 
palabra, resultados que se afianzaban por la concordia 
que se estableció a principios de 1843 para trabajar por 
el desarrollo intelectual. Empero es necesario advertir 
que ni esta concordia ni esta labor tenian unidad en sus 
móviles ni en sus fines; pues aunque todos deseaban el 
progreso intelectual, no todos lo servían del mismo 
modo, i de aquí la intermitencia de su marcha, ciertas 
inconsecuencias i aun ciertos choques de aspiraciones di- 
versas. 

El viejo réjimen tenia representantes poderosos, que 
si bien, como dijimos antes, no habian aniquilado el 
movimiento de emancipación en su oríjen, en lo sucesivo 
van poco a poco tomando su dirección i encarrilándolo 
por senda bien opuesta a la que sus promotores le tra- 
zaban. El gobierno fomentaba la instrucción pública; 
pero así como en la lei de creación de la Universidad 
habia echado la base que sirve al Rector para procla- 
mar una enseñanza, una ciencia, una literatura i hasta 
una moral confesionales; también favorecía todas las ins- 
tituciones que el clero i sus adeptos fundaban, ya no 
tan solo para educar a la juventud según la dirección 
universitaria, sino según el plan con que el jesuitismo 
ha conseguido formar cierto orden de intereses i de doc- 
trinas que contrarían los intereses i los principios de la 
civilización moderna i del réjimen democrático. La opi- 
nión pública, sin ilustración suficiente, sin ideas fijas, 



275 

sin propósitos definidos, solo obedecía a un sentimiento, 
el de la necesidad de fomentar el desarrollo intelectual; 
i prestaba sus favores, sus aplausos a todos los esfuer- 
zos, a todas las empresas i especulaciones, a todos los 
actos que de alguna manera servian a esta necesidad. 
Los directores de la opinión en este sentido tampoco 
sabían distinguir las corrientes del movimiento progre- 
sivo i del retrógrado, i por mas liberales que fueran sus 




JUAN N. ESPEJO. 



conatos, servian a una i a otra sin advertir que contra- 
riaban sus propias aspiraciones, sino en los casos en que 
algún choque violento de ambas corrientes, o alguna 
reacción atrevida i opresora venían a advertirles que pe- 
ligraba la independencia del espíritu o que la libertad 
era ultrajada. 

Esta es mas o menos la situación desde mediados del 
año 43 hasta 1851. Los que a principios de aquel año 
servíamos deliberadamente i con lójica a la emancipa- 

18* 



276 

cion intelectual éramos poquísimos, i carecíamos de va- 
limiento para empeñar lucha alguna contra las potencias 
sociales que representaban el antiguo réjimen: nuestra 
labor tenia que reducirse a propagar los sanos princi- 
pios, a ilustrar, sin sublevar las preocupaciones, las cua- 
les cedian precisamente porque hasta entonces habíamos 
cuidado de no irritarlas. 

Era necesario proseguir el movimiento literario, por 
que él solo podia cambiar las ideas para alcanzar la re- 
jeneracion social; i en este sentido persistíamos siempre 
en publicar un periódico que sirviera a tal movimiento. 
Al fin Juan N. Espejo i Juan José Cárdenas, a quien 
reemplazó pronto en la empresa Cristóbal Valdés, pu- 
dieron fundar una imprenta, i en I o . de junio de 1843 
publicamos el primer número del Crepúsculo, periódico 
mensual, consagrado a ciencias i letras. Organizamos la 
redacción con los mas entusiastas de los jóvenes de la 
Sociedad Literaria — J. N. Espejo, Cristóbal Valdes, 
Francisco de P. Matta, Andrés Chacón, Jacinto Cha- 
cón, H. Irisarri, Santiago Lindsay, F. S. Asta-Buruaga 
i Juan Bello, siendo colaboradores los demás. Don An- 
drés Bello se asoció a nuestra empresa, prometiéndonos 
un artículo para cada número, i contábamos ademas con 
la colaboración de sus hijos Francisco i Carlos, i la de 
la señora doña Mercedes Marin del Solar. 

Durante el primer año, la publicación se hizo con 
regularidad i con el favor siempre creciente de nume- 
rosos suscritores. Los doce números del año formaron 
el primer tomo, en el cual se contaban nueve artículos 
sobre filosofía i dos sobre historia literaria del señor 
Bello, fuera de su célebre imitación de Víctor Hugo, 
titulada La Oración por todos; varias poesías orijinales i 
traducidas por Irisarri, la señora Marin, Lindsay, Fran- 
cisco, Carlos i Juan Bello, Andrés i Jacinto Chacón i 



277 

Asta-Buruaga; cuatro novelas sobre asuntos nacionales, 
biografías i estudios sobre cuestiones de interés social i 
político por los demás redactores, i las críticas literarias 
i dramáticas de F. Matta. 

La carrera del Crepúsculo estaba brillantemente es- 
tablecida i prometia ser larga, tranquila i de todo punto 
conveniente al movimiento literario. El primer número 
del segundo año correspondió a los antecedentes, pero 




MERCEDES MARÍN DEL SOLAR. 



el segundo puso trájico fin al periódico por la acusación 
fiscal contra el artículo Sociabilidad Chilena, publicado 
por Francisco Bilbao. Se ha hecho varias veces la his- 
toria de esta acusación, i no intentamos repetirla; pero 
no se conoce el valor de aquel escrito en la historia de 
nuestras letras, por mas que se conoza su importancia 
política. 

Bibao era colaborador del Crepúsculo, pero no habia 
escrito hasta entonces, escusándose con los asiduos i te- 
naces estudios que hacia para fijar sus ideas, que se 



278 

encontraban en perfecta anarquía, desde que babia de- 
jado de creer en el catolicismo, según él mismo asegu- 
raba. Era un espíritu ardiente i poético, pero su poesía 
brillaba como una manifestación del acendrado misti- 
cismo que formaba el fondo de su sentimiento: no po- 
día dejar de ser creyente, i faltándole su antigua fé en 
el catolicismo romano, se asilaba en el evanjelio, para 
condenar aquella creencia, i buscaba la satisfacción de 
su misticismo en la metafísica mesiánica de Lamennais 
i otros socialistas teolójicos. Era nuestro discípulo i a 
la vez lo era del señor Bello i también de López, quien 
según su biógrafo, fué el que mas le habia enseñado en 
la verdadera ciencia de la filosofía. Talvez por eso ja- 
mas pudimos apartarle, a lo menos en aquel tiempo, de 
ser fatalista en historia, como Herder i Vico, de tomar 
como criterio de la verdad i de la justicia el sentido 
común, a la manera de Michelet, o el asentimiento uni- 
versal según Lamennais; ni de ser en filosofía ecléctico 
con Cousin, aunque poco después en Europa, se hizo 
su adversario. Quería que la ciencia llenara el vacio 
que en su espíritu dejaba la ausencia del catolicismo, i 
ávido de creencias, buscaba una relijion científica, i se 
hacia a cada paso la pregunta de Voltaire: 

— Que suis-je, oü vais-je et d'oü suis-j e-tiré!! 

No podia dejar de pensar en las causas eficientes i en 
las causas finales. 

Disciplinada su alta intelijencia en estas abstracciones 
metafísicas, Bilbao adquirió el hábito de la jeneraliza- 
cion i de espresar las jeneralizaciones por proposiciones 
absolutas en las formas bíblicas de Lamennais, precián- 
dose de un estilo enigmático, que llamaba apocalíptico 
i que daba márjen a sus condiscípulos para hacerle ter- 
jiversaciones, que siempre servían a aquel carácter noble 



279 

i jovial de temas para lucir la jimnástica de su injenio 
sutil i de su admirable facilidad para los aforismos. 

Tal es la filosofía i tal el estilo con que Bilbao for- 
muló su primera obra seria, la Socialibidad Chileno,, que 
tanta celebridad debia granjearle. En la introducción 
del escrito, el místico espíritu de Bilbao establece que 
en las épocas transitorias de la civilización los hombres 
decaen — « al faltarles el aliento vivificante de la fé ; » 
pero que en medio de este desierto sin guia, los hechos 
sociales hacen que el caos de su intelijencia se desen- 
vuelva, «porque lo alumbra una centella de la pira uni- 
versal: la fraternidad»... La vida es — «la mezcla in- 
comprensible del sublime i del ridículo, del fatalismo i 
de la libertad.)) El autor pide cuenta a la vida de lo 
que ha hecho i de lo que promete, i cree que la razón 
ha de formar una nueva síntesis, estimulada por aquellos 
llamamientos espontáneos de la fraternidad. 

Aquí se fija con claridad el punto de partida filosó- 
fico: perdida la fé, viene otra concepción mística a re- 
emplazarla — la fraternidad, este sentimiento, el mas 
débil de los instintos sociales, que ciertos metafísicos 
socialistas han querido erijir en derecho, es decir, en 
condición fundamental de la vida social i de la política. 
Echada esta base, el filósofo sienta que la vida es la 
mezcla del fatalismo i de la libertad i procede a buscar 
la nueva síntesis, que él considera todavía como vaga. 

En la conclusión de su escrito, Bilbao formulaba 
esa nueva síntesis, como base de las futuras creencias, 
porque supone que aun está vijente para la organiza- 
ción de la sociedad moderna aquel aforismo de los fi- 
lósofos que, observando la formación de la sociedad 
primitiva, han dicho que — «la organización de la so- 
ciedad es la consecuencia de la organización de las 
creencias. » Su . procedimiento lójico es el siguiente : 



280 

«Todo nuestro deber, dice, es la averiguación de la 
Leí. Por consiguiente nuestro trabajo en la esfera po- 
lítica i relijiosa es aceptar los hechos indestructibles 
que reconozcamos. » Luego establece estos hechos de 
esta manera: 

« La libertad del individuo como cuerpo i como cosa 
que piensa. Hé ahí un hecho. » « La igualdad de mi 
semejante en cuanto es otro templo donde Dios ha co- 
locado también la libertad. Hé ahí otro hecho.» «La 
libertad e igualdad social, es decir, de todos: Soberanía 
del pueblo. Hé ahí otro hecho.» 

La libertad de la concepción divina, es decir, demo- 
cracia relijiosa. Hé ahí otro hecho.» 

«La libertad e igualdad política, es decir, democracia 
propiamente hablando. He ahí otro hecho.» 

«La conciencia del derecho libre, que da el derecho 
de defenderlo i propagarlo, para convertir en individuos 
libres a los que no lo son, es decir, derecho de civili- 
zar o de aumentar los hijos de la Divinidad. He ahí 
otro hecho.» 

«De estos hechos nace la base del sistema futuro de 
creencias. Son pocos, pero son irrefragables. Son in- 
dispensables. Luego tienen que entrar a servir de base 
a la relijion futura, a 

De ellos deducia esta consecuencia: orden, relijion i 
política. El orden está en los preceptos de la moral 
universal, que enumeraba con ciertas salvedades. La re- 
lijion se reduce a estas bases: — 1. a amarás al Creador^ 
que para el autor es un ser persona. «La creación de la 
libertad, decia, es para mí la prueba de la libertad divina. 
La libertad divina es la individualización del Creador.» 
2. a Ama a tu prójimo. En su concepto, «la fraternidad 
es un principio i un sentimiento. El amor entre la co- 
munidad es necesario: Hé aquí el fundamento inespug- 



281 

nuble de la democracia.» — En cuanto a la política que 
deducía de aquellos hechos, quedaba reducida a la liber- 
tad de cultos, a la elevación a la soberania de todos los 
individuos, pues mediante la representación, el proleta- 
rio representaría su derecho de saber, la educación, i su 
derecho de tener, la propiedad. Ademas pedia la aboli- 
ción del senado, porque representando este los intereses 
conservadores o la aristocracia de propiedad, en ambos 
casos procura conservar la desigualdad; i la de la pena 
de muerte, porque siendo la responsabilidad relativa i 
debiendo toda pena ser correctiva, la de muerte no cali- 
fica la responsabilidad ni corrije, i por consiguiente es 
injusta. 

Hé aquí espuesta con toda fidelidad la filosofía de la 
Sociabilidad Chilena. El autor la recordaba algunos años 
después, en una de sus obras posteriores, diciendo que — 
«Ese escrito fué una proyección del siglo XVIII, lan- 
zada por una alma juvenil.)) En efecto allí estaba el 
símbolo de la fé nueva que la revolución francesa de 
1789 levantó, escribiendo en su estandarte — libertad, 
igualdad, fraternidad ; con la diferencia de que Bilbao, 
siguiendo a los socialistas de la época posterior, hacia 
de la política i de la relijion una dualidad necesaria; — 
i queria que la libertad de la concepción divina fuese 
el hecho de una democracia relijiosa, así como la de la 
libertad e igualdad en política fuera el de la democracia 
propiamente dicha; i al mismo tiempo que ambas ideas 
tuvieran el sentido social que les daba Rousseau, con- 
siderándolas, no como derechos, sino como el poder de 
gobernarse, como el poder absoluto del pueblo, como su 
soberanía. Otra diferencia mas : Bilbao asociaba a aquella 
concepción de la libertad a la antigua, como soberanía 
del pueblo, la que habia aprendido en nuestras lecciones, 
considerándola como la espresion de los derechos indi- 



282 

viduales, pues en varios pasajes de su escrito la equi- 
joaraba con estos derechos, i también le daba a la vez 
el carácter divino que le atribuyen los metafísicos ale- 
manes, considerándola como una emanación de la liber- 
tad infinita, atributo de Dios como ser personal infinito. 
La verdadera proyección del siglo XVIII estaba en 
el proceso que Bilbao formaba, en su escrito, antes de 
formular su síntesis nueva, a nuestro pasado católico i 




FRANCISCO BILBAO. 



feudal, a nuestra revolución, a los gobiernos que la ha- 
bían comprendido o contrariado, al gobierno i al partido 
pelucon que reaccionaban contra ella i que restablecían 
i afianzaban el pasado español i colonial. En este pro- 
ceso tomaba por criterio las ideas de nuestra escuela 
literaria i política de Chile, sobre la necesidad de desa- 
rrollar en sociedad i en política los principios de la re- 
volución democrática, reaccionando contra la civilización 
española, contra todo el pasado colonial, a fin de regene- 
rar nuestra sociedad i de fundar en nuevas ideas nuestro 



283 

porvenir. Mas insistiendo en sn fatalismo histórico, juz- 
gaba sin embargo con justa severidad el réjimen pasado 
i el actual, exijiendo la responsabilidad de sus sostene- 
dores: i al enunciar sus juicios i las nuevas ideas que 
debían servir de base a un nuevo réjimen, lo hacia en 
fórmulas metafísicas que ofuscaban la verdadera noción 
de la libertad i del progreso, únicas leyes de la rejene- 
racion, i con ilusiones teolójicas de creyente i visiones 
subjectivas de un espiritualismo persistente. 

XXIX. 

Basta esto para comprender que la obra de Bilbao 
no estaba preparada para tener influencia ni en el movi- 
miento literario, ni en la filosofía política de la nueva 
escuela chilena. Sobre chocar con todas las tradiciones 
del antiguo réjimen i por consiguiente de la vieja escuela 
literaria, no satisfacía a la nueva ni correspondía a las 
aspiraciones liberales, porque su metafísica i su misti- 
cismo nada enseñaban ni nada prometían, i no tenían 
mas novedad que la de presentar bajo una forma rara i 
no definible un proceso que se habia formado cien veces 
con mas claridad al partido dominante, i que se repetia 
en todos tonos contra el catolicismo, desde el siglo pa- 
sado. Así es que el escrito habría pasado solamente 
como un ensayo que revelaba a un escritor de jénio, i 
que afirmaba desde luego la libertad de pensar, que 
estábamos conquistando, si a la sazón no hubiese estado 
desempeñando una de las fiscalías un impetuoso joven, 
que se preciaba de ser un rabioso representante del an- 
tiguo réjimen i que hacia alarde de ser franco partida- 
rio de la oligarquía dominante i osado servidor de todo 
poder fuerte. A los dos dias de la publicación del nú- 
mero II del segundo tomo del Crepúsculo, el fiscal in- 



284 

terino acusó el escrito de Bilbao de blasfemo, de inmo- 
ral i de sedicioso. Tal acusación inició la celebridad de 
la obra. Esta no habria sido leida ni comprendida sino 
por un corto número de los doscientos suscriptores del 
periódico; pero con la acusación i el consiguiente se- 
cuestro de los pocos ejemplares sobrantes, hubo que ha- 
cer otra edición que no alcanzó a satisfacer la demanda. 
En los diez dias que duró el proceso, todos leian la So- 
ciabilidad Chilena, i era jeneral el concepto de que debia 
suspenderse la acusación por inútil i contraria a la po- 
lítica del gobierno, ya que éste no la habia inspirado, 
ni tomado parte en ella. Esto era exacto, puesto que 
habiendo hecho su renuncia del puesto que desempeñaba 
en el ministerio del interior el que esto escribe, fundán- 
dose en la acusación del periódico literario en que tenia 
tanta parte, el ministro Irarrázaval le dio testimonio de 
la prescindencia del gobierno en el asunto. Pero como 
el ministro considerase imposible obtener que la acusa- 
ción fuese retirada, nosotros insistimos en la renuncia, 
que aplazamos por tres meses, accediendo a las exijen- 
cias del ministro, i verificando nuestra separación antes 
de aquel plazo, en cuanto el jefe del ministerio entró 
a desempeñar la vicepresidencia de República, en octu- 
bre de 1844. El empeño de evitar el juicio, ya fuera 
retirando la acusación, ya fuese negándole lugar en el 
primer jurado, inquietó violentamente a los recalcitrantes. 
Estos estaban ya ajitados al tiempo de publicarse la 
Sociabilidad Chilena, con motivo de la jeneral reproba- 
ción que un tio del autor de ésta, que era vicario ca- 
pitular a la sazón, habia concitado poniendo inconve- 
nientes a la celebración de las exequias que por el alma 
del ilustre Infante, muerto dos meses antes, intentaba 
celebrar su familia. La publicación de aquel escrito coin- 
cidía con los ataques que la prensa liberal dirijia al 



285 

clero con este motivo, i el fiscal acusador intervenía am- 
parando los intereses de la relijion contra la blasfemia. 
En cuanto apareció el empeño de cruzar los procedi- 
mientos del fiscal, i se vio que el Siglo trataba de dis- 
culpar i de defender al acusado, en correspondencias que 
atenuaban el escrito con la sana intención i las relevan- 
tes virtudes del autor, i en los editoriales que escribía 
Matta, haciendo la crítica de la obra i presentándola 
como la espresion de una opinión individual que no 
entrañaba el pensamiento de la redacción del Crepúsculo, 
el cual, decia Matta «es la espresion de la anarquía in- 
telectual de la sociedad» ; entonces, decimos, apareció de 
relieve la división que existia en el ministerio i en los 
círculos políticos que apoyaban al gobierno. Los anti- 
guos pelucones por una parte, i los moderados i los li- 
berales por otra empeñaron la lucha i ajitaron a la socie- 
dad; pero no es exacto que esta ajitacion saliera de la 
clase gobernante i se estendiera al pueblo. Aquellos 
hablaron a nombre de la relijion i de la estabilidad social 
en peligro, dominaron la opinión i llevaron la acusación 
hasta sus últimas consecuencias Llegaron al estremo de 
obtener por medio de uno de sus jefes, el señor Egaña, 
que el consejo de la Universidad se asociara a la perse- 
cución, acordando que el autor de la Sociabilidad Chilena 
fuese espulsado del Instituto Nacional i de todas las ins- 
tituciones de instrucción pública; i lo que es mas de- 
plorable i vergonzoso, obtuvieron que la Corte Suprema 
mandase que el impreso que contenia el escrito de Bilbao 
fuese quemado por la mano del verdugo (*). 



(*) Hé aquí aquella notable sentencia obtenida por las jes- 
tiones del fiscal. 

Santiago, junio 27 de 1844. — No estando determinado por 
la lei de 11 de diciembre de 1828, ni por otra alguna, lo que 



286 

Si la acusación por sí sola habria hecho la celebridad 
de la obra, las sentencias condenatorias del jurado i de 



deba hacerse con los impresos condenados en juicio competente, 
no ha lugar la solicitud del señor Fiscal; salvo su derecho para 
ocurrir donde corresponda a fin de prevenir los males que indi- 
ca. — Silva. 

Santiago, julio 2 de 1844. — Vistos i considerando: 1.° que 
siendo una consecuencia necesaria de la condenación de inmoral 
i blasfemo, que se ha hecho por autoridad competente al número 
segundo del Crepúsculo , en la parte intitulada Sociabilidad Chi- 
lena, que no deba leerse ni circularse; 2.° que por lo dispuesto 
en la lei 14, tít. 24, libro 1.° de Indias se encarga a las Justicias 
recojer los escritos que atacan la Relijion Católica, se declara: 
1.° que el teniente alguacil i el escribano de la causa deben 
pasar a la imprenta donde tuvo oríjen el papel condenado i a los 
demás lugares a donde se espende, i traer ante el Juez de 1. a 
instancia todos los ejemplares que existan: 2.° que así mismo se 
haga venir ante dicho juez de 1. a instancia al dueño de la im- 
prenta i empleados de ella, para que bajo juramento digan 
cuánto fué el número de los ejemplares que se imprimieron i 
den razón de los que existan sin enajenarse i del punto donde 
se hallan: 3.° que el mismo juez imparta orden a la estafeta, 
para que todos los ejemplares del referido número 2.° del Cre- 
púsculo se retengan i manden al juzgado: 4.° que se dé orden a 
todos los dueños de imprenta prohibiéndoles la reimpresión del 
antedicho número: 5.° que reunidos los ejemplares ante el juz- 
gado de 1. a instancia se separe del espresado número 2.° el artí- 
culo Sociabilidad Chilena, i se queme por mano de verdugo, 
poniéndose de esto la debida constancia i devolviéndose a sus ' 
dueños la parte científica que contiene el mencionado periódico. 
Se revoca el auto apelado i devuélvanse. Rubricado por los seño- 
res Vial del Rio. — Novoa. — Echevers. — Ovalle i Landa. 

Los jurados que condenaron el escrito de Bilbao pertenecían 
todos, por sus antecedentes políticos o por sus conexiones , a la 
fracción estrema de los conservadores. Fueron don José Vicente 
Izquierdo, don Juan José Gatica, don Vicente León, don Diego 
Echeverría, don José Antonio Palazuelos, don José María Silva 



287 

la Corte fundaron el pedestal de la gloria del autor, i 
dieron principio a una persecución que para desgracia 
del progreso de la causa liberal en Chile no debia ter- 
minar sino con los dias de aquel infatigable campeón de 
la rejeneracion social. Bilbao, con la previsión del jénio 
i la arrogancia de su ardiente carácter, vaticinó su por- 
venir glorioso, diciendo ante el tribunal estas palabras: 
«Aquí dos nombres, el de acusador i el de acusado, dos 
nombres enlazados por la fatalidad histórica, i que ro- 
darán en la historia de mi patria. — Entonces veremos, 
señor Fiscal, cuál de los dos cargará con la bendición 
de la posteridad. — La filosofía tiene también su código, 
i este código es eterno. La filosofía os asigna el nom- 
bre de retrógrado ¡Eh, bien! innovador, hé aquí lo que 
soi. Retrógrado, hé aquí lo que sois!» ... El vaticinio 
no podia dejar de cumplirse, pues los iracundos estalli- 
dos del odio de los servidores del antiguo réjimen han 
labrado siempre la gloria futura de sus víctimas, i han 
contribuido al triunfo de la verdad i de la libertad casi 
con mas eficacia que los esfuerzos de los que las susten- 
tan. La posteridad honra i glorifica al autor de la So- 
ciabilidad Chilena. 

I con justicia. Bilbao fué un gran patriota i un gran 
escritor. Su nombre figura en lugar prominente entre 
los escritores de las repúblicas del Pacífico i de las del 
Plata, que él recorrió en su largo destierro. Su estilo 
se perfeccionó, perdiendo poco a poco la entonación 
aforística i axiomática, i convirtiéndose en la traducción 
clara, trasparente, concisa, vehemente del espíritu espan- 



i Cienfuegos, clon Pedro José Barros, don Juan de la Barra, don 
José Pedro Guzman, don Juan de la Cruz Larrain, don Francisco 
Valdivieso i Gormaz, don Bartolomé Prado i don Juan Miguel 
Biesco. 



288 

sivo de un gran pensador, de un filósofo profundo, i 
sobre todo de un ardiente corazón, consagrado sin tre- 
gua ni descanso al servicio de la causa liberal, a la 
rejeneracion i progreso de su patria i de toda la patria 
americana. 

Con todo es digna de notarse la influencia de los 
primeros estudios de Bilbao, i la persistencia de la pri- 
meras tendencias de su espíritu. Entre sus obras, hai 
una que es notabilísima como concepción filosófica, como 
crítica elevada e irreprochable, i como plan bien conce- 
bido i mejor desempeñado: hablamos de su Discurso 
sobre La Lei de la Historia, hecho ante el Liceo Arjen- 
tino de Buenos Aires, en noviembre de 1858. Jamas 
hemos leido un cuadro tan completo, ni una crítica 
mas filosófica i elevada de las teorías que contemplan 
la evolución histórica de la humanidad como la obra del 
fatalismo, de la voluntad de Dios o de leyes providen- 
ciales. Bilbao define la historia diciendo — «La historia 
es la razón juzgando a la memoria i proyectando el deber 
del porvenir;)) i considera como filosofía de la historia 
la esposicion de la lei del humano desarrollo, sentando 
que — «todos los sistemas formados para esponer esta 
lei, desde San Agustin hasta Hegel, desde Bossuet hasta 
Herder, son aspectos diversos de la fatalidad absoluta 
encarnada en el movimiento de los pueblos.» 

Luego espone i juzga las principales concepciones de 
la filosofía de la historia: la panteista, que es la de 
Hegel, tomada después por Cousin i plajiada en seguida 
por Donoso Cortés para encarnar lo absoluto en la 
iglesia romana, infalible e impecable; la concepción 
católica, que es la de Bossuet, quien la funda en la tra- 
dición judaica, i la de Vico, quien vé en todo pueblo 
una inspiración divina revelada en su propio dogma; i 
la concepción naturalista, cuyo autor es Herder, que halla 



289 

la lei de la historia en la naturaleza sujeta a leyes pro- 
videnciales. «Si atendemos a los resultados morales de 
v estos sistemas filosóficos, que han dominado i aun 
«dominan en nuestro siglo, dice Bilbao, podemos ver 
"la justificación del éxito bajo todos sus aspectos, la 
"adoración de la fuerza, la veneración de todos los mal- 
ovados que se han enseñoreado de los pueblos, pero 
"con la condición de que hayan sido grandes en el mal. 
-Tales doctrinas aun imperan por desgracia i han ener- 
vado los ánimos. El eclectismo, el doctrinarismo, la 
"Sanción de lo existente, forman el espíritu i consagran 
«los hechos como lei, los atentados como decretos de la 
>■ Providencia. Las historias parciales de los pueblos 
"modernos no son sino corroborantes de esa gran doc- 
trina de la filosofía de la historia. La edad media, 
«toda conquista, la inquisición, el jesuitismo, la San 
"Bartolomé, todos los horrores pasados i presentes han 
"Sido golpes de estado de la Divinidad, medidas pre- 
vistas de ab-eterno en su sabiduría infinita. — I hasta 
"en América ha invadido ese plajio de la fatalidad 
"europea. La conquista americana, la estincion de las 
"razas, la servidumbre de los indíjenas, la esclavitud 
j;de los negros, la anarquía i hasta el despotismo de 
"los monstruos americanos, han sido reconocidos como 
"necesidades providenciales. — ¿Qué estraño es que des- 
"pues de tal enseñanza, i de la influencia de tales doc- 
trinas en la historia de todas las épocas, el hombre 
"desmaye, abdique i se entregue en brazos de la fatali- 
dad o de la indiferencia? ¿Cuándo hemos visto apos- 
"tasías mas escandalosas que en nuestros dias? ¿Qué 
«significa esa justificación de los hechos, del éxito, sino 
"la humillación ante la fuerza? ¿Cómo sorprendernos 
»de esa tremenda faz que reviste la esclavitud, que es 

Lastareia, Recuerdos. 19" 



290 

»la degradación del alma, la bendición del flajelo, la 
«adoración del malvado?» 

Al leer esta justa condenación de aquellas doctrinas, 
se imajina uno que Bilbao abjuraba en 1858 aquel fata- 
lismo histórico que él contribuyera a poner de moda en 
Chile en 1844, cuando aun la prensa política repetía 
diariamente la palabra fatalidad para esplicar todos los 
fenómenos sociales i políticos; cuando el Rector de la 
Universidad, al criticar la Memoria en que nosotros re- 
chazábamos aquella filosofía para vindicar como bases 
de la evolución humana la lei de la libertad i la del pro- 
greso, nos acusaba de combatir los principios jenerales 
que fueron por muchos siglos la fé del mundo, i decla- 
raba que el dogma triste i desesperante del fatalismo 
estaba entonces en el fondo de lo que se pensaba sobre 
el destino del j enero humano en la tierra. Mas no es 
así: Bilbao solo daba un paso adelante, como a la sazón 
lo daban Michelet i Quinet, cuya autoridad invocaba, 
colocándolos a la cabeza del movimiento rejenerador mo- 
derno; pues siempre permanecia fatalista. 

La contradicción no podia ocultarse a su claro inje- 
nio, i él trataba de salvarla apelando a soluciones entera- 
mente metafísicas, que por supuesto no resol vian nada. 
Consideraba a la humanidad — «como organismo fisioló- 
jico que tiene sus raices en la tierra i sus antecedentes 
en el reino animal, i como espíritu, que recibe inmedia- 
tamente del verbo infinito la comunicación de la centella, 
la visión del ser, la armonía de la lei, i su destino.» 
De esta teoría deducia el dualismo de la fatalidad i de 
la libertad. «La fatalidad es la lei de los cuerpos, decia, 
la libertad es la lei de los espíritus. La solución del 
problema consiste en hacer que la fatalidad sea libre i 
dominada por el elemento libre, i que la libertad sea 
ordenada al fin supremo.» Con estas premisas procede 



291 

a encontrar la lei de la humanidad en el deber, i formula 
la misma doctrina de la filosofía de la historia que no- 
sotros habíamos establecido en nuestra Memoria de 1844, 
con la sola diferencia de que él la desfigura con su 
misticismo i su metafísica fatalista. Hé aquí como se 
espresa: 

"Luego el problema de la filosofía de la historia, dice, 
se reduce a conocer el deber de la humanidad, i la 
naturaleza del ser que debe realizar esa lei i acercarse al 
fin designado por Dios mismo.» 

«Ahora la planteacion del problema se simplifica de 
este modo: ¿Cuál es el deber de la humanidad?» 

«El deber de la humanidad es la posesión completa 
del derecho, i el desarrollo de todas sus facultades en 
armonía consigo misma, con la sociedad i con los pue- 
blos.» 

«La idea del derecho corresponde a la idea de liber- 
tad — i la idea del desarrollo a la prosecución de un 
fin, a la realización de un ideal.» 

«El problema se simplifica. El ideal es la perfección 
del ser humano. La perfección del ser humano es la 
dominación absoluta del espíritu universal para hacer 
vivir en cada uno la libertad universal.» 

«Podemos pues dar otro paso i decir: la lei de la 
historia es la conquista de la libertad en la conciencia, 
en los hechos, i en la universalidad de los hombres.» 

«Armados de este principio, podéis bajar a la palestra 
del pasado i despertar a los siglos en su tumba, para 
interrogar la significación de sus acciones.» 

Quitemos ahora de esta fórmula del problema la con- 
cepción de lo absoluto, i no quedará otra cosa, como 
base de la filosofía de la historia, que las leyes de liber- 
tad i progreso que la humanidad cumple i debe cum- 
plir en su evolución histórica, como nosotros lo habí?.- 

19* 



292 

mos dicho en 1844. Esta es la verdad en su espresion 
mas simple, i no hai necesidad de buscar solución alguna 
para obtener que la fatalidad sea libre i dominada por 
el elemento libre; pues, como el mismo autor del discurso 
lo dice, — «la doctrina de la fatalidad, apesar de sus 
pretensiones de teoría absoluta, no es sino la doctrina 
del empirismo, o la esperiencia elevada a sistema,» — i 
no es una teoría científica, comprobable por la observa- 
ción práctica. 

Pero en el mismo interesante discurso de Bilbao ha- 
llamos otro rastro mas perceptible de la influencia de 
los primeros estudios del autor de la Sociabilidad Chi- 
lena; pues con el mismo método de abstracción que en 
este escrito, aparecen en calidad de entidades metafísi- 
cas, estrechándose i penetrándose con un lazo místico, 
— aquella lei de la historia con la soberaníaUel pueblo, 
que no es mas que el poder de constituir el Estado; 
ésta con la razón, la razón con la lei, la lei con la liber- 
tad, la libertad con la república i la perfección infinita, 
i todas con el imperativo del Creador que se revela en 
la individualidad i la fraternidad, que a su turno son 
también otras entidades metafísicas. Hé aquí el pasaje 
a que nos referimos, con el cual terminaremos el estudio 
del sistema metafísico-místico de aquel notable escritor: 

Dice así: — «Lueo;o la visión de la lei es la soberanía 
del pueblo, i aquí es donde veréis la unidad del pensa- 
miento que motivó este discurso. — La lei de la historia 
viene a identificarse con la soberanía del pueblo, la sobe- 
ranía del pueblo con la razón, la razón con la lei, la lei 
con la libertad, la libertad con la repiiblica en la tierra 
i la perfección incesante en los mundos suprasensibles del 
espíritu. — Para establecer la soberanía del pueblo debe- 
mos pues establecer la soberanía de la lei — ¿Cuál es 
la lei? — La lei es el imperativo del Creador, que esta- 



293 

blece la individualidad impenetrable i la fraternidad per- 
fectible. — La individualidad impenetrable es el derecho. 
— La fraternidad perfectible es el deber. — El derecho 
o la libertad es la identidad de todo ser que piensa. — 
El deber es el desarrollo de esa libertad universal. — 
He aquí las condiciones radicales del bien. He ahí la 
visión de la lei que estableciendo la soberanía de la 
razón, establece i funda la circunscripción de la sobera- 
nía del pueblo.* 

XXX. 

Los excesos cometidos por el partido pelucon en 
castigo de las ideas i de la persona del autor de la So- 
ciabilidad Chilena marcaban el primer acto de represión 
contra el movimiento de emancipación intelectual pro- 
movido en 1842, i confirmaban los temores que nos 
habían retraído de empeñar una lucha con las preocupa- 
ciones, para difundir las nuevas ideas. Los pocos que 
servíamos con lójica a la rejeneracion de las ideas i a 
la independencia del espíritu sufríamos un doloroso 
desengaño, i pagábamos bien cara la ilusión que pade- 
cimos al suponer que el escrito de Bilbao, que repetía 
ataques envejecidos en una forma abstracta i poco acce- 
sible, no sublevaria el doble fanatismo de la clase domi- 
nante. Después de la acusación veíamos que ésta se 
hallaba dispuesta a cortar nuestro vuelo i a apoderarse 
del movimiento intelectual para empujarlo en senda 
opuesta a la que le abríamos. 

No era eso lo peor. En el fondo de aquella persecu- 
ción llevada con tanta saña como puerilidad habia una 
revelación que mataba todas las ilusiones i esperanzas 
de organizar un partido liberal en política. La división, 
que antes dijimos que existia en estado latente en el 



294 

seno de la clase gobernante i en el gabinete mismo, 
aparecia ahora a la superficie, i demostraba en ello que 
era de todo punto impotente el elemento reformista que 
podia servir de centro al nuevo partido. El ministro 
del interior i sus amigos no habian podido ni evitar la 
acusación del Crepúsculo, ni aun moderar los ímpetus 
coléricos del consejo de la Universidad i de la Corte 
Suprema, que no se habian avergonzado de renovar es- 
cenas propias de los tiempos mas tenebrosos del antiguo 
réjimen. La sociedad no habia progresado todavia lo 
bastante para tener una opinión independiente de las 
potencias dominantes, la cual sirviera de base a los que 
trabajábamos por la reforma. Si hubiéramos continuado 
la publicación del desgraciado Crepúsculo, no habríamos 
tenido lectores, pues hasta las intelijencias mas negadas 
a las abstracciones filosóficas creian haber entendido el 
escrito de Bilbao, i veian en aquel periódico un elemento 
corruptor, inculpando de ello, no tanto a los redactores 
cuanto a los arjentinos, a quienes muchos años después, 
el señor Amunátegui llamaba todavia corruptores del 
criterio público. 

En tal situación nos asilamos en el Siglo, el diario 
liberal que habian fundado Espejo i Santiago Urzua, i 
que publicaban desde el 5 de abril de aquel año de 1844, 
con la cooperación de los redactores del Crepúsculo i 
principalmente la de F. Matta. Este malogrado joven, 
lleno de vigor i de osadia, era en aquel tiempo un filó- 
sofo como Bilbao, sin el misticismo; i empapado en las 
nieblas que aun formaban el horizonte del socialismo 
francés, procuraba esplicarse todos los fenómenos socia- 
les i políticos con el fatalismo de Vico i las jeneraliza- 
ciones de Michelet, de quien era grande admirador. Matta 
i Bilbao eran discípulos del señor Bello, pero habian 
aprovechado mas de su metafísica que de su gusto 



295 

literario i de sus formas artísticas. Ambos emprendieron 
viaje a Europa después de la acusación del Crepúsculo, 
i el segundo cambió indudablemente menos que el pri- 
mero con los cinco años de educación europea que tuvie- 
ron; pues Matta volvió a la prensa de Chile, no a es- 
cribir como filósofo fatalista, ni a representar abstracciones 
socialistas, sino a figurar como un escritor político notable 
por lo acerado de su estilo, por su impetuosidad, i mas 




ECSF.BIO LILLO. 



que todo por la singularidad de su credo político; pues 
mostrándose partidario del principio liberal, combatía 
con violencia a los liberales que se empeñaban por orga- 
nizar un partido que sirviera a la reforma democrática, 
i militaba en defensa del partido conservador, acojién- 
dose a cierto eclectismo político que tenia los matices i 
variantes de la bandera que en 1835 levantaron Bena- 
vente i los filopolitas. 

El Siglo ademas servia desde su fundación como ór- 



296 

gano de los poetas i prosadores principiantes, que aun 
no tenian la corrección i el buen gusto de los que eran 
colaboradores del Crepúsculo. Sin embargo entre aque- 
llos ya se hacia notar Eusebio Lillo, desde las primeras 
poesías que publicó en el Siglo, i mas todavía por un 
canto al dia de la patria, el cual obtuvo el premio en el 
certamen que en ese año celebró la Sociedad Literaria. 
Los alumnos de los cursos superiores del Instituto ha- 
bian renovado esta institución, siguiendo la tradición de 
los primitivos fundadores. 

Desde que Matta dejó de cooperar en el Siglo, la 
dirección i redacción de este diario quedó a cargo de 
Espejo. Este joven de notabilísimo carácter, sin doblez, 
injenuo, franco i leal, no era filósofo. Tenia una ins- 
trucción esclusivamente política i profesaba una devo- 
ción entusiasta a la causa de la reforma democrática. Su 
sagacidad i su poderosa concepción intelectual suplían 
la deficiencia de sus estudios; pero en la espresion, como 
no tenia un gusto literario disciplinado, era habitual- 
mente enfático, i si bien el tono declamatorio de sus 
escritos satisfacía al común de los lectores, se prestaba 
a los ataques de los escritores arjentinos, que ya enton- 
ces comenzaban a servir a la fracción de los conserva- 
dores paros. Con todo, los polemistas mas avezados 
tuvieron que estrellarse siempre, i especialmente en las 
luchas políticas de los años siguientes, contra el indó- 
mito valor i la caballerosa arrogancia de aquel entusiasta 
defensor de los principios i de los intereses de la re- 
forma liberal. 

Espejo cedió la empresa i la dirección del Siglo a 
los que, como queda dicho antes, la tomamos con la 
esperanza de servir enéticamente a la organización del 
nuevo partido liberal. Se ha indicado ya que tal espe- 
ranza quedó frustrada cuando el curso de los acontecí- 



297 

mientos trajo a la arena a los antiguos liberales de 18*28, 
quienes empeñaron con sus vencedores i perseguidores 
-de 1830 una lucha desigual en cjue desaparecía el ele- 
mento liberal moderno, i cuyos resultados no podían 
dejar de ser ventajosos a los que disponiendo del poder 
absoluto se presentaban también como jeneradores i pro- 
tectores de los intereses sociales i políticos que habían 
alcanzado a consolidarse desde aquel año 

Suprimido el Siglo, la nueva propaganda liberal quedó 
reducida a la enseñanza del Instituto. Pero el segundo 
período de la administración Búlnes se inició alejando 
del gobierno a los conservadores, que en el corto tiempo 
de diez i seis meses habían dejado tan hondas huellas 
de su paso, entre ellas la funesta lei de imprenta de 
1846, i entregando el poder a ministros conciliadores 
que aspiraban a mandar sin dictadura. Nuevas espe- 
ranzas de reforma i de réjimen liberal brotaron enton- 
ces, pero no florecieron: los principios e intereses polí- 
ticos del partido conservador predominaban en la clase 
gobernante, i sobre tener su apoyo en la organización 
administrativa que había sido calculada para mantener- 
los, contaban indudablemente con la opinión del país, 
poderosamente empujada en su favor por los intereses 
materiales, que reclamaban un gobierno fuerte en su 
ausilio, principalmente por el órgano del comercio de 
Valparaíso. — Los ministros de la conciliación, por otra 
parte, no tenían ni el valor de reaccionar francamente 
contra aquellos principios e intereses, ni las aptitudes 
necesarias para levantar un nuevo partido liberal, de 
modo que su acción política era embarazada e incierta; 
i si se atrevían a buscar apoyo en nuevos hombres i 
nuevos intereses, no renunciaban por eso a los antiguos 
i los llamaban a cada paso a su lado. 

Entre tanto el movimiento literario estaba paralizado, 



298 

i las desconfianzas nacidas de aquella situación política 
tan incolora le alcanzaban i Je quitaban todo estímulo. 
El año de 47 fué notable bajo este respecto. Según 
nuestras notas, la prensa solo publicó cuatro obras di- 
dácticas, de las cuales no merece recordación sino la 
gramática castellana del señor Bello, ademas dos tra- 
ducciones i cuatro libros orijinales, uno de ellos la Me- 
moria sobre las aguas de Santiago por el señor Domeyko, 
i otra sobre artillería de campaña i de montaña, presen- 
tada por A. Olavarrieta al ministerio de guerra. Recti- 
ficando ahora estas notas en vista de la Estadística Bi- 
bliográfica de Briseño, hallamos que al lado de las pu- 
blicaciones de interés particular, en aquel año, aparecen 
veintiuna reimpresiones, casi todas de novelas i libretos 
de ópera; de todo lo cual no habíamos tomado nota, 
porque si la reproducción de semejantes libros revelaba 
cierta afición a la lectura de recreo, no era sin embargo 
una prueba de la continuación de aquel gran movimiento 
literario de los años anteriores. 

Esta postración era en este año el efecto de la ajita- 
cion política del año anterior i también de la actitud 
que respecto al desarrollo intelectual había asumido el 
partido conservador tres años antes en la condenación 
memorable del Crepúsculo, tratando de quemar por la 
mano del verdugo las ideas i la independencia del es- 
píritu. El movimiento literario no era todavía bastante 
elástico para poder resistir a tales contrariedades, que 
por otra parte eran secundadas por la persistencia con 
que la Universidad servia a esa misma actitud, adop- 
tando una marcha restrictiva que en aquel año de 1847 
la llevaba al estremo de acusar, por medio de un pres- 
bítero de la facultad de leyes, nuestro testo de Derecho 
Público Constitucional de ateísmo i de protestantismo 
a la vez, i al de condenar por medio de la Facultad de 



299 

humanidades nuestra doctrina sobre la filosofía de la 
historia. ¿Qué hacer en tan apretada situación? ¿Decla- 
rarnos vencidos i abandonar una labor de diez años, 
cuyos frutos precoces habían alentado nuestras esperan- 
zas, anunciando que en nuestra incipiente sociedad habia 
ansia de progreso i aptitudes relevantes para realizarlo? 
Eso habría sido lo mas cómodo i provechoso, pero en- 
tre tanto era necesario renunciar a toda esperanza de re- 
generación en las ideas, a todo propósito de preparar el 
advenimiento del réjimen democrático, entregando desde 
luego a los retrógrados la dirección del desarrollo in- 
telectual, i al lento curso de los acontecimientos sociales 
el progreso del nuevo réjimen. 

Los jóvenes de la nueva escuela se mostraban desa- 
lentados i casi no abrigaban otra esperanza que la de 
que el ministerio de conciliación protejiera el movi- 
miento literario i restableciera la antigua labor bajo su 
amparo. Sin embargo, nosotros proyectábamos todavía 
la publicación de un tercer periódico, confiando aun en 
las aptitudes progresivas de la sociedad; i para sondear 
la situación, emprendimos hacer una publicación litera- 
ria, preparando un pequeño libro con el título de Agui- 
naldo para 1848 dedicado al bello sexo chileno. El im- 
presor era Andrés R. Bello, para con el cual nos 
comprometimos a saldarle los costos, obligándose él a 
publicar una Revista mensual, en caso de que la prueba 
diera buenos resultados. Los materiales nos sobraron, 
pues solo necesitamos publicar por nuestra parte la in- 
troducción en verso titulada «El Aguinaldo» i dos noveli- 
tas, por dar lugar a una leyenda de Juan Bello, con 
el título de «La espada de Felipe el Atrevido», a la com- 
posición poética a Peñalolen, de su padre don Andrés, 
a varias poesías de Lindsay, Espejo, de Andrés i de 
Jacinto Chacón, i a dos piezas en prosa de Gonzales i 



300 

de Asta-Buruaga. Los resaltados excedieron a nuestras 
esperanzas, pues el público acojió el libro como un re- 
cuerdo de glorias pasadas, como memorias de antiguos 
amigos ausentes i lo cubrió de aplausos. 

El porvenir estaba de nuevo asegurado, ya que con- 
tábamos todavía con la protección de la opinión, que 
tanto habia favorecido el movimiento iniciado en 1842. 
En marzo de 1848 lanzamos el prospecto de la Revista 




MARCIAL GONZÁLEZ. 



de Santiago. Las suscripciones no se hicieron esperar i 
aseguraron desde luego el costo de la publicación. Con- 
tábamos para mantener este periódico con Cristóbal Val- 
dés, Marcial Gonzales, Jacinto Chacón, i ademas con 
un artículo mensual que nos habia prometido el señor 
Bello, i con la colaboración de los jóvenes escritores a 
quienes podíamos estimular con la importancia de nues- 
tra nueva tentativa. El ausilio del señor Bello era en 
estos momentos de gran eficacia i ademas era franco i 



301 

seguro. ^Cuando el sabio anciano oyó cabizbajo, mustio, 
pensativo, la relación que le hacíamos de nuestras decep- 
ciones i contrariedades, de nuestras esperanzas i propó- 
sitos, se habia levantado de su asiento visiblemente con- 
movido, asegurándonos con una efusión enteramente 
estraña a sus hábitos, que debíamos contar con su coo- 
peración i que estaba resuelto a ayudarnos, a seguirnos 
en nuestra cruzada, en nuestra propaganda, sin contem- 




EARTOLOMK MITRE. 



piar peligros. Esto nos habia entusiasmado i nos habia 
confirmado en la idea de que el maestro abjuraba ya las 
antiguas tradiciones de que antes era celoso custodio. 

El primer número de la Revista de Santiago, publi- 
cado en abril de 1848, fué recibido con aplausos que 
revelaron desde luego que su aceptación era popular, 
porque respondía a una necesidad jeneralmente sentida. 
Toda la prensa de la República le dirijió saludos entu- 
siastas, i el Comercio de Valparaíso, en uno de los artí- 
culos que le dedicó su redactor, el eminente estadista 



302 

arjentino, jeneral Bartolomé Mitre, se espresaba de esta 
manera: «No tenemos noticia de que la. América del Sur 
posea en la actualidad un papel mas interesante por su 
tono, redacción i tendencias, al mismo tiempo que por 
la respetabilidad de algunos nombres que figuran en el 
personal de su redacción. Solo la prensa chilena en esta 
parte del continente ha conservado su dignidad, hasta 
el punto de dar honrosa intervención en sus trabajos 
a notabilidades literarias americanas de primera línea. 
¿Cuántos periódicos en efecto se publican en la América 
meridional con trabajos firmados por nombres como los 
de Bello i Lastarria?» 

Desde luego contamos con la valiosa cooperación de 
escritores ventajosamente conocidos ya, como Ramón 
Briseño, Ensebio Lillo i Hermójenes Irisarri, estos últi- 
mos dos poetas que habían hecho sus primeras armas, 
granjeándose un nombre popular por su numen, su 
corrección, su buen gusto, i por el talento artístico que 
revelaban. 

Al lado de estos poetas i de otros que habian ceñido 
antes el laurel, como Andrés i Jacinto Chacón, se estre- 
naron en la Revista Floridor Rojas, que en seguida se 
hizo notar por su bella traducción en verso de la Lu- 
crecia de Ponsard; José Antonio Torres, que mas tarde 
se hizo aplaudir tantas veces por su fecundidad i por lo 
festivo i dramático de su estro; i finalmente el poeta 
lírico por escelencia, Guillermo Blest Gana, que por su 
esquisito gusto artístico i por la trasparencia i dulzura 
de su sentimiento, despertaba entusiasmo por la poesía 
i cariño por el cantor que pulsaba lira tan armoniosa. 

Entre los prosadores de la Revista, comenzaron en- 
tonces a figurar algunos jóvenes como Lindsay, Santiago 
Arcos i Fernandez Rodella, que colaboraron con intere- 
santes escritos ; e iniciaron su carrera los hermanos 



303 

Amimátegui, que han dado tantas glorias a la literatura 
nacional, Joaquín Blest Gana i Juan Bello que con- 
quistaron después un puesto eminente entre los oradores 
políticos i entre los escritores mas sesudos i correctos. 
Estos cuatro adolecentes, que lo eran entonces, fueron 
los mas asiduos colaboradores de la Revista, i es de 
notar como desde aquellos dias revelaban la seriedad 
de sus estudios i las admirables dotes de su espíritu 
para el cultivo de la literatura i para la investigación 
histórica. 




RAMÓN BBISENO. 



Mas entre todos aquellos jóvenes entusiastas i abne- 
gados, que se pusieron a construir una literatura nacio- 
nal en los momentos en que casi fracasaba el esfuerzo 
iniciado en 1842, el malogrado Cristóbal Valdés merece 
un recuerdo especial: i vamos a hacerlo, trascribiendo, 
para dejarla aquí consignada, una parte del artículo bio- 
gráfico que publicamos en el Diario de Valparaíso en 
1853, año de su temprana i dolorosa pérdida: 



304 

«El año de 1842, decíamos en aquel escrito, fué no- 
table en Santiago por la actividad literaria que brotó 
casi de repente i sin antecedentes ni estímulos que la 
produjeran. Una juventud numerosa i distinguida por 
su cultura, por sus modales, por su buen tono i hasta 
por su fisonomía, vino como de improviso a dar vida 
a aquella sociedad envejecida i a imprimir un nuevo 
sello i dar una nueva tendencia a las costumbres i al 
gusto de los buenos santiaguinos , que hasta entonces 
no acostumbraban despertar de su sueño habitual, sino 
por los sucesos políticos que se producian de tarde en 
tarde i al acaso. 

«Esa juventud era formada allí mismo, en el encie- 
rro de los claustros de los colejios, i no debia la nove- 
dad de sus inclinaciones i de sus maneras, sino al es- 
tudio severo de las buenas doctrinas i a la práctica de 
una moralidad fundada en principios diferentes de los 
que antes formaban la fuente de las preocupaciones le- 
gadas por la colonia. 

«Papel niui principal figuraba entre aquellos jóvenes 
uno que se hacia notar por una fisonomía simpática i 
dulce, por ^ desembarazo de sus maneras, por la es- 
pontaneidad" i sinceridad de sus ocurrencias, i por su 
empeño de elevarse mediante una contracción asidua 3 a 
los buenos estudios. 

«Ese joven era Cristóbal Yaldés, que la muerte acaba 
de arrebatarnos después de una enfermedad prolongada 
i dolorosa, adquirida por su seria i constante contrac- 
ción a las letras. 

«El malogrado Cristóbal se habia recibido de abo- 
gado el 21 de octubre de 1841, cuando apenas contaba 
veinte años de edad, i habia hecho con aplauso jeneral 
sus primeros ensayos en el foro. Una causa célebre le 



305 

dio a conocer bien pronto al primer tribunal de la Re- 
pública, la causa que se formó a la familia de los Mau- 
relios, que, habitando sola la isla de Juan Fernandez, 
habia juzgado i ejecutado a un irlandés Osborn, quien 
trataba de resistir sediciosamente a la autoridad del pa- 
triarca de aquella tribu. Condenados los Maurelios por 
el juez letrado de Yalparaiso, les tocó ser defendidos, 
ante la Corte Suprema, por el malogrado Valdés, quien 
obtuvo una sentencia mas favorable para sus clientes, 
logrando por el esfuerzo i brillo de su defensa que el 
severo presidente de aquel tribunal le felicitase en es- 
trados, con admiración de todos los que sabían que ja- 
mas se habia hecho una felicitación semejante. 

«A la sazón se ocupaba también Valdés en dar lec- 
ciones de humanidades en algunos colejios de Santiago, 
con gran provecho de sus discípulos; i era tal su cir- 
cunspección, apesar de sus pocos años, que el primer 
colejio de señoritas que habia entonces, dirijido por la 
señora Cabezón, le tenia a cargo de una buena parte 
de la enseñanza de sus alumnas. 

«Valdés se consagraba entonces al estudio de las 
leyes i de la bella literatura, i los teatros en que lucia 
las flores precoces de su injenio eran el foro i un pe- 
riódico literario que publicábamos sus compañeros con 
el título de El Crepúsculo. Algunas pajinas de novela 
i una ojeada biográfica sobre el conocido Manuel Ro- 
dríguez , héroe de la independencia, fueron los pro- 
ductos mas notables de Valdés, que dio a luz esa pu- 
blicación. 

«Mas tarde, en 1848 cuando apareció la Revista de 
Santiago, Valdés habia dado de mano a los estudios 
lijeros, i se habia dedicado con pasión a la ciencia de la 
economía política, sin dejar su profesión de abogado, que le 
suministraba sustento para la numerosa familia de su padre. 

Lastaeeia, Recuerdos. 20 



306 

«Valdés fué un constante colaborador de la Revista, 
i en todos los números que forman los tres tomos de 
este interesante periódico se hallan firmados con su 
nombre los artículos titulados Estudios Histórico - eco- 
nómicos. 

aLos doce artículos que forman la serie de estos 
Estudios, que abrazan como 200 pajinas de la Revista, 
componen una obra seria mui capaz de hacer la fama 
de un escritor, si su autor hubiera florecido en otra 
parte. El estilo de la obra es mas bien didáctico, sin 
carecer de alguna amenidad, debida a la afición con que 
Valdés buscaba siempre las formas elegantes i floridas 
para espresar sus ideas. El lenguaje es jeneralmente 
correcto i la fraseolojia esmerada. 

aValdés muestra en estos Estudios una erudición nada 
común en un joven americano. Ausiliado por los idio- 
mas francés, ingles e italiano que poseia, pudo consa- 
grarse a la lectura del gran acopio de libros que se 
habia proporcionado sobre materias económicas; i cono- 
cedor, como era, de la historia de España i de América, 
pudo juzgar con un criterio elevado las instituciones his- 
pano-americanas sobre finanzas. 

«El objeto que Valdés se propuso en sus Estudios 
Histórico- económicos es demasiado importante: trataba de 
llegar «a conocer a fondo las mejoras económico - so- 
ciales que nos convienen a los americanos,» i para esto 
creia necesario «estudiar lo que fuimos bajo la adminis- 
tración española.» Mas antes, decia diseñando el plan 
de su obra, «presentaremos un cuadro comprensivo i 
jeneral de la historia de la ciencia económica en Eu- 
ropa, para saber como se habia conformado con la mar- 
cha de la humanidad. —Veremos de una ojeada lo que 
fué esta ciencia entre los griegos i romanos, pasando 
sucesivamente de la invasión de los bárbaros a Cario 



307 

Magno, i últimamente a las cruzadas i a las repúblicas 
italianas, que habian ensayado ya las mas arduas cues- 
tiones de la ciencia i aumentado prodijiosamente su ri- 
queza i poder, para llegar después a la España, bajo 
cuyo poder un injenio lleno de fé i entusiasmo debia 
darle un mundo por patrimonio. 

« El desempeño de este vasto plan fué lucido, i Val- 
des no perdió de vista jamas en su trabajo la tendencia 
práctica que los americanos debemos dar a los estudios 
económicos. « Los estudios de economía entre nosotros, 
decia él, deben tener una tendencia práctica mas bien 
que científica. Es necesario hacerlos sobre la superfi- 
cie estéril de las cosas i no con el brillante aparato de 
las teorías. Debemos emplear el método analítico i par- 
tir de los hechos i los elementos de la sociedad para 
deducir la teoria que nos convenga: emplear el método 
sintético i aplicar teorías deducidas de otros hechos, es 
errar a cada momento, es crear un monstruo social. Las 
repiiblicas americanas, por su posición jeográfica, por 
su industria, por el rol que están llamadas a desempeñar 
en el inmenso drama de la humanidad, deben tener un 
sistema nuevo de economía porque mui poco tienen de 
común con la Europa en los ramos de su administra- 
ción, en la producción i en la distribución de su ri- 
queza. 

«En otra parte de su obra condenaba con enerjía 
los remedios que se han intentado en la América, to- 
mándolos de las doctrinas e instituciones ele la Europa 
moderna: «Las mas grandes cuestiones de la ciencia 
económica, decia, las que están en el Viejo Mundo a la 
orden del dia, no pueden por ahora tener aplicación ni 
influencia alguna entre nosotros. La mejor distribución 
del trabajo, la miseria de la clase obrera, los salarios, 
la alza i baja de los productos manufacturados, la liber- 

20* 



308 

tad del comercio, son cuestiones que si en su resolución 
llegan a tener contacto con nosotros, es puramente por 
una atinjencia de simpatia o antipatia, según los prin- 
cipios que profesamos: pero ninguna en nuestra indus- 
tria, en la masa de nuestra riqueza, en el seno de nues- 
tra sociedad, en fin, porque nuestras leyes, nuestra ad- 
ministración serán siempre las mismas. 

«Valdés terminó su trabajo «con la satisfacción de 
haber recorrido i analizado uno a uno todos los elemen- 
tos de que se componia la administración política, eco- 
nómica i social de las colonias americanas, i los prin- 
cipios que las precedieron en la historia de la humani- 
dad.» Pero el fruto de sus arduas tareas quedó consig- 
nado en las pajinas de un libro que mui pocos tendrán 
ocasión de leer, i que pasa talvez ignorado de aquellos 
para quienes fué destinado. ¡Triste condición de los que 
como el malogrado autor de los Estudios gastan sus mas 
bellos dias en alumbrar con la antorcha de la ciencia 
la senda que los americanos nos empeñamos en atrave- 
sar a oscuras! 

«Mas como no tratamos de escribir el análisis de 
una de las obras mas importantes de Valdés, nos limi- 
taremos al lijero recuerdo que acabamos de hacer, para 
pasar a considerar a nuestro amigo en los puestos públi- 
cos que desempeñó. 

«La Corte de Apelaciones de Santiago le contó du- 
rante mucho tiempo entre sus relatores, i todos los miem- 
bros de aquel tribunal son testigos de la delicadeza, 
exactitud i destreza de su desempeño. 

«En 1849 fué elejido diputado suplente por el de- 
partamento de Elqui, i en ese carácter concurrió algu- 
nas veces a la cámara. La situación de entonces era 
difícil sobre todo para un joven como Valdés, que apa- 
recía por primera vez en la escena política. Mas su 



309 

moderación característica i la firmeza en los principios 
que profesaba, le salvaron del peligro en que se hallaba 
colocado. Aunque se contaba entre los miembros mas 
respetables del partido opositor, nunca se empeñó en 
cuestiones odiosas, i tuvo la prudencia de no tomar 
parte activa sino en las cuestiones de interés jeneral. 
En una situación normal, Valdés habria tenido mas 
campo para aprovechar sus conocimientos en servicio 
del país, desde el puesto en que habia sido colocado, 
i se habria hecho notar como un diputado distin- 
guido » 

La importancia que adquirió la Revista de Santiago 
eon los trabajos, en su mayor parte notables por su 
fondo i su forma, con que contribuyeron todos estos 
escritores, tuvo eco en la prensa de toda la América 
del Sud; i sobre todo contribuyó eficazmente a dar con- 
sistencia a la escuela literaria inaugurada con el movi- 
miento de 1842, la cual pudo desde luego servir de 
centro activo para la organización del nuevo partido 
liberal. El espíritu que inspiraba la redacción de los 
artículos, aun la tendencia misma de las composiciones 
poéticas, i principalmente la de nuestras revistas men- 
suales, que siempre eran reproducidas por la prensa 
nacional i la de las repúblicas vecinas, se encaminaban 
a producir la rejeneracion de las ideas, a servir a la in- 
dependencia del espíritu, i a difundir i hacer amar los 
principios i los intereses de una reforma democrática en 
nuestras instituciones i prácticas políticas. 

Los resultados de esta labor no se hicieron esperar 
mucho, como que en realidad hacia siempo que ya jer- 
minaban las semillas que la Revista de Santiago venia 
a cultivar. La reacción conservadora de 1845-46, que 
al parecer habia estinguido el movimiento de la nueva 
escuela liberal, habia sido pasajera, i solamente puso en 



310 

estado latente ese movimiento; de modo que el desa- 
liento de 1847 no tenia razón ni era otra cosa que una 
cobardía quimérica, como lo prueba el hecho de haber 
resurjido en todo su vigor el progreso intelectual, ape- 
nas publicamos nuestro Aguinaldo i en seguida la Re- 
vista. El acanto estaba lleno de savia i de vida, i bas- 
taba remover la burda mole que lo oprimia, para que 
sus bellas hojas se desarrollaran relucientes 

En esos momentos se repetia un error que constan- 
temente padecen los gobiernos imprevisores, los cuales 
no saben distinguir los hechos que corresponden al or- 
den regular del desarrollo social de los que lo perturban, 
para favorecer la evolución de aquéllos i sofocar la de 
éstos, si es posible, en su oríjen. El partido conserva- 
dor recalcitrante se reorganizaba al amparo de la debi- 
lidad e imprevisión del ministerio de conciliación, que 
estuvo destinado por sus condiciones a continuar la obra 
de modificación iniciada en 1843 por el ministro Irarrá- 
zaval; i este ministerio se dejaba batir por las cámaras 
i por la prensa de los recalcitrantes, sin aprovechar el 
nuevo elemento liberal, favoreciendo su evolución. Con 
todo el progreso intelectual representado i servido por 
la Revista de Santiago habia hallado de nuevo su qui- 
cio, i marchaba de frente a la reforma, organizándose, 
i dispuesto a tomar la dirección, ya que la abandona- 
ban los conservadores moderados que aspiraban también 
a servir a la reforma. 

Tales eran los elementos que en aquella situación 
determinaban dos corrientes bien caracterizadas en la 
opinión: la una, que sin duda era la mas fuerte, queria 
restablecer el poder absoluto en el gobierno, ese poder 
que tenia sus raices i su vida en la organización política 
i administrativa fundada i condensada por el antiguo 
partido pelucon; la otra, que era la menos consistente, 



311 

aspiraba a modificar esa organización para limitar el po- 
der i dar a la nación sus derechos políticos, su lejítima 
participación en el gobierno de sí misma. Ambas corrien- 
tes se chocan en las elecciones de 1849, i representadas 
en la cámara de diputados, empeñan una lucha desven- 
tajosa para la segunda. Esta sin embargo enarbola el 
estandarte de la reforma democrática i lo sostiene hasta 
caer con él en la guerra civil a que fué conducida por 
la tenaz i ciega persistencia con que los conservadores 
quisieron, desde el principio, cerrar todo camino a la 
reforma, matar toda discusión con la violencia, e impedir 
que el viejo réjimen se modificara por los medios regu- 
lares de un gobierno parlamentario. 

Durante esa lucha en 1849, la Revista de Santiago, 
con la elevación i dignidad que correspondía a un perió- 
dico literario de su altura , mantuvo los principios i el 
interés de la reforma política; pero a fines de aquel año 
tuvo que ceder el campo, estrechada por las influencias 
conservadoras, que aprovecharon la publicación de un 
artículo de costumbres en el número con que termina 
el tercer volumen, para ponerla en sitio de hambre, del 
cual no supieron sacarla los reformistas. 

Hemos dicho antes que en 1841 i 42 habian estado 
a la moda los artículos llamados de costumbres, sirviendo 
el Fígaro de Larra de modelo a los que ensayaban este 
jénero, entre los cuales habia sobresalido Vallejo, por 
su sagacidad para pintar el ridículo de las situaciones 
que elejia. Pero nosotros habíamos procurado dar a los 
ensayos de este jénero una tendencia social, criticando 
con preferencia preocupaciones añejas i contrarias a la 
sociabilidad democrática en que debían entrar nuestras 
costumbres, porque mas que el Fígaro nos agradaba 
como modelo «La Historia de la ciudad de Nueva York 
desde el principio del mundo», en que Washington Ir- 



312 

ving habia fustigado las pretensiones de nobleza de sus 
compatriotas; i en el Semanario i el Crepúsculo había- 
mos publicado algunos bosquejos de este carácter. A 
fines de 1849, cuando estaban ya deslindados perfecta- 
mente los partidos políticos que disputaban el triunfo 
de sus ideas, i cuando el elemento liberal se organizaba 
bajo los fuegos del combate i al calor de la efervescen- 
cia producida por aquella jigantesca evolución, juzgamos 
oportuno un escrito destinado a condenar vicios de ca- 
rácter, hábitos antisociales, malas pasiones i preocupa- 
ciones antidemocráticas, i escribimos en tono exajerado 
i adecuado a las circunstancias, para hacer efecto, el 
Manuscrito del Diablo, que publicamos en el último nú- 
mero del tercer volumen de la Revista. 

Los conservadores tomaron el artículo como un in- 
sulto a la sociedad, i a nombre del honor nacional que 
suponían ofendido, repitiendo la acusación que han lan- 
zado siempre las preocupaciones contra el que las cen- 
sura, hicieron propaganda para retirar a la Revista sus 
suscritores e intimidar al editor. El periódico fué sus- 
pendido, i aunque Fernandez Rodella pretendió reempla- 
zarlo con el Picaflor, este papel literario solo alcanzó 
una corta vida, i el editor tuvo que restablecer la Revista 
de Santiago cuatro meses después, a fin de aprovechar 
la justa fama que habia conquistado aquella publicación. 
La segunda serie de la Revista se mantuvo desde abril 
de 1850 hasta el mismo mes de 1851, bajo la dirección 
de Francisco Matta, que volvia de su largo viaje a 
Europa; pero ya no continuó representando los prin- 
cipios e intereses del nuevo partido liberal, porque su 
director, prefiriendo para el gobierno de la República a 
los perseguidores de aquel inconsistente partido, queria 
formar causa liberal aparte, en vez de cooperar a la uni- 
dad orgánica de la gran causa democrática. Cuatro años 



313 

mas tarde Guillermo Matta, el valiente poeta de la nueva 
síntesis, que tanto ha ilustrado con su brillantes obras 
la literatura nacional, siguió la tradición de la Revista 
de Santiago i publicó de ella una tercera serie, en que 
figuraban los mas notables escritores de la primera. 

Desde que ésta dejó de aparecer en 1849, su funda- 
dor concentró sus esfuerzos al movimiento político, i 
envuelto en el torbellino revolucionario de 1851, puso 
término a la evolución que habia iniciado en la enseñanza 
en 1837, siquiera con la satisfacción de que quedaba ya 
jerminada la nueva simiente en buen terreno. No menos 
de cuarenta escritores habían contribuido a afirmar la 
trascendental influencia que tuvieron en la fundación de 
la alta prensa de nuestro país, en la consolidación del 
movimiento literario i en la difusión de las ideas libera- 
les, el Semanario de 1842, el Crepúsculo de 1843, i la 
Revista de Santiago de 1848. Esceptuando únicamente 
a cinco de aquellos escritores, todos los demás comen- 
zaron a ilustrar su nombre en aquellos periódicos, la 
mayor parte se formó en ellos, iniciando su carrera de 
prosadores o poetas, i adquiriendo la justa fama con 
que después han sabido mantener el lustre de la litera- 
tura nacional, cuya existencia principia en 1842. El 
porvenir literario de esta querida patria quedaba ase- 
gurado, la independencia del espíritu proclamada como 
base del desarrollo intelectual, i la doctrina liberal fun- 
dada en sólido cimiento. Las vicisitudes políticas po- 
drían sin duda desfigurar o entorpecer la acción de 
estos nuevos elementos de actividad, pero estinguirlos 
o dominarlos, jamás! 



RECUERDOS LITERARIOS. 



SEGUNDA PARTE. 



El Círculo de amigos de las letras. 



Estamos en 1859. Diez años han pasado desde que 
pusimos término, con el tercer volumen de la Revista 
de Santiago, a aquella fructuosa revolución literaria que 
habia despertado la intelijencia i abiértole nuevos i vastos 
horizontes, i que habia zanjado los cimientos de una li- 
teratura nacional, con el ausilio de tantos distinguidos 
colaboradores, ademas del que por contraste le prestaran 
los que mas de una vez intentaron contrariarla. 

Mas en estos diez años, todo ha cambiado. Si bien 
no ha sido estinguido el movimiento literario, porque 
era imposible aniquilar sus jérmenes ni sofocar su fuerza 
espansiva, sus tendencias han sido estraviadas, i aun sus 
doctrinas fueron desfiguradas. Todo lo ha dominado la 
política conservadora, restablecida en el poder con el 
espíritu i las formas de sus mejores dias, i su sello apa- 
rece estampado en todas las manifestaciones del desa- 
rrollo social. Esta reacción en la política restablecía el 
antiguo réjimen en todo su esplendor, i haciendo desa- 
parecer el trabajo rejenerador que tanto habia avanzado 
en los catorce años trascurridos desde 1837 a 1850, hacia 



318 

también revivir vigorosamente las ideas, el sentimiento, 
las preocupaciones i los hábitos antidemocráticos de la 
vieja civilización española. En 1861, tratando de carac- 
terizar la primera reacción operada por el partido pe- 
lucon, aludiamos a la que apareció en el decenio de que 
estamos hablando ahora, en estos conceptos que no po- 
demos alterar hoi dia, a pesar de la frialdad con que 
contemplamos los sucesos. 

«El gobierno era poderoso, decíamos, hablando del 
de 1835: su marcha inflexible, sistemática, decidida, lo 
habia rodeado de prestijio i de terror, i la fuerte orga- 
nización que se habia dado en todas las jerarquías de 
su autoridad, habia asegurado definitivamente su triunfo 
i el de su partido. Los cuatro años trascurridos desde 
la separación de Portales del ministerio, hasta 1835, 
habian bastado a sus sucesores para consumar la empresa 
iniciada por aquel, i elevar al partido pelucon a la ple- 
nitud de su predominio, al cénit de su poder. Pero la 
reacción colonial no se habia operado todavía completa- 
mente, porque en el seno mismo del partido triunfante 
hallaba alguna resistencia: ella alcanzará todo su esplen- 
dor mas tarde, (de 1851 adelante) cuando, con la mayor 
naturalidad i sin resistencia alguna, se erijan templos al 
fundador de la colonia, (la capilla de la Vera Cruz) a 
título de ser el introductor de la relijion i de haber sido 
tan gran conquistador; cuando el público se preocupe 
de milagros obrados en casa de un ministro de Estado (*); 
cuando del mismo secretario universal del partido reac- 
cionario, el canónigo Meneses, suba al pulpito a san- 
cionar con su palabra de sacerdote las supercherías que 



(*) En 1852 se habló mucho de la verdad de un milagro del 
ánima del siervo de Dios Bardesi en casa del Ministro del Culto, 
i la prensa en jeneral trasmitió el hecho sin comentarios. 



319 

se armen sobre la santidad de un donado (*); cuando 
en fin la prensa oficial proclame con descaro que — «El 
^partido conservador tiene por principal misión la de 
«restablecer en la civilización i en la sociabilidad de Chile 
o el espíritu español, para combatir el espíritu socialista 
»de la civilización francesa». (**) 

Al lado de estos hechos, C|ue son verdaderamente 
notables, la historia política juntará otros muchos, tan 
característicos como ellos, para comprobar el completo 
triunfo de la reacción del pasado español en aquella 
época, la cual sin embargo fué mui floreciente, por el 
desarrollo de la riqueza del país. Mas esta prosperidad 
no se debia a aquella reacción, sino que antes bien le 
sirvió de apoyo i de fomento. Después de la conmoción 
política de 1851, el cansancio i los desengaños por una 
parte, i la necesidad de trabajo por otra, estimulada por 
el aliciente de los pingües provechos que por felices 
circunstancias alcanzaban la minería, la agricultura i el 
comercio, hicieron que la nación se sometiera a la do- 
minación del gobierno absoluto, olvidadas ya todas las 
asj3Íraciones de rejeneracion social i de reforma política 
que la habian precipitado en la dolorosa crisis provocada 
por la resistencia tenaz con que el partido dominante 
habia contrariado i sofocado aquellas aspiraciones. Un 
fenómeno mui natural en el vulgo, el de la visión fan- 



(*) Frai Andresito. También se publicó por la imprenta 
ísacional sobre el mismo asunto del sermón, un cuaderno titu- 
lado «Vida i hechos maravillosos de Fr. Andrés García, hermano 
donado de la Recolección franciscana de Santiago, por E. N. 
— 1855.» 

(**) Juicio Histórico ele Portales. El diario que abogaba 
por el restablecimiento del espíritu español era La Civilización, 
i su tesis era repetida, aplaudida i dilucidada por el Mercurio 
de Valparaíso. 



320 

tástica, que padecen aun las personas ilustradas cuando 
rio se detienen a investigar si existe en realidad lo que 
su imajinacion toma como cierto por lo que aparece, 
hizo que aquella prosperidad i el contento i satisfacción 
que de ella procedian se atribuyesen al gobierno fuerte. 
La opinión pública vino pues en apoyo de aquel orden 
tan preciado para el partido pelucon, i que tan admira- 
blemente consultaba el interés industrial, sobre todo el 
del comercio estranjero, que no demandaba otra cosa que 
seguridad para sus logros, aunque fuese a costa del pro- 
greso moral del país en quo ejercitaba su industria de 
comprar barato para vender caro. 

Entre tanto el desarrollo intelectual independiente no 
participaba de aquella prosperidad. La historia i la esta- 
dística demuestran la decadencia en que, a medida que 
progresaban las instituciones de instrucción jesuítica, se 
hallaba en aquel tiempo la instrucción pública a cargo 
del Estado, principiando por la instrucción primaria, la 
cual aun careció de la lei que fué aprobada en 1850 
hasta el 24 de noviembre de 1860, en cuya fecha alcanzó 
al fin su sanción, después de una revisión que duró tres 
años. No necesitamos repetir aquella historia, pero entra 
en los propósitos de estos Recuerdos el hacer mérito de 
la postración en que habia caido la producción literaria 
por causa de las mismas influencias de la reacción, la 
cual habia paralizado el movimiento literario que tanto 
habia estendido su acción en 1849. 

Tales influencias habian alcanzado ya todo su desa- 
rrollo en 1855, i tomando la Estadística Bibliográfica de 
los cinco años que corren hasta 1859, se nota que sobre 
ser escasísima la producción literaria, la mayor parte de 
las obras orijinales son sobre asuntos de algún interés 
efímero, o monografías de un interés especial, como 
testos de enseñanza primaria i del curso de humanida- 



321 

des, salvo raras escepciones. Los libritos de esta última 
especie, así como las traducciones i las reimpresiones 
abundan, a causa de que los adeptos al interés político 
dominante esplotaban el favor que el gobierno prestaba 
a este jénero de trabajos, en ausilio de la enseñanza ofi- 
cial i de las bibliotecas populares, nueva institución a la 
cual se daba una gran importancia, que la práctica no 
justificó precisamente por su mala organización. Mas 
aquel favor se prestaba con tan poco discernimiento i 
era esplotado con tan poca intelijencia, que los resulta- 
dos no sirvieron a ningún propósito, ni contribuyeron 
entonces ni después al desarrollo literario. Prueba de 
la injusticia del favor se encuentra en que la recibieron 
muchos testos de enseñanza reprobados por la Universi- 
dad, i en que los que obtenían esta aprobación eran por 
lo jeneral tan faltos de mérito, que si llegaron a servir, 
pronto fueron abandonados; i prueba de la poca inteli- 
jencia con que la mayor parte de los especuladores ser- 
vían a las bibliotecas populares, es la de que las reim- 
presiones o traducciones eran, no de libros adecuados a 
la instrucción del pueblo, o aptos para fomentar el gusto 
de la lectura, sino de obras doctrinarias o historias re- 
flexivas, como las de Guizot, de biografías clásicas como 
las de Lamartine, i de otros libros de estudios serios i 
aun de falsas doctrinas. Aquella falta de intelijencia lle- 
gaba a veces a estremos increíbles, como, entre otros, 
el de reimprimir una mala traducción de la Conquista 
de Méjico de Prescott, que publicó en Madrid la em- 
presa de la Revista de España, Indias i el Estranjero, 
poniendo en la portada — Edición de Chile, Indias i el 
estranjero, porque el libro español decía — Edición de 
la Revista de España, Indias i el estranjero. 

En cuanto al número de estas publicaciones, la Esta- 
dística nos da este resultado: en 1855 — catorce obras 

Lastaheia, Recuerdos. 21 



322 

orijinales, entre ellas ocho testos de enseñanza i algunas 
poesías; trece traducciones i reimpresiones, entre las 
cuales hai cinco libretos de óperas: en 1856 — veinte i 
tres orijinales, incluyendo siete' testos ; i quince traduccio- 
nes i reimpresiones: en 1857 veintiuna orijinales, entre 
las cuales se cuentan cinco testos i algunas poesías cor- 
tas; i las reimpresiones i traducciones ascienden a diez 
i siete: en 1858 hai veinte i cinco orijinales, once de ellas 
son testos i' dos novelas nacionales; las reimpresiones i 
i traducciones son veinte i cuatro: en 1859 se publica- 
ron veinte i cuatro obras orijinales, trece de ellas son 
testos de enseñanza, dos novelas, una poesía i un pro- 
yecto de código; las reimpresiones i traducciones suben 
a veinte. Este resultado acusa la postración de la pro- 
ducción literaria de que hablamos, pues deduciendo los 
cuarenta i cuatro libritos de testos que se han publi- 
cado en los cinco años, solo quedan sesenta i tres obras 
orijinales, cuya mayor parte son publicaciones de cir- 
cunstancias i sobre asuntos que carecen de interés 
literario. 

Mas lo que prueba de un modo incontrovertible que 
esta decadencia era el efecto natural del triunfo de la 
reacción conservadora, que dominando de un modo ab- 
soluto en la política, sojuzgaba a la sociedad entera, es 
el gran desarrollo que alcanzó en aquella época la pro- 
ducción de libros, folletos i obras oficiales de un interés 
esclusivamente relijioso i esclesiástico. Ya seria desde 
luego un hecho revelador el de que en aquel quinquenio 
solo hubieran aparecido sesenta i tres producciones 
profanas, debidas al trabajo intelectual del país; pero 
cuando al lado de este guarismo presenta la Estadistica 
Bibliográfica ciento sesenta i cuatro obras de interés 
esclusivamente eclesiástico, es necesario reconocer que 
éste era el interés predominante, como que en realidad 



323 

era el que mayor desarrollo recibía bajo el imperio de 
la reacción. 

Estas ciento sesenta i cuatro producciones de litera- 
tura eclesiástica se distribuyen por años, de este modo: 
en 1855 — treinta i tres, en 1856 — veintiuna, en 1857 
— cuarenta i dos, en 1858 — treinta i seis, i en 1859 — 
treinta i dos. 



II. 

Con todo el ejemplo de la época anterior servia toda- 
vía de estímulo, pues no solamente lo seguía la reacción, 
amparándose de la prensa para servir a sus intereses, si 
no también que el movimiento literario independiente 
i rejenerador hacia de cuando en cuando nuevas tenta- 
tivas para rehabilitarse i afirmar sus manifestaciones por 
medio de la prensa. Su progreso era es verdad inter- 
mitente, porque carecia de vitalidad para triunfar de la 
reacción, i seguia una marcha curva que a veces se es- 
traviaba i se detenia; pero en cada una de sus tentativas 
enriquecía la producción literaria i conquistaba nuevos 
obreros para reforzarse. Los tiempos eran nebulosos i 
oscuros, pero por momentos aparecia alguna ráfaga de 
la luz del espíritu nuevo que los aclaraba, como sucede 
en una noche de borrasca, cuando el viento rasga las 
nubes dejando aparecer estrellas relucientes que presajian 
la bonanza. 

La leí de la unidad del progreso social se cumplía 
naturalmente, a pesar de la poderosa tendencia de la 
reacción a restablecer el orden moral del viejo réjimen. 
Bajo el amparo de la reacción se habían desarrollado 
todos los intereses del orden activo, i en consecuencia 
se operaba un progreso material que hacia olvidar los 
intereses morales, o que mas bien queria sojuzgarlos. 

21* 



324 

para sofocar la independencia del espíritu i la aspiración 
a la libertad, dos peligros para su quietud i para sus 
goces. Sin embargo la empresa era imposible. No se 
opera un progreso considerable en una esfera de la activi- 
dad social, sin que este cambio no prepare un progreso 
análogo en las demás. Por eso son siempre vanos los 
esfuerzos que hace el despotismo que se apoya en el pro- 
greso material para sofocar la libertad, aprisionando el 
orden moral en ciertos dogmas, en ciertas reglas de con- 
veniencia, o en ciertas doctrinas artificiosas: el progreso 
moral se emancipa siempre i tiende a desarrollarse 
paralelamente con el material, tanto mas cuando ya de 
antemano ha encontrado su quicio en la independencia 
del espíritu, como habia sucedido entre nosotros desde 
1837 a 1850. 

Así vemos aparecer con persistencia en la época 
reaccionaria a que aludimos las tradiciones anteriores a 
1850. Apenas se restablece el partido pelucon en el 
poder con todo su tren de facultades estraordinarias, 
destierros i persecuciones, tratando de restañar las heri- 
das i de enjugar las lágrimas de la guerra civil con el 
terror, aparece un nuevo escritor que, libre de los com- 
promisos de la lucha, se mantiene dos años, hasta 1853, 
en el Mercurio de Valparaíso, combatiendo la restaura- 
ción de las preocupaciones relijiosas i defendiendo los 
verdaderos intereses de la libertad industrial, que peligra 
en manos de los ajiotistas i de los mercaderes, quienes 
no solamente pugnan contra ella, sino contra el escritor 
que los denuncia. Ese novel escritor que ya revela en- 
tonces un injenio sutil, adornado de vasta instrucción, 
un estilo correcto, vivaz, elegante, pintoresco, i un arte 
fecundo i rico de formas i de brillo, es Ambrosio Montt, 
el que mas tarde ha desarrollado aquellas notables dotes 
con tanto provecho para la causa de la libertad, para la 



325 

de las letras i para el lustre de nuestra oratoria parla- 
mentaria. 

En 1855 Guillermo Matta restablece la Revista de 
Santiago, i la mantiene durante el segundo semestre de 
este año con la colaboración de don Andrés Bello i de 
algunos pocos de los redactores de la de 1848 i 49, quie- 
nes, como los demás, no se habían visto forzados a vagar 




GUILLERMO MATTA. 

en el estranjero o fuera de la capital por causas políti- 
cas. En esta nueva serie de la Revista, comienzan a 
ilustrar su nombre algunos escritores, que si bien se 
habían estrenado antes en la prensa política, o contaban 
con un caudal de conocimientos bien adquiridos, no 
tenían todavía la notoriedad que desde entonces con- 
quistaron. 

El de mas antecedentes, entre estos escritores, por 
sus estudios i aun por su edad era Francisco Marin, 
que después ha servido tantas veces a la causa liberal 



326 

con su palabra, como representante en el Senado i en 
la Cámara de diputados. Entonces principiaba tarde su 
carrera de escritor, como Vauvenargues, con quien tiene 
tantas analojías por su benevolencia, por su piedad cris- 
tiana mantenida contra todas las tentaciones de la incre- 
dulidad, por sus amarguras físicas i morales, i hasta 
como moralista sentimental, que se cierne entre el mis- 
ticismo teolójico i la metafísica de los enciclopedistas, al 
trazar en la Revista con esmerado lenguaje i fácil estilo, 
sus pajinas sobre la necesidad del principio relijioso. 
Pero, aunque no habia sido guerrero, como aquel ilustre 
amigo de Voltaire, Marin tuvo el valor de hacer su en- 
trada en la prensa, publicando una carta en que vindi- 
caba al partido liberal contra los ataques de los pelu- 
cones i dirijia por primera vez enérjicas censuras al poder 
dominante, sin temor de perturbarlo en la plenitud de 
sus triunfos. 

En el mismo periódico literario comenzó a hacerse 
notar Alberto Blest Gana, como novelista. Apenas se 
habia iniciado este jénero entre nosotros, i afortunada- 
mente los pequeños ensayos que se habían hecho, aun- 
que carecían de un mérito real, no eran reaccionarios, 
en el sentido de rehabilitar preocupaciones añejas i anti- 
sociales, o de restaurar intereses ajenos a la sociabilidad 
democrática. Alberto Blest Gana siguió la misma senda 
para cultivar la novela moderna, la que, según la espre- 
sion de un crítico juicioso, es «la que retrata la socie- 
dad actual i encarna los ideales i sentimientos que a 
nuestro siglo animan; la que al interés dramático de los 
sucesos une el interés sicolójico producido por la aca- 
bada pintura de los caracteres i el interés social enjen- 
drado por los problemas que en ellos se plantean; la 
que sustituye con ventaja a la antigua epopeya i pre- 
senta con pasmosa verdad i brillantes colores la vida 



327 

compleja i la conciencia ajitada de la sociedad presente.» 
El novelista que aparecía, i que ha conquistado en 
nuestra incipiente literatura el primer puesto por su 
poderoso talento descriptivo, por su fidelidad en la pin- 
tura de nuestras costumbres, por su acierto en la deli- 
ncación de los caracteres, se hizo digno de aplauso desde 
el principio; porque, huyendo de las situaciones invero- 
símiles i de las aventuras estravagantes, i consagrándose 




r:vf 



ALBERTO ELEST GANA. 



a servir a la regeneración de las ideas i de las costum- 
bres, tuvo el arte de trazar con tanta verdad i sobrie- 
dad sus cuadros domésticos, que nunca dejarán de tener 
el mérito de la realidad, aunque por otra parte carezcan 
de moviento dramático, de colorido brillante i del interés 
jeneral que inspiran las grandes situaciones históricas o 
sociales, o los grandes problemas morales que ajitan al 
mundo moderno. 

Al lado de estos escritores, aparecieron en la Revista^ 
aunque con lijeras composiciones, los poetas Pió Yaras 



328 

Marin, Martin José Lira i Adolfo Valderrama, que des- 
pués dieron tantas pruebas de sus talentos poéticos; i 
los prosadores Francisco Vargas Fontecilla, Domingo 
Santa María, M. A. Matta i Barros Arana, quien ya se 
habia dado a conocer un año antes con la publicación 
del primer volumen de su Historia Jeneral de la Inde- 
pendencia de Chile. 

Esta tercera serie de la Revista de Santiago terminó 
en breve tiempo, sin embargo de quo su director habia 
prometido que no moriría, ade tisis por carencia de sus- 
cripción, contando con fondos suficientes para sostenerla.» 
Talvez le alcanzó la asfixia que en la atmósfera de todo 
despotismo ahoga a los espíritus independientes. 

Este fenómeno tantas veces comprobado por la his- 
toria se operaba también entonces, como lo atestiguan 
los datos estadísticos que hemos presentado sobre la 
producción literaria en aquellos años. Lo cierto es que 
este periódico con tanto brillo mantenido por los an- 
tiguos i nuevos escritores, entre los cuales figuró tam- 
bién el literato español' don Eduardo Asquerino, no 
alcanzó esta vez a producir mas de ochocientas pajinas. 

Mas el gobierno absoluto tuvo un capricho cesáreo. 
Pensó sin duda como Augusto i los Napoleones que era 
necesario protejer las letras i tener escritores, ya que la 
nueva situación política alejaba a los que antes habian 
creado i honrado nuestro progreso literario. Pero no 
hizo memorias ni escribió libros, como aquellos Césares, 
ni si quera formó una escuela doctrinaria que, como la 
de Luis Felipe, falsificara el sistema representativo i 
estraviara la filosofía con un falso eclectismo de conve- 
niencia. Este trabajo estaba hecho i los doctrinarios 
franceses imponian entonces como leyes de la sociolojia 
sus falsificaciones i sus errores. Se limitó a publicar 
una Revista de Ciencias i Letras, que apareció un año 



329 

después de la desaparición de la de Santiago, en 1857, 
i que en cuatro entregas, dadas a luz de tarde en tarde, 
contiene importantes trabajos de los eminentes profeso- 
res estranjeros que estaban al servicio de Chile, los 
señores Domeyko, Courcelle-Seneuil, Philippi, Moesta 
i Pissis. También publicó allí Asta-Buruaga, empleado 
piíblico como^ 'aquellos, su interesante obra descriptiva 




F. S. ASTA-BURUAGA. 



i estadística sobre Costa Rica i las Repúblicas de Cen- 
tro América, i fuera de tres o cuatro artículos anónimos, 
aparece un juicio sobre la Historia de Chile del padre 
Martínez, escrito por Barros Arana, e intercalado en las 
crónicas de noticias científicas, que son el mejor adorno 
de aquella Revista. La bella literatura no tuvo mas eco 
en este papel que los largos i pesados cantos del Teudo 
o Memorias de un Solitario de Sanfuentes, especie de 
diario en que el héroe consigna en fatigosos versos sus 
inq^resiones dia a dia, i que el crítico mas apasionado 



330 

de aquel poeta, Amunátegui, considera como una com- 
posición inferior a las demás que han salido de la misma 
pluma. 

La Revista de Ciencias i Letras no fué pues una ma- 
nifestación del movimiento literario nacional, ni contri- 
buyó a sacarlo de la paralización en que se hallaba. Pero 
si la politica conservadora era impotente para crear algo 
en reemplazo de la nueva escuela que antes se formara, 
fomentó sin duda a los escritores de testos de enseñanza 
i traductores de obras para las bibliotecas populares de 
quienes antes hemos hecho mención, protejió la educa- 
ción i los estudios que daban desarrollo a la vieja es- 
cuela tradicional, e hizo representar i defender con ele- 
vación sus intereses en la prensa, por medio del Fe- 
rrocarril, diario fundado en los últimos dias de 1855, 
el cual ha conquistado después, mediante una acertada 
dirección, el primer puesto entre los que se publican 
en Chile. 

Por otra parte la política dominante no solo se ha- 
cia representar en ciencias i letras por los empleados 
públicos que mantenían de Revista, i en doctrinas con- 
servadoras por el diario que acabamos de recordar, sino 
que mantenía bajo su dominación todas las institu- 
ciones de instrucción pública, dispensando sus favores 
solo a cierta literatura oficial, cerrando las puertas de 
la Universidad a los que no eran sus adeptos, i as- 
pirando a someter a su dictadura hasta las asociaciones 
independientes que nacían al abrigo del espíritu público 
que los liberales alimentaban fuera de los alcances del 
poder. 

Víctima de esta aspiración fué en su oríjen el colejío 
de abogados que se organizó en Santiago en 1856. Su 
promotores tuvieron el propósito de dar lustre a su pro- 
fesión por medio del estudio, i prescidiendo de partidos 



331 

políticos, invitaron a los abogados que militaban en el 
del gobierno, los cuales, queriendo servir mas a la po- 
lítica que a los fines de la institución, obtuvieron que 
se sometiera a la aprobación suprema el reglamento del 
cuerpo. El gobierno, consecuente con su política absor- 
vente, aprobó aquellos estatutos con modificaciones que 
colocaban bajo su dependencia la asociación, i que por 
supuesto la desfiguraban de una manera que no fué 
aceptada por los organizadores. La institución del co- 
lejio de abogados fracasó en su oríjen. 

Otro tanto hubo de suceder con la Sociedad de ins- 
trucción primaria que los liberales organizaron en San- 
tiago para cooperar a la difusión de la instrucción po- 
pular. La Memoria del Ministro de instrucción pública 
en 1853 habia dado como alumnos asistentes a 186 es- 
cuelas fiscales 8982, i a 94 escuelas municipales 5433. 
Estas dos sumas unidas a la de los alumnos asistentes 
a 18 escuelas conventuales i a 273 particulares daban 
un total de 23156. Entre tanto en 1857, según la Me- 
moria del año siguiente habian asistido a las escuelas 
públicas i privadas 35,364 alumnos; de modo que sobre 
ser mui escaso el aumento de escolares que habia en 
cinco años, todavía quedaban sin instrucción primaria 
249,125 niños de 7 a 15 años, pues, según los datos 
estadísticos agregados a esta Memoria, habia en la re- 
pública 284,489 habitantes en estado i edad de asistir 
a las escuelas. 

Ademas la Memoria de 1853 hacia notar que la 
mayor parte de los asistentes a las escuelas solamente 
aprendían a leer i a escribir, que no alcanzaban a la 
mitad del total los que aprendían de un modo mui in- 
completo principios de relijion i de aritmética, llegando 
cuando mas a una sesta parte los que se instruían en 
alo-unos otros ramos de conocimientos. Otra Memoria 



332 

posterior suministraba el dato de que no habia mas que 
trece escuelas superiores, en las cuales se enseñaba algo 
mas que lectura i escritura. En vista de estos hechos 
i creyendo sincera la reclamación que aquellos documen- 
tos oficiales hacían de la cooperación de los habitantes 
para fomentar la instrucción primaria, algunos liberales 
tuvieron el pensamiento de ocupar su actividad organi- 
zando sociedades populares para plantear escuelas, i pre- 
parar de este modo la acción independiente de los 
ciudadanos para rejir i servir por sí mismos este interés 
social. A fines de 1856 la Sociedad de instrucción pri- 
maria de Santiago tenia ya varias escuelas fundadas i 
mantenidas con sus propios fondos, i trabajaba en or- 
ganizar la misma institución en las principales ciudades 
de la república. Pero la política absorvente del go- 
bierno pelucon, temiendo malos resultados de este movi- 
miento independiente, para su dominación absoluta, se 
anticipó a apoderarse de él en las provincias, iniciando 
la formación de sociedades análogas por medio de sus 
empleados, i dictando en febrero de 1857, de acuerdo 
con el Consejo de Estado, para la que formó en Con- 
cepción, un reglamento que le sirvió de tipo para las 
demás. El artículo 5.° de este reglamento establecia 
que el intendente de la provincia era miembro i presi- 
dente nato del directorio i ele la sociedad, i que for- 
marían también parte del mismo la comisión municipal 
de inspección de escuelas i los miembros de la junta de 
educación nombrada por la Universidad. Esta interven- 
ción de la autoridad en las sociedades populares de ins- 
trucción primaria, desvirtuando la naturaleza de la ins- 
titución, no solo embarazó la acción de la de Santiago 
en las provincias, sino que esterilizó de tal manera el 
propósito, que las que se formaron bajo esa intervención 



333 

no funcionaron jamas, ni tuvieron otra sesión que la de 
la su instalación. 

Sin embargo la Sociedad de instrucción primaria de 
Santiago supo resistir a las influencias de la política 
invasora, i en las fiestas cívicas de 1857 presentó en 
reunión jeneral un brillante estado de los portentosos 
provechos que habia alcanzado, en el corto tiempo de 
su existencia. En aquella sesión aprobó el plan de 
instrucción moral que le presentamos con el título de 
Objeto de la Educación Social, para cooperar por nues- 
tra parte a los fines de aquella noble institución, i sobre 
ese plan formamos, para cumplir con su encargo, el 
Libro de Oro de las Escuelas, que en marzo de 1863 
aprobó la Universidad para que sirviera de testo de 
lectura en las escuelas públicas. 



III. 

Por aquel tiempo la situación jeneral comienza a 
modificarse profundamente. La inflexibilidad de la po- 
lítica dominante habia puesto en peligro si no la estabi- 
lidad del gobierno mismo, a lo menos la tranquilidad de 
su dominación absoluta; pues no solo habia mantenido 
vivo el odio de sus adversarios, sino que también se 
habia enajenado la estimación i el interés de los mismos 
pelucones que en en el quinquenio anterior la habían 
apoyado. Aquellos se habian concillado la opinión pú- 
blica por la dignidad i la paciencia con que habian so- 
portado la persecución i la esclusion, que los hacían 
aparecer como víctimas i no como apasionados partida- 
rios de una causa política: estos se presentaban auto- 
rizados por la simpatía que naturalmente inspiraban sus 
esfuerzos en favor de la conciliación, los cuales, según 



334 

ellos, constituían el vínico motivo que los estimulaba a 
lanzarse en la oposición al gobierno. 

Este por otra parte, al ver que el odio que inspiraba 
su antigua política se convertía ahora en vínculo de 
unión de los pelucones que lo habían elevado, obede- 
ciendo a sus intereses retrógrados i a su aversión a la 
reforma, con los liberales que lo habían combatido a 
nombre de los principios democráticos, hubo de modifi- 
car sustancialmente su sistema. Antes se habia descui- 
dado de buscar el apoyo de su autoridad en la opinión 
del país, fundando una política elevada en la concordia 
de los grandes intereses i en el respeto a la libertad; i 
la nueva situación le forzaba a aparecer no ya como un 
poder absoluto i retrógrado, sino como un gobierno na- 
cional que defendia los principios i la libertad contra 
los pelucones i el orden público contra los antiguos li- 
berales. Esta evolución fué la señal de emancipación 
para todas las opiniones i el principio de una nueva 
faz política i de nuevos acontecimientos. El despotismo 
no puede faltar a su lójica, sin perderse: el dia en que 
principia a transijir es el primero de su ruina. 

Tal es la causa del movimiento intelectual que co- 
mienza a desarrollarse durante aquella época de 1857 
adelante, en todas las esferas del orden especulativo, 
mientras que por otras causas, a las cuales no era mui 
estraña la política que habia dominado, principia tam- 
bién a determinarse una complicación en los intereses 
del orden activo, la cual trae por resultado la crisis eco- 
nómica de 1861. 

El dominio de las preocupaciones relijiosas sufre los 
primeros ataques del libre examen, con motivo de los 
esfuerzos que hacia la curia para presentar piadosamente 
como poseida del demonio a una mujer que padecía 
histéricos. Un escritor que se denominaba facultativo com- 



335 

pétente publicó en Valparaíso un libro titulado Carmen 
Marín o la Endemoniada de Santiago, en el cual com- 
pilaba todos los informes presentados exprofeso al arzo- 
bispo sobre la enfermedad que padecía aquella joven, i 
los sometia a una crítica facultativa (*). Poco después 
el eminente médico i naturalista D. Juan Bruner daba 
a luz en la capital una monografía médico psicológica 
con el mismo título El Demonio de la naturaleza i la 
naturaleza del Demonio, en cuyo estudio combatia con 
ciencia la piadosa superchería que pretendía que el dia- 
blo andaba entre nosotros, tomando posesión de las alu- 
cinadas que no cuidaban de dar a sus alucinaciones un 
oríjen celestial, como Santa Rosa de Lima. La prensa 
de la época i la sociedad entera discutieron el caso i la 
discusión fué favorable al libre examen. 

El interés político por otra parte surjía vigoroso, 
usando de su libertad de pensar, ya que el gobierno se 
escusaba de no haberla respetado antes, por complacer 
a los viejos pelucones que se le separaban ahora para 
ligarse con los liberales perseguidos. Varios periódicos 
políticos aparecen en todas las provincias. Los liberales 
fundan una imprenta en Santiago, i en julio de 1857 dan 
principio a la publicación del País, diario que bajo la 
dirección de Barros Arana sostiene con brillo las doc- 
trinas e intereses del partido que habia permanecido 
proscrito durante seis años. Los pelucones desligados 
del gobierno imitan el ejemplo, i al mes siguiente fun- 
dan otro diario con el título de El Conservador, para 
defender su nueva causa, en cuya redacción inician su 
carrera de escritores conservadores los hoi distinguidos 
literatos Blanco Cuartin i Sotomayor Valdés. 



(*) Tenemos noticias para creer que el autor de esta obra 
anónima es el Dr. don Manuel A. Carmona, liberal del año 28. 



336 

Ambos escritores han permanecido fieles a la causa 
que entonces defendieron, i la lójica de su fidelidad los 
ba llevado a la difícil tarea de tratar siempre de conci- 
liar las doctrinas de su antigua devoción i los ideales 
de viejo réjimen con las exijencias de la sociedad mo- 
derna, i con los principios e intereses del sistema demo- 
crático. Pero ambos se distinguen por la elevación i 
templanza de sus escritores i por las dotes literarias que 
los colocan entre los mas notables escritores contem- 
poráneos. 

La actitud de estos escritores corresponde al matiz 
del partido retrógrado que principió a diseñarse en 
aquella época con la nueva denominación de partido 
conservador. Un año antes del ruidoso fraccionamiento 
del partido gobernante que dio oríjen a este matiz, ya 
a mediados de 1856, habia comenzado la disgregación 
de sus elementos, con la triunfal separación del elemento 
eclesiástico, el cual, sirviendo de quicio al partido pelu- 
con desde 1830, habia sido también el mas sólido so- 
porte del escudo del gobierno de 1851. La jestacion 
habia sido larga, pero como era múltiple, según llaman 
los médicos a ciertas jestaciones fetales, el aborto produ- 
cido por los sacudimientos i los choques de aquel tiempo 
dio existencia a tres jemelos, que pasaron a figurar con 
distintos nombres en la escena política, aunque con fisono- 
mías casi idénticas. 

Se comprende la existencia de un partido netamente 
retrógrado, a lo menos por algún tiempo, en las que 
fueron colonias españolas de América, por que es natu- 
ral que los intereses i las convicciones del antiguo réji- 
men, que aun subsisten, se defiendan contra la rejene- 
racion social i la reorganización política que tienden a 
destruir el poder absoluto, el cual forma la fuerza de 
aquel réjimen', i a entronizar en su lugar la semecracia. 



337 

Se comprende aun que aparezca un partido conservador 
moderado en países como la Francia, donde la tiranía 
secular, inmemorial, de todas las potencias sociales — 
monarquía, iglesia, aristocracia, capital, costumbres i 
preocupaciones que hoi son antisociales, ha enjendrado 
a esos monstruos de la ignorancia moderna que se ape- 
llidan socialismo i comunismo, i que pretenden suplan- 
tar por errores estrafalarios los principios de la república 
moderna, o de la semecracia, i por la nivelación de las 
condiciones personales los derechos que constituyen la 
libertad. Allí es lójica la existencia de un partido con- 
servador moderado que sin ser retrógrado, defienda con- 
tra tales estravagancias los principios de la sociedad ci- 
vilizada. Mas en un país como Chile, donde todos los 
círculos políticos que sirven con sinceridad a la reforma 
política i social, la hacen consistir en el triunfo mas o 
menos completo de todos los derechos que constituyen 
la libertad individual, no pueden tener sino una exis- 
tencia efímera i falsa los conservadores que a título de 
moderados pretenden demorar esa reforma, aceptándola 
en parte, i defenden los principios de la sociedad civili- 
zada, que no son otros que los que se fundan en aque- 
llos mismos derechos, que ellos reconocen i reclaman, i 
que a veces también defienden, no contra el socialismo 
que no existe, sino contra los liberales que sirven a 
idéntico propósito. 

Aquella evolución abortiva de 1856-57, operada por 
el partido retrógrado dominante, continuada i desarro- 
llada por conveniencias de circunstancias o intereses de 
política personal, ha venido a crear cierta literatura 
política especial o, con mas propiedad, una sofistería li- 
teraria, que aplicada entonces por los escritores de los 
dos retoños del partido retrógrado, el nacional i el con- 
servador, ha llegado en veinte años a estraviar el crite- 

Lastabeia, Eecuerdos. 22 



338 

rio político, falsificando la historia i la doctrina liberal. 
Los escritores del término medio, con un pié en el viejo 
réjimen i otro en el sistema liberal, se injenian para 
reclamar las libertades que por el momento necesitan, 
con tal que puedan conciliarias con los intereses de la 
causa caduca que miran con simpatía i que aun defien- 
den como diestros abogados. Este empeño los conduce 
a terjiversar el sentido de los verdaderos derechos que 
constituyen aquellas libertades, i a sustentar sus tergi- 
versaciones con la procacidad que en su desesperación 
rabiosa emplean los netos i francos defensores del viejo 
réjimen. Un nuevo ideal político de esta especie, que 
procura encuadrar el progreso moderno i los principios 
democráticos en las tradiciones i los dogmas antiguos, 
tiene mirajes que deslumbran i que no pueden menos 
de estraviar esa aspiración común, popular, que existe 
en favor de la reforma; tanto mas cuanto que la situa- 
ción transitoria, simbolizada por ese nuevo ideal, ha sido 
mantenida por las transacciones que con él han hecho los 
liberales, por servir a intereses del momento, olvidando 
la verdadera doctrina liberal que antes representaban, i 
dividiéndose por tanto en algunos matices mas que los 
tres conservadores aparecidos en 1857. 

Lo hemos dicho ya, i debemos comprobarlo ahora 
con nuevos hechos, que nuestro mas constante anhelo 
liabia sido mantener la unidad del partido liberal por 
medio de la pureza de su doctrina i la homogeneidad de 
sus intereses. No tuvo otro objeto la publicación que 
hicimos de nuestra Constitución Política Comentada en 
la «Revista de Santiago», cuando apareció por tercera vez 
en 1855 este periódico literario. I la edición separada 
que de aquel libro publicamos en 1856, cuando ya se 
preludiaba la lucha del clero con el gobierno, corres- 
pondía al propósito de recordar la doctrina de la reforma 



339 

de nuestras instituciones políticas a los liberales que la 
habían profesado, i quienes en aquellos momentos empe- 
zaban a simpatizar con el arzobispo i sus exijeneias 
disolventes, cansados como estaban de persecuciones i 
de hostilidades de parte del gobierno que los había derro- 
tado en 1851. 

Nos alucinábamos entonces, confiando en el poder de 
la verdad para asociar a los hombres, i creíamos que pre- 
sentando en un cuerpo la justa doctrina de la reforma 
política que contiene aquel libro, no prevalecerían sobre 
ella los intereses efímeros que, nacidos de una situación 
pasajera, arrastraban a los liberales a pactar alianzas 
con los retrógrados para atacar al gobierno. I cuando 
el arzobispo se puso en abierta rebelión contra el Es- 
tado, desobedeciendo la sentencia de la Corte Suprema 
que amparaba contra sus censuras eclesiásticas a los 
canónigos que por una riña de sacristanes se habían 
concitado la persecución a divinis, tomamos la defensa 
del poder del Estado, en el Mercurio de Valparaíso, que 
nos cedió su redactor en jefe, el distinguido escritor 
venezolano Hilarión Nadal, para mostrar a los liberales 
que su puesto estaba al lado del Estado, i no entre los 
setenta clérigos que habian organizado la liga cantor- 
heriana contra los recursos de fuerza que las leyes con- 
cedían para ante los tribunales de justicia a los que 
fueran víctimas del despotismo eclesiástico. 

Con todo, la disgregación de los elementos del par- 
tido dominante continuaba desde aquellos sucesos, i los 
liberales se reconciliaban con los conservadores separa- 
dos del gobierno para organizar la oposición: semejante 
alianza conducía naturalmente a una modificación pro- 
funda de la doctrina liberal i a la anulación de los in- 
tereses del partido. Era necesario contrariarla. Desde 
luego imajinamos que para ello serviría una historia de 

22* 



340 

este partido, que recordara su brillante aunque corta 
campaña, i su sacrificios i padecimientos en obsequio de 
la causa liberal. Pero un escrito semejante tenia el pe- 
ligro de sublevar contestaciones i recriminaciones peli- 
grosas en aquel momento, i contrarias al propósito de 
presentar en toda su pureza la doctrina de la reforma, 
i de avivar las simpatías i el respeto que merecía. Era 
mas acertado acentuar el vivo recuerdo que entonces 
formaba la gloria principal del partido, el recuerdo de 
los debates parlamentarios de 1849. Esa era la tradi- 
ción de sus doctrinas, de sus propósitos i sistema; i a 
juicio de algunos liberales que tenían el mismo ínteres 
que nosotros, podía ser de gran efecto, para evitar in- 
consecuencias i transacciones peligrosas, poner a la vista 
del partido una condensación de aquellos propósitos, 
para recordarle su bandera. 

Tal fué el oríjen del libro que en 1857 publicamos 
con el título de Proyectos de Leí i Discursos Parlamen- 
tarios. Su objeto fué significado con toda claridad en la 
introducción. Allí declaramos que, como en los docu- 
mentos de ese libro están apreciados en un sentido 
liberal los recursos i necesidades del país, i aparece en 
ellos trazado el rumbo que seguían las ideas i principios 
políticos, su reproducción podia servir al estudio que el 
partido liberal debía hacer de su posición i de su carác- 
ter, para definirlos de una vez, i aceptar i cumplir su 
tarea francamente i con toda pureza. Aludiendo al nuevo 
partido conservador que entonces aparecía, decíamos que 
él ocupaba una posición intermedia entre los elementos 
que entrañan el espíritu colonial, i el partido liberal; 
pero que, como tiene su principal apoyo en los prime- 
ros, nunca los perturba, siempre condesciende con sus 
exijencias, i solo reserva sus fuerzas, sus arbitrios con- 
servadores i sus golpes de estado para luchar con el se- 



341 

«Tinelo i anonadarlo. «Esta observación tan verdadera, 
agregábamos, nos da la convicción de que el partido 
liberal no puede tener otra misión que la de defender 
sus principios contra los ataques de aquellos dos podero- 
sos enemigos, para realizar alguna vez sus fines; i por 
tanto creemos que toda fusión o liga con ellos es impo- 
sible, i que toda transacción es un retroceso en la marcha 
■del sistema liberal.)) 

Mas el objeto de esta publicación no fué compren- 
dido, mucho menos realizado. El Mercurio de Valparaíso, 
en una revista literaria de la semana, publicada el 27 
de abril de 1857, hablaba de aquel objeto, haciéndolo 
consistir en que nosotros nos proponíamos presentar 
jjuros ciertos principios políticos a los cuales está vinculado 
el interés de la República; pero con un escepticismo de- 
plorable, pasaba a demostrar otra opinión diametralmente 
opuesta al hecho de ser inconciliables los propósitos po- 
líticos del partido liberal i del conservador: «El señor 
Lastarria quiere deslindar, decía, los partidos que des- 
graciadamente hace tiempo nos dividen, determinando 
a cada uno su puesto i haciéndolos valer por sus prin- 
cipios. En repúblicas como las nuestras, todavía atrasa- 
das, novedosas, apasionadas i donde la personalidad i el 
egoísmo han echado hondas raices, hai siempre peligro 
-en atizar a los partidos i es mas santa obra procurar su 
fusión. Pero se dirá que su fusión es imposible, porque 
no se puede amalgamar lo malo con lo bueno, ni hacer 
una mezcla de la oscuridad i la luz. Aquí necesitamos 
esplicarnos. — Hablemos la verdad. En Chile no hai 
principios. Solo hai partidarios» 

El poeta J. A. Torres, que esto escribía, no creia que 
conservadores i liberales tuvieran principios, i abogaba 
por su fusión, porque ambos eran partidos personales. 
Talvez tenia razón en el sentido de que los intereses 



342 

personales prevalecerían sobre los principios, pero era 
este el fin que nosotros rechazábamos, i el que debia 
también haber condenado aquel diario i toda la prensa 
liberal, porque no es santa obra favorecer el desarrollo 
de los móviles del egoísmo en la política, contrariando 
el interés colectivo que se funda en la verdad. 

Al movimiento de la prensa política iniciado en 
aquella época, el cual tomó un gran desarrollo en 1858, 




MANUEL CARRASCO ALBANO. 



con motivo de las elecciones de representantes i muni- 
cipales que se verificaron en este año, i por la actitud 
represiva que volvió a asumir el gobierno, corresponde 
también la publicación de los Comentarios de la Consti- 
tución de Chile de 1833 por Manuel Carrasco Albano. 
Este malogrado joven, que desde su temprana aparición 
dio relevantes pruebas de su elevado espíritu i de su 
recto juicio, habia seguido en esta obra un plan entera- 
mente histórico i por tanto diverso del de nuestra Cons- 
titución Política Comentada , i habia merecido por ella 



343 

el premio de la facultad de leyes, no sin la protesta de 
algunos doctores conservadores, que sin duda temían 
que ese libro contuviera doctrinas contrarias a sus in- 
tereses políticos. 

Aunque era puramente literario el interés que inspiró 
a Carrasco Albano la composición de su interesante li- 
bro, la publicación tuvo un carácter político por las 
circunstancias en que se hizo. Los sucesos de 1858 ha- 
bían dado consistencia a la prensa liberal que reclamaba 
la reforma constitucional. El diario titulado La Actua- 
lidad, que había reemplazado al País, i que publicaban 
desde febrero de aquel año Barros Arana i Sotomayor 
Váleles, con la cooperación de varios escritores liberales; 
el semanario ilustrado i de caricaturas que mantuvo desde 
julio José Antonio Torres, con el nombre de Correo 
Literario; i la Asamblea Constituyente que poco después 
daban a luz Vicuña Mackenna, A. C. Gallo, los dos 
Mattas e I. Errázuriz, servian al gran propósito de la 
reforma de la constitución, que habian propuesto dos 
liberales a la cámara de diputados el 22 de julio, i el 
cual habia sido rechazado a los dos dias por la mayoría 
que allí servia a la política del gobierno contra liberales 
i conservadores. 

Un numeroso club, con el nombre de Asamblea Cons- 
tituyente, se habia también organizado para trabajar por 
la reforma, i aunque la iniciativa de esta pertenecía 
al partido liberal, se habian apoderado de la idea con 
ferviente entusiasmo los jóvenes que por sus conexiones 
conservadoras, habian estado al lado del gobierno hasta 
las disgregaciones de 1856 i 57, verificadas en el partido 
dominante; i los conservadores mismos, que en la aposi- 
ción querían mantener las tradiciones de su partido, pres- 
taban sus simpatías a ciertas reformas constitucionales 
limitadas. 



344 

Este desarrollo de la prensa política tuvo su término 
en la declaración de estado de sitio que el gobierno espi- 
dió en diciembre de aquel año, i a virtud de la cual un 
decreto ministerial mandó ssupender la publicación del 
Mercurio i del Ciudadano de Valparaíso, de la Asamblea 
Constituyente, del Correo Literario i de la Actualidad en 
Santiago. 



IV. 

La resurrección que recordamos de la prensa política 
era en aquel tiempo una verdadera manifestación del 
progreso literario alcanzado por los esfuerzos hechos 
hasta 1849: i paralelamente con ella aparecían también 
como frutos del mismo progreso varias i dispersas pro- 
ducciones puramente literarias, que anunciaban que aun 
tenia vida el arte en medio de la ajitacion de los intere- 
ses políticos. 

La simiente había prendido a costa de aquel paciente 
i trabajoso cultivo de diez años; i aunque el huracán que 
comenzó a desarrollarse en 1850 dispersó el follaje i 
agostó las tempranas flores de la planta naciente, i ella 
no tuvo sol que la fecundara durante la larga oscuridad 
de la tormenta que se prolongó por seis años, sus raices 
se estendieron i ganaron firmeza en una tierra fecunda. 
Hai árboles que no encontrando vida en las inclemen- 
cias de su medio ambiente, concentran el poder de su 
savia para procurarse* un desarrollo descendente, como 
hai gramíneas que viven largo tiempo debajo de la 
nieve, creciendo en sus raices i fortificándose. 

No habia pues necesidad en la época recordada de 
emprender una labor de creación. El movimiento literario 
antes comenzado existia, i aunque aparecía estraviado 
por las exijencias e intereses de la política dominante, 



345 

sus manifestaciones espontáneas e independientes, si bien 
raras i efímeras, revelaban que tenia vigor el espíritu 
que lo había inspirado. En 1857, la célebre poetisa 
doña Mercedes Marín del Solar cantaba a la patria, con 
motivo de los progresos de la Sociedad de instrucción 
primaria; Guillermo Matta daba a luz su canto A la 
América; Guillermo Blest Gana su bello poemita La 
Flor de \la Soledad, i Sanfuentes su Teudo o Memorias 
de un Solitario. Entre varios discursos de incorporación 
a la Universidad, se hacen notar el de Santa María por 
su enerjía para justificar la actitud de su predecesor, 
absolviendo al jeneral Freiré en el proceso político que 
le hizo formar Portales, i por su sagacidad para tratar 
la cuestión científica sobre el efecto retroactivo de las 
leyes; el de Gregorio V. Amunátegui sobre el estudio 
de las lenguas i literaturas extranjeras, condenando el 
lato desarrollo que se daba al de la latina i demostrando 
la necesidad de reemplazarlo por el estudio de la lengua 
castellana; i el de Yaras Marín, que contiene una nota- 
ble biografía del ilustre decano difunto de la Facultad 
de Humanidades don Ventura Blanco Encalada , en la 
cual brilla el espíritu moderno i la idea de que las colo- 
nias hispano -americanas salgan también de esta condi- 
ción en el orden intelectual. Por fin, en la Serena 
aparece en mayo El Eco Literario del Norte , periódico 
científico, literario e histórico, que alcanza a publicar 
diez i ocho entregas de doce pajinas, que no carecen de 
ínteres. 

En 1858 los ardientes ecos de la prensa política no 
alcanzan a apagar el entusiasmo literario de Guillermo 
Blest Gana, que por una parte da a luz su drama histó- 
rico en cuatro actos i en verso, La Conjuración de Al- 
magro, i por otra .funda en julio la Revista del Pacifico, 
en Valparaíso, mediante la protección de su editor don 



346 



Santos Tornero, quien, como empresario del estableci- 
miento tipográfico i librería del Mercurio de Valparaíso, 
prestaba mano jenerosa a la prensa literaria i liberal, 
i quien tanto se ha distinguido por sus esfuerzos en fo- 
mentar el progreso intelectual de la patria de sus hijos. 
Desde principios del año, ya publicaba la misma em- 
presa el Álbum, periódico semanal, crítico i literario, re- 
dactado por el escritor arjentino don Juan Ramón Mu- 
ñoz, i que cesó en el noveno número. En la Serena 




GUILLERMO BLEST GANA. 



aparece un periódico semanal, literario, industrial i de 
costumbres, que alcanza larga viva, con el título de El 
Cosmopolita. La novela es cultivada por José Antonio 
Torres, que publica sus Misterios de Santiago, i por Al- 
berto Blest Gana que da por separado una edición de 
El Primer Amor i de La Fascinación, que habia publi- 
cado en la Revista del Pacífico. Las cuestiones sociales 
tienen también su eco,, en el Porvenir- del hombre o Re- 
lación íntima entre la justa apreciación del trabajo i de 



347 

la democracia de don Pedro Félix Vicuña, libro que si 
bien está fuera del movimiento literario, es digno de 
notarse por que comprueba la vitalidad que renacía en 
aquellos dias, i muestra por su espíritu i sus vistas el 
momento ele transición en que entraban las ideas me- 
tafísicas de organización social i política de los antiguos 
liberales. La Universidad también concurre en este año 
al nuevo vuelo intelectual con la publicación de la bri- 
llante Memoria histórica de estatuto que presentara en 




DOMINGO SANTA MARÍA. 



el año anterior Domingo Santa María sobre los Sucesos 
ocurridos desde la caida de G'Higgins en 1823 hasta la 
promulgación de la constitución dictada en el mismo año. 
Este notable libro formaba serie con La Dictadura 
de G'Higgins, Memoria también de estatuto que en la 
sesión solemne de la Universidad, en diciembre de 1853, 
habia presentado don Miguel Luis Amunátegui, com- 
pletando entrambas obras la historia de uno de los perío- 
dos mas interesantes de nuestra organización política. 



348 

Esta Memoria, escrita al parecer, con una velada inten- 
ción de formar contraste entre la época a que se refiere 
con los momentos de eclipse de la causa liberal en los 
cuales apareció, tuvo por eso un carácter político que 
por entonces hizo sombra al gran mérito literario i a la 
sana filosofía política que después le han reconocido los 
que la consideran como la obra maestra de su autor. 
La de Santa María no menos brillante por él colorido i 
la viveza de su estilo, por la rectitud de juicio, por los 
principios liberales i su entusiasmo republicano, tuvo 
mas francamente el mismo carácter ele escrito político; 
pero tiene sin duda verdadero mérito histórico, por la 
investigación i por la narración animada con que supo 
dar interés a los sucesos posteriores a la dictadura de 
O'Higgins, aunque a juicio de Joaquin Blest Gana, que 
juzgó el libro en la Revista del Pacifico, aquella anima- 
ción estaba fuera de la templada mesura de las compo- 
siciones históricas. 

Mas no disimulemos el contraste que, por su número, 
formaban estas raras obras independientes, que revela- 
ban la subsistencia del nuevo espíritu de nuestro movi- 
miento literario en aquellos tiempos, con la exuberancia 
de la literatura oficial i de la eclesiástica. Aquella había 
producido durante los dos años de que hablamos mas 
de cuarenta publicaciones, entre testos, traducciones i 
reimpresiones; i las obras de interés relijioso habían lle- 
gado a cuarenta i dos en 1857 i a treinta i seis en 1858. 
Por esto tenia en los momentos una trascendental im- 
portancia la Revista del Pacifico que venia a ligar la tra- 
dición literaria, resucitada pasajeramente en 1855 por 
la tercera serie de la Revista de Santiago. 

En el nuevo palenque abierto por Guillermo Blest 
Gana, reaparecieron nuestros antiguos compañeros de 
labor, el mismo Blest Gana, Miguel Luis i Gregorio 



349 

Victor Amunátegui, Joaquín Blest Gana; continuaron 
su valiente carrera Barros Arana, Alberto Blest Gana, 
Martin José Lira, Guillermo i Manuel Antonio Matta; 
i aparecieron cornos nuevos colaboradores del movimiento 
literario Daniel Barros Grez, José Antonio Donoso, Rene 
Moreno i el que boi es el mas fecundo i poderoso 
sustentador de la gloria de nuestras letras, B. Vicuña 
Mackenna, quien ya se liabia hecho notable en la prensa 
política. 




benjamín vicuña mackenna. 



De estos últimos, el joven injeniero militar don José 
Antonio Donoso, que murió en temprana edad, para 
desgracia de nuestras letras, fué "el quemas fijó la aten- 
ción de las inteligencias de la época, por la orijinalidad 
de los temas en que ejercitó su injenio, por la facilidad 
de su estilo, por la escentricidad i la franqueza de sus 
opiniones morales i de sus juicios críticos sobre las ideas 
i conveniencias sociales. Leyendo sus escritos, se advierte 



350 

que estas dotes eran indudablemente adquiridas en el 
estudio de su modelo, que era Rabelais. Donoso habia 
padecido el estravio de que lian sido víctimas la mayor 
parte de los imitadores de Rabelais, que han carecido 
del gran juicio de Montaigne i -de Voltaire. Donoso ha- 
bia aprendido en Rabelais a libre pensador; pero sin un 
ideal definido, sin un criterio fijo, cayó en el escepticismo 
mas infecundo; i careciendo del talento de la burla i 
de la fina percepción del espíritu satírico de su maestro, 
imitó mal el libertinaje intelectual i las crudezas de len- 
guaje con que éste se hacia perdonar su risa venenosa. 
Pero la primera aparición de la Revista del Pacifico 
fué fugaz: cayó en diciembre de aquel año con el estado 
de sitio que suprimió toda la prensa independiente. Su 
director habia tenido que emprender un viaje forzado 
al estranjero por causa de los acontecimientos políticos. 
Pero ese primer tomo de la Revista contiene cuarenta i 
ocho piezas históricas i literarias, todas las cuales son 
testimonios de un verdadero progreso intelectual. 

V. 

Pasada la tormenta revolucionaria que se desencadenó 
después de aquel estado de sitio, i que mantuvo al país 
en dolorosa alarma i ahogado en lágrimas i sangre, 
durante los primeros meses de 1859, era de esperar que 
la producción literaria independiente desapareciera i que 
todo el movimiento intelectual quedase reducido, como 
antes, a la esfera en que las influencias oficiales i 
eclesiásticas imperaban. I así habria sucedido induda- 
blemente, como lo demuestra el gran número de testos 
didácticos, de traducciones i reimpresiones que apare- 
cieron en aquel año, bajo la protección del gobierno, i 
las treinta i tantas obras de interés relijioso que se pu- 




JUSTO ARTEAGA ALEMPAKTE. 




DOMINGO ARTEAGA ALEMPARTE. 



351 

blicaron, si no hubiera ocurrido un acontecimiento tan 
feliz como inesperado. 

Ese acontecimiento fué la aparición de la Semana, 
periódico noticioso, literario i científico, que principiaba 
el 21 de mayo, cuando aun no hacia un mes que tronaba 
el canon de la última batalla de la guerra civil, cuando 
todavía se oian las detonaciones de los últimos fusilazos 
de una rebelión, cuyo desconcierto revelaba su oríjen 
popular i le daba el carácter de una protesta del país 
contra el absolutismo de un gobierno represivo. ¿Quién 
venia a ofrecer en aquellos momentos de dolor a la in- 
teligencia i al corazón los consuelos de las letras? 

¡Dos niños! Si, adolescentes por la edad, pero hom- 
bres por el poder de su intelijencia, eran los hermanos 
Arteaga Alemparte, cuando fundaron aquel periódico 
literario. Acaban de volver del Perú donde habian cre- 
cido, compartiendo con su honorable padre las tristezas 
del largo destierro, que este distinguido veterano del 
ejército habia sufrido por servir a la causa liberal. Es- 
taban por consiguiente ajenos ele las pasiones del mo- 
mento, i podian aspirar, como lo dicen en el prospecto 
de la Semana, a representar la vida palpitante de la 
sociedad, i a «constituir su periódico en el órgano del 
arte i la ciencia que . alboreaban en nuestro horizonte, a 
convertir sus columnas en los anales de su incremento 
i progreso. » Contaban con la cooperación de muchos 
escritores, solicitaban el continjente de todos los que en 
Chile pagaban tributo a las letras; i deseaban que su 
papel fuese — «una liza abierta a todos los talentos, así 
a los que empiezan a manifestarse, como a los que la 
edad i el estudio han madurado, donde todas las opi- 
niones tengan cabida, donde todas las ideas encuentren 
publicidad, sin sujeción ni reticencias, con independencia 
i buena fé.» 



. 



352 

En efecta, la Semana fué desde entonces, hasta junio 
de 1860, el representante del movimiento literario inde- 
pendiente; i en ella cooperamos con los Amunátegais, 
Barros Arana, Joaquín i Alberto Blest Gana, Carrasco 
Albano, González, Irisarri, Martin Lira, Sotomayor 
Valdés; i otros varios jóvenes que allí hicieron sus pri- 
meras pruebas literarias. Los directores del periódico 
mantenían hábilmente el interés de la publicación por 
medio de sus numerosos artículos de fondo. Su pode- 
roso espíritu sintético i de abstracción, su poder induc- 
tivo i su admirable facultad de espresion los hacian 
aptos para tratar con acierto cuantos asuntos tomaban 
a su cargo, i guiados siempre por un noble amor a la 
justicia i a la verdad utilizaban el caudal de sus cono- 
cimientos en servicio de los nuevos ideales i de las mo- 
dernas aspiraciones de la sociedad. Todavía no se di- 
ferenciaban los dos hermanos por su estilo. Sus escri- 
tos parecian obras de una misma pluma, pues el que 
hoi es afamado diarista, Justo Arteaga Alemparte, no 
usaba entonces el estilo cortado i profundo que le ca- 
racteriza, adquirido por el hábito dé concentrar vastos 
i complejos conceptos en una sola frase, para decirlo 
todo en formas breves i lapidarias; i Domingo Arteaga 
Alemparte no habia alcanzado todavía el alto puesto 
que tiene entre nuestos primeros escritores i oradores, 
no solo por su frase atildada i correcta i su estilo claro, 
conciso i elegante, sino principalmente por el vigor de 
percepción que se revela en la precisión i lójica de su 
pensamiento. 

Los fundadores de la Semana tuvieron la gloria de 
producir una verdadera ajitacion literaria, pues durante 
el primer trimestre, su periódico fué una revelación in- 
esperada del vigoroso desarrollo intelectual que se ha- 
bia mantenido, a pesar de los intereses políticos que 



353 

habían predominado i preocupado al espíritu público. 
Parecia que fatigados de la lucha i desesperanzados, los 
antiguos escritores venían a buscar el consuelo inefable 
de la literatura, i que el ejemplo de los fundadores del 
periódico suscitaba la aparición de nuevos adeptos que, 
como ellos, solo estaban inspirados por su amor a las 
letras, i exentos de las ajitaciones de la época. Enton- 
ces reaparecieron en las columnas de la Semana Do- 
noso i Barros Grrez, se estrenaron como prosistas de 
estilo vigoroso don Vicente Reyes i don Ignacio Zen- 
teno, i al lado de los conocidos poetas Irisarri i Lira, 
constantes colaboradores del periódico, ofrecieron en él 
las primicias de su musa Luis Rodriguez Velasco, Do- 
mingo Arteaga Alcmparte i Eduardo de la Barra; i die- 
ron espléndidas pruebas de su versación en el arte don 
Camilo Cobo i el malogrado i simpático Rafael San- 
tos, que tan notable se hizo por su fácil versificación i 
su festivo injenio. 

También Blanco Cuartin, sin embargo de estar alis- 
tado entre los colaboradores de la Semana, publicó en 
aquel tiempo la primera entrega de sus Poesías, por se- 
parado en un libro de 100 pajinas, i en volumen distinto 
dos leyendas tituladas Blanca de herma i Mackandal o 
amor de tigre. Blanco Cuartin, poeta satírico, festivo i 
tierno, tenia no solo las mismas dotes poéticas de su 
padre don Ventura Blanco Encalada, sino también la 
misma devoción que este profesaba a los restauradores 
del buen gusto i de la pureza del idioma, que levanta- 
ron las letras españolas a fines del siglo pasado de la 
postración en que las habían dejado los hinchados imi- 
tadores de la poesía francesa. Su poesía tenia pues 
modelos diferentes, otras tendencias i gusto diverso, que 
la escuela que ya se habia formado entonces en la tra- 
ducción e imitación de Víctor Hugo i de Lamartine. 

Lastabria, Recuerdos. 23 



354 

La tradición literaria española estaba ya olvidada^ Po- 
quísimos eran los que la conservaban, i entre los nuevos 
poetas no habia imitadores de Moratin, de Melendez 
Valdés, de Cadalso, ni de Quintana. Blanco Cuartin no 
continuó la publicación de sus poesías, habiéndose con- 
sagrado a estudios de filosofía i de ciencias médicas, i 
después a la ruda tarea de diarista, en la cual, utilizando 
sus vastos estudios, ha conquistado una justa nombradía. 
Mas no se ha descuidado de sustentar el antiguo puesto 
que habia alcanzado entre los literatos nacionales, dando 
a luz de cuando en cuando trabajos notables, en los 
cuales las bellas dotes de su espíritu, aunque encadena- 
das por los viejos ideales i añejas tradiciones, han bri- 
llado por las ricas formas de su estilo i los donaires 
propios de su esquisita sagacidad. 

VI. 

El cuarto número de la Semana dio cuenta de un 
libro notable por sus formas artísticas, que aunque pu- 
blicado en Paris, venia a enriquecer el caudal de nues- 
tros ensayos, si bien estaba fuera de nuestro movimiento 
literario i mui lejos de los ideales i aspiraciones de este 
movimiento, en concepto de la opinión liberal de la época 
en Chile. Hablamos del Ensayo sobre el Gobierno en 
Europa,, por A. Montt. Haciéndose el eco de aquella 
opinión la Semana, decía: «La materia de este libro es 
europea, su autor americano. . . El equilibrio o sea la 
unidad de la espada; el cristianismo, la unidad de la fé; 
i la opinión, la unidad del criterio i de las costumbres: 
tales son las tres bases sobre las cuales descansa ese 
admirable monumento que se llama civilización o unidad 
de la Europa. Son estas las palabras con que termina 
el autor la primera parte de su libro, presentando así 



355 

en compendio un enigma curioso i sorprendente, que las 
ideas i razonamientos de que está precedido no desci- 
fran sino a medias. En verdad que la coacción de la 
espada, el imperio de la fé, i la influencia de la opinión 
son tres elementos poco homojéneos, que constituyen 

otros tantos poderes mal dispuestos a avenirse entre sí 

La segunda i también la última parte del Ensayo ana- 
liza los ajentes de la civilización europea, que la Índole 
de las razas preponderantes clasifica naturalmente en dos 
grandes secciones: los Latinos i los Anglo - Sajones. .. . 
Sobre esta trama ha tejido el autor su obra con tino i 
habilidad. Leyéndola se echa de ver sin trabajo que 
es un escritor de mundo, lleno de sagacidad i buena 
crianza.... Observando el señor Montt, en los paises 
que ha visitado, los hechos mas constantes i jenerales 
que forman su vida actual, se ha empeñado en conci- 
liarios unos con otros, i cifra en su conjunto la razón 
de existencia de la civilización europea. Apasionado 
del hecho, que pocas veces se niega a justificar, alejado 
del derecho que no siempre armoniza con el hecho, con- 
cede a aquel la fuerza de éste i se engaña con la rea- 
lidad. ... La realidad sin embargo tiene también sus 
ilusiones de óptica, i es fácil ser deslumhrado con el 
esplendor de sus victorias».... 

En efecto, el claro espíritu de Montt habia sido víc- 
tima de la fascinación producida por el gran desorden 
causado en las ideas sociolójicas por el segundo imperio, 
fascinación que ofuscaba también a las naciones en que 
impera la influencia francesa, aunque en realidad contra 
las constantes protestas de todos los liberales sinceros 
de la América Española, quienes esperaban ver cesar de 
un momento a otro aquel inmenso desorden con la ruina 
del ominoso poder que lo mantenía. 

La situación social i política de Europa era entonces, 

23* 



356 



i es ahora, tal como la había descrito en 1841 Augusto 
Comte, una situación transitoria entre la disolución del 
antiguo réjimen i la reorganización de un réjimen toda- 
vía indeterminado, i que no podrá fijarse, a nuestro pa- 
recer, sino por la justa concepción de la síntesis seme- 
crática, según lo hemos demostrado en otra parte. (*) 




AMBROSIO MOXTT. 



Semejante situación no podia dar unidad a una civiliza- 
ción discei'tante i despedazada por aquellas dos tenden- 
cias contrarias. En esa situación profundamente confusa, 
según aquel filósofo, los dos movimientos simultáneos 
de descomposición política i de recomposición social, que 
caracterizan a las sociedades modernas europeas, han de- 
bido marchar lentamente i a tientas, a causa de que el 
antiguo réjimen puede aun disimular su impotente ca- 
ducidad, utilizando las apariencias de su poder para 
entrabar la marcha política, en tanto que los elementos 



(*) Lecciones de Política Positiva, Lee. 2. 



357 

sociales modernos carecen todavía de unidad para afir- 
mar sn marcha ascendente. Mas aunque esta situación 
fundamental sea común — «a todas las diversas partes 
de la gran república europea, hai entre ellas sin embargo 
una desigualdad mui pronunciada, tanto respecto a la 
decadencia mas o menos profunda del antiguo réjimen, 
cuanto a la preparación mas o menos completa del or- 
den nuevo. Bajo estos dos aspectos, las principales di- 
ferencias han debido proceder de la dirección jeneral que 
las influencias nacionales han dado a la concentración 
temporal de las dos faces de la evolución moderna, se- 
gún que ella ha parado en la dictadura monárquica or- 
dinariamente secundada por el espíritu católico, o en la 
dictadura aristocrática casi siempre combinada con el 
ascendiente del protestantismo. . . La servidumbre de la 
aristocracia, por necesidad, había destruido mas radical- 
mente en Francia el antiguo sistema político, que lo que 
lo había hecho en Inglaterra el abatimiento de la mo- 
narquía: i al mismo tiempo, el tránsito directo de la si- 
tuación plenamente católica a la entera emancipación 
mental había llegado a ser eminentemente favorable al 
vuelo decisivo de las intelijencias francesas, tan feliz- 
mente preservadas de la peligrosa inercia que la transi- 
ción protestante ha debido imprimir a los espíritus in- 
gleses. ...» (*) 

Pero el segundo imperio, continuando la tradición 
del primero, con tanta mayor facilidad, cuanto que ella 
no había sido interrumpida por las dictaduras disimula- 
das con el nombre de monarquías constitucionales de la 
restauración i de Luis Felipe, creyó fijar la rueda de la 
fortuna, organizando un despotismo democrático bajo la 
dictadura de un emperador. Mas la tentativa en nada 



(*) Cours de Philosophie Positive. Lee. LVI i LVII. 



358 

alteraba aquella profunda situación de lucha entre el 
antiguo réjimen i la reorganización moderna, por mas 
que deslumhraran los oropeles de la estupenda anda- 
miada imperial, i por mas que, como observa Comte, 
nuestra débil intelijencia esté siempre dispuesta a con- 
tentarse con las menores apariencias de organización, 
para ahorrarse los grandes esfuerzos que exije la con- 
cepción de un orden nuevo. El imperio lo dio todo al 
orden, al bienestar del pueblo, al progreso material, a 
la igualdad, haciendo consistir en todo eso el movimiento 
de reorganización social. Se trató de paralizar la des- 
composición política, organizando el poder fuerte i pa- 
ternal, apoyado en la fé católica i en el equilibrio de 
los grandes poderes europeos; i para evitar el abati- 
miento de la monarquía absoluta, i el triunfo de la li- 
bertad individual i social, se esplotó la farsa de las razas, 
puesta en escena por los doctrinarios de Luis Felipe, 
inventando una raza latina con la misión de mantener 
el antiguo réjimen, i otra anglo-sajona con el sino de la 
conquista i el de la propaganda de la incredulidad. 

La reorganización social i política de las repúblicas- 
americanas, que habia entrado en su carrera normal, con 
la abolición de la monarquía i de la aristocracia, i el 
ensayo de todas las libertades individuales i sociales; 
disipando todas las confusiones que hacen incierta i os- 
cura la situación europea, i dando a los dos movimien- 
tos simultáneos de descomposición política i de recom- 
posición social una marcha franca i luminosa por la dis- 
cusión, no tenia nada que aprovechar de las evoluciones 
i de aquellas contorsiones agonistas del viejo réjimen 
en Europa. Por eso es que el Ensayo fué mirado como- 
un libro estraño a nuestros intereses i aspiraciones, i 
como la alucinación de un bello espíritu, la cual aun 



359 

habia contajiado al autor del prólogo crítico que iniciaba 
la obra. 

Juan Bello, que habia escrito este prólogo, rechazaba 
las vistas de su amigo, i declaraba que el libro no era 
un curso de derecho constitucional, representativo o des- 
pótico: «No han de buscarse en él, decia, doctrinas, 
sistemas, teorías; es por el contrario un alegato contra 
la ideolojía política. Mas que de principios, de derechos, 




de garantías individuales, de libertades públicas, habla 
de hechos, de cosas, de situaciones: la paz, el orden, el 
bienestar jeneral son para el señor Montt los primeros 
atributos de toda sociedad bien gobernada; la forma de 
gobierno, su organización mas o menos perfecta, la ma- 
yor o menor suma de franquicias i seguridades otorga- 
das al ciudadano, no le importan sino en cuanto contri- 
buyen a promover o contrariar aquellos fines primordia- 
les.» Sin embargo, esa era toda la doctrina política del 
imperio, i el critico al parecer no la reprueba, puesto 



360 

que al manifestar que en su concepto no era propio que 
el autor, en un paralelo entre la Inglaterra i la Francia, 
diese la preferencia a la primera, esclama con acento de 
convicción — «Cierto que no hai en Francia la libertad 
política que en Inglaterra, que su gobierno actual es 
nada menos que representativo, i que no tiene tampoco 
la consagración de la lonjevidad i de un consentimiento 
enteramente espontáneo. Pero en fin existe, i nadie osará 
negarle ni su estabilidad i fuerzas presentes, ni la in- 
comparable administración, el buen orden i progreso que 
asegura a la sociedad.» 

Hé aquí el error que lójicamente cometen los que 
estudian la historia pasada o contemporánea, según la 
falsa doctrina de la escuela reflexiva, la que so pretesto 
de juzgar los sucesos según la filosofía propia del suceso 
mismo, según las circunstancias de lugar i tiempo, ha- 
ciendo ciencia concreta, como queria don Andrés Bello, 
torturan en todo sentido los hechos para adaptarlos a su 
molde, i para justificar i rehabilitar todas las deformi- 
dades pasadas i presentes de la historia. Si los autores 
del Ensayo i del prólogo hubieran juzgado los aconte- 
cimientos que tenian a la vista con el criterio de las 
leyes que rijen a la naturaleza humana — libertad i pro- 
greso — habrían visto que aquellos fenómenos sociales, 
con ser como eran resultados complejos de situaciones 
históricas i de acciones humanas, no eran conformes a 
aquellas leyes, ni arreglados a la situación i progreso de 
la sociedad en que se verificaban; pues esa situación 
reclamaba del poder que la dominaba una dirección in- 
telijente que distinguiera los acontecimientos cuya evo- 
lución debia favorecer de aquellos que era necesario con- 
trariar i sofocar en su nacimiento, para servir a la libertad 
i al progreso. 

Tal es el verdadero criterio de la sociolojia, criterio 



361 

que nos ha guiado para juzgar los sucesos que recorda- 
mos i para aplaudir o condenar a todos los hombres que 
hemos encontrado en nuestra carrera, inclusos amigos 
admirados i queridos como Ambrosio Montt i Juan 
Bello, sin que hayamos tomado jamas en cuenta su 
acción en pro o en contra de nuestros propósitos per- 
sonales, para juzgarlos. Si este hubiera sido el móvil de 
nuestros juicios en esta u otras ocasiones, nos confor- 
maríamos con que se nos haciera aparecer como un necio 
insoportable; i hoi mismo aplaudiríamos el Ensayo sobre 
el Gobierno en Europa, no solo porque su autor jamas 
ha puesto trabas a nuestros propósitos políticos i litera- 
rios, sino porque estamos seguros de que esos propósi- 
tos son también los suyos, i de que el orador que hoi 
honra a la tribuna parlamentaria liberal, el literato que 
no separa el arte de la independencia del espíritu, es 
decir, A. Montt, no escribiría con sus ideas de hoi 
aquel libro. 

Aparte de todo esto i continuando nuestros Recuer- 
dos sobre la revelación que habia hecho la Semana del 
vigoroso desarrollo intelectual que existia, repetiremos 
que en aquella época no habia necesidad, como diez i 
siete años antes, de emprender una labor de creación ni 
de dirección. Pero sí era necesario asociar todos aque- 
llos elementos activos que estaban dispersos, para dar- 
les unidad i fuerza en lo futuro, i asegurar a nuestra 
literatura una existencia fecunda. I he aquí que tene- 
mos que volver a mortificar con nuestra vanidad a los 
que reprochan a estos Recuerdos lo que para los fran- 
ceses es un encanto en los Ensayos de Montaigne, esto 
es, que en cada línea se sienta al hombre bajo el autor, 
porque aquel moralista, según los críticos, habia vivido, 
por decirlo así, su obra en lugar de componerla. Pero 
es que nosotros no escribimos la historia, sino que com- 



362 

ponemos nuestras Memorias literarias, forzados, como lo 
liemos dicho tantas veces, por los que nos han preterido, 
sino han glorificado a otros con nuestros servicios; i en 
este jénero de escritos, como dice Blair i lo saben los 
alumnos de retórica, el autor no está sujeto a la invaria- 
ble dignidad i gravedad del historiador, i. puede hablar 
francamente de sí mismo i descender a anécdotas fami- 
liares; pues lo único que se le exije es que sea animado 
e interesante i con especialidad que dé noticias útiles i 
curiosas. 

I como la que tenemos que dar ahora es la de la 
organización del Circulo de Amigos de las Letras, que 
se debió a nuestros esfuerzos, tenemos que hablar de 
nuestra persona por la sencilla razón de que no fué otra 
la del autor de aquella útil institución, como lo com- 
prueba el testimonio de los directores de la Semana, que 
no nos dejarian mentir, porque en su rectitud, no siempre 
nos han tratado con benevolencia. 

La Semana del 27 de agosto de 1859, en su crónica, 
escribía lo siguiente: «Fué también el domingo cuando 
tuvo lugar la inauguración de un círculo literario, que 
da esta noche principio a sus tareas. Proporcionar a los 
hombres estudiosos i amigos de las letras un centro de 
unión que apoye i fecundice sus esfuerzos con el comer- 
cio de las ideas i la identidad de los propósitos, tal es 
el modesto fin a que propende por ahora esta naciente 
asociación. Es Lastarria a quien se debe este pensa- 
mienlo i su realización, que no han titubeado en secun- 
dar las reputaciones mas capitales i merecidas de nuestra 
literatura. De hoi mas queda abierta al talento i al saber 
una franca liza en que sus probados adalides vendrán a 
recibir aplansos i coronas, i a alentar con su ejemplo i 
advertencias a los injenios nacientes, que tampoco se 
hallan escluidos de estas justas de la intelij encía.» 



363 

I en realidad todos los hombres de letras habían 
comprendido nuestro propósito de asociar, sin distin- 
ción de antecedentes, de condiciones ni de colores políti- 
cos, i solo en interés de la literatura nacional, a cuantos 
se sintieran inspirados por el amor del estudio; para 
comunicarnos en una amigable tertulia doméstica nues- 
tros trabajos, nuestras ideas, nuestras elucubraciones 
científicas i literarias. La asociación había sido inaugu- 
rada en un banquete fraternal i brillante, el domingo 
21 de agosto, a que alude la noticia de la Semana. 

VIL 

Al terminar la primera parte de estas memorias, 
decíamos c|ue en 1849 el porvenir literario quedaba ase- 
gurado, siempre que se tomara como hasta entonces por 
base del desarrollo intelectual la independencia del espí- 
ritu. Pero cuando se instalaba el Círculo de Amigos de 
las Letras, diez años después, la situación era parecida 
a la de 1843, en cuanto no todos servían del mismo 
modo a aquel desarrollo ; pues aunque era mayor el 
número de los que trabajaban por mantener su base, las 
potencias que representaban el antiguo réjimen habían 
rehabilitado i fortificado su poder caduco, i la opinión 
pública, no estando mas ilustrada que entonces, favore- 
cía sin discernimiento todo movimiento intelectual, ora 
fuese en el sentido de la rejeneracion de las ideas i de 
la recomposición social, ora fuera retrógrado i contrario 
a estos fines. 

Habia pues urjente necesidad de que la asociación 
de los hombres de letras de distintos antecedentes i 
principios que se reunían por un interés puramente 
literario, tuviera por base la tolerancia para mantener 
una libre discusión, i se dedicara preferentemente al 



364 

estudio crítico de hechos i de ideas, de doctrinas i siste- 
mas, para ejercitar prácticamente la independencia del 
espíritu i amarla. Estos propósitos insinuados al prin- 
cipio, discutidos i bien comprendidos después, fueron 
hábilmente servidos por todos los que tuvieron la cons- 
tancia de mantener la asociación por largos años, de- 
jando amplia libertad para retirarse a los que no encon- 
traban en ella el centro de sus ideales, i para ingresar 
a los que allí encontraban sus filas. 

Desde la primera conferencia surjió un vivo interés 
por aquel jénero de estudios, pues habiendo presentado 
Marcial González un notable juicio crítico del Tratado 
Teórico i Práctico de Economía Política, escrito en fran- 
cés por Courcelle Seneuil, i traducido por Juan Bello, 
por encargo del gobierno, libro que acababa de llegar 
para servir de testo en la Universidad, se promovió una 
discusión sobre el utilitarismo, que dio ocasión al malo- 
grado joven don Manuel Miquel para escribir una lumi- 
nosa disertación sobre el principio de la utilidad en su 
carácter subjetivo. 

En aquella primera conferencia se acordó celebrar 
un certamen en loor del 18 de setiembre de 1859, i se 
formó a la suerte un jurado que juzgase las composi- 
ciones i adjudicase el premio, que debia consistir en 
libros dignos i adecuados. Entre tanto las sesiones con- 
tinuaron despertando un creciente interés, por un estu- 
dio del astrónomo H. Volckmann sobre los documentos 
mas antiguos de la existencia de la humanidad, compro- 
bados por las observaciones astronómicas de los Ejipcios, 
de los Indios i de los Chinos; por una brillante des- 
cripción de la naturaleza del Ecuador que leyó Joaquin 
Blest Gana; por el estudio sobre la hacienda pública de 
Chile en la colonia, con que se estrenó don Miguel 
Cruchaga ; por otro estudio fisiolójico del Dr. Valderrama 



365 

sobre el dolor i el alma, i por varias poesías, entre las 
cuales despertó vivo interés la espléndida oda de Irisarri 
al Sol de setiembre. 

En la sesión del 30 de setiembre, se hizo la lectura 
del informe del jurado i de las piezas en prosa i verso 
que concurrieron al certamen, ante una concurrencia 
numerosa i llena de entusiasmo, que dio solemnidad i 
gran interés al acto. Reproducimos, como documentos 
históricos aquel informe i las composiciones poéticas 
premiadas, omitiendo los escritos en prosa, que en la 
actualidad no pueden servir tanto como aquellas para 
avaluar el progreso literario. (*) 



(*) En el cuaderno que se publicó para dar a conocer todas 
aquellas piezas, se puso una noticia sobre la organización del 
Círculo de Amigos délas Letras, la cual concluía de este modo: 

«Para completar esta noticia, damos a continuación la nómina 
de las personas que basta abora se bailan inscritas en el Cír- 
culo. — 

Señores Benicio Alamos González. — Eulojio Allende. — Gre- 
gorio Víctor Amunátegui. — Miguel Luis Amunátegui. — Domingo 
Arteaga Alemparte. — Justo Arteaga Alemparte. — Francisco 
Solano Astaburuaga. — Eduardo de la Barra i Lastarria. — Ma- 
nuel Blanco Cuartin. — Guillermo Blest Gana. — Joaquin Blest 
Gana. — Alberto Blest Gana. — Ramón Briseño. — Juan Bruner. — 
David Campuzano. — Manuel Carvallo. — Manuel Carrasco Albano. 

— Camilo Enrique Cobo. — Melcbor Concba i Toro. — Miguel 
Crucbaga. — Vicente Crucbaga. — Ramón Elguero. — Federico 
Errázuriz. — Juan Nepomuceno Espejo. — Manuel Salustio Fer- 
nandez. — Marcial González. — Miguel María Güemes. — Jorje 2° 
Huneeus. — Hermójenes de Irisarri. — Gabriel Izquierdo. — José 
Victorino Lastarria. — Santiago Lindsai. — José Bernardo Lira. ■ — 
Martin José Lira. — Justo Florian Lobeck. — Francisco Marin. — 
Marcial Martinez. — Guillermo Matta. — Manuel Antonio Matta. 

— Rafael Minvielle. — Manuel Miquel. — Ambrosio Montt. — 
Rene Moreno. — Ramón Morel. — Manuel José Olavarrieta. — 
Sinforiano Ossa. — Vicente Padin. — José Pardo. — Demetrio 



366 



DICTAMEN DEL JURADO EN EL CERTAMEN ABIERTO POR 
EL CIRCULO DE AMIGOS DE LAS LETRAS. 

Reunido el lunes de la presente semana el jurado 
elejido a la suerte i encargado de juzgar 'las composicio- 
nes que concurrieron al certamen abierto por el Círculo, 
procedió a leer seis trabajos que se habian presentado. 
Tres de éstos cumplían con las condiciones del tema en 
verso, i los otros tres eran relativos al tema en prosa. 
Todos ellos, salvo uno que lia quedado exento de toda 
apreciación, son estimables por mas de un motivo, i dan 
una prueba lisonjera de la actividad intelectual que se 
ajita entre nosotros, a pesar de las perturbaciones naci- 
das de las luchas políticas i del desaliento inherente a 
la falta de estímulos. 



Rodríguez Peña. — Luis Pereira. — Santiago Prado. — Manuel 
Recabárren. — Vicente Reyes. — Luis Rodríguez Velasco. — 
Nicanor Rojas. — Salvador Sanfuentes. — Vicente Sanfuentes. — 
Domingo Santa-María. — Manuel Antonio Tocornal. — José del 
Carmen Troncoso. — Adolfo Valderrama. — Pió Varas. — Fran- 
cisco Vargas Fontecilla. — Emilio Veillon. — Aniceto Vergara 
Albano. — Benjamín Vicuña Mackenna. — Hermán Volckmann. 
— Ignacio Zenteno. — José Zegers Recasens.» 

Después de haberse hecho esta publicación, se incorporaron 
al Círculo, entre otros muchos, los señores Barros Arana, Blan- 
chet Adriano, Castellón Carlos B. , Cifuentes Abdon, Errázuriz 
Isidoro, Gallo Pedro León, Gallo A. Custodio, Murillo Adolfo, 
Rodríguez Zorobabel, Santos Rafael, Sotomayor Valdés, Torres 
José Antonio, i varios estranjeros distinguidos que residían en 
el país, o lo visitaban, como don Pedro Moncayo, Mr. Juillet de 
St. Layer, el malogrado Arcesio Escobar, don Federico Torrico, 
don José Antonio Lavalle, don Manuel María Rivas, Mr. Luis 
Larroque i don José María Santibañez. 



367 

El llamamiento hecho por el Circulo ha tenido, pues, 
eco en la intelijencia de los hombres estudiosos i dado 
por fruto tres cantos A la independencia de América, de 
mérito poco común, i dos memorias en prosa, en que 
se discute i resuelve con marcado acierto la cuestión 
propuesta: ¿La revolución de las colonias hispano- ameri- 
canas fué un hecho necesario o accidental^ — Habiéndose 
apartado de este tema la tercera de las composiciones 
en prosa, ha quedado escluida del certamen. 

En el compendioso juicio que se va a formular de 
los cinco trabajos restantes, el Círculo tendrá facilidad de 
apreciar su importancia respectiva i el lugar que en con- 
secuencia les ha asignado el jurado. Si es honroso para 
éste pronunciar su fallo sobre producciones tan notables, 
no por eso es menos ardua i peligrosa su tarea. Así es 
que solo después de un detenido examen i comparación 
de los trabajos, se ha decidido a colocarlos en el orden 
de precedencia que se espone a continuación. 

De las composiciones en prosa, la que lleva por con- 
traseña una estrella i por epígrafe esta cita de Montea- 
gudo: «La Revolución del Mundo Americano ha sido 
el desarrollo de las ideas del siglo XVIII» , es la que 
el jurado cree mas acreedora al premio propuesto (*). 

El autor de esta memoria principia por establecer 
que la independencia de América no fué un hecho acci- 
dental, provocado por una causa momentánea, sino el 
resultado inevitable de la marcha de los sucesos huma- 
nos, sometidos a la lei del progreso, que es la lójica de 
la historia. El simultáneo levantamiento de las colonias 
españolas contra su metrópoli i la tenacidad de la lucha 
que a él se siguió, prueban, a juicio del autor, que tal 
levantamiento no era sino fruto de la labor oculta que 



(*) Su autor es Joaquín Blest Gana. 



368 . 

trabajaba, largos años hacia, a pueblos colocados bajo 
idénticas condiciones de vida, i el éxito de tamaña lucha, 
el único posible porque no era sino el efecto preciso de 
una causa fatal. ¿Dónde residía esta causa? En el pro- 
greso incesante del espíritu humano, que levantó sobre 
las ruinas del mundo antiguo el edificio de la civiliza- 
ción moderna i ha hecho recorrer a ésta un largo ca- 
mino sembrado de trastornos i vicisitudes, que produ- 
jeron sucesivamente el feudalismo de los primeros siglos, 
las monarquías absolutas de los siglos siguientes, la 
Reforma i la revolución de Inglaterra, la filosofía i la 
revolución francesas del siglo décimo octavo, la indepen- 
dencia de la América del Norte i finalmente la nuestra. 
Este progreso indefinido, consignado en la historia, que 
es el itinerario de la humanidad, arrastró en su curso 
la emancipación de la América española i si esta pudo 
postergarse algunos años o frustrarse en la primera oca- 
sión, había de realizarse tarde o temprano, necesaria, 
fatalmente como era su cumplimiento. El autor reconoce, 
pues, en la Independencia de Sud- América un hecho 
necesario e inevitable. 

En el estenso desenvolvimiento que ha dado el autor 
al tema propuesto, ha podido el jurado reconocer mani- 
fiestamente la abundante copia de sus conocimientos, la 
sagacidad de sus investigaciones i la exactitud de sus 
apreciaciones i razonamientos, dotes realzadas por las de 
un estilo correcto, elegante i colorido. De esta suerte, 
el fondo i la forma de la memoria han contribuido de 
consuno a inclinar a su lado la balanza de nuestro juicio 
i a atribuirle el premio. 

La segunda memoria en prosa, que lleva por contra- 
seña: Regna flimnt; series nova rerum surget et ordo, se 
recomienda así mismo por la facilidad, pureza i brillan- 
tez de su estilo, a tal punto que el jurado no ha vacilado 




DIEGO BABEOS ARANA. 




JOAQUÍN BLEST GANA. 



369 

en declararla mui merecedora del accésit (*). En la pri- 
mera parte de ella, consigna el autor que la emanci- 
pación hispano-americana fué consecuencia de las leyes 
eternas de desenvolvimiento a que las naciones, como 
los individuos, viven sujetas. Empero, al mismo tiempo 
que conviene en la necesidad de la independencia de Sud- 
América, no encuentra en el hecho de nuestra emanci- 
pación, sino el efecto de un accidente casual. Hai, pues 
entre estos dos juicios de la memoria una contradicción, 
que por fortuna es mas aparente que positiva , i acaso 
procede únicamente de no haber formulado el autor con 
bastante precisión sus convencimientos, ni definido con 
claridad la parte que en la revolución americana corres- 
ponde a la causa ocasional, a la oportunidad que la hizo 
estallar en un tiempo dado i la que no fué sino efecto 
de una causa orijinaria i real. 

Cada una de las tres composiciones en verso que se 
han presentado es una obra digna del teína propuesto. 

Cuando el jurado tomó sobre sí la ardua tarea de 
calificarlas, no pensó ciertamente que hubiera de serle 
tan penosa i arriesgada, puesto que todas ellas tienen 
dotes i cualidades sobresalientes que embarazaron un 
momento el fallo. 

En la una brilla el ardor i el entusiasmo. Esta, que 
se ha presentado anónima, acaso hubiera tenido otro 
lugar que el de la mención honrosa que se le ha asig- 
nado, si hubiera estado escrita en otro metro mas difícil 
que el que escojió, su autor, i a no haber sido superada 
por otras en el plan i en el desempeño. 

La que ha merecido el accésit lleva por contraseña 
Patria i Libertad: es una oda en que el autor se muestra 
colocado a la altura del grandioso terna propuesto. La 



(*) Es escrita por J. Bernardo Lira. 
Lastarkia, Recuerdos. 24 



370 



versificación es correcta i fácil: ideas frescas i conceptos 
poéticos nuevos la engalanan, i quizá habría hecho tre- 
pidar el juicio del jurado, si algunos descuidos en la 
elección de las rimas no la hicieran inferior, a nuestro 
entender, a la que ha obtenido el premio. 

Esta es la que solo tiene una señal por contraseña. 
Su autor ha dividido su trabajo al parecer en tres par- 
tes. La belleza de la inmensa parte del globo que se 




JOSÉ PAKDO I ALIAGO. 

llama América lo ha arrebatado; i ha descrito en pre- 
ciosas estrofas de relevante mérito poético el privilegiado 
suelo que habia de ser descubierto por el inmortal jeno- 
vés. En esta linda descripción ha lucido el autor las galas 
del decir, la facilidad para versificar; i a la corrección 
ha unido la galanura i el desahogo que son tan difíciles 
de hermanarse. 

No ha hecho menor justicia que al intrépido nauta, 
a la noble matrona, su protectora, a la insigne Isabel, 
modelo de soberanas i modelo de mujeres. El autor ha 
querido ajustarse a la historia i sin apartarse de la senda 



371 

que ella le tiene trazada, llega a la colonia i en robus- 
tos versos, describe su importancia i nombra sus defec- 
tos, salvándolos con el tino con que el inmortal Quintana 
los descarta de la España para hacerlos recaer sobre los 
tiempos. 

Pareciónos que el autor se habia empapado en la 
lectura de excelentes modelos: su entonación nos recor- 
daba la de los maestros de la lengua en composiciones 
de carácter semejante a la que tanto nos llamaba la aten- 
ción; i al oirlo decir que no seria él quién — 

. . . arroje impuro lodo 

Sobre su propio nombre: el nombre godo, 

creimos oir al duque de Frías cuando dice a los hijos 
de esta América Española: 

I ya del indio esclavos o señores, 
Españoles seréis, no americanos. 

Porque recuerda con orgullo nuestro poeta que des- 
ciende de aquella raza de Corteses i Pizarros i Valdivias, 
porque no puede menos de ser mui española aquella tierra 
por quien ha dicho el vate peninsular : 

Que ahora i siempre el argonauta osado, 
Que del mar arrostrare los furores, 
Al arrojar el áncora pesada 
En las playas antípodas distantes, 
Verá la cruz del Gólgota plantada, 
I escuchará la lengua de Cervantes. 

¡I cuan bellos no son aquellos versos con que nuestro 
poeta canta la emancipación! Dejando atrás el pasado, 
contempla a la América que se despierta i levanta de W 
sueño, que se lanza a la guerra, que lucha i vence, i acom- 
paña su triunfo con votos de eterna bienaventuranza. 

24* 



372 

No hemos querido hacer estractos de esta bellísima 
composición, debe apreciarse en su conjunto: seria de- 
fraudar a los lectores del placer que esperimentarán al 
leerla entera. 

Decimos lo mismo por las demás. En cada una de 
las tres composiciones en verso, hallarán los aficionados 
a esta clase de obras mucho que tomar en cuenta para 
el arte, mucho que elojiar i bien poco que criticar, a no 
ser que la crítica quiera ejercerse con el rigorismo i la 
destemplanza que no son propios tampoco de este lugar. 

No concluiremos sin notar que por una rara coin- 
cidencia, en mas de una de las composiciones que hemos 
examinado, se ha exhalado un quejido de dolor, al con- 
templar el triste cuadro que ofrece a la vista del ameri- 
cano español el inmenso territorio que puebla su raza. 
¡Por todas partes la devastación, por todas partes la 
guerra civil, por todas partes la venganza i el esterminio ! 
¡Infelices! ¿Adonde caminamos? ¿A la muerte quizá? 

Los poetas lloran, los poetas piden paz para la patria 
i, como el autor de que nos ocupamos, levantan las manos 
al cielo para implorar del Supremo Hacedor que se apiade 
de nuestra fortuna impia, que ahogue las pasiones — 

Con que sus hijos crueles 

Atizan la anarquía 
En constantes civiles disensiones, 
Porque dé en su clemencia 

A la América toda 
Paz, unión, libertad, independencia. 
Santiago, setiembre "29 de 1859. 

Hermójencs de Trisarri. — Manuel Carvallo. — Gabriel 

Izquierdo. — Rene Moreno. — Domingo Arteága Alemparte- 



373 



A LA INDEPENDENCIA DE AMERICA. 

(CANTO PKEMIADO) 

POR JOSÉ PARDO. 

DEDICADO AL SEÑOR DON J. VICTORINO LASTARRIA. 

Pródiga derramó naturaleza 

Sus mas preciados dones; 
Engalanó de espléndida belleza 

Las índicas rejiones. 

Sus dilatados campos entapizan 

Las flores de ambas zonas; 
Sus estensas llanuras fecundizan 

Mamoré i Amazonas. 

Entre montes, torrente se desata 

Apurimac umbrío; 
I superficie de bruñida plata 

Presenta el Bio-bio. 

Eterna nieve en la empinada cumbre 

De los Andes altivos; 
En sus espejos la celeste lumbre 

Hiela sus rayos vivos; 

I con los mismos rayos en la falda 

Acaricia i abriga, 
Entre valles cuajados de esmeralda, 

Inagotable espiga. 



374 

Aquí la catarata despeñada 

Abre profundos cauces; 
I no lejos la brisa embalsamada 

Susurra entre los sauces. 

Brota de entre las peñas manso arroyo 

I en sus cristales baña 
Plátano, cocotero, chirimoyo, 

I dulcísima caña. 

Su indomable altivez el potro aplaca, 

Cuando sus aguas bebe; 
Mientras que a la vicuña i a la alpaca, 

Solaz presta la nieve. 

En tropel espesísimo agrupados 

Circundan las colinas, 
Los nogales, los robles, los granados, 

Los cedros, las encinas. 

De tupidas montañas el ramaje 

Sacuden de continuo, 
Pájaros mil de espléndido plumaje, 

I de armonioso trino. 

Los árboles, las flores i los frutos 
Que mas el hombre estima, 

Las pintorescas aves i los brutos 
Del mas contrario clima, 

De América el inmenso continente 

En sus espacios cierra, . . . 
La mano del Señor Omnipotente 

Posó sobre la tierra. 



375 

Red caprichosa de enredadas vetas 

Revela su tesoro; 
Entre los rudos cortes de sus grietas 

Brilla la plata i oro. 

Soberbio el mar la temeraria quilla 

Despedaza i se traga: 
Mas al llegar a la feraz orilla 

Se sosiega i la alhaga 

Un cielo azul, diáfano, esplendente 

Áureo disco abrillanta; 
I cual fanal inmenso, trasparente, 

Guarda riqueza tanta. 

Pródiga derramó naturaleza 

Sus mas preciados dones: 
Engalanó de espléndida belleza 

Las índicas rejiones. 

Arcanos de la eterna providencia, 
¡Qué lengua audaz interpretarlos osa! 
Si pueblos de robusta intelijencia 
Poblaban la rejion maravillosa, 
En ocio vil, en torpe indiferencia, 
Arrastraban su vida vergonzosa; 
I cada raza i cada jerarquía, 
Ostentaba diversa idolatría. 

De ambición noble i ele la fé guiados, 
En toscas naos, frájiles bajeles, 
A la mar se lanzaron arrojados 
Navegantes intrépidos i fieles. 



376 

Mas que de lona i jarcia, pertrechados 
De arcabuces, de espadas i broqueles. 
Dios a Colon de conductor elije, 
E instrumento de Dios, él los dirije. 

Del furor de encontrados elementos 
Las pobres carabelas combatidas, 
A merced de los ímpetus violentos 
De las soberbias olas; sacudidas 
Las cuerdas i las velas por los vientos, 
En trozos i jirones desprendidas; 
Azares i peligros incesantes 
Corrieron los osados navegantes. 

Sin brújula, sin norte, sin mas guia 
Que la sagrada inspiración que escuda 
Tanta temeridad, tanta osadia, 
Colon ahoga la naciente duda, 
Sofoca la traición que ya surjia 
Entre la jente acobardada i ruda; 
I con su fortaleza i su confianza 
Vuelve a los corazones la esperanza. 

Mezclados de las ondas con la espuma 
Indicios son de tierra no remota, 
Fruto desconocido, blanca pluma, 
Yerba que solo en las orillas brota. 
Hasta la densa impenetrable bruma 
La apetecida realidad denota; 
Un nuevo sol con ansia se apetece, 
I el nuevo sol el desengaño ofrece. 

Mancha tenaz que el horizonte empaña 
Una mañana al cabo se divisa, 



377 

Esplendoroso sol las naves baña 

I mas densa la sombra se precisa. 

No hai ya dudar, magnífica montaña. 

Quiebra del mar la superficie lisa; 

Dilátase en terreno ancho i fecundo; 

Era la sombra aquella . . . ¡el Nuevo Mundo! 

Sublime, inmarcesible fué la gloria 
De la Conquista. Si la ruin codicia 
Enlodó muchas veces la victoria, 
Si ambición torpe i sórdida avaricia 
Pajinas dieron a la triste historia 
De luto , sangre i bárbara injusticia ; 
Tanto borrón i repugnante hazaña 
oCríuien fué de los tiempos, no de España». ( í: ) 

De Isabela los timbres no amancilla 
Ningún recuerdo cruel. — Noble matrona 
Dechado de humildad, pura, sencilla, 
En su santa piedad lo que ambiciona 
La católica reina de Castilla, 
No es ceñir a su sien otra corona, 
Sino amparar idólatras naciones 
Con la fé i con la cruz de sus pendones. 

Demos, a eterno olvido las escenas 
De oprobio , de venganzas i de horrores 
Que aquella lucha envenenó; las hienas 
No se encarnizan mas en sus furores. 
Desecadas, América, tus venas 
Dejaron, i tus campos i tus flores. 



(*) Endecasílabo del insigne poeta español don Manuel José 
Quintana. 



378 

I a aquel periodo de recuerdo amargo 
Siglos siguieron de mortal letargo. 

Letargo sí, no dura servidumbre 
Ni infame esclavitud; antes mi lengua 

Se anude en mi garganta 
Que una sola espresion pronuncie en mengua 

De la tierra lejana 
Que fertiliza el Tajo i el Guadiana. 

Que no merezcan popular aplauso 

Mis humildes canciones, 
Si para merecer tan alto premio, 
Es preciso alhagar ruines pasiones. 

Quien del vulgo pretenda 
Víctores i coronas, 
Cubra de vilipendios i de ultraje, 
Maldiga en frases huecas 
El duro coloniaje, 
I arroje impuro lodo 
Sobre su propio nombre, el nombre godo. 

De santa libertad e independencia 

La aurora refuljente, 
No por contraste de la sombra oscura 

Irradiará mas pura; 
Ella abrasó con fúljidos destellos 

La América española; 
Ella sin tintes a su luz opuestos 
Pudo sola brillar, i brilló sola. 

Su soberbia cabeza el Chimborazo 
Eleva entre las grandes 



379 

Moles inaccesibles de los Andes, 
Sin que nada revele en sus contornos, 
Tétricos i severos, 
Que guarda en sus entrañas 
De fuego eterno candescentes hornos. 

Si a su aspecto tal vez electrizada 

Ardiente fantasía, 
A la rejion del ideal se lanza, 

I a sus perfiles presta 
Con formas conocidas semejanza; 
Las descarnadas peñas cpie amontona 

En su empinada cumbre 

Asemejan titánica corona; 
I el mismo cerro colosal figura, 

Inmenso Mausoleo 
De réjia inmensurable sepultura: 

O jigante dormido 
De planeta mas grande desprendido; 
Pero sin signo alguno cp_ie revele 

Pudiera despertarse 

De su sueño profundo, 
I al despertarse, descpiiciar al mundo. 

¡I despertó! i el fuego comprimido 

En su pecho abrasado, 
Con estertor horrísono bullendo, 
Rompe la esterna costra que lo encierra 

Con estampido horrendo, 
Que conmueve los cielos i la tierra. 
Por satánicas fuerzas impelidas 
De su cráter se lanzan 
Columnas encendidas 
Que a los astros furiosas se abalanzan. 



380 

A su fulgor siniestro, 
El universo todo 
Parece consumiera 
Grande, voraz, inestinguible hoguera. 



América tampoco revelaba, 
De impasible indolencia 
En letárjico aueiío, 
Que a la májica voz de independencia, 
Hostigada leona, 

Pudiera un dia levantarse erguida, 
Llena de robustez, llena de vida; 
I que al alzar con el potente brazo 
El estandarte noble de los libres, 
Mas soberbia que el mismo Chimborazo, 

Sus hijos convirtiera 
En héroes denonados 
Por tan heroica madre entusiasmados. 

Guai! que el grito sonó! rápido parte; 

Abraza el continente americano 
Como eléctrica chispa; el estandarte 
De independencia o muerte se levanta; 
Esforzados guerreros 
Con sus pechos le amparan; 
Desnudan los aceros; 
I en alas de la gloria 
De victoria en victoria, 

La patria reconquistan, 
I eternizan sus nombres en la historia. 
Nobles campeones que en la heroica lucha 
Cual bravos sucumbisteis! 



381 



Vosotros que escribisteis 
Con vuestra propia sangre las hazañas 
De aquella empresa: los (pie dura suerte 
Llevó a tierras estrañas; 
I los que a lenta muerte 
Condenaron atroces desengaños. 
¡Oh sombras venerandas! ¡Si el Eterno 
Permitiera que alzarais la cabeza 
Desde la helada tumba! 
Si vierais la belleza 
De América marchita! 
Sobre su frente pura 
Hondo sello de bárbara amargura! 
Ai! cómo verteríais 
De vuestros ojos huecos 
De profundo dolor lágrimas tristes, 

Ai! como rogaríais 
Al Supremo Hacedor que se apiadara 
De su fortuna impía, 
Ahogara las pasiones 
Con que sus hijos crueles 
Atizan la anarquía 
En constantes, civiles disensiones; 
I diera en su clemencia 
A la América toda 
Paz, unión, libertad, independencia! 



38-2 



ODA A LA INDEPENDENCIA DE AMERICA 
POR EDUARDO DE LA BARRA. 

OBTUVO EL ACCÉSIT. 

¡Patria i Libertad! 

¡Oh! si dado me fuera 
Cantar cuál yo querría, 
Mi lira la primera 
En celebrarte, América, seria; 

En ella cantaría 
Con acento robusto i vigoroso 
Al gran Colon, al hijo de la gloria, 
Al hijo predilecto de la historia; 

I al sol demandarla 

Su diadema esplendente 
Para ceñirte ¡oh Washington! la frente. 

¿I tú, Vírjen del Sud, yaces postrada, 
Jimiendo bajo férrea tiranía? 
Mira cuál rompe la cadena impía 
I libre se alza el águila del norte. 

América, despierta, 

Prepara tu cohorte, 
Que luce para tí de gloria el dia. 

Nazca en tu pecho el entusiasmo ardiente, 

I del polvo do yaces sepultada, 

Alza gallarda la abatida frente. 

Mas ¡ai! mi voz no escuchas, 

Que de virtud i de valor escasa, 

Eres juguete de opresora raza. 



383 



La lira quiero del marcial Tirteo, 
Que arder las venas inspirado siento. 
Volcanes de mi patria, 

Acompañad mi canto 
Con formidable irresistible acento. 
¡Guerra! los montes con fragor horrendo 
¡Guerra! repiten; los torrentes ¡guerra! 
Clamando van con pavoroso estruendo. 

Indignados los Andes colosales 

Encienden sus fanales, 
Ruje ya en sus cavernas fuego ardiente, 
I amenazan lanzar impetuoso 

De lavas un torrente 

Sobre el pueblo impotente 
Que no sabe ser libre i poderoso: 

Al ruido pavoroso 

La Vírjen se despierta, 

Jigante se levanta, 
Destroza sus cadenas, i la tierra 

Tiembla bajo su planta. 

Orgulloso repite el libre viento 

Los golpes del acero 
Con cpiie ella hiere el retumbante escudo, 
Sus hijos convocando a la pelea. 
Su voz de libertad sonó en el Plata, 
I el eco repetido por los Andes, 
De polo a polo al punto se dilata. 

Los pueblos la contemplan estasiados: 
I al escuchar de América naciente 
«De morir» el sublime juramento 
«O recobrar su libertad perdida,» 



384 

Aplauden entusiastas 
I gritan: «adelante» 
A la joven América triunfante. 

Al primer eco de la voz sagrada, 
Los opresores de la vieja Europa 
En sus tronos caducos retemblaron: 
Las selvas de la Helvecia resonaron 

Con plácidos acentos; 
Los ecos discurriendo por los vientos 
Jérmen llevaron de esperanza i vida; 
I hasta los héroes de Polonia i Grecia, 
Los viejos héroes de la edad perdida, 
En sus tumbas también se conmovieron; 
I las cadenas del francés coloso 
Hechas pedazos, destrozadas fueron! 

Buenos Aires es libre. Entre sus soles, 

En la alta Cordillera, 
Gallardo el joven tricolor ondea; 

De libres la falanje 

Triunfante la rodea, 
I cual peñasco enorme, desprendida, 
Desde la cima irresistible rueda. 
Llega, triunfa, i el mundo sorprendido, 
¡Victoria i Chacabuco! ha repetido. 

Cual fuerte encina de elevada copa 
Que de improviso por el rayo herida 
Sobre el humeante tronco se desploma 

Así la tiranía, 

Que con su negro manto 
El sol de libertad nos encubría, 



385 

Maldita i execrada, 
Fué por el fuego santo, 
Por el rayo de Maipo derribada. 

Desde el sublime portentoso instante 
En que a la voz del Hacedor Divino 

Surjiste de la nada, 

Ser libre como el cóndor 

Fué, Chile, tu destino. 
I si un tiempo en el polvo del pasado 

Jemiste aprisionado , 
Tornaste a nacer siempre triunfante, 
Como el sol que hoi se oculta en occidente 
Para lucir mañana mas brillante, 
Noble i erguida la esplendosa frente: 
I así como ese sol en su carrera 
Las negras nubes que su carro empañan 

Dispersa por la esfera. 

Así tú, si pretende 
Nación estraña profanar tu suelo, 
Suene la trompa, i a su ronco acento 
Desnuda al punto el formidable acero, 
Tus estandartes desplegando al viento. 
Tus hijos volarán a tu defensa 
I si hai uno, uno solo que no acuda 
A custodiar la tricolor bandera, 
¡Ese cobarde de vergüenza muera! 

Amada patria mia, 

Si bárbaro destino 
Vuelve a eclipsar de libertad el dia, 

Recuerda tu pasado 

De glorias monumento, 
De ser libre recuerda el juramento; 

LAstakria, Recuerdos. 25 



386 

I si ¡oh mengua! quisieras olvidarlo 
Así manchando el pabellón sagrado, 
Indigno serás Chile de ser Chile 
Porque no eres el Chile del pasado. 

I entonces vengadoras 
Cumplid vuestro deber, nobles montañas, 
Fieras lanzando a la nación perjura 
Cataratas ardientes, destructoras, 
Del fuego que encerráis en las entrañas. 
¡Chile perezca!. . Pero nó; mentira! 
¿Qué osó cantar mi delirante lira? 

Siempre noble i valiente, 

¡Oh patria de los héroes, 
Bastantes pruebas de grandezza has dado: 
I tu rico i espléndido pasado 

Un porvenir te augura 
Coronado de gloria i de ventura 



Tiernas, radiantes, amorosas, bellas, 
Del seno de Orinoco caudaloso 

Se elevan tres doncellas. 
Frescos laureles sus cabellos ornan, 
Brilla en sus manos el sangriento acero; 
«Colombia es libre, sus cadenas rotas 
Están,» repite su clarín guerrero. 



Coloso cual los Andes 
Bolívar se levanta, 
I el. pabellón hispano 



387 

Altivo huella con osada planta; 
I Ayacucho i Junin nueva corona 
De verde lauro ciñen a Belona. 

La América es ya libre, 

Oh! padres venerados, 
¡Dormid tranquilos que ya estáis vengados! 

Los déspotas cayeron 
Por el Dios de Justicia reprobados, 
I de ignominia i de baldón marcados 
Tras de los mares a ocultarse fueron. 
Sobre la cima de los altos Andes , = 
Llena de majestad, llena de gloria, 

La libertad se ostenta. 
Nueve estandartes a su lado ondean; 
I en arpas de oro, con sublime acento. 
Sus cantos de victoria acompañando, 
Nueve ninfas gallardas la rodean, 
Verdes coronas de laurel llevando. 
I ella amorosa, el mundo contemplando 
Desde su grande, portentoso trono, 
Súbito crece, i con jigante mano 

Amenaza al tirano, 
Independencia i Libertad grabando 
En la esfera del cielo americano. 



VIII. 

Otros dos certámenes literarios mas celebró el Cír- 
culo, uno a la memoria de Salvador Sanfuentes, i otro 
en loor del Abate Molina, con motivo de la erección de 
su estatua, habiendo obtenido en ambos brillantes resul- 
tados. Aunque estas luchas del talento no eran nece- 
sarias para estimular los trabajos literarios en aquella 

25* 



época, en que a porfía todos los hombres ele letras se 
consagraban a construir nuestra literatura, ellas sin em- 
bargo contribuían a afirmar tan buen espíritu, i agre- 
gaban mucha importancia e interés a las tareas de la 
asociación. 

En ambos certámenes, el Círculo se constituyó en 
jurado para examinar i juzgar por sí mismo, i discer- 
nir el premio; habiendo celebrado diversas conferencias, 
en las cuales relucian una alta imparcialidad, una no- 
table independencia para las apreciaciones, i una tem- 
planza en las discusiones que revelaba tolerancia i fra- 
ternidad. 

Con motivo de la muerte de Sanfu entes, acaecida en 
julio de 1860, el Circulo aspiró a rendir un digno ho- 
menaje a la memoria del primero de nuestros nuevos 
poetas, del constante colaborador de nuestro progreso 
literario, dedicándole una Corona fúnebre compuesta de 
una biografía, que escribió Domingo Arteaga Alemparte, 
del canto que declamó Eduardo de la Barra sobre la 
tumba de Sanfuentes, i de las poesías que se presen- 
taron al certamen poético que se preparó. Tres miem- 
bros del Circulo concurrieron, los señores Olavarrieta, 
Valderrama i Rodríguez, habiendo obtenido la compo- 
sición de aquél, el primer premio, i la de Valderrama 
el segundo. Todas aquellas piezas fueron publicadas en 
el tomo 3.° de la Revista del Pacífico. Hé aquí las dos 
poesías premiadas — 



389 




MANUEL JOsE OLAYARRIETA. 

A LA MEMORIA 
DE DON SALVADOR SANFUENTES 

POR D0> MAMEL JOSÉ OLAYARRIETA. 

COMPOSICIÓN PREMIADA. 



En fúnebre concierto 
Vago clamor dilátase doliente 
Desde las ondas que tranquilas besan 
Las arenas del puerto 
Hasta el coloso de nevada frente, 
I desde el mar del Sur hasta el desierto 
Que ya el virtuoso i recto majistrado, 
El poeta que un dia 
Cual águila altanera en raudo jiro 
Por la rejion del éter discurría, 
Plegó sus alas, doblegó su cuello 
I exhaló triste el postrimer suspiro. 



890 

Pero la muerte en vano 
Desde el trono de nieblas en que habita 
Lanza cruel con atrevida mano 
Matadora saeta 

Al corazón del noble ciudadano 
Que en servir a la patria se ejercita; 
Que aunque apague su voz i estinga el fuego 
Que alimentara un dia su existencia, 
De ella no necesita 
Lo que produjo ya su inteligencia; 
I cubierto de gloria, 
Su nombre eterno vivirá en la historia. 

Tal es el hombre por que negro luto 
El ánjel tutelar de Chile lleva; 
Tal el patriota por quien Chile todo 
Se entristece i conmueve, i un acento 
De profundo dolor al cielo eleva. 
Fué el amor de la patria su divisa, 
La libertad su canto favorito, 
La justicia su lei, la fé su norte, 
I el porvenir sin muros de granito, 
Sin límites ni asiento, 
El campo do vivió su pensamiento. 

Sí, desde la alta cumbre 
Donde su jenio creador brillaba, 
A mil pueblos alzar vio la cabeza, 
El polvo sacudiendo que ocultaba 
Su antiguo poderío i su grandeza; 
I vio también alzarse de las sombras 
De los inmensos bosques que engalanan 
El suelo de Colon, cien i cien pueblos 
Que a los del Viejo Mundo saludando 



391 

Iban con lazo fraternal unidos 

A un venturoso porvenir marchando. 

Pero ¡olí dolor! a Chile no divisa 
En el puesto que cabe a su destino; 
I una lágrima ardiente se desliza 
Por su mejilla al contemplar jadeante 
A su patria venir allá distante. 
Inclina su cabeza sobre el pecho 
I un ¡ai! doliente exhala lastimero; 
¡Que a su patria ama tanto! 
I mira con dolor i con despecho 
Cuan lejos Chile está de ser primero. 

Pero el jénio jamas débil se abate; 
I un momento después enjuto el llanto, 
Serena la mirada, se alza el vate; 
I así, cual suele en signo de bonanza 
Aparecer el iris reluciente, 
Brilla la inspiración sobre su frente, 
Que el tiempo aun no ha llegado 
Del drama que en su mente se imajina, 
I la gloriosa historia del pasado 
Del invencible Arauco, hoi en ruina, 
De improviso le ofrece mil lecciones 
Que inspirarán la unión i el amor patrio 
Que falta en los chilenos corazones. 

Sí, Sanfuentes ilustre, tú sabias 
Que ser grande un país en vano espera, 
Si en vez de unión i libertad, tan solo 
El egoísmo o la ambición impera: 
I por eso querías 
En el pecho prender de tus hermanos 



392 

El fuego en que tú ardias, 

Para poder al fin desde otra esfera 

Contemplar a tu Chile soberano. 

I por eso volviste tu mirada, 

Magnánimo Sanfuentes , 

Al indómito pueblo que tres siglos 

De lucha encarnizada 

Al español no fueron suficientes 

Para arrancar su libertad preciada. 

¡I, qué mejor ejemplo 

Mostrar podias al hermano tuyo 

Que el del invicto Arauco, 

Donde en cada hijo suyo 

La libertad miraba alzarse un templo! 

I otra idea también tuviste noble 

I cual tu inspiración grande i hermosa: 

La barrera romper que nos separa 

De aquella raza inculta i belicosa, 

Por ella simpatías inspirando, 

Sus hazañas i glorias recordando. 

Pero ¡ai! no te fué dado 

Mirar a tu pais rejenerado; 

Que cuando mas radiante 

En tí la noble inspiración brillara, 

La hija maldita del primer pecado 

Lanzó a tu pecho el dardo emponzoñado 

Que la sombra estendió por tu semblante. 

Pero descansa en paz, duerme tranquilo 
El sueño de la muerte, que tu Chile 
Grande i feliz verá llegar el dia, 
El dia no muí tardo 

«*Ehi que Ja libertad no sea un nombre 



393 

Sin fruto embellecido por el bardo 

Para acordar su fin grandioso al hombre». (*) 

Duerme en paz, i no temas 
Que el olvido jamas bata sus alas 
Sobre la fria losa 
Que cubre el lecho donde 
Tu cabeza magnífica reposa. 
El jenio i la virtud jamas perecen; 
Que es del jenio inmortal su propia esencia, 
Porque solo es destello 
De la increada, eterna intelijencia; 
I la virtud aliento 

De aquel que brotar hizo de la nada 
Con solo una palabra el firmamento. 

No temas el olvido, nó, Sanfuentes, 
Que hasta los fieros rudos araucanos 
Cuando encorven su cuello al blando yugo 
De las chilenas leyes, 
I nos llamen hermanos, 
Por tí preguntarán a nuestros hijos, 
I buscarán prolijos 
Tu lápida mortuoria 
Para elevar una oración ferviente, 
I una lágrima ardiente 
Sobre ella derramar en tu memoria. 



Versos de Sanfuentes. 



394 




ADOLFO VALDERRAMA. 



A LA MEMORIA 
DE DON SALVADOR SANFUENTES 

POR DON ADOLFO VALDERRAMA. 

OBTUVO EL SEGUNDO PREMIO. 

¿Qué es esa vaga i dulce melodía 
Que se dilata en torno tristemente 
I penetrando por la selva umbría 
Murmura un ¡ai! doliente 
En el idioma de la patria mía? . . . 
No es el murmullo de la brisa errante 
Que jira entre las ramas caprichosa, 
No es la tórtola amante 
Que de su amor distante 
Entona sus canciones amorosas; 
Es mas triste el acento 
De las sentidas notas 



395 

Que hasta nosotros trae el raudo viento. 

Mirad: sobre esa tumba solitaria 

Hai un laúd sonoro, 

Bate un ánjel sobre él sus alas de oro 

I de sus cuerdas brota una plegaria , . . 

Es el alma del jenio que llorosa 

Nos hace oir en dulces vibraciones, 

Sobre su misma losa, 

El eco de sus últimas canciones; 

Es el alma del jenio que ha callado, 

I que al plegar sus alas prepotentes 

Deja a su suelo, en lágrimas bañado, 

Un nombre ilustre: Salvador Saxfuentes. 

La tumba fría te arrastró a su seno, 

Poeta vigoroso, 

La horrible muerte te sirvió el veneno, 

L T ltimo trago de este mundo odioso; 

Pero en vano altanera 

Regocijarse con su triunfo espera: 

Hai dos puras deidades do no alcanza, 

Su insaciable venganza 

No herirá a esas deidades celestiales . . . 

¡El jenio i la virtud son inmortales! 

Puede en paz descansar tu cuerpo frió, 
Que el jenio no se envuelve en el sudario; 
I de la horrible muerte el dardo implo 
No llega hasta el cantor del Campanario. 

Ilustre Salvador, ¡qué! ¿no veias 
Que el trabajo constante 
Marcaba en tu semblante 



396 

La historia de tus bellas poesías, 

I que la ardiente inspiración del alma, 

Después de recojer gloriosa palma, 

En el frió sepulcro dormirías? . . . 

Sí, lo sabias, pero mas quisiste 

Estar en la memoria 

De la gloriosa historia 

Que vivir en el mundo en que viviste; 

No morirás, poeta jeneroso, 

Ilustre majistrado, 

I cuando desde el trono luminoso 

En que te hallas sentado 

Pongas tus ojos en la patria mía, 

A un anciano verás que encanecido 

Lleva a tus hijos a tu tumba fría 

Para contarles lo que el padre ha sido. 

No te asombre el clamor que se dilata 
Desde el enhiesto monte 
Hasta la bramadora catarata, 
Que con su espuma de brillante plata 
Nos encubre el confín del horizonte: 
Es la patria que llora 
La desgraciada muerte del poeta 
I que con vista inquieta 
Busca tu intelijencia creadora; 
Son los bosques de Chile conmovidos 
Que desgajan sus ramas, 
Porque ya no te inflamas, 
Cuando son por el viento estremecidos, 
O destrozados por voraces llamas; 
Es el ronco fragor de los volcanes, 
Bramadores titanes, 
Que levantan sus hombros 



397 



Pura alumbrar tus rejios funerales 

Con las ardientes teas colosales 

De sus rojos escombros. 

Duerme tranquilo, Salvador, reposa, 

Que si la muerte fiera 

Te lanzó su saeta traicionera, 

Aun queda tu laúd sobre tu losa; 

I el alma de tu jenio valeroso. 

Sus cuerdas recorriendo, 

Eternamente un canto melodioso 

Estará a nuestro oido repitiendo. 

Bajo el ciprés sombrío 

Recuesta tu magnifica cabeza, 

Que al borde mismo del sepulcro frió 

De tu inmortalidad la vida empieza. 

Descansa en paz segura 

En el fondo de estrecha sepultura, 

Que cuando el juez de los eternos cielos 

Vea de tu conciencia los desvelos 

I de tu corazón los sacrificios, 

El mismo Dios confirmará tus juicios. 

Descansa en paz, poeta independiente, 

Ave canora de la patria mia, 

Que los laureles que ornan tu ancha frente 

No se marchitarán i eternamente 

Vivirán con tu ardiente fantasía. 



El certamen poético celebrado en honor de Molina 
escitó vivamente a los amantes de las musas, i entre las 
varias composiciones que se presentaron, el Círculo dio 
a cuatro la preferencia para examinarlas, siendo sus 
autores los señores E. de la Barra, M. J. Olavarrieta, 
Arcesio Escobar i A. Valderrama. Las que obtuvieron 
el premio fueron las dos siguientes — 



398 

ODA A MOLINA 
POR EDUARDO DE LA BARRA. 

OBTUVO EL PRIMER PREMIO. 

Molina, tu patria no ha olvidado tu 
nombre ni tu gloria! 

B. Vicuña Mackenna. 

Del pueblo unido al entusiasmo santo 
Alzo por tí, Molina, débil canto: 
Débil, mas libre como el sol que se alza, 
I libre como el pueblo que te ensalza. 

Bronces el arte esculpe a tu memoria, 
Digno tributo a merecida fama; 
I cual emblema de elevada gloria 
El sol los tiñe con su ardiente llama. 

I cuando en occidente se derrumba 
Dando a los Andes últimos reflejos, 
Sus rayos va a posar lejos, mui lejos, 
Sobre modesta i venerada tumba. 

Esa es tu. losa sepulcral, Molina, 

I ante ella el sol su majestad inclina ! 

I desde su alto asiento 
Talvez pretende reanimar ardiente 

La ya abatida frente 
Do en un tiempo brillaba el pensamiento. 
El pensamiento tuyo, que esparcía 
Vivida luz entre la densa niebla 
Que de América en torno se estendia. 



399 

I la muerte apagó esa inteligencia 
Tanto batida por contraria suerte, 
Pero no su renombre ni su ciencia. 
Su diadema de gloria esplendorosa 
De punzantes espinas está llena, 
¡Que al saber siempre el infortunio acosa, 
Siempre traidora suerte lo encadena ! 
¡ I el seno de la patria, tan preciado, 

No guarda tus despojos! 
¡Ingrata patria cuánto fué de amada, 
I en la ausencia por tí tanto llorada! 
América infeliz! al ostracismo 
El saber en tu suelo, el patriotismo 
Condenados están! ¡De cuántas glorias 
Guardas apenas débiles memorias? 
Pero tanta velada nombradla 
Brillará clara cual la luz del dia ! 

La edad en que vinieron 

Pasa, i llega la edad de la justicia 

Que exenta de odios en sus tumbas falla. 

La envidia entonces calla, 
I el mérito triunfante se presenta. 

Tú también, noble sabio, en la agria copa 

De proscripción bebiste, 

I honores de tu siglo mereciste 

I los aplausos de la culta Europa. 

Tras largo i triste i proceloso viaje 

En la Italia cletiívose tu planta, 

Que a Chile te recuerda 
Tanta belleza i desventura tanta! 

Oh! míseras naciones! 
Ambas la dulce libertad perdida, 



400 

Chile esclavo, la Italia prostituida! 
Iguales en valor i en desventura, 
I en caida grandeza sus historias. 
¿Qué les queda? ¡Tan solo su hermosura! 
¡Solo un recuerdo de pasadas glorias! 
Nó, que tú viste al patriotismo un dia 
Jigante alzar su frente valerosa, 
Viste a tu patria libre i poderosa 
Ante el mundo llamarse independiente; 
¡Mas de Italia no viste el sol naciente! 
Vagando entre sus réjios monumentos, 
Testigos de altos hechos ya pasados, 
Débiles restos entre tanto escombro 
De parásita yedra coronados, 
Las sombras evocaste del romano 
Derruido imperio, de la edad asombro. 
Mudas quedaron en el polvo vano, 
Que exaltada tu ardiente fantasía 
A Arauco la guerrera solo via. 

I con profunda ciencia, 
De este tan poco conocido suelo 
El rico manto al mundo le mostraste. 

I también le contaste, 

Con sencilla elocuencia 
En la armoniosa lengua del toscano 
Las glorias del indómito araucano. 
Con encanto la Europa te escuchaba 

I tu acento aplaudía, 
I asiento entre sus sabios te ofrecía: 
I el eco que hasta América llegaba, 

Doblado por los Andes, 
Por sus vastas rejiones se estendia 

I el ámbito llenaba. 
I grande de Bolonia entre los grandes- 



401 

Legaste tu renombre al patrio suelo : 
I el pueblo en recompensa a tu desvelo 
Estatuas te levanta: no como esas 
Que alzarse suelen para mengua solo, 
Que el sello odioso de los bandos llevan; 

Mármoles que deshonran, 
I que a la loca vanidad se elevan! 

Llega un dia en que el pueblo se presenta 
Grande i terrible para hacer justicia, 
I en sus revueltas vengadoras ondas 
A polvo las reduce i las afrenta! 
Como ellas caen la maldad i el crimen, 
I la virtud i el jenio resplandecen; 

Sus cadenas quebrantan, 
Sus héroes no finjidos engrandecen, 
I mármoles para ellos se levantan, 

Que solo al golpe lento 

Del tiempo desparecen. 

¡Mas qué importa! perenne es esa gloria 
De los héroes que el pueblo reverencia, 
I tu nombre, Molina, de alta ciencia, 
Está escrito del pueblo en la memoria, 

I escrito allá en las grandes 
Cumbres inaccesibles de los Andes. 

Allí libre tu espíritu vagaba, 
I de América vírjen la hermosura 
En su sublime majestad hallaba. 
Grande tu pensamiento allí crecía, 

I al arrancar altivo 
De las jigantes moles los secretos, 

En cifras esplendentes 
De Dios el nombre por do quiera via. 

Lastareia , Recuerdos. 26 



402 

Ante El doblabas la rodilla, sabio, 
I su nombre infinito de grandeza 

Murmuraba tu labio: 

Audaz tu pensamiento 

A su trono llegaba, 

I el Dios omnipotente 
Derramaba la luz sobre tu frente! 

Alzábaste imponente i majestuoso 
Como el cedro del Líbano sagrado. 
I al hombre- rei en tí, naturaleza 

Rendíale homenaje! 
El águila real grito salvaje 
Lanzaba altiva para tí, al mecerse 
Del cielo azul entre las tenues blondas: 
El estruendo del rápido torrente, 
Al despeñarse en espumosas ondas, 

Callábase a tu paso, 
I el eco ronco del volcan ardiente. 
El rayo cpie en las nubes estallaba 

Tu frente iluminaba; 

I a tu voz respondiendo, 
Sobre el inmenso espacio iba rodando 
El ronco trueno, lento retumbando. 

I ese sublime aterrador concierto 
Desprendido de inmensa cordillera, 
Eco del ánjel de los Andes era. 

Del ánjel que decía: 
Salve, jenio inmortal! gloria a tu nombre! 
I ¡gloria! entonces la creación entera 
En magníficas notas repetía. 
I ardiendo ahora en entusiasmo santo, 
También repite mi modesto canto 



éOá 



Que se alza a tu memoria: 

Salud ! al jenio de la patria mia ! 

¡Cómo tu alma inmortal, así es tu gloria! 



A LA MEMORIA DEL NATURALISTA 
DON JUAN IGNACIO MOLINA, 

POR MANUEL JOSÉ OLAVARRIETA. 

OBTUVO EL SEGUNDO PREMIO. 

Anjel custodio de la patria mia, 
Desplegad vuestras alas vaporosas, 
Partid veloz a la rejion del dia, 
I para mi alma desmayada i fria, 
Una chispa traed del fuego santo 
Que inspira al querubín su eterno canto. 
Que hora la patria quiere 
Enaltecer la merecida gloria 
De aquel, de aquel de sus preclaros hijos 
Que refirió su historia; 
Del que llorando muere 
En apartado suelo 
Por no poder morir sus ojos fijos 
En el de Chile trasparente cielo. 
I yo quiero también a esos acentos 
En que grande se aclama 
Unir mi voz en armoniosos sones, 
I que raudos los vientos 
Al fértil valle, al monte, a la colina, 
El eco arrebatando a mis canciones, 
Lleven jimiendo el nombre de Molina. 

26* 



404 

Es grandiosa la escena en que figuras: 
De mi patria en la gran naturaleza 
I para acompañarte a las alturas 
De los nevados montes, donde el cóndor 
I el águila no mas tienen su asiento, 
I luego descender al hondo valle 
De tus pasos marchando en seguimiento, 
Sublime inspiración que no desmaye 
Se necesita i poderoso aliento. 
Ah! por eso yo quiero 
Una chispa de aquese fuego santo 
Que inspira al querubin su enterno canto. 
Miradlo, él es: al borde del torrente 
Que espumoso bramando se desata 
De entre las peñas de escabrosa sierra, 
I cuya bruma pinta el sol poniente 
De azul i de escarlata, 
Contempla allí su fragoroso estruendo 
I con la vista su camino sigue 
Para poder bajar después al llano 
Donde ya es manso arroyo, 
I arrebatar el insondable arcano 
Que encierran las sencillas 
Flores que nacen en sus dos orillas. 
En la nevada cresta de aquel monte 
Que altísimo se eleva, 
Miradlo allí también, como una sombra 
Que apenas se dibuja al horizonte. 
Mas yo no sé . . . no alcaza mi mirada 
A llevarme hasta tí ¡oh gran Molina! 
Para poder siquiera adivinarte 
El secreto (pie tu alma alborozada 
Arrancó ya de la tostada roca 
Que al abismo se inclina, 



405 

del cóndor que tarde ya escondiera 
Su erguido cuello en la azulada esfera. 
Mas fuerzas, mas aliento necesito 
Para seguir donde tus pasos mueves; 
Acuda pues tu espíritu a alentarme, 

Que subir también quiero hasta la cumbre 
Del soberbio jigante de granito, 

1 desde el peñón mismo 

Que al rayo ardiente i la tormenta insulta, 

I en cuyas hondas grietas 

El águila orgullosa el nido oculta, 

Contigo sondear el negro abismo; 

I mirar la espresion de tu ancha frente 

Cuando al rozar las nubes tu cabeza, 

Lanzadas velozmente 

Por el silboso viento, 

Sientas tú que a tus pies revienta el trueno 

Con bramador acento, 

Para medir el temple de tu alma 

I arrebatar después tu pensamiento. 

Sí, Molina inmortal, todo eso quiero, 

Mas no porque pretenda 

En tu gloria contigo ser primero: 

Que en vano yo intentara 

Mi espíritu elevar hasta la altura 

A que el tuyo, Molina, se elevara, 

Por mas que fuerzas i entusiasmo ardiente 

Suplicante a los cielos demandara. 

Ah! si yo quiero tu inmortal figura 

Tener siempre presente 

Es tan solo Molina, porque ansio 

Que de tí digno sea el canto mió. 

Pura, azulada, trasparente gasa 

Desde el cordón de los nevados Andes 



406 

Hasta la mar pacífica se estiende, 

Cual delicado vaporoso velo 

Que al cabello se enlaza 

De la inocente vírjen que pretende 

Medio encubrir las gracias de su cielo. 

I el airecillo juguetón despliega 

Para mostrarnos las bellezas todas, 

Que su pudor i timidez nos niega. 

Salpican mil purísimos brillantes 

Ese velo riquísimo i hermoso 

I mil rayos de luz sobre él rodando, 

En manojos esparce centellante 

Un sol esplendoroso. 

Jamas empaña vaporosa bruma 

De su brillante azul la íina tinta, 

I cada estrella con belleza suma 

Irradia en él su luz clara i distinta. 

Es cual ninguno el cielo que de Chile 

Cobija las riquezas que atesora 

En el valle, en la selva i en el monte, 

Do píntanse primero 

Los purísimos rayos de la aurora; 

Que la naturaleza ostentar quiso 

Su belleza, su pompa i lozanía 

En mi patria, segundo paraíso, 

Fuente de amores para el alma mia. 

Nevada cordillera se levanta 
Hasta tocar las nubes con su frente, 
I cien colinas tiéndense a su planta 
En toda la estension del continente. 

De sus hondas quebradas 

Mil torrentes veloces se desprenden 



407 

I formando bellísimas cascadas 

Al hondo valle rápidos descienden, 

I atraviesan el llano 

Sus cristales llevando al océano. 

Rico manto de flores i esmeralda 
Cubre la estensa i la feraz llanura, 
Mientras del monte en la tendida falda, 
Donde el arroyo plácido murmura, 
Los laureles, los lingues, los raulíes 
I los robles sin cuento 
Ostentan su ramaje corpulento. 

Mil aves inocentes 

De variado plumaje 

Ocultan sus primores diferentes 

Del bosque en el espléndido follaje, 

Mientras que otras parleras 

Atraviesan cantando las praderas, 

I en majestuoso i compasado vuelo 

También otras se elevan 

Hasta perderse en el azul del cielo. 

Ese fué, gran Molina, el templo santo 
Donde la vírjen ele la patria mia, 
Lleno de admiración, lleno de encanto, 
Prosternada tu frente, 
En oración ferviente 
A sus umbrales te mirara un dia; 
I tornando sus ojos a la altura, 
Los deseos de tu alma comprendiendo, 
Eleva tu oración, i sonriendo 
De amor i de ternura 
«Puedes entrar, te dice, al templo donde 
Conocer a tu Dios tu alma procura.» 



408 

I pasaste, Molina, sus umbrales 

I Chile te mostró sus horizontes, 

Sus dilatadas playas el océano 

Salpicadas de conchas i corales, 

Sus entrañas el monte 

I los volcanes su insondable arcano. 

Que cual infatigable peregrino 

El monte traspasaste i la llanura, 

Escuchaste del ave el dulce trino 

Del bosque en la espesura, 

I dirijiendo tu atrevida planta 

Del Ande colosal a la alta frente, 

Do el hondo precipicio no te espanta, 

Contemplaste admirado 

De Chile el cuadro májico, esplendente 

I al borde mismo del volcan postrado 

Adoraste al Señor omnipotente. 

Que no hai quien al mirar las maravillas 

Que ofrece por do quier naturaleza 

No caiga de rodillas 

I adore al que en sus obras ha imprimido 

El sello del poder i la grandeza. 

I te alzaste i seguiste recorriendo 

La ensenada, la selva i la colina 

Mil hojas i mil flores recojiendo 

De fragancia i belleza peregrina. 

I adelante marchando, la corriente 

Del rio caudaloso detuviste, 

I refrescando en su cristal tu frente 

El secreto inquiriste 

Que con tenaz porfía 

En sus plateadas ondas escondía. 

I a las aves lijeras 



409 

I a los peces inquietos, 

Que en lo profundo esconden sus escamas, 

A tu vista los llamas 

Para arrancar a todos sus secretos. 

I todo se revela a la mirada 

De tu clara i profunda intelijencia, 

Que ella es luz irradiada 

De la luz increada 

Del Ser que a un pensamiento 

Hizo brotar del caos la existencia. 

Las leyes invariables que sostienen 
Los mundos estrellados 
Que ruedan por el alto firmamento; 
Las fuerzas misteriosas que contienen 
En la menuda arena de las playas 
El ímpetu violento 
De las ondas del líquido elemento; 
I las que al bosque i la feraz pradera 
I a la estensa llanura. 
Arrebatan su yerba i su follaje 
Para tender después en primavera 
Nuevo manto de flores i verdura, 
I a los bosques vestir nuevo ropaje: 
Todo, todo, Molina, la analizas 
I todo a Dios tu espíritu levanta; 
Que todo en su perpetuo movimiento 
Oyes, Molina, que sublime canta 
Un himno misterioso 
Que de esfera en esfera 
Va el nombre repitiendo 
Del que es de todo ser causa primera. 
Mas ¡ai! cuando tu acento 
Unido a aquese canto 



410 

Se eleva en alabanza 

Hasta el trono del Ser, tres veces santo, 

De tn nativo suelo 

Te arrebata jiuiiendo la fortuna 

Para no ver ya nías el limpio cielo 

Bajo del cual se balanceó tu cuna. 

I de uno en otro pueblo peregrino 

Te encuentras ya sin patria i sin hogares, 

I marchando sin rumbo ni destino 

I sin paternos lares! 

I otros pueblos en vano a tí te ofrecen 

Sus colinas, sus cielos i sus montes, 

Que sombríos i tristes te parecen, 

Porque ellos no se mecen 

De la patria en los propios horizontes. 

Pero ¡ai ya no te es dado 

Volver a contemplar la encantadora 

Imájen de tu patria seductora, 

Cuando al caer el sol en occidente 

Su purísima frente 

De carmin se colora, 

Como si por ventura ella temiera 

Que al bajar el monarca de los cielos 

A las rejiones de una nueva aurora, 

Suspendido en el mar permaneciera, 

Contemplando estasiado 

Las bellezas que tímida quisiera 

Ocultar bajo el velo 

Que de su frente estiéndese azulado. 

I a Italia al fin dirijes tu mirada, 
I la Italia, Molina, te presenta 
Otra segunda patria, 



411 

Do tu virtud i tu saber se ostenta, 

I desde donde a Chile suspirando 

Le envías un presente, 

Tu magnífica historia 

Digna de Chile i digna de tu gloria: 

I tu sol se sepulta en occidente. 

Esa fué, gran Molina, tu carrera, 
Adorar a tu Dios desde la altura , 
Contemplarlo en el llano, en la pradera, 
I en el trino del ave en la espesura; 
I después con tu adiós i último acento 
Desde estranjeras playas 
Erijir a tu patria un monumento. 
Por eso, agradecida, 
Hoi Molina, una estatua, te levanta 
La patria conmovida; 
Por eso, reverente, 
Un pueblo libre su altanera frente 
Abatiendo a tu planta, 
De admiración derrama dulce llanto, 
I el ánjel tutelar de Chile canta 
De la inmortalidad el himno santo. 



IX. 

La fecunda i feliz animación que habian despertado 
en Santiago la Semana i la organización del Circulo de 
Amigos de las Letras tuvo eco mui acentuado en Valpa- 
raíso, donde Jacinto Chacón, en unión de sus hermanos 
i de otros hombres de luces, entre los cuales figuraban 
varios distinguidos estranjeros, como el eminente di- 



412 

putado republicano francés M. Adolfo E. Gent, el doc- 
tor español Roselló, M. Feuillet i M. Desmadryl, fundó 
la Sociedad de Amigos de la Ilustración, con el objeto 
de difundir los conocimientos en los ramos que tengan 
relación con las letras i las ciencias sociales. En seguida 
el mismo Chacón restableció desde el 1.° de enero de 
1860 la Revista del Pacífico, para que Valparaíso, decia 
el prospecto de esta segunda serie de aquel periódico, 
tuviera una voz i una representación en el movimiento 
literario del país. «Finalmente, agregaba, la pasión por 
las letras es espansiva i desinteresada, i ella nos impele 
a consagrar nuestros dias de holganza i de solaz a estas 
labores literarias donde luzca sus dotes el naciente inje- 
nio, i desde donde se prepare el talento verdadero una 
carrera para el porvenir.» 

La Revista del Pacifico reapareció mui oportunamente 
para llenar el claro que en las filas de la prensa perió- 
dica habia dejado la supresión de la Semana; i desde 
entonces continuó siendo el representante del movimiento 
literario, que contaba ya con dos centros de actividad 
en Santiago i Valparaíso. 

La acción de los obreros de aquellos centros presenta 
un hecho extraordinario que la historia no puede con- 
templar sino con veneración, i hasta con asombro. ¿A 
qué estímulo obedecían aquellos esforzados i tenaces co- 
laboradores de nuestro progreso intelectual? Ellos no 
obedecían a un interés político, ni podían aspirar a re- 
compensas, ni protecciones oficiales, desde que viniendo 
de distintos i encontrados rumbos tenían que prescindir 
de cuestiones políticas para mantener concordia, i desde 
que el gobierno , concentrado en una situación difícil, 
no tenia tiempo ni voluntad para fomentar las letras. 
Tampoco buscaban las inefables satisfaciones que esti- 
mulan el espíritu del que se consagra a la enseñanza con 



413 

amor, porque no eran maestros, sino mas bien alumnos 
que apenas podían disponer de los cortos momentos que 
robaban a las tareas que tenían que llenar para ganar 
su vida i la de sus familias. ¿I la gloria podia picar 
su ambición, o la esperanza del lucro estimularía su ac- 
tividad en un pueblo que aun estaba bien lejos de poder 
honrar i enriquecer a sus escritores? Ellos obedecían 
solamente a su amor por el estudio, sin que la nobleza 
de tal sentimiento sufriera mengua ni por el empeño de 
algunos por ilustrar su nombre, ni por la ambición de 
otros por formar una literatura nacional. «Hai un jenio 
divino en el fondo de la naturaleza del hombre, decia 
el director de la Revista del Pacifico de 1860, aludiendo 
a esto, — que le impulsa al bien sin recompensa, que le 
mueve a la investigación de la verdad por solo el placer 
de encontrarla, i que le inspira el amor hacia los sen- 
timientos nobles de la humanidad i hacia las escenas 
grandiosas de la naturaleza, por que tal es la condición 
de su ser. sensible a las impresiones de lo bueno, de la 
verdad, de la belleza física i moral.» 

Los amigos de las letras mantuvieron por algunos 
años el interés de las conferencias del Circulo de San- 
tiago, presentando estudios notables sobre distintos i 
vastos temas, i composiciones literarias que hacen hoi la 
honra de nuestra literatura. 

Miguel Luis i Gregorio Víctor Amunátegui cultiva- 
ban la crítica literaria, i servían a la difusión del buen 
gusto i ele la corrección con sus Juicios de los jjoetas his- 
pano -americanos, que coleccionados después formaron 
un interesante volumen conocido en toda nuestra Amé- 
rica. Los estudios críticos eran sin duda los mas ade- 
cuados a los fines de la institución, i por eso merecían 
preferencia: distinguiéronse, entre otros, los de Moreno 
sobre varios poetas i prosadores de Bolivia, de D. Ar- 



414 



teaga Alemparte sobre las obras de Sanfuentes, de Mon- 
ea yo sobre las del escritor ecuatoriano Herrera, de Bri- 
seño sobre la filisofía de Espinosa, de Blanco Cuartin 
sobre la historia i progresos de la filosofía i de la me- 
dicina, i de Demetrio Rodríguez Peña sobre la litera- 
tura chilena, su nacionalidad, su carácter i su influen- 
cia en el progreso, i otro acerca de la influencia mutua 
de la literatura internacional, principalmente la hispano- 
americana. 




MIGUEL LUIS AMUNATEGUI. 



Este constante colaborador del Círculo no solo hizo 
estudios literarios. Presentó también entre otros escritos 
un análisis crítico sobre La Política del Libre Cambio 
i Transformación económica de la sociedad inglesa por 
Cochut; i una Investigación histórica notable sobre la 
política invasora de la Francia en sus relaciones este- 
riores. Rodríguez Peña, arjentino emigrado, se habia 
hecho también chileno por su distinguida esposa i sus 
hijos, i por un ardiente interés en todos nuestros pro- 



415 

gresos. Servidor del país, como director de la escuela 
náutica, secretario de marina en Yalparaiso, i oficial 
mayor del ministerio de este departamento, habia sido 
al mismo tiempo redactor de diarios i colaborador de 
periódicos literarios. Era un pensador de instrucción 
variada, i aunque no descollaba por un gusto discipli- 
nado i una corrección irreprochable, sus formas litera- 
rias eran fáciles i amenas, i revelaban su bello carácter, 
afianzándole las simpatías que sabia conquistar con su 
trato ameno i su invariable jovialidad. Murió temprano 
pero dejó nobles recuerdos en el Circulo de Amigos de 
las Letras, i en el pueblo a cuyo progreso consagró la 
actividad de la mejor época de su vida. 

La crítica histórica, la historia i los estudios sobre 
la sociedad americana contemporánea dieron temas a mo- 
nografías mui notables por su fondo i su estilo, tales 
como las de Barros Arana sobre Cronistas de las In- 
dias desde 1514 hasta 1793, sobre el descubrimiento 
del Rio de la Plata por Diaz de Solis, sobre la Historia 
Antigua del Perú escrita por Sebastian Llórente, sobre 
la Iconografía Española de Carderera, un estudio sobre 
la Vida i escritos del historiador Caro de Torres, i su 
vida de Fernando de Magallanes; i tales como las di- 
versas de Moncayo sobre el estado i situación de las 
repúblicas de Venezuela, de Nueva Granada, del Ecua- 
dor, del Perú i de Bolivia; i como las descripciones de 
la naturaleza i de las costumbres de la república ecua- 
toriana por Joaquin Blest Gana, i los artículos biográ- 
ficos de Vicuña Mackenna. 

Al lado de los estudios críticos de literatura i de his- 
toria que en aquella época dieron a nuestro movimiento 
literario la seriedad e importancia que por algún tiempo 
habían desaparecido, i que afortunadamente ha conser- 
vado después, el Círculo de Amigos de las Letras puede 



416 

presentar un gran número de obras de imajinacion i de 
poesía que enriquecen nuestro caudal literario i que 
honran a la literatura americana. Alberto Blest Gana 
presentó alli varias de las novelas i diversos estudios 
de costumbres que le han granjeado la fama que me- 
rece por su fina percepción i su espíritu rejenerador. 
Valderrama, el mas constante cooperador del Círculo, 
el poeta satírico i festivo que tan de cerca sigue a los 




PEDRO LEÓN GALLO. 



grandes maestros de la gaya ciencia castellana; Irisarri 
i Pardo, quienes por su injenio i corrección merecían 
el renombre de clásicos; Guillermo Matta, el profundo 
pensador en verso; Arcesio Escobar, Eduardo de la 
Barra, Blanco Cuartin, Olavarrieta, Campuzano, San- 
tos, Varas Marin, D. Arteaga Alemparte, Rodríguez, 
Pedro Lira, Caravantes, todos recojieron los aplausos 
del Círculo por sus numerosas poesías orijinales; — Pe- 
dro León Gallo mereció sinceras aprobaciones por sus 
estensas i cuidadas traducciones de Víctor Hugo; i Emilio 






417 

Bello, leyendo muchas poesías inéditas de su illustre 
padre don Andrés Bello, conquistó allí un puesto que 
supo mantener con sus propias composiciones. 

Todas estas obras poéticas, como otras publicadas por 
los señores Aniceto i Jacinto Chacón, Villar, Vicuña 
Solar, Hurtado, Barros Grez, Astorga, Caravantes i 
Torres Arce, en la Revista del Pacifico, dan testimonio 
del gran progreso que por aquellos años hacia nuestra 
literatura. Los poetas mas notables habian abandonado 
ya la escuela de Zorrilla: no tomaban la poesía como 
el arte del colorido, de las formas encantadoras por sus 
oropeles i filigranas, de las bellezas de jardinería, cuyos 
matices nada revelan al pensamiento: seguian el camino 
abierto por los que en 1848 hacían del arte un instru- 
mento de rejeneracion , i en jeneral aspiraban a cantar 
pensando i embelleciendo nobles ideas i grandes senti- 
mientos. 

La poesía propiamente dicha, que es la forma mas 
difícil del arte literario, i que no pueden emplear todas 
las intelijencias por que es raro el consorcio de las do- 
tes intelectuales que constituyen al poeta, es sin em- 
bargo la manifestación literaria predilecta de la juventud. 
Esto esplica la abundancia de obras poéticas en nuestros 
primeros ensayos literarios. Todos los jóvenes cantaban 
porque estaban en la edad en que prevalecen las facul- 
tades afectivas; pero muchos colgaban su lira para siem- 
pre a medida que decaia en ellos el imperio de los ins- 
tintos jenerosos, i decaían también como poetas. Muí 
raros son los que se conservan tales en medio de la lu- 
cha por la vida social; i sigue así sucediendo hasta es- 
tos momentos, porque son raros los que, a pesar de los 
contrastes de la ajitada existencia material i moral, con- 
servan el estro que enseña el arte sublime de manifestar 
en versos numerosos i correctos el estado del espíritu 

Lastarbia, Recuerdos. 27 



418 

ajitado por una idea, por un sentimiento, filosóficamente 
concebidos i desarrollados. 

Lo que ha sucedido a los que fueron poetas, es lo 
que por una lei constante ha sucedido a la humanidad. 
Un escritor positivista, creemos que Bourdet, determina 
esa lei de esta manera : « El progreso real es una ten- 
dencia invencible que nos lleva a colocar nuestro des- 
tino en ecuación con las leyes inmanentes del mundo. 
No consiste tanto en alcanzar un número mayor de sa- 
tisfacciones sensuales, cuanto en reposar en el equilibrio 
i la justicia, considerados como base de nuestra evolu- 
ción individual i colectiva en el mundo i en la huma- 
nidad. Una sociedad en la cual dominan los instintos 
solos, cualquiera que sea el nombre de estos — industria, 
guerra, relijion, artes, — tendrá forzosamente dos perío- 
dos, uno de ascensión i otro de decadencia. Mas su- 
poned en esta sociedad la intervención de las facultades 
de reflexión, de juicio, de comparación, de justicia; i ve- 
réis una faz social en que el hombre triunfará absolu- 
tamente de su animalidad para alcanzar la eterna juven- 
tud de todo lo que es bueno i bello.» 

Así el que canta inspirado solo por los nobles instin- 
tos que dominan en la edad primera asciende i decae, 
hasta romper su lira i no acordarse de ella en adelante. 
Pero permanecerá siempre poeta, si teniendo el talento 
de traducir el estado de su espíritu de una manera 
propia i bella, posee también una viva noción de lo 
justo, de lo bueno, de lo útil i lo bello, la cual, filosófi- 
camente dirijida, sea capaz de triunfar de las preocupa- 
ciones de su época, de los azares de la vida, i hasta de 
los afanes materiales del trabajo necesario a la subsis- 
tencia. 

El poeta triunfa entonces de la animalidad i adquiere 
una eterna juventud, que le hace apto para cantar las 



419 

inspiraciones del sentimiento, como las de la inteligencia. 
Nada queda fuera de su arte poderoso : naturaleza i crea- 
ción, humanidad i sociedad, instintos individuales i so- 
ciales, contemplación concreta o abstracta, meditación 
inductiva o deductiva, todo puede convertirse en el nu- 
men inspirador que inflama su alma, i da carácter artís- 
tico a su portentosa facultad de espresion. 

Si esta es la verdad, hai error en suponer que la 
poesía moderna escluye de sus dominios el sentimiento 
i todo lo que no sea meditación científica o moral. Lo 
único que exije la época a la poesía, es que no choque 
en sus cantares con la aspiración dominante, porque 
eso mismo es lo que impone a todo el arte. Antes 
las aspiraciones de las sociedades de nuestra civiliza- 
ción estaban modeladas por el imperio de la fé reli- 
jiosa i por las tradiciones del pasado; i ora quisiera el 
arte representar la historia, retratar el presente o augu- 
rar el porvenir, tenia que ser siempre relijioso i siem- 
pre tradicional. 

Hoi es otra cosa. El imperio de las creencias reli- 
jiosas está debilitado, i todas las tradiciones que forman 
el bagaje del antiguo réjimen son contrarias a la justi- 
cia social, porque estorban la acción de la libertad i del 
progreso, que son las leyes de la humanidad. La so- 
ciedad moderna por otra parte no quiere visiones en- 
fermizas, porque tanto puede extraviarse con la escuela 
que busca solo lo bello haciéndolo consistir en lo nuevo, 
como con la otra que procura hallarlo solo en lo bueno 
convencional, no en el bien que por la lei del desarrollo 
humano, a que obedecen las propiedades o fuerzas de 
la humanidad, consiste en conservar i estender la vida 
sino en cierto bien relativo que es definido e impuesto 
por reglas sectarias i por dogmas impuestos a la fé de 
creyente. 

27* 



420 

Pasaron pues los tiempos en que los ideales de la 
fe i de la tradición eran la lei del arte. Los cuadros 
de Rafael i de Murillo no encantan hoi por el senti- 
miento o la tradición que representan. Son admirados 
por la verdad humana, real, plástica, o relativa que los 
realza; como la Divina Comedia no admira sino por el 
espíritu regenerador de verdad i de virtud, de justicia i 
libertad, que trasciende al través de las horripilantes 
escenas infernales, de los tristes o plácidos cuadros de 
purgatorio i de paraíso que la ardiente imajinacion i la 
ascendrada fé del autor se forjan. 

La poesía moderna debe encarnar otras aspiraciones. 
La civilización de la época le exije que sirva sin disfraz 
i con lójica a la recomposición social, a la realización del 
orden nuevo; quiere que embellezca las nuevas ideas, 
que condene las tiranías del pasado i del presente, que 
siembre de flores la escabrosa senda de combate que 
sigue la sociedad para apresurar su porvenir. Debe 
cantar el sentimiento, que jamas dejará de ser un numen 
del arte, i canta el enamorado, siempre que la aureola 
que irradian sus amores no sea empañada por las nubes 
de lo sobrenatural, de lo estravagante, de lo falso i anti- 
social, como pueden cantar los amantes de la natura- 
leza, pero a la manera de Bryant, sin defigurarla con 
un sentimentalismo forzado i afectado, o a la manera de 
Emerson que con sus sencillos idilios ha adquirido en 
la literatura británica el alto puesto que tienen los escri- 
tores que piensan i hacen pensar a los lectores. Que 
cante el sentimiento relijioso, como canta en More, 
Pope, Montgomery, Longfellow, sin contrariar los nue- 
vos ideales i halagando aun a las almas que profesan 
otra fé. Entone sus doloras el moralista, pero sin empa- 
ñar su moral o desfigurar la verdad, como Campoamor, 
por chocantes resabios o absurdas tradiciones de la edad 



421 

pasada, por falsos apotegmas de filosofía antisocial. Trace 
el buril de Byron sus luminosos i profundos cuadros 
de sublime pasión, pero cpie el escepticismo no apague 
su trasparencia ni confunda sus luces. Que la ciencia 
también pulse el laúd sonoro, revelando al mundo i a 
la humanidad sus leyes, pero que jamas perturbe su 
clara armonía con las notas discordantes de una meta- 
física oscura, como suele suceder al mas ático de los 
pensadores poetas de esta América, el correcto i severo 
Arnaldo Márquez. ¡Cuan profunda verdad encierra esta 
afirmación de Quinet! — «El escritor que hoi dia se 
inspira en las tradiciones, tan solo porque le han sido 
impuestas por el pasado, no es escritor de este siglo : el 
que cree en las ilusiones metafísicas i en las abstrac- 
ciones no acrisoladas por la observación positiva, no es 
escritor ele este siglo : el que duela i destruye dominado 
por el escepticismo, sin buscar la verdad, sin acercarse 
a la naturaleza, no es escritor de este siglo...» 

Hé aquí lo cpie queremos hacer notar en la poesía 
del tiempo a que nos referimos. Los cpie cultivaban el 
arte con estudio, no solo se apartaban ele la escuela 
colorista como puede llamarse la de Zorrilla, sino que 
cuidaban ele no hacer consistir la belleza únicamente en 
lo nuevo estravagante, ni solamente en lo cpie ciertos 
preceptos dan por bueno. El Círculo de Amigos de las 
Letras, cultivando con esmero el buen gusto literario, 
prestaba sus aplausos a una noción mas jenérica i verda- 
dera de lo bello, de lo útil, ele lo bueno i ele lo justo, 
como lo comprueban, entre otras muchas, las composi- 
ciones premiadas en los certámenes, las cuales hemos 
trascrito antes, precisamente para marcar el momento en 
que principia este progreso poético, elebido a aquella 
útil asociación. 

Por otra parte, no solo contribuyó el Círculo al pro- 



422 

greso de los estudios críticos i literarios, pues muchos 
de sus miembros se consagraron también a tratar temas 
filosóficos i científicos. Fuera de los trabajos ya men- 
cionados de González, Cruchaga i Miquel sobre cues- 
tiones teóricas i prácticas de economía política; de Volck- 
mann sobre la antigüedad del mundo, i de otros varios 
que omitimos, Francisco Marin escribió sobre el porvenir 
de la democracia en nuestra América, Manuel Carrasco 
Albano sobre la libertad, a propósito del libro de Stu- 
art Mili: el doctor Fonck acerca de la jeografía i oro- 
grafía de la provincia de Valdivia, el doctor Padin i 
J. A. Torres sobre la institución de cunas públicas para 
favorecer la conservación de la población, el doctor Mu- 
rillo sobre los grogresos de la historia natural, sobre la 
lactancia artificial i sobre la vacuna ; el malogrado Ga- 
briel Izquierdo, matemático distinguido, acerca de la 
influencia de las estaciones sobre las facultades del hom- 
bre; José Ignacio Vergara una traducción de la memoria 
de Seguin, titulada Reflexiones sobre las hipótesis de 
Laplace. Finalmente, el interés científico nunca decayó 
en las conferencias del Círculo, mediante la laboriosidad 
del fecundo injenio de Adolfo Valderrama, que al mismo 
tiempo que presentaba serios trabajos profesionales, como 
sus Estudios sobre la prostitución en Santiago, sobre las 
enfermedades dominantes en la Serena, sobre las ciencias 
médicas i la literatura, encantaba al auditorio con sus 
admirables trabajos biolójicos i fisiológicos, como la Flor 
en el reino vejeted , — El dolor i el alma o enlace del 
alma i del cuerpo humano, — el Ensayo filosofeo sobre 
la muerte, — las Pajinas de mi diario sobre las causas 
que mantienen las creencias supersticiosas en la majia 
i la hechicería, — Opresión i sensibilidad, que es un es- 
tudio sobre el carácter, — El juego i las afecciones del 
corazón, — El Fastidio, — Sueños, jenio i locura, etc. 



423 

Así aquella congregación de esforzados i abnegados 
trabajadores, aunque privada, i funcionando en un hogar 
particular de franca i sincera amistad, servia de centro 
al movimiento literario, i coadyuvaba provechosamente 
al desarrollo intelectual independiente del país. En cinco 
años consecutivos de labor, el Círculo de Amigos de las 
Letras, dando acojida, estímulos i aplausos a los na- 
cientes injenios, como a los que ya tenian conquistado 
su puesto en la literatura, hizo sentir su acción bené- 
fica, de una manera indisputable, en el rumbo elevado 
que tomaron los estudios literarios i científicos, en la 
corrección i buen gusto de la composición literaria, i en la 
conservación i desarrollo de una prensa que representaba 
dignamente los progresos intelectuales del país. 



X. 

El progreso de la literatura nacional tenia ya vida 
propia en 1864. La manifestación filosóficamente artís- 
tica, por medio de la palabra, de las ideas i sentimien- 
tos del país, de sus necesidades e intereses, de sus aspi- 
raciones i de sus adelantos realizados en el orden espe- 
culativo como en el orden activo, tenia maestros aptos 
i diestros para mantener la honra i la gloria de la jene- 
racion que, a costa de sacrificios i de abnegación, habia 
dotado a su patria de una literatura independiente, 
progresiva i capaz de completar su evolución en lo 
futuro. 

Pero este hecho mismo entrañaba peligros que toda- 
vía podian hacerlo fracasar. Es necesario apreciar con 
exactitud las circunstancias de aquel momento histórico, 
para formarse idea exacta de la marcha i carácter de 
nuestra literatura. 



424 

Los acontecimientos sociales no son esclusivamente 
el resultado de los fenómenos históricos precedentes, ni 
tampoco son la obra esclusiva de las leyes que rijen a 
la naturaleza humana: son sí el resultado conjunto de las 
situaciones históricas i de las acciones humanas. El 
filósofo que los contempla únicamente, bajo el primer 
aspecto escolla en el fatalismo providencial de Bossuet 
i de Vico, o en el fatalismo de la naturaleza de Herder, 
o en el de la lójica de la situación o estado mental de 
algunos positivistas: por el contrario, el filósofo que los 
hace depender de la idea o del espíritu, como Hegel, o 
de la naturaleza del individuo, como Bentham, se es- 
pone a construir, como estos, la ciencia social con las 
leyes jenerales de la humanidad, prescindiendo de la 
histórica, i no apelando a ella sino para verificar aque- 
llas leyes. 

El suceso de que hablamos, la existencia en 1864 de 
una literatura nacional, aunque incipiente, progresiva i 
capaz de completar su evolución, es un acontecimiento 
social que si bien dependia de los hechos históricos que 
se desarrollaban desde el momento de nuestra indepen- 
dencia, favoreciendo el movimiento intelectual, era prin- 
cipalmente el resultado de la acción, del esfuerzo de un 
grupo de hombres que, obedeciendo a las leyes de 
libertad i progreso* que rijen a la humanidad, lo habían 
anticipado a la época en que el estado mental del país 
debía naturalmente producirlo: i aquí estaba el peligro. 

El hecho no es raro en la historia. Fenómenos so- 
ciales hai que fluyen naturalmente de los precedentes 
históricos i que con la ayuda de la acción lenta de las 
leyes que rijen a la naturaleza humana vienen a produ- 
cirse como un resultado lójico del estado mental de su 
época. Pero hai muchos que, estando también en la 
lójica de los sucesos históricos, no esperan el curso de 



425 

esos i se realizan anticipadamente por la acción de los 
hombres inteligentes qne se bailan en situación de hacer 
triunfar una idea sintética ya preparada. La acción in- 
telectual es una palanca mas poderosa que la lójica de 
los sucesos i ella es, como dice tan donosamente Stuart 
Mili, la que mueve la nave i no el vapor, que es la 
fuerza motriz. 

El suceso de que hablamos no estaba en la lójica del 
estado mental del país efectivamente: era la obra de 
una fracción social que estaba relativamente mucho mas 
adelante. A no ser así, la literatura nacional ni habría 
alcanzado a hacerse independiente de las viejas tradi- 
ciones i creencias dominantes, ni habria entrado en una 
evolución progresiva , capaz de completarse en lo 
futuro. 

La razón es clara. En 1864, nótese bien, el movi- 
miento literario ya no estaba sujeto a las intermitencias 
de la primera época, cuando no lo servían con unidad 
en sus móviles i en sus fines todos los que deseaban el 
progreso intelectual, como lo hicimos notar en varios 
pasajes de la Primera Parte, i especialmente al comienzo 
del párrafo XXVIII. Ahora no solo era infinitamente 
mas numerosa la falanje de escritores, sino que era mas 
convencida , mas lójica , porque habia realmente unidad 
entre los que sustentaban el progreso de una literatura 
independiente. La acción continua i fecunda del Círculo 
de Amigos de las Letras de Santiago i del de los Amigos 
de la Ilustración en Valparaíso, la influencia bienhechora 
de la prensa literaria, hábilmente sostenida por la Se- 
mana i la Revista del Pacifico, i aun la de la prensa po- 
lítica i liberal, habian podido procurar esta nueva situa- 
ción a nuestra literatura, merced al profundo cambio de 
política que habia principiado a operarse en las rejiones 
del poder después de la conmoción intestina de 1859. 



426 

Sin este cambio, la acción de aquellos ajenies no habria 
sido tan eficaz. 

Empero, si ya no habria de ser intermitente el mo- 
vimiento literario independiente, tenia todavía que pasar 
por la ruda prueba ele la lucha con la corriente contra- 
ria de la escuela conservadora, que cinco años después 
de 1864 estaba casi consolidada. En veinte i cinco años, 
la educación jesuítica había dado todos sus frutos. 

La acción del Estado en la instrucción pública había 
continuado desde 1843 fortificándose sobre la base que la 
lei orgánica de la Universidad le había señalado, i que 
había servido al ilustre señor Bello para proclamar en 
su discurso inaugural, como rector, una enseñanza con- 
fesional, una ciencia, una literatura, una moral también 
confesionales. Fuera de los ramos de estudios teolójicos 
i canónicos que forman parte de las asignaturas, se en- 
señaba, como ahora en los colejios del Estado lo que 
Kant llama teosofismo, en lugar de filosofía, i una verda- 
dera teolojía escolástica en vez de derecho natural. Los 
colejios clericales, que bajo la dirección o inspiración de 
los fundadores del ultramontanismo , que como dijimos 
(Primera Parte, § XXII) se habian organizado en 1843 
con el Instituto Nocturno i la Revista Católica habían 
adoptado todos el plan de enseñanza jesuítica para pro- 
pagar doctrinas contrarias a los principios e intereses 
de la civilización moderna i del sistema democrático. 
I sin embargo no solo eran protejidos por el gobierno 
i cuidadosamente ausiliados por el Consejo de la Uni- 
versidad, como lo prueban los acuerdos numerosos que 
aparecen en sus actas, sino que eran preferidos por las 
familias pudientes para la educación de sus hijos, i hasta 
por los padres de familia mas incrédulos o de creencias 
disidentes. 

Los jesuítas de la reforma francesa habian establecido 



427 

colejios en Valparaíso i Santiago antes de 1844, pero 
en este año el gobierno se resolvió a encargar a Europa 
relijiosos de la antigua Compañía de Jesús para enco- 
mendarles el servicio de las misiones de indíjenas; i para 
eludir la lei que los habia espulsado, apelaba al recurso 
de no permitirles fundar comunidades. «Como era na- 
tural, decía la Memoria del Ministro del Culto de aquel 
año, señor Montt, dando cuenta al Congreso de esta sin- 
gular medida, — se les ha permitido que puedan vivir 
conforme a sus constituciones, pero no formar comunidad. 
Para el objeto a que son llamados, no era necesario lo 
último, ni tampoco podia concedérseles , aunque el go- 
bierno hubiese querido, porque está vijente la lei que 
escluyó su orden del número de las corporaciones permi- 
tidas. Otro relijioso del mismo instituto lia partido de 
Santiago a recorrer las misiones de la provincia de Val- 
divia i de él se esperan datos que faciliten los nuevos 
arreglos en que el gobierno piensa.» 

En la Memoria del año siguiente el Ministro del Culto 
daba cuenta de que habia fracasado aquella tentativa, 
porque la Compañía exijia como condición indispensable 
que se la reconociera como una de las corporaciones 
autorizadas en el país; pero los jesuítas comenzaron 
pronto a establecerse en la República, i aprovechando 
la ventaja de vivir conforme a sus constituciones, aun- 
que no en comunidad por respeto a la lei vijente, fun- 
daron colejios en que vivían sin embargo en común, 
pero como maestros de la juventud; i construyeron 
claustros i grandes templos, como dependencias de los 
mismos colejios, para vivir como corporación autorizada, 
a presencia de la lei que lo prohibe. I de esto no ha- 
cían misterio, pues los actos de su principal casa de 
Santiago aparecían publicados a nombre del Colejio de 
San Ignacio bajo la dirección de la compartía de Jesús. 



428 

Aquella lei estaba abiertamente violada, mediante el 
subterfujio ideado por el gobierno; pero en la lejislatura 
de 1854 se intentó poner término a esta irregularidad 
por medio de otra lei, cuyo proyecto inició i aprobó el 
Senado, autorizando la existencia en Chile de la com- 
pañía de Jesús. El proyecto quedó diferido en la Cámara 
de diputados, talvez por innecesario, puesto que la com- 
pañía de Jesús no necesitaba de tal autorización, para 
existir i educar a la juventud con la protección del go- 
bierno, el cual por otra parte habia autorizado por sí, 
en decreto de 15 de enero de 1852, el establecimiento 
de los capuchinos que habían sido suprimidos en España 
el año 1835, precisamente por ser la comunidad que con 
mas acierto copia el modelo de la institución de San 
Ignacio de Loyola. 

Después de veinte años, una jeneracion numerosa de 
ambos sexos habia sido educada en los colejios de clé- 
rigos o seglares i de monjas que siguen el plan de es- 
clavizar el espíritu i de habituarlo a una jimnástica 
mental que lo aleja de la verdad; ese plan en que, se- 
gún la espresion de Quinet, comprobada por los hechos 
— «todo es espectáculos, solemnidades, justas académi- 
cas i duelos espirituales. ¿Quién creeria, agrega, que el 
pensamiento no entra para nada en sus numerosas ocu- 
paciones literarias, en sus rivalidades artificiales, en su 
intercambio de escritos? Este es el milagro de la ense- 
ñanza jesuítica: absorver al hombre en un círculo in- 
menso de labores que nada produzcan; embelesarle con 
el humo para apartarle de la gloria, mantenerle encla- 
vado en un punto, al momento mismo en que él se cree 
arrebatado por todas las apariencias de un movimiento 
literario i filosófico!» 

En 1868, aquella jeneracion formaba la milicia activa 
del nuevo partido católico que se organizaba bajo el ala 



429 

protectora del gobierno, para levantar como enseña i 
credo de sus intereses políticos las doctrinas i declara- 
ciones del Syllabus, que aun no habían sido erijidas en 
dogmas, como lo fueron después por el Concilio Vati- 
cano. La administración Pérez, que procedía de la ad- 
ministración Montt, habia reaccionado desde su inaugu- 
ración contra el partido político cpie representaba su 
projenitora, aliando los intereses de las dos fracciones 
conservadoras que se habían separado de ésta en 1856 
i 57, i reforzándose con el partido liberal. Este, como 
cpieda dicho, habia simpatizado con estas fracciones desde 
acpi ellos años, i se habia apresurado a colocarse al lado 
de la nueva administración, con el ilusorio propósito de 
hacerla servir a los principios liberales, pero teniendo 
que ceder i transijir para conservar la unidad de esta 
fusión híbrida, i por tanto incapaz de producir nada 
estable ni definitivo. 

Semejante situación no podia dejar de modificar pro- 
fundamente la marcha del progreso liberal, tanto en po- 
lítica, como en letras. En efecto, aunque mediante la 
política del gobierno de la fusión, jeneralmente mode- 
rada i respetuosa por los derechos de la libertad indivi- 
dual, no se paralizaba aquel progreso, el sistema de 
transacción i de conciliación entre intereses encontrados 
a cpie tenia que obedecer aquella política, introducía 
desconcierto i hasta anarquía en los principios i doctri- 
nas de la causa liberal. 

Esta anarquía aparecía de manifiesto en las divisiones 
del partido liberal i en todos los procederes de la política 
que se bautizaba con el nombre de liberal; pero solo se 
presentaba en estado latente en el movimiento literario, 
i no se revelaba a primera vista. Los mismos servidores 
de este progreso eran sus víctimas, sin advertirlo, i creían 
servir al desarrollo intelectual independiente, a la rejene- 



430 

ración de las ideas i a la libertad del espíritu, cuando 
en sus escritos o en la enseñanza se hacían el eco de 
tradiciones retrógradas i de ilusiones teolójicas o meta- 
físicas. 

La prensa revela que la literatura nacional tenia ya 
vida propia, después de 1864, como lo aseguramos al 
principio de este párrafo. Prescindiendo de las nume- 
rosas publicaciones oficiales, de las de interés privado, 
i de las de asociaciones de todo jénero, que eran mu- 
chas, porque ya el espíritu de asociación se habia difun- 
dido, el número de las publicaciones de interés social, 
literario o científico, que aparecen en el quinquenio a 
que nos referimos, se puede calcular de esta manera, 
según los datos estadísticos del segundo tomo de la 
Estadística Bibliográfica de Briseño. 

En 1865, hai 111 obras, de las cuales 24 versan sobre 
intereses eclesiásticos. Entre las profanas, prevalecen 
las didácticas que suben a 23, i las científicas que no 
bajan de 18. De historia i biografía, hai 7; de poesía, 8. 
Las novelas son 13, todas traducciones i reimpresiones. 
Las restantes son sobre diversos asuntos. 

En 1866, se publican 84, de las cuales son 20 di- 
dácticas i 4 científicas. La historia tiene 5, la poesía 9, 
i de 8 novelas hai 5 orijinales. Las de interés ecle- 
siástico solo llegan a 7, i las demás son sobre asuntos 
varios. 

En 1867, las obras suben a 125, siendo 22 sobre 
asuntos eclesiásticos. Las didácticas llegan a 29, las 
científicas a 9, las de historia i biografía a 14, las poé- 
ticas a 8, i las novelas a 14, pero de ellas solo dos son 
orijinales. Las 29 restantes son sobre temas diversos. 

En 1868, aparecen 123, de las cuales son 13 sobre 
materias eclesiásticas. Las de asuntos diversos suben a 
59, en tanto que las didácticas son 18, las científicas 8, 






431 

las de historia i biografía 9, las novelas 13, casi todas 
traducidas i solo una orijinal. Las de poesía bajan a 3. 

En 1869 tenemos 117 obras, de ellas 20 sobre asun- 
tos eclesiásticos. Las didácticas llegan a 25 i las cientí- 
ficas a 16. De historia i biografía hai 9, de asuntos di- 
versos 31. Las novelas son 14, de ellas dos orijinales, 
i las de poesía solamente dos. 

La mayor parte de todas estas publicaciones son 
opúsculos, monografías, tratados breves i compendiosos; 
pero en jeneral revelan todas estudio, buen método i 
arte, o por lo menos cuidado en las formas i en la co- 
rrección, cualidades que son propias de una literatura 
ya formada, si así se llama la manifestación artística, 
por medio de la palabra, de las ideas i sentimientos de 
una sociedad. Desde luego se advierte que prevalecen 
las composiciones científicas i sociolójicas, las cuales al- 
canzan en cada año a la mitad, o poco menos, de las 
que se publican ; pues sin contar con que la mayor parte 
de las que versan sobre asuntos varios son obras serias 
de estudios sociales i políticos, pasan en el quinquenio 
de 200 las de ciencias, las de enseñanza i las de histo- 
ria i biografía. 

Entre tanto las de literatura plástica, obras de poesía 
i de imajinacion, no guardan proporción con las de es- 
tudios sociolójicos i científicos, i la orijinalidad escasea 
en ellas; pues solo aparecen en los cinco años 25 obras 
poéticas orijinales i una traducida, i de 62 novelas que 
se publican, solo diez se presentan como orijinales. 

Ello puede esplicarse de muchas maneras. Pero, pres- 
cindiendo de considerar el hecho como un fenómeno de 
fisiolojía especial, producido o modificado por influencias 
naturales, es lo cierto que la tendencia manifiesta a los 
estudios razonados dependía de la condición social i 
política de los hombres de letras, quienes, no teniendo 



432 

teatro ni estímulos para buscar gloria i provecho con 
las composiciones de pura imajinacion, se preocupaban 
por el contrario de los intereses graves que afectaban 
su situación política o personal. Escribían por eso sobre 
cuestiones sociales o políticas, sobre ciencias o enseñanza, 
sobre historia o filosofía, porque los intereses del mo- 
mento o los de su posición personal los obligaban a 
ocupar su atención en esos temas; i no tenían gusto, 
ni tiempo, ni estímulos para preferir las composiciones 
de imajinacion. Estas, por otra parte, no habrían sido 
una manifestación literaria de una necesidad social, pues 
bastaban las novelas europeas que se importaban i las 
que aquí se reimprimían o traducían para llenar los ocios 
i satisfacer el sentimiento de los lectores de este jénero 
de obras. 

Estas observaciones son justas i no solo esplican aquel 
hecho en el momento a que nos referimos, sino ahora i 
siempre que él subsista. Mas en aquella literatura tan 
seria i elevada estaban representados el estado mental 
de la época i la situación política. Lo primero, porque 
en ella prevalecía lo estacionario, lo tradicional, el ele- 
mento conservador que la educación retrógrada habia 
rehabilitado i fortificado; i lo segundo, porque los es- 
critores que habían representado o procuraban represen- 
tar el elemento innovador i progresivo aparecían en 
anarquía, pues su situación política los tenia divididos, 
i obligaba a los mas a contemporizar con los intereses 
conservadores i retrógrados. 

El movimiento literario independiente habia dejado 
de ser sistemático, carecía de un centro de unión i no 
tenia representación en la prensa, pues desde que ter- 
minó la Revista del Pacífico con el año de 1861, no se 
habia podido afirmar ningún periódico literario indepen- 
diente, i habian tenido una existencia efímera los que 



433 

habían aparecido bajo los títulos de Mariposa, Correo 
Literario, Revista ilustrada, Revista literaria, etc. El 
Círculo de Amigos de las Letras se habia puesto en 
receso desde 1864 i el que se organizó en Valparaíso 
habia dejado de funcionar desde la terminación de la 
Revista del Pacifico. Así es que aquel movimiento que 
tanto habia contribuido a afirmar la independencia del 
espíritu, a propagar el arte literario, formando esa fa- 
lanje de escritores que habían dado consistencia a una 
literatura nacional, no tenia en ésta mas que una débil 
acción i aparecía ofuscado por el espíritu de secta i el 
de partido. 

Entre tanto el elemento conservador, que era fuerte 
en el poder del Estado i de la Iglesia, que dominaba 
en la instrucción pública, i que aspiraba a dominar tam- 
bién en la opinión, estaba fielmente servido en la prensa 
política i en la eclesiástica, i habia organizado su repre- 
sentación en la prensa literaria. Después de un perió- 
dico semanal, esclusivamente literario, que los escritores 
de esta escuela mantuvieron en 1865 con el título de 
La República Literaria, la sociedad política de «Amigos 
del País» fundó en octubre de 1867 la Estrella de Chile, 
revista semanal literaria, relijiosa, científica i también 
política, destinada a servir al partido conservador cató- 
lico. Este periódico aparecía en 1869 como el vínico ór- 
gano literario del país, en tanto que los escritores que 
cultivaban el arte con entera independencia de sectas i 
de dogmas tenían que recurrir a los diarios políticos 
para publicar de cuando en cuando sus producciones 
destinadas a servir el desarrollo intelectual indepen- 
diente. 



Lastaeeia, Recuerdos. 26 



434 



XI. 



Hasta aquí hemos tratado de fijar todas las circuns 
tandas de la situación de aquella época, i ahora vamos 
a esplicar como reasuminos nuestra acción en el mo- 
vimiento literario, reinstalando en 1869 el Círculo de 
Amigos de las Letras, sin embargo de que no habíamos 
cesado de cooperar con varias publicaciones, hechas aquí 
i en el estranjero, al desarrollo intelectual independiente. 
Los que nos hacen el honor de leer estas pajinas, cre- 
yendo que son inspiradas por vana presunción, perdo- 
narán, porque el plan i objeto de estas Memorias his- 
tóricas nos fuerzan a molestarlos con nuestra presencia 
en los sucesos; pues no es posible hacer de éstos una 
narración exacta sin tomar nota de los trabajos que en- 
tonces se emprendieron para hacer cesar la anarquía que 
dividia por desgracia a los antiguos obreros de nuestro 
progreso literario. 

Después de una larga ausencia en servicio de la Re- 
pública, nos vimos a nuestra vuelta obligados a luchar 
de preferencia contra aquella situación política, en la 
cual los liberales sacrificaban la organización i el porve- 
nir de su histórico partido, cegados por vanas ilusiones; 
pues tomaban como gobierno liberal al de una de las 
fracciones del partido conservador, tan solo porque reac- 
cionaba contra la política de la otra fracción que se de- 
cía nacional, i esperaban, por medio de su alianza con 
aquella i con el círculo católico, llegar a realizar una 
reforma, que no podia dejar de ser falaz i engañosa, 
desde que debia fundarse en una transacción de prin- 
cipios i de intereses tan opuestos. Pero como no sola- 
mente el partido liberal i la verdadera reforma política, 
sino también el progreso literario tenían que estrellarse 



435 

contra el predominio de los círculos conservadores, los 
antiguos servidores de este progreso, que lo veian con 
dolor desviarse de la senda que con tantos esfuerzos le 
habian abierto, nos impusieron el deber de empeñarnos 
de nuevo en la antigua tarea literaria, para salvarnos del 
verdadero retroceso que implicaría el triunfo de un cri- 
terio literario fundado en lo tradicional i en las exijen- 
cias de secta. 

De aquí la reorganización del Círculo de Amigos de 
las Letras en 1869, el cual volvió con empeño a sus 
antiguas tareas. Pero ah! ya no figuraban en sus filas 
todos los obreros que cinco años antes rivalizaban en 
talento, en abnegación i laboriosidad; ni era ahora efi- 
caz aquella prescindencia de partidos i de creencias que 
antes era la base de nuestra unión i confraternidad para 
trabajar por el progreso de nuestra literatura. La polí- 
tica nos dividía profundamente, i solo volvían al trabajo 
los que vivian ajenos de intereses políticos i los que lu- 
chaban contra los de los partidos dominantes. 

Era preciso afirmar la existencia de la asociación i 
estender su acción fuera del recinto doméstico en que 
funcionaba. Al efecto se acordó hacer lecturas o confe- 
rencias públicas, a lo menos una vez al mes, i las que 
se hicieron en mayo, junio, julio i agosto, en el salón 
de bailes del teatro municipal, fueron siempre concurri- 
das por mas de ciento cincuenta personas, entre las cuales 
llegaron a figurar hasta treinta señoras. La novedad 
de estas conferencias escitó la atención pública, i la 
prensa las aplaudió, dando publicidad a las produccio- 
nes en prosa i verso de Valderrama, de Domingo Ar- 
teaga Alemparte, de Pedro L. Gallo i de Guillermo Matta, 
quienes recojieron los aplausos de tan distinguidas con- 
currencias. Mas a pesar de que aquellos felices ensayos 
auguraban un espléndido resultado, las conferencias qué 

2S* 



436 

tan bien recibidas habían sido, hubieron de cesar por 
falta de un salón aparente; pues pronto se revocó el 
permiso jeneroso que había permitido al Círculo funcio- 
nar en aquel edificio. 

En la primera de aquellas conferencias, 23 de mayo 
de 1869, hicimos la lectura del discurso con que inau- 
guramos la reinstalación del Gírenlo. Era un verdadero 
programa, en el cual, traduciendo fielmente el espíritu 
i propósitos de nuestros compañeros de labor, fijábamos 
la situación anárquica de la literatura nacional; i tra- 
zando el rumbo que debíamos seguir para salvarla de 
un retroceso, establecíamos también el criterio indepen- 
diente i positivo que debía guiarnos en la composición 
literaria i científica. 

Esta pieza es un documento correlativo con el dis- 
curso de 1842 a la Sociedad Literaria, i debe figurar 
con él. Entonces se trataba de fundar una literatura in- 
dependiente, emancipando nuestro movimiento literario 
de la tradición i del imperio de la literatura de nuestra 
antigua metrópoli. En 1869, las necesidades eran otras: 
la literatura nacional tenia vida, i después de haber se- 
guido el impulso inicial de 1842, a pesar de las contra- 
riedades que le oponía el estado mental de la sociedad, 
i de lar resistencia que a la independencia del espíritu 
presentaban la enseñanza oficial i la autoridad del rector 
i Consejo de la Universidad: después de ese triunfo, de- 
cimos, se paralizaba en su carrera i estaba a punto de 
retroceder bajo la presión de las doctrinas e intereses que 
triunfaban, mediante una situación política que no podia 
ser duradera. 

Era indispensable restablecer en todo su vigor aquel 
impulso, reforzando su punto de apoyo, que no era otro 
que la independencia del espíritu, i señalando el justo 
criterio a que debia obedecer el arte para marchar ade- 



-137 

lante, sin trepidación, sin dudas ni temores. Tal fué el 
fin del discurso inaugural de 23 de mayo de 1869, que 
va en seguida, como un comprobante del plan lójico a 
que hemos ajustado nuestra cooperación en el movi- 
miento literario de nuestra época. 

XII. 

Señores: 

Nada mas grato para mí que la invitación que mu- 
chos de vosotros me habéis hecho para restablecer el 
antiguo Circulo de Amigos de las Letras, esa modesta so- 
ciedad que ha dejado una huella profunda en el sendero 
de nuestra naciente literatura, i cuyo recuerdo acaricio 
siempre en mi corazón. Instalada en 21 de agosto de 
1859, año de terribles conmociones políticas, ella atra- 
vesó una época de cinco años, hasta 1864, en la cual 
dio a las letras un poderoso impulso, que no se perturbó 
por los graves sucesos i profundos cambios que enton- 
ces se operaron en nuestra historia. 

Dos periódicos literarios se alimentaron de sus tra- 
bajos, la Semana que publicaban en Santiago don Justo 
i don Domingo Arteaga Alemparte, i la Revista del Pa- 
cifico que se publicaba en Valparaíso i a la cual coo- 
peró la sociedad desde julio de 1860. Ademas un dia- 
rio, La Voz de Chile, adornó su revista literaria semanal 
con las poesías que se leian en el Circulo. Tres certá- 
menes literarios promovió i llevó a feliz término esta 
sociedad, uno en loor del dia de la patria en 1859, el 
segundo a la memoria de Salvador Sanfuentes nuestro 
socio, i el tercero en honor del abate Molina. Setenta 
socios habían inscrito sus nombres en esta bella insti- 
tución, i pasaron de ochenta los amantes de las letras 
que concurrieron a sus conferencias. 



438 

Nunca faltó el entusiasmo para alimentar aquel cen- 
tro de actividad intelectual, en que la juventud que apa- 
recía a la vida literaria hallaba el estímulo de la coope- 
ración i del aplauso de los escritores que ya se habian 
conquistado un puesto en las letras. Así es que aquella 
institución que habia resistido a las pruebas que ponen 
en peligro la existencia de todas las asociaciones que no 
están apoyados en una necesidad social o por un interés 
lejítimo, tenia ya vina vida propia; i no se puso en re- 
ceso, sino por circunstancias de todo punto independien- 
tes del interés que alimentaba. 

Tenéis razón para restablecerla: no hai nada que haga 
dudar de que ella volverá a tener una existencia vigo- 
rosa. 

No hai para qué haceros la enumeración de la mul- 
titud de producciones científicas i literarias, que, naci- 
das bajo el fecundo amparo de aquella institución, form- 
ularon su tesoro i su gloria. Hacer su elojio, seria que- 
maros en el rostro un incienso que os fastidiaría. Pero 
hoi, que volvemos a contarnos, consagremos un recuerdo 
a los que han pagado su deuda a la naturaleza, deján- 
donos la memoria de su valiosa cooperación: a Carvallo 
i a Sanfuentes, que contribuyendo a la fundación del 
Círculo le dieron el apoyo de su nombre, a Rodríguez 
Peña, cooperador constante, que entre varios escritos nos 
legó sus memorias sobre La literatura chilena, su nacio- 
nalidad, su carácter i su influencia en el progreso i felicidad 
del país, i sobre la Influencia mutua de la literatura in- 
ternacional i principalmente de la hispano- americana; a 
Miquel, que después de haber ilustrado con su palabra 
el interesante debate que se promovió sobre la economía 
política, a propósito del juicio crítico de una obra de 
Courcelle Seneuil, nos leyó un luminoso estudio sobre 
La titilidad en su carácter snbjectivo; a Padin i Torres, 



439 

que hicieron un trabajo tan útil acerca de la institución 
de madama de Pastoret, considerando las Cunas públi- 
cas como un medio de proveer al aumento i conservación 
de la población i educación de un pueblo; a los malogra- 
dos poetas Martin José Lira, Arcesio Escobar i Pió 
Varas, que muertos en la flor de su juventud, alcanza- 
ron a encantarnos con sus bellas poesías, concurriendo 
los dos primeros ardorosamente a los certámenes poé- 
ticos, i legándonos el último sus sentidas baladas i sus 
tiernos cánticos imitados de poetas estranjeros; a Carrasco 
Albano, por fin, que aunque vive, ha perdido la luz de 
aquella bella intelijencia que despidió su último lampo 
en su luminoso trabajo sobre la Libertad, a propósito 
del libro de Stuart Mili. 

¡Almas bellas radiantes de luz i de entusiasmo, velad 
sobre nosotros, vuestros compañeros de labor, que aun 
quedamos en la obra! Alentad nuestras fuerzas, ya que 
no estáis a nuestro lado, para alentarnos con vuestra 
presencia ! 

Sí, necesitamos aliento, mucho aliento, para prose- 
guir nuestra tarea, porque la obra es inmensa, i noso- 
tros no alcanzaremos a verla coronada. ¿Qué aliciente 
nos estimula? ¿Qué premio esperamos, antes de que- 
dar en el camino, como nuestros compañeros? La li- 
teratura no es todavía un centro de vida, de gloria, de 
fortuna. Es sola una senda que vamos a descuajar a 
fuerza de fatiga, sin recompensa. No nos hagamos 
ilusiones i presentemos el cuadro tal como es, para aco- 
meter la empresa animados solamente de la conciencia 
del deber. 

¿Cuál es la situación del escritor entre nosotros? 
¿Qué tiene de brillante i de halagüeño esa situación, 
qué de útil i ventajoso? En realidad no hai otros es- 
tímulos que los que nacen del amor al estudio, i son 



440 

tantas las contrariedades, tantas las desventajas que so- 
focan i apagan esos estímulos, que es preciso que el 
amor al estudio sea en sí una verdadera virtud, una 
fuerza bastante poderosa, para que él también no se 
apague i pueda sobreponerse a los obstáculos que lo 
combaten. 

Una simple afición a las letras no puede resistir, un 
amor a la verdad que no sea acrisolado no puede soste- 
ner la lucha, una inclinación vulgar al estudio no puede 
prevalecer. Por eso es que veis a los espíritus débiles 
ceder a la corriente de los intereses i de las preocupa- 
ciones, rendirles homenaje, hacerse sus servidores, a pesar 
de que a solas, en el trato íntimo, reconocen i confie- 
san la verdad, i aun a pesar de que le consagran sus 
estudios i le tributan respeto en el fondo de su con- 
vicción. 

Solo perseveran aquellos en quienes el amor al estu- 
dio es una fuerza incontrastable, una virtud que no se 
rinde i cobra fuerzas en la lucha, que se alimenta en la 
adoración de la verdad i que vence con ella i por ella. 

Así es que la vida de estudio es una vida de sacri- 
ficio. Para que no lo sea, a lo menos por el lado bes- 
tial de la existencia, es necesario que el estudio sea una 
especulación: sí, una especulación en los estrechos lími- 
tes que tienen aquí las profesiones llamadas liberales, 
que apenas si bastan a proporcionar una subsistencia 
cómoda; o una especulación en la estéril i mui estrecha 
esfera de publicidad en que todavía se mueven los in- 
tereses sociales i políticos, los intereses morales i los 
materiales. ¿Pero cuál es el escritor que, consagrado 
a servir alguno de esos intereses, gana una fortuna, o 
que siquiera conquista un nombre que suene mas allá 
de su círculo? 

Es cierto que en el estado anárquico en que actual- 



441 

mente se entrechocan todos los intereses sociales, a causa 
de la crisis en que se halla el progreso moral, la lite- 
ratura que es la espresion de la sociedad carece de uni- 
dad i revela esa lucha múltiple en todo el mundo ci- 
vilizado. Es cierto que por esa situación misma, aun 
los escritores de jenio encuentran obstáculos insupera- 
bles para hacerse aceptar sin réplica. ¡Cuánto mas los 
talentos comunes, por ilustrados i poderosos qué sean! 
Mas al fin en las grandes naciones, el círculo de rota- 
ción de cada uno de esos intereses es demasiado ancho, 
i sus escritores hallan en él un vasto ámbito que llenar 
con su nombre, i pingües provechos que vienen a dorar 
su senda i a remunerar sus fatigas. Pero en pueblos 
pecpieños. ojie apenas se inician en la vida civilizada, 
como el nuestro, aquella situación anárquica de las ideas 
estrecha de tal manera el círculo de cada escritor, que 
la fortuna i la gloria se niegan a acompañarle, dejándole 
luchar solo con la pobreza i la oscuridad. No bastan 
la ilustración, ni el poder de la inteligencia; no bastaría 
aun el jenio. para triunfar, para apoderarse de la socie- 
dad entera, para hacerse aceptar en todas las diversas 
esferas en que se han situado los sistemas opuestos, que 
por distintos caminos persiguen, cada uno el ideal social, 
la verdad especial que se ha forjado. Hoi no hai escri- 
tores nacionales en ninguna parte, cuanto menos entre 
nosotros. Pasaron los tiempos en que la unidad del 
poder absoluto traia por resultado la unidad de las as- 
piraciones de la sociedad. La literatura entonces, ha- 
ciéndose el eco de esas aspiraciones, representaba tam- 
bién la uniformidad social, i los escritores que con mas 
verdad la encarnaban eran tan grandes como los reyes, 
i su nombre llenaba los ámbitos de las naciones. ¿Cuándo 
llegaron a su zenit la literatura francesa i la española? 
Precisamente en la época de la dominación mas abru 



442 

mante de la monarquía absoluta, época de guerras i de 
despotismo, de costumbres depravadas i de violencias 
atroces, época llamada en Francia la del Renacimiento, 
porcpie , huyendo la inteligencia social de aquel espan- 
toso cataclismo moral, halló refujio en la ciencia i en 
la resurrección de las creaciones del jenio griego i del 
latino. Los escritores sirvieron i representaron ese mo- 
vimiento, i la sociedad, que se sentia renacer en ellos, 
los colmó de gloria, i les dio el poder de legisladores 
del buen gusto. 

Pero ensanchados los horizontes del espíritu i acla- 
rados por la luz de la verdad, se disiparon las tinieblas, 
se rompió la unidad del poder absoluto, i las aspiracio- 
nes sociales brotaron por todas partes i se diversificaron, 
rompiéndose también la unidad que antes las ligaba 
como en un ramillete. La literatura dejó también de 
tener una forma única i comenzó a representar la plu- 
ralidad de las aspiraciones sociales. 

No es esto decir que el poder absoluto haya sido 
mas favorable al desarrollo literario, porque al producir 
por la lei del contraste una sola aspiración por la ver- 
dad en la sociedad oprimida, haya también favorecido 
el reinado de los escritores que servian a esa aspiración. 
Hoi los literatos no son dictadores, no son los apóstoles 
de una verdad nueva, se han aplebeyado, se han hecho 
pueblo a medida que, aclarados los horizontes, la socie- 
dad ha creido también que podia partir por distintos 
rumbos. Pero las ciencias han salido de la condición 
vergonzante que tenian cuando vivían de las mercedes 
del poder absoluto, i las letras que entonces servian a 
una sola aspiración, son hoi las armas de lucha que 
emplean todas las aspiraciones que pululan i se com- 
baten en la sociedad moderna. Por eso es que a me- 
dida que la literatura ha ensanchado sus dominios, los, 



448 

literatos han trocado la corona de dictadores por la es- 
pada del combatiente. 

El cuadro de esta situación espanta, porque no se 
sabe como salir de ella. Quinet lo traza con mano firme 
i fuerte colorido, pero calla, como todos, sobre el re- 
medio de un mal tan patente. 

«Preguntáis, esclama, por qué los escritores del siglo 
XIX no tienen sobre su nación el alcance que tenían 
los escritores del siglo XVIII ? La razón es sencilla : 
hoi, las ideas mas verdaderas, las mas justas causan miedo. 
Antes de la revolución se aspiraba a ellas por todas 
partes. . . . En el siglo XVIII todas las clases aspiraban 
a la misma verdad, corrían a encontrar las ideas, tenían 
sed de luz. Así un mismo escritor era el órgano de la 
sociedad entera; nobleza, clase media, pueblo, tenían la 
misma curiosidad, la misma ambición de la verdad. 
Siendo todavía una la sociedad, permitía al jenio una 
dominación universal.)) 

« Después de la Revolución, cada condición, cada par- 
tido se ha hecho su pequeña verdad esclusiva, fuera de 
la cual no hai salvación. ¿Espresais una de esas ver- 
dades? Al instante sois condenado por todo el que ha 
colocado en otra parte su bandera. Cada grado de ri- 
queza i de pobreza tiene su sistema de ideas sobre el 
cual la palabra i la elocuencia no pueden tener alcance 
alguno. Se tiene tal pensamiento no porque él sea se- 
guro, sino porque pertenece a tal condición de fortuna, 
en que es usado. Para saber lo que los hombres pien- 
san, no tengo necesidad de interrogar sus almas; me basta 
saber en qué situación viven. De abajo para arriba, yo 
descubro así todos los sistemas de filosofía i de creencia. 
Mostradme vuestro hábito, sabré de antemano vuestra 
manera de concebir el orden de los mundos, desde nuestro 
planeta hasta la estrella Sirius.» 



444 

«Tal es el suplicio del escritor del siglo XIX. ¿Qué 
hai de mas miserable i limitado, de mas contrario a la 
libertad de espíritu que el estar enclavado en una con- 
dición, i rechazado al mismo tiempo de todas las demás? 
El pensamiento no se dilata ya en virtud de su forma 
natural, i ya no hai escritores nacionales. ¿Cuántos 
grandes hombres de un partido son apenas conocidos 
de los otros?» 

« El remedio contra estas dificultades se halla en abs- 
tenerse de pensar, porque es el pensamiento el que nos 
divide: i el remedio para vivir en paz consiste en preo- 
cuparse únicamente del colorido, que no inquieta ni es- 
candaliza a nadie. Así es que los literatos son llevados 
paso a paso a renunciar las ideas i los sentimientos, que 
llegan a ser obstáculos, i a encerrarse en el colorido o 
en la forma, terreno neutral, en que les es cómoda la 
vida. Todo lo que conmueve fuertemente las almas 
acaba por causar un verdadero espanto contra los que 
aspiran a una dominación cualquiera por el arte de es- 
cribir. Ellos comienzan por evitar el pensamiento, como 
una verdadera causa de descrédito; pronto ya no tienen 
necesidad de esta precaución: retirándose el pensamiento, 
por sí mismo hace la mitad del camino, i les ahorra el 
trabajo de huirlo en adelante.» 

«Está mui lejos la Revolución de haber emancipado 
el espíritu de los franceses tanto como creemos. Hoi 
hai mas ideas convenidas i obligadas de las cuales no es 
permitido salir, que las que habia en el siglo XVIII. 
Un escritor siente cadenas que entonces no existian. 
Después que la tierra ha temblado , se ha levantado a 
toda prisa por impaciencia o de miedo un dique in- 
menso de lugares comunes, de sofismas, de frases aco- 
modaticias que nadie ha examinado i que es preciso res- 
petar bajo pena de hacerse sospechoso de querer traer 



445 

el diluvio. Esta amenaza no existia para los escritores 
del siglo XVIII, que podían echar una mirada segura 
sobre los hombres i sobre el mundo. Nosotros hemos 
reemplazado los cosas sagradas por las cosas conveni- 
das. ¿Acaso es menor la servidumbre porque sea vo- 
luntaria. . . .? 

«En despecho de nuestras revoluciones, la vida del 
escritor que sirve a la verdad, i no quiere servir mas 
que a la verdad, ha llegado a ser mas difícil en Francia 
que en ningún pais del mundo. Para que él se atreva, 
es preciso que se secuestre de todo, que renuncie a todo. 
Esta es una convicción que debo a la esperiencia. ¿Se 
puede reprochar a los escritores el que no acepten des- 
tino semejante? Seria una crueldad. La mayor parte 
de ellos pasan la segunda mitad de su vida en recojer 
las verdades atrevidas que habían avanzado en la pri- 
mera. . . n 

¿No es también esta la situación de los escritores en 
todos los países modernos que reciben la inspiración de 
la Francia i que han sido conmovidos por su gran re- 
volución? A lo menos yo hallo en ese cuadro definida 
la condición de los hombres de letras en Chile, porque 
sobre ser análoga la situación moral de nuestra sociedad, 
ensayamos aquí una forma de gobierno que favorece mas 
que la monarquía francesa el desarrollo de la indivi- 
dualidad, de modo que la diversidad en las aspiraciones 
i en los sistemas puede hacer mas dolorosa la anarquía 
intelectual. Aquí no solamente los partidos i las clases 
poseen sus «pequeños sistemas, sino también los indivi- 
duos, aun los que menos tienen el hábito de pensar i 
los que mas ignoran el procedimiento que la inteligencia 
debe seguir para investigar la verdad. ¿Quién no se 
cree autorizado, porque tiene el derecho de dar su parecer, 



446 

a menospreciar las ideas de los escritores que no son de 
su colorido favorito? 

Nuestra revolución ha emancipado menos que la de 
la Francia el espíritu, i lo ha anarquizado mas, dando 
alientos al orgullo individual para radicarse en sus pre- 
ocupaciones i absurdos. Si allá el espíritu escolla en un 
dique inmenso , aquí se ahoga en un océano de lugares 
comunes, de sofismas i de frases de convención, que 
tampoco nadie puede examinar, sin ser estigmatizado 
por toda la sociedad que vive en ese océano de errores 
como el pez en el mar salado. Todos los partidos, todas 
las condiciones buscan en el respeto i en la sumisión a 
esos errores el triunfo de sus intereses i la dominación. 
Emitid vuestro pensamiento libre en las rejiones de la 
filosofía o de la ciencia, i no alcanzareis a sentir el eco 
de vuestra palabra, porque ella será ahogada i conde- 
nada, sin oiros ; emitid vuestro pensamiento libre en las 
rejiones de la historia o de la política i sublevareis una 
tempestad; proclamad vuestro pensamiento sin disfraz, 
i os tratarán de loco. No hai remedio: es preciso dejar 
de pensar i dejar de sentir, o pensar i sentir como to- 
dos según la regla convenida en la forma adoptada i 
consagrada en el partido a que pertenecéis, en la condi- 
ción social que tenéis, en el sistema que la autoridad 
os ha dictado. 

/ Esa es la situación. ¿Será ese también el porvenir 
que perseguís, vosotros los que tenéis la virtud del es- 
tudio i que aspiráis a dar existencia a la literatura ame- 
ricana? ¿Tendréis que preocuparos solo del colorido i de 
la forma, para no espantar, para hallar aplauso, a fin 
de dominar por el arte de escribir? Tendréis que con- 
sagraros a agradar al vulgo de los sabiondos, o que — 
o hablarle en necio para darle gusto » — adoptando esas 



447 

formas en que la independencia del pensamiento no cam- 
pea sino contra el criterio moral? 

No os dirijo estas preguntas, sino para acentuar mas 
enérgicamente la negativa. ¿Quién ha dicho que los que 
perseveran i que los que poseen la fuerza de aquella gran 
virtud que se llama amor al estudio, pueden encadenar 
su alma i su corazón a las formas sancionadas por el 
interés de cada sistema, para hacerse aplaudir, para con- 
quistar una nombradla efímera, de círculo, enfermiza, 
que no resistirá al primer rayo de luz que sobre ella 
proyecte el sol de la verdad? No, ese colorido, esas 
formas no son las del arte, sino las del sistema esclu- 
sivo, las de la pequeña verdad relativa en que cree cada 
partido, cada secta de las que dividen a la sociedad. 
Eso no es el arte: la primera lei del arte es la verdad, 
la verdad positiva, la verdad universal, i no la verdad 
dictada o de convención. 

Afortunadamente la tiranía del sofisma i de los luga- 
res comunes no es entre nosotros tan abrumadora como 
en Francia, ni aquí tiene razón de ser esa diversidad de 
aspiraciones que allá divide a la sociedad en sistemas 
de bandería i ele diversa verdad. Nó, la verdad funda- 
mental de los americanos es la democracia, i ella debe 
ser el centro de todas las aspiraciones, sea cual fuere el 
color político o social que las distinga. El hombre, el 
partido, la clase, la secta, que no tenga esa aspiración 
sea anatematizada! ¿Acaso podemos contrariarla por un 
espíritu de secta i de partido, por un interés personal 
o de bandería sin traicionar a la patria, sin renegar de 
nuestra revolución, sin hacernos reos de traición al por- 
venir i al desarrollo natural de nuestra sociabilidad? 

La democracia, esa es la síntesis, el todo completo, 
que puede dar unidad a nuestros actos, a nuestro pen- 
samiento, a nuestro sentimiento. Cuando jslla forme 



448 

nuestro credo universal, la sociedad volverá a ser una, 
como lo era bajo el imperio absoluto de la monarquía, 
i el jenio tendrá un valor universal: entonces cada con- 
dición, cada partido, cada secta tendrán sus intereses 
morales o materiales, políticos o sociales, que defender; 
pero no tendrán una pequeña verdad esclusiva, fuera de 
la cual no haya salvación, porque todos se ligarán en 
una verdad universal, en la síntesis democrática, que será 
el centro de todas las aspiraciones, el foco a que todas 
han de converjer para acrisolarse, para lejitimar su 
existencia i sus procedimientos. Entonces los escritores 
no se abstendrán de pensar, ni ahogarán el sentimiento, 
para buscar la paz i un triunfo cómodo en el campo 
neutral de colorido; porque no estará en el pensamiento 
la causa de las divisiones, sino en los intereses que se 
ajitan, los cuales solo podrán vivir i legitimarse al calor 
del pensamiento libre i bajo el amparo de la verdad 
universal que da unidad a la sociedad i a su desarrollo. 
Esto, que seria una utopia irrealizable en el estado 
actual de las sociedades europeas, en que el espíritu 
humano está encadenado por las conveniencias de la 
autoridad i de los partidos que enjendra la anarquía del 
progreso moral, es fácil en América i casi una realidad 
en la sociedad anglo-americana. Ved allí la unidad del 
desarrollo social i el rumbo majestuoso de su naciente 
literatura: así como aquel desarrollo se opera en un solo 
sentido, el del gobierno semecrático, que es el gran fin 
a que converjen todas las aspiraciones, a que tienden 
todos los partidos, las sectas i las condiciones sociales, 
la literatura representa al mismo tiempo ese movimiento 
único dejando al espíritu. toda su independencia, sin en- 
cadenarlo en formas sistemáticas, ni en pequeñas verda- 
des de convención i dejándolo ir libremente tras de la 
verdad positiva, universal. ¿Qué nación ha producido en 



449 

este siglo publicistas mas eminentes, historiadores mas 
elevados, poetas mas orijinales, científicos mas admira- 
bles i mas prácticos que los Estados Unidos? ¿No veis 
como la ciencia, la sociolojia i aun las letras europeas, 
principian a modificarse bajo la influeneia de las inspi- 
raciones de la literatura norte americana? ¿Qué significa 
ese poder tan nuevo como estupendo de esta naciente 
literatura, que no tiene todavía jénios como la europea, 
ni maestros que en las ciencias exactas, en las sociales 
i en el arte ostenten, como los europeos, un nombre que 
haya sentado su fama por una dominación de cincuenta 
años en el arte literario? Eso significa que la libertad 
del espíritu ha encontrado en Norte América su teatro, 
mediante la unidad que la sociedad, i la literatura que 
la representa, han adquirido en la síntesis democrática, 
que liga todas las aspiraciones, i que mata los pequeños 
sistemas, las verdades esclusivas, las banderías antisocia- 
les, que en la Europa bizantina encadenan el pensa- 
miento, esterilizando el jenio, extraviando el talento, i 
fomentando solamente a los escritores que hacen el ofi- 
cio de sofistas o de artífices en una literatura que no 
deja otro recurso que el de adoptar un colorido, una 
verdad convenida. La unidad que la monarquía absoluta 
buscaba por el terror i la dominación sobre la sociedad, 
se opera en la democracia por la libertad, que da exis- 
tencia a aquella fecunda unión de todas las aspiraciones. 
Nosotros podemos también, con pocos esfuerzos, dar 
a nuestra literatura el mismo carácter i el mismo rumbo. 
Tenemos la fuerza que da la virtud del estudio : un poco 
de valor nos dará el triunfo. Si, como he dicho, nuestra 
situación social es análoga a la de Francia, a la de las 
naciones que viven en Europa bajo el imperio de las 
tradiciones bizantinas, no por eso son insuperables, como 
allá, las dificultades. Esa analojía está en que el progreso 

Lastakkia, Recuerdos. ¿>y 



450 

moral tiene aquí una situación anárquica por causa de 
aquellas tradiciones. Pero la fuerza de éstas es en la 
América española mas aparente que sólida, porque están 
desacreditadas, porque no imperan por su verdad, i no 
tienen mas apoyo que el sentimiento, que cada día se 
debilita mas, i que tiende a rej enerarse, buscando su 
apoyo en el progreso democrático, como única forma del 
mejoramiento moral. 

La prueba está en que aquí no hai partidos que re- 
nieguen del progreso democrático, que combatan la de- 
mocracia. Todos la toman por enseña, como fin de sus 
aspiraciones, por mas que algunos no la comprendan, ni 
acepten íntegramente su verdad, cometiendo el error de 
pretender aliar la verdad democrática con aquellas tra- 
diciones, con la esclavitud del espíritu, con los hechos i 
el sentimiento en que todavía se asilan las formas de la 
sociedad vieja, las reglas de la vida recalcitrante i retró- 
grada. Ya veis que ésto último no es serio, que no tiene 
razón de ser, i que esta situación efímera i transitoria 
desaparecerá el dia en que la síntesis democrática sea 
comprendida por todos i amada por todos, como único 
medio de dar unidad al desarrollo social. 

Aquí está la labor de los hombres de letras, de los 
que consagran su amor al estudio. Para que sus esfuer- 
zos no sean estériles, su primer deber ha de ser el de 
conquistar i afianzar la emancipación del espíritu, en la 
teoría i en la práctica, en las instruciones i en la socie- 
dad, en la vida pública i en la privada, en todas las 
manifestaciones del pensamiento. Cuando esa emancipa- 
ción sea una realidad, desaparecerán por completo los 
sistemas de verdades esclusivas que aun existen, i que 
afortunadamente no tienen entre nosotros una vida real, 
sino facticia, ni un apoyo sólido en las aspiraciones de 
los partidos i de las condiciones sociales. Esas aspira- 



451 

ciones son en jeneral vagas, perplejas todavía, porque 
les falta la fé que da la posesión de la verdad. Cuando 
ellas comprendan la verdad democrática, la fé vendrá; 
i con esta, la unidad social, esa fecunda unidad que puede 
coexistir con la pluralidad i la diversidad de los intereses 
morales i materiales, políticos i sociales, porque todos 
estos intereses pueden ser servidos paralelamente i hallar 
su desarrollo al amparo i bajo el imperio de la demo- 
cracia. En esa situación, no habrá sistemas esclusivos, 
que no puedan coexistir unos en frente de otros, ni cada 
partido tendrá su pequeña verdad esclusiva, ni los hom- 
bres de letras tendrán que dejar de pensar i de sentir, 
para hacer carrera, asilándose en las formas neutrales i 
en el colorido. La literatura tomará el rumbo que toma 
en Estados Unidos, donde no existe nada de eso; pero 
para alcanzar semejante situación, es necesario comenzar 
por emancipar el espíritu, por devolver al pensamiento 
i al sentimiento todos sus fueros, tocia su fuerza, toda 
su libertad. 

Ya he dicho otra vez bien alto de las ciencias sociales 
lo que puedo repetir aquí con aplicación a toda la lite- 
ratura : 

«Tenemos que reconstruir la ciencia social como la 
han reconstruido los anglo-americanos: aceptar ciega- 
mente las tradiciones europeas, continuar los errores i 
las preocupaciones que nos legó la nación que se quedó 
mas atrás de todas las naciones cristianas, desde que se 
convirtió en el último baluarte de la uniformidad del 
despotismo i de las ideas paganas sobre la organización 
de la sociedad i del Estado; trasplantar a la América 
netamente i sin reflexión el criterio histórico, político i 
moral dominante en las sociedades europeas, ese criterio 
que podria llamarse oficial, porque no puede separarse 
de los principios de orden dominantes, i que cuando se 

29* 



452 

eleva sobre las preocupaciones es rechazado o condenado, 
o por lo menos desdeñado como una utopía o una he- 
rejía, es contrariar nuestra rejeneracion, retardarla, estra- 
viándola de su curso natural. Enseñemos la historia, la 
filosofía, la moral, el derecho, las ciencias políticas, no 
bajo las inspiraciones del dogma de la fuerza, del dogma 
de la monarquía latina, del imperium unum que rije la 
conciencia i la vida en Europa, sino bajo las del nuevo 
dogma de la democracia, que es el del porvenir, que es 
nuestro credo, que es el modo de ser que nos han im- 
puesto el imperio de las circunstancias i las condiciones 
que produjeron i consumaron esa revolución de 1810, el 
acontecimiento mas grande de los siglos, después del 
cristianismo. » 

Sí, debemos reconstruir nuestra literatura. Pero si 
aspiro a la reconstrucción de la literatura americana 
sobre la base democrática de la emancipación del espí- 
ritu, no creáis que vengo a proclamar aquella revolución 
de emancipación literaria que dividió la literatura fran- 
cesa en 1830 en dos bandos, los Románticos i los Clási- 
cos, los cuales se hicieron erada guerra, i desnaturaliza- 
ron la verdadera idea de la Libertad en el Arte, que era 
la enseña de los primeros, como los partidos políticos 
habian desnaturalizado la verdadera idea de la libertad 
política i civil, desde la revolución de 89. La libertad 
en el arte, la emancipación literaria, será el efecto natu- 
ral de la independencia del espíritu; i así como ésta, que 
siendo el puro efecto de la libertad democrática, no lle- 
gará jamás a confundirse con los estravíos de la razón, 
ni con las locuras de un espíritu enfermizo, del mismo 
modo que no se confunde la libertad democrática con 
los abusos del derecho, tampoco la emancipación litera- 
ria podrá hacerse consistir en la trasgresion de la lei del 
arte, que es la verdad. 



-453 

La lei fundamental del arte es la verdad, i por eso 
ha podido decir Víctor Hugo que la belleza del arte no 
es perfectible, porque la verdad tampoco lo es. Cuando 
el arte alcanza la verdad, sea en pintura o escultura, 
en la música o en la poesía, el arte solo ha podido llegar 
allí por la libertad del espíritu para investigar la verdad, 
para espresarla con vigor i claridad, sin estar sujeto a 
otra autoridad que la de los hechos. Esta es la doctrina 
fundamental del arte literario, porque no sujeta el jenio 
a un buen gusto de convención, ni lo encadena a formas 
dictadas por el capricho de las escuelas o de las preocu- 
paciones de la sociedad, propias solamente para facilitar 
el triunfo de los talentos mediocres, para sublevar un 
Avellaneda contra Cervantes, un Green o un La Harpe 
contra Shakespeare, un Trublet contra Milton. Es cierto 
que los espíritus mediocres no ganan con la libertad 
que los emancipa de las reglas preventivas, sino que 
corren el riesgo de estraviarse. ¿Pero qué pierde en ello 
la literatura? Qué importa para su grandeza que haya 
buhos que se crean cóndores, siempre que estos reyes 
del éter puedan remontar su vuelo? 

El arte, que en la literatura plástica es la imitación 
de la naturaleza, i en la científica la revelación jenuina 
de la verdad, no es simplemente una revelación de lo 
bello, un elemento del gusto o del placer, como suponen 
los que profesan el arte por el arte, sino un instrumento 
poderoso del progreso social, porque es la forma de lo 
útil, de lo justo i verdadero. El gran poeta que acabo 
de recordar, dice que — «En el punto a que la cuestión 
social ha llegado, todo debe ser acción común. Las fuer- 
zas aisladas se anulan, lo ideal i lo real son solidarios. 
El arte debe ayudar a la ciencia. Estas dos ruedas del 
progreso deben rodar juntas ... El pensamiento es poder. 
— Todo poder es deber. En el siglo en que estamos, 



454 

¿debe este poder entrar en reposo? puede este deber 
cerrar los ojos? ha llegado para el arte el momento de 
desarmar? Menos que nunca! La caravana humana, gra- 
cias a 1789, ha llegado a una elevada altiplanicie, i siendo 
mas vasto el horizonte, el arte tiene mas que hacer. Eso 
es todo. A todo ensanche de horizonte corresponde una 
dilatación de conciencia . . . Elevemos lo mas alto posible 
la lección de lo justo i de lo injusto, del derecho i de 
la usurpación, del juramento i del perjurio, del bien i 
del mal, del fas i del nefas; vamos allá con todas nues- 
tras viejas antesis, como dicen. Hagamos contrastar lo 
que debe ser con lo que es. Pongamos la claridad en 
todas estas cosas. Traed la luz, vosotros que la tenéis. 
Opongamos dogma a dogma, principio a principio, ener- 
jía a testarudez, verdad a impostura, ensueño a ensueño, 
el ensueño del porvenir al ensueño del pasado, la liber- 
tad al despotismo » 

El arte es pues social, universal, porque es la forma 
de la verdad. En este sentido, no hai obra alguna lite- 
raria o científica, no hai manifestación alguna del pen- 
samiento que no esté sujeta al arte, sea cual fuere su 
naturaleza. Las obras científicas i filosóficas necesitan 
del arte, como las de imajinacion, porque si no cuidan 
de la forma artística pueden llegar a lo oscuro, a lo 
contradictorio i aun a lo ridículo en la esposicion del 
pen Sarniento. 

Admitida esta doctrina, que emancipa el arte de las 
reglas arbitrarias, como al espíritu humano de la autori- 
dad, el criterio del arte, como el del espíritu, solo debe 
buscarse en la verdad positiva; i para ello es necesario 
clasificar las obras de la literatura. 

Sin embargo, no cometeremos el error de clasificarlas 
por su forma artística, ni aun por su asunto, porque la 
forma no puede ser una sola, una forma clásica, desde 



455 

que no tiene mas lei ni otra regla que la verdad; ni el 
asunto puede darnos la lójica de una clasificación, desde 
que es múltiple e inclasificable. Entre tanto necesita- 
mos de una clasificación, para establecer el criterio común 
que debe guiarnos en la composición i en la crítica de 
las obras literarias, porque la fuerza fundamental de la 
literatura, que consiste en la idependencia del espíritu, 
debe tener un criterio, una luz que la encamine siempre 
a la verdad positiva. 

Por eso es que yo busco la clasificación en la natu- 
raleza de la composición, en esa naturaleza que la obra 
recibe del procedimiento cpie el espíritu libre adopta 
para pensar e investigar la verdad. Así dividiría yo todos 
los escritos en — 

Científicos, que son aquellos en que se investigan las 
leyes positivas del universo; 

Sociológicos, que son los que tienen por objeto la ac- 
tividad humana, los que estudian las facultades i los 
móviles de la actividad del individuo, las leyes de sus 
relaciones, de su desarrollo en la historia, en la actuali- 
dad i en el porvenir, las condiciones jenerales del uni- 
verso moral; 

Kvej éticos, los de simple esposicion, sea científica o 
sociolójica, i que están destinados a jeneralizar i difundir 
las resultados de la investigación filosófica en las ciencias 
exactas i en la ciencia social; 

Plásticos los que pintan un cuadro de la naturaleza 
física o moral, traduciendo un sentimiento, una impre- 
sión, trazando una escena de la vida, un drama, un 
suceso en que aparece el cuadro completo de una si- 
tuación. 

Esta clasificación fundamental admite muchas especi- 
ficaciones, todas las cuales deben apoyarse en el proce- 
dimiento filosófico del espíritu manifestado por el arte. 



456 

El arte es común a todas ellas, porque sin forma artís- 
tica no puede haber obra literaria, cualquiera que sea 
su asunto, sea cual fuere su estension. Pues entre la 
filosofía i el arte hai una estrechísima conexión: los que 
desprecian la forma i descuidan el arte, atenidos a que 
basta atender al pensamiento, olvidan que este no puede 
ser comprendido ni aparecer en toda su luz, cuando es 
presentado en una esposicion descuidada, impropia i ar- 
bitraria; los que lo dan todo al arte i al colorido, abste- 
niéndose de pensar o de sentir, o pensando falsamente, 
prostituyen la literatura, haciéndola el instrumento del 
error, de la mentira, del sofisma, i por consiguiente de 
la perversión del progreso moral. 

La verdad del arte es la verdad filosófica i depende 
de ella. Luego es necesario que el espíritu investigue 
la verdad de un modo positivo, no conducido por un 
modo de pensar teolójico, que parte de dogmas impues- 
tos, de verdades absolutas no probadas; ni guiado por 
un modo de pensar metafísico, que procede dando rea- 
lidad a entidades abstractas, imajinarias, que ningún fun- 
damento tienen en la naturaleza; ni tampoco partiendo de 
un principio arbitrario, no probado, como el de aquellos 
filósofos que arman su sistema sobre la falsa suposición 
de que el progreso humano es una evolución necesaria 
i fatal de la naturaleza de la humanidad, en que no tiene 
participación la libertad; o el de los que admiten la idea 
de que cada jeneracion tiene una especialidad innata i 
que está destinada por la divinidad a ensanchar su vida 
física i moral, como Virgilio, que construye su Eneida 
atribuyendo al desarrollo latino un carácter providencial. 
Nada de todo eso: la verdad filosófica debe tener 
todos los caracteres de una verdad positiva, i el poder 
del arte ha de consistir en revelarla i manifestarla tam- 
bién de una manera positiva. Este es el gran criterio de 



. 457 

la robusta literatura que es propia de un pueblo demo- 
crático, cuyas fuerzas intelectuales deben sacar todo 
su vigor de la independencia del espíritu. I no creáis 
que este criterio mata el sentimiento ; lo que mata es el 
estravío i la falsedad del sentimiento, no su verdad, así 
como estingue el error del pensamiento i vigoriza su 
acción. 

De esta manera la regla de composición o de crítica 
de las obras científicas, o de los escritos que tratan de 
los fenómenos del universo, no puede ser otra que — 
«apoyar siempre la investigación filosófica o el razona- 
miento sobre pruebas positivas, i no sobre pruebas nega- 
tivas, o en una demostración de imposibilidad, que puede 
ser defectuosa.» — La base del razonamiento en escritos 
de este jénero solo puede estar en los hechos probados 
de un modo positivo por la ciencia. 

La regla de composición i de crítica en los escritos 
sociolójicos, u obras de ciencia social, es que — «no se 
deben tomar por base del razonamiento sino los hechos 
fundados en la naturaleza humana i revelados por todas 
las manifestaciones de esta naturaleza.» — La investiga- 
ción filosófica i el arte de este jénero de escritos deben 
apoyarse siempre en las pruebas positivas, que nos da 
el examen i la observación atenta de la naturaleza del 
hombre. 

Por poco que estudiemos la naturaleza del hombre, 
comprendemos que éste es un ser dotado de facultades 
intelectuales, de instintos o facultades afectivas, i de 
facultades activas; i que todas estas facultades, en su 
conjunto i en su ejercicio, nos revelan una tendencia i 
una fuerza primordiales. La tendencia es hacia el in- 
cremento, el desarrollo de todas ellas, por lo cual hai 
razón de creer qae el fin del hombre, esto es, su per- 
fección, consiste en el desarrollo íntegro de todas sus 



458 

facultades, conforme al orden jeneral del universo, i con- 
forme el orden particular de cada ser en aquel orden 
jeneral, de modo que se mantenga el equilibrio univer- 
sal. La fuerza que se revela en el conjunto i ejercicio 
de las facultades humanas es ese poder que llamamos 
libertad, en virtud del cual el hombre elije i emplea en 
todos los actos de su vida las condiciones de su per- 
fección, los medios de que depende su desarrollo com- 
pleto. 

Del conocimiento de estas leyes de la humanidad 
arranca el criterio de las obras de la ciencia social, de 
modo que la que no se ajuste a tal criterio es una obra 
falsa, errónea, contraria a la naturaleza humana; porque 
si el razonamiento no toma por base esas leyes positivas, 
ataca la perfección del hombre o desconoce su libertad. 

La regla de composición i de crítica de las obras 
exejéticas i de las plásticas es la misma de las obras 
científicas i de las sociolójicas, según sea la esposicion 
o la pintura. Si el escrito de esposicion o jeneraliza- 
cion es científico o si la obra plástica es un cuadro de 
la naturaleza física, su criterio está en los hechos de- 
mostrados de un modo positivo por la ciencia. Si por 
el contrario la exejésis o la jeneralizacion es de un 
asunto de la ciencia social, o si la obra plástica es una 
pintura de un sentimiento, de una escena de la vida, o 
de una situación social o privada, su criterio está en los 
hechos de la naturaleza humana; i tales obras sean di- 
dácticas, sean poéticas, no podrán apartarse de las leyes 
de la naturaleza humana, sin derramar el error, la duda, 
o la confusión sobre la perfección o la libertad del 
hombre. 

Tal es el criterio jeneral i positivo de todas las obras 
de una literatura progresiva. Las que no correspondan 
a ese criterio no pueden tener sino una vida ficticia i 



45y 

efímera, no pueden ser obras maestras, ni son siquiera 
obras dignas del progreso de un pueblo democrático, ni 
pueden servir al único fin a que debe encaminarse la 
independencia del espíritu que es la perfección social. 

La literatura debe corresponder a la verdadera idea 
del progreso positivo de la humanidad. Según esta idea, 
cada jeneracion es responsable de sus hechos, porque 
cada una tiene el deber de completar la esperiencia de 
las jeneraciones anteriores, de correjir las ideas en el 
crisol de la verdad, sin aceptar ciegamente los errores 
i los crímenes de sus antepasados; porque solamente de 
este modo puede desarrollar todas sus facultades, para 
cumplir su destino, i llevar al máximun de su intensidad 
la vida social i la individual. 

¿I cómo os imajinais que pueda suceder esto, si la 
literatura, que es el ájente i el intrumento de ese deber 
que tenemos de correjir i de complementar la esperiencia 
pasada, no tiene un criterio positivo que la guie en la 
investigación i en la rectificación de las leyes del uni- 
verso i de las leyes de la humanidad? La literatura 
tiene que ser progresiva, como lo es la sociedad, i nunca 
podrá serlo sin la independencia del espíritu, ni esta po- 
drá servir a aquel fin grandioso, si no va guiada por el 
criterio de las leyes que rijen el universo en lo físico i 
en lo humano. 

¿Acaso, porque este criterio es positivo, se va a ma- 
terializar la literatura? Nó, el progreso moral tiene por 
guia la verdad positiva; i la imajinacion i el sentimiento, 
que tanto contribuyen a desarrollarlo, no deben estar 
condenados a cantar i divinizar en sus obras plásticas 
la mentira, o la falsa ilusión, o el error envejecido. En 
la verdad hai mas poesía que en la mentira, i una ilu- 
sión embellecida por el arte no tiene mas valor que las 
candelillas de un fuego fatuo que se disipa cuando nos 



460 

acercarnos. Precisamente la obras de imajinacion son 
las que mas necesitan de una investigación filosófica vi- 
gorosa, para hallar la verdad i representarla, porque de 
otra manera no viven ni marchan con la humanidad; i 
si el poder de sus encantos o de sus detalles tiene mé- 
rito para perpetuarlas como una curiosidad artística, pero 
estacionaria, es porque en sus proporciones hai alguna 
verdad muerta, como la de una momia del Ejipto. 

A este propósito, un escritor, esplicando la muerte 
de la epopeya antigua dice que — «Los poemas épicos 
mui difícilmente contentan el gusto i la intelijencia, 
porque lejos de contener el porvenir, el progreso i la 
esperanza, no cantan sino la historia que se borra, las 
glorias que se van, las misiones cumplidas, los hechos 
agotados por la esperiencia; para seducir, necesitarían 
una superioridad inaudita en la forma i una prudente 
reserva que les impida asimilar el pasado que los des- 
vanece con un presente que contiene nuevas promesas. 
Por eso es que los verdaderos poemas sociales escritos 
en verso o en prosa son los del A riosto, de Rabelais, de 
Lesage, i entre los modernos, los de Eujenio Sue i Víctor 
Hugo, pues ellos tienen por sujeto a la humanidad vi- 
viente, por objeto su emancipación, i por medio la crítica 
independiente, sin sumisión a ninguna otra autoridad que 
la de los hechos.» 

Solo así es social i progresiva la poesía, como lo son 
la ciencia i la sociolojía, ajustándose a las leyes de la 
humanidad, sirviendo a su emancipación, pintando sus 
dolores, sus estravios, sus vicios, i sirviendo a su pro- 
greso i a su porvenir, por medio de la revelación de las 
leyes positivas que a él encaminan. 

Construyamos pues sobre estos fundamentos la lite- 
ratura progresiva de un pueblo democrático, i así traza- 
remos una senda ancha i segura al jenio americano, que 



461 

hasta hoi, envuelto en las nieblas de las tradiciones 
viejas i antisociales de la literatura anarquizada de la 
Francia, tan siquiera ha podido servir a nuestro pro- 
greso moral. Permitidme repetiros lo que otra vez he 
dicho de nuestros escritores a este propósito: 

«No hai escritor alguno americano que nos presente 
en un cuerpo de doctrina ideas precisas sobre el pro- 
greso moral, ni principios positivos a que ajustar los 
arreglos sociales, ni nociones exactas que sirvan de cri- 
terio a las concepciones de detalle que el espíritu debe 
formar sobre los hechos de la vida práctica. Los unos 
han ilustrado las cuestiones morales i políticas, bebiendo 
sus inspiraciones en la escuela metafísica francesa, pre- 
sentándonos entidades o ficciones en lugar de nociones 
prácticas i claras; los otros han pretendido aliar esas 
inspiraciones con los dogmas teolójicos, o con las doctri- 
nas de transacción inventadas por los filósofos eclécticos 
del pretendido justo medio i por los publicistas parlamen- 
tarios que han creído hallar en la monarquía constitu- 
cional la liltima espresion del progreso. Al lado de todos 
estos han aparecido los escritores positivos que hallan la 
fórmula del progreso en el desarrollo material, i los que 
la encuentran en el predominio del principio de auto- 
ridad, o que la buscan en la alianza del orden con la 
libertad, mediante una autoridad fuerte que se consti- 
tuya en el médico del enfermo que se llama pueblo, 
para ir administrándole la libertad por dosis, por gotas; 
o que se constituya en el tutor del menor que se llama 
sociedad, para concederle los derechos poco a poco, para 
hacerle concesiones que aquella autoridad sola sabe 
medir, que ella sola sabe hacer con oportunidad. Otros 
escritores positivos, hallando sin verdad lo pasado, se 
han adherido ardientemente a la justicia sin definirla, 
han proclamado principios nuevos, sin demostrar su 



462 

verdad, han puesto su confianza en el porvenir sin des- 
cifrarlo ni señalarlo : i entre estos hai filósofos que, com- 
prendiendo que el modo de pensar teolójico no puede 
en la época moderna darnos el criterio i la solución de 
las cuestiones sociales, se han ensañado contra los dog- 
mas relijiosos i tratado de destruir el sentimiento reli- 
jioso, sin darse cuenta de que la relijion puede existir 
sin que sea necesario, para su existencia, que las cues- 
tiones políticas i morales, que la ciencia, las artes i la 
enseñanza social, que la industria i el comercio sean 
rejidos i encaminados por las ideas teológicas: el senti- 
miento relijioso i la idea fundamental de la relijion 
constituyen una de las esferas de la actividad del espíri- 
tu, que no puede aniquilarse; i si el progreso moral 
tiende a que ella no domine a las demás ideas funda- 
mentales, a que ella no aspire a tomar la dirección com- 
pleta del hombre i de la sociedad, no por eso debe negarle 
su libertad, esto es, su derecho de constituirse i desa- 
rrollarse, como todos los demás fines de la humanidad. 
Tal es la verdad que no han comprendido estos filósofos, 
bien que talvez si la hubieran comprendido, habrían as- 
pirado, como otros en Europa, a inventar una nueva 
relijion que reemplace a las conocidas, que ellos han 
creido imperfectas. Las erróneas pretensiones de éstos 
i de aquéllos filósofos no han contribuido poco a suble- 
var los intereses relijiosos contra el progreso moral, i a 
estraviar a los hombres relijiosos en una lucha, en que 
la relijion deja de ser la unión del alma con Dios, para 
ser una cuestión de intereses temporales. De esta es- 
pantosa confusión de teorías i de doctrinas teolójicas i 
metafísicas, solo han sacado partido en América, como 
en Europa, los especuladores, esos a quienes llaman en 
Francia los Hábiles.» 

Acabemos de una vez con tan peligrosa situación. 



463 

Sírvanos de bandera en esta gran cruzada de la inteli- 
gencia i de la libertad el criterio de la verdad positiva. 
¡Manos a la obra, queridos compañeros! Vosotros que 
me habéis alentado tantas veces en este fatigoso viaje 
con el ejemplo de vuestra constancia, vosotros los que 
perseveráis todavía, i los que empezáis la campaña con 
los brios de la juventud, empuñad esa bandera con fé 
en el triunfo de la democracia i con la fuerza que os 
inspira vuestro incontrastable amor al estudio! ¡Ade- 
lante! Emancipación del espíritu — verdad positiva! Hé 
aquí la señal de la victoria! 

Oid la voz de alarma del jenio precursor de la demo- 
cracia europea, esa voz que clama en medio de las rui- 
nas, aun vacilantes, de la vieja monarquía de Europa: 
«¡Ahora, todos de pié, a la obra, al trabajo, a la fatiga, 
al deber, intelijencias! — Se trata de construir — ¿Cons- 
truir qué? ■ — Construir adonde? — Construir cómo? — 
Respondemos: Construir el pueblo — Construirlo en el 
progreso — Construirlo por la luz!» 

Tal es la tarea de la literatura moderna. En ella está 
su grandeza, su honor, su inmortalidad! 



RECUERDOS LITERARIOS. 



TERCERA PARTE. 



Lastaeeia , Recuerdos. Q() 



La Academia de Bellas Letras. 



El discurso que acabamos de trascribir no dio ocasión 
a discusiones i polémicas, como el de 1842. La prensa 
se limitó a reproducirlo o a tributarle algunos aplausos. 
Pero las doctrinas literarias en él establecidas como 
bases, o mas bien, como el programa que debia seguir 
el desarrollo libre de nuestra literatura, fueron cuida- 
dosamente estudiadas i discutidas por los jóvenes que 
aspiraban a cultivar el arte con independencia. I deci- 
mos esto por que durante mucho tiempo estuvimos res- 
pondiendo a consultas verbales i escritas sobre aquellas 
doctrinas, i recibimos honrosas aprobaciones de escrito- 
res americanos, que, como el eminente literato arjentino 
Juan María Gutiérrez, adherían a nuestro modo de ver 
sobre los caracteres de la literatura hispano- americana. 

Con todo las circunstancias de aquella época no eran 
favorables a los estudios literarios, i los hombres de le- 
tras se veian encadenados por los deberes políticos que 
la situación les imponía. Esta era de todo punto estra- 
ordinaria, a causa de que la fusión de los elementos 
conservadores i liberales en el poder colocaba a la 

30* 



468 

administración Pérez en la imposibilidad de emprender 
francamente la reforma política, que era en realidad el 
acontecimiento histórico preparado por la tendencia social 
e impuesto por la opinión pública. 

Aquella fusión daba a la clase gobernante el carác- 
ter de un verdadero partido medio, de esos que por su 
naturaleza son mas propios, según la espresion feliz de 
un publicista francés, para preparar situaciones que para 
dominarlas. Pero como en este partido no solo predo- 
minaban los intereses conservadores, sino que prepon- 
deraba el círculo clerical, nacido bajo la empolladura de 
los liberales, quienes habían creído reforzarse con él para 
combatir la política de la administración Montt, el 
gobierno de 1869 era incapaz de preparar con lealtad 
una nueva situación. 

Así la administración Pérez por una parte aparentaba 
servir a la reforma exijida por la opinión del país, para 
hacerla abortar en el sentido de que ella no perjudicase 
a la organización del poder absoluto, defendida por los 
intereses i las doctrinas de los conservadores; i por otra, 
creyendo que estos formaban su fuerza principal, entre- 
gaba al círculo de reaccionarios las funciones públicas, 
principalmente las de la Universidad i de la enseñanza, 
que eran las que mas apetecían ellos. Los liberales en- 
rolados en el partido gobernante servían incondicional- 
mente a esta política, o por no perder su posición, o por 
que no tenían valimiento para modificarla. Esta actitud 
pasiva formaba contraste con la actividad que desplegaba 
el círculo reaccionario para apoyar sus osadas exijen- 
cias: i, como era natural, el gobierno buscaba a sus 
defensores, no tanto entre los liberales, que carecían de 
organización, cuanto entre los adeptos de las lójias que 
el círculo clerical tenia organizadas para hacer guerra, 
a nombre.de la relijion, no solo contra las regalías del 






469 

Estado i las libertades sociales condenadas por la iglesia, 
sino aun contra la propiedad industrial de los diarios 
que, „ como El Ferrocaril i La Patria, eran acusados de 
herejes por que no defendian los intereses eclesiásticos. 

Bajo el imperio de semejante situación se hicieron las 
elecciones de representantes en 1870, i las de Presidente 
de la República en 1871, de modo que los intereses polí- 
ticos absorvieron por aquel tiempo la atención de los 
espíritus independientes i liberales. El nuevo presidente 
impuesto por la fusión gobernante, no podia contrariar 
la situación que esta había creado i que constituia su 
fuerza i su base fundamental. Si las nobles aspiraciones 
del elejido le impulsaban a independizar su administra- 
ción de los intereses del elemento reaccionario, como lo 
verificó mas tarde, las condiciones de su advenimiento 
al poder le imponían en aquellos momentos la necesidad 
de gobernar como su antecesor i de continuar la misma 
política que él habia contribuido eficazmente a fundar. 
El nuevo gobierno se organizó con los elementos del 
anterior, dando ya una participación mas directa i efec- 
tiva en el poder al clerical, pues entregó a uno de los 
corifeos de este círculo la cartera de justicia culto e ins- 
trucción pública. 

El partido clerical entraba desde aquel momento a 
gobernar a Chile, i estando ya de antemano adueñado 
de la Universidad i de las instituciones públicas de en- 
señanza primaria, media i superior, tenia todos los me- 
dios de completar su triumfo, una vez que disponia del 
ministerio de instrucción pública. Habiéndose formado 
i fortificado aquel partido al abrigo de los liberales mo- 
derados i bajo la decidida protección del gobierno de 
Pérez, a que servian estos, habia podido darse la orga- 
nización de los católicos ultramontanos en Europa, ha- 
ciendo alarde de su sumisión al poder estranjero del 



470 

gobierno de Roma, de sus principios i doctrinas de 
derecho divino, de su empeño por someter la soberanía 
nacional a la soberanía espiritual i la lei civil a la lei 
canónica ; i todo con el aplauso del gobierno de la Re- 
pública, que jamas Labia querido ver el peligro i la 
amenaza que tal organización entrañaba contra la liber- 
tad de la sociedad i contra la independencia del Estado. 

La lei de los ultramontanos era el Syllabus, conver- 
tido poco después en los cánones del concilio Vaticano ; 
i el ministro de instrucción pública, que representaba 
en el gobierno los intereses i doctrinas de aquel partido, 
no podia dejar de obedecer i cumplir la declaración de 
aquella bula que anatematiza i condena, como hereje, 
a todo el que diga i sostenga que — «En una sociedad 
«bien constituida, es preciso que las escuelas populares 
«abiertas para los niños de toda clase de pueblo, como 
»en jeneral los establecimientos públicos destinados a 
»la enseñanza de las letras, a la instrucción superior i 
»a la educación de la juventud, sean libres de la autori- 
»dad de la Iglesia, de toda influencia directiva i de 
«toda intervención de su parte; i que estén entera- 
emente sometidos a las decisiones de la autoridad ci- 
tfvil, conforme a la voluntad del gobierno i según las 
«opiniones de la época jeneralmente recibidas.» Syllabus, 
pro. XLVIL 

Este canon iba a tener un observante fiel en el go- 
bierno, i era de esperar que todas las medidas del mi- 
nisterio de instrucción pública se dirijieran a establecer 
el completo monopolio de la Iglesia ultramontana en 
la enseñanza protejida por el Estado, a fin de aniquilar 
toda influencia liberal i civilizadora en la educación de 
la juventud; porque es también una herejia, según la 
proposición LXXV del Syllábus el suponer que «El 
«Romano Pontífice puede i debe ponerse en armonía 



471 

«con el progreso, con el liberalismo i con la civilización 
«moderna.» 

Con todo la reacción no podia triunfar esta vez, como 
antes, a pesar de que, como lo acabamos de notar, tenia 
todavía medios de completar su triumfo, puesto que el 
partido que la emprendia era un elemento del gobierno, 
impuesto por las circunstancias, i desde que entre los 
gobernantes no habia regalistas sistemáticos, ni liberales 
doctrinarios o radicales. 

I no podia triunfar, porque ya el progreso literario 
se habia consolidado, hasta el punto de haber dado exis- 
tencia a una literatura nacional, en la cual la idea nueva 
tenia poderosos ausiliares, que podian i sabían mante- 
nerla. No importaba que el partido político que habia 
servido a la causa liberal estuviera casi debelado por las 
fuerzas de los círculos conservadores i retrógrados con 
los cuales habia capitulado, entregándoles su bandera, 
a trueque de conservarse como lejion ausiliar. No im- 
portaba tampoco que después del triunfo de la fusión 
en la elección presidencial hubiesen desarmado los cír- 
culos políticos que le habían hecho cruda guerra. Que- 
daba aun en pié i en todo su vigor el acontecimiento 
de la época — la necesidad de la reforma. Este era el 
fenómeno social, histórico, de aquel momento ; i él habia 
sido elaborado lenta i pacientemente por el progreso 
literatrio, mas bien que por las exijencias i transacciones 
de los partidos. Los servidores de aquel progreso, afir- 
mando la independencia del espíritu, habian iluminado 
el estudio mental del país entero, i este habia compren- 
dido i sentido aquella necesidad, emancipándose de las 
doctrinas i de los intereses del viejo réjimen, tan poderosa- 
mente sustentados en las instituciones i organización de 
los poderes constituidos. 

El imperio de aquel acontecimiento obligaba pues a 



472 

la fusión dominante a tomar el apellido de partido liberal 
moderado, i forzaba a los ultramontanos a adoptar la 
estratejia de sus correlijionarios en Europa, estratejia 
que consistía en tratar de reconstituir su antiguo poder 
a nombre de la libertad, bautizando aun los mas absolu- 
tos poderes de la iglesia con el nombre de libertades. 

Merced a estos disfraces, la reacción trataba de hacer 
su camino, i mediante el desarme de los círculos políticos, 
durante el primer año de la nueva presidencia, casi no 
se oyó en la prensa otra voz dominante que la que partia 
del centro político i del literario de la reacción ultra- 
montana. Prescindiendo de las producciones de este úl- 
timo, porque cualquiera que fuese su mérito artístico, 
no estaban destinadas a representar sino un interés de 
secta en el movimiento literario, recordaremos que la 
prensa político clerical empeñaba una lucha atolondrada 
contra los fueros del Estado i de la sociedad, remedando 
el tono, la osadía i la procacidad de la prensa ultramon- 
tana de Francia i de Béljica, sin advertir que la misma 
ciega violencia de su ataque perjudicaba a la defensa de 
su causa, i a la realización de su poder. 

La Revista Católica del 8 de julio de 1871, por ejem- 
plo, examinando dos sentencias libradas por el tribunal 
supremo en dos recursos de fuerza, no vacilaba en sos- 
tener que la lei civil debia callar ante las voluntades de 
la Iglesia, i declaraba escomulgados a los majistrados 
de la Corte Suprema, como allanando ya el camino a 
las censuras i escomuniones que mas tarde habían de 
lanzar los obispos contra la representación nacional i el 
gobierno de su patria, porque no se sometían a la so- 
beranía estranjera de Roma. «Tanto mas evidente ante 
el catolicismo, decia entre otras cosas aquel periódico, 
es la superioridad de los cánones sobre las leyes civiles, 
cuanto que la Iglesia, en desempeño de su divina misión, 



473 

tiene autoridad para reprobar o condenar las leyes civiles 
que juzgue contrarias, sea a los dogmas, sea a la moral, 
sea simplemente a la disciplina canónica. Así se deduce 
claramente de la condenación de la siguiente proposi- 
ción del Syllabus: 57, — La filosofía, la moral i las leyes 
civiles pueden i deben declinar la autoridad de Dios i 
de la Iglesia. . . . Esa obligación de obedecer la lei de 
la Iglesia sobre la del Estado, que existe aun en los 
majistrados civiles, a mas de deducirse de las doctrinas 
católicas que antes hemos espuesto, se comprueba con 
la conducta misma de la Iglesia, la cual se halla asis- 
tida por el Espíritu Santo en lo que atañe no solo al 
dogma sino también a la disciplina jeneral. En efecto, 
la Iglesia sabe bien que las leyes civiles establecen los 
recursos de fuerza; i con todo, ""undena con las mas 

graves de sus penas a los jueces que los aceptan 

Así, pues, digan lo que quieran los señores ministros de 
la Escelentísima Corte, aquellos de entre ellos que vo- 
taron por la fuerza declarada en la segunda sentencia 
de las que nos han ocupado, han incurrido en la esco- 
munion mayor reservada al Papa, decretada en la Bula 
Apostólico Sedis, que se promulgó en el Concilio Vati- 
cano. Hé aquí sus términos : — Por tanto declaramos 
sujetos a escomunion latae sententiae especialmente re- 
servada al Romano Pontífice a los siguientes: — VI. Los 
que directa o indirectamente impiden el ejercicio de la 
jurisdicción eclesiástica, sea del foro interno, sea del es- 
tenio, i los que con este objeto recurren al fuero secular, 
los que procuran sus mandamientos, los que los dictan, 
o los que les prestan ausilio, consejo o favor.» (*) 



(*) La administración Pérez habia hecho sancionar i habia 
promulgado en 20 de diciembre de 1869 una lei ausiliando con 
20,000 pesos, para gastos de viaje, a los obispos de Chile que 



474 



II. 



Sin embargo, esta actividad amenazante de la prensa 
clerical, con ser que llevaba la palabra divina i sostenia 
los intereses de la Iglesia, tan fuertemente constituida 
i tan francamente apoyada por el poder político, encon- 
traba impasible a la opinión liberal del país. Los dia- 
rios independientes que procuraban representar esta opi- 
nión no sentían la necesidad de discutir las enormes 
exijencias de aquella prensa; i cuando lo hacían, no in- 
sistían con calor i aun capitulaban, por error o por sim- 
patías, con las finjidas libertades clericales, tal como con 
la libertad de enseñanza en el sentido ultramontano, que 
se reclama i defiende con el propósitio de monopolizar 
la enseñanza en favor de la Iglesia. 

Hé aquí un fenómeno de la época! ¿Por qué es tan 
ineficaz la poderosa reacción emprendida para restable- 
cer en la sociedad moderna el imperio espiritual de la 
Iglesia ultramontana? ¿Por qué sus ardientes esfuerzos, 
su divino poder inmenso, aunque secundado por la fuerza 
i el despotismo del poder político, se estrellan contra 
esa especie de inercia que la sociedad opone, sin salir 
de ella, sino de cuando en cuando, i eso mas bien para 
elevar su voz, que no para levantar su brazo? Es que 
tal reacción choca con la verdad i con la esperiencia que 
hace de esa verdad el patrimonio de la conciencia uni- 
versal. El Papado trató de restablecer, bajo el pontifi- 
cado de Pió IX, en todo su vigor su tradicional política 
de dominación sobre la sociedad i el poder civil; mas 



liabian ido al Concilio Vaticano a establecer este canon, que se 
aplicaba para escomulgar a la Corte Suprema, i todos los demás 
cánones que atacan la soberanía de la República. 



475 

como ahora, - al pretender el imperio terrestre, no solo 
se encontraba con la soberanía de los reyes, como ántes r 
sino con la soberanía de las naciones i con los princi- 
pios nuevos que constituyen la sociedad civil moderna 
i la independencia de los Estados i fulminó contra estos 
principios, contra la soberanía nacional, contra la liber- 
tad de conciencia, la de cultos, la de enseñanza, la de 
la prensa, contra todas las libertades individuales, socia- 
les i políticas, su formidable anatema del Syllabus i de 
la encíclica de 8 de diciembre de 1864. I sin embargo 
los servidores de esta política invasora han tratado de 
imponerla a nombre de la moral i de la libertad, situán- 
dose así en una perpetua contradicción, que no han po- 
dido disimular con sus tergiversaciones teolójicas i me- 
tafísicas, ni aun a los ojos de la Iglesia misma, que es 
mas lójiea i franca en su invasión, ni mucho menos a 
los ojos de la razón natural i de la opinión ilustrada. 

En otra obra hemos tratado de describir esta situa- 
ción, condensando la observación imparcial de la sabi- 
duría moderna a este respecto en los siguientes términos, 
que se nos permitirá trascribir, para esplicar mejor la 
impotencia de la reacción en los momentos que estamos 
recordando: — 

«La Iglesia católica, dijimos, (*) quiere con sobrada 
razón e indisputable derecho, que la lei civil no la per- 
turbe en su independencia; pero con este título también 
reclama que aquella lei no regle las condiciones de cier- 
tos actos del estado civil de las personas, c'omo el matri- 
monio, ni ampare a los disidentes en sus creencias, ni 
tenga jurisdicción sobre los actos civiles de los eclesiás- 
ticos o sobre la rebelión de éstos contra las leyes, ni 



"•(*) Lecciones de Política Positiva, Lee, IV, párrafo II. EL 
Estado i la Eelijion, páj. 103, Edic. de Paris. 



476 

que deje de costear el culto católico; como si el matri- 
monio civil, el nacimiento i la defunción, como si la 
libertad de creencias i de cultos, como si la abolición del 
fuero eclesiástico, i como si la cesación de las subven- 
ciones del presupuesto no fuesen otras tantas consecuen- 
cias necesarias de la independencia que la Iglesia misma 
reclama i de su separación del Estado.» 

«La Iglesia católica quiere con menos razón mante- 
ner su título de maestra de la moral, i como sus dogmas 
escluyen la libertad de examen, se empeña en retener el 
de juez de la verdad. Pero con esto aspira también a 
dominar completamente las esferas de la actividad de 
las dos ideas fundamentales de la moral i de la ciencia, 
que tienen el mismo derecho que la de la relijion para 
mantener su propia independencia; pues el progreso so- 
cial se paralizaría, si una de estas ideas dominase a las 
otras, o si las tres fuesen sojuzgadas por el Estado. En 
moral, semejante pretensión desconoce dos verdades 
esperimentales, la de que existe una moral universal 
independientemente de todo dogma relijioso, i la de que, 
por esto mismo, la moral que enseñan i practican todas 
las relijiones es análoga: de modo que una creencia 
relijiosa, cualquiera que sea su verdad dogmática, no 
puede, sin atacar la libertad de conciencia i sin atentar 
contra la independencia i el desarrollo de la actividad 
moral de la sociedad, pretender que las demás creen- 
cias, que el hombre, la familia i la sociedad no profesen 
i practiquen otra moral que la que ella enseña. En las 
ciencias, es todavía mas perniciosa i mas impracticable 
aquella pretensión, porque, aun creyendo que una reli- 
jion revelada, cualquiera que sea, posee la verdad abso- 
luta, ningún creyente de buena fé puede tener razón 
para sostener que esta verdad sea otra que la relijiosa, 
i que Dios, al revelarla, haya querido contrariar las leyes 



477 

de la naturaleza humana, encadenando el desarrollo in- 
telectual a un dogma fuera del cual no pueden ser estu- 
diadas la naturaleza física ni la naturaleza moral, i con 
lo cual los que lo profesan puedan condenar la verdad 
científica o sociolójica cuya evidencia no pueden negar. 
Las verdades relijiosas son convicciones individuales que 
no tienen la evidencia universal de las verdades cientí- 
ficas, i que no pueden imponerse a la ciencia, sin para- 
lizar todo progreso intelectual, i sin atentar contra la 
libertad de espíritu, contra la libertad de conciencia i 
contra la igualdad i la paz de la sociedad.') 

«Los defensores de los nuevos dogmas católicos de- 
fienden esta invasora pretensión a nombre de la liber- 
tad: no es estraño, porque, en su especial fraseolojía, se 
llaman libertades todos los poderes absolutos que la 
Iglesia infalible se atribuye para dominar al Estado, 
sometiendo a su lei la lei civil, para dominar la moral, 
las ciencias i las letras, en su práctica i enseñanza. El 
poder de dominar el estado civil de las personas, el de 
limitar la jurisdicción del Estado, el de avasallar todas 
las creencias, son otras tantas libertades de la Iglesia 
católica. El poder de dictar la moral, el de dominar la 
esfera de la ciencia, son otras tantas libertades; i todo 
lo que la sociedad i el Estado hagan para reprimir esa 
invasión de poderes es un ataque a la libertades de la 
Iglesia, es una opresión que la convierte en víctima del 
despotismo, sin dejarle otra defensa que sus quejas i sus 
fulminaciones. Así los reyes absolutos que han sido 
destronados por la corriente de las reformas, o que han 
tenido que transijir con ellas, limitando su arbitrariedad, 
han podido también quejarse de la pérdida de su liber- 
tad de dominarlo todo. Estraño abuso de la palabra 
libertad, que si bien en la civilización de Grecia i Roma 
significaba soberanía i en la de la edad media, propie- 



478 

dad, en la edad moderna no tiene otro significado que 
el de derecho, ni es ni puede ser otra cosa que el uso 
del derecho. Así por ejemplo, en aquella fraseolojía se 
llama libertad de enseñanza, no la facultad de enseñar 
o aprender a voluntad, sin sujeción a medidas preven- 
tivas ni coactivas, lo que es un derecho porque es una 
condición del desarrollo intelectual, que el Estado debe 
servir i mantener, sino la supresión de toda injerencia 
del Estado, para que la Iglesia lo reemplace en su 
acción, i pueda condenar toda enseñanza que no sea 
conforme a sus dogmas. De consiguiente la libertad 
no es la libertad, es decir, no es el derecho, sino la 
supresión del derecho i el triunfo de la esclavitud del 
espíritu.» 

La verdad de estas observaciones está en la concien- 
cia de todos, i cada cual puede comprobarlas sin esfuerzo, 
como una verdad de hecho. He aquí la razón que es- 
plica cómo aquella reacción ultramontana, que aparecia 
casi triunfante en la política de aquellos dias, no tenia 
poder para dominar ni el progreso literario fundado en 
la independencia del espíritu, ni la tendencia social a la 
reforma i a la posesión de la libertad. 

En 1872, a pesar del silencio de los liberales que re- 
presentaban esta tendencia, i de que no aparecia en acción 
otro partido político que el ultramontano conservador; 
a pesar de que la atención pública solo se preocupaba 
de las operaciones industriales i de ajiotaje, comienzan 
a aparecer dos periódicos literarios — la Revista de San- 
tiago^ publicación quincenal dirijida por don Fanor Ve- 
lasco i don Augusto Orrego Luco, i la Revista Médica 
de Chile, publicación mensual, destinada al cultivo de 
la medicina i de las ciencias naturales, bajo la dirección 
de los señores Murillo, Philippi, Zorrilla i Schneider, 
con la colaboración de los señores Aguirre, de la Barra 



479 

i Lastarria, Bixio, Diaz, Leiva, Miquel, Peña, Salamanca, 
Silva i Vanzina. Pocos meses antes, en 1871, habia 
aparecido también en la Serena la Revista Científica i 
Literaria, periódico hebdomadario, publicado por don 
Enrique Blondel. 




KAXOR VELASCO. 



Esta Revista de Santiago no se presentaba como la 
continuación de la que bajo el mismo título habia pu- 
blicado las tres series de 1848 a 49, de 1850 i de 1855; 
i por ciertas peculiaridades que caracterizaban su apa- 
rición, se consideró como un eco de los liberales mode- 
rados que servían a la política dominante. Las circuns- 
tancias del momento, el tono i aun el lenguaje de su 
dirección, daban a la Revista una situación particular 
en la historia de nuestro progreso literario i liberal. Ella 
no se proponia conservar i proseguir la tradición del 
movimiento literario, i sus directores declaraban qué 



480 

ponían en sn portada las palabras Literatura, Artes i 
Ciencias como una inscripción comprensiva e indetermi- 
nada, o como «un lema bastante elástico, decían, que 
pudiera dilatarse o estrecharse según nuestros recursos 
i según las circunstancias. Bajo este rubro, agregaban, 
comprenderemos la poesía, las costumbres, la crítica, 
la bibliografía i ¿por qué no decirlo de una vez? también 
comprendemos la política, pero la política que sepa sus- 
traerse de la impetuosidad de las pasiones para situarse 
en las rejiones mas serenas de la observación i los prin- 
cipios.» 

Después la Revista, para cumplir este programa, in- 
sertaba dos artículos políticos. En el titulado Miradas 
Retrospectivas fulminaba contra el sometimiento de los 
partidos al resultado de la elección presidencial censuras 
que estaban mui lejos de partir de las rejiones serenas 
de la observación i los principios, en una forma no mas 
correcta que la del programa. «A una víspera de deses- 
peración, decia el artículo, sucedió un dia de esperanza; 
i si los creyentes no fueron a sacrificar en el altar del 
ídolo de hoi, por lo menos no lo declararon una deidad 
incorrejible, ni lo juzgaron indigno de una prudente 
adoración. — Ello escandalizaba un poco a los espíritus 
jóvenes i como jóvenes, inespertos-; pero luego se dijo 
que ese era el modo de hacer política en los pueblos 
republicanos, que los yankees se despedazan en torno 
de la mesa electoral i que una vez proclamado el escru- 
tinio se pone punto final a la contienda. — Si esto fué 
un progreso, lo ignoramos. Sobre todo, no podemos 
considerarlo como tal. Los hombres de honor no riñen 
mas que una vez. Después suele venir el perdón, pero 
el olvido es imposible. Combatir hoi para fraternizar 
mañana, enlodar ahora una reputación para darse des- 
pués el gusto de bruñirla, predicar hoi la estremidad 



481 

para aconsejar mañana la moderación, esclamar hoi 
¡imposible! para responder mañana ¡aceptable!, hoi la 
guerra a muerte i mañana la paz sin condiciones, todo 
esto puede ser mui sabio i mui político, pero es hacer 
como las verduleras en la plaza del mercado... — De 
aquí una situación esclusivamente especiante. El Presi- 
dente de la República gobierna en medio de una paz 
octaviana. Los unos lo acarician; los otros querrían 
acariciarlo. Entre los príncipes cristianos reina la paz 
i la concordia. Se le han separado algunos hombres, 
pero han tenido la precaución de colocarse a una dis- 
tancia conveniente para acudir con prontitud a la pri- 
mera señal. Los ciernas, los antiguos adversarios, están 
lejos todavía; pero al oir como tosen de vez en cuando 
para que no se les deje en olvido, se comprende que no 
divisan de por medio ningún obstáculo insuperable. Des- 
graciadamente el presupuesto i el poder continúan como 
siempre teniendo a muchos en la antesala i a mui pocos 
en su gabinete de confianza»... 

El otro artículo político se titulaba — EL peor ene- 
migo de lo bueno es lo mejor, i tenia por objeto elevar 
al grado de buena doctrina política la táctica de con- 
temporizar con las exijencias conservadoras i los intereses 
retrógrados, adoptada por los liberales moderados para 
hacer a medias i engañosamente las reformas reclamadas 
por la opinión del país. Pero la habilidad del escritor 
no alcanzaba a ocultar que esta táctica, que tenia por 
fin convertir las reformas en concesiones de transacción, 
era diametralmente opuesta a la verdadera lójica de toda 
reforma política, la cual nunca puede ser útil i prove- 
chosa, si no es verdadera i por tanto radical, «Esas con- 
cesiones no hacen mas que fortificar los vicios del réjimen 
falso, i aceptarlas a trueque de conseguir algo, es un 
engaño que no trae otro resultado que el de radicar al 

Lastakkia , Kecuerdos. Qi 



482 

pueblo en las prácticas erróneas i viciosas, en lugar de 

habituarlo a la verdad del sistema representativo 

Vale mucho mas para el porvenir político de los pueblos 
modernos no practicar el verdadero sistema representa- 
tivo, que aceptarlo desfigurado por los vicios i los errores 
que lo manchan, por que así jamas podrán comprenderlo, 
ni tener por él interés ni simpatía.» (*) 

Tal fué el carácter con que apareció la Revista de 
Santiago en 1872, i tal la causa de la mala impresión 
que produjo su aparición en los que conservaban la tra- 
dición de nuestro movimiento literario. Ausentes del país 
a la sazón, llegaron a nuestro retiro solitario los testi- 
monios de aquella mala impresión; i si los recordamos, 
para señalarles como causa la situación en que se colo- 
caba la Revista, no es para autorizar a los que infunda- 
damente suponen que reprobamos aquello en que no 
hemos sido parte, ni por que entonces ni ahora dejáramos 
de apreciar i respetar a los dignos escritores que dieron 
tal carácter a aquella publicación, si no en primer lugar 
porque nos hemos impuesto el deber de referir i de 
caracterizar con fidelidad los sucesos literarios de nues- 
tra época; i en segundo, porque apesar del tono del 
primer número de la Revista, tuvimos confianza en que 
ella habria de convertirse en centro de unión para los 
escritores independientes, i en este sentido exhortamos 
a nuestros amigos. 

Con efecto, a poco después ya la Revista de Santiago 
era el órgano de las elucubraciones científicas i literarias 
de aquellos escritores; i sus fundadores, especialmente el 
señor Velasco, asumían una elevada i firme actitud contra 



(*) Lecciones ele Política Positiva, Lee. Novena, III. Véase 
Lee. Quinta, VII, Reforma social i política, su procedimiento 
científico. 



483 

las pretensiones ultramontanas, dilucidando en bien pen- 
sados artículos las cuestiones de actualidad, como la de 
la enseñanza en los colejios del Estado, que era la que 
mas peligraba por los ataques que a nombre de la liber- 
tad le dirijian los escritores clericales i el ministro que 
los representaba en el gobierno. 

La misma exajeracion de las pretensiones del par- 
tido clerical i la osadía con que su ministro quería 
satisfacerlas, advertían del peligro común a los liberales 
moderados, quienes principiaban a reaccionar contra su 
propia obra, tratando de eliminar del gobierno un ele- 
mento que ellos mismos habían suscitado i consolidado 
hasta el punto de darle representación en el poder. 

III. 

A principios de 1873, la opinión pública venia eji 
apoyo de aquella reacción latente en el seno del partido 
dominante, i parecía que la antigua fusión política de 
retrógrados i liberales tocaba a. su fin. Los actos del 
ministro de instrucción pública habían sacudido fuerte- 
mente la conciencia del país. 

Se le acusaba de haber puesto en obra el plan de 
arruinar los colejios nacionales, i desorganizar la instrucción 
pública en beneficio de la educación clerical. En la 
Revista de Santiago del 1.° del abril, uno de los escri- 
tores mas caracterizados del círculo liberal gobernante, 
terminaba de este modo el primero de sus artículos sobre 
el Estado i la instrucción pública. — «Eso lo comprende 
bien el ultramontanismo, decia, i a ello tienden sus es- 
fuerzos. La prensa predica con la palabra, i su ministro 
con el ejemplo. Merced a sus maniobras, el Instituto 
Nacional ha estado a punto de sucumbir. Los liceos 
provinciales cuentan con su mas cordial antipatía. No 



484 

clava un banco mas, ni abre una sola clase nueva en¡ 
los colejios del Estado ; pero en cambio todos sus aplau- 
sos i toda su benevolencia son para los establecimientos 
eclesiásticos, que, como el de San Felipe, ofrecen al pú- 
blico un poco de ciencia falsificada.» 

El Consejo de la Universidad entre tanto discutía 
ardientemente, no de viva voz, sino por medio de largas 
memorias escritas, la cuestión de los exámenes escolares, 
sosteniendo los conciliarios liberales la intervención oficial 
en todos los exámenes de prueba, contra los presbíteros 
que allí representaban las pretensiones ultramontanas, 
quienes por otra parte habian alarmado al público con 
un proyecto de reforma del curso de humanidades, re- 
duciendo las asignaturas a las materias i al número que 
fijaba una antigua bula papal. 

En marzo, ya el ministro de Instrucción pública ha- 
bía reorganizado el Instituto Nacional, colocándolo bajo 
la dirección de los ultramontanos. La ajitacion de los 
ánimos era jeneral. El 26 de aquel mes una numerosa 
reunión popular en Valparaíso denuncia i ataca los actos 
del ministro ultramontano, i la prensa de todos los pue- 
blos de la República reproduce los estensos discursos de 
los oradores de aquel meeting, que asumía por su im- 
portancia i seriedad la representación de la opinión jeneral 
en sus protestas. 

Esta escitacion habia despertado en todos los servi- 
dores del movimiento literario indepediente i liberal el 
sentimiento de la necesidad de una organización. Vol- 
víamos nosotros en esos dias de una ruda peregrinación 
en el desierto de Bolivia, i correspondiendo al senti- 
miento de nuestros antiguos compañeros nos pusimos a. 
la obra. 

Pero aquella organización no podia ser útil, ni ser- 
vir, como se deseaba, de centro i apoyo a la instrucción 



485 

i al arte literario independientes de doctrinas sectarias 
1 de intereses políticos, si no se basaba en principios 
fijos, que dieran la norma, el criterio, el programa de 
una verdadera escuela filosófica. I era tanto mas ne- 
cesario hacerlo así, cuanto que la organización literaria 
-de los ultramontanos tenia una fuerte base en sus dog- 
mas i cánones eclesiásticos. 

Este concepto fué aceptado, i el 29 de marzo quedó 
fundada la Academia de Bellas Letras por el acta si- 
guiente: 

«Reunidos los abajo firmados, declaramos solemne- 
mente que nos comprometemos a fundar, organizar i 
mantener una sociedad literaria, bajo la denominación 
de Academia de Bellas Letras, adoptando como esta- 
tutos fundamentales las Bases eme ya antes habíamos 
aceptado i cuyo tenor es el siguiente: 

PRIMERA. 

cLa Academia de Bellas Letras tiene por objeto el 
•cultivo del arte literario , como espresion de la verdad 
filosófica, adoptando como regla de composición i de 
crítica, en las obras científicas, su conformidad con los 
hechos demostrados de un modo positivo por la cien- 
cia, i en las sociolójicas i obras de bella literatura, su 
conformidad con las leyes del desarrollo de la natura- 
leza humana. En sus estudios dará preferencia al de 
la lengua castellana, como primer elemento del arte 
literario, para perfeccionarla, conforme a su índole, i 
adaptarla a los progresos sociales, científicos i literarios 
de la época, o 



486 



SEGUNDA. 

«Los Académicos fundadores concederán el título de 
tales i el de Académicos honorarios a los escritores dis- 
tinguidos en este jenero de trabajos, i también a las 
personas no letradas que contribuyan con algún benefi- 
cio al fomento de la institución.» 



TERCERA. 

«Todos los aficionados al cultivo de las letras po- 
drán concurrir a las sesiones privadas de la Academia, 
i hacer lecturas en ellas, sin otro requisito que el de ser 
presentados e inscritos por un Académico fundador u 
honorario. » 

CUARTA. 

«La Academia tendrá sesiones privadas i periódicas, 
con frecuencia; i también las celebrará en público para 
hacer lecturas o dar lecciones a todos los que concurran 
libremente. » 

QUINTA. 

«Los Académicos fundadores entregarán, al tiempa 
de incorporarse, una suma que no baje de cuarenta pe- 
sos, i pagarán en lo sucesivo mensualmente dos pesos, 
para formar el fondo de la Academia. 

«Los Académicos honorarios pagarán solamente veinte 
i cinco pesos por su diploma.» 

SESTA. 

«Cuando el fondo' sea suficiente, la Academia pagará 
un honorario que no baje de 20 pesos por cada lectura 



487 

pública o por cada lección dada en público, sobre algún 
tema científico o literario, siempre que la lectura o la 
lección sean arregladas al plan de la institución.» 

SÉPTIMA. 

«La Academia tendrá un Director, dos Vice- Direc- 
tores, un Secretario i un Tesorero, i todos sus miem- 
bros se distribuirán en tres secciones: una de ciencias, 
otra de sociolojía, i la tercera de bella literatura, con el 
objeto de repartirse las labores de organización i de 
procedimiento. » 

OCTAVA. 

«Un reglamento especial detallará estos estatutos. 

«Para proceder desde luego a la organización de la 
Academia de Bellas Letras, se han celebrado los si- 
guientes acuerdos — 1.° comisionar a don D. Barros 
Arana i a don F. S. Asta-Buruaga para que presenten 
un proyecto de Reglamento orgánico, que la corpora- 
ción ha de adoptar para sus funciones. — 2.° Nombrar 
una mesa provisoria compuesta de don J. V. Lastarria, 
Director, don D. Santa María i don M. L. Amunátegui, 
Vice-directores, don E. Cood, tesorero, i don E. de la 
Barra, secretario. — 3.° Celebrar sesiones privadas los 
sábados a las siete i media de la tarde — J. V. Lasta- 
rria — A. C. Gallo — D. Barros Arana — Miguel Luis 
Amunátegui — E. de la Barra — Jacinto Chacón — D. 
Arteaga Alemparte — Marcial (ronzales - — B. Vicuña 
Mackenna — F. S. Asta-Buruaga — A. Vergara Al- 
bano — A. Valderrama — D. Santa María — Demetrio 
Lastarria — Daniel Lastarria — Enrique Cood — Pe- 
dro Godoi — Benjamin Lavin Matta — Marcial Mar- 
tínez — F. Vargas Fontecilla.» 



488 

En pocos dias mas adhirieron a las Bases, i fueron 
elejidos como fundadores, i ademas como miembros co- 
rrespondientes los que a continuación se espresan: 

Fundadores. 

Señores Juan de Dios Arleefui. — Benicio Alamos 
González. — Ramón Allende Padin. — Alejandro An- 
donaegui. — José Alfonso. — Manuel Blanco Cuartin. — 
Daniel Barros Grez. — José Manuel Balmaceda. — Juan 
Bruner. — Miguel Cruchaga. — Juan Nepomuceno Es- 
pejo. — Santiago Estrada. — Pedro León Gallo. — Eu- 
jenio María Hostos. — Jorge 2.° Hunneus. — Hermó- 
jenes de Irisarri. — Sandalio Letelier. — Pedro Lira. 

— Manuel Antonio Matta. — Guillermo Matta. — G. 
René-Moreno. — Ambrosio Montt. — Adolfo Murillo. 

— Manuel José Olavarrieta. — Augusto Orrego Luco. 

— Nicolás Peña Vicuña. — Santiago Prado. — Ulda- 
ricio Prado. — Baldomero Pizarro. — Luis Rodríguez 
Velasco. — Joaquin Santa Cruz. — Panor Velasco. — 
José Francisco Verseara. — José Ignacio Vero-ara. — 
Francisco Vidal Gormaz. — José Zegers Recasens. — 
Ignacio Zenteno. 

Académico protector. 
Señor Federico Várela. 

Académicos correspondientes nacionales. 

Señores Alberto Blest Gana. — Guillermo Blest 
Gana. — Manuel Bilbao. — Alejandro Carrasco Albano. 

— Señora Rosario Orrego de Uribe. 



489 




FEDERICO VÁRELA. 



Co rrespondientcs extranjeros. 

Señores Cecilio Acosta. — Justo Arosemena. — Ma- 
nuel Ancízar. — J. Antonio Barrenecliea. — José R. 
Bustamante. — Pedro Carbo. — Daniel Calvo. — Mi- 
guel Antonio Caro. — J. G. Courcelle-Seneuil. — Aris- 
tóbulo del Valle. — J. Manuel Estrada. — Carlos Guido 
Spano. — Florentino González. — Juan María Gutié- 
rrez. — Luis M. Guzman. — Claudio Gay. — Luis 
Guimaraens Júnior. — Ricardo O. Limardo. — Vicente 
Fidel López. — Bartolomé Mitre. — Pedro Moncayo. 
— Ricardo Palma. — Amado Pissis. — D. Rocha. — 
Arístides Rojas. — José María Rojas Garrido. — José 
M. Santibañez. — José M. Samper. — J. Simeón Te- 
jeda. — J. M. Torres Caicedo. — Francisco de Paula 
Vijil. 

La Academia empleó sus primeras sesiones en orga- 
nizarse definitivamente. Formó su reglamento, se divi- 



490 

dio en secciones para distribuir sus tareas, i adoptó los 
emblemas de sus dij)lomas i sello en esta forma: 

1/ El emblema de los diplomas consiste en un sol 
radiante en cuyo foco aparece una Isis, o diosa de la 
naturaleza, coronada de doce estrellas, llevando en una 
mano un cetro sobremontado del globo terrestre, i en 
la otra un águila que emprende el vuelo, i teniendo a 
sus pies la luna. Este emblema tomado de la teosofía 
de los ejipcios representa la fecundidad universal en la 
diosa de la naturaleza. El sol simboliza el poder crea- 
dor i la corona de estrellas la carrera de aquel astro 
en el zodiaco; el cetro es el signo de la acción perpe- 
tua de la naturaleza en las cosas creadas i por nacer, 
el águila representa las alturas a que puede elevarse el 
espíritu en su libre investigación, i la luna colocada a 
los pies representa la infinidad de la materia i su do- 
minación por el espíritu. El conjunto de todo esto 
anunciaba en los arcanos ejipcios el buen resultado de 
las empresas en que se ligan la actividad que fecunda i 
la rectitud del espíritu que hace fructicar las obras. La 
sentencia filosófica que espresaba entre ellos este pen- 
samiento, i que la Academia adoptó como mote, para 
colocarlo arriba de los rayos del sol, es esta — afirmar 

LA VERDAD ES QUERER LA JUSTICIA. 

2.° El emblema del gran sello es un círculo de rosas 
al rededor del cual están, a igual distancia, una cabeza 
de hombre, otra de toro, la tercera de león i la cuarta 
de águila. Estos signos, que eran los atributos de la 
Esfinje, significan: la cabeza humana, la intelijencia, que, 
antes de entrar en la acción, debe estudiar el fin de sus 
aspiraciones, los medios de alcanzarlo i los obstáculos 
que ha de evitar o vencer: la cabeza de toro, que el 
hombre armado de la ciencia debe tener una voluntad 
infatigable i una paciencia a toda prueba para abrirse i 



491 

proseguir su camino con buen resultado: la cabeza de 
león, que no basta, para alcanzar el objeto señalado por 
la intelijencia, tener voluntad, sino que se necesita ade- 
mas el valor: i la cabeza de águila, que es necesaria la 
prudencia hasta el momento de obrar con la resolución 
que se lanza a las alturas. 

En la sesión del 23 de abril de 1873, la Academia 
quedó solemnemente instalada. Vamos a consignar aquí 
el discurso inaugural de la instalación, que se publicó 
el 4 de mayo por el Ferrocarril, cuyo editorial traía las 
siguientes benévolas palabras de introducción. 

«En estas horas de fastidio, en que el desden por 
las nobles cosas es de buen gusto i hasta de buen 
tono, consuela ver que aun hai espíritus que no se 
dejan envolver por la corriente i creen en el por- 
venir. 

«Tal es lo que nos anuncia la organización, bien po- 
dríamos decir, la improvisación de la Academia de Be- 
llas Letras. 

«Su idea visita la cabeza de uno de nuestros mas 
infatigables luchadores, el señor Lastarria, i en unos 
cuantos dias se convierte en un hecho. Su promotor bien 
podría decir: Llegué, vi, vencí. 

a I todo augura a la Academia larga vida i vida pro- 
vechosa: pues se propone dar impulso al movimiento 
intelijente del pais, procurando un hogar común a cuan- 
tos aun saben pensar i aun quieren trabajar por el arte 
i la ciencia, que son belleza, bien, luz, aliento para los 
corazones i alas para las almas. 

«Aguardamos que el puñado de los iniciadores no ha 
de sembrar en tierra ingrata. Principia a desarrollarse 
entre nosotros una tendencia mui marcada hacia los tra- 
bajos de la intelijencia, que se hará poderosa tan pronto 
como se sacuda del aislamiento i de la indiferencia que 



492 

hoi la combaten. La Academia, procurando un punto 
de reunión a los buenos espíritus, creará entre ellos la 
fuerza i la constancia en el propósito, que siempre trae 
la unidad en un mismo propósito. 

«¿Qué será la Academia? 

«Es lo que va a decirnos la majistral palabra de su 
presidente, ese ilustre veterano que, después de cua- 
renta años de estudio, de trabajo, de lucha, de glorio- 
sas derrotas, ele crueles dolores i de bien escasas vic- 
torias, conserva hoi todavía el ardor, el ímpetu, el 
entusiasmo, la esperanza de los mas jóvenes. Si las 
contrariedades lo han sacudido, lo han retemplado tam- 
bién i cree hoi en el porvenir como el primer dia en 
que entró a su servicio. Envidiable privilejio de las 
nobles almas! 

«Ahora, escuchemos al señor Lastarria.» 



DISCURSO DEL DIRECTOR DE LA ACADEMIA DE BELLAS 
LETRAS EN LA SESIÓN DEL 26 DE ABRIL DE 1873. 

Señores: Obra de pocos dias, i sin tropiezos, ha sido 
la organización de esta Academia, con cincuenta hom- 
bres de letras, entre los cuales figuran los mas distin- 
guidos del pais. 

Tomemos nota de un hecho semejante, que no deja 
de ser estraordinario, sobre todo si se advierte que he- 
mos venido aquí de distintos rumbos, olvidando las 
causas que nos mantenían dispersos, que nos empujaban 
lejos, mui lejos de la senda que, en mejores dias, había- 
mos abierto todos juntos. 

Hai sin duda, algún interés superior que vuelve a dar 
unidad a nuestras fuerzas, i que nos ofrece la seguridad 
de que la nueva empresa no se disolverá con la misma 



493 

facilidad con que se ha organizado. La vida en jeneral 
es tanto mas breve, cuanto mas precoz es su desarrollo; 
pero hai lianas, en nuestra América, que crecen en mo- 
mentos, i cuyos sarmientos sin embargo toman el vigor 
del árbol secular en que se enlazan, i viven con él una 
edad prodijiosa. 

Si nuestra empresa responde a una necesidad de 
nuestra sociedad, si el interés que tan fácilmente nos ha 
unido se nutre en el foco de nuestros grandes intereses 
sociales, no debemos dudar de que nuestra obra será 
duradera, ni de que ella será fecunda, si no nos falta 
la voluntad, i si, a tiempo oportuno, tenemos valor para 
resistir a las contrariedades de la fortuna. 

I que nuestra asociación tiene el propósito de satis- 
facer una necesidad social, es incuestionable. Demasiado 
bien lo prueba la circunstancia de haber aceptado todos 
nosotros, sin trepidación i con franqueza, la primera base 
de nuestra institución, que, al darle por objeto el cul- 
tivo del arte literario, adopta como regla ele composición 
i de crítica, en las obras científicas, su conformidad con 
los hechos demostrados de un modo positivo por la 
ciencia, i en las sociológicas i obras de bella literatura, 
srt- conformidad con las leyes del desarrollo de la natu- 
raleza humana, que son Libertad i Progreso. 

Al definir así el fin de nuestras aspiraciones, lo he- 
mos hecho porque todos sentimos, comprendemos i afir- 
mamos una gran verdad: la de que la literatura debe 
corresponder a la verdadera idea del progreso positivo 
de la humanidad. — I como la verdad tiene el poder de 
asociar a los hombres, por eso es que todos hemos venido 
presurosos, de los distintos círculos en que rotábamos, a 
agruparnos para servir a esa gran verdad, de la única 
manera que es posible servirla, adoptando un criterio 
que, a la vez que deja en todo su vigor la independen- 



494 

cía del espíritu, también lo clirije i le da la clave del 
estudio i de la investigación de los fenómenos del uni- 
verso físico i del universo moral. 

El estudio de las ciencias i de las letras en pueblos 
democráticos, como los americanos, no puede absoluta- 
mente tener otra base que la independencia del espíritu 
para investigar la verdad, independencia que constituye 
uno de los mas preciosos derechos del hombre, de esos 
derechos o libertades que forman la esencia i la subsis- 
tencia de la democracia, porque sin afirmarlos ni prac- 
ticarlos, ella no puede existir en ningún pueblo. 

¿Ni cómo podria tampoco la literatura corresponder 
a la verdadera idea del progreso positivo de la humani- 
dad, si el espíritu soportase alguna esclavitud, si estu- 
viese sometido a cualquier predominio estraño a su in- 
dependencia, a cualquier interés de bandería? En tal 
situación, las ciencias i las letras serian puras conven- 
ciones de acomodo, i la literatura que las representase 
seria una literatura estrecha, estéril, que no dejaria otro 
recurso que el de adoptar el colorido de convención, la 
verdad impuesta. Una literatura semejante, propia sola- 
mente para formar escritores sofistas i artistas de falso 
colorido, aparece algunas veces en la historia como sín- 
toma inequívoco de la decadencia social i política de los 
grandes imperios que han establecido, como base" de su 
poder, la unidad de la muerte. 

Ese ha sido en la historia el resultado necesario de 
las tentativas dirijidas a coartar la independencia del 
espíritu humano; i, por el contrario, donde quiera que 
el espíritu ha tenido libertad para estudiar la naturaleza, 
aceptando como verdadero solamente lo que es conforme 
a sus eternas leyes, allí han florecido las ciencias i las 
letras, i ha podido la literatura corresponder a la ver- 
dadera idea del progreso humano, como en la antigua 



495 

Grecia, como en la moderna Alemania, i sobre todo como 
en la Union Americana cuya literatura es ya en su in- 
fancia mas robusta, mas trascendental i mas conforme 
al progreso positivo que la de aquellos pueblos. 

Nosotros, los americanos de habla castellana, tam- 
bién podemos i debemos aspirar a una literatura seme- 
jante, i lo conseguiremos sin duda, si colocamos las 
ciencias i las letras en una esfera elevada, superior a la 
de los intereses momentáneos que nos dividen; i si las 
estudiamos solo en el interés de la verdad, de la verdad 
positiva en la naturaleza física, i de la verdad positiva 
en el orden humano, adoptando como criterio de la pri- 
mera la demostración evidente de los fenómenos, i como 
criterio de la segunda su conformidad con la libertad i 
con el desarrollo de las facultades del ser intelijente, 
que son las dos leyes primordiales de la naturaleza 
humana. 

Esa es la aspiración lejítima que nos sirve de vínculo, 
esa es la necesidad social que nos ha reunido, esa es la 
obra en que vamos a cooperar. 

Definido el fin de nuestras aspiraciones, los medios 
de servirlo se comprenden fácilmente: están reducidos 
al trabajo intelijente dirijido por el criterio positivo que 
hemos adoptado. Nosotros no alcanzaremos a realizar 
este fin, porque es demasiado grandioso para que él pueda 
ser la obra de una sola jeneracion; pero a lo menos de- 
jaremos trazada la tarea, si tenemos firmeza de volun- 
tad, valor i prudencia para hacerlo comprender i amar 
por los que nos sucedan en la empresa de sostener esta 
divisa, que es la de nuestra sociedad: — afirmar la 

VERDAD ES QUERER LA JUSTICIA. 

No en vano hemos rodeado este lema significativo de 
los símbolos con que la antigua teosofía de los Ejipcios 
representaba la intelijencia, la firmeza de voluntad, el 



496 

valor i la prudencia; pues tales son las fuerzas morales 
que hemos de poner en acción para servir el propósito 
de nuestra institución. 

Que la inteligencia comprenda la verdad, no basta para 
alcanzar a poseerla i para hacerla aceptar. Se necesita 
ademas una firme voluntad para buscarla i demostrarla, 
para amarla i hacerla amar, para inculcarla i difundirla, 
venciendo las opiniones erróneas solo por la razón, com- 
batiendo los intereses adversos, sin herirlos ni exasperar- 
los. Esta obra de tolerancia i de amor no se puede 
ejecutar sin valor i prudencia. Necesitamos principiar 
por vencer los estímulos de nuestro propio egoismo, por 
vencer el desaliento i las contrariedades que se hallan 
a cada paso en una tarea ajena de las inspiraciones de 
la ambición i de la codicia; pues solamente así nos será 
posible vencer los obstáculos estraños que hallaremos en 
nuestro camino, i aprovechar con prudencia las oportuni- 
dades propicias para afirmar la verdad. 

Por fortuna, en la edad presente, no son insuperables 
esos obstáculos, a lo menos en el orden moral; porque 
la época es de discusión, de aspiración constante a la 
justicia, i el error i la mentira apenas si tienen una 
sombra de la fuerza brutal que en tiempos antiguos 
sostenia en sus manos el cetro del poder absoluto. 
Quizá i sin quizá, el único obstáculo grave que esterili- 
zará nuestras tareas será material, el de la falta de re- 
cursos para difundir el resultado de nuestros estudios 
por el órgano de la prensa i por medio de lecturas i 
de lecciones públicas. 

Estos medios de difundir la verdad necesitan de algo 
que los hombres de letras jeneraluiente no poseen, i que 
los príncipes de la fortuna solo podrian proporcionar, 
si comprendieran que cuando no va paralelo el desa- 
rrollo material con el intelectual, el progreso claudica, 



497 

la sociedad pierde en su marcha el equilibrio que asegura 
su porvenir. 

El dia en que podamos fomentar el estudio por medio 
de lecturas i de lecciones públicas, será efectiva la coope- 
ración que la Academia puede prestar a la instrucción 
popular; i el fruto de nuestras tareas, que de otra ma- 
nera no saldria del recinto privado de nuestro humilde 
hogar, pasará a ser del dominio de todos, estimulará la 
intelijencia de la juventud, i le ofrecerá un nuevo hori- 
zonte. Entonces principiaríamos nosotros a tener la satis- 
facción de ver cumplido nuestro propósito. 

Allá iremos, si tenemos constante voluntad, valor i 
prudencia , para abnegarnos, como debe abnegarse todo 
hombre que cultiva las ciencias de la naturaleza o las 
ciencias sociales solo por el interés de la verdad. ¡ Que 
ella triunfe! Que la sociedad se la asimile, con esa pro- 
dijiosa facilidad con que hoi se asimila todas las ver- 
dades nuevas, aun olvidando, i muchas veces sin cono- 
cer, el nombre del primero que las revela. Ese será 
nuestro triunfo, aunque nuestro nombre quede en la 
penumbra. No por eso irradiará menos la nueva luz 
que surje. 

Mas nuestra labor no debe limitarse al estrecho ho- 
rizonte que nos forman los empinados Andes. No por- 
que la naturaleza nos haya encerrado i aislado en los 
hondos senos de estas montañas, elejamos de ser solida- 
rios en la causa de la civilización democrática de nues- 
tro gran continente. Tenemos el deber de unirnos a 
los que, como nosotros, sirven en las demás secciones 
americanas al grogreso moral, a la rejeneracion social, a 
la realización de la síntesis democrática, por medio del 
desarrollo intelectual, que es el primer ájente del pro- 
greso, porque es su fuerza motriz i directiva. 

Los esfuerzos de todos los americanos en este sen- 

Lastarkia , Recuerdos. 35 



498 

tido tienen que ser paralelos i unitarios, porque el fin 
social es uno mismo para todos. Estos pueblos, nacidos 
de una revolución común, pueden tener cada uno su 
autonomía especial; pero no tendrán jamas sino una sola 
literatura, i los progresos científicos i literarios de cada 
uno serán los progresos de todos. ¿Cómo podria haber 
una literatura chilena distinta de la mejicana, o una lite- 
ratura peruana diferente de la arjentina, si en todos estos 
pueblos la literatura tiene que corresponder a la verda- 
dera idea de un solo progreso positivo, común para to- 
dos ellos, servido con un mismo fin, con un mismo cri- 
terio, con una misma lengua, con iguales medios i con 
idénticas aspiraciones ? 

Entonces, nuestro primer afán ha de ser el de poner- 
nos en contacto con nuestros hermanos de labor, cono- 
cerlos i darnos a conocer de ellos, estudiar sus obras, 
juzgarlas con nuestro criterio, para asimilarnos las que 
sean conformes, para estrecharnos e intimarnos en nues- 
tro propósito de buscar la verdad positiva solo en las 
leyes de la naturaleza, porque solo en ellas encontrare- 
mos la realización de nuestra síntesis común — la demo- 
cracia americana. 

Ya lo veis: nuestra tarea es vasta. Talvez será ruda. 
Quizá no alcanzaremos en nuestra vida ninguno de sus 
grandes resultados. ¿Pero, cuándo no ha sido lento i 
trabajoso el progreso moral, i sin embargo, cuándo han 
dejado de cumplir el deber de servirlo los hombres que, 
como vosotros, llevan en su espíritu el estro de la ver- 
dad, de su enseñanza i propagación ? 

Cumpliremos nuestro deber. Al menos yo pagaré 
con mi constancia en el trabajo la deuda de gratitud 
que me habéis impuesto, al darme vuestros votos para 
la dirección de nuestras labores. Tengo fé en el pro- 
greso moral, i sé por esperiencia que él siempre apro- 



499 

vecha de los esfuerzos independientes i desinteresados 
de los hombres de letras, por mas que éstos, a las veces, 
corran la mala fortuna de perder el favor de las poten- 
cias sociales que resisten a la verdad.» 

IV. 

No debemos pasar en silencio que este discurso 
arrancó a uno de nuestros amigos un suspiro de desa- 
liento, o mejor dicho, una amonestación amistosa, que 
si bien no fué parte a detenernos en nuestra empresa, 
es sin duda digna de recuerdo, porque partia de un es- 
critor eminente. Blanco Cuartin nos dirijió por el Mercurio 
de Valparaíso una carta como para disuadirnos, supo- 
niendo que andábamos en busca de gloria literaria i que 
trabajábamos por devolver al talento el trono que le 
han arrebatado la codicia i la sensualidad. A su juicio 
tal pretensión acusaba o ignorancia de lo que es el 
mundo ahora, o excesiva confianza en las fuerzas del 
corazón i de la intelijencia; i no creyendo él en tales 
ilusiones, nos declaraba su desconfianza en el porvenir 
de las letras chilenas. 

Estos Recuerdos protestan contra tal suposición, L i 
muestran claramente que los que en Chile han trabajado 
por afirmar en la independencia del espíritu i en la ver- 
dad el estudio de las ciencias i el cultivo de las letras, 
no lo han hecho por buscar gloria, sino porque han te- 
nido fé en que este es el medio mas eficaz de rejenerar 
las ideas, para correjir nuestra civilización, i de llegar a 
tener una literatura independiente, como la que ya po- 
seíamos a la sazón en que uno de sus propios campeo- 
nes negaba su existencia i dudaba de su porvenir. Sa- 
bíamos desde temprano que la popularidad no se halla 
cuando se busca, i que la gloria literaria no puede existir 

32* 



500 

en pueblos atrasados, a no ser que se haga como Lope 
de Vega que diciendo que encerraba los preceptos con 
seis llaves i desterraba a Terencio i a Plauto, esclama: 

«I escribo por el arte que inventaron 
«Los que el vulgar aplauso merecieron; 
«El vulgo, es necio, i, pues lo paga, es justo 
«Hablarle en necio para darle gusto.» 

Este arte puede usarse i se usa con provecho todavía, 
pero no es fácil conservar la gloria que él produce; ni 
la gloria acompaña en vida a los que en vez de halagar 
combaten los errores i las preocupaciones de su tiempo, 
pues los escritores que tienen el sino de vivir cincuenta, 
ciento o mas años adelantados a sus contemporáneos, i 
que pretenden anticipar i afianzar el porvenir, solo al- 
canzan aislamiento i probreza. La gloria literaria tiene 
luces i sombras, i si es un medio de conquistar riqueza 
en pueblos donde hai gusto literario, suele también 
ecliparse i desvanecerse cuando se lia conquistado so- 
lamente por servir a tradiciones que se van, o a ilusio- 
nes i pasiones que pasan, o a errores i sistemas que se 
disipan a la luz de la verdad. 

Nuestro amigo olvidaba todo eso, al razonar con el 
donaire i brillo que acostumbra sobre la gloria de las 
letras, i sobre todo olvidaba que su carta iba a ser leida 
por una juventud ávida de luz i no de glorias ni rique- 
zas, i la cual en esos mismos momentos creaba una 
nueva Revista literaria i científica — Sud América , en 
cuyo primer número se leían estas frases — «Hace apenas 
algunos años que la palabra ciencia llegaba a nuestras 
playas, i hoi dia el que no tiene un barniz siquiera de 
ella, no se atreve a confesarlo.» — «La jeneracion pre- 
sente se levanta i crece en esa atmósfera.» — «Luchas, 



501 

i luchas difíciles le quedan que emprender. Los eternos 
enemigos del progreso, la ignorancia i las preocupacio- 
nes no le cederán fácilmente el campo.» — «Es necesario 
que se revista del entusiasmo i valentía que son indis- 
pensables al combatiente. » 

Así la voz de desaliento del distinguido escritor, nues- 
tro amigo, tenia ecos de entusiasmo i de valor. Pero 
leamos de una vez aquella notable carta. Hela aquí: 

SEÑOR DON JOSÉ VICTORINO LASTARRIA. 

Maestro i amigo : He leido i releido el bonito discurso 
pronunciado por usted en la instalación de la Academia 
de Bellas Letras, i le aseguro que mi admiración ha 
crecido de punto al verle, a pesar de sus desengaños, 
tan entusiasta todavía por el porvenir de nuestra literatura. 

Creer en la gloria literaria en estos tiempos de brutal 
mercantilismo; aspirar a ceñirse la frente con la inmar- 
cesible corona que la antigua Grecia discernia a los hijos 
de Apolo; trabajar por devolver al jenio i al talento el 
trono que le han arrebatado en todas partes la codicia 
del oro i la inestinguible sed de goces sensuales, son, a 
mi juicio, aspiración, creencia i tarea que, si bien refle- 
jan pureza i elevación de espíritu, demuestran mui claro, 
o ignorancia de lo que es el mundo en el año de gracia 
que alcanzamos, o excesiva confianza en las fuerzas del 
corazón i de la intelijencia. 

Dilatemos la vista por el horizonte. ¿Qué papel de- 
sempeñan hoi los sabios i los literatos en esa Francia 
que presume todavía de guardar en sus manos ensan- 
grentadas el cetro de la ciencia i del arte? Mirad un 
poco atrás. Lamartine, aquel divino Lamartine, como 
se le llamaba, se arrastra humilde pidiendo una limosna 
en cambio de sus obras, es decir, en trueque de las 



502 

graneles ideas, de los grandes sentimientos que sacudie- 
ron a la humanidad para hacerla entrar en los senderos 
de lo bello i recorrer con la luz en la frente i la esperanza 
en el corazón todas las vastas esferas de la libertad i 
del progreso. 

Mendigo como Homero, va de puerta en puerta can- 
tando las glorias de la patria, i la patria personificada 
en el César, mas bien por cansancio que por lástima, 
corresponde a sus lamentos con una pensión que habría 
talvez contentado a un cortesano, pero que no podia 
menos de escarnecer al filósofo i al poeta. I adviértase 
que la mendiguez del autor de Graziella i de Jocellin 
era la mendiguez venerable de las musas, el infortunio 
sagrado de la filosofía. Pero ¿qué importaba todo esto, 
cuando Francia no tenia oro sino para sustentar a sus 
víboras, para dorar las pesadas cadenas de su servidum- 
bre? Victor Hugo, mas feliz que su desdichado colega, 
no se abate; arrostra las iras del poder, se burla de su 
pobreza, i después de haber maldecido del déspota, de 
haberle marcado para siempre con el estigma de la his- 
toria, emprende el vuelo como íujitiva golondrina i va 
al fin a formar su nido en las heladas riberas de Jersey. 
¿Qué va a hacer allí? 

¿A modular cantos como Ovidio para escitar la com- 
pasión de Augusto? No, el alma de Víctor Hugo no 
puede exhalar quejas; está templada como esas cimitarras 
de Damasco, i es preciso que taje, que hienda a sus 
adversarios. Escribe los Castigos, el Hombre que rie, etc., 
pero no escribe como escribia para instruir i encantar: 
escribe para maldecir, para infamar, i burlándose con el 
mismo desenfado de las formas convencionales como de 
las reglas eternas de lo justo, concluye por arrancar 
furioso de sus sienes la corona de poeta, i desnudando 



503 

sus membrudos brazos, por ofrecerse como el primer 
hoxista de la palabra i de la pluma. 

¿Qué dicen entre tanto las academias, los jimnasios, 
los liceos, al ver a su ídolo convertido en un pujilista 
que nada respeta? Se cubren de ceniza la cabeza, rasgan 
sus vestiduras, lamentan siquiera la mísera trasformacion 
operada en aquel jigante? Nada de eso: olvidan, i allá 
si algún grito solemne los vuelve al recuerdo, se con- 
tentan con decir con beatífica hipocresía: — «Pobre Víc- 
tor Hugo! ha concluido por donde debiera haber co- 
menzado.» 

Si de la poesía pasamos a la historia, lo primero que 
se ocurre es preguntar por Guizot. I bien! ¿en dónde 
ha estado, en dónde está ese célebre historiador? Después 
de su vuelta de Inglaterra no ha salido nunca de Paris. 
¿Por qué entonces hasta ahora que acaba de publicar un 
nuevo libro, nadie le nombraba? ¿Sus libros ya no se 
estudian, la civilización de Europa ya para nada le nece- 
sita? 

De Thiers, que con Bismark son las mas espectables 
figuras de Europa, nadie tampoco se acordarla si no 
desempeñase el papel con que la casualidad le ha favo- 
recido. Sin embargo, ese ilustre anciano, olvidado hasta 
setiembre de 1870, habia escrito libros admirables, obras 
que hubieran formado la eterna gloria de un pensador 
del siglo XVII. Pero ¿para qué recalcar mas sobre esto, 
cuando de Villemain, Sainte - Beuve , Droz, Sismondi, 
Thierry, Philaréte Chasles, Musset, Montalembert , etc., 
etc., nadie hace memoria en ese Paris que fué el centro 
ruidoso de su fama? 

Ahora, si de las letras francesas pasamos a las espa- 
ñolas, el desencanto es todavía mas cruel. Sin Ilivade- 
neira, España no sabría ni el nombre de los literatos que 
ha producido en el apellidado siglo de oro. I luego, qué 



504 

suerte la de los pocos que todavía allí cultivan las letras! 
Severo Catalina pide un empleo que desdeñaría un oficial 
de pluma en Chile, i el ministro González Bravo se lo 
niega, como negó Berganza no há muchos años a un 
joven literato una colocación mezquina en la tesorería 
de Santiago. El viejo Frai Jerundio ha vivido i vive de 
sus rentas, es decir, de sus reales de vellón, i no por eso 
ninguno de los ministros de Isabel, que se decían enfáti- 
camente Mecenas, ni los de Serrano, que era todo un 
hombre de corazón, se dignaron jamas premiarle con 
ningún puesto honroso. Es preciso hacer una repasada, 
como la que he verificado yo con los diccionarios biográ- 
ficos a la vista, para convencerse de lo que es la España 
literaria, i aun así, cuan distantes no estaremos todavía 
de la verdad. Con decir que Castelar, que es una de las 
primeras reputaciones europeas, no puede abandonar, a 
pesar de sus complicadas tareas, los cortos sueldos que 
goza como corresponsal de los grandes diarios de Amé- 
rica, está todo dicho. Pensando en esto, uno no estraña 
que Cervantes, olvidándose de la altiva dignidad del 
héroe de su novela, lisonjease como pordiosero al duque 
de Béjar i al conde de Lemos, por asegurarse la escasa 
limosna con que apenas se alimentaba. 

Fuera de Quevedo, comensal asiduo de príncipes i 
grandes, ¿cuál de esos que figuraron en ese siglo de oro 
no fué mirado como vil escoria? Ah! es preciso separar 
la vista de esa época para no avergonzarse del destino 
de los hombres de letras. Los poetas tomaban su lira i 
cantaban, pero en lo mejor de sus cadencias, a Dios a 
la naturaleza, a la inmortalidad; soltábanla para empuñar 
el rabel i fatigar los oidos de sus protectores con las 
mas empalagosas alabanzas. 

Volviendo a nuestro hogar después de tan larga cami- 
nata, ¿no cree usted, señor don Victorino, que estamos 



505 

todavía mui lejos de los dias en que las letras america- 
nas puedan formar literatura propia, literatura que enal- 
tezca no solo al país cuya representación asume, sino a 
los que se contraigan a su cultivo? 

Comprendo mui bien que naciones como las de este 
continente, i especialmente Chile, puedan tener a la larga 
infinidad de literatos, sabios i artistas de nota; mas lo 
que no comprendo es cómo el arte, la ciencia i las letras, 
siguiendo el rumbo en que estamos metidos, podrán obte- 
ner el triunfo sobre los mil enemigos que las persiguen. 
El primero es la pereza, ese apocamiento que demos- 
tramos para todo trabajo moral i que solo rompemos 
de cuando en cuando para medio reconciliarnos con el 
orgullo. El segundo es la falta de estímulo en la opinión, 
que juzga perdidos todos los momentos que no se dedi- 
quen a ganar dinero, i apellida calaveras por no decir 
vagabundos peligrosos, a los que tienen el coraje de pre- 
ferir el estudio al lucro, las tranquilas satisfacciones del 
espíritu a los golpes estruendosos del cuerpo. El tercero 
es el carácter de nuestras instituciones, las que por demo- 
cráticas que lleguen a ser, siempre serán suficientemente 
restrictivas para no prestarse de buen grado al examen 
severo de la filosofía. Las letras no viven sino bajo el 
hálito benigno de la tolerancia, no se desarrollan sino 
al calor amoroso del entusiasmo, i aun para eso se nece- 
sita que los gobiernos, poniéndose a la cabeza como sus 
patronos, sepan premiar a sus sacerdotes llamándolos 
al ejercicio de las grandes funciones que parecen ser 
del resorte de los que viven entregados al estudio del 
hombre i de la naturaleza. 

Largo seria el afán si pretendiese seguir disertando 
sobre este tema que está en la conciencia de todo el 
mundo, i mas largo aun si penetrando en las profundi- 
dades del estado social fuese a señalar una por una las 



506 

causas que impiden el desarrollo unísono de las labores 
de la intelijencia. Para formar literatura es indispensable 
que la sociedad sea representada en todos sus intereses 
i que el pincel que dibuja los paisajes del suelo, como 
Ta pluma que da voz a sus sentimientos, propósitos i 
tendencias, encuentren campo, materia, luz, aire con que 
dar cima a sus múltiples esfuerzos. Ni aun la literatura 
artificial, es decir, aquella que vive copiando las espan- 
siones de la vida estraña, como nos sucede en este ins- 
tante, podrá formar un conjunto simétrico en el que 
puedan estudiarse las necesidades morales i físicas del 
pueblo mientras que éste no se amolde en un todo a la 
pauta que nos sirve de mira. Permítame Ucl. un ejemplo. 
¿Qué es la poesía entre nosotros? ¿Es por ventura la 
reverberación de nuestros sentimientos nacionales? ¿Es 
ella el conjunto de notas cadenciosas cuya armonía está 
nada mas que en nuestro espíritu? ¿Es ella el lenguaje 
veraz de nuestras pasiones caldeadas por los rayos abra- 
sadores del sol que derrite las nieves, tuesta las rubias 
espigas i hace madurar antes de tiempo las perfumadas 
uvas de nuestros viñedos? Nadie lo diria porque nues- 
tros versos no son mas que copias debilitadas de los 
versos españoles. Ha i en muchos de ellos, gracia, gala- 
nura, estro, pero rara vez arranque alguno que denote 
orijinalidad, que haga decir al catador de poesía (dispén- 
seme Ud. el símil): ahí está Chile con sus bellísimas 
mujeres, con su cielo azul, con sus arreboles, sus florestas, 
sus rios, sus montañas a nada parecidos. Amamos a la 
española; aborrecemos, esperamos, nos condolemos como 
aborrecen, esperan i se conduelen los españoles; solo 
nuestra rima es orijinal i es orijinal, porque empleamos 
palabras que nadie emplea, jiros de frase que no reco- 
nocen gramática. 

Vamos a la historia: ¿quiénes son los que la cultivan? 



507 

Fuera de Benjamín Vicuña Mackenna, Barros Arana 
i Amunátegui, que son con mas propiedad cronistas, 
nadie que sepamos ha merecido desde la independencia 
hasta aquí el nombre de historiador. Recuerdo que le- 
yendo por la primera vez la «Historia del medio siglo» 
repetí dolorido: — «Después de todo, Lastarria es el 
único en Chile que aprecia los hechos históricos con 
elevación filosófica, de manera que su relación no sirva 
solo para saciar la curiosidad sino para recojer moralidad 
i enseñanza.» 

Hé ahí, pues, señor don Victorino, los motivos que 
tengo para desconfiar del porvenir de las letras chilenas, 
motivos que Ud. no dejará de reconocer como poderosos 
a pesar de los servicios que durante treinta i tres años 
les ha prestado sin clescano i los que todavía, por lo que 
parece, está Ud. destinado a prestarles. 

Sin embargo ¿cómo no esperar algo de una empresa 
que tiene a usted a su frente i que cuenta ya con cin- 
cuenta entusiastas cooperadores? Ahora que la gran 
cuestión de libertad de enseñanza ha comenzado a ser 
comprendida, si la Academia de Bellas Letras quisiese 
completar la derrota del estado docente i abrir la senda 
a la libertad de profesiones, que es su consecuencia ló- 
jica, sus trabajos no solo serian estimados bajo el punto 
de vista especulativo, mas también honrados i bendeci- 
dos en el terreno de la práctica. 

Sobre todo, si la Academia de Bellas Letras se ro- 
bustece sin mas apoyo que el del público, será un plan- 
tel modelo de universidades libres, las que, una vez 
aclimatadas, harán innecesaria la universidad oficial, que 
tanto dinero ha consumido i para no producir el menor 
beneficio a nadie. 

No concluiré esta carta sin espresarle el deseo de que 
se bello i útil establecimiento de que es usted dignísimo 



508 

director, logre cimentarse sólidamente atrayendo a su 
seno todas las inteligencias i a su favor los dones gene- 
rosos de la fortuna. Por fin, mi deseo es, como decia 
Voltaire, que esa academia, andando el tiempo, sea con 
relación a la universidad oficial lo que es la edad ma- 
dura a la infancia, lo que el arte de hablar bien a la 
gramática, lo que refinamiento de la cultura a las pri- 
meras nociones de urbanidad. 

Maestro i amigo querido, salud! siempre salud! La 
vida de usted no debería apagarse nunca, porque a ella 
están vinculados muchos recuerdos, muchos intereses, 
muchas esperanzas. 

Quiera pues Dios dilatarla por el mayor tiempo po- 
sible, para que pueda usted gozarse en la obra de la 
libertad, por la que tanto ha trabajado i sufrido. Los 
buenos artífices son escasos, el material magnífico, con 
todo, ella se concluirá. Cómo quisiera yo alcanzar a 
verla ! No soi viejo de edad, pero sí mui viejo de males 
i de penas; por lo mismo es natural que no sea de los 
que se sienten al banquete. ¿Creerá usted que me aflijo 
al decirlo? . . . Apréteme calorosamente la mano i espe- 
raré ! — Manuel Blanco Cuartin. 



Sin embargo la Academia de Bellas Letras fué desde 
entonces un centro de actividad literaria, i continúa 
afortunadamente siéndolo, a pesar de los inconvenientes 
i desencantos que tienen su causa en la situación que 
describe la carta que hemos trascrito. No es tiempo 
aun de hacer su historia, i, para terminar con los datos 
que hemos acumulado en estos Recuerdos, a fin de que 
sirvan a la que se haga mas tarde de nuestra literatura, 



509 

agregaremos como documentos las memorias anuales 

que dan cuenta de los trabajos de aquella sociedad, i 

los informes sobre los certámenes literarios que ha 
celebrado. 



SESIÓN SOLEMNE DEL PRIMER ANIVERSARIO DE LA 

ACADEMIA DE BELLAS LETRAS, CELEBRADA 

EL 12 DE ABRIL DE 1874. 

MEMORIA DEL DIRECTOR. 

Señores : 

Hemos hecho una prueba que es consoladora i esti- 
mulante: — la Academia de Bellas Letras tiene un año 
de vida activa i fecunda, que le asegura un estenso 
porvenir. 

Un movimiento estraño se operaba a principios de 
1873, inclinando la atención de todos hacia la instruc- 
ción pública. Se la creia en peligro de ser dominada 
por intereses i aun por caprichos políticos, los cuales 
tendían a empeorar la situación, convirtiendo en desas- 
trosa esclavitud la dependencia legal en que hoi vive. 

Mas, ese movimiento no conducía a solución alguna, 
no porque los padres de familia carezcan entre nosotros 
de la capacidad de organizar una instrucción pública 
que pudiera vivir ajena a las visicitudes políticas, aun 
cuando no fuera independiente de la dirección legal, 
sino, por falta de desprendimiento i de hábitos de liber- 
tad individual, i, mas que eso, por la arraigada costum- 
bre de abandonar a los poderes dominantes la dirección 
de la actividad social aun en aquellos negocios que, por 
su naturaleza solo pueden ser rejidos por esta actividad. 



510 

Entonces unos cuantos hombres de buena voluntad 
nos preguntamos, si no seria posible organizar siquiera 
un centro modesto en que las ciencias i las letras pudie- 
ran hallar la independencia que, en las altas rejiones de 
la inteligencia garantiza el libre desarrollo de sus prin- 
cipios i doctrinas, i las pone a cubierto de los intereses 
de secta i de las veleidades políticas. Un gran número 
de hombres de letras vino al instante a probar que ello 
era posible, con su adhesión voluntaria i desinteresada 
a las bases de esta nueva institución. 

Después de los primeros arreglos orgánicos, la Aca- 
demia quedó constituida con mas de 50 miembros. Una 
buena parte de estos le ha consagrado constantes i fe- 
cundos esfuerzos, en tanto que los demás se han limitado 
a prestarle su apoyo i su adhesión, mientras les sea 
posible dedicarle el fruto de su intelijencia. 

No fué éste el único resultado de la fundación. Al 
rededor de aquel primer centro de actividad intelectual, 
no tardó en agruparse una numerosa i brillante juven- 
tud, anhelosa también de prestar su ayuda al cultivo 
libre de la ciencia. En el dia pasa de 200 el número 
de esos jóvenes estudiosos que se han inscrito como visi- 
tadores en los rejistros de la Academia. 

I, como para mostrar que este saludable movimiento 
no era indiferente a la clase activa del país, don Fede- 
rico Várela, patriota intelijente i laborioso, que ha li- 
gado su nombre a una de las industrias que ha contri- 
buido mas al desarrollo de la riqueza pública, ofrendó 
a la Academia una suma de dinero capaz de facilitar su 
organización. Este acto benéfico, hasta ahora singular i 
estraordinario entre los favorecidos de la fortuna, pre- 
senta un ejemplo práctico de lo que podría hacer la 
clase activa i acaudalada en ausilio de los hombres estu- 
diosos, quienes, de ordinario, no pueden contribuir al 



511 

progreso jéneral sino con sus esfuerzos intelectuales. — 
Entre estos últimos, no pasaremos en silencio el nombre 
del señor Alamos González, también una escepcion, quien 
se suscribió con mil pesos en favor de la Academia. 

Una de las primeras atenciones de la Academia fué 
la de organizar un plan de lecciones públicas, a fin de 
contribuir por su parte al desarrollo de la instrucción i 
difusión de los conocimientos; pero, la falta de recursos 
i de buenos elementos ha sido hasta hoi un obstáculo a 
la realización de este pensamiento, bien que vamos a 
ponerlo por obra desde luego, esperando, con la cons- 
tancia, vencer las dificultades. — Entre tanto, el intere- 
sante estreno que se ha hecho sobre la manera de con- 
tribuir por medio de conferencias a la educación científica 
del bello sexo, estreno que ha dado tema a varias me- 
morias de gran mérito, no solo ha contribuido a ilustrar 
esta cuestión, sino que ha puesto en claro las bases que 
se deben adoptar para aquellas conferencias. 

Hasta cierto punto aquel debate, como las varias i 
distintas discusiones a que han dado lugar los temas 
sociolójicos de las lecturas hechas, han suplido en el 
seno de la Academia la falta de lecciones i conferencias, 
pues no es dudable el provecho que aquellas discusiones 
han producido estimulando la atención e ilustrando cues- 
tiones de verdadero interés social. 

La Academia, sobre todo, puede congratularse de 
haber estimulado el cultivo de las letras, aun cuando 
todavía no haya podido emplear el eficaz resorte de las 
conferencias i lecciones públicas, pues, sus sesiones aun 
privadas, han reunido siempre un número de concurren- 
tes, que, en término medio, ha sido de 70. I no sola- 
mente le han presentado sus trabajos los jóvenes estu- 
diosos, sino, lo que es digno de notarse, también se ha 
honrado con los de dos señoras, cuyas obras le han 



512 

arrancado sinceros aplausos, doña Rosario Orrego de 
Uribe, i doña Lucrecia Undurraga de Somarriva. 

Ademas, la Academia ha tomado algunas otras medi- 
das con el fin de estimular los trabajos literarios, entre 
las cuales hai dos que merecen especial atención: la que 
tiene por objeto publicar en honor del ilustre Bello un 
libro que sea el fruto de la cooperación de los académi- 
cos i visitadores; i la que establece un certamen anual 
entre los que deseen cultivar la composición dramática. 
Esta última ha producido un resultado espléndido, pues 
se han presentado al primer concurso catorce piezas entre 
dramas i comedias, en prosa i en verso. El examen de 
éstas se encargó a un jurado compuesto de los señores 
Barros Arana, Amunátegui i Rodríguez Velasco, quienes 
presentan su informe por separado, adjudicando el pre- 
mio de trescientos pesos, por mayoría de votos, a la 
comedia en verso titulada Quien mucho abarca, poco 
aprieta del señor Rafael Jo ver. El otro voto fué en fa- 
vor del drama en prosa titulado La mujer hombre del 
señor Román Vial. 

El número de lecturas hechas en el seno de la Aca- 
demia durante este primer año de su fundación, as- 
ciende a 76, de ellas 50 por los académicos i 17 por 
los visitadores. 

De los académicos el señor Matta don M. A. ha 
hecho 7 lecturas, el señor Letelier 6, el señor Barros 
Arana 5, los señores Hostos, Amunátegui, Barros Grez, 
Lavin Matta, G. Matta, i el director, 4, cada uno; 2 
cada cual de los señores Orrego Luco, Moreno, Rodrí- 
guez Velasco, Murillo, Cood, Gallo P. L., i Lastarria D., 
i una cada uno de los señores Arteaga Alemparte D., 
Valderrama, Martinez, González, Estrada, Velasco, Asta- 
Buruaga, Chacón i Santa Cruz. 

Los señores visitadores que han hecho lecturas son: 



513 

Santa Maria F. , Zegarra. i Larrain Zañartu J. J. , dos 
cada una, i una los señores Dávila Larrain B., Martí- 
nez F. . Torres Arce V. Ferran, Zubiria, Murillo Ru- 
perto, i Lemoine, debiendo agregarse dos lecturas de 
la señora Orrego de Uribe, ahora miembro de la Aca- 
demia, una remitida por la señora Undurraga de Soma- 
rriva. i una serie que está comunicándonos desde Eu- 
ropa el señor don José Antonio Lavable, distinguido 
literato peruano. 




MANUEL ANTONIO 5IATTA. 



Todos estos trabajos pueden clasificarse por sus asun- 
tos en el orden siguiente: — sobre jeolojía, uno, botá- 
nica, uno. fisiolojía i medicina, cinco, filosofía, cuatro, 
política especulativa i práctica, diez, economía política, 
uno. historia i crítica histórica, diez, biografía, cuatro, 
crítica literaria i bibliografía, doce, filosofía, tres, educa- 
ción, cinco, poesia i bella literatura, veinte. 

Tal es el fruto del serio empeño que la Academia 

Lastaep.ia. Recuerdos. qq 



514 

ha puesto en llenar dignamente sus funciones. Este- solo 
bastaria a autorizar el propósito que ha tenido al po- 
nerse en comunicación con los literatos mas distinguidos 
de América, i aun con los europeos, que de alguna ma- 
nera están interesados en nuestro progreso literario, si 
ademas no bastara para abonar este propósito el deseo 
de dar unidad a los esfuerzos de todos los escritos ameri- 
canos, a fin de que el cultivo de las ciencias i de las 
letras en el Nuevo Mundo se funde en su única base 
natural, — la independencia del espíritu. 

Afortunadamente, las primeras notabilidades literarias 
de nuestro continente i los escritores europeos interesa- 
dos en nuestro progreso han correspondido a aquel pro- 
pósito con muestras de sincero entusiasmo ; de modo que 
la Academia no cuenta hoi menos de 35 académicos 
correspondientes en los Estados de la América del Sud 
i en Francia. 

Mas, al notar este honroso progreso, tenemos que 
lamentar la pérdida de los ilustres escritores que habían 
aceptado aquel titulo, prestándonos un apoyo, que se- 
guramente no habría quedado reducido al de sus nom- 
bres, si hubieran tenido tiempo de manifestarnos su 
simpatía: hablo del historiador i naturalista don Claudio 
Gay, que tantas pruebas dio de su adhesión a Chile, i 
del literato peruano don José Simeón Tejeda, quien, 
como presidente del Club literario de Lima, habia aplau- 
dido los fines de nuestra institución. 

Por otra parte, si prestamos atención a la naturaleza 
de los trabajos de la Academia, según su clasificación, 
se advierte, que, si bien excede el número de las obras 
sociolójicas sobre el de las científicas, las primeras tie- 
nen una tendencia claramente positiva, que revela un 
progreso. Las obras políticas son todas estudios especia- 
les sobre algún asunto práctico: las de historia han sido 



515 

en jeneral, investigaciones críticas dirijidas al descubri- 
miento de la verdad, i no simples crónicas, que des- 
figuran siempre la historia, como dice Mommsen, por- 
que, adhiriéndose solo a la forma de los hechos, dejan 
sus causas en la sombra; las de crítica literaria han 
cumplido con el plan adoptado de dar a conocer el mo- 
vimiento literario americano; i las de bella literatura 
han sido en su mayor parte traducciones o imitacciones 
de los grandes maestros, en tanto que las orijinales que 
se han presentado, anuncian una marcada tendencia a 
apartarse de la escentricidad que caracteriza a las dos 
escuelas dominantes en Europa, la una que busca lo 
bello en lo nuevo, aunque sea estravagante, i la otra que 
tratando de buscarlo en lo bueno, predica una moral tan 
anti-social como la de la primera; pues ambas solo ven 
al hombre, olvidando a la sociedad, i le desfiguran, o por 
la locura de las pasiones, o por las puerilidades de una 
sensibilidad enfermiza, inmolando la intelijencia en aras 
de un ideal visionario. 

A escritores de este j enero se aplica sin apelación, 
aquel fallo tan tremendo como justiciero que dice: «el 
escritor que hoi dia se inspira en las tradiciones, tan 
solo porque le han sido impuestas por el pasado, no es 
escritor ele este siglo: el que cree en las ilusiones me- 
tafísicas i en las abstracciones no acrisoladas por la ob- 
servación positiva, no es escritor de este siglo: el que 
dada i destruye dominado por el escepticismo, sin bus- 
car la verdad, sin acercarse a la naturaleza, no es escri- 
tor de este siglo.» 

En realidad, cuando se hace la historia, sometiéndola 
de nuevo al crisol de la crítica positiva, para dar unidad 
a sus períodos i estudiar las leyes del desarrollo humano ; 
cuando por medio del mismo método se estudia la natu- 
raleza física, para conocer sus leyes i dar un valor po- 



516 

sitivo a las ciencias naturales; cuando la filosofía aban- 
dona las especulaciones individuales i el criterio del 
sentido íntimo, para establecer como científico única- 
mente lo que es verdadero a los ojos de un método 
rigorosamente objetivo; no es racional que la bella lite- 
ratura insista aun en buscar sus encantos en las ilusiones 
estravagantes o falsas de la subjetividad individual, que 
pretende hacer al hombre a su imájen i considerarlo 
fuera de las leyes que determinan sus relaciones i su 
porvenir social. 

No hai temor de que la Academia se aparte en lo 
sucesivo de esta senda de la verdad positiva, si sus pri- 
meros ensayos han correspondido tan fielmente a la 
primera base de su institution. Lo que nos importa es 
no confundir jamas esta base con el criterio que respec- 
tivamente han adoptado las demás escuelas filosóficas que 
en nuestra época se creen también positivistas, porque 
han abandonado el criterio del sentido íntimo, con el 
cual la filosofía subjetiva o metafísica se creia autorizada 
para establecer como ciencia sus arbitrarias afirmaciones, 
invocando unas veces la conciencia individual, otras la 
observación esperimental subjetiva. 

Todas esas escuelas carecen de un verdadero criterio 
positivo para juzgar i calificar los hechos i las doctrinas 
de las ciencias sociales, i por éso contribuyen a mantener 
la anarquía intelectual, que en el dia es causa del de- 
sorden moral i de la confusión que reina en aquellas 
ciencias. Así la escuela del naturalismo, que rechaza el 
apellido de materialista, porque no coloca como el mate- 
rialismo antiguo los fenómenos morales bajo el imperio 
de las leyes de la materia inerte, toma sin embargo, 
como criterio el equilibrio moral, tratando de reducir a 
leyes precisas la armonia de los movimientos que cons- 
tituyen lo que ella denomina una realidad moral , i ol- 



517 

vidando por supuesto que la primera lei de esta reali- 
dad es el libre albedrío. ¿ Qué regla se seguiría para 
desmontar i reconstruir armoniosamente esa máquina 
bienhechora o malechora que se llama hombre? ¿Cómo 
dirijir o modificar el curso de sus sensaciones, de sus 
imájenes i de sus tendencias, prescindiendo de su con- 
ciencia i de su libertad? En esta doctrina no hai un 
principio luminoso que esté al alcance de todos, ni hai 
mas idea precisa que la de considerar al hombre como 
una entidad fatal, olvidando la lei de su desarrollo i la 
la lei de libertad. La misma vaguedad i la misma 
falsedad hai en la escuela utilitaria, que hace consistir el 
bien en la utilidad. ¿Pero cómo se concibe el bien fuera 
del desarrollo de las facultades i relaciones del hombre? 
¿Qué regla tendremos para saber si es bueno todo lo 
que es útil, o para graduar la utilidad del mayor nú- 
mero? Mas si estas escuelas nos dejan en la duda, en 
la oscuridad, la sensualista i todas las doctrinas filosó- 
ficas que se llaman esperimentales, porque invocan la 
sensación experimental subjetiva, no solo nos hacen du- 
dar, sino que también pueden estraviarnos, en cuanto 
prescinden siempre de las dos únicas leyes que rijen la 
naturaleza humana, la de desarrollo i la de libertad. 
Uno de los representantes mas caracterizados de esta 
filosofía en Sucl América, el señor Ezequiel Rojas, ha 
creido descubrir un nuevo sistema fundado en la lei na- 
tural, que da a los actos humanos la propiedad de afec- 
tar al hombre haciéndole feliz o desgraciado. ¿Pero, puede 
ser un criterio la demostración de que la felicidad con- 
siste en la sensación agradable, i la desgracia en la sen- 
sación penosa. ¿Acaso las sensaciones agradables o peno- 
sas, la felicidad o la desgracia, pueden suministrarnos 
una regla fija e indudable para juzgar de la moralidad 



518 

i hallar la verdad de las ciencias que se fundan en el 
hombre individual i social? 

La verdadera filosofía positiva, la escuela que busca 
la verdad en el análisis de los hechos por su comproba- 
ción objetiva i por la verificación de las leyes que rijen 
el mundo físico i el mundo moral; esa escuela a la cual 
se deben los asombrosos progresos de la historia civil i 
de la natural en este siglo, tiene por guia el criterio que 
la Academia ha adoptado, tomando como regla de com- 
posición i de crítica, en las obras científicas, su confor- 
midad con los hechos demostrados de un modo positivo 
por la ciencia; i en las sociolójicas i de bella literatura, 
su conformidad con las leyes de la naturaleza humana, 
que son desarrollo i libertad. 

Esto es algo que se comprende con claridad i pre- 
cisión, i que nos hace conocer de qué se trata cuando 
se nos habla de un equilibrio moral, que no puede ser 
mecánico, cuando oigamos invocar la utilidad, el bien, 
la felicidad o la desgracia. El sentido relativo i, por 
consiguiente, vago de estos términos llega a ser preciso, 
si lo reducimos en sociolojia al desarrollo íntegro de 
las facultades i relaciones del ser intelijente i a la lei 
de libertad que rije ese desarrollo. El bien humano 
no puede estar sino en él, pues el hombre no puede 
cumplir su destino si no lleva su desarrollo al máximun 
de su intensidad en la vida individual i social, por medio 
ele su libre albedrío, que elije i emplea las condiciones 
de su perfección. 

La Academia debe continuar como ha principiado, 
guiándose por esta brújula, si quiere dar a sus trabajos 
un carácter que ha faltado siempre a nuestros estudios 
— la unidad — en los medios i en el fin. Nos hemos 
educado en la contradicción, oyendo en un curso de es- 
tudios lo contrario de lo que se nos ha enseñado en otro, 



519 

estudiando al hombre siempre separado del medio en 
que vive i tratando de conocer a la sociedad antigua, 
dejando en completa oscuridad lar que nos abriga en su 
seno. Así hemos salido a la vida práctica, sin principios, 
sin criterio i sin conocer al hombre, ni a la sociedad, i 
aun sin conocernos a nosotros mismos. 

Talvez por eso han fracasado tantos esfuerzos hechos 
desde 1842, para rectificar el estudio literario i darle 
rumbo por medio de la asociación, único resorte eficaz 
empleado en todos tiempos para conservar las ciencias, 
hacerlas progresar i difundirlas. De aquellas tentativas 
han salido muchos escritores en los treinta años tras- 
curridos; pero el cultivo de las ciencias i el sistema de 
estudios no han progresado sensiblemente. Tengamos 
constancia. Sigamos el movimiento del siglo, armados 
del criterio a que éste debe tantos adelantos, i no olvi- 
demos que el que abandona ese criterio de luz por obe- 
decer ciegamente a las tradiciones o por seguir las 
abstracciones metafísicas no acrisoladas por lo observa- 
ción positiva, o por dejarse dominar del escepticismo 
que no busca la verdad en la naturaleza, no es ni puede 
ser escritor de este siglo. 



INFORME DE LA COMISIÓN ENCARGADA DE EXAMINAR 

LA COMPOSICIONES DRAMÁTICAS PRESENTADAS AL 

CERTAMEN ABIERTO POR LA ACADEMIA DE BELLAS 

LETRAS. 

Santiago, abril 9 de 1874. — Señor director: La 
Academia de Bellas Letras debe en nuestro concepto 
felicitarse por el resultado del certamen que abrió el 
año próximo pasado para conceder un premio a la mejor 
de las composiciones dramáticas que se presentasen a él. 



520 

A pesar de ser éste uno de los jéneros literarios mas 
dificultosos que se conocen, i de haberse ejercitado mui 
poco en él todavía los injenios nacionales, han concurrido 
en solicitud del honor ofrecido catorce autores cuyas 
obras son mas o menos estimables. 

Los tres miembros de la comisión examinadora han 
leido cada uno por separado las catorce piezas. 

Habiendo en seguida, discutido en común sobre el 
mérito respectivo de ellas, han estado de acuerdo para 
declarar desde luego que no podian entrar en compe- 
tencia con las restantes las cinco que siguen, debiendo 
tenerse entendido que las enumeramos en simple orden 
alfabético: 

El hijo abandonado: drama en tres actos i cuatro 
cuadros; prosa: 

El Triángulo: drama en cinco actos, prosa; 

La Huérfana: comedia en tres actos, prosa; 

Mas vale tarde que nunca : drama en tres acto, verso ; 

Salustio o Fuerza i Debilidad: drama en cinco actos, 
prosa. 

Parece que estas composiciones son primeros ensa- 
yos, i, por lo mismo, se concibe fácilmente que adolez- 
can de defectos mas o menos graves; pero, como sus 
autores dejan columbrar mas o menos buenas disposi- 
ciones, es de esperarse que si siguen dedicándose con 
empeño al cultivo de las letras, logren ejecutar obras 
mas acabadas. 

Superiores a las que preceden son las cinco piezas" 
cuyos títulos vamos a citar, también en orden alfabético. 

El Monje Negro: drama en dos partes i cuatro actos, 
verso ; 

La Calumnia: comedia en cinco actos, prosa; 

La Conspiración de Milán: drama histórico en dos 
actos i tres cuadros, prosa; 



521 

La mejor espuela: comedia en tres actos, verso; 

No liai Mal que por Bien no venga : comedia en tres 
actos, verso. 

La primera de las composiciones mencionadas no ha 
sido escrita precisamente para el certamen, según lo 
advierte su autor, quien la lia presentado como una obra 
de juventud. La acción tiene por fecha el siglo XIII i 
por teatro la Toscana. Es complicada, romántica i tene- 
brosa, según la manera de la escuela de Bouchardy. La 
versificación es por lo jeneral regular, i a veces vigo- 
rosa. Aunque este drama contiene escenas interesantes, 
es de sentirse que no se haya acercado mas a la natu- 
ralidad i a la verosimilitud. 

La segunda es una comedia de carácter i de costum- 
bres cuya escena pasa en Santiago i en nuestros dias. 
Su asunto versa sobre el empeño i las intrigas de dos 
familias para ligarse por medio de un matrimonio con 
un rico propietario del sur, que viene a la capital sin 
haber perdido el pelo de la dehesa. El autor descubre 
inventiva i chispa, i ha sabido acomodar escenas bas- 
tante felices; pero manifiesta inesperiencia, i no ha de- 
sechado incidentes que las embarazan o deslustran. 

La tercera tiene por argumento la conspiración que 
costó la vida en un templo a Galeaso Sforza., tirano de 
Milán en la segunda mitad del siglo XV. Es un cua- 
dro histórico de reducidas proporciones, en que no in- 
terviene el amor i en que no sale a la escena ni si- 
quiera una mujer, trazado con talento por medio de 
diálogos fáciles i animados. Aunque el autor lia estu- 
diado la historia de este hecho con algún detenimiento, 
no se ha sujetado escrupulosamente a ella; i creemos 
que no ha sacado de este suceso todo el provecho 
posible. 

La cuarta pone en exhibición a un protagonista que, 



522 

dominado por lo que podría llamarse la pasión o mejor 
dicho, la locura de los versos, desdeña todos los afectos 
del hogar doméstico i todos los intereses de s.u familia. 
La acción tiene por objeto manifestar los arbitrios a que 
una prima de su esposa recurre para volverle al buen 
sentido. Con este fin, la consabida prima se disfraza de 
hombre i se finje el amante de la mujer del poeta, hasta 
que despierta los celos de éste i le obliga a provocarla 
a un duelo. El desafío no tiene lugar porque se des- 
cubre la verdad de la situación. Todo concluye con la 
enmienda del poeta. Como se ve, este argumento es 
completamente inverosímil. Hai también en la pieza mas 
de un lance al cual puede aplicarse la misma calificación. 
A veces también el autor no manifiesta todo el injenio 
que podia esperarse de él. El verso es fácil; algunas 
escenas son interesantes. 

La quinta es una comedia en la cual se trata de 
hacer resaltar las ventajas de los matrimonios de inclina- 
ción i los inconvenientes de los matrimonios de codicia. 
Aunque se halla regularmente versificada, i aunque el 
autor manifiesta talento en la pintura de tres de los 
caracteres que saca a la escena, no ha sabido, por des- 
gracia evitar el escollo de las largas disertaciones i de 
los lugares comunes propios de las composiciones de 
esta clase. 

Apesar de que convenimos en que las composiciones 
precedentes no carecen de mérito, creemos que no pue- 
den disputar la primacía a las cuatro de que vamos ha- 
blar, que son por orden alfabético: 

Arbáces o el último Ramses: drama en tres actos, verso; 

La Mujer Hombre: drama en tres actos, prosa; 

Los dos amores: drama en tres actos, prosa; 

Quien mucho abarca. . . : proverbio cómico en dos 
actos, verso. 



523 

La primera está tomada, con cortas variaciones, de 
la famosa novela de Bulwer Lytton titulada Los últimos 
días de Pompeya, segmi ha cuidado de espresarlo el mismo 
autor del drama. El argumento ha sido bien manejado, 
i está en jeneral bien versificada; pero ofrece el reparo 
mui digno de ser tomado en cuenta en el presente caso, 
de no ser orijinal. 

La segunda desenvuelve el asunto de que vamos a 
hacer un brevísimo resumen. Florentina, joven pobre i 
huérfana, es el único sosten de su hermana Luisa. Para 
alimentarla vive disfrazada de hombre, i obtiene de don 
Jorje, rico comerciante de Valparaíso, el cargo de de- 
pendiente, que desempeña con el mayor celo. Clara 
hija de don Jorje, creyendo como todos, que Florentina 
es hombre, se enamora de ella; i a su turno, Florentina, 
se prenda en secreto de Julio, hijo también de don Jorje. 
Julio, por su parte, está enamorado de Luisa, la her- 
mana de Florentina. Esta complicada situación causa 
a la heroína todas las amarguras que fácilmente pueden 
concebirse. Mientras tanto, Ricardo, otro dependiente 
de don Jorje, carácter intrigante i malvado, a impulsos 
de la malevolencia, persigue a su colega Florentina hasta 
lograr que se le arrastre a una prisión bajo golpe de 
una acusación de robo. Al fin la trama se desenlaza de 
una manera favorable a la inocencia. Todo se descubre 
i se esplica. Ricardo es sorprendido robando. Don 
Jorje concede su protección a las dos huérfanas. Julio 
se casa con Luisa. Así Florentina, modelo de virtud i 
heroina de abnegación, no se ve premiada en su amor. 
Esta compendiosa esposicion permite juzgar sobre el 
mérito de una pieza que está lejos de ser vulgar, pero 
nos parece que es inverosímil que no se descubriera el 
disfraz de Florentina. 

La tercera pieza presenta con viveza una de esas lu- 



524 

chas entre la pasión i el deber, i en la cual sobresalen 
ciertos caracteres jenerosos que saben sobreponerse a 
todo antes que hacerse indignos. Hai en esta composi- 
ción cierta fogosidad juvenil que conmueve. Si su au- 
tor cultiva con esmero las felices disposiciones de que 
parece dotado, evitará con acierto los errores en que 
ahora ha incurrido i hará obras que honren a la litera- 
tura nacional. Este drama puede considerarse un buen 
ensayo. 

La cuarta es un juguete cómico concebido con injenio 
escrito en lenguaje notablemente castizo, versificado con 
elegancia i desenvuelto con conocimiento del arte dra- 
mático. La escena pasa en Madrid; pero el autor ha 
tenido la buena idea de hacerla simpática a los chilenos, 
relacionándola con personajes que han residido en nues- 
tro país i que manifiestan afectuosos sentimientos hacia 
él. La acción principal de este proverbio dramático está 
bien ejecutada. Una niña que tiene cuatro pretendientes, 
se queda al fin por los medios mas naturales, sin nin- 
guno de ellos: i su padre tiene mucha razón para recor- 
darle el conocido refrán Quien mucho abarca poco aprieta. 
Sin embargo la acción secundaria, los amores de los 
criados, que ofrecen una escena mui agradable, queda 
sin un verdadero desenlace. 

Dos de los miembros de la comisión examinadora 
consideran que esta última composición es la que merece 
el premio, contra el voto del tercero que estima superior 
La Mujer Hombre. 

Nuestro colega don Luis Rodríguez Velasco, que se 
halla actalmente ausente de Santiago, no ha podido fir- 
mar este informe; pero hemos procedido de acuerdo con 
él i estamos plenamente autorizados para declararlo así 
a la Academia. 

Tenemos el honor de ofrecer nuestras consideraciones 



525 

al señor director i a los demás miembros de esta cor- 
poración. — Miguel Luis Amunátegui. — Diego Barros 
Arana. 

VI. 

SESIÓN SOLEMNE DEL SEGUNDO ANIVERSARIO, 
CELEBRADA EL 11 DE ABRIL DE 1875. 

MEMORIA DEL DIRECTOR. 

Señores : 

Hoi celebra la Academia de Bellas Letras su segundo 
aniversario, pero aun no ha podido llenar todos los nobles 
propósitos cpie tanto halagaron su nacimiento i que fueron 
base de tan lisonjeras esperanzas. 

No es estraño, pues disipado el peligro que escitó aquel 
vivo sentimiento a favor de la independencia del cultivo 
de las letras, sentimiento que dio existencia a este mo- 
desto centro de los escritores que quisieran ponerse a 
cubierto de las invasiones del espíritu de secta i de las 
veleidades políticas, se restableció la calma, i con ella 
terminó aquel momento de actividad estraordinaria. 

Sin dejar de ser entre nosotros un elemento de acti- 
vidad social las ciencias i las letras, es lo cierto que la 
necesidad de perfeccionar los conocimientos, que es la 
que estimula los esfuerzos individuales, no es todavía 
bastante para crear un interés colectivo; pues sobre estar 
jeneralmente satisfecha por la acción oficial, son mui 
pocos aun los hombres que se pueden consagrar a ella 
con desahogo i con abnegación, i sin embargo de tener 
la seguridad de que sus sacrificios serán desconocidos, 
si no desdeñados, i propios tan solo para traerles el 
aislamiento o el desamparo, talvez el hambre. 



526 

No digo esto sino para hacer notar cuánta es la jus- 
ticia de las felicitaciones que tengo el honor de dirijir 
en esta ocasión solemne a los que han sabido perse- 
verar en sostener este modesto centro con sus esfuerzos 
intelectuales i con sus sacrificios personales. 

En este año se han elejido ocho Académicos funda- 
dores, que son los señores Bello, Cuadra, Dávila La- 
rrain, Gaete, Koénig, Mac Iver, Montt Luis i Sotoma- 
yor Váleles; i dos correspondientes; los señores Lavalle 
i Fernandez Rodella. Se han suscrito ademas treinta 
visitadores. Sin embargo, la lista de los fundadores ha 
sufrido alguna modificación porque se han retirado varios, 
declarando su voluntad de exonerarse de los deberes que 
que habían contraído. 

La Academia ha celebrado en este año diez i nueve 
sesiones ordinarias, con una asistencia menor que la del 
primer año; pero que, en término medio, no ha bajado 
de cincuenta concurrentes, de los cuales han sido visita- 
dores las tres cuartas partes. Las lecturas que se han 
hecho son cuarenta i cuatro, de ellas doce por visitadores 
i treinta i dos por los Académicos. 

De estos, el señor M. A. Matta ha hecho seis lectu- 
ras, el señor Barros Grez tres, los señores Amunátegui, 
Allende Padin, González, Lastarria Demetrio, Matta 
Guillermo, i Orrego Luco, dos cada uno; i una cada 
cual de los señores Asta-Bu ruaga, Bello, Carrasco Albano, 
Dávila Larrain, Lavin Matta, Santa Cruz, Lavalle, Mu- 
rillo, Montt Luis i el Director, agregando ademas una 
hecha a nombre del Académico correspondiente señor 
Rojas Garrido, de Caracas. 

Los señores visitadores que han hecho lecturas son: 
Garriga, que nos ha comunicado sus mas bellas compo- 
siciones poéticas, Lemoine, Montt Julio, Orihuela, Sán- 
chez Masenlli, Vergara i Zubiría. 



527 

Todos los trabajos, entre los cuales hai varios de gran 
mérito, se distribuyen según su jénero, en diezisiete de 
literatura plástica, veintidós sobre sociolojia, i cinco cien- 
tíficos. 

Los primeros han sido cuadros de imajinacion en 
prosa i verso, en la mayor parte orijinales, que no po- 
demos calificar de sobresalientes por su mérito artístico, 
i que manifestando en jeneral que sus autores los han 
trazado por pasatiempo, revelan que este jénero de com- 
posición es aun mui poco cultivado entre nosotros. Entre 
los segundos, abundan los trabajos biográficos i de 
crítica histórica que revelan un espíritu de investigación 
bien dirijido; hai ademas seis sobre temas de economía 
i ciencia política que indican un sesudo estudio práctico 
i estadístico marcadamente positivo i esperimental; uno 
sobre instrucción primaria, otro sobre filolojia i cuatro 
sobre filosofía, entre los cuales resultan dos exámenes 
de las teorias filosóficas i morales de los pueblos de 
Oriente, hechos con criterio elevado i libre de ilusiones 
metafísicas. Los trabajos científicos son fisiolójicos i 
médicos, todos ellos de utilidad práctica para nuestra 
sociedad. 

En jeneral, se nota en los estudios presentados a la 
Academia una verdadera prescindencia de todo interés 
de sistema, lo que acusa una saludable tendencia a obe- 
decer la primera lei del arte literario que es la investi- 
gación de la verdad positiva sin sujeción a formas de 
convención ni a una verdad impuesta. Es preciso no 
perder de vista esta tendencia para fomentarla i afirmarla, 
pues es la que conviene a la naciente literatura ameri- 
cana, que debe apoyarse en la independencia del espíritu, 
para servir al desarrollo democrático, huyendo de ban- 
derías, de sistemas i de sectas: la unidad de la literatura 
debe buscarse en la libertad. Esta es el resultado na- 



528 

tural de la independencia del espíritu, i su lei: la lei 
fundamental del arte, es la verdad. 

Pero es necesario advertir que aquella saludable ten- 
dencia tiene sin duda alguna parte en la deficiencia de 
nuestra literatura plástica. Aquí no hai un gusto for- 
mado por cierto colorido de convención en el arte, i si 
lo hai escaso, está mas que satisfecho por los artefactos 
de pacotilla que nos importa el comercio europeo en 
forma de romances i de obras de imajinacion. Tampoco 
hai un pequeño arte oficial de convención que sea pri- 
vilejiado por alguna institución pública dependiente del 
Estado. Falta aun el teatro dramático, merced al furor 
diletanti de las autoridades que han preferido educar al 
pueblo por la música como a las fieras, gastando el 
producto de sus contribuciones en halagar el oido de la 
clase dominante. ¿Qué hace entonces la juventud que 
siente bullir el estro de su ardiente espíritu i de su 
sensibilidad, viendo que solo hai gloria para el que cul- 
tiva las ciencias i las letras en busca de la verdad po- 
sitiva? Desde luego comprende que para buscarla en la 
literatura plástica, en las obras de imajinacion, hai que 
trabajar seriamente en imitar a la naturaleza, i que 
siendo esta una ardua empresa que no conduce a la 
gloria, vale mas dedicar las fuerzas a los estudios cien- 
tíficos que tienen alguna recompensa. Si no calcula de 
este modo, i ajeno a todo interés, tributa las primicias 
de su jénio a la poesía, dice pronto su adiós a las mu- 
sas, desde que entra en la vida práctica. De este modo 
el cultivo de la bella literatura queda casi siempre en 
manos de los neófitos, si, por una escepcion tan rara 
como feliz, no persiste en algún espíritu abnegado la 
noble pasión del arte. 

¿Es esto un mal o una buena fortuna? Una felici- 
dad es sin duda que en nuestra sociedad falten aquellos 



529 

dos primeros estímulos, que en las viejas sociedades 
europeas no hacen mas que amenguar i desnaturalizar 
el arte. Mas consideramos como un mal que en un 
pueblo nuevo, lleno de vida, falte todo aliciente, aun el 
del teatro dramático, a esa actividad fecunda que, por 
medio de las obras de imajinacion, da lozanía a los espí- 
ritus, vigor a la moral independiente, propaganda a las 
grandes ideas, entereza al carácter, nobleza i buen tono 
a las relaciones familiares. 

Vosotros lo creéis como yo, i por eso habéis dedi- 
cado una gran parte de vuestros esfuerzos a crear en 
esta Academia un centro de estímulo al jénio i un re- 
sorte de vida para el arte. Mas nuestro empeño aislado 
no basta. Nos faltan los Monthyon, i nuestros simples 
aplausos no son parte a formar la gloria que busca el 
arte literario, ni a suplir los estímulos que aumentan su 
cultivo. 

En este año no habríamos podido abrir un certamen 
literario, sin la feliz inspiración que tuvo la respetable 
Comisión encargada de organizar la Esposicion inter- 
nacional de 1875. A fin de estimular las bellas artes 
nacionales i de obtener su concurso en aquella gran 
fiesta de la industria, la Comisión resolvió llamar a 
diversos certámenes, entre los cuales figuran uno musi- 
cal i otro poético, encargando este último a la Acade- 
mia de Bellas Letras. La Academia acordó las siguien- 
tes bases: 

«1. a Se premian dos composiciones líricas: un himno 
a la industria i una balada a la fraternidad en el tra- 
bajo. El himno se destina a una composición musical 
que debe ser ejecutada a grande orquesta, i constará de 
coro i estrofas; la balada servirá de tema a un canto 
de voces solas, requiere un metro marcado i caden- 
cioso.» 

T.astabria, Recuerdos. '34 



530 

«2. a Habrá dos premios para el himno i dos para la 
balada. Las dos primeras composiciones tendrán meda- 
llas de primera clase, i las del accésit, medallas de se- 
gunda, concedidas por el Directorio de la Esposicion. 
Cada uno de los dos primeros premios será acrecentado 
con la suma de cincuenta pesos erogada por el Inten- 
dente de Santiago.» 

«3. a Las composiciones serán presentadas antes del 
primero de abril al secretario de la Academia, anónimas 
i marcadas con contraseña correspondiente a la del pliego 
cerrado que contenga el nombre del autor.» 

«4. a La Academia nombrará un jurado compuesto 
de tres de sus miembros para que le informe sobre el 
mérito de las composiciones, a fin de que la corporación 
adjudique los premios por mayoria absoluta de sus 
miembros presentes en la sesión en que se conozca del 
asunto.» 

La invitación de la Academia ha sido lujosamente 
honrada, como en el certamen dramático del año ante- 
rior, pues han concurrido diez composiciones, todas las 
cuales han sido sometidas al examen de un jurado com- 
puesto de los señores Amunátegui, Asta-Buruaga i Barros 
Arana. 

Estos señores no han encontrado entre todas estas 
composiciones sino una sola que corresponda a las bases 
del certamen, la cual es una balada que se destina al 
canto de voces solas; i consideran que de los himnos 
no hai mas que uno que merezca mencionarse. La Aca- 
demia ha procedido al examen, i después de una de- 
tenida deliberación, ha aceptado la conclusión del informe 
del jurado sobre la balada, adjudicando el premio pri- 
mero designado por el Directorio de la Esposicion al 
autor, que es el señor Eduardo de la Barra; i en cuanto 
al himno que debe premiarse, ha dispuesto prorrogar el 



531 

plazo del certamen hasta el último dia del mes, porque 
tiene esperanzas de que concurran otros poetas, i de 
que los que ya concurrieron vuelvan a hacer otro es- 
fuerzo, o tengan tiempo de correjir las composiciones ya 
presentadas. 

Mas, si la Academia ha podido hacer algo en este 
año para estimular el trabajo intelectual, sus esfuerzos 
en beneficio de la difusión de los conocimientos han 
fracasado en cierto indiferentismo, que no sabemos si 
es efecto de indolencia, o de falta de hábito, o de que 
el asunto escojido para las conferencias i que la per- 
sona que se propuso tratarlo no inspiraron interés o 
simpatía. Sea una de estas causas o todas juntas las 
que han producido el hecho, no podemos prescindir, 
aunque nos sea doloroso, de determinarlo, para que se 
tome en cuenta en la historia de nuestro desarrollo in- 
telectual. 

Se pensó que la ciencia política seria un tema inte- 
resantísimo de conferencias, por ser un ramo de cono- 
cimientos indispensables que no forma parte de nuestra 
instrucción pública, desde que se suprimió en la Uni- 
versidad como peligroso a la tranquilidad del poder 
absoluto de los gobiernos personales. La juventud que 
se ha educado de veinte i cuatro años a esta parte no 
ha adquirido una doctrina científica sobre la teoría de 
la sociedad civil, ni sobre la de la organización política, 
i no posee en estas materias sino los conocimientos em- 
píricos jeneralmente inexactos e incompletos que forman 
el caudal de la práctica en las incipientes repúblicas oli- 
gárquicas que se han ensayado en esta parte de América. 
Es cierto que este empirismo suele tener i tiene el lugar 
de la ciencia en circunstancias ordinarias, i que aun llega 
a resistirla o solo a desdeñarla; pero también sirve de 
base a los absurdos predominantes, a los embrollos de la 

34* 



532 

baja política, i, mas que eso, al triunfo de la arbitrariedad 
sobre el derecho i al de los intereres personales sobre 
el interés colectivo de la sociedad. 

Sin embargo, aquel pensamiento de la Academia no 
pudo traducirse en una realidad fecunda, porque pasada 
la primera novedad del intento las conferencias que- 
daron poco menos que desiertas, i el profesor tuvo que 
limitarse a poner en letras de molde sus lecciones, para 
conservarlas para ocasión mas propicia. 

Se comprende cuan embarazoso es para el autor de 
esta Memoria consiguar aquí estos resultados, de m<v 
ñera que no se vea en ello una queja, sino el cumpli- 
miento del deber de presentar con lealtad los hechos 
de que tiene que dar cuenta: pero si se considera que 
él está habituado a sembrar para mas tarde i a no retirar 
provecho de sus esfuerzos, se le hará la justicia de creer 
que al cumplir con este deber, prescinde absolutamente 
de su individualidad. La prueba es que todavía está 
dispuesto a repetir aquellas conferencias, sin que le arre- 
dre el peligro de encontrar otra vez la indiferencia, pues 
aspira a animar a los que se sientan capaces de arrostrar 
el mismo peligro. 

De este modo i a fuerza de constancia logrará la 
Academia aclimatar este jénero de enseñanza todavía des- 
conocido entre nosotros; i desde luego puedo anunciaros 
con satisfacción que se harán nuevas conferencias, que, 
por la importancia de sus temas i los talentos simpáticos 
de sus autores, despertarán mayor interés. 

Otro motivo que nos mueve a presentaros la verdad 
de los resultados obtenidos, sin disfraces i sin atenuación, 
es la necesidad que tenemos de no hacernos ilusiones 
acerca de las insuperables dificultades que tiene que 
vencer toda asociación libre i ajena de intereses concre- 
tos de parcialidades, para servir a un interés social es- 



533 

peculativo, como es el de la independencia del espíritu 
en el estudio de las ciencias i las letras. Necesitamos 
recordar siempre los símbolos de que hemos rodeado 
nuestro lema, — los de la intelijencia, de la voluntad 
firme, del valor i de la prudencia — para no desmayar, 
aunque nos veamos solos. 

Hemos definido el fin de nuestras aspiraciones i los 
medios de servirlo, que están reducidos al trabajo inte- 
ligente dirijido por el criterio positivo que hemos adop- 
tado. Seamos constantes i sobre todo seamos abnegados 
en el trabajo. No alcanzaremos a realizar aquel fin, os 
he dicho en otra ocasión, porque es demasiado grandioso 
para que él pueda ser la obra de una sola jeneracion: 
pero a lo menos dejaremos trazada la tarea, si tenemos 
firmeza de voluntad, valor i prudencia para hacerla com- 
prender i amar por los que nos suceden en la empresa 
de sustentar nuestra divisa — Afirmar la verdad es 
querer la justicia. 



INFORME DEL JURADO SOBRE EL CERTAMEN POÉTICO. 
Señor director; 

En cumplimiento de la honrosa comisión que se ha 
servido confiarnos la Academia de Bellas Letras, hemos 
procedido a examinar las composiciones poéticas, pre- 
sentadas al certamen abierto por esta corporación para 
celebrar la Esposicion Internacional del presente año. 

Como usted sabe, el certamen era doble; puesto que 
podían presentarse a él composiciones destinadas a ser 
cantadas por coro de simples voces, i composiciones 
propias para cantarse con acompañamiento de música. 

Hemos recibido, con el título Baladas, tres de la pri- 
mera clase, i con el título de Himnos, siete de la según- 



534 

da. Habiéndolas examinado todas atentamente, pasamos 
a manifestar a usted el juicio que hemos formado acerca 
de su mérito. 

De las tres Baladas, damos el primer lugar i conside- 
ramos digna del premio a una titulada — «^4 la frater- 
nidad en la industria,» i cuya primera estrofa, que es un 
coro de niños, principia como sigue: — 

Los cielos se tiñen 
De claro arrebol . . . 

La manera como está desarrollada la idea principal, 
el buen gusto con que se han reunido los rasgos pri- 
mordiales que caracterizan a la industria, la facilidad de 
la versificación, i sus acertadas i pintorescas espresiones 
poéticas, dan a esta composición una superioridad incon- 
testable sobre todas las que se han presentado a los dos 
certámenes. Creemos sin embargo, que el autor puede 
todavía limar algunos versos deslucidos por pequeños 
defectos. 

Nos parece digna de una mención honrosa la balada 
que lleva la firma Escipion. En ella hai un plan regu- 
larmente desenvuelto, i estrofas agradables i bien cons- 
truidas. 

Por desgracia no podemos dar una opinión igual- 
mente favorable respecto de las siete composiciones, 
presentadas con el titulo de Himnos. Temeríamos alar- 
garnos demasiado i casi sin necesidad alguna, si hubiéra- 
mos de señalar las imperfecciones de que estas piezas 
adolecen; pero creemos un deber de justicia el hacer 
una mención honrosa del Himno a la industria, firmado 
Delio, en el cual si bien no hemos encontrado las condi- 
ciones necesarias para hacerlo acreedor al premio, reco- 
nocemos (pie no carece de cierto mérito. 






535 

Es cuanto tenemos el honor de informar a nuestros 
colegas de la Academia de Bellas Letras, sobre el par- 
ticular. 

Sírvase, señor director, recibir la espresion de nues- 
tros sentimientos mas distinguidos. — Santiago, abril 9 
de 1875. — Miguel Luis Amunátegui. — Diego Barros 
Arana. — F. S. Asta-Burvaya. Señor Director de la 
Academia de Bellas letras. 




EDUARDO DE LA BARRA. 

t JA N T 0. 
A LA FRATERNIDAD EN LA INDUSTRIA. 

(BALADA PREMIADA.) 

Coro de niños. 

Los cielos se tiñen 
De claro arrebol, 
¿Quién manda esas luces? 
¿De dónde esos tintes que anuncian un sol? 



536 



Coro de ancianos. 



Oh! Industria, sabemos 
Quién eres, tu voz 
Despierta a los pueblos, 
Los llama, los mueve, los lanza a la acción l 

Coro de jóvenes. 

Templad nuestros yunques, 

El brazo empujad, 

I grillos i espadas 
En combos i arados sabremos trocar. 

Oh! patria, tus valles, 

Tus montes, tu mar, 

Serán de los libres 
Futura grandeza, magnífico altar. 



LA INDUSTRIA. 
(Todas las voces juntas.} 

Yo todos los pueblos 

Reúno en un haz, 

Empujo el progreso. 
I afianzo en el mundo la unionji la paz. 

El yunque es mi trono, 

La fragua mi altar, 

Mi lei el trabajo; 
Mi imperio la tierra, i el aire i el mar. 

La inerte materia 
Yo sé transformar, 



537 

I aduno en mis moldes 
La luz de la ciencia, del arte el ideal. 

Concentro los rayos 

En breve cristal, 

I fundo la lente 
Que el fondo del cielo permite tocar. 

Yo fijo en mis prensas 

La idea fugaz, 

I es chispa que envió, 
Creciendo, alumbrando de edad en edad. 

Yo tiendo mi alambre 

I al habla ya están 

Las playas distantes, 
I así les preparo la unión fraternal. 

He creado un potente 

Moderno animal , 

Caballo en la tierra, 
Se lanza a las aguas, novel Leviatan. 

Su ijar es de acero, 

Su voz de huracán, 

Su altivo penacho 
Mi reino a las jentes se avanza a anunciar 

Taladro los montes, 

Remuevo la mar, 

I cruzo los aires 
En frájiles barcas de leve cendal. 

I acaso mañana 

Tras rudo lidiar, 

Despliegue a los vientos 
Las alas lijeras del águila real. 



538 

Mis trojes, abiertas 

A todos están: 

Oh! pueblos dispersos, 
Venid al banquete de unión i de paz! 

¿Buscáis abundancia? 

¿Queréis libertad? 

— Seguidme! Yo toco 
La diana que anuncia su carro triunfal! 

E. de la Barra. 



VIL 

SESIÓN SOLEMNE DEL TERCER ANIVERSARIO, CELEBRADA 
EL 12 DE ABRIL DE 1876.. 

MEMORIA DEL DIRECTOR. 

Señores : 

Harto mas fecunda ha sido en este año la labor de 
la Academia de Bellas Letras que en los dos anteriores; 
pero si podemos congratularnos de que mediante su 
actividad, ella haya desarrollado su existencia, no debe- 
mos hacernos ilusiones acerca de su porvenir. Tenemos 
todavía que consolidar la única base estable de nuestra 
asociación ■ — el interés por el cultivo independiente de 
las ciencias i las letras. 

No hai que contar con el porvenir, mientras este 
interés no sea colectivo, mientras los amigos del estudio 
no se persuadan de que no es posible perfeccionar los 
conocimientos sin afianzar primero la independencia del 
espíritu, dándole un criterio positivo para descubrir la 
verdad, de modo que no atribuyamos a ninguna teoría 
el carácter científico si no puede ser comprobada por la 
esperiencia. 



53t> 

Cuando esta persuacion dirija el amor al estudio i 
haya despertado un verdadero interés colectivo, la aso- 
ciación tendrá una base, i la existencia de la Academia 
se consolidará. Solamente la verdad es capaz de asociar 
eficazmente, pues el sentimiento mismo, i el interés es- 
peculativo o activo no sirven de centro de unión i de 
cooperación común, sino en tanto que ellos respectiva- 
mente sean una verdad o por lo menos una convicción. 

En el año que termina, la Academia de Bellas Letras 
ha celebrado treinta i nueve sesiones, i en ellas se han 
hecho cincuenta i cinco lecturas por los Académicos i 
veintiuna por los visitadores, ademas de siete conferen- 
cias o disertaciones orales, i fuera de algunos trabajos 
comunicados por académicos correspondientes estranjeros. 

Los autores son: el señor Valderrama que ha leido 
catorce composiciones, el señor Zambrana diez, el señor 
Matta M. A. ocho, el señor Garriga seis, el señor Ba- 
rros Grez cuatro, tres cada uno de los señores Laviii 
Matta, Carrasco Albano i la señora Orrego de Uribe, 
dos el señor Gonzales i el Director, i una cada uno de 
los señores Santa Cruz, Asta-Buruaga , Piñeiro, Dávila 
Larrain, Allende Padin i el secretario. 
. Los señores visitadores V. Letelier Dr. Peña, Cubi- 
llos, Séve, Caravantes, Ferran, Quiros, J. Lagarrigue, 
han hecho una lectura cada uno; los señores Lemoine i 
A. Lillo dos, i tres cada uno de los señores E. Barros, 
Orihuela i Escuti. 

Estas ochenta i tres composiciones, que revelan un 
trabajo fecundo, pueden clasificarse de esta manera: 
treinta i seis sociolójicas, cinco científicas, i cuarenta i 
dos de literatura plástica. 

Las primeras comprueban que se ha dado un desa- 
rrollo tan vasto como interesante a los estudios sobre, 
las ciencias sociales: la filosofía en jeneral, la moral ra- 



540 

cional, la ciencia política bajo sus dos aspectos relativos 
a la organización social i a la de los poderes del Estado, 
la economía política, la historia i la crítica histórica i la 
biografía, han suministrado los temas de los diversos 
trabajos que se han presentado en la Academia. Todos 
esos temas han sido tratados con seriedad i a la luz de 
un criterio notablemente positivo, que da a los estudios 
una tendencia práctica i mui ajena de ilusiones meta- 
físicas i de teorías anti-científicas. Entre estos estudios 
ha habido algunos de utilidad inmediata, que han ver- 
sado sobre cuestiones de administración, i otros de gran 
ínteres especulativo, como los que han servido de tema 
a las conferencias orales. 

Este jénero de trabajos que tanto hemos deseado plan- 
tear, como una de las formas mas agradables i fáciles 
para la propagación de los conocimientos, ha sido ensa- 
yado este año con buenos resultados. Sin hacer caudal 
de las varias conferencias con las cuales ha despertado, 
en este mismo centro, tanto interés el Directorio de esa 
institución libre de instrucción primaria llamada Escuela 
de Artesanos, a la cual hemos cedido nuestro salón para 
ayudarla en su benéfica empresa, la Academia ha cele- 
brado también con felicidad otras que han servido de 
gran estímulo. El señor Zambrana, cuya ausencia deja 
en esta corporación recuerdos tan gratos, hizo primera- 
mente tres interesantísimas conferencias acerca del estado 
social i político de la colonia anglo-americana antes de 
su independencia, sobre todo bajo el punto de vista de 
la tolerancia relijiosa, i sobre las relaciones de la Iglesia 
i el Estado en la Union Americana después de cons- 
tituida la República. Ademas de estas conferencias 
hizo el mismo Académico otras sobre la filosofía de 
Augusto Comte, las cuales suscitaron una luminosa dis- 
cusión, i provocaron réplicas brillantes que hicieron los 



541 

señores clon Jorje Lagarrigue i clon Benjamín Dávila 
Larrain. 

El ataque a la filosofía positiva trajo a nuestra tri- 
buna algunas de las objeciones con que la escuela esperi- 
mental ha discutido ciertas conclusiones del gran filósofo 
francés, sin desconocer ni rechazar las bases i el criterio 
de la filosofía positiva: i trató ademas de derramar som- 
bras sobre ésta con las maliciosas recriminaciones que le 
han dirijido los metafísicos i los teólogos, faltando así a 
una de las primeras condiciones de la tolerancia, que con- 
siste en respetar i no violentar las opiniones ajenas, em- 
pleando contra ellas, cuando son erróneas, los medios 
de la persuacion solamente, los que jamas producirán 
efecto si se revisten de violencia o se adornan con la 
burla de que huye la verdad. Pero los sustentantes de 
la filosofía que guía nuestros estudios rechazaron i ex- 
plicaron aquellos ataques, demostrando las ventajas del 
método científico o positivo que puede aplicarse al exa- 
men de todos los fenómenos materiales i morales, sin 
peligro de caer en los dos escollos necesarios de la me- 
tafísica, que son el materialismo o el idealismo. Siempre 
que en los estudios de la ciencia social se tomen por 
base del razonamiento los hechos de la naturaleza hu- 
mana revelados por todas sus manifestaciones, i siempre 
que la investigación filosófica i el arte en este jénero de 
estudios se apoye en pruebas positivas demostradas por 
la observación de esta naturaleza, no hai por que temer 
los estreñios del idealismo, ni los del sensualismo o 
materialismo, ni los estravios de que se pretende acusar 
a la filosofía positiva, i que en jeneral no son sino la 
obra de la falta de examen u observación. 

En cuanto a las composiciones llamadas vulgarmente 
de bella literatura que se han presentado este año, es 
justo declarar que han sido de un mérito superior a las 



542 

del año pasado. Este jénero de escritos que en nuestra 
clasificación llamamos plásticos, porque, atendido el pro- 
cedimiento del espíritu, pintan un cuadro de la natura- 
leza física o de la naturaleza moral, traduciendo un sen- 
timiento, una impresión, trazando una escena de la vida, 
un suceso, una situación, debe estar sujeto al criterio 
de las obras científicas o de las sociológicas , según sea 
su -asunto respectivo. No comprendemos la poesía mo- 
derna fuera de las leyes del universo físico o de las 
que rijen a la naturaleza humana. La verdad relativa de 
un cuadro cualquiera de imajinacion no puede mante- 
nerse desconociendo o contrariando esas leyes, ni puede 
haber en él moralidad, si no triunfa el interés colectivo 
de la especie humana, puesto que no puede el poeta 
apartarse de las leyes de la naturaleza del hombre sin 
derramar el error, la duda o la confusión sobre la idea 
de nuestra perfección i la de nuestra libertad. Por gran- 
des que sean el injenio i el arte de un cuadro mitoló- 
jico, por ejemplo, no podrá interesar éste sino es por el 
atractivo de su forma; en tanto que si al trazar un 
cuadro de la naturaleza o al traducir una situación hu- 
mana, se conserva la verdad relativa i la moralidad bajo 
una forma artística, el injenio i el arte habrán llenado 
la misión grandiosa que al poeta reserva la filosofía de 
la época moderna. 

I es esta precisamente la tendencia que se nota en 
la mayor parte de las composiciones de este jénero que 
se han presentado a la Academia, por lo cual nos com- 
placemos en señalar un verdadero progreso, que está 
justificado por un gran número de obras poéticas i es- 
pecialmente por los cantos del bello poema satírico que 
nos ha leido el señor Valderrama. 

Entre aquellas obras poéticas, no quedan atrás en el 
nuevo rumbo las que se han presentado a los certáme- 



543 

nes que se han abierto en el año que espira. Como se 
advierte en la Memoria del año anterior, quedó entonces 
pendiente el certamen para un himno a la industria, 
que se habia iniciado a petición del Directorio de la 
Esposicion Internacional. En los documentos que se 
agregan aparece el informe de los señores Matta, Ar- 
teaga Alemparte i Yalderrama, quienes fueron los jura- 
dos que abrieron dictamen, i se da razón del resultado 
de las deliberaciones de la Academia. 

Animada esta corporación con el espléndido resultado 
de aquel certamen, intentó celebrar con otro el aniver- 
sario de la independencia en 1875, i al efecto señaló los 
temas siguientes : 

1." Una oda en celebración de algún hecho glorioso 
o de algún personaje de la historia nacional: 

*2.° Una narración en prosa estrictamente histórica, 
tomada también de la historia patria; 

3.° Un estudio sobre los efectos prácticos de la cen- 
tralización política ; 

4." Un artículo de costumbres; 

5. c Una descripción de los Andes chilenos. 

Solamente se presentaron al concurso composiciones 
sobre los temas 1.° i 4. J Las comisiones nombradas, 
ajustándose a las bases del certamen dieron los informes 
que se agregan a esta Memoria, i la Academia acordó 
conceder el premio a la oda de don Manuel Antonio 
Boza titulada Al dieziocho de setiembre, limitándose a 
hacer una mención honrosa del artículo de costumbres 
que se presentó. 

El gran movimiento que han desarrollado los traba- 
jos de que doi cuenta ha mantenido las sesiones de la 
Academia con una concurrencia que ordinariamente ha 
escedido de doscientas personas, las cuales bondadosa- 
mente nos han honrado con su compañía i con su aplauso. 



544 

La indiferencia de que hablábamos el año anterior, res- 
pecto de las conferencias que habíamos iniciado, no es 
ya un peligro que tengamos que vencer; si bien es 
cierto que todavía no hai de parte de los académicos 
mismos toda la actividad que seria de desear, i que con 
tanto provecho podrian desplegar, si recordaran su com- 
promiso. Pero la Academia se ha reforzado con nuevos 
obreros, nombrando de miembros fundadores a los seño- 
res Fernando Santa María, Pablo Garriga, Diego Torres 
Arce, Gaspar Toro, M. G. Carmona i Ricardo Becerra ; 
i honorarios a los señores D. F. Sarmiento, A. Zam- 
brana, Arnaldo Márquez, P. Paz Soldán i Unánue, i 
E. Séve, todos ellos escritores notables i algunos de 
celebridad americana. 

En la cuenta de estos nombramientos, hai para noso-, 
tros un recuerdo doloroso, el de la súbita pérdida del 
malogrado joven Santa María, que nos fué arrebatado 
por la muerte en los momentos en que la Academia le 
incorporaba a su seno, en premio de la importante coo- 
peración que nos habia prestado desde los primeros dias 
de nuestra instalación. 

Otra pérdida que la Academia ha lamentado sincera- 
mente es la de don Francisco de Paula Vijil, ilustre 
erudito i sabio escritor peruano, que honraba nuestra 
lista de miembros correspondientes estranjeros. 

Para concluir, señores, debo llamar vuestra atención 
a las circunstancia de haber terminado nuestros trabajos 
anuales con la iniciativa de una reforma que servirá de 
tema a nuestras próximas deliberaciones. Hablo del pro- 
yecto que ha presentado el secretario para organizar 
círculos literarios en Copiapó, Serena, San Felipe, Val- 
paraíso, Talca i Concepción, con la incumbencia de es- 
tender la instrucción por medio de sociedades libres, que 
ellos encabezarían, según un plan uniforme i común a 



545 

todos. Este propósito i los demás que abraza el plan de 
la reforma son dignos de una seria consideración; i si 
no nos faltan los medios de realizarlos, la Academia 
podrá gloriarse de haber provocado un movimiento salu- 
dable i de grandes resultados, puesto que él no se ha de 
limitar al cultivo de la forma literaria, sino que ha de 
afianzar la única base de todo progreso intelectual, cual 
es la independencia del espíritu. 



INFORME DEL SEGUNDO JURADO SOBRE EL CERTAMEN 
POÉTICO. 

Señor Director : 

En desempeño de la comisión con que se sirvió hon- 
rarnos la Academia, hemos examinado los veinticuatro 
himos que han concurrido al certamen abierto para com- 
posiciones poéticas de esa clase consagradas a cantar a 
la Industria. 

Las siete últimas, es decir, las marcadas con los nú- 
meros 18 a 24, no resisten a la prueba de una primera 
lectura. Defectuosas en su composición, en su estilo, en 
su versificación i hasta en su sintaxis, tampoco se re- 
comiendan por su numen poético. 

Los diez i siete himnos restantes, considerados en 
conjunto, revelan en sus autores una comprensión mas 
o menos cabal i exacta del tema que debían cantar, i 
de las condiciones métricas a que debian sujetar sus 
cantos. Obsérvase en ellos facilidad de versificación, calor 
de fantasía, sentido poético, pensamientos felices, hermo- 
sas imájenes, i a veces un estro que, desplegando pode- 
rosas alas, se encumbra hasta las rejiones de la alta 
poesía. 

Lastaeria , Recuerdos. 35 



546 

A nuestro juicio ninguna de esas diez i siete com- 
posiciones cumple con todos los requisitos necesarios 
para ser declarada una obra perfecta. Pero entre ellas 
existen cinco que, por diferentes títulos, son dignas 
de ser aplaudidas i estimadas como obras de verdadero 
mérito. 

Pasamos a enumerarlas. 

El himno número 5, cuyo coro empieza: 

« Salve! Salve! tu mano derrame, etc..,'» 

está escrito en decasílabos aconsonantados i distribuidos 
en estrofas de ocho versos, en que las rimas agudas se 
mezclan simétricamente con las graves. Todos sus versos 
tienen los acentos rítmicos exijidos por el canto i corren 
con naturalidad i soltura. Su forma dejaria poco que 
desear, si no estuviese deslucida por algunas construccio- 
nes poco elegantes o poco precisas. 

En cuanto al fondo del himno, su interés poético se 
sostiene por una serie de imájenes i pensamientos opor- 
tunos para caracterizar la industria i ensalzar sus bene- 
ficios i maravillas. Lo que podrá echarse de menos es 
la perfecta gradación, el estrecho encadenamiento de sus 
diversas partes. A una imájen colorida i brillante sucede 
talvez otra pálida i desteñida, i la enerjía i viveza de 
un primer pensamiento se desvirtúan acaso por la va- 
guedad o incoherencia del que le sigue. 

El himno número 8, escrito en cuartetas decasílabas 
asonantadas i que principia 

«Tw redimes al hombre que lucha, etc.r> 

es superior a los demás por la belleza i felicidad de la 
invención. El poeta presenta al hombre cautivo de las 



547 

fatalidades naturales^ aprisionado entre montañas inac- 
cesibles i mares insondables. El primero tiende al cielo 
la vista en busca de asistencia, i baja entonces de las 
alturas la industria redentora. Con su ausilio, el siervo 
se hace rei de la creación, el esclavo se convierte 
en amo. 

Por desgracia, la ejecución del himno no corresponde 
dignamente a su invención. Aunque su estilo no carezca 
de¡ rapidez i brios, carece de la precisión i gracia pinto- 
resca que eran menester para comunicar a la idea ani- 
mación i realce. 

El himno número 9, bautizado por su autor con el 
nombre de canción patriótica i que comienza 

« Hogar propio nos trajo la guerra, etc.» 

está compuesto en estrofas de ocho decasílabos en que 
los consonantes graves alternan con los agudos. A cada 
dos estrofas precede un coro diferente del primero, lo 
que da al himno tres diversos coros. 

Su artificio métrico junto con lo escojido de las rimas 
acusan un versificador intelijente i diestro. 

Al mérito de su versificación se agrega la elegancia 
i viveza del estilo, el donaire poético de la espresion. 

Por lo que hace al estro i a la disposición jeneral 
del poema, creemos que no aventaja ni alcanza siempre 
a igualar a los otros himnos que estamos considerando. 
En cuanto a su calificativo de canción patriótica, se ve 
justificado por algunas galanas estrofas, lisonjeras a 
nuestro orgullo nacional, en las que el poeta recuerda 
los esfuerzos i progresos industriales de Chile. 

El himno número 15 se sujeta en su versificación a 
las leyes de las estrofas de heptasílabos yámbicos en que 

3.".* 




548 



don Leandro Fernandez de Moratin lloró la muerte del 
historiador Condo. Su coro dice así : 

Industria, tú que guias 
Los pueblos hacia el bien, 
En su gloriosa marcha 
Siempre a Chile sosten. 

Es lástima que ese coro sea tan pobre de ritmo i 
poesía, pues el resto del himno abunda de donosos ver-r 
sos, de hermosas estrofas, entre las cuales descuella la 
siguiente, que es bellísima i seria perfectamente cantable, 
sin la falta de ritmo del octavo verso : .i 

¡ Cuánto verjel oculto 
Te guardan nuestros llanos! 
Encierra el monte inculto, 
Metales que en tus manos ...» 

Son herramienta, máquina, 
Adorno, estatua o riel; : 

I en clima suave i grato 
Sabrá aquí obedecerte, . . . '• 

Sumisa a tu mandato, 
Raza viril i fuerte, 
A la opresión indómita, 
Pero al trabajo fiel. 

En estrofas del mismo metro i combinación, si bien 
mas cortas, está escrito el himno número 16 que tiene 
por coro 

Salve ! esplendor del arte, 
Segunda creación ! .,.,...■ 

Tremole sobre América . ... r.j ■ • 

Tu augusto pabellón. ... , ... •', .:. .: 



349 

Hai bastante arte en la composición de este himno, 
destinado menos a cantar las glorias de la industria, que 
a celebrar la futura Esposicion Internacional de San- 
tiago de 1875. Su versificación es correcta i fácil, sus 
estrofas tienen calor i movimiento, i mas de una vez 
brilla en sus versos como viva luz la inspiración poética. 

El somero análisis que acabamos de hacer, comprueba 
lo que dijimos al principio de este informe, a saber: que 
los cinco himnos mencionados, por diferentes títulos, son 
dignos de ser aplaudidos i estimados como obras de ver- 
dadero mérito. 

Esta circunstancia hace difícil dar la preferencia al 
uno sobre los otros. Pero, si el encargo que nos ha con- 
fiado la Academia se estiende hasta ahí, juzgamos pre- 
ferible el himno número 5, antes que por su mérito in- 
trínseco, por consultar mejor los requisitos peculiares al 
tema propuesto. 

Al terminar éste informe, séanos permitido felicitar 
a la Academia por el resultado del certamen abierto bajo 
sus suspicios. El nos trae un nuevo testimonio de la 
creciente actividad i progreso incesante de nuestra ju- 
ventud en el cultivo de las bellas letras. 

Muí repetuosamente somos de usted señor Director — 
AA. SS. — Domingo Arteaga A. — Adolfo ValcUrrama. — 
Manuel A. Matta, — Al señor Director de la Academia 
de Bellas Letras. 



550 



HIMNO 

(CON MOTIVO DE LA ESPOSICION DE 1875) 

PREMIADO 

Coro. 

Salve! esplendor del arte, 
Segunda creación ! 
Tremole sobre América 
Tu augusto pabellón. 

I. 

Graves, solemnes cantos 
Escuche el firmamento: 
De un pueblo el libre acento 
Celebre en coro olímpico 
Los triunfos de la paz. 

Al templo de las Artes 
Acudan las naciones: 
Sus contrastados guiones 
En el soberbio pórtico 
Flamean en un haz. 

II. 

A abrirse va el palenque; 
Los émbolos se ajitan 
I unísomos palpitan 
Los pechos i las máquinas 
En rítmico latir. 



551 

¡Salve! triunfal Industria, 
Tu fuego nos alienta, 
En tu crisol fermenta, 
Obra de nuevos Cíclopes, 
Radiante el porvenir. 



III. 

Apréstanos las alas 
Del cóndor eminente, 
I en tu taller ardiente 
Vigor halle el espíritu 
I el pueblo libertad. 

Venid naciones todas! 
La luz i la esperiencia 
Del arte i de la ciencia 
En armoniosa síntesis 
Amigas desplegad. 



IV. 

Gallardeando ufanas 
Los anchos mares venzan 
Las flámulas indianas, 
I aporten de la América 
El natural primor. 

I al par, lleguen los dones 
De aquel tan portentoso, 
Tan grande en dar lecciones, 
Soberbio nido de águilas 
Que el Niágar' arrulló. 



552 

V. 

La siempre sabia Europa 
En nuestro templo encienda 
Su luz, votiva ofrenda 
De sus antiguas fábricas 
A un mundo juvenil. 

I el arte nos descubra 
Que en la materia inerte 
Calor i vida vierte 
Para decirle: — Lázaro, 
Levántate a vivir! 

VI. 

¡Oh Watt, i Morse, i Fulton! 
¡Oh Gúttemberg glorioso! 
El carro victorioso 
Rejis, i es vuestro Píndaro 
La lira universal. 

Leves, divinas sombras, 
Espléndidos fanales 
De rayos inmortales, 
A los obreros pósteros 
La senda iluminad. 

VII. 

Alzad, i con vosotros 
Los ínclitos, los grandes 
Guerreros de los Andes 
Rasguen sus velos fúnebres 
Al eco del clarín! 



DDO - 

Llegad al patrio suelo 
Donde tenéis altares, 
I ved. propicios lares, 
La antes colonia gótica 
Cuan próspera i feliz. 

VIII. 

Suena a la lid la trompa! 
Los émbolos se ajitan, 
I unísonos palpitan, 
Los pechos i las válvulas 
En rítmico latir. 

Grandioso el coro rompa, 
I al formidable acento 
De máquinas sin cuento, 
Unáse el canto armónico 
De un pueblo al porvenir! 

E. de la Barra. 



INFORME PASADO A LA ACADEMIA DE BELLAS LETRAS 
SOBRE DOS ODAS. 

CERTAMEN EN HONOR DEL ANIVERSARIO 
DE LA INDEPENDENCIA. 

Vamos a examinar con la mayor atención las dos 
composiciones poéticas sobre las que la Academia nos 
pide una opinión: pero como este informe ha de ser 
solamente una base de discusión i como la Academia se 
reserva el derecho de fallar por sí misma este asunto, 



554 

nos permitiremos ciertos desarrollos que, al mismo tiempo 
que son los motivos de nuestro informe, indican el punto 
de vista en el cual nos hemos colocado para juzgar. 

La oda en la época moderna ha cambiado completa- 
mente de faz; la oda helénica que servia en el mayor 
número de casos para celebrar las fiestas i solemnidades 
relijiosas cantaba igualmente la gloria de los héroes i las 
alabanzas de los dioses: composición eminentemente 
lírica, se ven en ella los arrebatos de la pasión, la vigo- 
rosa impetuosidad del jénio, la osadía de las imájenes i 
la armonía de los jiros, unidos a la vehemencia del estilo ; 
pero su carácter principal entre los griegos era ser 
siempre cantable. Sabido es que Píndaro es la mas alta 
personificación de la oda helénica i aunque Anacreonte 
i Safo, que han dado su nombre a dos jéneros de com- 
posiciones, cantaron, el primero el amor dulce i tierno i 
la segunda los arrebatos de una pasión frenética, ellos 
dieron a sus composiciones una elevación i un entu- 
siasmo que arrebata el espíritu i que los coloca, en me- 
dio de la literatura griega, como la espresion del mas 
acentuado lirismo. 

No llegaron a tanta altura los poetas latinos, i Hora- 
cio, admirador de Píndaro, no alcanza a igualar el 
entusiasmo arrebatador i el estro vigoroso de su modelo, 
a pesar de su cultura i elegancia. Esto depende muí 
probablemente de la civilización diferente en que vivie- 
ron los dos poetas, sin hablar de las facultades indivi- 
duales de ambos. Sea de ello lo que quiera, la oda 
latina no se cantaba. 

Como los mas distinguidos maestros han dado sus 
preceptos fundándose en el estudio de los poetas griegos 
i latinos, no estrañará la Academia que hayamos echado 
una mirada, aunque rápida, sobre los caracteres de la 
oda en aquellos tiempos. 



00 

La oda en la época moderna, es una composición 
destinada a pintar los arrebatos de la pasión, todo lo 
que es capaz de ajitar el alma i elevar los sentimientos 
a las altas rejiones del entusiasmo: por eso la oda tiene 
pocas reglas; el entusiasmo no raciocina Mámente. 
Lanzado el espíritu en alas del estro poético, se arroja 
en el éter luminoso de las imájenes i de los grandes 
pensamientos, i allí, el poeta, colocado en la atmósfera 
propia, firma una obra inmortal, o quemadas sus alas 
por el fuego de un aire que no puede respirar, cae de- 
solado i lloroso a la atmósfera fácil de la mediocridad, i 
renuncia a los lauros que coronaron las sienes de Píndaro 
i Horacio. 

Los poetas españoles, ensanchando mas los dominios 
de la oda que los poetas griegos i latinos, le han dado 
alternativamente el carácter heroico, filosófico, sagrado 
o amoroso i festivo. Testimonio de estas diversas formas 
son frai Luis de León, Fernando de Herrera, don Esto- 
van de Villegas, Melendes Valdez i tantos otros; i -cual- 
quiera que haya sido la dirección que los bardos espa- 
ñoles hayan dado a Lis odas, siempre han respetado el 
carácter esencial que los poetas griegos i latinos dieron 
a este jénero de composiciones. El entusiasmo i la pa- 
sión son las cualidades esenciales de esta especie de obras; 
el verso debe ser fácil i armonioso, las imájenes vivas i 
animadas, los pensamientos elevados, el estilo a la vez 
vehemente i majestuoso, la pasión profunda i ardiente; 
toda trivialidad está desterrada de este jénero de com- 
posición; puede decirse, sin temor de equivocarse, que 
la oda es la espresion mas alta de la poesía lírica. 

En cuanto al metro en que la oda debe ser escrita, 
es imposible fijarlo: habitualmente lo está en estrofas 
iguales, pero que pueden estar compuestas de varios 
modos; ya estas estrofas se forman de versos endecasí- 



556 

labos i heptasílabos arreglados de modos diferentes, como 
en la oda de Herrera, que celebra las hazañas de don 
Juan de Austria, ya de sálicos adónicos como en algunas 
odas de Cadalzo i la oda al céfiro de don Estevan de 
Villegas; menos frecuente es encontrar, en este jénero de 
composiciones, los yámbicos heptasílabos. De todos modos, 
como la esencia de estas obras es la pasión i el entusias- 
mo, estas composiciones han de ser cortas si no se quiere 
decaer, porque no se puede sostener por mucho tiempo 
el espíritu en la atmósfera de los pensamientos i de las 
imájenes sublimes, i porque faltaría casi siempre el aire 
aun a los injenios mas aventajados que tal temeridad 
quisieran acometer. Tal es la norma seguida jeneral- 
mente por los grandes maestros de la poesía castellana, 
algunos de los cuales hemos citado i a los que don 
Manuel José Quintana ha tenido, en época mas reciente, 
la gloria de igualar. 

Con estas ideas, vamos a examinar las composiciones 
que la Academia nos ha hecho el honor de someter a 
nuestro humilde criterio, i no exijiremos que ellas se 
muestren a la altura de las que fueron escritas por los 
maestros del arte, sino que, mirando los modelos, vere- 
mos cuál es la que mas se acerca a las difíciles condicio- 
nes exijidas para esta clase de trabajos. 

Dos son las odas que se han presentado al certamen 
abierto por la Academia i que la comisión va a examinar. 
Una lleva el título de «Chacabuco», en que el autor 
canta al héroe de aquella gloriosa jornada, i la otra el 
de «Oda al Dieziocho de setiembre», en que el poeta 
enaltece aquel día tan grato para la patria. 

Debemos confesar que, después de haberlas leido una 
en pos de otra, con el objeto de aprecia)" los contornos 
jenerales de cada composición, el vigor i: el colorido de 
cada una de ellas, no hemos encontrado aquella altura, 



557 

ni aquel tono grandioso, ni aquellos arranques de entu- 
siasmo que constituyen la esencia i el mérito principal 
de este jénero de trabajos; sin embargo, es fuerza reco- 
nocer en ambas, facilidad en la versificación, vehemencia 
en el estilo i un cierto perfume americano que las hace 
dignas de alabanza. 

Entrando mas profundamente en su estudio, vemos 
que la primera de estas odas que tiene por título «Cha- 
cabuco» i que empieza 

Para cantar la hazaña 

De mas eterna gloria, etc. 

decae a veces i es en ocasiones descuidada en la forma i 
poco armoniosa en sus versos; nótase que el poeta cam- 
bia de metro en la mitad de la composición, sin duda 
para dar majestad con el verso endecasílabo al fin de su 
trabajo, pero sin notar que este cambio inesperado hace 
que la obra pierda algo de su unidad i de su belleza. 
La preposición con que empieza la oda es desgraciada 
i el lector se prepara para escuchar un raciocinio que 
sigue en efecto : pero esto pudo ser evitado si el autor 
hubiera querido principiar por el quinto verso que dice 

Sublime inspiración, brinda mi canto. 

Vése en esta composición una estrofa bellísima i algu- 
nas comparaciones dignas de notarse; lié aquí la estrofa: 

Jamas fueron mas grandes 

Los jigantescos Andes 
Que el dia aquel en que su cumbre hería 
La planta audaz de la lejion de bravos 

Que a libertar corria 

Pueblos cansados de sentirse esclavos. 



558 

En la oda «Dieziocho de Setiembre» el comienzo es 
mas digno i elevado, i aunque la obra no carece de de- 
fectos, está hecha con mas arte i ha sido menos descui- 
dada; los versos son en jeneral fáciles i armoniosos i la 
inspiración no decae, talvez por ser mas corta; pero ya 
hemos dicho que ésta es una de las condiciones de la 
oda, lo que hablaria en favor de la composición. La 
uniformidad del metro en toda su estension da a Ta oda 
una cierta unidad que hace que el lector abraze, en una 
ojeada, las pocas, pero cuidadas bellezas, que el trabajo 
contiene. Para no citar sino algunos versos, llamamos 
la atención de la Academia sobre los siguientes: 

La esclava que abatida i macilenta 

Por tantos años soportó la afrenta 

De ser de viles amos sierra humilde, 

Te vio llegar en bendecida hora, 

Cual tras noche de angustia i desconsuelo 

Se ve brillar el cielo 

A las luces primeras de la aurora. 

Estos versos son fáciles i armoniosos, i el símil, sin 
ser nuevo, está vertido con formas elegantes i sonoras: 
el autor ha tenido cuidado a la terminación de cada es- 
trofa, de poner un verso fácil i armonioso para dejar en 
el espíritu una impresión agradable i musical. 

En resumen, sin que la comisión juzgue ninguna de 
las composiciones una obra acabada, se atreve a reco- 
mendar a la Academia la «Oda al Dieziocho de Setiem- 
bre,» esperando que ella rectificará con su alto criterio 
i su acendrado gusto literario lo que esta humilde opi- 
nión pudiera tener de erróneo. 

Santiago, setiembre 24 de 1875. — Adolfo Valderrama. 
— Pablo Garriga. — Francisco Solano Asta-Bvruaga. 



559 



AL DIEZIOCHO DE SETIEMBRE. 



; Salve! dia de arloria. 
Pajina la mas pura i la mas bella 
De nuestra joven i brillante historia! 
La esclava que abatida i macilenta 
Por tantos años soportó la afrenta 
De ser de viles amos sierva humilde, 
Te vio llegar en bendecida hora, 
Cual tras noche de amargo desconsuelo 
Se ve brillar el cielo 
A las luces primeras de la aurora. 
I tú viste a esa esclava despertarse 
Del letárjico sueño en que yacía. 
I llena de ardimiento i de fé llena 
Romper con fuerza heroica la cadena 
Con que atada se via. 



II. 

¿Qué estruendo pavoroso 
Se estiende por los campos i los bosques 
Do habitó el indio rudo i belicoso? 
¿Qué insólito temblor la tierra mueve? 
¿Qué eco es el que repite esa montaña? 
¿Qué voz la que conmueve 
A la ciudad, al pueblo, a la campaña?... 
Oh! dia de ventura! 
Tu escuchaste ese grito que imponente 
Veló desde el ocaso hasta el oriente, 



560 

Infundiendo fatídica pavura' 

A la del vil tirano raza impura! 

Grito de libertad, grito de guerra 

Que estremeció la tierra 

«Del ancho Biobio al Atacama;» 

Grito que en varonil ardor inflama 

Al niño delicado, 

I que reanima del valor la llama 

En el anciano débil i encorvado 

Bajo el peso del yugo que lo infama! 

III. 

Tu sol ¡oh fausto dia! 
Que presenció después en cien combates 
Que cien victorias fueron, 
El valor, la constancia i la enerjía 
De los que patria i libertad nos dieron, 
Ora viene a alumbrar, nó las lejiones 
De esa raza de leones 
Que con sangre la tierra enrojecieron; 
Nó las rudas batallas do probaron 
Las huestes de esos ínclitos campeones, 
Que puede mas el sacro patriotismo 
Que el torpe, asalariado servilismo: 
Hoi derrama su luz sobre el progreso 
Que la creadora paz, la paz bendita, 
Con benéfica influencia 
Da al arte, i a la industria, i a la ciencia. 

IV. 

Este monte, el collado, esta llanura, 
Aquella selva umbría, 



561 

Testigos de la fuerza i la bravura 

De tus valientes hijos, patria mia, 

I que ilumina con su lumbre pura 

El majestuoso luminar del dia; 

Esos campos que Marte presidia 

En aquel tiempo aciago, 

Nó de la guerra impía 

Demuestran hoi el lamentable estrago... 

Céres con mano amiga 

Fructífera simiente les prodiga 

I en la colina, el valle, el fértil llano 

Regados con la sangre jenerosa 

De tantos héroes, se alza ya la hermosa, 

Dorada espiga de dorado grano. 

I por do quiera que la vista alcanza, 

Allí se ve la mano 

De un pueblo libre, grande, soberano, 

Que poderoso al porvenir se lanza! 

V. 

Tú 7 que a la patria mia 
Guiaste por la senda de victoria , 
Recibe ¡oh fausto dia! 
El saludo que Chile ora te envia : 
¡Salve! dia de gloria, 
Pajina la mas pura i la mas bella 
De nuestra joven i brillante historia! 
Setiembre de 1875. 

Manuel A. Boza. 



Lastabkia, Recuerdos. 3Q 



562 



VIII. 

SESIÓN SOLEMNE DEL CUARTO ANIVERSARIO CELEBRADO 
EN 27 DE MAYO DE 1877. 



MEMORIA BEL VICE-DIRECTOR DON MARCIAL GONZÁLEZ. 



Señores: 

Hoi cumple cuatro años de existencia nuestra Acade- 
mia de Bellas Letras, i, revisadas las actas de sus sesio- 
nes, tengo la satisfacción de asegurar que, durante este 
último año, sus labores no han disminuido en número 
ni en importancia. Dentro de su modesta esfera, ella ha 
continuado sirviendo al desarrollo de la literatura nacio- 
nal, como a la mejora de los buenos estudios; i aun- 
que la asistencia de muchos de sus socios fundadores no 
haya sido constante, los trabajos literarios i científicos 
traidos a este recinto nunca han escaseado i han de- 
bido tener algún notable atractivo cuando mas de cien 
visitadores, casi todos jóvenes estudiantes, bachilleres 
en humanidades o leyes, abogados, médicos, injenieros o 
simples aficionados al arte literario, han formado cons- 
tantemente en cada noche de sesión un auditorio escoji- 
do, que con su entusiasmo i su atención asidua, alienta 
a los escritores i muestra el vivo interés que tiene por 
cuanto se relaciona con el cultivo de las letras i las cien- 
cias en el país. 

En el año de que vengo a claros cuenta, la Acade- 
mia ha celebrado treinta i dos sesiones, en las cuales 
se han hecho setenta i una lecturas, cuarenta i seis por 



563 

os académkos i veinticinco por los visitadores. De aque- 
llas, ocho han sido del señor Letelier i del señor Valde- 
rrama siete; de los señores Barra, Dávila, Garriga i 
Gallo, cinco; del que habla, cuatro; i una de cada cual 
de los señores Asta-Buruaga, Cañas, Lavin M., Montt 
(Luis) i Matta (M. A.) Entre los visitadores, han leido los 
señores Quiros, cuatro veces, Boza, Castro, Escuti i Fe- 
rran, tres; i una los señores Cubillos, Lagarrigue (J. E.) 
Román Blanco i Torres Arce. De las cuarenta i seis lec- 
turas de los académicos, treinta i ocho han sido en prosa 
i ocho en verso, i de las veinticinco de los visitadores, 
diez i seis en verso i nueve en prosa. 

Durante este mismo año, se han leido ademas siete 
trabajos de mayor o menor importancia comunicados a 
la corporación: uno del académico señor Blanco Cuar- 
tin, titulado Lo que queda de Voltaire; otro del señor 
Arístides Rojas, correspondiente estranjero, La supuesta 
delación de don Andrés Bello; otro del doctor Frick, de 
Valdivia, Estudio sobre una ortografía universal; otro de 
don Jorje Lagarrigue, de Paris, dando cuenta de El 
último libro de M. Littré: un Estudio filolójico referente 
al valor de la Y griega, por el señor Mathieu de Fossey; 
otro, Estudio sobre la vacuna, del doctor R. Ortiz Cerda, 
de Santiago: i unos Versos a Dios, del señor Alejandro 
González, de Concepción. De suerte que en junto se 
han hecho en este año setenta i ocho lecturas, veinte i 
cinco en verso i cincuenta i tres en prosa. 

II. 

En estas obras de que doi cuenta ha habido bastantes 
de notable mérito. Según su jénero, pueden todas ellas 
distribuirse en once de crítica literatria, ocho de filolojía, 
siete de ciencias, nueve de literatura didáctica, diez de 

86* 



564 

bella literatura, como artículos de costumbres i cuentos 
o juguetes en prosa, una de política jeneral i cuatro de 
sociolojía: habiéndose leido, ademas sentidas composi- 
ciones poéticas sobre diversas materias i de mayor o 
menor mérito artístico, pero todas manifiestan en sus 
autores un gusto acendrado por el cultivo de la bella 
literatura. En acasiones los autores han leido dos o mas 
composiciones en una misma noche i eso se ha tomado 
en cuenta como una sola lectura. El señor Ferran leyó 
cinco o seis composiciones tituladas Poesías en prosa i 
se han computado por una sola. El Estudio sobre la 
viruela, del doctor Ortiz, consta de dos partes; se leyó 
en dos sesiones distintas i se ha contado por una sola 
lectura. Igual cosa se ha hecho con el largo estudio 
del señor Blanco Cuartin i los de los señores Frick, de 
Fossey, etc. 

Si al tratar de este asunto debo seguir la división adop- 
tada en la Memoria de los tres años anteriores, las lectu- 
ras del año de que doi cuenta podrían distribuirse como 
sigue: composiciones sociolójicas, veinte i cuatro; cientí- 
ficas, siete: plásticas, cuarenta i siete; en todo, setenta 
i ocho, dando esto una diferencia de cinco composicions 
menos que las del año antepasado, en que llegaron a 
ochenta i tres, siendo treinta i seis las del solo ramo de 
sociolojía en el cual está ahora toda la diferencia. ¿Será 
esto por falta de laboriosidad o por no haberse encontrado 
buenos asuntos de estudio en la sociolojía nacional? 

III. 

Volviendo a las lecturas hechas en este recinto i para 
que se vea su tendencia, me permitiré clasificarlas en 
detalle, diciendo que las de crítica han sido once: del 
señor Dávila cinco, del señor Montt una, del señor 



565 

J. Lagarrigue una, del señor Rojas una, i tres de otros 
tantos visitadores ocasionales. Las de ciencias siete, 
tres del doctor Orrego Luco, dos del doctor Letelier, 
una del doctor Valderrama i otra del doctor Ortiz. Las 
de filolojía ocho i entre ellas seis del señor Letelier, 
una del señor Frick i otra del señor Fossey. De eco- 
nomía política cuatro, hechas por el infrascrito, i una de 
política jeneral, por el señor Lavin Matta. Ocho de 
bella literatura, siendo cinco del señor Barra, dos del 
señor Larrain Zañartu i una del señor Blanco Cuartin. 
Cuatro artículos de costumbres, dos del doctor Valde- 
rama i dos del señor Barros Grez. Cinco lecturas del 
señor Pedro L. Gallo, sobre una traducción ele El es- 
píritu nuevo de Quinet i veinticinco composiciones en 
verso sobre temas variados, leídas cuatro por los se- 
ñores Garriga i Quiros, tres por los señores Valderrama, 
Boza, Castro, Escuti i una por cada cual de los señores 
Matta (Manuel Antonio) Ferran, Orihuela i Torres 
Arce. 

Detallando algo mas todavía este análisis, tendremos 
que las composiciones leidas por el señor Dávila son 
todas de bibliografía i dando cuenta de libros útiles 
para el país. Las del señor Barra, sobre el Dante i la 
poesía, considerada jenéricamente. Las del señor Letelier, 
sobre filolojía i estudios médico -legales. Las del señor 
Barros Grez, artículos de costumbres, como Los Santos 
de Chile i los Llamadores , i Un estudio sobre el verbo 
Hacer, con una larga narración en cpie solo se emplea 
este verbo. Las del señor Larrain Zañartu de bella 
literatura, como La hija de Augusto i un Cuento alegórico 
sobre el gobierno de las finanzas. El que habla ha leido 
por su parte cuatro estudios de economía i sociabilidad, 
titulados: La crisis actual, — Mas vale cuenta que renta. 
— Los trabajadores rurales — i La moral del ahorro. 



566 

El señor Orrego Luco, tres estudios de medicina: Nueva 
teoría sobre las funciones cerebrales, Literatura médica i 
Signos de la muerte. El doctor Valderrama, cinco, dos 
de versos, un juguete cómico, un artículo de costum- 
bres i otro sobre inhumaciones prematuras. I por úl- 
timo, veinticinco composiciones poéticas, cuatro de los 
señores Matta, Cañas, Garriga i Valderrama i las vein- 
tiuna restantes de visitadores o correspondientes, resul- 
tando en junto setenta i ocho composiciones leidas: 
veinticuatro sociolójicas , siete científicas i cuarenta i 
siete plásticas, que dan, como ya dije, cinco menos que 
las del año antepasado. 

Si se advierte ahora que la mayor parte de esas 
composiciones revelan un trabajo fecundo no solo por 
el atractivo de su forma, sino porque en casi todas ellas 
se ha tratado de servir al interés colectivo de la socie- 
dad, fácil será reconocer que semejante resultado es bien 
halagüeño para la Academia. Pero a la vez no puede 
menos que lamentarse la constante ausencia de muchos 
académicos de número, que con su talento e ilustración 
darian prestijio a este cuerpo tomando parte en sus ta- 
reas i asistiendo a sus sesiones. Nace esto sin duda de 
que las letras i aun las ciencias no aplicadas a un fin 
práctico están lejos de ser carrera entre nosotros, i nace 
también de que la necesidad de perfeccionar los cono- 
cimientos adquiridos no es todavía un estímulo capaz 
de crear aquí intereses colectivos, ni de dar vida propia 
a una asociación como la presente, que impone trabajos 
sin dar gloria ni emolumentos. Mas, sea esto efecto de 
indolencia o falta de hábito, basta el impulso que aquí 
reciben los jóvenes que se consagran al cultivo de las 
letras o las ciencias, para que todos deseemos que este 
plantel se conserve i para que, al dirijiros la palabra en 
esta ocasión, yo tribute mis cordiales felicitaciones a los 



567 

académicos asistentes, a los jenerosos protectores ele nues- 
tra institución i a los visitadores que, con sus trabajos i 
su entusiasmo, han sabido conservar en auje este pequeño 
centro de la actividad intelectual de nuestro país. 

IV. 

Los trabajos particulares de la Academia, durante el 
año de que se trata, tampoco han carecido de impor- 
tancia. De entre ellos el que debió dar mejores frutos 
fué el presentado en la sesión 94 por el señor clon E. 
de la Barra, i que publicado en un cuaderno que se 
distribuyó en la sesión solemne anterior i fué pasado a 
comisión, ha tenido la mala fortuna de no ser informado 
hasta el presente. Me refiero al proyecto sobre creación 
de centros literarios en las principales ciudades del pais, 
i sobre estimular a los jóvenes al estudio i al trabajo, 
trazándoles el camino para que adelanten en el cultivo 
de las letras i sirvan a la vez a la instrucción del pueblo. 
Para este fin se proponía entre otros, el estudio de nues- 
tras escuelas nocturnas de artesanos, a fin de mejorarlas 
i la creación de un instituto para mujeres en Santiago, 
ideas ambas que han encontrado el valioso apoyo de la 
administración i que están hoi en via de realizarse i de 
producir hermosos frutos. El señor de la Barra, llamado 
al presente a otras funciones públicas, hará falta entre 
nosotros, pero su idea jerminará i yo espero que la 
discutiremos en el curso de este año. 

Para fomentar el trabajo literario i en celebración de 
nuestra independencia, la academia acordó, en agusto 
último abrir un certamen poético ajustado a las mismas 
condiciones que el del año 75 i fijándose como tema 
los siguientes: Una oda patriótica i Una narración histó- 
rica, siendo los agumentos de ambas tomados de la 



568 

histórica nacional. Presentáronse cuatro composiciones, 
dos en prosa i dos en verso: las primeras, \it Abdicación 
de O'IIiggins i la Formación del ejército libertador por 
San Martin', i las dos últimas, Manuel Rodríguez i La 
Independencia de Chile. Solo se distinguió con mención 
honrosa la de Manuel Rodríguez', i en cuanto a las 
otras, la Academia acordó solo algunas palabras de 
estímulo a sus autores, con la esperanza de que otra 
vez sus composiciones tengan mejor aceptación, ya 
que las actuales solo han sido simples reducciones de 
trabajos históricos conocidos i hechas con poco estudio 
i menos arte. 

A indicación de nuestro actual secretario, el señor 
Dáyila Larrain, se acordó también, el 14 de octubre 
pasado, abrir un nuevo certamen, cuyas bases fueran 
una novela i una composición dramática del jénero có- 
mico, con dos premios, uno de primera i otro de segun- 
da clase, que consistirían en libros adecuados a su objeto. 
Se han presentado oportunamente a este certamen seis 
composiciones: una novela titulada Los Altos ole Bohe- 
mia, por Atahualpa; Isabel, comedia en tres actos i en 
prosa por Simbad; Escotas caseras, comedia en tres actos 
i en verso por Nemo; La política en Chile, comedia en 
tres actos i en verso, por tres corazones; Todo menos 
solterona, comedia en tres actos, en verso, con un signo, 
i Un descubrimiento a tiempo, comedia en verso, en un 
acto, teniendo por marca una estrella. 

Se han trabajado informes sobre todas estas piezas i 
-la Academia está oyendo su lectura a fin de pronunciar 
el fallo correspondiente sobre su mérito respectivo. 



569 



En el curso de este año varias personas i corporacio- 
nes han hecho a la Academia regalos de libros para que 
se dé cuenta de ellos en sus sesiones. El señor Asta- 
Buruaga, a nombre de la casa Ivison, de Nueva York, 
i el señor Carmona jefe de la estadística comercial en 
Valparaíso, han enviado para nuestra biblioteca una por- 
ción de volúmenes. La Sociedad Jeográfica de Burdeos, 
el Club Literario de Lima, la Sociedad de lenguas ro- 
mances i la Academia Arjentina de Ciencias i Letras, 
nos han enviado también trabajos i boletines suyos i 
pedídonos que cultivemos relaciones literarias. 

El sistema de conferencias semanales que tratamos de 
plantear el año último, no ha podido producir aun los 
frutos que debían esperarse, porque son muchas las di- 
ficultades que obstan al desarrollo de una institución 
destinada a servir intereses puramente especulativos, 
como lo es el cultivo de las letras i las ciencias según 
el criterio que tenemos aceptado en nuestros estatutos. 
Lna tarea tal no trae prosélitos ni encuentra fáciles coo- 
peradores. Impone, al contrario, compromisos i tareas 
difíciles de cumplir, i se necesita de todo el respeto 
debido a la intelijencia i de una voluntad muí firme para 
no desmayar en esta obra ingrata de suyo, j)ero que con 
el tiempo debe dar al país resultados bien útiles, si tra- 
bajamos con abnegación por conservarla i fomentarla. 

Así es de creer que suceda, señores, no solo por la 
necesidad del adelanto jeneral que es la lei del progreso, 
sino hasta por la aceptación que han encontrado ya al- 
gunas de las ideas nacidas entre nosotros, tales como 
los institutos nocturnos para adultos i las sociedades li- 
terarias en las provincias i aun en los colejios públicos 



570 

i particulares. El empeño que hoi toman todas nuestras 
clases sociales por educarse i la seguridad que se tiene 
de que no se puede ser ciudadano cumplido sin saber 
escribir i hablar bien, harán seguramente que institucio- 
nes como la nuestra encuentren cada dia mejor acepta- 
ción i cuenten con mayor número de ausiliares que les 
permitan servir mas útilmente a la sociedad. Mucho 
hacen por las letras i aun las ciencias nuestras lecturas 
semanales de académicos o de visitadores, pero mas 
harán en adelante si persistimos en la obra i le damos 
mayor alcance por medio ele conferencias públicas sobre 
historia natural, química, física, etc., i si el gobierno sin 
atacar ningún derecho adopta el propósito de hacer obli- 
gatoria en Chile la instrucción elemental, porque este es 
también un medio poderosísimo de jeneralizar en el 
país el cultivo de los conocimientos literarios. 

VI 

Alguien ha dicho que, cuando se hace esto último, 
el gobierno menoscaba el poder paternal i viola la liber- 
tad desconociendo el derecho de cada ciudadano para 
hacer lo que le cuadre, con tal de no amenazar el de- 
recho ajeno. A mi juicio, señores, tal argumento carece 
de fuerza i de oportunidad, pues si se ataca el poder 
del padre obligándolo a mandar sus hijos a la escuela 
primaria, ¿acaso no se le ataca i mucho mas con el ser- 
vicio obligatorio en la guardia nacional? Si el padre 
artesano, chacarero, inquilino o peón ambulante de los 
campos, ha menester del trabajo de sus hijos i por eso 
no los educa como el interés de la república lo exije, 
¿no es peor que carezcan de educación o que vivan en 
el ocio o consagren su tiempo a servir gratuitamente de 
patrullas o celadores rurales? Pero si se observa que la 



571 

instrucción obligatoria viola el derecho mas sagrado, el 
derecho del hombre sobre si mismo, recuérdese la sen- 
cilla respuesta que a esa objeción acaba de dar el destin- 
guido escritor Legouvé: «Cuando alguien posee un bien 
que perjudica a los demás, se le desposee en interés de 
todos (dice); i con igual fundamento, yo pido que se 
espropie al pueblo de su ignorancia por causa de utili- 
dad pública.» 

Es un hecho evidente que la instrucción elemental 
está solo destinada a dar al espíritu un primer alimento 
sin el cual moriría de inanición: ella es como la leche 
para la criatura recien nacida, que la mantiene por lo 
pronto i prepara su organismo para recibir después una 
nutrición una vigorosa. Pero esa especie de hambre 
moral, ¿puede tolerarse en un país como el nuestro, 
donde todo hombre es ciudadano i tiene obligaciones 
que cumplir i derechos que ejercitar? — La cuestión es 
talvez ruda en principio. — Sin embargo, no debe olvi- 
darse que las repúblicas mas libres, los Estados Unidos 
i la Suiza, han declarado obligatoria la instrucción pri- 
maria i que lo propio ha hecho un estado militar i mo- 
nárquico, la Prusia, siendo estos los únicos pueblos del 
mundo donde todos saben leer i escribir correctamente. 
Allí se piensa que el padre no tiene derecho de faltar 
a sus obligaciones para con el hijo, ni para con la so- 
ciedad, sin que ésta tenga al momento el derecho de 
intervenir; porque se ha visto que no hai tiranía cuando 
se compele al padre a pagar una deuda que privaría al 
hijo de un recurso necesario, i al Estado de un ciuda- 
dano útil, i que pondría también en peligro la seguridad 
pública por la relación estrechísima que existe siempre 
entre la ignorancia i el crimen. 



572 



VIL 



Yo pienso, señores, que de esta deficiencia en la ins- 
trucción jeneral, proviene, en su mayor parte, el aban- 
dono que, aun las jentes instruidas, hacen entre nosotros 
del cultivo de las letras i las ciencias. Que los jóvenes 
de familias acomodadas obtengan títulos científicos i se 
hagan bachilleres o licenciados en humanidadas o leyes, 
nada mas conveniente ni mas justo, que visiten la Eu- 
ropa i traigan al país objetos de arte, razas de animales 
útiles, i nuevos instrumentos de cultivo agrícola o in- 
dustrial, nada mas acertado ni mas digno de encomio. 
Pero ¿redúcese a esto solo la misión patriótica del hom- 
bre de fortuna? ¿Por qué los jóvenes de posición inde- 
pendiente han de abandonar el cultivo de las letras i el 
fomento de la instrucción, que es la mas rica fuente del 
progreso i uno de los mas bellos encantos de la vida 
civil? — La independencia del espíritu para la adquisi- 
ción de los conocimientos es también un don excelente 
de la naturaleza i debe estar representada en todos los 
pueblos por el adelanto de la literatura que es como el 
espejo de la sociedad. I si nunca ha sido en Chile tan 
estenso como ahora el campo de la acción individual, 
para que las fuerzas sociales estén aquí debidamente 
equilibradas, se ha menester que cuando todo surje i 
prospera, no se deje solo a las letras en el olvido i en 
el abandono por parte de aquellos mismos que, gracias 
a las ventajas de su situación, son los mas obligados a 
cultivarlas i adelantarlas. 

Hace ya tiempo que cuando entre nosotros se habla 
de progreso a un hombre de letras, sonrie tristemente, 
recuerda épocas no remotas i observa, con cierto dolor, 
que si es verdad que se han multiplicado las escuelas i 



DA Ó 

que todo se ha desarrollado en Chile en los últimos 
treinta años, las letras, sin embargo, han quedado como 
estacionarias por falta de estímulo i de entusiasmo en 
aquellos que debieran fomentarlas. ¿Cuál es, en efecto, 
el campo de acción, cuál el teatro que aquí tenga la 
literatura? No hai otro que la prensa periódica i aun 
allí son pocos los escritores de editoriales afortunados, 
pues los boletines, efemérides, crónicas locales i artícu- 
los críticos o científicos que se publican de vez en cuando, 
sea por el rumbo impersonal del periodismo o por la 
marcada caracterización de los periódicos, han dejado de 
ser centros de influencia i órganos de la opinión, como 
lo eran en otro tiempo. Se leen hoi los diarios por el 
aficionado a sus doctrinas i para saber el acontecimiento 
de la víspera, las noticias del momento, los anuncios 
teatrales, las ocupaciones solicitadas, los remates de 
muebles o inmuebles i las casas en venta o arriendo. 
Pero entre ellos i el público, el lazo verdadero no es 
otro que el de la curiosidad, no porque el diarista haya 
dejado de escribir bien, sino porque no se cree que es- 
presa al justo la opinión jeneral i por eso no se le 
escucha con las simpatías del antiguo público. 

Un proverbio dice que « los que se estiman se en- 
tienden con inedia palabra.» Pero parece que en las 
letras, como en la política, se debilitan en vez de ro- 
bustecerse los vínculos de estimación. Hoi por hoi, no 
hai aquí partidos propiamente dichos. Contadlos i veréis 
que sus trabajos corren la suerte que los trabajos lite- 
rarios. Los partidos, como las obras de literatura, apa- 
recen un dia para desaparecer al siguiente i no forman 
escuela, ni público, así como los viajeros que atraviesan 
una ciudad no figuran entre sus habitantes. Por la po- 
lítica, yo no lo siento, pues creo que cuantos menos 
partidos hai mas patria, cuantas menos divisiones en la 



574 

opinión, tanto mas brío adquieren los intereses indivi- 
duales que surjen i desarrollan el progreso jeneral. 
¡Quiera Dios que esto varíe, sí, para la literatura! Yo 
tengo la debilidad de creer en la lei ineludible del pro- 
greso; i la simple esposicion que os be becbo de los 
trabajos de esta Academia en el año que boi termina, 
basta para demostrar que no está aquí olvidado por 
completo el amor a las letras ni a los buenos estudios 
i que, perseverando en nuestro empeño de sostener esta 
institución i de fomentarla como centro de actividad 
literaria, haremos un bien no pequeño a la cultura inte- 
lectual de nuestro país. 

VIII. 

Es cosa rara, señores, que cuando la instrucción pú- 
blica en todos sus ramos lleva en Chile una marcha 
siempre ascendente, el cultivo de la literatura i aun de 
las ciencias no aplicadas, siga poco menos que estacio- 
nario, siendo así que él podria por sí solo procurar al 
talento i a las luces de muchos de nuestros compatriotas 
triunfos i provechos imperecederos i espléndidos. Vo- 
sotros lo sabéis: no hai inmortalidad superior a la de las 
letras que viven a pesar del trascurso de los siglos, ni 
a la de las ciencias que son el foco de donde emanan 
la luz, el poder i la riqueza de los individuos i los 
pueblos. Si los descuidamos i prescindimos de sus inesti- 
mables beneficios, ¿no es evidente que retrogradaremos 
o quedaremos detenidos en el camino de la civilización, 
hoi que los progresos universales nos gritan adelante! 
siempre adelante? Cuando la Universidad i el Instituto 
• i la administración hacen todo j enero de esfuerzos para 
que las luces se difundan sin distinción de clases ni de 
personas, i para que la república se realice en Chile, 



DO 



gracias a la instrucción i a las virtudes de sus lujos, ¿no 
es un dolor que los conocimientos adquiridos queden sin 
aplicación i que el cultivo de las inteligencias, por falta 
de práctica literaria o científica, deje de producir los bellos 
resultados que, en libros, folletos o periódicos, revelaría 
nuestro adelanto en el interior i elevaría el prestijio de 
nuestro país en el estranjero? 

Urje, pues, señores, remediar este mal. i ya que las 
letras i las ciencias son minas inagotables de progreso 
i felicidad para las jeneraciones, preciso es no descuidar- 
las i que cada chileno instruido trabaje, en la medida 
de sus fuerzas, por sacar de ellas para sí i para la patria 
todo el provecho posible. 

Pero cuando estudiamos las letras para ser escritores, 
diaristas, profesores, abogados o simples literatos, las 
estudiamos precisamente en sus aplicaciones, porque de 
nada serviría la teoría sin la práctica, como no bastaría 
conocer la gramática de una lengua ni las reglas de un 
manual literario para hacer con buen éxito una compo- 
sición cualquiera. Nadie ignora que para escribir o hablar- 
bien se ha menester ejercitar la pluma o la palabra, i así 
como del estudio comparativo de las lejislaciones surje 
la filosofía del derecho , así también i procediendo por 
comparación, del estudio práctico de la literatura surje 
la filosofía de las letras i se eleva el hombre al cono- 
cimiento de los hechos i de los principios que forman la 
ciencia del escritor i desarrollan el buen gusto. Por eso 
es que una Academia como ésta presta un verdadero 
servicio estimulando al trabajo i al estudio en todas sus 
formas, centraliza las producciones literarias i las entrega 
a la atención del auditorio, las compara, las analiza i 
despierta en los espíritus el vivo anhelo de perfeccionar 
esos conocimientos que son la base primaria del progreso 
jeneral. 



576 

A pesar, pues, de la falta de estímulos, o diré mas 
bien, a pesar del abandono en que ha caido entre noso- 
tros el cultivo de la literatura, gracias, señores, a la exis- 
tencia de este modesto centro de unión literaria, no solo 
las letras propiamente dichas sino también la sociolojía la 
medicina, el derecho público i privado, la filosofía, la 
economia política i mas o menos todos los ramos impor- 
tantes de la biolojía nacional, han tenido aquí un terreno 
neutral de ensayo i de desarrollo. Todos han beneficiado 
con la publicidad de nuestras lecturas semanales, i así 
ha sido como la Academia ha venido construyendo pau- 
latinamente un pequeño repertorio que simboliza el pro- 
greso realizado hasta aquí, para que con el tiempo nue- 
A-os escritores puedan sacar partido de esos estudios i 
constituyan con ellos una base sólida para el adelanto 
futuro de las ciencias i las letras nacionales. 

Aun cuando así no fuera, yo no dudo de que siem- 
pre esta sociedad seria acreedora a las simpatías del 
patriotismo bien intencionado, porque no es el menor de 
sus servicios el de empeñar al público en los estudios 
sinceros i desinteresados de toda preocupación como de 
todo espíritu de partido. — Sigamos, pues, señores, en 
la tarea de fecundar nuestra modesta Academia de Bellas 
Letras, que, como quiera que se mire, es una creación 
realmente útil. I si adelantando i mejorando los trabajos 
literarios i científicos logramos hacer que la razón tenga 
un criterio seguro para descubrir la verdad, contentos 
con la certidumbre de que esta institución se consoli- 
dará, sus labores tendrán mayor alcance i estimulada 
por el aliento del progreso seguirá dando cada vez me- 
jores frutos para nuestro país. 



577 



CONCLUSIÓN. 



Hasta aquí los documentos principales de la Acade- 
mia de Bellas Letras, con los cuales ponemos término 
a estos Recuerdos. 

Hemos dado testimonio de los sucesos de nuestro 
•desarrollo intelectual que han estado a nuestro alcance 
en los últimos treinta i cinco años, i hemos procurado 
guardar fidelidad, decir la verdad i hacer justicia. Si los 
vicios de nuestro carácter han contrariado nuestro pro- 
pósito, merecemos disculpa, pues no podemos hacernos 
■de nuevo. Pero en cuanto a lo que, según nuestro cri- 
terio filosófico, creemos justo i verdadero, eso lo mante- 
nemos, porque es nuestra opinión, deliberadamente for- 
mada i resueltamente adoptada. Como quiera que sea, 
con juicios exactos o no, lo cierto es que estos Recuer- 
dos podrían terminarse con las espresiones con que Mar- 
chena cerró en 1819 su Discurso acerca de la Historia 
literaria de España. — «Tal es el estado de nuestra 
literatura, tal la cultura del espíritu humano entre noso- 
tros. Este discurso es la respuesta, corroborada con hechos, 
a la cuestión de si las buenas letras pueden prosperar en 
los gobiernos desj)óticos. Contémplese el estado literario 
•de nuestra nación, cotéjese con el político i está el pro- 
blema resuelto.» 



IíAStabria , Recuerdos. •$" 



APÉNDICE. 



(Agregamos la sigílente pieza, porque tiene importancia, eomo dato 

histórico, para apreciar el progreso literario después de los últimos 

documentos preinsertos.) 



37 : 



LITERATURA DRAMÁTICA. 

DICTAMEN DEL JURADO EN EL CERTAMEN DE PIEZAS 
DRAMÁTICAS PROMOVIDO POR DON AUGUSTO MATTE. 

Santiago, setiembre 16 de 1883. — Señor Rector de 
la Universidad de Chile: — Los infrascritos, miembros 
de la Universidad, hemos sido honrados con la comisión 
que el Consejo de instrucción pública nos confirió para 
examinar las cinco obras presentadas al certamen de pie- 
zas dramáticas promovido por el señor don Augusto 
Matte; i aunque hemos deseado sinceramente corresponder 
con prontitud a esta confianza, las múltiples atenciones 
del señor Orrego Luco lo han impedido hasta ahora. 

Previa esta escusa, que damos para que no se atri- 
buya el retardo a falta de interés de nuestra parte, 
procedemos a comunicar al señor Rector de la Universi- 
dad el juicio que hemos formado sobre las obras, para 
cumplir con el art. 4.° del acuerdo celebrado por el Con- 
sejo en su sesión de 29 de mayo de 1882. 

A fin de cumplir de manera que el Consejo pueda 
formar concepto acerca del mérito de las obras presen- 
tadas, haremos una crítica compendiosa de cada una, 
designándolas por sus títulos respectivos, i deseando no 
ser severos en nuestro dictamen, por mas que la nece- 
sidad de espresarnos con verdad nos obligue a parecerlo. 



582 



EL LEVANTAMIENTO. 

En el prefacio de esta pieza, el autor dice que a su 
parecer ningún objeto es mas digno de su pluma que 
aquel que justifique por parte de Chile la guerra actual 
con Bolivia, i por tanto se propone mas bien que contar 
en su drama un episodio mas o menos verdadero, hacer 
la historia de la situación de nuestros compatriotas antes 
de la toma de Antofagasta, i manifestar cuáles fueron 
las causas remotas o indirectas ele la guerra, poniendo 
en claro las consecuencias desastrosas que se acarrean 
los gobiernos torpes i arbitrarios. Al efecto se propone 
agrupar en un solo cuadro hechos diversos, pero exac- 
tos, que no son mas que una pálida pintura de lo que 
ha pasado. 

Se ve por esta declaración, que el plan es vasto, 
como el de un poema; pues se trata de concentrar en 
un solo cuadro una situación compleja que ha durado 
largo tiempo, inventando una acción en la cual tengan 
unidad los diversos sucesos que la han caracterizado, o 
por mejor decirlo, que la han redondeado en un ciclo 
o período histórico. 

Desgraciadamente la ejecución no ha correspondido 
al plan; en vez de una acción única i dramática, como 
lo seria una conspiración tramada i llevada a su desen- 
lace, aparecen en los tres actos de la pieza escenas suce- 
sivas, que, en lugar de un argumento, bosquejan distintos 
sucesos que no solo no tienen unidad, sino que son de 
conexión dudosa. 

Tres chilenos que en la plaza de Antofagasta con- 
versan sobre la desgraciada situación en que ellos i sus 



583 

compatriotas se encuentran bajo la tiranía de Bolivi», 
a causa de la jenerosidad con que Chile cedió aquel 
territorio, son mandados por el prefecto a la cárcel, como 
infractores del bando que prohibe formar grupos en la 
calle. 

Uno de ellos, Matías, pide al prefecto que le per- 
mita ver antes a una joven chilena que con su madre 
deben embarcarse el mismo dia para Chile. El prefecto, 
al saber que la joven es Filomena, a quien Galdos, 
primo del mismo, pretende, concibe desde luego el plan 
traidor de favorecer al pretendiente, i ofrece a Matías 
que aquellas clamas le verán en la cárcel. 

El plan es luego revelado al lector por un tal Faus- 
tino, el cual, encontrándose con un amigo, también en 
la plaza pública donde pasa la escena, refiere que va a 
matar en la cárcel a un chileno, haciéndose aprehender 
con la seguridad de fugar después i de no ser aprisio- 
nado; i agrega cpie ejecutará el asesinato en la tarde 
de ese mismo dia a la hora en que su víctima sea visi- 
tada por una muchacha que está citada al efecto. 

En el segundo acto aparece Filomena, en la misma 
plaza, discurriendo sobre su visita a la cárcel con una 
sirvienta, habiendo dejado durmiendo a su madre; i 
mientras manda a aquella a traerle de su casa un cofre 
con cartas i dinero, ve a tres hombres que salen de la 
iglesia parroquial, hablando de una gran noticia, la de 
la próxima llegada de la escuadra chilena, que les va a 
proporcionar la ocasión de sublevarse. 

Filomena, que está violenta por la prisión de su 
amado Matías, aspirando a derrocar el poder boliviano 
para salvarle, los exita a la venganza, i acaba por entre- 
garles el cofre con oro que trae la criada, para que se 
armen i ejecuten el levantamiento. Allí se improvisa la 
conspiración, que luego se ejecuta en la cárcel, en los 



momentos en que, estando Filomena con Matías, éste va 
a ser asesinado por Faustino. 

Uno de los conspiradores, que un instante antes se 
Labia hecho aprisionar para poder levantar a los presos,, 
descarga sobre el asesino un pistoletazo que le sirve para 
matarle i para dar a los de afuera de la cárcel la señal 
del asalto. Este se verifica a tiempo de oirse un caño- 
nazo que anuncia el arribo de la escuadra, i el triunfo 
se realiza en el acto sin combate. 

Tal es, en estracto, el asunto del drama, que se da 
a conocer por escenas que lo van revelando lentamente, 
sin despertar interés alguno, porque todas ellas corres- 
ponden a otros tantos detalles que, si tienen relación, 
es imperceptible, i que no corresponden a un propósito 
que los relacione en la mente del lector. Hai un amor, 
el de Matías por Filomena, el cual solo se deduce de 
los trasportes e inquietudes de ésta por la prisión de 
Matías; i hai una traición, la del prefecto, que se pro- 
pone matar al amante para favorecer, no por amistad, 
sino por sórdido interés, la galantería de Galdos, la cual 
tampoco se conoce sino por lo que a éste se le oye en 
cierto momento. Al rededor de estos accidentes que 
apenas se preludian, pues no hai ninguna escena en que 
los personajes se comuniquen, flota la idea de la opresión 
en que viven los chilenos, o mas bien el odio que tienen 
al gobierno de los bolivianos. 

El drama no ejecuta pues el plan del prospecto, esto 
es, el propósito de hacer la historia de una situación 
que justifica la guerra, manifestando sus causas remotas 
o indirectas. No hai en él un asunto que sirva de centro 
a sus detalles, que dé unidad a sus escenas, i que do- 
mine en la intelijencia o en el sentimiento del espectador^ 
a no ser que se tome como tal la pasión que Filomena 
revela por Matías en sus conversaciones con su madre, 



585 

con su sirventa, o con hombres desconocidos para ella, 
con motivo de la prisión de aquel, pero sin que tal 
pasión sea el asunto del drama. . 

No se puede formar una composición dramática con 
una serie de escenas, en las cuales se suceden unos a 
otros distintos personajes para cambiar de paso ideas 
acerca de asuntos que no pertenecen a un argumento 
capital, i que no están relacionados por un hecho que 
los concierte en un interés común. 

Para componer una obra cualquiera de imajinacion, 
es necesario estudiar antes el suceso que se ha de es- 
poner, en su conjunto i en sus detalles, cuidando de 
imitar estrictamente la verdad de lo que pasa en la vida 
real para esponerlo con arte. 

Si así no se hace, en lugar de trazar un aconteci- 
miento dramático, una escena de la vida, un cuadro com- 
pleto de una situación, el escritor se espone a narrar 
lances sin unidad o de una conexión caprichosa, faltando 
tanto a la verdad relativa de la acción, como a la pro- 
piedad de las formas, puesto que la propiedad del estilo 
i del lenguaje dependen de la verdad del sentimiento i 
del carácter que se atribuye a los personajes que figuran 
en un suceso verosímil. 

Esto es lo que se nota en el drama titulado El le- 
vantamiento , tanto en su fondo cuanto en su forma ; i 
aunque esta es menos censurable, porque está en versos 
fáciles i jeneralmente correctos, se advierte sin embargo 
mui a menudo la falta de propiedad en el estilo de los 
personajes, atendida la situación en que se presentan. 
No hai ningún carácter bien diseñado, sostenido, ni se 
presta a ello el plan del autor, que no da a ninguno de 
sus personajes una acción sostenida ni caracterizada en 
los sucesos que se agrupan. Por ejemplo, a primera 
vista se advierte que Galdos es un seductor de profesión, 



58b' 

que espresa la confianza que tiene es sus arterías de este 
modo rebuscado : 

«¡Por San Beño, i San Pablo i San Mateo, 
«San Celso i San Crispín! 
«Como alguna se vaya, echo un sabuezo, 
« La persigo hasta el fin » 

I poco después dudando de si será Filomena la que 
pretende embarcarse sin corresponder a su galantería, 
deja su forma altisonante i cae en esta chabacanería que 
no condice con su afectación i amaneramientos: 

«¡Pero no hai que acorralarse! 
«Firme no mas i embestir! 
«I mientras viene el prefecto, 
«Metámonos por allí, (a la iglesia.) 



II. 

JULIÁN GARCÍA. 

El drama que lleva este título no corresponde a las 
condiciones del certamen, ya que esta obra no versa 
sobre un asunto nacional, i representa una acción que 
se desarrolla sin ninguno de los caracteres que podrían 
prestarle un colorido especial de nacionalidad. 

La escena pasa en Santiago, como podria pasar en 
Flándes, i debemos adelantarnos a decir que la prosa en 
que está escrita se resiente de un descuido i de una 
vulgaridad que solo pueden compararse con lo estraño 
de los personajes i su poca cultura. Este es un defecto 
común a muchas de las preducciones de nuestros escri- 
tores jóvenes. Se precipitan demasiado, i se olvidan de 



587 

la forma, que es una de las condiciones de la belleza 
literaria. Tiene ademas este drama el defecto capital 
de ser falso, de pintar situaciones concebidas empírica- 
mente, i que no son el resultado de una observación bien 
hecha. 

No basta en el drama pintar una situación vero- 
símil, es necesario que esa situación sea verdadera, o lo 
que da lo mismo, que ella represente la naturaleza em- 
bellecida por el arte. 

El drama tiene tres actos i cinco personajes, fuera 
de dos criados que hacen papeles de poca importancia. 
Julián García es un arjentino casado con doña Carmen 
Arias, mujer qué ha sido liviana i ha tenido varios 
amantes, entre los cuales parece haberse contado su pre- 
sente marido. Viven en Santiago con dos hijos, Lelia 
i Ricardo. 

Don Jaime Vega, también arjentino i antiguo amante 
de Carmen, llega a Santiago de tránsito para su pais, i 
encuentra a Carmen casada. 

Don Jaime, que habia abandonado a Carmen en la 
República Arjentina por no tener recursos para mantener 
la casa, vuelve ahora rico i pretende que se le entregue 
a Lelia, que es su hija. Se hace presentar en la casa 
de Julián por Ricardo, el hijo de éste, i le declara su 
pretensión. Julián le despide de la casa. Don Jaime 
escribe una carta a Lelia, incluyéndole un jiro de banco 
por uüa gruesa cantidad de dinero, pero sin decirle que 
es su padre; i Carmen, Lelia, Ricardo i Julián van a 
casa de don Jaime a pedirle esplicaciones sobre aquella 
carta. Don Jaime reclama a su hija; en vano se le 
demuestran las perturbaciones que esta entrega va a 
producir en el hogar de Julián; don Jaime insiste en 
que se le entregue la niña. Entre tanto, doña Carmen 
se pone a morirse sin saber por qué, i declara a toda 



588 

la familia que don Jaime es el padre de Lelia, con lo 
cual todos quedan satisfechos, i termina el drama. 

Tal es el argumento, en que, como deciamos antes, 
no hai verdad, ni liai arte, ni siquiera verosimilitud. 
Desde luego, don Jaime salió de Buenos Aires dejando 
a Carmen abandonada con su hija Lelia; vino después 
el matrimonio de Carmen, de modo que Ricardo es 
menor que Lelia. ¿Como es que Ricardo se relaciona 
con don Jaime que acaba de llegar de Méjico? ¿Qué 
significa el acto de don Jaime, escribiendo i remitiendo 
a Lelia una gran cantidad de dinero, i cómo se esplica 
la visita que hacen a aquel todas las personas de la 
familia de Julián para pedirle satisfacción? ¿Cabe todo 
eso en los hábitos regulares de la familia, está en el orden 
natural la muerte de doña Carmen? 

Seria largo seguir pidiendo esplicaciones de todas las 
situaciones análogas que se pintan en esta obra, i ello 
seria inútil desde que no puede ser considerada en el 
certamen. 



III. 

UN YERNO QUE TENGA LO QUE A MI ME FALTA. 

Bajo este título que parece injenioso, se oculta una 
vulgar concepción, desenvuelta en una comedia de cinco 
actos, en prosa i verso, que carece de interés i de atrac- 
tivos. Se representa a una niña que tiene dos preten- 
dientes. Su padre i dos viejas que le sirven favorecen 
a uno de ellos, porque le suponen rico; i éste a su vez 
aspira a la mano de la joven, creyendo pudiente al padre, 
cuando ambos son estremadamente pobres. 

El otro pretendiente es un poeta que posee el co- 
razón de aquella, pero que apenas ha logrado, por 



589 

acaso en una escena, procurarse el apoyo de un truhán, 
que también sirve en la casa, i que es el mas ladino 
de toda la familia. 

El gran plan que se desenvuelve pesadamente en la 
pieza es el que tiene el padre de hacer triunfar en las 
elecciones de disputados la candidatura de su futuro 
yerno, asunto que ocupa la atención de éste, la de los 
tres sirvientes, la de los electores que al son de muchas 
estravagancias tienen sus reuniones en la misma casa 
del padre, i por fin la del poeta, rival del candidato en 
amores i enemigo de su candidatura. 

El desenlace se precipita con la derrota del candi- 
dato, quien sin saber cómo i mediante sutilezas i patra- 
ñas, es también derrotado por el suegro, pues éste se 
enamora súbitamente del poeta i le concede la mano de 
su hija. En su desesperación, el desairado ofrece su 
amor públicamente a una mujer que aparece de repente, 
a lo último, a tomar parte en el negocio, i que resulta 
ser un sarjento de policía disfrazado, pues toma preso 
al que se le ofrecía como esposo. 

Este argumento que no se ajusta tampoco al pro- 
grama del certamen, como la pieza anterior, está espuesto 
en formas tan estrañas a nuestras costumbres, que no 
tiene tinte alguno nacional. Desde luego la chocarrera 
familiaridad del amo con sus tres sirvientes, i de estos 
entre sí i con aquel, carece de ejemplo en nuestros há- 
bitos domésticos; i después estendida esa chocarrería a 
los demás personajes, i usada por todos, cualesquiera 
que sean los circunstancias en que se presentan char- 
lando en escena, quita al diálago toda verosimilitud, toda 
dignidad i seriedad, i mas que eso lo rebaja hasta la 
grosería con retruécanos torpes i con metáforas im- 
púdicas. 

Así, pues, la falta de interés dramático en la come- 



590 

dia se agrava por la ausencia de todo otro mérito en 
las formas. 

I sin embaego como este fárrago está escrito i tra- 
tado con una soltura que revela una pluma adiestrada, 
no sabe uno qué pensar, sobre todo al contemplar el 
estra vagante desenlace; i se llega a temer que se haya 
querido hacer burla del certamen, a no ser que se su- 
ponga que aquella es la obra de un verdadero grotesco 
literario. 

Por lo jeneral, toda falta de arte en una composición 
literaria ofusca su mérito, si lo tiene. Mas, en com- 
posiciones dramáticas, como las tres que hemos anali- 
zado, las faltas de esa especie que acusan mal gusto, 
incorrección de estilo o de lenguaje, hacen fracasar aun 
las inspiraciones mas poéticas. 

El mal gusto que hace consistir lo bello en lo nuevo, 
i que llega fácilmente a lo estravagante, siempre que 
sacrifica a este fin la verdad, es tan contrario al arte, 
como el que lo hace consistir en un bien relativo a cier- 
tas convicciones; pues que siendo la verdad la lei funda- 
mental del arte, oste no existe en las obras de imajina- 
cion que no imitan rigorosamente la naturaleza. (*) Así 
tampoco puede haber obra literaria sin forma artística, 
i esta no existe cuando un estilo de mal gusto o un 
lenguaje impropio hacen que la composición sea inco- 
rrecta. Tan estraño al arte es pensar falsamente o sen- 



(*) El mal gusto bajo estos dos sistemas es la causa de la. 
decadencia del teatro dramático moderno. A los dramas román- 
ticos que son los del primero, se lia tratado de oponer los que 
forman la segunda escuela, i como unos i otros carecen de verdad 
i chocan a la naturaleza real o ideal, el teatro ha quedado hasta 
hoi esperando su rejeneracion por la verdad. Los demás vicios 
de arte que se notan en este pasaje, en vez de acercarnos a esta 
rejeneracion, consuman la ruina del teatro moderno. 



591 

tir sin verdad, como espresarse con descuido o incorrec- 
ción, o emplear un estilo inadecuado. 

Este último defecto es, por desgracia, común entre 
nosotros, i se nota en la mayor parte de las obras dra- 
máticas de nuestro pobre repertorio, quizá porque los 
autores, sin hacerse cargo de las serias dificultades de 
este jénero de composición, imajinan que basta esponer 
un asunto en escenas i diálogos dramáticos para cum- 
plir con su tarea. No basta estudiar el asunto de ma- 
nera que no desdiga de la verdad, sino son también 
conformes a ella los caracteres, la acción o participación 
de los personajes en el suceso, su estilo, su lenguaje. 

Las obras dramáticas admiten i talvez exijen un es- 
tilo elevado, injenioso, florido, poético; i aunque por las 
condiciones del asunto admitan el trato familiar, aun el 
vulgar, jamás permiten un lenguaje chabacano, mucho 
menos el grosero. Las vulgaridades solo son toleradas 
por un público ilustrado, cuando cuadran bien a un 
carácter especial pero a condición de que el chiste in- 
jenioso o lá locura de la pasión les quite su crudeza; i 
todavia mas, a condición de que nunca sea incorrecto 
el lenguaje por la impropiedad en la significación de los 
términos, o por faltas gramaticales. 



IV. 

LA QUINTRALA. 

Sobre este drama se han dividido las opiniones de 
los miembros de la comisión, juzgándolo dos de ellos 
desfavorablemente, i el tercero aceptándolo como digno 
del premio. 

El señor Valderrama opina de este modo: «.La Quin- 
trala, drama en tres actos i en verso, es una pieza que 



592 

no carece de cierto movimiento i aun de cierto interés 
dramático. La versificación es sumamente descuidada, 
afectando a veces un lirismo incompatible con la situa- 
ción de los personajes, de tal manera que puede decirse 
que en la forma es mediocre. 

«Veamos el fondo. Catalina de los Rios (la Quin- 
trala) que tiene reputación de mujer astuta i criminal 
se enamora de Fernando, hijo de Bravo de Navieda, 
quien se empeña en ser correjidor. Fernando sin amar 
a Catalina, parece dominado por ella; pero en realidad 
ama a Blanca, sobrina del obispo Salcedo, que tiene 
gran influencia, i que en lucha con la audiencia, ha 
hecho en el pulpito alusiones a los crímenes de Cata- 
lina. Blanca engañada por ésta, le confia sus amores. 
Entre tanto, sabedor el rei de los crímenes de Catalina, la 
manda procesar; Bravo de Navieda ha jurado vengar la 
muerte de don Gonzalo, padre de Catalina,, ignorando 
que el matador es su propio hijo. Gana la elección i 
es correjidor; pero Catalina busca el medio de atraer a 
Blanca a su casa para hacerla morir. Fernando llega, 
i Catalina le pide que sea él quien la mate, mientras 
prepara la fuga. Fernando reconoce a Blanca i huye 
con ella. Catalina escribe a la audiencia diciéndole que 
su amante, el matador de don Gonzalo, huyendo de la 
justicia, sale de Santiago. La justicia toma al fujitivo i 
a Blanca, i allanando la casa de la Quintrala también 
la aprisiona. Bravo de Navieda que sabe que el mata- 
dor es su hijo, no se atreve a hacer justicia i se suicida 
en la escena. 

«Este es el fondo de la pieza, pero aunque con estos 
elementos bien se pudo hacer algo, hai inverosimilitudes 
que la afean. Así, la escena pasa en Santiago en 1635; 
i en el primer acto, aparecen Catalina i Fernando galan- 
teándose en la plaza pública. Blanca, que no se sabe 






593 

como lia salido del convento donde ha pasado toda su 
vida, se confia a Catalina sin conocerla, al salir del tem- 
plo. En fin, los principales personajes no tienen un fin 
en el drama, el cual termina con el suicidio del corre- 
jidor Bravo de Navieda. Este pieza no es aceptable ni 
por su fondo ni por su forma.» 

El señor Orrego Luco «cree que el autor de la Quin- 
trala ha esplotado, con todas las libertades de la anti- 
gua escena española, un asunto nacional, cuya escena 
pone en Santiago, por el año de 1635, perdiendo de 
vista a cada paso la vida colonial, e incurriendo en ana- 
cronismos. Las pasiones que el autor pone en escena 
no tienen caracteres que pueden justificar su desarrollo, 
i no provocan interés. Sin embargo, hai en el drama 
momentos en que el diálogo se anima, llegando a las 
alturas del lirismo, i en que la pobreza de los caracte- 
res i de la trama desaparecen debajo de una versifica- 
ción correcta, apasionada i vigorosa. Es verdad que 
esos momentos son escasos, i que abundan mas las si- 
tuaciones desgraciadas i los descuidos de la métrica, que 
llegan a ser a veces tan chocantes, que solo podernos 
esplicarlos por un error de copia.» 

«La Quintrala es a todas luces un ensayo dramático 
de un escritor que posee mas dotes líricas que conoci- 
mientos de la escena, i que permitirían augurarle un 
lisonjero porvenir si sometiera sus facultades naturales 
a una servera disciplina i se empeñara en el estudio de 
las situaciones dramáticas. « 

El tercer miembro de esta comisión juzga de dis- 
tinta manera, pues cree que el drama titulado La Quin- 
trala es un buen drama, porque hai en él inspiración, 
movilidad i vida real: i ademas le aprueba su parco 
lirismo, porque, sobre ser este un rasgo característico 
del teatro español, no podia haber prescindido de él el 

Lastakbia, Recuerío-i. 33 



594 

autor de un drama cuyo argumento es tomado de una 
vieja crónica del siglo XVII, tiempos en que la rancia 
sociedad española de la colonia de Chile era eminente- 
mente devota, guerrera i caballeresca. 

Este drama, por sus escenas mas notables, pertenece 
al jénero sorpresivo, que tantos aplausos recoje en la 
moderna escena española, a pesar de las inverosimilitudes, 
que son la fuente necesaria de lo nuevo i de lo mara- 
villoso, verdaderos caracteres obligados de la escuela. 
No es de buen gusto este jénero, ni la escuela es acep- 
table, cuando sacrifica la verdad a lo ideal que sorprende, 
al lirismo de la pasión, a lo fantástico, lo injenioso, lo 
brillante, o a otras combinaciones de artificio. Mas la 
Quintrala no tiene estos defectos, ni aun en las inspira- 
ciones orijinales con que el autor ha poetizado la verdad 
del antiguo cronicón, o si se quiere, de la conseja de 
doña Catalina de los Rios; si bien tiene un episodio 
inverosímil, el de Blanca. 

Este es el lunar del drama, pues es evidente que, 
estando frió el espectador del primer acto, en el cual 
se espone el asunto, no puede considerar como verosí- 
miles la revelación que hace Blanca de los conflictos de 
su pasión por Fernando a la Quintrala, al salir de la 
Catedral, sin conocerla, ni la presencia de esta niña sin 
acompañantes en el templo, ni mucho menos la pintura 
que hace de la manera como se apasionó de Fernando 
en la noche del parricidio, dándole asilo en el convento 
de las Claras, donde se educaba i donde habia pasado 
su vida. . 

Pero esta pasión, como los amores de doña Catalina 
con ol mismo Fernando, son acciones secundarias, epi- 
sodios conexos que no preocupan después al espectador. 
El pensamiento que domina en el drama i que da unidad 
a su argumento es el castigo de los crímenes- -de la 



595 

Quintrala i de sus cómplices, entre los cuales se hallan, 
como encubridores, los oidores de la real audiencia. El 
obispo Salcedo i Bravo de Navieda están unidos en este 
propósito, aquel por su celo de prelado, éste por su 
lealtad caballeresca, que le obliga a cumplir el juramento 
de venganza que hizo al padre de doña Catalina, al 
recojer su último suspiro cuando moría envenenado por 
la hija i su amante. Por esto aspira a ser correjidor, 
ignorando que este amante es Fernando, su propio hijo. 

Los caracteres de estos dos vengadores, el de Fer- 
nando, que como víctima de sus amores ha sido arras- 
trado al crimen, i el de doña Catalina, que no vacila en 
sacrificar a su amante i cómplice a sus venganzas, por- 
que en su alma predominan las pasiones odiosas i toda 
reflexión, sobre todo instinto jeneroso, están dibujados 
con mano firme, aunque a grandes rasgos; i al presen- 
tarlos el poeta en las situaciones terribles i angustiosas 
de los dos últimos actos, no incurre en ninguno de los 
artificios o inverosimilitudes tan frecuentes en los dramas 
del mismo j enero. 

Esto bastaría para perdonar el episodio de Blanca, 
cuya inverosimilitud puede atenuarse con algunas pince- 
ladas, i para olvidar los defectos de métrica, que en su 
mayor parte son erratas de copia, i que si existen, son 
de facilísima corrección. 

Por tanto, este drama es lo mejor que se ha presen- 
tado, i merece el premio. 



V. 

' LUÍS CARRERA LA CONSPIRACIÓN DE 1817. 

Con este título se presenta un obra en prosa, que se 
llama trajedia, i que relata sencillamente la empresa de 

33* 



596 

los hermanos Carreras, en Buenos Aires, para venir a 
Chile con el fin de levantar a sus parciales contra O'Hig- 
gins i San Martin, conato que termina en el cadalso 
levantado en la plaza de Mendoza, para sacrificar a los 
patriotas Juan José i Luis Carrera, tres dias después 
de la gran victoria de Maipo, 8 de abril de 1818. 

El argumento de esta pieza no tiene enredo ni arti- 
ficio, i se presenta i desenlaza con su rigorosa sencillez 
histórica, sin que esta alcance a ser alterada por las for- 
mas que inventa el autor para esponer los sucesos. En 
esto consiste sin duda su falta de movimiento dramático, 
la cual seria bastante para convertir esta pieza en un 
romance, si no fuera que sus diálogos, en j enera! viva- 
ces, propios i adecuados a los caracteres, mantienen el 
interés que es propio de una drama que reproduce es- 
cenas de la vida común aunque sin alcanzar al tono de 
la trajedia. Para merecer este título, aunque el suceso 
termina trágicamente, le faltan las principales condicio- 
nes del arte. 

El primer acto nos da a conocer a los conspiradores, 
en los momentos de asistir a su última reunión, diseñando 
con viveza sus caracteres. El segundo i el tercero, que 
deberian ser dos cuadros de un solo acto, por la unidad 
de su acción, presentan con bastante propiedad la situa- 
ción respectiva de los personajes, su plan de conspira- 
ción i el de la traición que la hará fracasar. Pero como 
hai simultaneidad entre los sucesos que representan estos 
dos actos con los del primero, sin que haya lance alguno 
que la dé a conocer, hasta la escena cuarta del acto ter- 
cero, el lector se siente un poco desorientado al ver apa- 
recer en esta escena al personaje que al fin del primer 
acto cuida la puerta de calle, i al oirle hablar de lo que 
pasa en este final como de un hecho que ocurre en el 
momento mismo de la citada escena cuarta. 



597 

Talvez bastaría, para evitar esta confusión, poner en 
boca del alguno de los personajes del acto segundo cier- 
tas frases que revelasen la simultaneidad de los sucesos, 
pues de aquella falta de arte resulta un ofuscamiento 
anti-dramático. 

Por fin, el cuarto acto representa la intriga que en 
Mendoza conduce al suplicio a los dos jefes de la 
empresa. 

El mérito principal de esta pieza está en la verdad 
histórica i en la verdad relativa de la esposicion i del 
desenlace. La primera es de un interés propiamente lo- 
cal, porque no habrá un patricio conocedor de aquel 
terrible episodio de nuestra historia nacional que no se 
mantenga conmovido por vivas impresiones, durante toda 
la representación del drama. La verdad relativa, que 
depende de la sagacidad con que el autor ha sabido 
presentar los sucesos, diseñar los caracteres, i adecuar a 
sus respectivas situaciones el lenguaje i la acción, comu- 
nica al drama un interés mas jeneral, que podría hacerlo 
digno de figurar en cualquiera escena estraña, si el com- 
positor hubiera tenido mas arte i mas invención para dar 
a su obra un carácter verdaderamente dramático. Mas, 
se conoce que, aunque diestro escritor, ensaya por pri- 
mera vez este jénero de composición. Talvez por eso, o 
porque no ha reposado su obra, no le ha dado todas las 
perfecciones del arte. 

El mérito de esta pieza aparece realzado por las de- 
ficiencias de las tres primeras que hemos analizado, las 
cuales, si no revelan la ignorancia del arte, comprueban 
un atrevimiento que se olvida de los preceptos mas 
elementales de la composición literaria. 

L T na obra que se arregla a tales preceptos puede no 
ser una composición artística, puede no revelar injenio 
ni invención, pero jamás será indigna de ser presentada 






598 

a un cuerpo ilustrado como el Consejo de instrucción 
pública. Así es que el hecho de presentarle, para dispu- 
tar el premio de un certamen, composiciones ejecutadas 
con descuido, sin que en ellas aparezca suplido el arte 
por las dotes del injenio, acusa cierta decadencia en los 
buenos estudios, que no dejará de llamar la atención de 
la Universidad, sobre todo si se recuerdan otros certá- 
menes anteriores. 

Entre tanto, el jurado cree que no debe ser demasiado 
severo, dejando burladas las jenerosas esperanzas del pro- 
motor de este certamen; i ya que no ha tenido la feli- 
cidad de uniformar el juicio de sus miembros acerca del 
mérito literario del drama titulado La Quintrala, pro-/ 
pone al Consejo que se discierna el premio al titulado 
Luis Carrera o la Conspiración de 1817. 

En diversas circunstancias, se limitaría a aplaudir las 
dotes que revela esta composición; i si la propone como 
la mejor, en concepto de la mayoría, es con la confianza 
de que el Consejo hará justicia, examinándola por sí 
mismo i comparándola con la anterior. — J. V. Lastarria. 
— Adolfo Valderroma. — Augusto Orrego Luco. 



ÍNDICE. 

PRIMERA PARTE. 
1836—1849. 

PAJINAS. 

Dedicatoria 3 

I. Motivos i objeto de este escrito 1 

II. Organización del Instituto Nacional i estado de los estudios 
en 1822 a 26. Lozier. Fernandez Garfias , J. M. Varas , V. 
Marin, Vial, Gorbea, el Liceo de Mora 5 

III. Rectificación bistórica sobre reformas literarias : Mora, 
Bello 14 

IV. Situación política i social en 1836 21 

V. Continuación 24 

VI. Estado de los estudios en 1836; testos de jeografía, librería, 

periódicos i publicaciones nacionales 25 

VII. Continuación: Pardo i Aliaga, Pradel 33 

VIII. Escritores de la época, Benavente, Gandarillas, Vicuña, 
Guzman, Urizar Garfias, Marin, Egaña, Rodríguez, Bello, 

sus publicaciones 37 

IX. La literatura española no estaba representada por los escri- 
tores nacionales, como lo estaba la inglesa en Estados 
Unidos, al tiempo de la emancipación. Situación política 
en 1837, su influencia en el desarrollo intelectual. Plan de 
enseñanza para preparar la regeneración social ...... 49 



600 



PAJINAS. 

X. Modificación de la situación política en 1838; represen- 
tación de los intereses políticos en la prensa; las Cartas 
Patrióticas, el Diablo Político; jurado de imprenta de este 

periódico descrito por García Reyes 56 

XI. Los jóvenes de 1840. Enseñanza del señor Bello ... 64 
XII. Actitud del gobierno i de sus opositores en 1840. Nece- 
sidad de un nuevo partido político que sirviera a la re- 
pública democrática; utilidad de la enseñanza de la ciencia 
política i del desarrollo literario en aquellas circuns- 
tancias 70 

XIII. El progreso político en 1841 favorece al movimiento 
literario. Nuevos libros i folletos. Sarmiento, la nueva 
juventud, los emigrados arjentinos 79 

XIII (bis). Actividad en 1842. La Revista de Valparaíso i Vi- 
cente F. López. El Museo de Ambas Américas i García 
del Rio. Condiciones en que se instala la Sociedad Li- 
teraria i dificultades para inaugurarla con un discurso 
innovador 87 

XIV. Noticia de la Sociedad. Discurso inaugural 95 

XV. El discurso es recibido por el público con indiferencia. 

Juicio del Museo de Ambas Américas. Sarmiento repro- 
duce en el Mercurio de Valparaíso este juicio, i escribe 
un editorial criticando la afición al purismo i atribuyendo 
nuestra esterilidad a este vicio i a la mala dirección de 
nuestros estudios. Noticias de la polémica a la cual corres- 
pondía este editorial. Juicio del Discurso inaugural por 
López. Cuestiones filolójicas 116 

XVI. Carácter histórico del Discurso i de los juicios de los 
escritores arjentinos. En el movimiento literario iniciado 
por la Sociedad se diseñaron dos partidos análogos a los 
de la política, i sus controversias trascendieron a la so- 
ciedad 137 

XVII. Oríjen del Semanario de 1842, sus redactores. Francisco 
Bello, Nuñez, Sanfuentes Ramírez, Tocornal, García Reyes, 
A. Varas, González, Talavera, Prieto Warnes, Vallejo, Es- 
pejo, Irisarri, Chacón , A. Olavarrieta. Juicio sobre este 
periódico por los escritores arjentinos. Polémica sobre 
el romanticismo entre el Semanario i el Mercurio. Sar- 
miento, López, Sanfuentes, Vallejo, García Reyes... 144 



601 



PAJINAS. 

XVIII. Continuación. Carta de Sarmiento sobre su situación res- 
pecto de los escritores nacionales. Falsos juicios sobre 

los escritores arjentinos : 159 

XIX. Carácter del Semanario. Fundación del Progreso. Desa- 
rrollo estraordinario de la prensa. Terminación del Se- 
manario 171 

XX. Rectificación sobre los fines que falsamente se atribuyen 
al Semanario. Oríjen del movimiento literario. Influencia 
saludable del Semanario. El teatro, Carlos Bello i los 

Amores del Poeta; Minvielle i el Ernesto 178 

XXI. Certamen literario en celebración del aniversario de la 

independencia en 1842 192 

XXII. Concordia de los círculos literarios i políticos. El movi- 
miento literario favorece la independencia del espíritu e 
influye poderosamente en la emancipación del criterio 
público. El poder eclesiástico se apercibe a la resistencia 
i funda la Revista Católica. División del partido con- 
servador dominante. El partido liberal principia a dise- 
ñarse 203 

XXIII. Enseñanza de la ciencia política en 1843. Los Elementos 
de Derecho público constitucional en 1846. Informe uni- 
versitario contra este testo, el cual es aceptado para la 
enseñanza con modificaciones. Enseñanza de la lite- 
ratura 213 

XXIV. Nuevo plan de la instrucción elemental prexaaratoria del 
Instituto Xacional. Movimiento de la prensa en 1843. 
Fundación de la Universidad de Chile. Discurso inaugural 
del rector D. Andrés Bello. Juicio crítico de este dis- 
curso 222 

XXV. Efectos del discurso en los partidarios de la escuela libe- 
ral. Opiniones del Rector sobre la filosofía de la historia. 
La primera Memoria histórica presentada a la Universi- 
dad en 1844 adopta como sistema filosófico la concepción 
de la historia como fenómeno natural, rechazando las con- 
cepciones teolójicas i metafísicas sobre las leyes provi- 
denciales. Juicios contrarios del Rector i de los escritores 

arjentinos 234 

XXVI. Fracaso del sistema filosófico ensayado en la primera Me- 
moria universitaria. Henry Thomas Buckle. Quinet. Carta 



602 



PAJINAS. 

de éste acerca de aquella Memoria. Krause. "Altemeyer: 
Bosquejo Histórico de la constitución del Gobierno de 
Chile durante el primer período de la revolución. In- 
forme universitario sobre esta obra 249 

XXVII. Rechazo de la nueva doctrina sobre filosofía de la his- 
toria. Polémica sobre ella entre Jacinto Chacón i. el 
Rector de la Universidad. Aplicación de la doctrina en 
el Kbro titulado Historia Constitucional del Medio Siglo. 
Novedad de la opinión de Laboulaye. Prioridad del 
sistema de la Memoria histórica de 1844. Teoría de 
Augusto Comte en confirmación de aquel sistema. 238 
XXVIII. Progreso de la prensa científica i literaria desde 1842. 
El viejo réjimen hallaba su apoyo en los poderes públi- 
cos i en la opinión. El movimiento literario iniciado 
en 1842 era el único medio de alcanzar la rejeneracion 
de las ideas. El periódico literario titulado Crepúsculo, 
sus redactores. El artículo Sociabilidad Chilena por 

Francisco Bilbao, su filosofía, su estilo 273 

XXIX. Acusación del artículo Sociabilidad Chilena, su condena- 
ción. Influencia literaria de Bilbao, sus estudios sobre 

filosofía de la historia 283 

XXX. El Siglo, diario político, Francisco de P. Matta, Espejo. 
Paralización del movimiento literario en 1846 i 47. El 
Aguinaldo de 1848. La Revista de Santiago, sus redac- 
tores, Valdes, Chacón, González, Lillo, Irisarri, Briceño, 
Rojas, Torres, G. Blest Gana, Lindsay, Arcos, los her- 
manos Amunátegui, J. Blest Gana, J. Bello. Reorgani- 
zación del partido retrógrado. La Revista de Santiago 
es el centro del movimiento intelectual i de la organi- 
zación del nuevo partido liberal 293 

SEGUNDA PARTE. 

EL CIRCULO DE AMIGOS DE LAS LETRAS. 



I. La reacción conservadora en 1859 habia restablecido el 
antiguo réjimen, estraviando el movimiento literario i 
paralizando el trabajo rejenerador que habia producido 
el progreso desde 1837 a 1850. Datos estadísticos que 
demuestran la decadencia intelectual desde 1850 a 55. 317 



603 



PAJINAS. 

II. Tentativas del movimiento literario i regenerador, el Mer- 
curio de Valparaiso, la tercera serie de la Revista de San- 
tiago en 1855, Francisco Marín, Alberto Blest Gana, Varas 
Marin, Lira, Valderrama, Vargas Fontecilla, Santa María, 
G. i M. A. Matta, Barros Arana. Revista de Ciencias i 
Letras fundada por el partido dominante, su carácter. El 
Ferrocarril. Influencia de la política absorvente contra las 
sociedades populares de instrucción primaria i el colejio de 
abogados • 823 

III. La situación política se modifica por la división del partido 
dominante , i el movimiento intelectual comienza a desa- 
rrollarse en 1857. Libros sobre una endemoniada, perió- 
dicos políticos, el Pais i el Conservador. Evolución de los 
elementos del partido dominante ocurrida en 1856 i 57, i 
tentativas de reorganización del partido liberal. La Cons- 
titución Política Comentada. Proyectos de leí i discursos 
Parlamentarios. Comentarios a la constitución de Chile por 
Carrasco Albano. Prensa política, La Actualidad, El Correo 
Literario, El Ciudadano, La Asamblea Constituyente. 333 

IV. Obras literarias de 1857 i 58, señora Marin de Solar, G. 
Matta, G. Blest Gana, Sanfuentes, Santa María, Gregorio V. 
Amunátegui, Varas Marin, Muñoz, Torres, Vicuña. La Be- 
vista del Pacífico, nuevos escritores, Barros Grez, Moreno, 
Vicuña Mackenna, Donoso i sus escritos 344 

V. Tormenta revolucionaria. La Semana i los hermanos Justo 
i Domingo Arteaga Alemparte, sus colaboradores. Actividad 
literaria, nuevos escritores, Rodríguez Velasco, de la Ba- 
rra, Cobos, Reyes, Zenteno, Santos, Blanco Cuartin i sus 

poesías 350 

VI. Ensayo sobre el Gobierno en Europa por A. Montt, juicio 
sobre este libro. Necesidad de una asociación literaria. 

Fundación del Círculo de Amigos de las Letras 354 

VIL Situación del desarrollo intelectual en 1859 i necesidad de 
darle por base la independencia del espíritu. Cómo sirve 
a este propósito el Círculo, i primeros trabajos de esta 
asociación. Certamen literario en loor del 18 de setiembre. 

Composiciones premiadas 363 

VIII. Certamen poético celebrado en memoria de Sanfuentes. 



004 



PAJINAS. 

Composiciones premiadas. Certamen poético en honor del 
abate Molina. Composiciones premiadas 387 

IX. Fundación en Valparaíso de la sociedad literaria llamada 
de Los Amigos de la Ilustración, i aparición de la segunda 
serie de la Revista del Pacífico, dirijida por Jacinto Chacón. 
Trabajos de los miembros del Círculo, Miguel Luis i Gre- 
gorio V. Amunátegui, Rodríguez Peña, Barros Arana, Mon- 
cayo, los hermanos Blest Gana, Pardo, Irisarri, G. Matta, 
Escobar, de la Barra, Blanco Cuartin, Olavarrieta, Campu- 
zano, Santos, Varas Marin, D. Arteaga Alemparte, Rodrí- 
guez, Lira, Caravantes, Pedro L. Gallo, E. Bello. Progreso 
de la poesía nacional, i carácter de la poesía moderna. 
Trabajos científicos i sociolójicos del Círculo, González, 
Cruchaga, Miquel, Marin, Padin, Torres, J. F. Vergara, Mu- 
rillo, Izquierdo, M. Carrasco Albano, Valderrama .... 411 
X. La literatura nacional en 1864 i apreciación de las circuns- 
tancias de aquella época. Acción del Estado en la instruc- 
ción pública, protección de la educación jesuítica, sus efec- 
tos. Estadística bibliográfica de 1865 a 69. El movimiento 
literario independiente carecía de un centro de unión en 
este momento 423 

XI. Reinstalación del Círculo de Amigos de las Letras en 1869, 

conferencias públicas 434 

XII. Discurso inaugural de la reinstalación del Círculo sobre el 
estado de la literatura contemporánea i acerca del carácter 
i condiciones de la literatura de los pueblos americanos. 437 



TERCERA PARTE. 

LA ACADEMIA DE BELLAS LETRAS. 

I. Situación política desde 1869 adelante. Influencia del par- 
tido clerical, sus doctrinas, susexijencias después de 1871. 467 

II. La reacción política de la iglesia ante la opinión liberal del 
país. La nueva Revista de Santiago fundada por Velasco 
i Orrego Luco, i la Revista Médica, en 1872; carácter del 
primero de estos periódicos literarios 474 

III. Reacción del ministerio contra la instrucción piiblica. Aji- 
tacion de los ánimos. Organización de la Academia de 



605 



PAJINAS. 

Bellas Letras. Discurso inaugural eu la sesión de insta- 
lación 483 

IV. Carta de Blanco Cuartin a propósito del discurso inau- 
gural -i de la Academia sobi'e la literatura nacional. Bazon 
de la publicación de los siguientes documentos de la Aca- 
demia 499 

V. Memoria leida en la sesión solemne del primer aniversario 
de la Academia en 1874, sobre sus trabajos. Informe sobre 
el certamen de composiciones dramáticas 509 

VI. Memoria de la sesión solemne del segundo aniversario en 
1875. Informe sobre el certamen poético en celebración de 
la Esposicion Internacional. Balada premiada. . 525 

VIL Memoria de la sesión solemne del tercer aniversario en 1876, 
Informe sobre el certamen poético en celebración de la 
Esposicion Internacional. Himno premiado. Informe del 
certamen en honor del aniversario de la independencia. 

Oda premiada 538 

VIII. Memoria de la sesión solemne del cuarto aniversario en 
1877 5G2 

Conclusión 577 

Apéndice. Literatura Dramática. Dictamen del jurado en 
el certamen de piezas dramáticas promovido por don 
Augusto Matte 579 



IMPRENTA DE F. A. BROCKHATJS , I/EirzíH-. 



s 



S9N 



mi 



m 

1 
1 



fes 






wm 









■ ■ 

sil 



■ 



^M km S$j 
ÜS IÉ 

■ ii |e 

I ¡f ' 

1H1 H9 11 

HIH